--Dirk ha silbado, dijo uno... y dos veces! ¡tenemos que ponernos en

franquía!

--¡Ponte en franquía al infierno, mandria! gritóle Pew. Dirk se ha

manifestado desde un principio cobarde y tonto, y Vds., no deben hacerle

caso. Esas gentes deben estar por aquí, muy cerca, tenemos la mano sobre

ellas, con seguridad. Revolver todo, registrarlo todo... ¿á qué hemos

venido, si nó, perros de Satanás? ¡Oh! ¡por vida del diablo!... ¡si

tuviera yo mis ojos...!

Estas exclamaciones parecieron producir algún efecto, pues dos de los de

la banda comenzaron á registrar aquí y acullá, entre las duelas y

trastos que había por allí afuera, pero con muy poca resolución, según

me pareció y siempre teniendo un ojo listo para escapar al peligro que

temían, mientras que los restantes estaban aún indecisos y vacilantes en

el camino.

--¡Ah, imbéciles! clamaba el ciego; tienen Vds. las manos puestas sobre

millares de millares ¡y se están allí como idiotas, con los brazos

cruzados! Todos Vds. pueden hacerse en un momento tan ricos como reyes

con solo encontrar eso que muy bien saben que está por aquí, á su

alcance, ¡y ninguno quiere hacer su obligación! ¡Mandrias! ¡mandrias!

ninguno de Vds. se atrevió á presentarse á Bill, y tuve que resolverme á

hacerlo yo... ¡un ciego! ¡Pues bien yo no quiero perder la suerte que me

toca, por culpa de Vds.! ¡Qué! ¿voy á seguir siendo toda la vida un

pordiosero que se arrastra, chicaneando y trampeando por un miserable

vaso de rom, cuando debo y puedo rodar en coches magníficos? ¡Si esas

gentes se volvieran ojo de hormiga, todavía deberían Vds. encontrarlas!

--Cierra tu escotilla, Pew, gruñó uno de ellos, ya hemos pescado los

doblones.

--Es seguro que ellos habrán escondido bien el maldito lío, saltó otro.

Pero no perdamos tiempo; toma tú los Jorges,[3] Pew, y no estés allí

chillando.

Chillando era la palabra verdadera, y al oirla la muy mal contenida

cólera del ciego hizo explosión, excitada ya por las objeciones

precedentes, de tal suerte y tan furiosamente, que su excitación se

sobrepuso á todo; así fué que, empuñando su grueso bastón, arremetió con

él á sus secuaces, golpeando con rabia á derecha é izquierda, á pesar de

su ceguera, y dejándose oir sus tremendos golpes sobre más de alguno de

los más próximos á él.

Estos, á su vez, respondieron vomitando las más horribles injurias y

amenazas sobre el perverso ciego, y se lanzaron sobre él á pretender

apoderarse del garrote, retorciéndoselo en su poderoso puño.

Esta riña fué para nosotros la salvación, pues todavía estaban empeñados

en ella aquellos hombres, cuando un nuevo ruido se dejó oir hacia la

cumbre de la loma, por el lado de la aldea, y era el galope tendido de

varios caballos. Casi en el mismo instante un pistoletazo partió del

lado del vallado, percibiéndose simultáneamente la luz y el trueno del

disparo. Aquello era, evidentemente, la última señal de peligro, porque

los filibusteros se pusieron en fuga, en el instante, en una precipitada

carrera de "sálvese quien pueda." Todos corrieron en dirección

diferente: el uno rumbo al mar; otro hacia la caleta; otro oblícuamente

por la loma y así de los demás, de tal manera que en menos tiempo del

que lo cuento, no quedaban ya ni trazas de ellos, excepto el ciego Pew.

En cuanto á éste, lo habían abandonado, no sabré decir si por el pánico

que de ellos se apoderó, ó en venganza de sus injurias y garrotazos. El

hecho es que él estaba allí, detrás de todos, tentaleando sobre el

camino con su bastón, loca y desesperadamente, y llamando á gritos á sus

camaradas fugitivos. Finalmente tomó la peor dirección para él, rumbo á

la aldea, y pasó á muy pocos pasos de mi escondite clamando

frenéticamente:

--Juanillo, Black Dog, Dirk, y otros nombres más.... Vds. no dejarán

aquí á su viejo Pew, compañeros... ¡no dejarán á su pobre Pew!

En aquel instante el ruido de los caballos llegó á la cumbre y cuatro ó

cinco ginetes aparecieron sobre la loma, alumbrados claramente por la

luna y se precipitaron á galope tendido hacia abajo, por el declive.

Entonces Pew comprendió su error; trató de volverse prorrumpiendo en una

maldición y se dirijió hacia la zanja en la cual rodó. Pero en un

segundo ya se había puesto en pie de nueva cuenta é intentó un nuevo

escape; pero descarriado ya como estaba, no hizo más que ir á colocarse

precisamente bajo el más próximo de los caballos que se acercaban. El

ginete trató de salvarlo; pero fué en vano. El mendigo cayó, sin

remedio, atropellado por el bruto que lo echó por tierra y estampó sobre

él, despedazándolo, sus cuatro herrados y poderosos cascos. Pew dejó oir

un solo grito horrible y angustioso que se perdió en el silencio trágico

de la noche. Cayó sobre un costado, se volteó luego débilmente con el

rostro á tierra y no volvió á moverse nunca.

Yo me enderecé entonces y saludé cortésmente á los ginetes que ya se

disponían á retroceder, horrorizados por el accidente ocurrido. Pronto

me dí cuenta de quienes eran ellos. Uno, que venía aún detrás de todos,

era el muchacho que había ido de la aldea en busca del Doctor Livesey;

los demás eran aduaneros ó guardas fiscales que aquél había encontrado

en su camino y con los cuales se había entendido para regresar sin

pérdida de tiempo. La noticia de aquella extraña barca de vela cuadrada

surta en la Caleta del Gato, había llegado hasta el Inspector Dance que,

á consecuencia de ella, había resuelto hacer una excursión aquella noche

en dirección de nuestras playas, circunstancia, sin la cual, es seguro

que mi madre y yo habríamos perdido la vida.

En cuanto á Pew, estaba muerto y muy bien muerto. Por lo que hace á mi

madre, á quien condujimos á la aldea, algunas lociones de agua fría y

algunas sales que le hicimos aspirar le volvieron por completo el

conocimiento y aunque no quedó enteramente exhausta de ánimo por sus

terrores, sinembargo aún continuaba deplorando el resto del dinero que

no quiso tomar. En el interín, el Inspector apresuró su marcha, tanto

cuanto pudo, en dirección de la Caleta del Gato; pero sus guardas tenían

que desmontar y que ir marchando á tientas por las escabrosidades de la

cañada, llevando del diestro á los caballos, algunas veces

conteniéndolos y constantemente con el temor de una emboscada, por lo

mismo no fué cosa de sorprenderse el que, cuando llegaron al lugar en

que sabían que la barca estaba fondeada, ésta se hubiera hecho ya á la

mar, si bien estaba aún á cortísima distancia de la playa. Todavía la

voz del Inspector pudo llegar hasta los fugitivos, uno de los cuales le

gritó que se quitase de la luz de la luna porque podría ir á saludarle

un poco de plomo. No acababa de apagarse el eco de esta intimación

cuando silbó una bala de mosquete casi rozando el brazo de Dance y acto

continuo la embarcación dobló la punta de la caleta y desapareció. El

Inspector se quedó allí, según su propia expresión "como pez fuera del

agua" y todo lo más que pudo hacer fué enviar un hombre á Brístol para

prevenir el arribo posible de la falúa aquella, lo cual era lo mismo que

nada, en su opinión.

--Han salido salvos, añadió, y la cosa ha concluido allí. Solamente me

alegro mucho de que hayamos trillado al paso á Maese Pew, que de no ser

así ya hubiera recibido, á estas horas, noticias mías.

Volvíme entonces con él á la posada del "_Almirante Benbow_" y no podría

nadie imaginarse qué cuadro de trastorno y destrozo encontré en nuestra

casa. El reloj, con su gran caja de madera, había sido arrojado al

suelo por aquellos bárbaros en su desesperada cacería emprendida para

buscarnos á mi madre y á mí, y aun cuando es cierto que nada se habían

llevado á excepción del talego de dinero del Capitán y algunas monedas

de plata de nuestra gaveta, pude hacerme cargo, desde la primera ojeada

que dí, de que estábamos arruinados. El Inspector Dance no podía hacer

nada en aquel caos.

--Bueno, Jim, díjome; tú afirmas que ellos han cogido el dinero, ¿no es

así? entonces ¿qué fortuna era la que buscaban aquí? ¿más dinero tal

vez?

--No señor, no creo que fuese dinero, le contesté, lo cierto es que yo

creo tener aquí, en la bolsa de pecho de mi jubón lo que ellos buscaban

y quisiera, de buen grado, depositarlo desde luego en un lugar seguro.

--¿Para ponerlo á salvo, muchacho? me parece muy bueno, dijo. Yo me lo

llevaré si tú quieres.

--Yo pensaba, tal vez, que el Doctor Livesey... comencé yo.

--¡Excelente! ¡magnífico! me interrumpió él en muy plausible tono; tu

idea es immejorable; él es todo un caballero y todo un magistrado. Y

ahora que pienso en ello, yo también debo ir allá y dar cuenta, ya sea á

él, ya al Caballero Trelawney, de la muerte de ese Maese Pew, que ya no

tiene remedio. Y no es que yo la deplore, nó; sino que las gentes poco

benévolas podrían querer acriminar por ella á un oficial del fisco de Su

Majestad, si acriminación cupiere en este caso. Ahora, pues, Hawkins, si

tú quieres, puedo llevarte conmigo.

Le dí cordialmente las gracias por su ofrecimiento y nos fuimos á pie

otra vez á la aldea en donde estaban los caballos. Mientras fuí á

avisar á mi madre lo que iba yo á hacer ya las cabalgaduras estaban

ensilladas.

--Dogger, dijo el Sr. Dance, tú llevas allí un buen caballo, ponte á

este chiquillo en ancas.

No bien hube yo montado y asídome al cinturón de Dogger, el Inspector

dió la señal de partida y toda la caravana se puso en movimiento

saliendo al camino, á un trote bastante vivo, y cruzando el puente que

nos sirvió de escondite, rumbo á la casa del Doctor Livesey.

[Illustration]

[Illustration]

CAPÍTULO VI

LOS PAPELES DEL CAPITÁN

Caminamos bastante de prisa hasta que por fin nos detuvimos á la puerta

del Doctor Livesey. La casa estaba enteramente oscura en el exterior.

El Inspector Dance me dijo que me apeara y llamase á la puerta y Dogger

me dió uno de sus estribos para que bajara por él. La puerta se abrió

casi inmediatemente y apareció la criada.

--¿Está en casa el Doctor? le pregunté.

--Nó, me contestó, estuvo aquí en la tarde, pero volvió á salir rumbo á

la Universidad en donde iba á comer y á pasar la velada con el Caballero

Trelawney.

--Entonces, vamos allá, muchachos, dijo el Inspector.

Por esta vez, como la distancia que había que recorrer era muy corta, ya

no volví á montar, sino que marché teniéndome á la correa del estribo de

Dogger hasta el pabellón del conserje, y de allí arriba por la larga y

desnuda avenida, alumbrada á aquella hora por el resplandor de la luna,

y á cuyo término se veía, de uno y otro lado, en medio de viejos

jardines, la blanca silueta del grupo de edificios que forman la

Universidad. Aquí el Inspector Dance desmontó, y llevándome consigo,

obtuvo el permiso de pasar al interior del establecimiento para un

pequeño asunto.

El criado nos condujo á un pasillo esterado á cuyo extremo nos mostró la

gran biblioteca, toda forrada de inmensos estantes, coronados de bustos

de sabios de todas las edades. Allí encontramos al Caballero Trelawney y

al Doctor Livesey, charlando animadamente, puro en mano, á los lados de

un fuego alegre y brillante.

Hasta aquella noche no había yo tenido ocasión de ver de cerca al

Caballero Trelawney. Era un hombre alto, de más de seis pies de estatura

y de anchura proporcionada, con un rostro agreste, áspero y encarnado

que sus largos viajes habían puesto así, como forrado por una máscara.

Sus pupilas eran muy negras y se movían con gran vivacidad, lo cual le

daba la apariencia de poseer un temperamento, no diré malo, pero sí

violento y altivo.

--Pase Vd., Sr. Dance, dijo entonces, en un tono benévolo y amable.

--Buenas noches, Dance, dijo á su vez el Doctor con una inclinación de

cabeza. Y buenas noches, tú también, amigo Jim, ¿qué buenos vientos

traen á Vds. por acá?

El Inspector quedóse de pie, derecho y tieso como un veterano, y contó

lo acaecido como un estudiante que recita su lección. Era de verse cómo

aquellos dos caballeros se acercaban insensiblemente, y qué miradas se

dirijían el uno al otro, embargándoles la sorpresa de tal modo que hasta

se olvidaron por completo de fumar sus puros. Cuando se les refirió cómo

mi madre había vuelto sola conmigo á la posada, el Doctor se dió una

buena palmada en el muslo y el Caballero Trelawney exclamó:

--¡Bravo, bravo! y en su entusiasmo arrojó su excelente puro á la

chimenea. Mucho antes de que lo hiciera se había ya puesto de pie, y

medía á pasos agitados la habitación, en tanto que el Doctor, como si

esto le ayudara á oir mejor, se había arrancado la empolvada peluca y se

nos exhibía allí, haciendo una figura extrañísima, con su propio pelo

negro, cortado á peine, como se dice en términos de barbería.

Al fin el Inspector Dance concluyó su narración.

--Sr. Dance, dijo el Caballero, es Vd. un hombre de muy noble corazón.

En cuanto al hecho de haber atropellado á aquel perverso lo considero,

señor mío, como un acto meritorio, tal como el pisar sobre una alimaña

venenosa. Y por lo que hace á este buen mozalbete Hawkins, él ha sido

"triunfos" en este juego. Vamos, chicuelo, ¿quieres hacer el favor de

tirar el cordón de esa campanilla? Es preciso que obsequiemos al Sr.

Inspector con un buen vaso de cerveza.

--Por lo visto, Jim, ¿tú crées tener en tu poder lo que esos malvados

buscaban? interrogó el Doctor.

--Aquí lo tiene Vd., dije alargándole el paquete envuelto en tela

impermeable.

El Doctor lo tomó y le dió vueltas y más vueltas, como si sus dedos

danzaran con la impaciencia nerviosa de abrir aquello; pero en vez de

hacerlo así, depositó el paquete tranquilamente en su bolsillo.

--Caballero Trelawney, dijo, así que el Sr. Dance haya tomado su

cerveza, tiene, por fuerza, que salir de nuevo al servicio de Su

Magestad; pero en cuanto á Jim, me propongo hacerlo que se quede esta

noche á dormir en mi casa, así es que con su permiso, propondría yo que

le mandáramos dar una buena tajada de pastel frío para que cene.

--Como Vd. quiera, Livesey, dijo el Caballero, Hawkins se ha hecho

acreedor á algo mucho mejor que un pastel frío.

Dicho esto, me trajeron y colocaron en una mesita lateral un grande y

apetitoso pastel de pichón, con el cual me despaché concienzudamente y

muy á mi sabor, porque la verdad es que tenía yo tanta hambre como un

halcón. En el interín, el Sr. Dance recibía nuevos cumplidos, tomaba su

cerveza y concluía, al fin, por despedirse.

--Y ahora Caballero, dijo el Doctor...

--Y ahora, Livesey, exclamó el Caballero en el mismo tono.

Cada cosa á su tiempo, como lo reza un adagio, dijo el Doctor riendo;

¿Vd. ha oído hablar de ese Flint, á lo que creo?

--¡Oído hablar de él! exclamó el Caballero, oído hablar de él! Pues si

ha sido el más sanguinario filibustero que jamás ha cruzado el océano.

Barba-roja era un niño de pecho junto á él. Los españoles le tenían un

miedo tan horrible que, debo decirlo con franqueza, me sentía yo

orgulloso de que Flint fuese un inglés. Yo he visto, con mis propios

ojos, las gavias de su navío, á la altura de la _Trinidad_, y el

gallinazo hijo de borrachín con quien yo me había embarcado, hizo proa

atrás, refugiándose á toda prisa en Puerto-España.

--Está bien, dijo el Doctor, también yo he oído hablar de él en

Inglaterra; pero la cuestión es esta, ¿tenía dinero?

--¡Dinero! exclamó el Caballero Trelawney, ¡ha oído Vd. cosa! ¿pues

qué es lo que esos villanos buscaban sino dinero? ¿qué les importa á

ellos nada que no sea dinero? ¿y por qué otra cosa arriesgarían sus

viles pellejos que no fuese por dinero?

[Illustration: LOS PAPELES DEL CAPITÁN.

"Tanto el Caballero como yo estábamos ya observando..."]

--Eso lo veremos pronto, replicó el Doctor; pero Vd. está tan

extraordinariamente excitado y declamador que no acierto á sacar en

limpio nada de lo que deseo. Lo que yo quiero saber es esto: suponiendo

que tengo yo en mi bolsa, aquí, la llave para descubrir el punto en que

Flint ha sepultado su tesoro, ¿el tal tesoro será algo que valga la

pena?

--¡Que valga la pena! ¡Por San Jorge! Valdrá nada menos que esto: si

tenemos esa clave que Vd. sospecha, yo fletaré un buque en Brístol y

llevaré conmigo á Vd. y á Hawkins, y crea que desenterraré el tal tesoro

aunque deba buscar un año entero.

--Muy bien; ahora pues, si Jim consiente, abriremos este paquete, dijo

el Doctor poniéndolo sobre la mesa.

El lío estaba cosido, así fué que el Doctor tuvo que sacar de su estuche

unas tijeras y cortar las hebras que lo aseguraban. Dos cosas

aparecieron: un cuaderno y un papel sellado.

--Primero examinaremos el cuaderno, sugirió el Doctor.

--Tanto el Caballero como yo estábamos ya observando por encima de su

hombro cuando él lo abrió, pues por lo que hace á mí ya el mismo Doctor

me había antes invitado á que me acercase sin ceremonias, dejando la

mesa donde había cenado, para participar en el placer de la curiosa

investigación. En la primera página no había más que algunos rasgos de

manuscrito, como los que un hombre, con una pluma en la mano, puede

hacer por vía de práctica ó de entretenimiento. Una de las frases

escritas era la misma que el Capitán llevaba en los dibujos indelebles

de su brazo "Caprichos de Billy Bones." Luego se leía esto: "Maese W.

Bones, piloto," "No más rom," y "Cerca de Punta de Palma lo hubo" y

algunos otros motes y palabras sueltas, en su mayor parte

ininteligibles. No pude prescindir de que se excitara mi curiosidad

pensando quién sería el que _lo hubo_ y qué fué _lo que hubo_. Lo mismo

podía tratarse de una buena estocada en la espalda que de otra cosa

cualquiera.

--No sacaremos de aquí gran cosa en limpio, dijo el Doctor volviendo la

hoja.

Las diez ó doce páginas siguientes estaban llenas con una curiosa serie

de entradas. En la extremidad de cada una de las líneas se veía una

fecha, y en la otra una suma de dinero, como en los libros de cuentas

comunes y corrientes; pero en vez de palabras explicativas, sólo se

encontraba un número variable de cruces entre una y otra. En la fecha

marcada 12 de Junio de 1745, por ejemplo, se veía claramente que la

cantidad de setenta libras esterlinas se debía á alguno, y no se veían

sino seis cruces para explicar la causa ú origen de la deuda. En algunos

lugares, para mayor seguridad, se añadía el nombre de algún lugar como

"Á la altura de Caracas," ó bien una mera cita geográfica de latitud y

longitud como, 53° 17' 20" y 19° 2' 40".

Aquel memorándum duraba muy cerca del espacio de veinte años,

aumentando, como era natural, el guarismo total, á proporción que el

tiempo avanzaba, hasta que al último se veía un gran total sumado,

después de cuatro ó cinco adiciones equívocas rectificadas, y por todo

apéndice estas tres palabras "Hucha de Bones."

--No le hallo á esto pies ni cabeza, dijo el Doctor.

--Pues la cosa es clara como la luz del medio día, exclamó el Caballero:

este es el libro de cuentas del malvado sabueso. Esas cruces ocupan allí

el lugar de los nombres de buques y aldeas que él echó á pique ó entró á

saqueo. Las sumas no son más que la parte que en cada hazaña de esas

tocó á nuestro escorpión, y en donde tenía algún error ya ve Vd. que

cuidaba de añadir algo que aclarara como "Á la altura de Caracas" ya

puede Vd. colegir por esta inscripción que algún desdichado buque fué

tomado al abordaje á la altura de las costas mencionadas. ¡Dios haya

recibido en su seno á las pobres almas que tripulaban esa barca, tiempo

hace ya!

--Es verdad dijo el Doctor. Vea Vd. de lo que sirve ser uno viajero; es

verdad. Y el monto aumenta á medida que él asciende en categoría.

Muy poco más había en el libro, excepto determinaciones geográficas de

algunos lugares anotados en las hojas en blanco hacia el fin del

cuaderno, y una tabla para la reducción de monedas francesas, inglesas y

españolas á un valor común.

--¡Hombre arreglado! exclamó el Doctor; no era á él á quien podían

hacérsele trampas, de seguro.

--Ahora, prosiguió el Caballero, veamos esto otro.

El papel cuyo exámen seguía, estaba sellado en diversos puntos,

habiéndose usado un dedal por vía de sello, tal vez el mismo que había

yo encontrado en la bolsa del Capitán. El Doctor abrió los sellos con

gran cuidado y apareció entonces el mapa de una isla, con su latitud,

longitud, sondas, nombres de montañas, bahías, caletas, abras, y todos

los pormenores necesarios para poder llevar un buque á anclar á salvo en

sus costas. Parecía como de unas nueve millas de largo y cinco de ancho,

teniendo la figura de una especie de dragón en pie, y presentaba dos

magníficos fondeaderos, perfectamente cerrados y una eminencia en la

parte central marcada con el nombre de "El Vigía." Veíanse algunas

adiciones hechas en fecha más reciente, pero lo que más saltaba á la

vista eran tres cruces marcadas con tinta roja, dos en la parte norte de

la isla y una al sudoeste, y además, escrito con la misma tinta

encarnada en caracteres muy claros y elegantes, bien distintos de la

tosca escritura del Capitán, estas tres significativas palabras "_Aquí

el tesoro_."

Por detrás, la misma mano había trazado estas explicaciones

complementarias.

--"_Un grande árbol, en la vertiente de 'EL VIGÍA,' en dirección al

N.-N.N.E._

"_Islote del Esqueleto E.S.E. cuarta al E._

"_Diez pies._

"_La gran barra de plata está en el hoyo del lado Norte; puede

encontrársela siguiendo el declive del montecillo al Este, diez

brazas al Sur del peñasco negro frente á él._

"_Las armas se encontrarán fácilmente en la loma de arena que está

en la punta Norte del fondeadero septentrional, en dirección Este,

cuarta al Norte.--J. F._"

Esto era todo; pero conciso como era, y para mí incomprensible, llenó de

júbilo al Caballero y al Doctor Livesey.

--Livesey, dijo el Sr. de Trelawney, va Vd. á abandonar en el acto su

desdichada y penosa profesión. Mañana salgo para Brístol. En tres

semanas... ¡nó! en dos semanas... en diez días, le aseguro á Vd. que

tendremos el mejor buque, si señor, y la más escojida tripulación que

puede suministrar la Inglaterra. Hawkins vendrá con nosotros como paje

de á bordo. ¡Vamos! yo sé que tú harás un famoso paje de á bordo,

chico... Vd., Livesey, será el médico del buque; yo me gradúo Almirante

desde luego. Nos llevaremos á Redruce, Joyce y Hunter. Tendremos vientos

favorables, viaje rápido, y sin la menor dificultad hallaremos el sitio

indicado y en él, dinero en cantidad bastante para comer, para arrastrar

carrozas y para gastar como príncipes por el resto de nuestra vida.

--Trelawney, dijo el Doctor, prometo acompañarle en la expedición, y

puedo responder de su éxito; Jim también vendrá, por supuesto, y será

una honra para la empresa. Pero hay un hombre, uno solo á quien yo temo.

--¿Y quién es él? exclamó el Caballero: nombre Vd. á ese pícaro sin

dilación.

--¡Vd! replicó el Doctor. Vd. que no tiene la fuerza necesaria para

refrenar su lengua. Nosotros no somos los únicos en conocer la

existencia de este documento. Esos individuos que han atacado la posada

esta noche--arrojados y valientes marrulleros sin duda alguna--lo mismo

que los que se habían quedado guardando la extraña barca de que nos

habló Dance, todos esos, y me atreveré á afirmar que otros todavía, por

angas ó por mangas, se créen con la resolución inquebrantable de

apoderarse de la hucha. Ninguno de nosotros, debe, pues, salir solo en

lo de adelante hasta estar á bordo. Jim y yo andaremos juntos en el

interín. Vd. llevará consigo á Joyce y á Hunter cuando salga para

Brístol y del primero al último de los que aquí estamos nos debemos

comprometer á no chistar palabra de lo que hemos descubierto.

--Livesey, dijo el Caballero; Vd. siempre tiene razón: por mi parte

prometo estarme mudo como una tumba.

[Illustration]

[Illustration]

PARTE II

_EL COCINERO DE "LA ESPAÑOLA"_

CAPÍTULO VII

SALGO PARA BRÍSTOL

La isla del tesoro · 第 3 / 20 段