Pasó mucho más tiempo del que el Caballero Trelawney se imaginó al

principio, antes de que estuviésemos listos para hacernos á la mar, y

ninguno de nuestros planes primitivos pudo llevarse á ejecución, ni aun

el de que el Doctor Livesey me tuviese siempre consigo. El Doctor tuvo

que marchar á Londres para buscar un médico que se hiciera cargo de su

clientela; el Caballero se fué á Brístol en donde puso, con todo su

ardor, manos á la obra en los preparativos de la expedición, y en cuanto

á mí me quedé instalado en la Universidad, á cargo de Redruth el montero

ó guarda-caza, casi en calidad de prisionero, pero lleno de ensueños

marítimos y de las más atractivas anticipaciones imaginarias de islas

extrañas y aventuras novelescas. Me deleitaba reproduciéndome en un

mapa, durante horas enteras, todos los detalles que recordaba. Y sin

moverme de junto al fuego en el salón del amo de la casa, me acercaba

con la fantasía á la ansiada isla, en todas las direcciones posibles;

exploraba cada acre de terreno de su superficie, subía veinte veces á la

cumbre de aquel elevado monte que llamaban "El Vigía" y desde su cima

gozaba de los más deliciosos y variados panoramas. Algunas veces veía

yo aquella isla densamente cubierta de caníbales con los cuales teníamos

que batirnos; otras veces llena de bravos y salvajes animales que nos

perseguían; pero la verdad es que todas las lucubraciones de mi fantasía

distaron mucho de parecerse á nuestras extrañas y trágicas aventuras en

aquella tierra.

Así fueron discurriendo semanas y semanas hasta que un hermoso día llegó

una carta dirijida al Doctor Livesey, con esta adición "En caso de

ausencia del Doctor, abran esta carta Tom Redruth ó el joven Hawkins."

En acatamiento de esta orden encontramos, pues, ó más bien dicho

encontré yo, puesto que el guarda-monte era un hombre bastante atrasado

en achaques de escritura, y lectura que no fuese en letras de molde,

encontré, digo, las importantes noticias siguientes:

"HOTEL DEL ANCLA, BRÍSTOL, _Marzo 1 de 17--_.

"QUERIDO LIVESEY:

"No sabiendo si ha regresado Vd. á la Universidad ó si permanece

todavía en Londres, envío esta por duplicado á ambos lugares.

"Nuestro buque está ya comprado y arreglado con todo lo necesario.

Ahora mismo está surto y listo para levar en el primer momento que

se le necesite. Vd. no ha visto en su vida una goleta más esbelta

ni más gallarda y velera. Un joven cualquiera podría maniobrarla

con la mayor facilidad: tiene doscientas toneladas de arquéo y su

nombre es _La Española_.

"La he comprado con la intervención de mi viejo amigo Blandy que ha

probado en esta ocasión ser un sorprendente conocedor de la

materia. Este incomparable amigo literalmente se ha consagrado en

cuerpo y alma á mis intereses y--puedo decirlo--lo mismo han hecho

en Brístol todos, en cuanto que han visto la clase de puerto á que

nos dirijimos: es decir _á Puerto tesoro_...."

--Redruth, díjele interrumpiendo la lectura de la carta, el Doctor

Livesey no se pondrá muy contento con esto. Veo que, al fin y al cabo,

el Caballero ha dejado que se deslice su lengua.

--Bueno ¿quién tiene más derecho de hacerlo? murmuró el guarda-caza.

Apuesto una botella de rom á que el Caballero puede muy bien hablar sin

esperar el permiso del Dr. Livesey.

Después de esto creí prudente dar de mano á todo comentario y continué

leyendo:

"Blandy en persona dió con _La Española_, y con una habilidad que

le admiro, la compró por una verdadera bicoca. Hay aquí en Brístol

ciertos hombres monstruosamente hostiles al pobre Blandy. Parece

que andan por esas calles de Dios pregonando que mi honrado y

excelente amigo no ha hecho más que una grosera especulación; que

_La Española_ era propiedad suya y que todo lo que hizo fué

vendérmela á un precio absurdamente alto. Todas esas no son más que

calumnias evidentes, y lo cierto es que ninguno de sus autores se

atreve á negar las excelentes cualidades de nuestra goleta.

"Empero él, dije, no contaba ni con una sola vuelta-de-cabo. Los

trabajadores, ó por mejor llamarlos, los aparejadores han andado

verdaderamente á paso de tortuga. Pero esto no era sino obra de

pocos días. Lo que me preocupaba era la tripulación.

"Yo quería una veintena redonda de hombres--en caso de ser del

país, filibusteros; ó bien de los aborrecidos franceses--pero

parece que lo hacía el diantre mismo, el caso es que yo no daba ni

con la mitad de lo requerido, hasta que un verdadero golpe de

fortuna me trajo al hombre que yo necesitaba.

"Un día estaba yo parado en el muelle cuando, por mera casualidad,

entré en conversación con él. Me encontré con que es un viejo

marino que tiene una especie de taberna en Brístol conocida de

todos los marineros; que ha perdido su salud en tierra y que

recibiría con mucho agrado una plaza de cocinero á bordo, para

volver al mar de nueva cuenta. Díjome que aquella mañana andaba por

allí con objeto de aspirar un poco las brisas salobres del océano.

"Conmovióme profundamente--como Vd. mismo se hubiera conmovido--y

aunque no por mera conmiseración, le contraté sobre la marcha, para

cocinero de nuestra goleta. John Silver es su nombre y tiene una

pierna menos, lo cual es á mis ojos una recomendación, puesto que

la ha perdido en defensa de su patria, bajo las órdenes del

inmortal Hawke. No goza de pensión alguna, Livesey... dígame Vd.

¡en qué tiempos tan abominables vivimos!

"Ahora bien, amigo mío; al principio creí no haber encontrado otra

cosa que un simple cocinero; pero fué, en realidad, toda una

tripulación lo que yo descubrí. Entre Silver y yo hemos conseguido,

en una semana, la más cumplida y característica tripulación que

pudiera apetecerse; no de aspecto grato ni sonriente á la verdad,

sino sujetos, á juzgar por sus caras, del más esforzado é indomable

espíritu. Me atrevo á declarar que podríamos muy bien derrotar á

una fragata de guerra.

"Silver ha llevado su escrupulosidad hasta licenciar á unos dos de

los hombres que yo tenía ya ajustados. Sin gran trabajo me demostró

en un momento oportuno que los aludidos no eran más que unos

lampazos de agua dulce que para nada nos servirían, y que antes

bien nos estorbarían en un caso de apuro.

"Me siento con la más excelente salud y en admirable disposición de

ánimo: cómo como un toro, duermo como un tronco y sin embargo no me

daré punto de tregua ni de reposo hasta que no oiga y vea á mis

viejos lobos marinos maniobrar en torno del cabrestante. ¡Á la mar!

¡pronto á la mar! ¡Á sacar ese tesoro! La locura de las glorias

marítimas se ha apoderado de mi cabeza. Así, pues, Livesey, véngase

volando: si en algo me estima Vd. no pierda ni un minuto.

"Deje Vd. al jovencillo Hawkins que vaya, sin tardanza, á visitar á

su madre, al cargo de mi viejo Redruth, y que ambos se vengan

luego, á toda prisa, para Brístol.

JUAN TRELAWNEY.

"_Postscriptum._--Se me olvidaba decirle que Blandy, á quien dejo

con el encargo de enviar una embarcación en busca nuestra si no

hemos regresado para fines de Agosto, ha encontrado un sujeto

admirable para Capitán de nuestra goleta, un hombre muy serio y muy

estirado--lo cual deploro, de paso--pero en todos los demás

conceptos un verdadero tesoro. Silver, por su lado, nos ha traído

un hombre muy competente para piloto: su nombre es Arrow. Tengo un

contramaestre que silba para la maniobra que es una gloria, así es

que las cosas van á marchar, á bordo de _La Española_, como si

hubiéramos fletado un verdadero buque de guerra.

"Se me pasaba añadir que Silver es un hombre de sustancia: me

consta personalmente que tiene su cuenta en el banco y que sus

gastos nunca han excedido á sus depósitos. Deja á cargo de su

establecimiento á su esposa y como ésta es una mulata, podemos

decirnos aquí, entre solteros como ambos somos, que me parece que

no sólo es la salud sino la mujer lo que hace que Silver quiera

salir otra vez á correr los mares.

J. T.

"_P. P. S._--Hawkins puede quedarse una noche con su madre.

J. T."

Cualquiera se figurará, sin esfuerzo, la emoción que esa carta me

produjo. Estaba medio fuera de mí de júbilo. Pero si hubo alguna vez

hombre despechado sobre la tierra ese era ciertamente el pobre viejo Tom

Redruth que no hacía ni podía hacer más que gruñir y lamentarse.

Cualquiera de los guarda-montes subordinados suyos, se habría cambiado

por él con el mayor placer, pero no eran esos los deseos del Caballero,

y tales deseos eran como leyes entre aquellas buenas gentes. Nadie que

no fuese el viejo Redruth se habría tomado la libertad de murmurar

siquiera como á él le era permitido hacerlo.

Á la mañana siguiente él y yo nos pusimos en marcha, á pie, hacia la

posada del "_Almirante Benbow_," en la cual encontré á mi madre muy bien

de cuerpo y de alma. El Capitán aquel, que por tan largo tiempo había

sido para nosotros causa de tanto disgusto, había ido ya al lugar en

que los perversos cesan de molestar. El Caballero había hecho reparar

todos los estragos á sus expensas, y tanto los salones de la parte

pública de la casa como la enseña de la posada, habían sido pintados de

nuevo, habiéndose añadido algunos muebles de que antes carecíamos, entre

ellos, principalmente, una muy cómoda silla de brazos para mi madre tras

del mostrador. Al mismo tiempo le había buscado un muchachuelo, como de

mi edad, en calidad de aprendiz, con el cual mi madre no necesitaba de

más servidumbre durante mi ausencia.

Al ver á este rapaz fué cuando comprendí por completo mi verdadera

situación. Hasta aquel momento me había fijado tan sólo en las aventuras

que me esperaban, pero no en el hogar que dejaba tras de mí. Así fué

que, allí, en la presencia de aquel palurdo extraño, que iba á quedarse

en mi lugar, al lado de mi madre, tuve irremediablemente mi primer

ataque de lágrimas. Me sospecho que aquel día hice rabiar más de lo

conveniente á aquel pobre chico que, siendo nuevo en el oficio, me

ofreció mil oportunidades que yo aproveché para corregirle lo que hacía

y para humillarlo cuanto pude.

Pasó la noche, y al día siguiente, después de la comida, Redruth y yo

salimos, de nuevo á pie, por el camino real. Dije adiós muy conmovido á

mi madre, á la caleta en que había vivido desde que nací, á aquel viejo

y querido "_Almirante Benbow_" que, sin embargo, me parecía menos

querido desde el instante en que ya lo había tocado la mano profana del

pintor. Una de las últimas cosas en que pensé fué en el Capitán que tan

frecuentemente salía á vagar á lo largo de la playa con su sombrero

volándole sobre la espalda, con su gran cuchilla colgada bajo la blusa

y su enorme anteojo de larga vista bajo el brazo. Un instante después,

ya habíamos volteado tras el ángulo de las rocas, y mi hogar y sus

contornos habían desaparecido.

La tartana del correo nos recogió, al oscurecer, en el _Royal George_

hacia el brezal. Se me incrustó en el coche aquel entre un viejo gordo y

mi amigo Redruth, y á pesar del desapacible movimiento y del aire frío

de la noche, debo haber cabeceado bonitamente desde un principio, y en

seguida entregándome á un sueño de lirón, lo mismo de subida que de

bajada, y estación tras de estación, porque cuando concluí por

despertar, lo hice gracias á una insinuación poco amable que sentí por

el costado. Abrí entonces los ojos y me encontré con que nos acabábamos

de detener frente á un grande edificio en la calle de una ciudad y que

era ya perfectamente de día, desde hacía mucho tiempo.

--¿En dónde estamos?, pregunté.

--En Brístol, dijo Tom, bájate ya.

El Sr. Trelawney había sentado sus reales en una posada cerca de los

muelles, para vigilar por sí mismo los trabajos en la goleta. Para ella

teníamos que enderezar nuestro rumbo inmediatamente y, con gran

contentamiento mío, nuestro camino iba á lo largo de todos los muelles

y, por consiguiente, al lado de una verdadera multitud de barcos de

todos tamaños, de todas nacionalidades y de todos los aparejos

imaginables.

En uno, los marineros cantaban alegremente mientras trabajaban: en otro

se veían hombres suspensos allá muy arriba, sobre mi cabeza, asidos

solamente de cuerdas que no parecían más gruesas que las hebras de una

telaraña. Aunque toda mi vida la había yo pasado en la playa, me

parecía que hasta entonces era cuando conocía el mar verdaderamente. El

olor penetrante del alquitrán y la sal eran para mí una novedad. Veía

las más extrañas y maravillosas cabezas que jamás han cruzado sobre el

océano. Veía, además, muchos viejos marinos con arracadas en las orejas

y con sus patillas rizadas en bucles; y los más ostentando sus embreadas

coletas sobre la espalda, y marchando todos ellos con ese paso cimbrador

propio de los marineros. Puede creérseme que si hubiera visto otros

tantos reyes ó arzobispos juntos no me hubiera deleitado más de lo que

lo estaba en aquellos momentos.

¡Y yo... yo mismo iba también á hacerme á la mar; iba á penetrar á una

goleta con su contramaestre mandando la maniobra con su silbato, con sus

marinos de trenza, cantando al compás de las ondas; y todos navegando en

pos de una isla desconocida, en busca de tesoros enterrados!

Todavía iba yo gozando con este ensueño delicioso cuando de repente nos

detuvimos frente á una gran posada y nos encontramos con el caballero

Trelawney, ya muy vestido y aderezado como un oficial de á bordo, con un

traje de grueso paño azul, saliendo, á la sazón, á la puerta de la

posada, con una expresión sonriente en todo su semblante, y con una

perfecta imitación del andar contoneado de un marinero.

--¡Vamos! ya están aquí Vds., dijo. El Doctor ha llegado anoche de

Londres. ¡Bravísimo! ¡La compañía de nuestro buque está completa!

--¡Oh! señor, exclamé yo, ¿y cuándo zarpamos?

--¿Zarpar?, me contestó, ¡mañana sin falta!

[Illustration]

CAPÍTULO VIII

LA TABERNA DE "EL VIGÍA."

En cuanto que hube almorzado, el Caballero me dió una carta dirigida á

John Silver, á su taberna de "El Vigía" y me dijo que me sería muy fácil

encontrarla, siguiendo la línea de los muelles y estando alerta para

cuando viese una pequeña taberna con un anteojo marino de larga vista,

por enseña. Lancéme afuera sin dilación todo alborozado con esta nueva

oportunidad que se me presentaba de observar más atentamente y más de

cerca todos aquellos buques y marineros, y tomé mi derrotero, en

consecuencia, por enmedio de una verdadera masa de gentes, carromatos y

bultos de mercancías, por ser aquella la hora de mayor quehacer y

tráfico en los muelles, hasta que dí, al fin, con la taberna en

cuestión.

Era ella, á la verdad, un sitio de solaz bastante aceptable. La enseña

estaba recién pintada; las ventanas tenían flamantes cortinas rojas y

los pisos aparecían cuidadosamente enarenados. El establecimiento hacía

esquina, teniendo una puerta para cada calle, abierta de par en par, lo

que hacía que el salón bajo tuviese bastante aire y luz, á despecho de

las nubes de humo de tabaco que salían de las bocas de los parroquianos.

Eran estos, en su mayor parte, de la marinería del puerto y hablaban en

voz tan alta que, al llegar, no pude menos que detenerme á la puerta,

vacilante y casi atemorizado de entrar.

Estaba yo en espera del patrón, cuando un hombre salió de un cuarto de

al lado del salón, y á la primera ojeada tuve la seguridad de que aquel

no era otro que John Silver. Su pierna izquierda había sido amputada

desde la cadera, y bajo el brazo izquierdo se apoyaba en una muleta que

manejaba con la más increíble destreza, saltando sobre ella con la

agilidad de un pájaro. Era muy alto y fuerte, con una cara tan grande

como un jamón, rasurada y pálida, pero inteligente y risueña. No cabía

duda en que estaba, á la sazón, del mejor humor del mundo, silbando

alegremente mientras pasaba por entre las mesas, y soltando, á cada

paso, una broma graciosa ó dando una palmadilla familiar sobre el hombro

á cada uno de sus parroquianos favoritos.

Ahora bien, si he de decir la verdad, confesaré que, desde la primera

mención que el Caballero hacía en su carta, de John Silver, comencé á

temer interiormente que este no fuese otro que el "marinero de una sola

pierna" por cuya temida aparición vigilé tanto tiempo en el "_Almirante

Benbow_." Pero me bastó la primera ojeada que eché sobre él para

desvanecer mis temores. Yo había visto bien al Capitán, y á Black Dog, y

al ciego Pew y creí que ya con eso me bastaba para saber lo que era ó

debía ser un filibustero, es decir una criatura, según yo, bien distinta

de aquel aseado, sonriente y bien humorado amo de casa.

Todo mi valor me vino inmediatamente; pasé el vestíbulo y me dirijí sin

rodeos al hombre aquel, en el lugar mismo en que estaba en aquel

momento, recargado en su muleta y conversando con un parroquiano.

--¿El Sr. Silver?, pregunté tendiéndole la carta.

--Yo soy, chiquillo; ese es mi nombre á lo que parece. ¿Y tú quién eres?

Y luego como viese la escritura del Caballero en el sobre de la carta,

me pareció como que contenía mal un sobresalto involuntario.

--¡Oh!, díjome en voz muy alta y ofreciéndome su mano, ahora comprendo,

tú eres el pajecillo de cámara de la goleta, ¿no es verdad? Mucho gusto

tengo de verte.

Y diciendo esto tomó la mía en su larga y poderosa mano.

Precisamente en aquel momento uno de los parroquianos que estaban en el

lado más retirado, se levantó repentinamente y se precipitó fuera de la

puerta que tenía muy cerca de sí, lo cual le permitió ganar la calle en

un instante. Pero su precipitación me hizo fijarme en él y le reconocí á

la primera ojeada. Era aquel mismo hombre de cara enjuta, á quien

faltaban dos dedos en una mano y que fué una vez al "_Almirante

Benbow_."

--¡Oh! grité yo, ¡deténganlo! ¡ese es Black Dog!

--No me importa mucho quien pueda ser, exclamó Silver, pero no ha pagado

su cuenta. ¡Harry, corre y atrápalo!

Uno de los otros que estaban cerca de la puerta se puso en pie de un

salto y se precipitó afuera en persecución del fugitivo.

--¡Oh! yo le haré que pague su consumo, así fuera el mismo Almirante

Hawke en cuerpo y alma.

En seguida añadió soltándome la mano:

--¿Quién dices tú que es ese?... _Black_... ¿qué?

--Black Dog, señor, le contesté. ¿No le ha contado á Vd. el Sr.

Trelawney lo de los filibusteros? Pues este era uno de ellos.

--¡Es posible!, exclamó Silver. ¡Y semejante hombre en mi casa! Mira tú,

Ben, corre y ayuda á Harry á perseguir á ese. ¿Con que él era uno de

esos pillastres, eh? Hola, tú, Morgan, vén aquí, ¿estabas tú bebiendo

con ese hombre?

El interpelado que era un viejo bastante cano y con cara color de caoba,

se acercó con un continente bastante marino, contoneándose á babor y á

estribor.

--Veamos, dijo John Silver, con bastante rigidez, ¿no has visto tú antes

de ahora á ese Black... Black Dog? ¡Dí pronto!

--Yo no, señor, contestó Morgan con una reverencia.

--¿Tú no sabías cómo se llamaba, eh?

--No señor.

--¡Rayos y truenos! Tom Morgan; dále gracias á Dios por ello, exclamó el

irritado tabernero, porque si yo averiguo que te andas mezclando con

canallas de esa ralea, te prometo, por quien soy, que no vuelves á poner

un pie en mi casa, entiéndelo bien. ¿Y que te estaba platicando?

--La verdad no lo sé, no puse cuidado.

--¡Es creíble! y luego dirán Vds. que tienen la cabeza sobre los

hombros! ¿no es éste un bendito que nada ve? ¿Con que no lo sabes? ¿con

que no pusiste cuidado? tal vez ni supiste con quién estabas hablando,

¿no es verdad? ni qué es lo que decía, eh? Vamos, haz por acordarte,

¿qué es lo que charlaba, ¿viajes? ¿capitanes? ¿buques?... vamos, ¿qué

era?

--Yo creo que estábamos hablando de estirar la quilla.

--Con que de estirarla, ¿eh? ¡Grande asunto por cierto! Es muy posible,

sí...! ¡Anda, vuélvete á tu lugar, haragán!

Mientras Morgan se volvía á su asiento, Silver murmuró casi á mi oído,

en un tono muy confidencial, que me pareció en extremo halagador para

mí:

--Ese pobre Tom Morgan es todo un hombre honrado; solamente tiene la

desdicha de ser estúpido.

Y luego levantando la voz de nuevo, prosiguió.

--Con que veamos,... ¿Black Dog?... pues no, no conozco ese nombre, no

por cierto. Sin embargo, tengo cierta idea... sí, yo creo haber visto ya

antes á ese _agua-dulce_ por aquí. Entiendo que solía venir antes en

compañía de un mendigo ciego.

--Por supuesto, le dije yo con seguridad; puede Vd. creerlo. Yo conocí

también á ese ciego. Se llamaba Pew.

--¡Es verdad! exclamó Silver, en extremo excitado ya, ¡Pew! ese era su

nombre, á no caber duda. ¡Ah! parecía un tiburón completo, de veras que

sí! Así, si ahora cogemos á este Black Dog, ya tendremos noticias que

enviar á nuestro buen Patrón el Caballero Trelawney. Ben es un buen

galgo; creo que pocos marineros tendrán piernas más ligeras que él.

¡Rayos y truenos! yo creo que debería acogotarlo y traérnoslo aquí bien

agarrotado. ¿Con que estaba hablando de estirar la quilla, eh? ¡No le

daré yo mal tirón de quilla al belitre si me lo traen!

Todo el tiempo que gastó en disparar esa andanaba de amenazas, no cesó

de recorrer el salón de un lado al otro, brincando agitadamente sobre

su muleta, golpeando con la mano sobre las mesas y manifestando una

excitación tal que hubiera bastado para convencer al juez más ducho y

para hacer caer en el garlito al más avisado. Mis sospechas se habían de

nuevo despertado con gran fuerza al encontrarme con el Black Dog en la

taberna misma de "El Vigía," por lo cual me propuse tener la mirada

atenta sobre el cocinero de _La Española_ y espiar sus menores

movimientos. Pero aquel hombre era demasiado vivo, y demasiado zorro, y

sobradamente astuto para mí; y así es que pronto me distraje con la

vuelta de los dos sabuesos soltados en persecución de Black Dog, los

cuales llegaban sin aliento confesando que habían perdido el rastro de

su presa en una apretura de gentes y que se habían visto regañados como

si fueran ladrones. En aquellos momentos habría yo puesto mi cabeza

fiando la inocencia de John Silver.

--Mira tú no más, ahora, Hawkins, dijo este, aquí tienes, un compromiso

para un hombre como yo. ¿Qué va á pensar de mí el Caballero Trelawney?

¡Tener yo, aquí, en mi misma casa, á ese hijo de un demonio, bebiendo mi

propio rom! No más, ven y díme si no es diablura; y aquí mismo, á mis

propios ojos le dejamos todos que tome las de Villadiego! ¡Rayos y

truenos! Yo creo, muchachito, que tú me harás justicia con el Capitán.

Tú eres un chicuelo todavía, pero vivo como un zancudo. Yo te lo conocí

en cuanto que te puse el ojo encima. La cosa es esta: ¿qué puedo yo

hacer con esta vieja muleta que es mi apoyo? Cuando yo comenzaba apenas

mi carrera de marinero, ya habría sabido yo traerme á ese _agua dulce_

por delante, mano sobre mano, y doblegarlo en una lucha, cuerpo á

cuerpo. Sí, entonces lo habría hecho, pero ahora, ¡rayos y truenos...!

En aquel punto cesó de hablar repentinamente, se quedó con la quijada

inmóvil y suspensa como si se hubiera acordado de algo.

--¡La cuenta!, prorrumpió al fin; ¡tres pases de rom! ¡mil carronadas!

¡pues no había yo olvidado ya la cuenta!

Y dejándose caer en un banco, al decir esto, prorrumpió en una risotada

tan sostenida que las lágrimas concluyeron por rodar sobre su rostro. No

pude impedirme el imitarle, así fué que reímos juntos, una carcajada

tras de otra hasta que la taberna resonó con los ecos de nuestras

risotadas.

--¡Vamos! ¡pues bonita foca soy yo!, dijo al fin, enjugándose las

mejillas; tú y yo haremos buenas migas, Hawkins, pues á permitírmelo el

diablo cree tú que yo no sería más que pajecillo de á bordo, como tú.

Pero ahora, ¡que le vamos á hacer! ya no es tiempo para pensar patrañas.

El deber es lo primero, camarada, así es que voy á ponerme en seguida mi

viejo sombrero montado y marchar sin pérdida de tiempo contigo á ver al

Caballero Trelawney y á contarle lo que aquí ha pasado. Porque,

acuérdate de lo que te digo, Hawkins, esto es serio, tan serio que ni tú

ni yo saldremos de ello con lo que pomposamente llamaré crédito. Ni tú

tampoco, dije... ¡vaya con el tonto! Los dos estamos ahora tontos de

capirote. Pero ¡voto á San Jorge, aquel sí que supo hacerla con mi

cuenta!

Y diciendo esto, comenzó á reir de nuevo con todas sus ganas y con tal

fuerza comunicativa que, por más que yo no encontraba ni sentido, ni

maldita sea la gracia á lo que acababa de decir, me ví arrastrado de

nuevo á acompañarle en su estrepitosa carcajada.

En nuestra pequeña excursión á lo largo de los muelles se manifestó

conmigo el más servicial é interesante compañero, explicándome cerca de

cada uno de los principales buques junto á los cuales pasábamos todo lo

relativo á su aparejo, capacidad, nación, obras que en ellos se

ejecutaban, si el uno estaba á la carga y el otro á la descarga, si el

de más allá estaba listo para zarpar y á cada paso entreverando

divertidas anécdotas, de navíos y navegantes, ó repitiéndome las frases

del tecnicismo de á bordo hasta que yo las aprendía perfectamente.

Entonces comencé á creer que aquel hombre era positivamente uno de los

mejores marinos posibles.

Cuando llegamos á la posada el Caballero y el Doctor Livesey estaban

sentados juntos concluyendo alegremente de apurar una botella de cerveza

con su brindis correspondiente, antes de que se pusieran en marcha para

ir á hacer á _La Española_ una visita de inspección.

John Silver les refirió lo que acababa de suceder, del _pe_ al _pa_, con

una verba llena de animación y conservando la más perfecta verdad en su

relato.

La isla del tesoro · 第 4 / 20 段