que tan dulce hablaba, se apoderó de ella como con una garra. Asustéme
tanto que pugné por desasirme, pero el ciego me atrajo poderosamente
junto a sí con sola una contracción de su brazo.
--Ahora, muchacho, díjome, llévame á donde está el Capitán.
--Señor, le contesté, bajo mi palabra le aseguro que no me atrevo.
--¡Oh! replicó él con una risita burlona, llévame en el acto ó te
destrozo el brazo.
Y así como lo dijo, me dió un apretón tan horrible que me obligó á
lanzar un grito.
--Señor, añadí entonces, si no me atrevo, es sólo por Vd. El Capitán ya
no es el mismo que era antes. Ahora tiene siempre junto á sí una
cuchilla desenvainada. Otro caballero...
--¡Vamos, vamos, en marcha! me interrumpió el ciego, con una voz tan
áspera, tan fría, tan ingrata y tan espantable como no he vuelto á oir
jamás otra en mi vida. Ella me atemorizó más todavía que el dolor que
antes sentí, así es que sin vacilar le obedecí, llevándolo directamente
adentro, hacia la sala, en donde nuestro viejo y enfermo filibustero
permanecía sentado, entregado á su vicio de tomar rom. El ciego se
mantenía apretado á mí, sujetándome como con una tenaza férrea, en su
mano formidable, y dejando cargar sobre mí, más peso de su cuerpo, del
que yo podía razonablemente soportar.
--Llévame derecho á donde él está, me repitió, y cuando ya esté yo á su
vista, grítale: "Bill, aquí esta uno de sus amigos." Si no lo haces así
yo te repetiré este juego; y diciendo esto volvió á retorcerme el brazo
de una manera tan brutal y dolorosa que creí que iba á desmayarme. Con
una y otra cosa fué tal el terror que me cogió por el mendigo ciego que
me olvidé de todo mi antiguo miedo al Capitán y, tan luego como abrí la
puerta de la sala exclamé como se me había ordenado:
--¡Bill, aquí está uno de sus amigos!
El pobre Capitán levantó los ojos y le bastó la primera ojeada para que
su cabeza quedara instantáneamente libre de los humos del rom que había
alojado en ella y se pusiera de todo punto natural y despejada. La
expresión de su rostro no era tanto ya de terror como de mortal y
angustiosa agonía. Hizo un movimiento para ponerse en pie, pero no creo
que le quedara ya fuerza suficiente en el cuerpo para realizarlo.
--Veamos, Bill, díjole el mendigo, no hay para que incomodarse; quédate
allí sentado en donde estás. Aunque yo no puedo ver, puedo oir, sin
embargo, hasta el movimiento de un dedo. No hablemos mucho; vamos al
asunto; negocio es negocio. Levanta tu mano izquierda... muchacho, toma
su mano izquierda por la muñeca y acércala á mi mano derecha...
Ambos obedecimos como fascinados, al pie de la letra, y noté entonces
que el ciego hacía pasar á la del Capitán algo que él traía en la mano
misma con que empuñaba su bastón. El Capitán apretó y cerró aquello en
la suya nerviosa y rápidamente.
--¡Ya está hecho! dijo entonces el ciego y al pronunciar estas palabras
se desasió de mí bruscamente y con increíble exactitud y destreza,
salió, de por sí, fuera de la sala y se lanzó al camino real, sin que yo
hubiera podido todavía moverme del sitio en que me dejó, como
petrificado, cuando ya se había perdido á lo lejos el _tip-tap_ de su
caña tentaleando, á distancia, sobre la vía por donde marchaba.
Pasóse algún tiempo antes de que el Capitán y yo volviéramos á nuestros
sentidos, pero al cabo, y casi en el mismo momento, solté su puño, que
todavía tenía cogido; lanzó él una mirada ansiosa á lo que tenía en la
palma de la mano y en seguida exclamó poniéndose violentamente en pie:
--¡Á las diez!... ¡todavía es tiempo!
Al decir esto y ponerse en pie, vaciló como un hombre ebrio, llevóse
ambas manos á la garganta, se quedó oscilando por un momento, y luego,
con un rumor siniestro y peculiar, se desplomó cuan largo era, dando su
rostro en el suelo.
Yo me precipité hacia él, llamando á gritos á mi madre. Pero todo
apresuramiento era vano. El Capitán había caído ya muerto, acometido por
un ataque de apoplegía fulminante.
¡Cosa extraña y curiosa! Yo, que ciertamente no había tenido jamás
cariño por aquel hombre, por más que en sus últimos días me inspirase
una gran compasión, tan luego como lo ví muerto, rompí en un verdadero
mar de lágrimas. Aquella era la segunda muerte que yo veía y el dolor de
la primera estaba todavía demasiado reciente en mi corazón.
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CAPÍTULO IV
EL COFRE DEL MUERTO
Sin perder un instante, por supuesto, hice entonces lo que quizás debí
haber hecho mucho tiempo antes, que fué contar á mi madre todo lo que
sabía, y desde luego ví que nos encontrábamos en una posición sobre
manera difícil. Parte del dinero de aquel hombre--si alguno tenía--se
nos debía á nosotros evidentemente; pero no era muy presumible que los
extraños y siniestros camaradas del Capitán, sobre todo, aquellos dos
que ya me eran conocidos, consintieran en deshacerse de parte del botín
que pensaban repartirse, por pagar las deudas del hombre muerto. La
orden que el Capitán me había dado, como se recordará, de que saltase al
punto sobre un caballo y corriese en busca del Doctor Livesey hubiera
dejado á mi madre sola y sin protección, por lo cual no había que pensar
en ello. La verdad es que nos parecía imposible á ambos el permanecer
mucho tiempo en la casa: los rumores más comunes é insignificantes como
el carbón cayendo en las hornillas del fogón de la cocina, el tic-tac
del reloj de pared y otros por el estilo, nos llenaban, en aquellas
circunstancias, de terror supersticioso. Las inmediaciones de la casa
nos parecían llenar el aire con el ruido apagado de pisadas cautelosas
que se acercaban, así es que, entre aquel cadáver del pobre Capitán,
yaciendo sobre el piso de la sala, y el recuerdo de aquel detestable y
horroroso pordiosero ciego, rondando quizás muy cerca y tal vez pronto á
volver, hubo momentos en que, como dice un adagio vulgar, no me llegaba
la camisa al cuerpo. Había, pues, que tomar una resolución pronta,
cualquiera que fuese, y al fin nos ocurrió irnos juntos y pedir socorro
en la aldea cercana. Todo fué decir y hacer. Aun cuando estábamos con la
cabeza toda trastornada, no vacilamos en correr, sin tardanza, enmedio
de la tarde que declinaba y de la espesa y helada niebla que todo lo
envolvía.
La aldea, aunque no se veía desde nuestra posada, no estaba, sin
embargo, sino á una distancia de pocos centenares de yardas, al otro
lado de la caleta vecina, y--lo que era para mí un grandísimo
consuelo--en dirección opuesta de la que el mendigo ciego había hecho su
aparición, y probablemente de la que también había seguido en su
retirada. No tardamos mucho tiempo en el camino, por más que algunas
veces nos deteníamos repegándonos el uno al otro para prestar oído. Pero
no percibimos ruido alguno anormal; nada que no fuese el vago y suave
rumor de la marea y los últimos graznidos y aleteos postreros de los
habitantes de la selva.
Acababa de oscurecer cuando llegamos á la aldea, y jamás olvidaré lo
mucho que me animó el ver en puertas y ventanas el brillo amarillento de
las luces; aunque ¡ay! como muy pronto iba á verlo, aquel era el único
auxilio que podíamos esperar por aquel lado. Porque no hubo un alma--por
más vergonzoso que esto sea para los hombres aquellos--no hubo un alma
que consintiera en acompañarnos de vuelta á la posada. Mientras más
detallábamos nuestras cuitas, más veíamos que hombres, mujeres y niños
se aferraban en quedarse al abrigo de sus propios hogares. El nombre del
Capitán Flint, por más que para mí fuese completamente extraño, era
bastante conocido para algunos de aquellos campesinos y bastaba él solo
para llevar á sus corazones un gran peso de terror. Algunos de aquellos
hombres que habían estado trabajando en el campo, en las cercanías del
"_Almirante Benbow_," recordaban, además, haber visto varios extraños en
el camino y tomándolos por contrabandistas, los habían obligado á
alejarse; otro aseguraba, por lo menos, haber visto una especie de bote
de vela cuadrada, en la parte de la costa que llamamos Caleta del Gato.
Por lo visto, cualquiera que fuese un simple camarada del Capitán era
bastante para producir un terror mortal á aquellas gentes. Y aun cuando
después de muchas vueltas y revueltas encontramos á algunos dispuestos á
montar é ir á prevenir al Doctor Livesey de lo que pasaba, para lo cual
tenían que ir en otra dirección, lo cierto es que ninguno quiso venir á
ayudarnos á defender la posada.
Se dice comunmente que el miedo es contagioso; pero por otro lado, la
elocuencia es una gran alentadora, así es que, cuando cada uno hubo
dicho su opinión, mi madre les dijo un pequeño discurso.
--Yo declaro, dijo entre otras cosas, que jamás consentiré en perder un
dinero que pertenece á mi huérfano hijo, y si ninguno de Vds. se atreve
á ayudarme, Jim y yo nos atrevemos á todo. Ahora mismo nos volvemos por
donde hemos venido y pocas gracias doy á Vds. camastrones,
desentrañados, corazones de pollo. Nosotros solos abriremos esa maleta,
aunque deba costarme la vida mi atrevimiento. Gracias mil á Vd., Sra.
Crossley, por este saquillo que me ha prestado en el cual traeré mi "muy
mío" y muy legítimo dinero.
Es claro que yo dije que iría con mi madre, y claro es también que todas
aquellas gentes protestaron contra nuestra temeridad; pero con todo y
eso, no hubo un hombre solo que se resolviera á acompañarnos. Todo lo
más que hicieron fué darme una pistola cargada por si acaso nos atacaban
y prometernos que tendrían listos caballos ensillados para el caso de
que fuésemos perseguidos en nuestra vuelta, y entre tanto un muchacho
corría ya en busca del Doctor para pedir auxilio armado.
Mi corazón latía violentamente cuando mi madre y yo volvíamos, solos de
nuevo, en medio de aquella noche helada, para afrontar tan temible y
peligrosa aventura. La luna llena comenzaba á levantar su disco rojizo
sobre las vagas siluetas de las nieblas del horizonte, lo cual nos
impelía á acelerar el paso, porque era evidente que antes de mucho rato,
y antes de que volviésemos de nuevo, todo estaría ya inundado con una
claridad como de día, y nuestra partida quedaría expuesta, por lo mismo,
á los ojos investigadores de nuestros vigilantes enemigos. Deslizámonos
cautelosamente á lo largo de los setos y vallados, sin hacer el menor
ruido y no vimos ni oímos nada que fuese parte á aumentar nuestras
zozobras, hasta que, al fin, con gran consuelo nuestro, la puerta de la
posada se cerró tras de nosotros, que estábamos, al cabo, en ella.
Corrí instintivamente el cerrojo tan luego como entramos, y nos
quedamos, por un momento, enmedio de la oscuridad, jadeando y
palpitantes, solos, sin más compañía que el cadáver del Capitán. Mi
madre enseguida fué al mostrador y tomó una bugía, y cogidos ambos de
las manos nos introdujimos á la sala. El muerto estaba allí, tal como lo
habíamos dejado, con sus ojos abiertos y un brazo echado hacia fuera.
--Baja el trasparente, Jim, murmuró mi madre; podría suceder que
viniesen á espiarnos desde afuera. Y ahora--añadió cuando su orden
estaba ejecutada--tenemos que buscar la llave de _eso_, y ya veremos
quien es el que lo coje. Y al decir esto exhaló algo como un suspiro ó
un sollozo.
Púseme de rodillas inmediatamente. En el suelo, muy cerca de la mano del
difunto me encontré en el acto un disco pequeño de papel, ennegrecido de
un lado. No pude dudar de que esto fuese el disco negro á que él se
había referido y levantándolo, encontré escrito, al otro lado, en letra
muy buena y muy clara, esta intimación demasiado lacónica. "Se le da á
Vd. de plazo hasta las diez, de esta noche."
--Se le da hasta las diez, madre, dije, y no bien acababa de pronunciar
estas palabras cuando nuestro viejo reloj crujió para dar una hora, y
comenzó á sonar pausadamente sus campanadas, haciéndonos extremecer con
un movimiento involuntario...
--¡Una... dos... tres... cuatro... cinco... seis! Las seis! son las seis
apenas... tenemos tiempo, Jim, dijo mi madre. Ahora, veamos; esa llave!
Busqué en cada una de sus bolsas: algunas pequeñas monedas, un dedal, un
poco de hilo, agujas gruesas, un pedazo de tabaco de pipa, su navaja de
mango corvo, una brújula de bolsillo, y una cajita con eslabón y yesca
fué todo lo que en ellas encontré y ya comenzaba, por lo mismo, á
desesperar.
--Tal vez la lleve colgada al cuello, sugirió mi madre.
Sobreponiéndome á una gran repugnancia me resolví á abrirle la camisa y
allí, desde luego, suspensa de un sucio cordoncillo embreado que me dí
prisa á cortar con su propia navaja, estaba la llave que tanto
buscábamos. Con esta primera victoria nos sentimos llenos de valor y de
esperanza y nos apresuramos á subir á la habitación del difunto, en la
que había dormido por tan largo tiempo y en la cual su cofre de á bordo
había permanecido desde el día de su llegada.
Era aquella una maleta marina, común y corriente, como la de otro
navegante cualquiera, solo que por fuera llevaba esta inicial B hecha
con un hierro candente, y las esquinas aparecían un poco rotas y
estropeadas como por un uso largo y nada cuidadoso.
--Dame esa llave, dijo mi madre; y aun cuando la chapa estaba muy dura y
en poco uso, ella la había ya abierto y levantado la tapa de la maleta,
en un abrir y cerrar de ojos.
Un fuerte olor á tabaco y á bréa salió inmediatamente del interior, pero
nada pudimos ver en el compartimiento de arriba, con excepción de un
traje de muy buena tela cuidadosamente cepillado y doblado que, según
dijo mi madre, jamás debió haber sido usado. Bajo de él comenzaba la
miscelánea: un cuadrante, una cajilla de hoja de lata, varios palillos
de tabaco, dos pares de muy buenas y hermosas pistolas, un pedacillo de
barra de plata, un antiguo reloj español y algunas otras baratijas de
muy poco valor, en su mayor parte de estructura extranjera, un par de
brújulas montadas en latón y cinco ó seis extrañas y curiosas conchas de
los mares de las Indias Occidentales. Con frecuencia me he maravillado
después pensando para qué había venido trayendo y guardando aquellos
mariscos, en el discurso de su azarosa, culpable y agitada vida.
Entre tanto, nada que valiese la pena habíamos encontrado, excepto la
barrilla y las baratijas de plata, que por cierto no era lo que nosotros
buscábamos. Debajo había un viejo capote de á bordo, blanqueado con las
sales marinas, que mi madre levantó con impaciencia y que descubrió á
nuestra vista las últimas cosas del contenido de la maleta. Eran estas,
un paquete ó liazo de papeles, envueltos cuidadosamente en tela
impermeable, y una talega de cáñamo, que nos bastó menear para que su
sonido nos dijese que contenía oro.
--Yo les probaré á esos pícaros, prorrumpió mi madre, que soy una mujer
honrada. Tomaré de aquí lo que se nos debe y ni un solo penique más. Ten
el saquillo de la Sra. Crossley; y diciendo esto comenzó á contar
escrupulosamente el monto de lo adeudado, pasando las monedas de la
talega del Capitán al saquillo que yo sostenía abierto con mis manos.
Fué aquella una operación larga y difícil porque las monedas eran de
todos los países y de todos los cuños imaginables. Doblones y luises de
oro, guineas y piezas de á ocho, y no sé cuantas otras más, todas
mezcladas unas con otras y en montón. Las guineas, además, eran las
menos abundantes, y ellas eran las únicas con que mi madre sabía contar.
Estaríamos como á la mitad de nuestra tarea, cuando súbitamente tuve que
poner mi mano sobre su brazo, para imponerle silencio, porque acababa
de oir enmedio de la atmósfera fría y callada, un rumor que hizo que el
corazón me latiera de nuevo hasta querer salírseme por la boca: era el
formidable _tap-tap_ del bastón del ciego mendigo golpeando sobre la
superficie helada del camino. Lo oí que se acercaba más y más, en tanto
que nosotros procurábamos contener hasta la respiración. Por fin golpeó
con firmeza en la puerta de la posada y luego oímos distintamente que
hacía jugar la perilla de fuera de la cerradura, y el cerrojo crujía con
los esfuerzos que aquel miserable hacía para entrar. Hubo, enseguida, un
silencio largo y angustioso tanto afuera como adentro de la casa. Por
fin el _tap-tap_ del bastón comenzó de nuevo y, con alegría
indescriptible de nuestra parte, acabó por irse extinguiendo á lo lejos
lentamente hasta que, por último, cesó de oirse por completo.
--Madre, le dije yo, tómelo Vd. todo de una vez y vámonos. Parecíame que
la puerta con el cerrojo echado debió de excitar las sospechas de aquel
hombre y que probablemente nos echaría encima á todo su nido de
gavilanes. Por lo demás, nadie que no se haya visto en presencia de
aquel terrible ciego puede explicarse cuánto me felicité de haber tenido
antes la ocurrencia instintiva de correr el cerrojo cuando entramos.
Empero mi madre, azorada como estaba, no quiso consentir en tomar ni un
céntimo más de lo que se nos debía; pero también se obstinó en no
contentarse con menos.
--Todavía no han dado las siete, dijo; falta mucho aún: yo sé lo que me
corresponde y lo quiero á todo trance.
Todavía estaba discutiendo conmigo cuando un ligero silbido llegó hasta
nosotros, lanzado, á buena distancia, sobre la loma. Aquello era
bastante y más que bastante para nosotros dos.
--Me llevaré lo que he contado, dijo mi madre poniéndose violentamente
en pie.
--Y yo tomo esto para redondear la cuenta, agregué apoderándome del lío
de papeles, envueltos en tela impermeable.
Un instante después, ambos bajábamos á toda prisa la escalera, dejando
la vela junto al baúl vacío, y no tardamos sino pocos segundos en abrir
la puerta exterior y ponernos en plena retirada. Un minuto más de
dilación y hubiera sido ya demasiado tarde. La niebla se estaba
desbaratando rápidamente y ya la luna brillaba con toda su claridad en
la parte elevada del terreno, á uno y otro lado nuestro, y apenas se
quedaba ya un ténue velo á la orilla de la hondonada y á las puertas de
la taberna para favorecer con su gasa, todavía no rota, los primeros
pasos de nuestra fuga. Mucho antes de que hubiéramos podido llegar á la
mitad del camino que lleva á la aldea, muy poco más allá del pie de la
loma, debíamos penetrar forzosamente en el espacio claro y descubierto,
alumbrado por la luna. Y aun esto no era todo: el rumor de pasos
numerosos que se acercaban en tropel llegó hasta nuestros oídos, y al
mirar en dirección de ellos, pudimos notar á causa de las oscilaciones
de una lucecilla y de su rápida aproximación, que uno de los que se
acercaban traía consigo una linterna.
--Hijo mío, díjome mi madre de repente, toma el dinero y escápate
corriendo. Yo siento que voy á desmayarme.
Esto sí que era el fin de todo para nosotros, al menos así lo pensé yo.
¡Cuánto no execré en aquel momento, la cobardía de los vecinos; cuánto
no desaprobé á mi pobre madre por su honradez y su avaricia, lo mismo
que por su pasado atrevimiento y su extrema debilidad en aquella hora!
Nos encontrábamos, por nuestra gran fortuna en aquel instante sobre el
pequeño puente; yo la sostuve lo mejor que pude, vacilante como estaba,
hasta la extremidad de la ribera, en donde exhaló un suspiro y se dejó
caer sobre mi hombro. No podré decir ahora cómo encontré en mí fuerzas
bastantes para hacer lo que hice en aquellas críticas circunstancias, y
aun me temo que lo que ejecuté lo llevé á cabo con alguna brusquedad; el
hecho es que me dí trazas para hacerla bajar conmigo el paredón de la
hondanada y casi arrastréla de manera de colocarnos un tanto cuanto bajo
el arco del mismo puente. Nada más pude hacer después de esto, porque el
puentecillo era demasiado bajo para permitirnos otra cosa que el
acurrucarme á mí debajo de él, dejando á mi madre casi enteramente
afuera; pero quedando ambos á tan corta distancia de la posada que
podíamos oir claramente lo que se hablara en ella.
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CAPÍTULO V
DEL FIN QUE TUVO EL MENDIGO CIEGO
Mi curiosidad, empero, pudo más que mis temores: comprendí que el
permanecer allí donde estaba no me traía más utilidad que la de pasarme
agazapado, Dios sabe cuanto tiempo, por lo cual trepé como pude, una vez
más al paredón del barranco y ocultando mi cabeza entre un sotillo de
retamas pude colocarme en posición de dominar desde allí toda la parte
del camino que pasa frente á nuestra puerta. Apenas había logrado
acomodarme cuando los enemigos comenzaron á llegar en número de siete ú
ocho, á toda carrera, golpeando con sus pies el sendero
descompasadamente y trayendo al frente de ellos al hombre de la
linterna, á pocos pasos á vanguardia. Tres hombres corrían juntos,
cogidos de las manos, y yo comprendí luego, aun á través de la niebla,
que el que formaba el centro del trío, no era otro que mi formidable
mendigo ciego. Un momento después su voz me probó que no me había
equivocado.
--¡Abajo la puerta! gritó.
--Bien, bien, señor! contestaron dos ó tres de los asaltantes los cuales
se precipitaron en tropel sobre la puerta de la posada, seguidos por el
hombre de la linterna; pero muy luego los ví detenerse y cambiar
algunas palabras en voz baja, como sorprendidos de haber encontrado
abierta la misma entrada que se proponían forzar. Pero su sorpresa fué
muy pasajera: el ciego volvió á lanzar sus órdenes oyéndose su voz más
fuerte y más levantada, como si se sintiera encendido por un grande
anhelo y una violenta rabia al mismo tiempo.
--¡Adentro, adentro, adentro! les gritaba, no sin proferir maldiciones y
juramentos por lo que á él le parecía tardanza.
Cuatro ó cinco de ellos se apresuraron á obedecer, permaneciendo dos en
el sendero, al lado de aquel mendigo formidable. Hubo otra pausa no muy
larga y tras ella resonó una exclamación de sorpresa, seguida por una
voz que clamó desde adentro:
--¡Bill ha muerto!
Pero el ciego lanzóles un tremendo y nuevo juramento por su poca
diligencia, añadiendo:
--Regístrelo alguno de Vds., tramposos, vagabundos, y ¡los demás arriba
y á bajarse la maleta!
Hasta mi escondite llegaba el ruido de las pisadas de aquellos hombres
en los peldaños de madera de nuestra escalera, por tanto, es seguro que
la casa entera debía retemblar con ellas. En el momento se siguieron
nuevas exclamaciones de sorpresa: la ventana del cuarto del Capitán fué
abierta de par en par con un empujón violento acompañado de ruido de
vidrios que se rompían. Un hombre apareció en ella, iluminado por la luz
plena de la luna y se dirijió al mendigo ciego que se encontraba, como
he dicho, en el camino y precisamente debajo de la ventana recién
abierta.
--Pew, le gritó, nos han ganado por la mano. Alguien ha registrado ya la
maleta, de arriba á abajo.
--¿Está _eso_ allí? preguntó.
--El dinero, sí, contestó el de arriba.
--¡Carguen mil diablos contigo y el dinero! lo que yo pregunto es si
está allí el manuscrito de Flint, ¡bergante!
--Por lo que hace á aquí, no hay nada replicó el otro.
--Bueno, bajen Vds., y vean si está sobre el cadáver de Bill.
En ese momento, otro de los de la partida, probablemente el que se había
quedado en la sala registrando el cuerpo del Capitán, apareció en la
puerta de la posada diciendo:
--Bill ha sido ya registrado antes: nada han dejado sobre él.
--Han sido las gentes de la posada, ha sido ese muchacho. De buena gana
le hubiera sacado yo los ojos, rugió el ciego Pew. No ha mucho que
estaban aquí todavía: tenían el cerrojo puesto cuando yo quise entrar.
¡Á registrar, muchachos, á registrar y á encontrarlos!
--Lo único que nos han dejado aquí es su vela, dijo el de la ventana.
--¡Pues á la obra, á la obra! ¡á registrar y á dar con ellos! dijo de
nuevo Pew, golpeando airadamente con su palo sobre el suelo.
Siguióse entonces una gran batahola, un vaivén indecible adentro de la
casa; ruidos de pisadas toscas resonaban de un lado y otro; rumor de
muebles arrojados al suelo; puertas abiertas á puntapiés, hasta que las
rocas repitieron con sus ecos aquel ruido infernal. Vióse entonces á
todos aquellos hombres salir al camino, uno tras de otro, declarando
que nada les quedaba que registrar y que, de fijo, no estábamos ocultos
dentro de la casa. En aquel instante el mismo silbido que tanto nos
había alarmado á mi madre y á mí, cuando operábamos sobre el dinero del
difunto Capitán, volvió á oirse clara y distintamente enmedio de la
noche, pero en esta ocasión, dos veces repetido. Yo había creído que ese
sonido era algo como la trompeta del ciego, ordenando con ella á su
tripulación el lanzarse al abordaje, pero entonces comprendí que no era
sino una señal soltada sigilosamente del lado de la loma en dirección de
la aldea y, según el efecto que ella produjo en nuestros filibusteros,
era un aviso preventivo de algún peligro cercano.