formaba parte. Hablaron los tres por algunos momentos y aun cuando
ninguno de ellos dió muestras de sobresalto ni levantó la voz, me
pareció evidente que el Doctor Livesey les acababa de comunicar mi
súplica, porque lo primero que llegó á mis oídos fué que el Capitán daba
órdenes á Job Anderson y el silbato sonó luego llamando sobre cubierta á
toda la tripulación.
--Muchachos, dijo el Capitán en cuanto que todos estuvieron reunidos;
tengo dos palabras que decir á Vds. Esa tierra que acabamos de ver es el
lugar de nuestro destino. El Patrón de este buque, hombre muy liberal y
generoso, según todos lo sabemos por experiencia, acaba de hacerme dos
preguntas que yo he podido contestar diciéndole que cada marinero de
esta goleta ha cumplido con su deber, desde el tope hasta la cala, de
tal manera que nada mejor pudiera pedirse. Por tal motivo él, el Doctor
y yo, vamos á la cámara á beber á la salud y buena suerte de todos
ustedes, mientras que á Vds. se les servirá un buen _grog_ para que
brinden, á su vez, por nosotros. Yo les daré á Vds. mi opinión sobre
esto: yo lo encuentro magnífico. Si Vds. son de mi parecer, les
propondré, pues, que envíen un buen aplauso al caballero que así se
porta.
El aplauso se dejó oir, esto era claro; pero estalló tan compacto y tan
cordial, que confieso que me fué difícil convencerme de que aquellos
mismos que lo daban estaban arreglando tramas infernales contra nuestras
vidas.
--¡Un aplauso más por el Capitán Smollet!, gritó Silver cuando el último
hubo cesado.
Lo mismo que el anterior, este segundo aplauso parecía enteramente
sincero y voluntario.
Apenas pasado esto los tres caballeros bajaron á la cámara y no pasó
mucho rato sin que enviasen un recado diciendo que se necesitaba á Jim
Hawkins en el salón.
Encontrélos á todos tres en torno de la mesa, con una botella de vino
español y algunas uvas delante de ellos; el Doctor fumando fuerte y con
la peluca puesta sobre sus rodillas, lo cual me constaba que era un
signo de agitación en él. La ventanilla de popa estaba abierta porque la
noche era bastante cálida, y podía verse perfectamente desde dentro el
resplandor de la luna cintilando sobre la estela de nuestro buque.
--Ahora bien, Hawkins, díjome el Caballero, parece que tienes algo que
decirme: habla ya.
Hícelo como se me mandaba y, sin alargarme demasiado, conté todos los
detalles de la conversación de Silver. Ninguno trató de hacer la más
pequeña interrupción hasta que todo lo hube dicho; ni ninguno tampoco
hizo movimiento de ninguna especie, sino que todos tres mantuvieron sus
ojos clavados en mi semblante desde el principio hasta el fin de mi
narración.
--Siéntate, Jim, díjome el Doctor.
Hiciéronme lugar entonces á la mesa, junto á ellos, sirviéronme un vaso
de vino y me pusieron en las manos un gran racimo de uvas; y todos tres,
con un saludo cordial, bebieran á mi salud, felicitándome por mi valor
y por mi buena suerte.
--Ahora, Capitán, dijo el Caballero, es ya tiempo de proclamar que Vd.
estaba en lo justo y yo estaba equivocado. Me declaro sencillamente un
borrico y espero las órdenes de Vd.
--Nadie más borrico que yo, replicó el Capitán. Yo no he visto jamás
tripulación alguna tramando una rebelión que no deje escapar
perceptiblemente algunos signos de su descontento, de manera que todo
hombre que no es ciego puede ver el peligro y tomar las medidas
necesarias para evitarlo. Pero confieso que esta tripulación derrota
toda mi experiencia.
--Capitán, dijo el Doctor, con su permiso diré que esta es obra de
Silver y que este es un hombre muy notable.
--Me parece que muy notable aparecería colocado en un peñol de las
vergas, replicó el Capitán. Pero esto no es más que charla que no
conduce á nada. He fijado mi atención en tres ó cuatro puntos y con
permiso del Sr. de Trelawney voy á exponerlos.
--Caballero, dijo el Sr. Trelawney en un tono solemne, Vd. es el Capitán
y á Vd. es á quien toca hablar.
--Primer punto, comenzó el Capitán Smollet: tenemos que seguir adelante
porque es ya imposible retroceder. Si esto último se intentara la
rebelión estallaría inmediatamente. Segundo punto: tenemos á nuestra
disposición tiempo hasta que se encuentre ese tesoro. Tercer punto:
todavía nos quedan hombres leales á bordo. Ahora bien, señores, es una
cosa que no tiene remedio el que tarde ó temprano debamos entrar en
hostilidades. Hay que tomar, pues, á la calva ocasión cuando nos
presente sus cabellos, es decir, propongo que seamos nosotros los que
rompamos el fuego, el día más á propósito y cuando ellos menos lo
esperen. Me parece, Sr. de Trelawney que podremos fiar en los criados de
su casa, ¿no es verdad?
--Tanto como en mí mismo, declaró el Caballero.
--Tres, dijo el Capitán, y con nosotros cuatro, somos ya siete,
incluyendo á Hawkins. ¿Y cuántos serán los hombres leales?
--Muy probablemente, replicó el Doctor, han de ser los contratados
personalmente por Trelawney antes de que se hubiera echado en brazos de
Silver.
--No por cierto, replicó el Caballero. Hands es uno de esos hombres.
--Yo hubiera creído que podríamos tener fe ciega en este último, dijo el
Capitán.
--¡Y pensar que todos ellos son ingleses!, prorrumpió el Caballero,
¡Señores, crean Vds. qué ganas me vienen de hacer volar este buque!
-Pues bien, señores, agregó el Capitán, lo mejor que yo puedo decir
ahora es bien poco. Debemos tenernos por advertidos y mantener la más
expecta vigilancia. Esto es desagradable para un hombre, yo lo sé.
Preferiría, por lo mismo, que desde luego se rompieran las hostilidades,
pero no tendremos ayuda suficiente para que no sepamos cuales son
nuestros hombres. Estémonos quietos y esperemos la oportunidad; ese es
mi parecer.
--Este Jim, dijo el Doctor, puede sernos más útil que todo lo demás que
hagamos. El enemigo no tiene ninguna mala voluntad respecto de él y yo
sé que él es un chico muy observador.
--Hawkins, añadió el Caballero, en tí pongo una fe ciega y completa.
Al oir esto no dejaba de comenzar á sentirme punto menos que desesperado
porque me sentía sin apoyo enteramente. Y sin embargo, por un extraño
encadenamiento de circunstancias, no fué sino por mi conducto por el que
todos nos salvamos. En el entretanto, por más vueltas que se le diera al
asunto, el hecho es que de veintiséis hombres á bordo, no había sino
siete con los que se pudiera contar, y todavía de esos siete uno no era
más que un niño; de suerte que, en realidad, los hombres hechos y
derechos que teníamos de nuestro lado eran seis, para diez y nueve de
nuestros enemigos.
[Illustration] [Illustration]
PARTE III
MI AVENTURA DE TIERRA
CAPÍTULO XIII
CÓMO EMPEZÓ LA AVENTURA
Cuando subí sobre cubierta á la mañana siguiente, el aspecto de la isla
había cambiado en gran manera. Aun cuando la brisa de la víspera había
cesado ya, el camino hecho durante la noche era muy considerable y á la
sazón nos encontrábamos detenidos como á una media milla al Sudeste de
la costa baja oriental. Bosques de un color pardo cubrían una gran parte
de la superficie de aquella tierra. Sin embargo, ese tinte se
interrumpía aquí y acullá por las listas amarillentas de la arena, en
los terrenos más bajos y por algunos árboles más elevados, de la familia
de los pinos, que se alzaban sobre las copas de los otros, algunos de
ellos aislados y dispersos, otros reunidos; pero el aspecto y el
colorido general de la isla era triste y uniforme. Los cerros se alzaban
libremente por encima de la vegetación, en espirales de desnudas rocas.
Todos eran de extraña configuración y el del "Vigía" que sobrepasaba en
trescientos ó cuatrocientos pies á la eminencia próxima á él en
elevación, era probablemente el de aspecto más raro, alzándose casi
derecho, por todos lados y apareciendo después cortado repentinamente en
la cima, como si fuese un pedestal listo para recibir una estatua.
_La Española_ vaciaba á torrentes sus imbornales en la agitada
superficie de un _mar de leva_. Los botalones chocaban con los motones,
el timón golpeaba de un lado y otro y todo el navío rechinaba y parece
que gemía y temblaba como una gran fábrica en operación. Yo me veía
obligado á asirme á los brandales de los masteleros con todas mis
fuerzas y sentía que el mundo entero daba vueltas vertiginosamente en
torno de mi cabeza, porque aun cuando yo era ya un marino bastante
bueno, cuando el buque iba en marcha, aquella movible inmovilidad
(permítaseme la frase), aquel meneo desesperante sin salir de un punto y
aquel verme rodado de aquí para allá como una botella suelta, fueron
cosas que jamás afronté sin sentirme desfallecido, sobre todo en la
mañana y cuando el estómago estaba completamente vacío.
Quizás fué por esto; tal vez fué por el aspecto de la isla con sus
cenicientos y melancólicos bosques, con sus salvajes espirales de rocas
y con su marejada que podíamos ver y oir quebrándose tronante y espumosa
en la escarpada costa; el hecho es que, aunque el sol brillaba claro y
ardiente y los pájaros costaneros pescaban y gritaban alegremente en
torno nuestro, y aun cuando era de creerse que después de tantos días de
no ver más que agua y cielo todos deberían sentirse contentos de saltar
á tierra, mi valor y mi sangre toda, como dice el adagio, se habían
bajado á los talones, y desde el primer instante en que mis ojos la
veían, aquella esperada _Isla del Tesoro_ me inspiraba el más profundo y
cordial aborrecimiento.
Tuvimos que afrontar aquella mañana, de todas maneras, un trabajo
ímprobo y pesado. No había la menor traza de viento y hubo necesidad, en
consecuencia, de echar los botes al agua y ponerlos al remo para
remolcar la goleta en una extensión de tres ó cuatro millas rodeando la
isla hasta penetrar por el estrecho paso que nos condujo á la rada ó
abrigo que se abre tras del _Islote del Esqueleto_. Yo me ofrecí
espontáneamente para uno de los botes, en el cual, como es de suponerse,
nada tenía que hacer. El calor era sofocante y los hombres al remo
gruñían abiertamente á causa de su tarea. Ánderson tenía el mando del
bote en que yo iba y en lugar de conservar á su tripulación en orden,
gruñía él mismo tan alto y tan groseramente como el que más.
--Pero no hay cuidado, dijo con una blasfemia; al fin esto no es para
siempre.
Parecióme este un malísimo signo, porque lo cierto es que hasta aquel
día nuestros hombres habían desempeñado sus tareas voluntaria y
vigorosamente; pero la sola vista de la isla había ya bastado para
relajar las cuerdas de la disciplina.
Durante toda esta travesía Silver se estuvo junto al timonel y dirigió,
en realidad, el buque. Él conocía el paso como la palma de su mano y así
es que, aun cuando el hombre que estaba maniobrando á las cadenas
encontró por todas partes más agua de la que marcaban los sondajes del
mapa, John no vaciló ni un solo momento.
--Hay siempre un grande arrastre con el reflujo, dijo él, y este paso ha
sido, puede decirse, ahondado como con un azadón.
Llegamos, por fin, al punto preciso marcado en el mapa como ancladero,
como á un tercio de milla de las costas, de la isla principal, por un
lado, y del _Islote del Esqueleto_ por el otro. El fondo era arena pura.
Cuando nuestra ancla se sumergió en el agua, se levantó una verdadera
nube de aves acuáticas revoloteando y chillando sobre nuestras cabezas,
lo mismo que sobre los árboles, pero un minuto después habían vuelto á
sus nidos y todo había quedado de nuevo en el más completo silencio.
Nuestro fondeadero estaba enteramente rodeado de tierra, sepultado en
medio de bosques por todos lados, cuyos árboles bajaban hasta la marca
más alta de la pleamar; las playas eran casi enteramente llanas y allá,
en una especie de anfiteatro distante; se divisaban las cimas de las
montañas, una aquí, otra más allá. Dos riachuelos ó más bien dos
pantanos, desaguaban en aquel que muy bien pudiéramos llamar estanque.
En cuanto al follaje en torno de aquella parte de la playa, presentaba
yo no sé qué especie de ponzoñoso brillo.
Desde á bordo no alcanzábamos á ver nada de la casa ó estacada que había
allí, porque estaban demasiado ocultas entre la espesura de los árboles
y á no haber sido por la carta que nos acompañaba hubiéramos podido
creer muy bien que nosotros éramos los primeros que arrojábamos el ancla
en aquel sitio desde que la isla brotó del fondo de las aguas.
No soplaba ni la más pequeña ráfaga de viento, ni se oía más sonido que
el de la resaca tronando á media milla de distancia sobre las playas,
contra las abruptas peñas de las costas. Sentíase un olor peculiar y
desagradable, en donde estábamos anclados, olor como de hojas y troncos
de árboles en putrefacción. Yo pude observar que el Doctor absorbía
aire y hacía muecas con la nariz, como las que puede hacer uno que está
probando un manjar ingrato.
--Yo no respondo de que aquí haya ó no tesoros, dijo, pero en cuanto á
fiebres, apuesto mi peluca á que este es un semillero de ellas.
Entre tanto, si la conducta de los marineros era alarmante en el bote,
se hizo ya realmente amenazadora cuando volvieron á bordo de la goleta.
Estábanse agrupados sobre cubierta y refunfuñando en medio de su
conversación. La orden más insignificante era recibida con miradas
torvas y murmuraciones entre dientes y no se la obedecía sino con
verdadera negligencia. Es posible que aun los no contaminados en el
motín, se hubiesen ya contagiado con la relajación de la disciplina,
porque lo cierto es que no había á bordo hombre alguno á propósito para
corregir á otros. La rebelión--esto era palpable--estaba ya suspensa
sobre nuestras cabezas como una tempestad próxima á desencadenarse.
Y no sólo los pasajeros de cámara éramos los que comprendíamos el
peligro. John Silver trabajaba infatigablemente yendo de grupo en grupo,
distribuyendo consejos a todos y siendo un modelo verdadero con su
ejemplo de sumisión y dulzura. Nada podía igualarse en aquellos momentos
á su comedimiento y cortesía; era una perenne sonrisa la que había en
sus labios para todos y cada uno de nosotros. Si se le mandaba algo, al
punto saltaba sobre su muleta, clamando con el tono más complaciente del
mundo: "_¡Corriendo, corriendo, señor!_" Y cuando no había nada especial
que hacer, él cantaba una canción tras de otra como si tratara de
ocultar con ellas el descontento de los demás.
De todos los detalles sombríos de aquella tenebrosa tarde, esa notoria
ansiedad de John Silver se me figuraba el peor de todos.
Celebramos consejo otra vez en el gabinete de popa.
--Señores, dijo el Capitán, si aventuro la más insignificante orden, la
tripulación entera se nos viene á las barbas. Aquí tienen Vds. lo que
pasa: se me da una respuesta áspera, ¿no es esto? Pues bien, si replico
en un tono más alto, las cuchillas saldrían luego á relucir á mandobles.
Si no hago esto, si me callo, Silver notará al punto que hay algo por
debajo de nuestro silencio y entonces queda todo el juego descubierto.
Ahora bien: no hay más que un hombre en quien podamos fiar en la
situación actual.
--¿Y quién es él?, preguntó el Caballero.
--Silver, replicó el Capitán. Él está tan impaciente como Vds. y como yo
mismo de sofocar las cosas. Lo que hay es un disgusto; pronto él les
hablará á sus hombres para calmarlos si se le presenta la ocasión. Lo
que yo propongo, en consecuencia, es darle la oportunidad que busca.
Vamos dejándolos que pasen una tarde en tierra. Si todos se van, está
bien, nosotros pelearemos encastillados en nuestro barco. Si ninguno
quiere bajar, entonces nos mantenemos en nuestra cámara de popa y Dios
ayude la buena causa. Si algunos van, acuérdense Vds. de lo que les
digo, Silver los volverá á bordo más mansos que unos corderos.
Así se acordó. Al mismo tiempo se proveyó á todos los hombres de
confianza de pistolas cargadas; Hunter, Joyce y Redruth fueron puestos
en autos de lo que pasaba y por fortuna recibieron la confidencia con
menos sorpresa y más valor del que nos habíamos figurado; con lo cual,
el Capitán fuese sobre cubierta y arengó á la tripulación.
--Muchachos, les dijo, hemos tenido un día sofocante y todos estamos
cansados y sin alientos de nada. Yo creo, sin embargo, que un paseo por
la playa no le hará mal á ninguno: los botes están todavía á flote.
Pueden Vds. tomar los esquifes y, todos los que gusten, ir á tierra por
el resto de la tarde. Yo tendré cuidado de disparar un cañonazo media
hora antes de la puesta del sol.
Yo me supongo que aquellos malvados han de haberse figurado que todo era
desembarcar y caer sin más ni más sobre el tesoro, porque en un instante
todos ellos echaron instantáneamente el mal humor á paseo y
prorrumpieron en un aplauso y en un _hurra_ espontáneo, tan estruendoso,
que despertó los ecos dormidos de una de las montañas distantes y
produjo un nuevo levantamiento de aves que revolotearon y chillaron otra
vez en número infinito en torno nuestro.
El Capitán era demasiado vivo para saber lo que convenía en aquellos
críticos momentos, así es que, sin aguardar respuesta alguna se eclipsó
como por encanto, dejando á Silver el cuidado de arreglar la partida, en
lo cual creo que obró perfectísimamente. Si se hubiera quedado un
momento más sobre cubierta le hubiera sido imposible prolongar por más
tiempo su pretendida ignorancia de lo que sucedía. Esto era ya claro
como la luz meridiana. Silver era el Capitán y disponía de una imponente
tripulación de rebeldes. Los hombres aun no corrompidos (y pronto iba yo
á ver la prueba de que los había á bordo) deben haber sido unos hombres
de muy poco talento. O, por lo menos, supongo que la verdad era que
todos estaban disgustados por el ejemplo de los cabecillas, sólo que
unos lo estaban más que otros, y que, algunos de ellos, siendo en el
fondo buenos sujetos, no podían ser ni convencidos ni arrastrados á ir
más allá que el simple disgusto. Una cosa es sentirse con lasitud y mal
humor y otra muy diferente el pensar en apoderarse de un navío
asesinando á un buen número de personas inocentes.
Por fin la partida quedó organizada. Seis de ellos se quedaron á bordo y
los trece restantes, incluyendo á Silver comenzaron á embarcarse.
Fué entonces cuando me ocurrió la primera de las insensatas ideas que
contribuyeron á salvar nuestras vidas. Si Silver dejaba á seis de sus
hombres, era claro que nuestro grupo no podía montarse en la goleta, en
pie de guerra, como en una fortaleza; y no siendo los de la dicha
reserva más que seis, era también indudable que el bando de popa no
necesitaba por el momento de ninguna ayuda. Ocurrióseme, pues,
instantáneamente el ir á tierra. En un abrir y cerrar de ojos me deslicé
sobre la balaustra y dejándome correr por una de las escotas de proa,
caí dentro de uno de los botes en el instante mismo en que se ponía en
movimiento.
Ninguno notó mi presencia; sólo el remero de proa me dijo:
--¡Ah! ¿eres tú Jim? Baja bien la cabeza.
Pero Silver desde el otro bote comenzó á lanzar miradas penetrantes é
investigadoras para tratar de averiguar si era yo el que iba allí. Desde
ese mismo instante comencé á arrepentirme de lo que había hecho.
Los dos grupos de marineros se divertían remando á cual más fuerte, en
una especie de carrera de apuesta, á cuál de los botes llegaba primero á
la playa. Mas como el bote que me había cabido en suerte ocupar había
recibido mayor empuje, estaba más ligero é iba mucho mejor remado, muy
pronto dejó muy atrás á su competidor. La proa ya había atracado en
medio de los arbustos de la playa; ya me había yo cogido de una rama y
lanzádome hacia fuera, emboscándome en el acto en el matorral más
próximo, cuando Silver y los suyos estaban todavía á unas cien yardas
detrás.
--¡Jim, Jim!, le oí que me gritaba.
Pero ya se supondrá que no hice maldito el caso de sus gritos.
Brincando, agazapándome, rompiendo breñas, corrí y corrí por el terreno
que se me presentaba delante, al acaso, desaforadamente, hasta que
materialmente ya no pude más.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XIV
EL PRIMER GOLPE
Me sentía yo tan satisfecho de haber dejado á Silver con un palmo de
narices, que ya comenzaba á recrearme y á pasear mis ojos ávidamente por
la extraña tierra en que me encontraba.
Había cruzado ya un trecho cenagoso, lleno de sauces, juncos, feos y
lodosos arbustos de vegetación más acuática que de tierra, y acababa de
llegar á las faldas de un terreno abierto, ondulado y arenoso, como de
una milla de largo, dotado con uno que otro pino y un gran número de
árboles tortuosos, no muy diferentes del roble en su configuración, pero
de hojas pálidas como las del sauce. En el término abierto de aquel
terreno se alzaba uno de los cerros, con dos picos extraños, fragosos y
escarpados que reverberaban vívidamente al sol.
Por la primera vez de mi vida sentía el gozo y la emoción del
explorador. La isla estaba deshabitada. Mis camaradas quedaban á la
espalda y nada viviente tenía ante mis ojos sino eran animales de tierra
y aire, mudos para mí. Aquí y acullá se alzaban algunas plantas en flor
que me eran totalmente desconocidas; más allá veía culebras una de las
cuales alzó su cabeza sobre su nido de piedra, miróme y lanzó una
especie de silbido muy parecido al zumbar de una peonza. Bien ajeno
estaba yo de que aquel enemigo llevaba la muerte consigo y que su
silbido no era otra cosa que el famoso cascabel.
Llegué, en seguida, á un espeso grupo de aquellos árboles á manera de
robles cuyo nombre, según lo supe después, era el de árbol de la vida,
que crecían bajos, entre la arena, como zarzas, con sus brazos
curiosamente trenzados y con sus hojas compactas como una pasta
artificial. El monte se alargaba hacia abajo desde la cima de una de las
lomas arenosas, desplegándose y creciendo en elevación conforme bajaba,
hasta llegar á la margen del ancho y juncoso pantano, á través del cual
desaguaba, en el fondeadero, el más pequeño de los riachuelos que morían
en él. El marjal vaporizaba bajo los ardientes rayos de un sol tropical,
y la silueta del "Vigía" palpitaba con las rápidas ondulaciones de la
bruma solar.
De repente comenzó á notarse cierto bullicio entre el juncal de la
ciénaga: un pato silvestre se levantó gritando; otro le siguió, y muy
pronto se vió sobre toda la superficie del marjal una nube verdadera de
pájaros revoloteando, gritando y revolviéndose en el aire. Desde luego
supuse que alguno de mis compañeros de navegación, debía de andar cerca
de los bordes del pantano, y no me engañé, en mi suposición, pues muy
pronto llegaron hasta mí los rumores débiles y lejanos de una voz humana
que, mientras más escuchaba, más distinta y más próxima llegaba á mis
oídos.
Esto me infundió un miedo terrible y ya no pude más que agazaparme bajo
la espesura del más cercano grupo de _árboles de la vida_ que se me
presentó, y acurrucarme allí, volviéndome todo oídos, y mudo como una
carpa.
Otra nueva voz se dejó oir contestando á la primera y luego ésta, que
conocí luego ser la de Silver, se alzó de nuevo y se desató en una
verdadera avalancha de palabras que duró por largo tiempo interrumpida
apenas de vez en cuando por una que otra frase de la otra voz. Á juzgar
por las entonaciones deben haber estado hablando acaloradamente, tal vez
con ira, pero ninguna palabra llegó distintamente á mis oídos.
Al fin los interlocutores hicieron, al parecer, una pausa y tal vez,
supuse yo, se habrían sentado, porque no sólo sus voces cesaron de
aproximarse, sino que los pájaros empezaron ya á aquietarse y la mayor
parte de ellos á volver á sus nidos en el pantano.
Comencé entonces á temer que estaba yo faltando á las obligaciones que
voluntariamente me había impuesto, por el solo hecho de haber venido á
tierra con aquellos perdidos, y á decirme que lo menos que podía hacer
era escuchar sus conciliábulos, acercándome á ellos, tanto como me fuese
posible, á favor de los espesos zarzales y de los árboles echados por
tierra.
Me era fácil fijar la dirección de los dos interlocutores, no sólo por
el sonido de sus voces sino también por el cálculo que me permitían
hacer los pocos pájaros que todavía revoloteaban alarmados sobre las
cabezas de los intrusos.
Marché agazapado, en cuatro pies, y muy callandito, pero muy en
derechura hacia ellos, hasta que, por último, alzando un poco la cabeza
á la altura de un pequeño claro entre el ramaje, pude ver distintamente,
en el borde de una pequeña hondonada cubierta de verdura, cerca del
pantano y respaldada por los árboles, á John Silver y á otro de los de
la tripulación, conversando frente á frente.