Ahora bien, mi madre estaba á la sazón, con mi padre, en su

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LA ISLA DEL TESORO

"=La Guardia Blanca.=--Es el título de una novela escrita en inglés

por Conan Doyle y publicada en español por la casa de Appleton de

Nueva York, que acabamos de leer con toda complacencia, una vez que

reune á su ingenio y fácil lenguaje, un tema muy bien urdido y

descripciones sumamente interesantes. En la Guardia Blanca

encontramos episodios históricos de la Edad Media trazados con una

naturalidad pasmosa, de tal modo bien pintados los cuadros, de tal

manera descritas las costumbres, que le parece á uno encontrarse en

aquella edad y trabar conocimiento con los personajes. Comienza la

acción en un convento de monjes, presentado con todos sus

adminículos de mano maestra y luego se desarrolla la trama con

creciente interés, descollando en medio de aquel ruido de armas y

de combates que se repiten á cada momento sin motivo como era la

usanza entonces, los personajes principales como el barón Morel,

Dugueslin, el Príncipe Negro y todos los otros que figuran en

primera línea, que tan vivamente impresiona, el ánimo del lector,

de la misma manera que el héroe de la novela del joven Roger

Clinton tan varonil y tan honrado á pesar de haber recibido su

educación en un convento. En suma la obra de Conan Doyle es una

preciosa joya de gran valor entre las obras literarias de su mismo

género. De la misma manera que la Guardia Blanca nos cautivó la

lectura de otra lindísima novela escrita por Roberto Stevenson con

el título de Plagiado la cual igualmente es una narración deliciosa

hecha por un joven que al salir por la vez primera de su pueblo y

de su hogar, tuvo las más raras y las más inesperadas aventuras.

Esa obra también fué publicada por la casa de Appleton que siempre

demuestra el mejor gusto en sus ediciones españolas."--_La Patria_,

Méjico.

* * * * *

"=El Vicario de Wakefield.=--Mucho tiempo hace ya que leímos una mala

traducción de esta preciosa novela inglesa. La impresión que

entonces nos hizo fué tan profunda, que el tiempo no la ha borrado

todavía. Deseábamos poseer una traducción digna del mérito

excepcional de esta joya de la literatura inglesa, tan encomiada

por grandes escritores de diversos países. Este deseo vino á

satisfacerlo el ejemplar que hemos recibido de tan atractiva como

moralizadora obra traducida directamente del inglés al español y

editado por los Sres. D. Appleton y Cía., de Nueva York."--_La

Escuela Primaria_, Mérida de Yucatán.

[Illustration: MAPA DE LA ISLA DEL TESORO

TRAZADO POR EL CAPITÁN FLINT.]

LA ISLA DEL TESORO

_NOVELA ESCRITA EN INGLÉS_

POR

ROBERTO LUIS STEVENSON

TRADUCIDA AL ESPAÑOL POR

MANUEL CABALLERO

QUINTA EDICIÓN

NUEVA YORK

D. APPLETON Y COMPAÑÍA, EDITORES

5TH AVENUE NO 72

1901

COPYRIGHT. 1886,

BY D. APPLETON AND COMPANY.

_All rights reserved._

_La propiedad de esta obra está protegida por la ley en varios países,

donde se perseguirá á los que la reproduzcan fraudulentamente._

PRÓLOGO DE LA EDICIÓN ESPAÑOLA

En el campo abundantísimo de la moderna literatura inglesa, la casa de

Appleton no ha tenido sino el embarazo de la elección, para decidir qué

obra debería ocupar el segundo lugar en la colección de novelas

inaugurada con el aplaudido "Misterio..." de Hugo Conway.

Roberto Luis Stevenson ha sido el autor elegido, y si la traducción no

ha sido tal que borre todos los méritos del original, ya encontrarán no

poco que aplaudir y más aún con que solazarse los lectores

hispanoamericanos.

_La Isla del Tesoro_ no tiene la pretensión de ser una novela

trascendental encaminada á mejorar las costumbres ó censurar los hábitos

de un pueblo. No entran en ella en juego todas esas pasiones candentes

cuyo hervidero llena las modernas obras de ficción con miasmas que hacen

daño. El lector que busca en libros de este género un mero solaz que

refresque su espíritu, después de largas horas de un pesado trabajo

moral ó material, no se verá aquí detenido por disertaciones inoportunas

ni problemas ociosos. Nada de eso.

_La Isla del Tesoro_ es una narración llana, un romance fácil, un cuento

sabroso con un niño por héroe, y que, á pesar de sus peripecias

dramáticas y conmovedoras, conserva en todo el discurso del libro una

pureza y una sencillez tales que no habrá hogar, por mucha severidad

que impere en él, del cual pueda desterrársele con razón.

Stevenson se propuso, además, describir con esa difícil facilidad que

parece ser un secreto suyo, esas escenas y aventuras marinas en que el

lector percibe, desprendiéndose de la sencilla narración, ya el olor

acre de las brisas de la playa, ya el rumor de la pleamar deshaciéndose

contra las rocas, ya el eco monótono de los cantos de marineros y

grumetes empeñados en la maniobra.

La fábula es sencilla pero perfectamente verosímil; con sólo que se

recuerden los horrores que realizaron en los mares que dividen el

Antiguo del Nuevo Continente aquellas hordas de piratas ingleses que

tantas veces abordaron las naos de Nueva España y del Perú, se comprende

la posibilidad de ese feroz Capitán Flint que, tras de adquirir un

tesoro por la rapiña y la audacia, lo esconde en el corazón de una isla

desierta para excitar con él, á su muerte, la avaricia y la sed de oro

de sus mismos cómplices.

_La Isla del Tesoro_ ha sido juzgada de la manera más favorable por los

más severos críticos ingleses, y es de esperarse que, salvo lo que pueda

haberla depreciado la traducción, encuentre una acogida que corresponda

al mérito del original, no menos que al empeño con que la casa de los

Sres. Appleton han llevado á cabo la edición española.

MANUEL CABALLERO.

NUEVA YORK, _Julio de 1886_.

[Illustration]

LA ISLA DEL TESORO

PARTE I

_EL VIEJO FILIBUSTERO_

CAPÍTULO I

EL VIEJO LOBO MARINO EN LA POSADA DEL "ALMIRANTE BENBOW"

Imposible me ha sido rehusarme á las repetidas instancias que el

Caballero Trelawney, el Doctor Livesey y otros muchos señores me han

hecho para que escribiese la historia circunstanciada y completa de la

Isla del Tesoro. Voy, pues, á poner manos á la obra contándolo todo,

desde el _alfa_ hasta el _omega_, sin dejarme cosa alguna en el tintero,

exceptuando la determinación geográfica de la isla, y esto tan solamente

porque tengo por seguro que en ella existe todavía un tesoro no

descubierto. Tomo la pluma en el año de gracia de 17--y retrocedo hasta

la época en que mi padre tenía aún la posada del "_Almirante Benbow_," y

hasta el día en que por primera vez llegó á alojarse en ella aquel viejo

marino de tez bronceada y curtida por los elementos, con su grande y

visible cicatriz.

Todavía lo recuerdo como si aquello hubiera sucedido ayer: llegó á las

puertas de la posada estudiando su aspecto, afanosa y atentamente,

seguido por su maleta que alguien conducía tras él en una carretilla de

mano. Era un hombre alto, fuerte, pesado, con un moreno pronunciado,

color de avellana. Su trenza ó coleta alquitranada le caía sobre los

hombros de su nada limpia blusa marina. Sus manos callosas, destrozadas

y llenas de cicatrices enseñaban las extremidades de unas uñas rotas y

negruzcas. Y su rostro moreno llevaba en una mejilla aquella gran

cicatriz de sable, sucia y de un color blanquizco, lívido y repugnante.

Todavía lo recuerdo, paseando su mirada investigadora en torno del

cobertizo, silbando mientras examinaba y prorrumpiendo, en seguida, en

aquella antigua canción marina que tan á menudo le oí cantar después:

"_Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto

Son quince ¡yo--ho--hó! son quince ¡viva el rom!_"

con una voz de viejo, temblorosa, alta, que parecía haberse formado y

roto en las barras del cabrestante. Cuando pareció satisfecho de su

examen llamó á la puerta con un pequeño bastón, especie de espeque que

llevaba en la mano, y cuando acudió mi padre, le pidió bruscamente un

vaso de rom. Después que se le hubo servido lo saboreó lenta y

pausadamente, como un antiguo catador, paladeándolo con delicia y sin

cesar de recorrer alternativamente con la mirada, ora las rocas, ora la

enseña de la posada.

--Esta es una caleta de buen fondo--dijo en su jerga marina--y al mismo

tiempo una taberna muy bien situada. ¿Mucha clientela, patrón?

--Nó, le respondió mi padre, bastante poca, lo cual es tanto más

sensible.

--Bueno, dijo él, entonces este es el camarote que yo necesito. Hola,

tú, grumete, le gritó al hombre que rodaba la carretilla en que venía su

gran cofre de á bordo, trae acá esa maleta y súbela. Pienso fondear aquí

un poco. Y luego prosiguió:--Yo soy un hombre bastante llano; todo lo

que yo necesito es rom, huevos y tocino y aquella altura que se vé allí

para estar á la mira de las embarcaciones. ¿Quieren Vds. saber cómo han

de llamarme? llámenme Capitán. ¡Oh! ¡ya sé lo que van á pedirme! Al

decir esto arrojó tres ó cuatro monedas de oro en el umbral y añadió con

un tono de altivez y una mirada tan orgullosa como de un verdadero

Capitán:--¡Avisarme cuando se acabe eso!

Y la verdad es que, aunque su pobre traje no predisponía en su favor, ni

menos aún su lenguaje tosco, no tenía absolutamente el aspecto de un

tramposo, sino que parecía más bien un marino, un maestro de embarcación

acostumbrado á que se le obedezca como á Capitán. El muchacho que traía

la carretilla nos refirió que la posta ó coche del correo lo había

dejado la víspera por la mañana en la posada del "_Royal George_," que

allí se informó qué albergues había á lo largo de la costa, y que

habiendo oído buenos informes probablemente acerca del nuestro, y

habiéndosele descrito como muy poco concurrido, lo había elegido de

preferencia á todos los demás para su residencia. Eso fué todo lo que

pudimos averiguar acerca de nuestro huésped.

El Capitán era habitualmente un hombre de muy pocas palabras. Todo el

día se lo pasaba, ya vagando á orillas de la caleta, ó ya encima de las

rocas, con un largo telescopio ó anteojo marino. Por las noches se

acomodaba en un rincón de la sala, cerca del fuego y se consagraba á

beber rom y agua con todas sus fuerzas. Las más veces no quería

contestar cuando se le hablaba: contentábase con arrojar sobre el que le

dirijía la palabra una rápida y altiva mirada, y con dejar escapar de su

nariz un resoplido que formaba en la atmósfera, cerca de su cara, una

curva de vapor espeso. Los de la casa y nuestros amigos y clientes

ordinarios pronto concluimos por no hacerle caso. Día por día, cuando

llegaba á la posada, de vuelta de sus vagabundas excursiones, preguntaba

invariablemente si no se había visto algunos marineros atravesar por el

camino. Al principio nos pareció que la falta de camaradas que le

hiciesen compañía era lo que le obligaba á hacer esa constante pregunta;

pero muy luego vimos que lo que él procuraba más bien era evitarlos.

Cuando algún marinero se detenía en la posada, como lo hacían entonces y

lo hacen aún los que siguen el camino de la costa para Brístol, el

Capitán lo examinaba al través de las cortinas de la puerta, antes de

entrar á la sala, y ya se sabía que, cuando tal concurrente se

presentaba, él permanecía invariablemente mudo como una carpa.

Para mí, sin embargo, no había mucho de misterio ni de secreto en sus

alarmas, en las cuales tenía yo cierta participación. Un día me había

llamado aparte y sigilosamente me había prometido darme una pieza de

cuatro peniques el día primero de cada mes con la sola condición de que

estuviese alerta, y le avisara, en el momento mismo en que descubriera,

la aparición de un "marino con una sola pierna." Con frecuencia, sin

embargo, cuando el día primero del mes iba yo á reclamar mi salario

prometido, no me daba más respuesta que su habitual y formidable

resoplido de la nariz y clavar sus ojos airados en los míos, obligándome

á bajarlos; pero antes de que se hubiera pasado una semana, ya estaba yo

seguro de que su parecer habría cambiado y lo veía, en efecto, venir á

mí trayéndome espontáneamente mi moneda de cuatro peniques, no sin

reiterarme sus órdenes de estar alerta para avisarle la aparición de

aquel "marino con una sola pierna."

Imposible me sería contar hasta qué punto ese esperado personaje turbaba

y entristecía mis sueños. En las noches tempestuosas, cuando el viento

hacía estremecer los cuatro ángulos de nuestra casa y cuando la marea

bramaba despedazando sus olas á lo largo de la caleta y sobre los

abruptos riscos, yo le veía aparecérseme en sueños en mil formas

diversas y con mil expresiones diabólicas. Ya era la pierna cortada

hasta la rodilla, ya desarticulada desde la cadera; ya se me aparecía

como una especie de criatura monstruosa que jamás había tenido sino una

sola pierna, y ésa de forma indescriptible. Otras ocasiones lo veía

saltar y correr y perseguirme por zanjas y vallados, lo cual constituía,

por cierto, la peor de todas mis pesadillas. Hay que convenir, pues, en

que pagaba yo bien cara mi pobre soldada mensual de cuatro peniques, con

aquellas visiones abominables.

Pero si bien es cierto que tal era mi terror á propósito del marino de

una pierna, también es verdad que, por lo que respecta al Capitán mismo,

le tenía yo mucho menos miedo que cualquiera de los que lo conocían.

Había algunas noches en que se permitía tomar mucho más rom del que

podía razonablemente tolerar su cabeza. Entonces se le veía sentarse y

entonar sus perversas y salvajes viejas cántigas marinas de que ya nadie

hacía caso. Pero á veces le ocurría pedir vasos para todos y forzaba á

su tímido y trémulo auditorio á escuchar sus patibularias historias ó á

formar un coro á sus siniestras canciones. Con frecuencia oía yo á la

casa entera estremecerse con aquel estribillo:

"_El diablo ¡yo--ho--hó! el diablo ¡viva el rom!_"

en el que todos los vecinos se le unían por amor á sus vidas, con el

temor de que aquel ogro les diese la muerte, y cada cual procurando

levantar la voz más que el compañero de al lado, á fin de no llamar la

atención por su negligencia, porque en aquellos accesos el Capitán era

el compañero más intolerante y arrebatado que se ha conocido. Á veces

golpeaba bruscamente con su callosa mano sobre la mesa para imponer

silencio absoluto á los circunstantes; otras, se dejaba arrebatar á un

ímpetu de cólera salvaje á la menor pregunta y en otras le producía el

mismo efecto el que ninguna se le dirijiese, porque decía que la

concurrencia no estaba atendiendo á su narración. Por ningún motivo

hubiera él consentido en que alma nacida abandonase la posada hasta que,

sintiéndose ya completamente ebrio y soñoliento él mismo, se iba

tambaleando á tirarse sobre su cama.

Sus cuentos y narraciones era lo que á las gentes espantaba más que

todo. Horribles historias eran, por cierto; historias de ahorcados,

castigos bárbaros como el llamado "_paseo de la tabla_" y temerosas

tempestades en el mar y en el Paso de Tortugas--y salvajes hazañas y

abruptos parajes en el Mar Caribe y costa firme. Según sus narraciones

debió pasar su vida entera entre los hombres más perversos que Dios ha

permitido que crucen sobre los mares; y el lenguaje que usaba para

contar todas sus historias disgustaba á aquel sencillo auditorio de

campesinos, casi tanto como los crímenes espantosos que describía con

él. Mi padre siempre estaba diciendo que la posada concluiría por

arruinarse, porque las gentes pronto dejarían de concurrir á ella para

que se las tiranizase allí, y se las asustara y se las mandara á acostar

horripiladas y estremeciéndose; pero yo creo que, al contrario su

presencia no dejó de sernos de algún provecho. Las gentes comenzaron por

tenerle un miedo atroz pero á poco, según hoy puedo recordarlo, ya

empezaban á gustar de él. Porque, á la verdad, el Capitán era una fuente

de valiosas emociones, enmedio de aquella quieta y sosegada vida del

campo. Algunos de los más jóvenes de nuestros vecinos no le escatimaban

ya ni su misma admiración, llamándole un verdadero lobo marino, un

tiburón legítimo y otros nombres parecidos, agregando que hombres de su

ralea son precisamente los que hacen que el nombre de Inglaterra sea

temido y respetado sobre el océano.

Pero también, en cierto modo no dejaba de llevarnos bonitamente hacia la

ruina; porque su permanencia se prolongaba en nuestra casa semana tras

semana, y después un mes tras de otro, de tal manera que ya las monedas

de oro aquellas habían sido más que devengadas, sin que mi padre se

hiciese el ánimo de insistir demasiado en que renovase la exhibición. Si

alguna vez se permitía indicar algo, el Capitán resoplaba por el fuelle

de su nariz de una manera tan formidable que casi se pudiera decir que

bramaba y con su feroz mirada arrojaba á mi pobre padre fuera de la

habitación. Yo lo ví, con frecuencia, después de tales repulsas,

retorcerse los manos desesperadamente y tengo la certeza de que, el

fastidio y el terror que se dividían su existencia contribuyeron

grandemente á acelerar su anticipada é infeliz muerte.

En todo el tiempo que vivió con nosotros el Capitán no hizo el menor

cambio en su traje, sino fué el comprarse algunos pares de medias,

aprovechando el paso casual de un buhonero. Habiéndosele caído una de

las alas de su sombrero, no se ocupó de reducir á su lugar primitivo

aquel colgajo que era para él una gran molestia, sobre todo, cuando

hacía viento. Me acuerdo todavía de la miserable apariencia de su jubón

que remendaba, él en persona, arriba en su habitación y que, antes de su

muerte, no era ya otra cosa más que remiendos. Jamás escribió ni recibía

carta alguna, ni se dignaba hablar á nadie que no fuese de los vecinos

que él conocía por tales, y aun á éstos hacíalo solamente cuando bullían

en su cabeza los espíritus del rom. En cuanto al gran cofre de á bordo,

ninguno de nosotros había logrado verlo abierto.

Solamente una vez sufrió un verdadero enojo, lo cual sucedió poco antes

de su triste fin, en ocasión en que la salud de mi padre estaba ya

declinando en una pendiente, que acabó por llevarlo hasta el sepulcro.

El Doctor Livesey vino una vez con cierto retardo, por la tarde, con el

objeto de ver á su enfermo; tomó alguna ligera comida que le ofreció mi

madre y se entró, en seguida, á la sala, para fumar su puro, en tanto

que le traían su caballo desde el pueblo, porque en la posada carecíamos

de bestias y de caballerizas. Yo me fuí tras él y me acuerdo haber

observado el contraste que ofreció á mis ojos aquel doctor fino y

aseado, de cabellera empolvada, tan blanca como la nieve, de vivísimos

ojos negros y maneras gratas y amables, con aquellos retozones palurdos

del campo; y más que todo con el sucio, enorme y repugnante espantajo de

pirata de nuestra posada, que se veía sentado en su rincón habitual,

bastante avanzado ya á aquella hora en su embriaguez cuotidiana, y

recargando sus brazos musculosos sobre la mesa. De repente nuestro

huésped comenzó á canturriar su eterna canción:

"_Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto_

_Son quince ¡yo--ho--hó! son quince ¡viva el rom!_

_El diablo y la bebida hicieron todo el resto,_

_El diablo ¡yo--ho--hó! el diablo ¡viva el rom!_"

Al principio me había yo figurado que el cofre del muerto que él cantaba

sería probablemente aquel gran baúl suyo que guardaba arriba en su

cuarto del frente de la casa, y este pensamiento no había dejado de

mezclarse confusamente en mis pesadillas con la figura del esperado

marino de una sola pierna. Pero cuando sucedió lo que ahora refiero, ya

todos habíamos dejado de conceder la más pequeña atención al extraño

canto de nuestro hombre que, con excepción del Doctor Livesey, no era ya

nuevo para nadie. Pude observar, sin embargo, que al Doctor no le

producía un efecto de los más agradables, porque le ví levantar los ojos

por un momento, con un aire de bastante disgusto, hacia el Capitán,

antes de comenzar una conversación que emprendió enseguida con el viejo

Taylor, el jardinero, acerca de una nueva curación para las afecciones

reumáticas. Entre tanto el Capitán parecía alegrarse al sonido de su

propia música, de una manera gradual, hasta que concluyó por golpear con

su mano sobre la mesa de aquella manera brusca y autoritativa que todos

nosotros sabíamos muy bien que quería decir: "¡Silencio!" Todas las

voces callaron á la vez, como por encanto, excepto la del Doctor Livesey

que continuó dejándose oir imperturbablemente clara y agradable,

interrumpida solamente, por las vigorosas fumadas que daba á su puro

cada dos ó tres palabras. El Capitán lo miró fijamente por algunos

momentos, volvió á golpear sobre la mesa, le lanzó una nueva mirada más

terrible todavía y concluyó por vociferar, con un villano y soez

juramento:

--¡Silencio, allí, los del entre-puente!

--¿Es á mí á quien Vd. se dirijía? preguntó el Doctor, á lo cual nuestro

rufián contestó que sí, no sin añadir otro juramento nuevo.

--No le replicaré á Vd. más que una cosa, dijo el Doctor, y es que si

Vd. continúa bebiendo rom como hasta aquí, muy pronto el mundo se verá

libre de una bien asquerosa sabandija.

Sería inútil pretender describir la furia que se apoderó del viejo al

escuchar esto. Púsose en pie de un salto, sacó y abrió una navaja marina

de gran tamaño y balanceándola abierta sobre la palma de la mano

amenazaba clavar al Doctor contra la pared.

El Doctor no hizo el más pequeño movimiento. Tornó á hablarle de nuevo,

lo mismo que antes, por encima de su hombro y con el mismo tono de voz,

solo un poco más alto de manera que oyesen bien todos los circunstantes,

pero con la más perfecta calma y serenidad:

--Si no vuelve Vd. esa navaja al bolsillo en este mismo instante, le

juro á Vd. por quien soy que será ahorcado en la próxima reunión del

Tribunal del Condado.

Siguióse luego un combate de miradas entre uno y otro, pero pronto el

Capitán hubo de rendirse, guardó su arma y volvió á su asiento gruñendo

como un perro que ha sido mordido.

--Y ahora, amigo--continuó el Doctor--desde el momento en que me consta

la presencia de un hombre como Vd. en mi distrito, puede Vd. estar

seguro de que ni de día ni de noche se le perderá de vista. Yo no soy

solamente un médico, soy también un magistrado; así es que, si llega

hasta mí la queja más insignificante en su contra, aunque no sea más que

por un rasgo de grosería como el de esta noche, ya sabré tomar las

medidas más del caso para que se le dé á Vd. caza y se le arroje del

país. Haga Vd. que baste con esto.

Poco después llegó á la puerta la cabalgadura, y el Doctor Livesey

partió en ella sin dilación. Pero el Capitán se mantuvo pacífico aquella

noche y aun otras muchas de las subsecuentes.

[Illustration]

[Illustration]

CAPÍTULO II

"BLACK DOG" APARECE Y DESAPARECE

No mucho tiempo después de lo referido en el capítulo precedente,

ocurrió el primero de los sucesos misteriosos que nos desembarazaron,

por fin, del Capitán, aunque no de sus negocios como pronto lo verán los

que leyeren. Corría, á la sazón, un invierno crudo y frío, con largas y

terribles heladas y deshechos temporales. Mi pobre padre continuaba

empeorando de día en día, al grado de que ya se veía muy claramente la

poca probabilidad de que llegase á ver una nueva primavera. El manejo de

la posada había caído enteramente en manos de mi madre y mías, y ambos

teníamos demasiado que hacer con ella para que nos fuese dable el parar

mientes con exceso en nuestro desagradable huésped.

Era una fría y desapacible mañana del mes de Enero--muy temprano

todavía--la caleta, cubierta toda de escarcha, aparecía gris ó

blanquecina, en tanto que la maréa subía, lamiendo suavemente las

piedras de la playa, y el sol, muy bajo aún, tocaba apenas las cimas de

las lomas y brillaba allá muy lejos en el confín del océano. El Capitán

se había levantado mucho más temprano que de costumbre y se había

dirijido hacia la playa, con su especie de alfange, colgando bajo los

anchos faldones de su vieja blusa marina, su anteojo de larga vista

bajo el brazo y su sombrero echado hacia atrás sobre la cabeza. Todavía

me parece ver su respiración, suspensa en forma de una estela de humo,

en el camino que iba recorriendo á largos pasos, y aún recuerdo que el

último sonido que oí de él cuando se hubo perdido tras de la gran roca,

fué un gran resoplido de indignación, como si todavía revolviese en su

ánimo el recuerdo desagradable de la escena con el Doctor Livesey.

Ahora bien, mi madre estaba á la sazón, con mi padre, en su habitación y

yo me ocupaba en arreglar la mesa para el almuerzo, mientras volvía el

Capitán, cuando repentinamente se abrió la puerta de la sala y penetró á

ésta un hombre que yo no había visto hasta entonces. Era éste un

individuo pálido y encanijado, en cuya mano izquierda faltaban dos dedos

y que, aunque llevaba también su cuchilla al cinto, no tenía, ni con

mucho, el aspecto de un hombre de armas tomar. Yo siempre estaba en

acecho de marineros de una sola pierna, ó de dos, pero el que acababa de

aparecérseme era para mí un enigma. No tenía el aspecto de un verdadero

marino y sin embargo había en él no sé qué aire de gente del mar.

Le pregunté, desde luego, en qué podía servirle y él me contestó que

deseaba tomar un poco de rom, pero apenas iba yo á salir de la sala en

busca de lo que pedía cuando se sentó á una de las mesas excitándome á

que me acercase á él. Yo me detuve en el sitio en que su indicación me

había cogido, teniendo en mi mano una servilleta.

--Ven aquí, muchacho, me repitió, acércate más.

Yo dí un paso hacia él.

--¿Es para mi camarada Bill para quien has preparado esta mesa? me

preguntó dirijiéndome cierta mirada extraña.

--Ignoro quien es su camarada Bill, le contesté yo; esta mesa es para

una persona que se aloja en nuestra casa y á quien nosotros llamamos el

Capitán.

--Eso es--replicó él--mi camarada Bill lo mismo puede ser llamado

Capitán, que nó. Tiene una cicatriz en una mejilla y unos modos

valientemente agradables, muy propios suyos, sobre todo, cuando está

bebido. Como señas, pues... ¿qué más?... te repito que tu Capitán tiene

una cicatriz en un carrillo... y si más quieres, te diré que ese

carrillo es el derecho... ¡Ah! ¡bueno! Ya lo había yo dicho... ¿con que

mi camarada Bill está aquí, en esta casa?

--Ahora anda fuera, le contesté yo; ha salido á paseo.

--¿Por dónde se ha ido, muchacho?

Señalé yo entonces en dirección de la roca, diciéndole que el Capitán no

tardaría en volver; respondí á algunas otras de sus preguntas y entonces

él añadió:

--¡Ah! ¡vamos! esto será tan bueno como un vaso de rom para mi camarada

Bill.

La expresión de su cara, al decir esto, no tenía nada de agradable, y yo

tenía mis razones para pensar que aquel extraño se equivocaba, en el

supuesto de que creyese lo que decía. Pero, al fin y al cabo, pensé que

aquello no era negocio mío, además de que no era asunto muy fácil el

saber qué partido tomar. El recién venido se mantenía esquivándose tras

la parte interior de la puerta de la posada, ojeando de soslayo en torno

de su escondrijo, como gato que está en acecho de un ratón. Una vez,

salíme yo afuera hacia el camino, pero él me llamó adentro

inmediatamente y como no obedeciese su mandato tan pronto como él

quería, un cambio instantáneo y espantoso se operó en su semblante

enjuto, y me repitió su orden acompañándola de un juramento que me hizo

brincar. Tan luego como estuve de nuevo adentro resumió él su primitiva

actitud, mitad halagüeña, mitad burlona, dióme una palmadilla sobre el

hombro y me dijo:

--Vamos, chico, tú eres un buen muchacho, yo no he querido más que

asustarte de broma. Yo tengo un hijo de tu edad, añadió, que se te

parece como un motón á otro, y te aseguro que ya es él el orgullo de mi

arte. Pero la gran cosa para los muchachos es la disciplina, chico...

mucha disciplina. Mira, si alguna vez hubieras tú navegado con Bill, á

buen seguro que te hubieras quedado allí esperando que te hablaran

segunda vez; yo te digo que no. Nunca Bill ha obrado de otro modo, ni

ninguno de los que han navegado con él. Ahora bien, no me engaño, allí

viene el camarada Bill con su anteojo bajo el brazo, bendito sea su

viejo arte que me permite reconocerlo. Sea en hora buena: tú y yo,

muchacho, vámonos allá detrás, á la sala, y nos esconderemos tras de la

puerta para dar á Bill una pequeña sorpresa; y bendito sea de nuevo su

arte una y mil veces!

Al decir esto mi hombre retrocedió conmigo á la sala y me colocó detrás

de él, en el rincón, de tal manera que á ambos nos ocultaba la puerta

abierta. Yo estaba positivamente inquieto y alarmado, como es fácil

figurárselo, y añadía no poco á mis temores el observar que aquel nuevo

personaje tampoco las tenía todas consigo. Yo le veía alistar el puño de

su cuchilla y aflojar la hoja en la vaina, sin que, durante todo el

tiempo que estuvimos en espera, hubiera cesado de _tragar gordo_, ó como

si hubiera tenido, según la expresión familiar, un nudo en la garganta.

Por último entró el Capitán, empujó la puerta tras de sí, sin ver á

izquierda ni á derecha, y marchó directamente, á través del cuarto,

hacia donde le esperaba su almuerzo.

Entonces mi hombre pronunció, con una voz que me pareció se esforzaba en

hacer hueca y campanuda, esta sola palabra:

--¡Bill!

El Capitán giró rápidamente sobre sus talones y se encaró á nosotros.

Todo lo que había de moreno en su rostro había desaparecido en aquel

momento y hasta su misma nariz ofrecía un tinte de una lividez azulada.

Tenía toda la apariencia de un hombre que vé un espectro, ó al diablo

mismo, ó algo peor, si es que lo hay y, créaseme bajo mi palabra, sentí

compasión por él, al verle, en un solo instante, ponerse tan viejo y tan

enfermo.

--Ven acá, Bill, tú me conoces bien. Tú no has olvidado á un viejo

camarada, Bill, estoy seguro de ello; continuó diciendo el

recién-venido.

El Capitán exclamó entonces en una especie de boqueada penosa:

--¡Black Dog![1]

--¿Pues quién había de ser sino él? replicó el otro, comenzando á

sentirse un poco más tranquilo. Black Dog, sí, que, lo mismo que antes

viene aquí, á la Posada del "_Almirante Benbow_" para saludar á su

viejo camarada Billy. ¡Ah, Bill, Bill, cuántas cosas hemos visto juntos,

nosotros dos, desde la época en que perdí estos dos "garfios"! añadió,

levantando un poco su mano mutilada.

--Bien, dijo el Capitán, ya veo que me has cogido... aquí me tienes...

vamos... ¿qué quieres?... habla... dí... ¿de qué se trata?

--Veo bien que eres el mismo, replicó Black Dog; tienes razón Bill,

tienes razón. Voy á tomar un vaso de rom que me traerá este buen

chiquillo á quien tanto me he aficionado desde luego; en seguida nos

sentaremos, si tú quieres y hablaremos lisa y llanamente como buenos

camaradas que somos.

Cuando yo volví con el rom ya los dos se habían sentado en cada una de

las cabeceras de la mesa en que el Capitán iba á almorzar. Black Dog

habíase quedado más cerca de la puerta y se le veía sentado de lado, de

modo que pudiese tener un ojo atento á su camarada antiguo, y otro,

según me pareció, á su retirada libre.

Despidióme luego ordenándome que dejase la puerta abierta de par en par,

y añadió:

--Nada de espiar por las cerraduras, muchacho, ¿entiendes?

Yo no tuve más que hacer sino dejarlos solos y retirarme á la cantina

del establecimiento.

Durante muy largo tiempo, por más que puse mis cinco sentidos en tratar

de oir algo de lo que pasaba, nada llegó á mis oídos sino fué un rumor

vago y confuso de conversación; pero al cabo las voces comenzaron á

hacerse más y más perceptibles; y ya me fué posible el escuchar

distintamente alguna que otra palabra, la mayor parte de ellas,

juramentos é insolencias proferidos por el Capitán.

--¡Nó, nó, nó nó! le oí proferir, nó! y concluyamos de una vez!" Y

después añadió: si hay que ahorcar, ahorcarlos á todos: y basta!

Luego, de una manera repentina, todo se volvió una tremenda explosión de

juramentos y otros ruidos temerosos. La silla y la mesa rodaron en masa,

siguióse un chischás de aceros que se chocaban y luego un grito de

dolor: en ese mismo instante pude ver á Black Dog en plena fuga y al

Capitán persiguiéndole encarnizadamente: ambos con sus cuchillas

desenvainadas y el primero de ellos, manando sangre abundantemente de su

hombro izquierdo. Precisamente al llegar á la puerta, el Capitán

descargó sobre el fugitivo una última y tremenda cuchillada con la cual

sin duda alguna lo habría abierto hasta la espina, si no hubiera

tropezado su arma con la enseña de nuestra posada que fué la que recibió

el golpe, cuya señal es fácil ver, todavía hoy, en el marco de nuestro

"_Almirante Benbow_" hacia la parte de abajo.

Aquel mandoble fué el último de la riña. Una vez afuera ya, y sobre el

camino público, Black Dog, á despecho de su herida, pareció decir, con

una prisa maravillosa, "pies, para qué os quiero" y en medio minuto le

vimos desaparecer tras de la cima de la loma cercana. El Capitán, por su

parte, permaneció clavado cerca de la enseña del establecimiento como un

hombre extraviado. Poco después pasó su mano varias veces sobre sus

ojos, como para cerciorarse de que no soñaba, y en seguida volvió á

penetrar en la casa.

--Jim, me dijo, ¡trae rom! y al hablarme se bamboleaba un poco y con

una mano se apoyaba contra la pared.

--¿Está Vd. herido? le pregunté.

--¡Rom! me repitió,--necesito irme de aquí... rom! rom!

Corrí á buscárselo; pero con la excitación que los sucesos ocurridos me

habían ocasionado, rompí un vaso, obstruí la llave, y cuando todavía

estaba yo procurando despacharme lo mejor posible, escuché el golpe

ruidoso y pesado de una persona que se desplomaba en la sala. Acudí

corriendo y me encontré con el cuerpo del Capitán tendido de largo á

largo sobre el suelo. En el mismo instante, mi madre, á quien habían

alarmado las voces y rumores de la pelea, descendía corriendo la

escalera para venir en mi ayuda. Entre ambos levantamos la cabeza al

Capitán, que respiraba fuerte y penosamente, pero cuyos ojos estaban

cerrados y en cuya cara aparecía un color horrible.

--¡Cielos, cielos santos! grito mi madre, ¡qué desgracia sobre nuestra

casa, y con tu pobre padre enfermo!

Entre tanto á mí no se me ocurría la más insignificante idea sobre lo

que pudiera hacerse para socorrer al Capitán, pareciéndome seguro que

había sido herido de muerte en su encarnizado combate con aquel extraño.

Traje el rom para asegurarme de ello y traté de hacerlo pasar á su

garganta; pero tenía los dientes terriblemente apretados los unos contra

los otros y sus quijadas estaban tan duras como si hubieran sido de

acero. Fué para nosotros, entonces, un grandísimo alivio el ver abrirse

la puerta y aparecer en ella al Doctor Livesey que venía á hacer á mi

padre su visita cuotidiana.

--¡Oh, Doctor! exclamamos mi madre y yo á la vez. ¿qué haremos? ¿en

dónde estará herido?

--¿Herido? dijo el Doctor; ¡qué va á estarlo! ni más ni menos que

ustedes ó yo. Este hombre acaba de tener un ataque como yo se lo había

pronosticado. Ahora bien, Mrs. Hawkins, corra Vd. arriba y, si es

posible, no diga Vd. á nuestro enfermo ni una palabra de lo que pasa.

Por mi parte, mi deber es tratar de hacer cuanto pueda por salvar la

vida tres veces inútil de este hombre. Anda pues, tú, Jim, y trae luego

una palangana.

Cuando volví, trayendo lo que se me pidió, el Doctor había ya

descubierto el nervudo brazo del Capitán, desembarazándolo de sus

mangas. Todo él aparecía pintado con esas figuras indelebles que se

dibujan en el cuerpo los marineros y los presidiarios. "_Buena suerte_"

decía una de sus inscripciones; y en otras, "_Vientos prósperos_,"

"_Caprichos de Billy Bones_" se podía leer en caracteres claros y

cuidadosamente ejecutados sobre el antebrazo. Un poco más arriba, cerca

del hombro, se veía un esbozo de patíbulo y pendiente de él un hombre

ahorcado, todo ello, según á mí me pareció, ejecutado con bastante

destreza y propiedad.

--¡Profético! dijo el Doctor, tocando este último dibujo con su dedo. Y

ahora, Maese Billy Bones, si tal es su nombre, vamos á ver de qué color

es su sangre. Jim, añadió, ¿tendrás tú miedo de la sangre?

--No, señor, le contesté.

--Está bien, replicó él; entonces ténme la palangana.

Tomó acto continuo su lanceta y con gran habilidad picó una vena.

Una gran cantidad de sangre salió antes de que el Capitán abriera los

ojos y echase en torno suyo una mirada vaga y anublada. Reconoció luego

al Doctor á quien miró con un ceño imposible de equivocar; en seguida me

miró á mí y mi presencia pareció aliviarlo un tanto. Pero de repente su

color cambió de nuevo; trató de enderezarse por sí solo y exclamó:

--¿Dónde está Black Dog?

--Aquí no hay ningún Black Dog, díjole el Doctor, como no sea el que

tiene Vd. dibujado sobre su espalda. Ha seguido Vd. bebiendo rom, y como

yo se lo había anticipado ha venido un ataque. Muy contra mi voluntad me

he visto obligado, por deber, á socorrerle, pudiendo decir que casi lo

he sacado á Vd. de la sepultura. Y ahora Maese Bones...

--Ese no es mi nombre, interrumpió él.

--No importa, replicó el Doctor, es el nombre de cierto filibustero á

quien yo conozco y le llamo á Vd. por él en gracia de la brevedad. Lo

único que tengo, pues, que añadir es esto: un vaso de rom no le haría á

Vd. ningún daño; pero si Vd. toma uno, tomará otro, y otro después, y

apostaría mi peluca á que, si no se contiene pronto y á tiempo, se

morirá muy en breve... ¿entiende Vd. esto...? se morirá y se irá al

mismísimo infierno, que es su propio lugar, como lo reza la Biblia.

Ahora, vamos, haga un esfuerzo. Yo le ayudaré, por esta vez, á llevarlo

á su cama.

Entre los dos, y no sin mucho trabajo, nos dimos trazas de llevarlo

arriba, á su cuarto y acostarlo sobre su lecho, en el cual dejó caer

pesadamente la cabeza sobre la almohada como si se sintiera desmayar.

--Ahora, recuérdelo bien, dijo el Doctor, para descargo de mi

conciencia debo repetirle que, para Vd. rom y muerte son dos palabras

que significan lo mismo.

Dicho esto se alejó de allí para ir á ver á mi padre, tomándome del

brazo para que me fuese con él.

--Eso no es nada, dijo en cuanto hubo cerrado tras de sí la puerta. Le

he sacado sangre suficiente para poderlo mantener bien por bastante

tiempo. Debe quedarse por una semana en cama: eso es lo menos malo para

él y para Vds.; pero un nuevo ataque le traerá la muerte

inevitablemente.

[Illustration]

[Illustration]

CAPÍTULO III

EL DISCO NEGRO

Á eso de medio día lleguéme al cuarto del Capitán llevándole algunos

refrigerantes y medicinas. Lo encontré acostado casi en la misma

posición en que lo habíamos dejado, nada más que un poco más hacia

arriba y me pareció al mismo tiempo débil y excitado.

--Jim, me dijo, tú eres aquí el único que vale algo y ya sabes muy bien

que yo siempre he sido bueno para contigo. Jamás he dejado de darte cada

mes cuidadosamente tu moneda de cuatro peniques. Ahora, pues,

chiquillo,... mira... yo me siento muy abatido, y abandonado de todo el

mundo... por lo mismo, Jim... vamos... ¿vas á traerme ahora mismo un

vasillo de rom, no es verdad?

--El Doctor... comencé yo.

Pero él me interrumpió en una voz débil aunque animada:

--Los médicos son todos unos lampazos,[2] dijo, y en cuanto á este de

acá, vaya,... ¿qué sabe él de hombres de mar? Yo he estado en lugares

tan calientes como un caldero de bréa, con mi tripulación diezmada por

la fiebre amarilla, y la condenada tierra bailando como si fuese un mar

con sus terremotos--¿qué sabe el Doctor de tierras como esa?--pues en

ellas he vivido sólo con el rom,--puedes creerlo bien. Él ha sido para

mí, bebida y alimento, cuerpo y sombra, sí señor, y si ahora no me han

de dar mi rom, ya no seré más que un pobre casco viejo abandonado en una

playa de sotavento... mi sangre caerá sobre tí, Jim, y sobre aquel

lampazo del Doctor.

Y luego continuó con lo mismo, por algún tiempo acompañándolo con

maldiciones; hasta que después, cambiando de táctica, prosiguió en tono

plañidero:

--Mira, Jim, cómo se agitan mis dedos; no puedo ya ni sosegarlos, ni

sosegarme... es que en todo este bendito día no he probado ni una gota

aún, ¡ni una sola gota! Ese Doctor está loco, puedes creérmelo. Si no se

me da ahora mismo un poco de rom, siento que me dará la rabia... ya creo

sentir en este momento algunos de sus horrores, algunas de sus

visiones... allí estoy viendo al viejo Flint, en ese rincón... allí...

detrás de tí, tan claro como su imagen viva... ¡oh! si me cojen estas

visiones, soy hombre que ha vivido una vida bastante ruda y resucitaré á

Caín! Tu mismo Doctor dijo que un vaso no me haría ningún daño. Te daré

una guinea de oro por uno sólo, Jim.

Yo ví que el Capitán se ponía más y más excitado y esto me alarmó por mi

padre que estaba más grave aquel día y necesitaba mucha quietud; además,

tranquilizado por las palabras mismas del Doctor que se me recordaban,

aunque un poco ofendido por aquel ofrecimiento de soborno le dije:

--Yo no necesito su dinero sino el que le debe Vd. á mi padre. Voy á

traerle un vaso, pero no pida más porque sería inútil.

Cuando se lo hube traído lo asió con verdadera ansiedad y lo bebió de un

sorbo.

--¡Ay, ay, ay! dijo como sintiendo un grande alivio, esto ya es algo

mejor, sin duda alguna. Y ahora bien, chico, ¿ha dicho ese Doctor cuanto

tiempo tengo que estar acostado en este viejo camarote?

--Una semana, por lo menos, le respondí.

--¡Mil carronadas! gritó él, ¡una semana! Esto es imposible. En ese

tiempo podrían ellos enviarme su disco negro. En este mismo momento ya

los vagabundos esos enderezan su proa y tratan de habérselas conmigo;

vagabundos que no sabrían conservar lo que cogieron y que quieren arañar

lo que pertenece á otro. ¡Vayan noramala! ¿es esa una conducta digna de

marinos? quiero saberlo. Pero soy un bendito. Yo jamás he derrochado un

buen dinero mío, ni lo he perdido tampoco. Yo sabré pegárselas una vez

más. No les tengo miedo; les soltaré otro rizo y ya los haré virar de

bordo, chico, ¡ya lo verás!

En tanto que hablaba así se había ido levantado de la cama, aunque con

gran dificultad, agarrándose--es la palabra--agarrándose á mi hombro con

una presión tan fuerte que casi me hizo llorar y moviendo sus piernas

como si fuesen un peso muerto. Sus palabras que, como se ve, estaban

rebosando un pensamiento activo y lleno de vida contrastaban tristemente

con la debilidad de la voz en que eran pronunciadas. Cuando se hubo

sentado en el borde de la cama se detuvo un poco y luego murmuró:

--Ese Doctor me ha hundido... los oídos me zumban... acuéstame otra

vez.

Antes de que hubiera hecho gran cosa para complacerlo, él había caído ya

de espaldas, en su posición anterior, en la cual permaneció silencioso

por algún rato.

--Jim, me dijo al cabo, ¿viste hoy á ese marinero?

--¿Á Black Dog? le pregunté.

--¡Ah! ¡Black Dog! exclamó él. Black Dog es un perverso, pero hay

alguien peor que lo obliga á serlo. Ahora bien, si no me es posible

marcharme de aquí, de ninguna manera, y si me envían el disco negro,

acuérdate que lo que ellos buscan es mi viejo cofre de á bordo... Montas

en un caballo.. ¿lo harás, no es cierto?... montas en un caballo y vas á

ver... pues, sí... no tiene remedio... á ese eterno Doctor del diablo, y

le dirás que se dé prisa á reunir á todas sus gentes... magistrados y

cosas por el estilo... y que haga rumbo con ellos y los traiga aquí á

bordo del "_Almirante Benbow_"... lo mismo que á todo lo que haya

quedado de la vieja tripulación de Flint, hombres y grumetes. Yo fuí

primer piloto, sí, primer piloto del viejo Capitán Flint, y soy el único

que conoce el sitio verdadero. Él me lo descubrió en Savannah, cuando

estaba, como yo he estado hoy, próximo á la muerte. Pero tú no los

denunciarás á menos que logren hacerme llegar su disco negro, ó en caso

de que vuelvas á ver á ese Black Dog otra vez, ó á un marinero con una

pierna sola... á este sobre todos, Jim!

--Pero ¿qué significa eso del disco negro, Capitán? le pregunté.

--Esto no es más que una advertencia, chico, me contestó. Yo te lo

explicaré si ellos logran lo que quieren. Entretanto, Jim, ten siempre

tu ojo alerta y por mi honor te juro que tú serás mi socio á partes

iguales.

Divagó todavía un poco más, y su voz era á cada instante más y más

débil. Le dí, en seguida, su medicina, que él apuró como un niño, sin

hacer la más ligera observación y añadió luego:

--Si alguna vez un marino ha querido drogas, ese soy yo ahora.

Después de decir esto cayó en un sueño profundo, muy parecido al

desfallecimiento, y en ese estado lo dejé.

¿Qué es lo que yo debía haber hecho entonces para que todo hubiera

salido bien? No sé. Probablemente debí haber contado todo al Doctor,

porque el hecho es que yo me encontraba en una angustia mortal temiendo

que, cuando menos, se arrepintiera el Capitán de sus confidencias y

quisiera dar buena cuenta de mí. Pero lo que sucedió fué que mi pobre

padre murió casi repentinamente aquella noche, lo que me obligó á hacer

cualquiera otra cosa á un lado. Nuestra pesadumbre natural, las visitas

de los vecinos, los arreglos del funeral y todo el quehacer de la posada

que había que desempeñar en el interín, me tuvieron tan ocupado que

apenas si tuve tiempo para acordarme entonces del Capitán, mucho menos

para pensar en tenerle miedo.

Á la mañana siguiente, á lo que creo, bajó por sí solo á la sala, tomó

sus alimentos, como de costumbre, sólo que comió poco y, según me temo,

consumió todavía mayor cantidad de rom que de ordinario, porque él se

despachó por su propia mano en la cantina, enfurruñado y soplando por la

nariz, por lo cual ninguno se atrevía á contrariarlo. La noche víspera

del entierro, el Capitán estaba tan borracho como siempre y era, en

verdad, una cosa para sublevar contra él, en aquella casa sumida en el

luto y la desolación, oirle cantar su eterna y horrible cantinela

marina. Pero abatidos y tristes como estábamos, no dejaba de

preocuparnos la idea del peligro de muerte en que aquel hombre estaba,

tanto más cuanto que el Doctor fué violentamente llamado á muchas millas

de distancia de nuestra casa para asistir á un nuevo enfermo, y ya no

volvió á estar, como quien dice, al alcance de nuestra mano, después de

la muerte de mi padre. He dicho que el Capitán estaba débil, y la verdad

es que no sólo lo estaba, sino que parecía decaer más y más visiblemente

en vez de recuperar su salud. Yo le veía subir y bajar la escalera con

agitación; ya iba de la sala á la cantina, ya de la cantina á la sala;

ya se medio asomaba á la puerta exterior de la casa como para aspirar

las brisas salobres de la mar, sosteniéndose en las paredes, como para

no caer, y respirando fuerte y aprisa como un hombre que encumbra la

pendiente abrupta de una montaña. No volvió á conversar conmigo de una

manera especial, y yo creo buenamente que había olvidado sus

confidencias, pero su carácter se había vuelto más movible y dada su

debilidad de cuerpo, mucho más violento que nunca. Tenía ahora un

síntoma bien alarmante cuando estaba ebrio, y era el ponerse junto á sí,

sobre la mesa, su enorme alfange ó cuchilla, desenvainada. Pero con todo

esto, se preocupaba menos de los concurrentes y parecía absorto

enteramente en sus propios pensamientos, sin hablar casi para nada, pero

divagando un poco. Una vez, por ejemplo, con grandísima sorpresa nuestra

comenzó á dejar oir un canto diferente y nuevo para nosotros: era una

especie de sonatilla amorosa, de gente del campo, que él debió haber

aprendido en su primera juventud, antes de que se dedicara á la carrera

de marino.

Así pasaron las cosas hasta el día siguiente del entierro de mi padre.

Ese día, como á las tres de una tarde nebulosa, helada y desagradable

estaba yo parado hacía unos momentos á la puerta del establecimiento,

lleno de tristes y desconsoladoras ideas acerca de mi pobre padre,

cuando percibí á alguien que se acercaba por el camino lentamente. Era

un hombre completamente ciego, porque tentaleaba delante de sí con un

palo y llevaba puesta sobre sus ojos y nariz una gran venda verde.

Aparecía jorobado como bajo el peso de años ó enfermedad terrible y

vestía una vieja y andrajosa capa marina con capuchón, que le daba un

aspecto positivamente deforme y horroroso. Yo nunca he visto en mi vida

una figura más horripilante y espantable que aquella. Detúvose un

instante cerca de la posada y levantando la voz en un tono de canturria

extraña y gangosa lanzó al viento esta relación:

--¿Querrá alguna alma caritativa, informar á un pobrecito ciego que ha

perdido el don preciosísimo de su vista en la defensa voluntaria de su

patria Inglaterra--así bendiga Dios al Rey Jorge--en dónde ó en qué

parte de este país se encuentra ahora?

--Está Vd. en la posada del "_Almirante Benbow_," caleta del Black Hill,

buen hombre, le dije yo.

--Oigo una voz, una voz de joven, me replicó él. ¿Quisiera Vd. darme su

mano y guiarme adentro, mi bueno y amable niño?

La isla del tesoro · 第 1 / 20 段