cualidades de _La Española_. Todos y cada uno de los hombres de á bordo
parecían contentos, y la verdad es, que hubieran pecado de sobra de
exigencia si hubiera sido de otra manera, pues tengo para mí que jamás
tripulación alguna estuvo más mimada y consentida desde que el Patriarca
Noé navegó en su bíblica arca. Con el menor pretexto doblábase el rom
cuotidiano, y el _pudding_ de harina en días extraordinarios, por
ejemplo, si el Caballero sabía que era el cumpleaños de alguno de los
marineros, y nunca faltaba un barril de buenas manzanas, abierto y
colocado en el combés, para que se despachara por su mano todo aquel á
quien le viniera el antojo de comerlas.
--Nunca he visto cosa buena salir de tratamientos parecidos, hasta
ahora, decía el Capitán al Dr. Livesey. Al que cuervos cría, éstos le
sacan los ojos: esta es simplemente mi opinión.
Sin embargo, _cosa buena_ resultó del barril de manzanas como se verá
muy pronto, que á no haber sido por él, nada nos habría prevenido á
tiempo y habríamos todos perecido á manos de la traición y de la
infamia.
Hé aquí lo que sucedió: habíamos hasta entonces navegado á favor de los
vientos alisios para ponernos en dirección de la isla que buscábamos. No
me es permitido ser más explícito. Y á la sazón bajábamos ya en sentido
opuesto manteniendo una asidua y cuidadosa vigilancia de día y de noche.
Aquél era ya el último día, según el más largo cómputo presupuesto para
el viaje, y de un momento á otro aquella noche, ó á más tardar la mañana
siguiente antes de medio día deberíamos llegar á la vista de la Isla del
Tesoro. Nuestra proa enfilaba al Sur-Suroeste y llevábamos una firme
brisa de baos, con una mar muy quieta. _La Española_ se deslizaba con
seguridad, sumergiendo en las ondas de cuando en cuando su bauprés, y
produciendo con él algo como pequeñas explosiones de espuma; todo seguía
su curso natural desde las gavias hasta la quilla, y todos parecían
llenos del más esforzado ánimo, supuesto que ya casi tocábamos con la
mano, por decirlo así, el fin de la primera parte de nuestra aventura.
En tales condiciones y ya mucho después de puesto el sol, cuando mi
trabajo del día estaba concluido y ya me iba en derechura á mi camarote
para dormir, ocurrióseme el deseo de comer una manzana. Subí sobre
cubierta. La vigilancia estaba toda á proa, como es natural, en espera
de descubrir la isla. El timonel observaba la orza de la vela y se
divertía silbando alegremente. Este era el ruido único que se escuchaba,
á excepción del rumor del mar que hendía la proa y que murmuraba
suavemente sobre los costados de la goleta.
Me lancé gentilmente hasta el fondo del gran barril de las manzanas en
busca de alguna, y me encontré con que apenas si habían quedado en sus
profundidades una ó dos. Crucéme de piernas tranquilamente en aquel
fondo oscuro, sin más intención que la de concluir con mi manzana; pero
ya fuese el monótono rumor del mar, ya el suave balanceo de la goleta en
aquel momento, el hecho es, ó que dormité por unos instantes ó que
estuve á punto de hacerlo, cuando un hombre pesado se sentó
repentinamente junto á mi escondite. El barril se estremeció cuando
aquel hombre recargó su espalda y ya iba yo á saltar afuera cuando el
recién venido comenzó á hablar. Era la voz de Silver y no había yo oído
una docena de palabras todavía, cuando ya no hubiera osado mostrarme ni
por todo el oro del mundo. Quedéme, pues, allí, trémulo y atento, en el
último extremo de la angustia y de la curiosidad, porque aquellas pocas
palabras bastaron para darme á entender que las vidas de todos los
hombres honrados que iban á bordo dependían de mí solamente.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XI
LO QUE OÍ DESDE EL BARRIL
--¡No! ¡yo no!, decía Silver. Flint era el Capitán: yo no era más que
contramaestre, con mi pierna de palo. En el mismo abordaje perdimos, yo
mi pierna y el viejo Pew la vista. Me acuerdo que fué un cirujano
recibido, con su título con muchos latines, que no había más que pedir,
el que me aserró esta pierna; pero todas sus retóricas y sus serruchos
no lo libraron de que lo ahorcáramos como á un perro y lo dejáramos
secándose al sol en el castillo del Corso. ¡Esos eran los hombres de
Flint, esos, sí señor! Eso también fué el resultado de cambiar nombre á
sus navíos, _Royal Fortune_ y otros. Pero yo digo que el nombre con que
han bautizado á un navío es el que debe quedársele. Así sucedió con _La
Casandra_ que nos trajo sanos y salvos á nuestra casa después que
England se apoderó del Virrey de Indias, y lo mismo con el viejo
_Walrus_ que era el antiguo buque de Flint y que yo ví rojo de sangre de
popa á proa, algunas veces, y otras repleto de oro hasta zozobrar con su
peso.
--¡Ah!, exclamó otra voz, que luego conocí por la del más joven de los
de la tripulación, y que expresaba la admiración más completa; ¡ah!
¡Flint sí que era la flor de toda esa banda!
--Davis también era todo un hombre cabal, no lo dudes, dijo Silver; yo
nunca navegué con él, sin embargo. Mi historia es esta: primero con
England, luego con Flint y ahora por mi cuenta... ¡vamos al decir! Yo
pude ahorrar novecientas libras durante mi servicio con England y dos
mil con Flint. Ya ves tú que eso no es poco para un simple marinero. Y
todo eso bien guardadito en el banco, muy guardado, no te quepa duda, ¿Y
qué se ha hecho hoy de los hombres de England? ¡No sé! ¿Y de los de
Flint? En cuanto á esos, la mayor parte están aquí, á bordo, con
nosotros. Al viejo Pew que había perdido la vista le tocaron mil
doscientas libras que--vergüenza da decirlo--gastó completamente en un
año, como puede hacerlo un Lord del Parlamento. ¿En dónde está ahora?
Muerto, bien muerto y bajo escotillas. Pero, dos años antes de morir...
¿qué hizo? ¡mil tempestades! ladrar de hambre como un perro; pedir
limosna, mendigar, robar, degollar gentes y con todo eso morirse de
hambre y de miseria... ¡voto al demonio!
--Voy creyendo que no sirve, pues, de mucho la carrera, observó el joven
catecúmeno de Silver.
--No le sirve de mucho á los manirrotos y locos; por supuesto que no,
replicó Silver. Pero en cuanto á tí, mira; tú eres un chicuelo todavía,
pero vivo como un zancudo. Yo te lo conocí en cuanto te puse el ojo
encima, y ya ves que te hablo como á un hombre hecho.
Se comprenderá sin esfuerzo lo que sentí al oir á este viejo y
abominable bribón dirigiendo á otro las mismísimas palabras aduladoras
que había usado para conmigo. Créaseme que si hubiera podido, con todo
mi corazón lo habría anonadado á través de mi barril. Pero él prosiguió,
entre tanto, muy ajeno de que alguien le estaba escuchando:
--Mira tú lo que sucede con los _caballeros de la fortuna_. Se pasan una
vida dura y están siempre arriesgando el pescuezo, pero comen y beben
como canónigos y abades, y cuando han llevado á cabo una buena
expedición, ¡cá! entonces... entonces los ves ponerse en las
faltriqueras miles de libras, en vez de puñaditos de miserables
peniques. Ahora, los más de ellos lo botan en orgías y francachelas,
también eso es cierto, y luego los ves volviendo al mar, en camisa, como
quien dice. Pero á fe que yo no he ido por semejante vereda. ¡No, que
no! Yo he puesto todo muy bien asegurado, un poquito aquí, otro poco
acullá, y en ninguna parte mucho para no excitar sospechas inútiles y
peligrosas. Ya tengo cincuenta años, fíjate bien, y una vez de vuelta de
esta expedición me establezco como un perezoso rentista. _Ya es tiempo
de ello_, me parece que replicas. ¡Ah, sí! pero puedo asegurarte que
entre tanto he vivido con desahogo. Jamás me he privado de nada que me
haya pedido el cuerpo; sueños largos, comidas apetitosas, y todo esto,
día por día, excepto cuando viajo por el agua salada, ¿Y cómo comencé?
Pues ni más ni menos que como tú ahora, de puro y simple marinero.
--Bueno, replicó el joven; pero lo que es ahora, todo ese otro dinero es
como si ya no existiera, ¿no es verdad? Porque á buen seguro que después
de esta expedición ¡vaya Vd. á dar la cara en Brístol!
--¡Bah! contestó Silver irónicamente. ¿Pues en dónde te figuras tú que
ese dinero estaba?
--Pues... en Brístol, es claro, en los bancos y á rédito; contestó su
interlocutor.
--Es verdad, allí estaba cuando levamos anclas; pero á la hora que es,
_mi mujer_... ya tú me entiendes... mi mujer lo tiene ya bien realizado,
y todo en su poder. La taberna del "Vigía" está ya vendida, ó arrendada,
ó regalada ó qué sé yo. Pero en cuanto á la muchacha, yo te aseguro que
ya ella ha salido de Brístol para reunírseme. Yo te diría de muy buena
gana en dónde va á esperarme, pero esto haría que nacieran celos entre
tus compañeros por mi preferencia, y no quiero celos aquí.
--¿Y tiene Vd. plena confianza en su... _mujer_, como Vd. la llama?,
preguntó el catecúmeno.
--Los _caballeros de la fortuna_, replicó el cocinero, generalmente
somos poco confiados entre nosotros mismos, y á fe que--puedes
creerlo--no nos falta razón para ello. Pero yo tengo unos modos míos muy
particulares; de veras que sí. Cuando un camarada es capaz de tenderme
una celada... quiero decir, uno que me conoce, ya puede estar seguro de
que no le será posible vivir en el mismo mundo que el viejo John. Había
algunos que le tenían miedo á Pew; otros que se aterrorizaban de Flint,
pero yo te digo que el mismo Flint no las tenía todas consigo tratándose
de mí, con ser quien era. Sí que me tenía miedo, y eso que estaba
orgulloso de mí, vamos al decir. Nunca ha habido sobre los mares una
tripulación más escabrosa que la de Flint, al extremo de que el diablo
mismo hubiera temido ir con ella á bordo. Pues, sin embargo, ya tú me
ves, no soy ningún finchado ni ningún fanfarrón, y sé hacer la compañía
con todos mis camaradas con tanta llaneza como si no fuera quien soy.
Pero cuando era yo contramaestre... ¡ah, diablo! entonces sí que no
podía decirse de ninguno de nuestra camada de viejos filibusteros que
fuese un _corderito_. ¡Ah! yo sé lo que te digo: puedes estar seguro de
tí mismo en este navío del viejo John.
--Está bien, replicó el mancebo; ahora le diré á Vd. que cuando vine
aquí no me gustaba el proyecto, ni _tanto así_; pero ahora que ya hemos
tenido esta explicación, John, ya sabe Vd. que cuentan conmigo, suceda
lo que suceda.
--Mucho que me alegro, porque tu eres un mocito de provecho, contestó
Silver sacudiendo la mano de su converso de la manera más cordial.
Puedes creer que no he visto en mi vida una apariencia mejor que la tuya
para ser uno de los _caballeros de fortuna_.
Al llegar aquí yo ya había comenzado á comprender que por _caballeros de
la fortuna_ entendían aquellos hombres ni más ni menos que piratas
comunes y corrientes y que aquella pequeña escena que yo había oído, era
nada más que el último acto en la corrupción de uno de los hombres
honrados que iban á bordo, tal vez ya el último de ellos. No obstante,
pronto debía recibir algún consuelo sobre este particular como se verá
luego. Silver, en aquel momento dejó oir un ligero silbido y un tercer
personaje apareció muy pronto y vino á reunirse á aquel conciliábulo.
--Dick es hombre de pelo en pecho, dijo Silver al recién venido.
--¡Oh! eso ya me lo sabía yo, replicó una voz que reconocí al punto por
la del timonel Israel Hands. Este Dick no tiene un pelo de tonto. Pero
vamos allá, prosiguió; lo que yo quiero saber es esto, Barbacoa; ¿tanto
tiempo nos vamos todavía á quedar afuera en esta especie de maldito bote
vivandero? Yo digo que ya tengo bastante de Capitán Smollet, con mil
diablos; ya bastante me ha aburrido, y ya quiero poder instalarme en su
cámara; ya quiero sus _pickles_, ya quiero sus vinos, ya quiero todo
eso.
--Israel, le replicó Silver, tú has tenido ahora y siempre cabeza de
chorlito. Pero creo que te podrá entrar la razón, ¿no es esto? Abre,
pues, las orejas, que bien grandes las tienes para oirme lo que te voy á
decir ahora mismo: seguirás durmiendo á proa, y seguirás pasándola
penosamente y seguirás hablando con suavidad, y seguirás bebiendo con la
mayor mesura hasta que yo dé la voz, y entre tanto te conformarás con lo
que te digo.
--Está bien, yo no digo que no, gruñó el timonel. Lo único que yo digo
es esto: _¿cuándo?_ ¡Eso es todo!
--¿Cuándo? ¡mil tempestades!, exclamó Silver. Con que cuándo, ¿eh? Pues
mira, puesto que lo quieres, voy á decirte cuando. Hasta el último
momento que me sea posible: ¡entonces! aquí traemos á un excelente
marino, á este Capitán Smollet, que viene dirigiendo en provecho nuestro
el bendito buque. Aquí traemos igualmente á ese Caballero y á ese Doctor
con su mapa y demás cosas que nos interesan y que ni yo ni Vds. sabemos
en dónde diablos las guardan. Enhorabuena; entonces tenemos que aguardar
que este Caballero y este Doctor encuentren la hucha y nos ayuden hasta
á ponerla á bordo del buque, con cien mil diantres. Entonces veremos. Si
yo estuviera bien seguro de Vds., hijos del demonio, dejaría al Capitán
Smollet que nos condujera de vuelta hasta medio camino, antes de dar el
golpe definitivo.
--¿Acaso no somos marinos todos los que estamos aquí á bordo? Yo creo
que sí, dijo el muchacho Dick.
--Quieres decir que entendemos la maniobra, ¿no es verdad?, prorrumpió
Silver. Nosotros podemos seguir una dirección dada, ¿pero quién puede
darnos esta? He ahí en lo que se dividen todas las opiniones de Vds.
desde el primero hasta el último. En cuanto á mí, si yo pudiera obrar
conforme á mi solo deseo, dejaría al Capitán Smollet que nos llevara
hasta última hora en nuestro regreso, para no exponernos á cálculos
erróneos y á andar luego á ración de agua por esos mares del diablo.
Pero yo se muy bien qué casta de bichos son Vds. y... no hay remedio,
acabaré con ellos en la isla, tan luego como nos hayan ayudado á poner
la hucha á bordo, lo cual es una lástima. ¡Que reviente yo en hora mala
si no es cosa que enfullina y disgusta el navegar con zopencos como
Vds.!
--Eso sí que es hablar por hablar, exclamó Israel. ¿Quién te da motivo
para enojarte, John?
--¡Hablar por hablar!, replicó exaltado Silver. ¿Pues cuántos navíos de
alto bordo te figuras tú que he visto al abordaje, y cuantos vigorosos
muchachos secándose al sol en la Plaza de los Ajusticiados y todo esto
solamente por esta maldita prisa? ¿Me oyes bien? Pues mira; yo he visto
una que otra cosa en el mar, puedes creerlo, y te digo que si Vds. se
limitaran á poner sus velas siguiendo el viento que sopla, llegarían,
sin duda, un día al punto de arrastrar carrozas, ¡por supuesto! ¡Ah!
¡pero no será así! Los conozco muy bien á Vds. Comenzarán por andar de
taberna en taberna, ahitos de rom, y mañana ú otro día ya irán por sus
pasos contados á hacerse ahorcar.
--Todos sabíamos bien que tú has sido siempre una especie de abad, John.
Pero hay otros que han podido maniobrar y gobernar tan bien como tú,
dijo Israel. Y sin embargo, á ellos les gustaba un poco el jaleo y la
diversión. Ellos no eran tan entonados ni tan severos, después de todo,
sino que entraban á la bromita, tomando su parte como camaradas alegres
y de buen humor.
--Es verdad, dice Silver, es muy verdad. Sólo que ¿en donde están esos á
la hora presente? Pew era de ese jaez y ha muerto de limosnero. Flint
era también así y murió de rom en Savannah. ¡Oh! muy alegres y muy
divertidos que eran, sí señor; pero lo repito, ¿en dónde están ahora?
--Todo eso está muy bien, interrumpió Dick, pero lo que yo pregunto es
esto: cuando demos el golpe y tengamos á nuestros hombres pie con mano,
¿qué vamos á hacer con ellos?
--Eso se llama hablar en plata, dijo Silver con un tono de gran
admiración. Este muchacho me gusta. ¡Al negocio y sólo al negocio! Está
bien; pero Vds. ¿qué opinan? ¿Los dejamos en tierra en esa isla desierta
como Robinsones? Eso sería lo que hubiera hecho England. ¿Ó los
degollamos sencillamente como á cerdos? Este hubiera sido el
procedimiento de Flint ó de Billy Bones.
--Billy era el hombre para estas cosas, dijo Israel. "Los muertos no
muerden," solía decir. El muy taimado ya sabe á qué atenerse sobre ese
punto, puesto que ya él mismo está debajo de tierra, pero si alguna vez
mano alguna fué dura é implacable, esa era sin duda la de Billy.
--Tienes razón, observó Silver, dura, pero pronta. Ahora bien,
entendámonos. Yo soy un hombre complaciente, casi un caballero, como
Vds. dicen; pero amigos míos, por hoy la cosa es seria. El deber es el
deber, y este antes que todo. He aquí cual es mi parecer: _matarlos_.
Cuando yo me haya convertido en un Lord, y ande tirado en carrozas, no
quiero que ninguno de estos tinterillos de primera cámara, se me pueda
aparecer un día, cuando menos lo espere, como el diablo á la hora del
rezo. Pero lo único que digo es esto: aguardemos, y cuando el tiempo
oportuno llegue démonos gusto degollando á uno tras otro.
--¡John, exclamó el timonel, eres todo un hombre!
--Ya dirás eso cuando me veas á la obra, Israel, dijo Silver. Para
entonces no reclamo más que una cosa, y es que no me quiten á Trelawney.
Quiero darme el placer de cortar con mis propias manos esa cabeza de
res.
Y como cortando la conversación repentinamente, añadió:
--Oye, Dick, salta y dame una manzana de aquí del barril, para remojarme
un poco el gaznate.
Se comprenderá el espantoso terror que sentí al escuchar esto. Hubiera
yo saltado y echado á correr, si hubiera tenido la fuerza suficiente
para ello, pero no tuve ni piernas ni ánimo y permanecí inmóvil. Oí que
Dick comenzaba á levantarse, pero en el instante mismo alguien lo
contuvo y se oyó la voz de Hands, decir:
--¡Oh! ¡deja eso! no vas á chupar semejante _pantoque_, John. Echemos
una ronda de lo fino.
--Tienes razón, Dick, dijo Silver. En el barril del rom tengo puesta una
sonda, con su llave respectiva. Llénate una vasija y súbela en seguida.
Terrificado como estaba, no pude impedirme el pensar que así quedaba
explicado el misterio de la fuente en que el piloto Arrow bebía las
_aguas_ que acabaron por matarle.
Dick se fué por un rato no muy largo, pero durante su ausencia Israel
habló al oído del cocinero en voz muy baja pero animada. Yo pude apenas
recoger dos ó tres frases, pero en ellas supe, sin embargo, algo
interesante, pues además de otras palabras que tendían á confirmarlo,
esto llegó muy distintamente á mis oídos:
--Ninguno otro de ellos quiere ya entrar en el negocio.
Claro era, por lo tanto, que todavía nos quedaban hombres leales á
bordo.
Cuando Dick volvió, cada uno de los del terno aquel tomó sucesivamente
la vasija del rom y le hizo los honores concienzudamente, bebiendo, el
uno "_¡al buen éxito!_" otro "_¡por el viejo Flint!_" y cerrando Silver
la ronda con estas palabras:
_¡A nuestra salud! y orza al estribor_
_¡Presas y fortuna! ¡dinero y amor!_
En aquel punto cierta claridad cayó sobre mí, adentro del barril; alcé
la vista y me encontré con que la luna acababa de aparecer en el cielo,
plateaba la gavia de mesana y comunicaba un tinte blanquecino á la palma
del trinquete. Casi en el mismo instante la voz del vigía se alzó
gritando:
--¡Tierra! ¡tierra!
[Illustration]
CAPÍTULO XII
CONSEJO DE GUERRA
Pasos precipitados sonaron por donde quiera al grito de _¡tierra!_
apresurándose todos á subir sobre cubierta, tanto mis amigos de la
cámara de popa como las gentes de la tripulación. Yo salté rápidamente
afuera de mi barril; me deslicé cubriéndome con la vela de trinquete, dí
la vuelta hacia el alcázar de popa y volví sobre cubierta por el camino
de todos los demás, á tiempo de reunírmeles en el acto de acudir á proa.
Todo el mundo estaba ya congregado allí. Una cinta de niebla se había
alzado casi al mismo tiempo que aparecía la luna. Allá á lo lejos, hacia
el sudoeste, divisábamos dos montañas no muy altas, como á unas dos
millas de distancia y por encima de una de ellas aparecía una tercera
eminencia, notablemente más alta que las otras, y cuya cumbre se miraba
todavía envuelta entre las gasas de la niebla. Las tres parecían de
figura aguzada y cónica.
Esto fué, á lo menos, lo que yo creí ver, puesto que aún no me recobraba
de mis terrores de hacía dos ó tres minutos. En seguida oí la voz del
Capitán Smollet dando órdenes. _La Española_ fué puesta unos dos puntos
más cerca de la dirección del viento y comenzó á enderezar el rumbo de
tal manera que enfilaría precisamente la costa oriental de la isla.
--Y ahora muchachos, dijo el Capitán, cuando la maniobra estuvo
ejecutada, ¿alguno de Vds. ha visto esa tierra antes de ahora?
--Yo, dijo Silver. Siendo cocinero de un buque mercante anclamos en ella
para proveernos de agua.
--El fondeadero está al Sur, tras un islote, ¿no es esto?, preguntó el
Capitán.
--Sí señor, el islote del _Esqueleto_ que le llaman. Este lugar ha sido
alguna vez abrigadero de piratas, y un hombre que llevábamos á bordo
sabía los nombres de todos aquellos sitios. Aquel cerro al Norte le
llaman _El Trinquete_. Hay tres cerros colocados en línea hacia el Sur y
que les llaman, con nombres marinos, _El Trinquete_, _El Mayor_ y _El
Mesana_. Pero el principal es el más grande, que tiene el pico sumido en
la nube. Lo llamaban también el _Cerro del Vigía_, á causa de la
vigilancia que desde su cima mantenían esos hombres, mientras sus
embarcaciones permanecían al ancla limpiando sus fondos, con perdón de
Vd., porque aquí es donde ellos llevaban á cabo esa operación.
--Aquí tengo un mapa, dijo el Capitán Smollet; vea Vd. si este es el
lugar que Vd. dice.
En los ojos de Silver pasó algo como un relámpago de alegría feroz al
tomar la carta que le alargaba el Capitán. Pero en el instante mismo en
que sus ojos cayeron sobre el papel, le conocí que su esperanza de un
segundo sufría una terrible decepción. Aquel no era el mapa encontrado
en la maleta de Billy Bones, sino una copia cuidadosa en todos sus
detalles, nombres, alturas y sondajes, con la sola excepción de las
cruces rojas y de las notas manuscritas. Sin embargo, por aguda que haya
sido la contrariedad de Silver, tuvo la presencia de ánimo necesaria
para dominarse y aparecer sereno.
--Sí señor, contestó, este es el lugar según entiendo, y muy bien
trazado ciertamente. ¿Quién habrá sido el autor de esta carta? Los
piratas eran demasiado ignorantes, á lo que creo, para poder dibujar
esto. ¡Ah! ¡vamos! aquí está marcado "_Ancladero del Capitán Kidd_";
precisamente este es el nombre que le dió mi Patrón. Allí existe una
fuerte corriente á lo largo de la costa Sud y luego sube en dirección
Norte, á lo largo de la costa occidental. Tenía Vd. razón, prosiguió, en
ceñir el viento y poner la proa hacia la isla, por lo menos si su
intención era que entrásemos luego y carenar allí, porque la verdad es
que en todas estas aguas no hay lugar más á propósito que ese.
--Gracias, mi amigo, dijo el Capitán Smollet. Más tarde creo que pediré
á Vd. algunos otros informes para ayudarnos en algo. Puede Vd.
retirarse.
No pude menos que sorprenderme al ver la sangre fría con que Silver
confesaba su conocimiento de la isla. Por mi parte, yo continuaba medio
aterrorizado todavía y me sentí más aun cuando ví á aquel hombre
acercarse á mí, más y más. Por supuesto que ni remotamente se figuraba
que hubiese yo escuchado su conciliábulo desde el fondo de un barril de
manzanas, y sin embargo, en aquel punto había yo cogido tal horror de su
crueldad, doblez y poderío, que muy mal contuve un estremecimiento
nervioso cuando su mano tomó mi brazo mientras él me decía:
--¡Ah, muchachuelo! Aquí tienes un precioso lugar para un chico como tú,
en esta isla. Aquí puedes bañarte, trepar á los árboles, cazar cabras
monteses, todo lo que quieras. Tú mismo podrás ir como las cabras
subiéndote á los más altos peñascos y montañas. ¡Ah! créeme que me
rejuvenece todo esto y casi casi me iba ya olvidando de mi pierna de
palo. Linda cosa es ser uno joven y tener uno sus veinte dedos cabales,
puedes estar seguro. Cuando quieras ir á hacer un paseíto de
exploración, nada más avísale á tu viejo amigo John y él cuidará de
darte tu cestilla de víveres muy bien arreglada, para que la lleves
contigo.
Dicho esto me dió una palmada sobre el hombro de la manera más amistosa,
se alejó cojeando y se perdió en el interior de las galeras.
El Capitán Smollet, el Caballero y el Doctor Livesey se quedaron
conversando junto al alcázar de proa. Á pesar de mi impaciente ansiedad
por contarles lo que la casualidad me había hecho oir, no me atreví á
interrumpirlos abiertamente. Entre tanto y cuando más absorto estaba yo
en mis pensamientos para encontrar alguna excusa probable, el Doctor
Livesey me llamó. Habíasele olvidado su pipa abajo en la cámara, y, como
era un verdadero esclavo del tabaco, me iba á indicar que bajara á
traérsela, sin duda. Pero en cuanto que estuve bastante cerca de él para
que me oyese él solo, le dije rápidamente:
--Doctor, permítame Vd. que le hable. Llévese consigo al Capitán y al
Caballero inmediatamente abajo á la cámara, y con cualquier pretexto
manden Vds. por mí. Tengo nuevas terribles.
El Doctor pareció desconcertarse por un instante, pero en el acto fué
otra vez dueño de sí mismo.
--Gracias, Jim, dijo en voz bien alta; eso es todo lo que quería saber.
Fingía, con esto, haberme hecho alguna pregunta á la que yo hubiese
respondido.