en cuando, á cuya interpelación, por supuesto, tenía yo que contestar
afirmativamente.
Los dos caballeros deploraron mucho que Black Dog se hubiese escapado,
pero todos tuvimos que convenir en que nada podía hacerse, por lo cual,
después de haber recibido cordiales cumplimientos, John Silver tomó su
muleta de nuevo y se marchó á su taberna.
--Todo el mundo á bordo, esta tarde á las cuatro, le gritó el Caballero,
cuando ya él iba alejándose.
--¡Bravo, bravo, bravo! clamó el cocinero con entusiasmo y siguiendo su
camino.
--Oigame Vd., Sr. Trelawney, dijo el Doctor, por regla general yo no
tengo una gran fe en los descubrimientos de Vd., mas por lo que hace á
este John Silver debo confesarle que me satisface por completo.
--Un hombre como él es "triunfo" en mano, declaró el Caballero.
--Y ahora, añadió el Doctor, opino que Jim debe venir con nosotros á
bordo, ¿no le parece á Vd.?
--Estoy de acuerdo, replicó el Sr. Trelawney. Toma tu sombrero, Hawkins,
y vamos á ver ese famoso buque.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO IX
PÓLVORA Y ARMAS
_La Española_ estaba á una distancia considerable y nosotros hicimos
nuestro camino entre las elaboradas y elegantes proas de unos buques y
las popas de otros, cuyo cordaje y vergas, unas veces se liaban y yacían
bajo nuestros pies, otras se balanceaban galanamente sobre nuestras
cabezas. Por último llegamos á nuestro barco en el cual nos recibió, en
cuanto saltamos á bordo, el piloto, Sr. Arrow, un viejo marino de faz
morena con arracadas en sus orejas y que, por desdicha, tenía los ojos
torcidos. El Caballero y él parecían congeniar bastante y llevarse en
muy buenos términos, pero no tardé en observar que no acontecía lo mismo
tratándose de las relaciones del mismo Sr. de Trelawney con el Capitán
de _La Española_.
Este último era un hombre de aspecto severo que parecía disgustado con
todo, á bordo de nuestra goleta, y pronto iba á decirnos por qué, pues
no bien habíamos entrado al salón principal, cuando un marinero vino
tras de nosotros y dijo:
--Caballero: el Capitán Smollet desea hablar con Vd.
--Siempre estoy á las órdenes del Capitán, contestó el Caballero. Hágale
Vd. pasar adelante.
El Capitán que estaba muy cerca de su mensajero entró en el acto y cerró
la puerta tras de sí.
--Ahora bien, Capitán Smollet, ¿qué es lo que Vd. tiene que decirnos?
Supongo que todo aquí marcha y está arreglado como entre buenos
navegantes y verdadera gente de mar.
--Vea Vd., señor, contestó el Capitán, creo que hablar sin rodeos es
siempre lo más práctico, aun á riesgo de parecer que se ofende. Hé aquí
mi opinión: no me gusta este viaje, no me gusta la tripulación y no me
gusta mi segundo á bordo: esto es hablar claro y en plata.
--Tal vez, señor mío, ¿tampoco le gusta á Vd. el buque?, añadió el
Caballero, bastante molesto, á lo que me pareció.
--En cuanto á eso nada puedo decir, puesto que no lo he visto moverse
aún. Á la simple vista me parece un velero muy hermoso: más no puedo
decir.
--Es también muy posible que le disguste á Vd. el Patrón, recalcó el
Caballero.
En este punto el Doctor Livesey creyó oportuno intervenir diciendo:
--Un momento, señores, un momento, si Vds. gustan. Esas preguntas no
conducen á nada más que á creer una mala voluntad perjudicial. Yo creo
que el Capitán, ó ha dicho demasiado ó ha dicho muy poco, y me creo en
el deber de requerirle para que nos explique sus palabras. Ha dicho Vd.
para comenzar, que no le gusta este viaje. Veamos... ¿por qué?
--Se me ha contratado, señor, por el sistema de lo que llamamos nosotros
"pliego cerrado." Se me ha requerido simplemente para gobernar un navío,
llevándolo al punto y rumbo que me designase el contratante. Hasta allí
todo estaba bueno. Pero ahora me encuentro con que todos y cada uno de
los hombres de la tripulación, saben mucho más que yo acerca de nuestro
viaje. Yo no puedo calificar esto de recto ni de natural; ¿tengo razón?
--Sí, sí la tiene Vd., dijo el Doctor.
--En seguida he sabido, por mis propios marinos, que vamos en busca de
un tesoro--no olvide Vd. que son ellos los que me lo hacen saber. Ahora
bien, eso de tesoro es cosa que tiene sus peligros. Á mí no me gustan
viajes de tesoros por ningún motivo, más cuando son secretos, y sobre
todo--perdóneme el Sr. Trelawney--cuando el tal secreto ha sido confiado
al loro.
--¿Al loro de Silver?, preguntó el Caballero.
--He hablado en sentido figurado. Quiero decir que ha sido divulgado. Yo
tengo la creencia de que ninguno de Vds., caballeros, sabe bien en lo
que se ha metido. Les diré, pues, mí opinión lisa y llana: este es
asunto de vida ó muerte y un albur positivamente delicado.
--Así lo veo yo, dijo el Doctor, y me parece que es tan claro como
cierto. Estamos á las contingencias, aunque no nos encontramos tan en
tinieblas como Vd. lo supone. Pero añadió Vd. también que no le gusta la
tripulación, ¿cree Vd. que los nuestros no son verdaderos marinos?
--No me agradan, señor, insistió el Capitán Smollet. Me parece que se me
debió haber dejado elegir mis hombres, yendo á una expedición como la
que vamos.
--Quizás tenga Vd. razón, replicó el Doctor. Tal vez hubiera sido mejor
que mi amigo hubiera hecho su elección de acuerdo con Vd. Pero puede
creer que la falta, si la hubo, fué enteramente involuntaria. Por
último, dijo Vd. que tampoco le gusta su segundo el Sr. Arrow.
--Así es, señor. Yo creo que es un buen marino, pero se roza demasiado
familiarmente con la tripulación para ser un buen oficial. Un piloto
debe siempre darse á respetar, y no permitirse brindar, como éste, en
compañía íntima, con los marineros.
--¿Quiere Vd. decir que el hombre bebe?, exclamó el Caballero.
--No señor; solamente que mantiene una intimidad sobrado inconveniente
con los hombres de la tripulación.
--Está bien, pues, Capitán, dijo el Doctor; pero si hemos de zanjar
dificultades, díganos Vd. lo que desea.
--Bien, señores; ¿están Vds. determinados á llevar á cabo esta
expedición?
--Contra viento y marea, respondió el Caballero.
--Muy bien, dijo el Capitán. Pero supuesto que ya han tenido Vds. la
paciencia de oirme cosas que no me era dable probar, escuchen algunas
palabras más. Se está colocando la pólvora y las armas en las bodegas de
proa: ¿por qué no ponerlas en un lugar muy á propósito que hay aquí,
precisamente debajo del salón? Primer punto. Ahora, segundo: Vds. traen
cuatro personas de su propia servidumbre que, según he oído, van á tener
sus dormitorios á proa, con los demás hombres ¿por qué no darles los
camarotes que hay aquí al lado de la cámara de popa?
--¿Hay algo más?, preguntó el Sr. Trelawney.
--Sí, hay todavía otra exigencia, continuó el Capitán. Por desgracia ya
se ha charlado y divulgado mucho sobre la expedición.
--Sí, demasiado, apoyó el Doctor.
--Diré á Vds. lo que yo mismo he oído, siguió el Capitán: dicen que Vds.
poseen un mapa de cierta isla en el cual hay cruces rojas que marcan el
lugar exacto en que esas riquezas están enterradas; añaden que la isla
está... (y aquí nombró la longitud y latitud de ella con toda
exactitud).
--Jamás he dicho yo tal cosa, exclamó el Caballero.
--El hecho es que los hombres lo saben, replicó el Capitán.
--Livesey, tal vez alguna indiscreción de Vd.; ó tal vez tú, Hawkins,
exclamó el Sr. Trelawney.
--No hace mucho al caso el averiguar quién haya sido el indiscreto,
replicó el Doctor.
Por mi parte, me fué fácil notar que ni él ni el Capitán daban mucho
peso á las afirmaciones y protestas del Sr. Trelawney, sin que yo mismo
dejara de pensar como ellos, pues me constaba que el Caballero era un
charlador incorregible. Sin embargo, en esta ocasión, decía la pura
verdad, según creo, y era un hecho que ninguno había revelado la
posición geográfica de la isla.
--En hora buena, caballeros, continuó el Capitán; yo no sé en manos de
quién está ese mapa, pero pongo por condición estricta que se le
mantenga de todo punto secreto y oculto aun de mí mismo y de mi segundo
el Sr. Arrow, ó de no ser así, renuncio mi puesto en este mismo
instante.
--Entiendo, dijo el Doctor; lo que Vd. quiere es que el objeto real se
mantenga tan velado como sea posible y que, entre tanto, convirtamos la
popa en una especie de fortificación, guardada por nuestros propios
hombres y provista con toda la pólvora y armas de que podamos disponer á
bordo. En otras palabras, teme Vd. una rebelión.
--Caballero, dijo gravemente el Capitán Smollet, protestando que no es
mi intención el lastimar á Vd., permítame negarle el derecho de poner en
mis labios palabras que yo no he pronunciado. No existe capitán alguno
que pudiera juzgarse autorizado para hacerse á la mar, si tuviese las
pruebas necesarias para decir lo que Vd. me ha supuesto. Por lo que hace
al Piloto, lo creo de todo punto honrado; algunos de nuestros
tripulantes lo son también sin duda, y quizás lo sean todos, por lo que
se ve. Pero Vds. se servirán tener en cuenta que sobre mí pesa la doble
responsabilidad de la seguridad de la embarcación y de la vida de cada
hombre que nuestra goleta lleva á bordo. Me ha parecido que las cosas no
iban por un camino muy derecho y he juzgado prudente el pedir á Vds. que
se tomaran ciertas precauciones: eso es cuanto tengo que decir.
--Capitán Smollet, comenzó á decir el Doctor con cierta sonrisa en los
labios, ¿ha oído Vd. hablar alguna vez de cierta fábula de la montaña y
el ratón? Le pido á Vd. mil perdones, pero la verdad es que me ha traído
Vd. á la memoria la tal fábula. Cuando Vd. penetró aquí, apuesto mi
peluca á que Vd. pensaba más de lo que confiesa.
--Doctor, es Vd. muy listo, respondió el Capitán; cuando entré aquí
pensé que se me iba á separar del buque. No me imaginé que el Sr. de
Trelawney hubiese oído una sola palabra de cuanto he dicho.
--Y no iba Vd. muy descaminado, exclamó el Caballero. Á no ser por la
oportuna mediación de Livesey yo le hubiera enviado á Vd. al diantre.
Pero por ahora ya le he escuchado y se hará todo lo que Vd. quiere; mas
eso no me impide el creer que está Vd. equivocado en este asunto.
--En cuanto á eso crea Vd. lo que guste, dijo el Capitán. Vd. verá en
todo caso, que cumplo con mi deber.
Dicho esto saludó y salió sin decir más.
--Trelawney, dijo el Doctor, contra todo lo que yo me figuraba, veo que
Vd. se ha dado trazas de traer á bordo dos hombres honrados: el Capitán
Smollet y John Silver.
--Silver, si Vd. lo quiere, gritó el Caballero. En cuanto á este
intolerable trampantojo, declaro que su conducta no me parece digna ni
de hombre, ni de marino, ni mucho menos de inglés.
--Está bien, dijo el Doctor, ya lo veremos.
Cuando subimos sobre cubierta ya los hombres habían comenzado á cambiar
de lugar las armas y la pólvora, canturriando mientras trabajaban, en
tanto que el Capitán y el Piloto inspeccionaban el traslado.
El nuevo orden de cosas era de todo mi gusto. Todo el arreglo primitivo
del buque había sido cambiado. Se habían hecho seis lechos-literas en el
castillo de popa, tras de lo que constituía la parte posterior del salón
principal, siendo accesible esta sección de camarotes, para la galera y
castillo de proa, únicamente por un estrecho pasadizo á babor. Se había
dispuesto, al principio, que el Capitán, el Piloto, Hunter, Joyce, el
Doctor y el Caballero ocupasen esos seis camarotes. Ahora se convino en
que Redruth y yo tomásemos dos de ellos y que el Sr. Arrow y el Capitán
durmiesen sobre cubierta en lo que se llama en náutica _la carroza_, la
cual había sido ensanchada de un lado y otro hasta ponerla en estado de
casi poder llamarle _la toldilla_. Era ésta bien baja, ciertamente, pero
no tanto que no permitiese colgar con comodidad un par de hamacas, y aun
creo que el Piloto pareció muy contento con el arreglo, aunque él,
quizás, no estaba muy seguro de la tripulación. Empero esto no pasa de
simple conjetura, pues como se verá muy pronto, no tuvimos por largo
tiempo el beneficio de sus opiniones.
Estábamos todos trabajando rudamente en el cambio de la pólvora y armas
y en el arreglo de las literas y camarotes cuando los últimos dos
tripulantes y John Silver con ellos llegaron en un botecito costanero.
El cocinero saltó á bordo con la ligereza de un mono y no bien hubo
visto lo que estábamos haciendo, exclamó:
--Hola muchachos, ¿de qué se trata?
--Cambiando las municiones y las armas, ya lo ve Vd., respondió un
marinero.
-¿Por qué, con mil diablos?, prorrumpió Silver. ¡Si nos entretenemos en
eso vamos á perder la marea de la mañana!
--Yo lo he mandado, dijo el Capitán secamente. Vd., amigo, bájese á su
cocina que las gentes deben sentir ganas de cenar antes de mucho.
--Corriendo, corriendo, contestó el cocinero y tocándose, por vía de
reverencia, la melena; y desapareció en el acto en dirección de su
galera.
--Ese es un buen hombre, Capitán, dijo el Doctor.
--Es muy posible, Caballero, replicó el Capitán, en paz con ese, en paz
con todos. Dió prisa, en seguida, á los que estaban cambiando la
pólvora, y de repente, fijándose en mí, que estaba muy entretenido
examinando el eslabón de vuelta que traíamos en medio del navío, me
gritó con aspereza:
--¡Hola tú, grumete, largo de ahí! Márchate á la cocina y busca algo que
hacer.
Y aunque me dí prisa á obedecer su mandato, le oí todavía decir, en voz
bien alta, al Doctor:
--Yo no traigo favoritos en mi navío.
Puedo asegurar á Vds. que en aquellos momentos superabundaba yo en las
opiniones y sentimientos del Sr. Trelawney respecto del Capitán, á quien
aborrecía con todas mis fuerzas.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO X
EL VIAJE
Toda aquella noche la pasamos en gran movimiento alistándolo todo,
poniendo cada cosa en su lugar y viendo llegar, uno tras de otro, botes
llenos de amigos del Caballero, como el Sr. Blandy y otros por el estilo
que iban á desearle un buen viaje y feliz regreso. Nunca en nuestro
"_Almirante Benbow_" tuve una noche semejante, ni siquiera la mitad del
quehacer que tuve en ésta, y puede creérseme que estaba ya rendido de
cansancio cuando un poco antes del alba, el contramaestre hizo sonar su
silbato y la tripulación toda comenzó á maniobrar al cabrestante. Pero
aunque hubiera sido doble de la que era mi fatiga no me hubiera separado
de sobre cubierta. Todo aquello era nuevo é interesante para mí, las
concisas órdenes, la penetrante nota del silbato y los marineros
moviéndose hacia sus lugares al ténue resplandor de las linternas del
navío.
--Y ahora, Barbacoa, suéltanos una estrofa, gritó una voz.
--La conocida, añadió otra.
--Vaya por la vieja conocida, camaradas, dijo Silver que estaba allí de
pie, con su muleta bajo el brazo; y al punto prorrumpió en aquella
horrible cantinela que me era tan conocida:
"_Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto._"
Á lo cual la tripulación entera contestaba en coro:
_Son quince ¡yo--ho--hó! son quince ¡viva el rom!_"
Y á la tercera repetición del coro, empujó las barras del cabrestante al
frente de ellos con gran brío.
Mas aun en aquel momento de excitación, ese canto lúgubre me trasladaba
con la imaginación en un segundo, á mi vieja posada del "_Almirante
Benbow_" en la cual oía de nuevo la voz de aquel Capitán sobresaliendo
sobre el coro entero. Pero muy pronto el ancla estaba ya fuera y se la
dejaba colgar, escurriendo junto á la proa. Pronto se izaron también las
velas que comenzaron á hincharse suavemente con la brisa, y las costas y
los buques empezaron á desfilar ante mis ojos de uno y otro lado, de tal
manera que, antes de que hubiera ido á buscar en el sueño una hora de
descanso, ya _La Española_ había zarpado gentilmente, empezando su viaje
hacía la Isla del Tesoro.
No es mi ánimo referir todos y cada uno de los detalles de ese viaje:
básteme decir que fué en extremo próspero; que nuestra goleta dió
pruebas de ser una buena y ligera embarcación; que los tripulantes eran,
todos, marineros experimentados, y que el Capitán entendía muy bien lo
que traía entre manos. Pero antes de que llegá semos cerca de las costas
de la Isla del Tesoro, acontecieron dos ó tres cosas que es
indispensable referir para la inteligencia de esta narración.
Arrow, el Piloto, pronto se volvió mucho peor de lo que el Capitán había
temido: no tenía la menor autoridad sobre los marineros, los cuales
hacían con él lo que mejor les acomodaba. Pero no era esto lo peor, sino
que uno ó dos días después de nuestra partida comenzó á presentarse
sobre cubierta con los ojos inyectados, los pómulos enrojecidos, la
lengua torpe y todas las señales más evidentes de la embriaguez. Una vez
y otra se le tuvo que mandar á la cala, castigado. Algunas veces se caía
rompiéndose la cara; otras se echaba el día entero en su tarimón al lado
de la toldilla. Como una reacción, que duraba uno ó dos días, se le
miraba sobrio y listo atender á su trabajo, por lo menos pasablemente.
Pero entre tanto nosotros no podíamos averiguar en dónde tomaba lo que
bebía; este era el secreto misterioso de nuestro buque. Nuestra
vigilancia redoblada y multiplicada nada pudo; fué inútil cuanto hicimos
para descubrirlo. Solíamos preguntárselo abiertamente y entonces, una de
dos; ó nos reía á las barbas si estaba borracho, ó nos negaba tercamente
que se embriagase si acontecía que estuviera en su juicio, protestando
que no probaba nada que no fuese agua.
No solamente era inútil en su calidad de oficial del buque, y pésimo
como fuente de malas influencias entre los hombres de la tripulación,
sino que se veía muy claramente que, al paso que iba, muy pronto
acabaría por matarse contra todo derecho. Así es que nadie se sorprendió
ni se apenó mucho tampoco cuando en una noche muy oscura en que la mar
parecía menos sosegada que de costumbre el hombre aquel desapareció sin
que hubiéramos vuelto á verle más.
--¡Hombre al agua!, dijo el Capitán. En hora buena, señores, esto nos
ahorra la molestia de tener que mandarle poner grillos.
La cosa es que, desaparecido él, nos encontrábamos enteramente sin
piloto y era preciso, en consecuencia, ascender á uno de los
tripulantes. Job Anderson, el contramaestre, era el más apto de los de á
bordo, así fué que, aunque conservando su título primitivo, pasó á
desempeñar el cargo de piloto. El Sr. Trelawney que había estudiado la
marina y viajado mucho, como se recordará, tenía conocimientos que le
hacían muy útil en aquellas circunstancias, y realmente los puso en
práctica ejerciendo la vigilancia propia del piloto en los días en que
el tiempo era propicio. En cuanto al timonel Israel Hands, era un viejo
y experimentado marino, cuidadoso y astuto, de quien podía uno fiarse en
todo y para todo.
Era este el gran confidente de Silver, cuyo nombre me lleva á hablar de
nuestro cocinero Barbacoa, como la tripulación lo llamaba.
Á bordo de la embarcación cargaba este su muleta suspendiéndola al
cuello por medio de un acollador, á fin de tener ambas manos libres y
expeditas lo más que podía. Era digno de llamar la atención el verle
acuñar el pie de su muleta contra la abertura de alguna tablazón y
apoyándose en ella, despachar bonitamente su cocina, como podría hacerlo
algún hombre sano y completo en tierra. Pero todavía era más extraño
verle en los días de tiempo más malo atravesar la cubierta. Veíasele
trasladarse de un lugar á otro, ya usando su muleta, ya arrastrándola
tras sí por medio del acollador, tan rápida y expeditamente como pudiera
hacerlo un hombre que tuviera el uso de sus dos piernas. Y sin embargo,
algunos de los marineros, aquellos que ya habían hecho otras travesías
con él, decían que daba lástima el verle tan abatido.
--Este Barbacoa no es un hombre común; me decía una vez el timonel. Allá
en sus mocedades tuvo sus estudios y, cuando se ofrece, puede hablar
como un libro. Y valiente, ¡eso sí! Un león es nada comparado con
Barbacoa. Yo le he visto despachar á cuatro enemigos, de una sola vez,
haciéndoles morder el polvo, y sin tener él una sola arma en la mano.
Toda la tripulación le respetaba y aun puedo decir que le obedecía.
Poseía un modo muy peculiar de insinuarse al hablar á cada uno, y
siempre hallaba ocasión de hacer á todos un pequeño servicio. Respecto á
mí, Silver era siempre extraordinariamente amable y siempre se mostraba
contento de verme aparecer en su galera, que tenía siempre limpia y
brillante como un espejo: las cacerolas colgaban bruñidas y lustrosas y
su loro estaba en su reluciente jaula, en un rincón.
--Ven acá, Hawkins, ven acá, solía decirme. Ven á echar un párrafo con
tu amigo John. Nadie más bien venido que tú, hijo mío. Siéntate y ven á
oir lo que pasa. Aquí tienes al _Capitán Flint_--así le llamo yo á mi
loro en memoria del célebre filibustero--aquí tienes al _Capitán Flint_,
prediciéndonos el buen éxito de nuestro viaje. ¿No es verdad _Capitán_?
Y el perico, como si le dieran cuerda se soltaba gritando:
--¡Piezas de á ocho! ¡piezas de á ocho! ¡piezas de á ocho! ¡piezas de á
ocho!, y esto con una rapidez tal, que había que maravillarse de cómo
no se le acababa el aliento; y no cesaba hasta que Silver no sacudía su
pañuelo sobre la jaula del animal.
--Ahora bien, Hawkins, allí donde lo ves, ese pájaro debe tener ya lo
menos doscientos años. Casi todos ellos son poco menos que eternos y yo
creo, respecto de este, que solamente el diablo habrá visto más
atrocidades y horrores que él. Figúrate que éste fué del Capitán
England, del célebre y gran pirata England. Ha estado en Madagascar y en
Malabar; en Surinam, en Providencia y en Porto Bello. Este asistió á la
exploración y repesca de los buques cargados de plata echados á pique, y
allí fué donde aprendió su refrán de "_Piezas de á ocho_" lo cual no es
muy de maravillar, porque, figúrate Hawkins, que se sacaron de ellas más
de trescientas y cincuenta mil. Concurrió también al abordaje del Virrey
de las Indias, cerca de Goa, y al verle ahora, se creería que entonces
estaba recién nacido. Pero ya has olido la pólvora, ¿no es verdad
Capitán?
--¡Prepárate para el zafarrancho!, gritó el animal.
--¡Ah! este animalito es un joya, añadía el cocinero, alargándole trozos
de azúcar que sacaba de sus faltriqueras. Entonces el pájaro se pegaba á
los barrotes de su jaula y comenzaba á jurar y á maldecir redondo, de
una manera tan llena de maldad, que parecía increíble. Entonces John se
veía obligado á añadir:
--El que entre la brea anda, que pegarse tiene. Aquí tienes, si no, á
este inocente animalito mío, jurando como un desesperado y no por eso lo
debemos acusar. Puedes creer que lo mismo juraría, vamos al decir,
delante de monjas capuchinas y frailes descalzos.
Y John entonces se tocaba su melena de aquel modo solemne y peculiar que
él tenía y que me confirmaba á mí en la creencia de que aquel era el
mejor de los hombres.
En el entretanto, el Caballero y el Capitán continuaban todavía sus
relaciones en términos muy poco amistosos. El Caballero no hacía gran
misterio de sus sentimientos, sino que menospreciaba claramente al
Capitán. Este, por su parte, jamás hablaba sino cuando le dirigían la
palabra, y aun en esos casos, corto y seco y brusco, y ni una palabra
inútil. Reconocía, cuando se le llevaba á un rincón, que había estado
injusto y equivocado acerca de su tripulación; que algunos de sus
hombres eran tan vigorosos y aptos como él pudiera desearlos y que todos
se habían conducido hasta allí perfectamente bien.
Por lo que respecta á la goleta, estaba el hombre enamorado de ella, y
solía decir:
Siempre está lista para enfilar el viento, con más docilidad y ligereza
que si fuera una buena esposa complaciendo á su marido. No
obstante--añadía--todavía no estamos de vuelta en casa, y repito que no
me gusta esta expedición.
--Á estas últimas palabras, el Caballero volvía la espalda y se ponía á
recorrer la cubierta, dando aquel hombre al diablo como de costumbre.
--Una chanzoneta más de ese hombre, y un día de estos estallo, solía
decir.