[Imagen: CUENTO[1]]
I
El rey Bonoso y la reina Serafina gobernaban pacíficamente, hacía veinte
años largos de talle, uno de los reinos más fértiles y ricos del
continente Oceánido, que se llamaba el reino de Colmania. No aconsejo á
los lectores, si estudian Geografía, que se molesten en buscar en mapa
ni en atlas alguno este reino y este continente, porque hace tantos
siglos que ocurrió lo que voy contando que, ó mudarían de nombre
aquellas regiones, ó se las tragaría el mar, como aseguran que sucedió
con otra muy grande que nombran Atlántida.
Pues, como digo, los vasallos del rey Bonoso eran muchos y vivían
felices, porque el rey y la reina tenían el genio más dulce y la pasta
mejor del mundo, y ni los agobiaban á contribuciones, ni perdonaban
medio de prodigarles beneficios. Colmania gozaba de un clima igual y
templado, y era abundante en trigo, en vino, en toda clase de productos
agrícolas, con lo cual los colmanienses no tenían que temer la miseria,
y andaban alegres como unas Pascuas por aquellas ciudades y aquellos
campos, cantando cada villancico y cada seguidilla que daba gusto.
Pero como no hay felicidad perfecta en este pícaro mundo, el rey Bonoso
y la reina Serafina estaban de cuando en cuando tristes y de mal humor,
y entonces el reino se ponía también compungido para acompañar en sus
pesares á los buenos reyes. El motivo de la pena de éstos era que no les
había concedido Dios hijo alguno, y cada vez que la reina Serafina
pasaba por delante de una cabaña y veía á la puerta jugar muchos niños
descalzos, risueños y frescos, se le soltaban de envidia unos lagrimones
como puños. No es posible contar las ofertas y rogativas que hizo la
pobre reina para que el cielo le enviase una criatura que alegrase el
palacio y fuese heredero del trono de Colmania; pero ya hacía veinte
años que la reina pedía y la criatura no acababa de llegar. Los súbditos
también deseaban mucho que viniese el heredero, porque temían que, si
los reyes Bonoso y Serafina morían sin tener hijos, el rey de un país
vecino, que se llamaba el país de Malaterra, se empeñase en conquistar á
Colmania, lo que haría sin duda alguna, porque era un rey muy
emprendedor y ambicioso, y muy aficionado á dar batallas. Así es que los
habitantes de Colmania se morían porque á la reina Serafina le naciese
un príncipe; y como á este príncipe le querían tanto aun antes de que
existiese, hablaban de él cual de una persona real y efectiva, y le
pusieron el nombre de _Príncipe Amado_.
Un día, estando la reina Serafina solazándose en sus jardines y echando
pan á los pececillos colorados que nadaban en el tazón de mármol de una
fuente, sintió mucho sueño y pesadez en los párpados, y sin poder
resistir al deseo de descabezar la siesta se reclinó en un banco de
césped cubierto con un toldo de jazmines, y se quedó dormida en un abrir
y cerrar de ojos. Cuando estaba en lo mejor del sueño sintió que la
tocaban en un hombro, alzó la vista y vió ante sí una dama muy linda,
vestida con un traje de color extraño, que no era blanco ni azul, sino
una mezcla de las dos cosas, algo parecida al matiz especial que tiene
la luz de la luna. En la mano derecha llevaba una varita de plata, y la
reina, que no era lerda, conoció por la varita que era un hada ó maga
benéfica aquella señora. La cual, con una vocecita de miel, dijo
inmediatamente:
--Yo soy el hada del Deseo cumplido, y vengo á causarte gran alegría. Yo
bajo rara vez de las cimas de mis hermosas montañas para visitar á los
mortales; pero cuando éstos me envían allá tantos y tantos deseos
juntos, no puedo resistir y los cumplo casi siempre. Los deseos de tus
vasallos, de tu esposo y tuyos me están molestando continuamente: voy á
ver si, cumpliéndolos, me dejáis en paz.
Y como la reina escuchase con la boca abierta, el hada extendió la
varita y añadió:
--Tendrás un hijo.
Y se fué tan ligera, que la reina no pudo comprender por dónde. Excusado
es decir lo contenta que quedó la reina Serafina con la promesa del
hada, y mucho más cuando vió que salía cierta, y que le nacía un hijo
varón, robusto como un pino y hermoso como el sol mismo. Las fiestas y
regocijos que por tal acontecimiento celebró el reino de Colmania no
pueden escribirse en veinte volúmenes. Baste decir que en las plazas
públicas de las ciudades se pusieron unas fuentes de cinco caños de oro
purísimo, y por un caño manaba vino generoso, por otro leche azucarada,
por otro rubia miel, por los dos restantes agua de olor y licor de
guindas. De estas fuentes podía beber todo el mundo, y llenar jarros y
barriles para llevárselos á su casa. Pero la diversión que más gustó á
los colmanienses fueron unas luminarias monstruosas que se colocaron con
gran dispendio en la cumbre de los altos montes, y que trazaban en
letras de fuego los nombres de Bonoso y Serafina. Hasta en la superficie
del mar se pusieron tales luminarias, valiéndose para ello de muchos
barcos, que cada uno iba envuelto en un globo de luz de distinto color,
y que se situaron de manera que dibujasen sobre las aguas tranquilas una
gigantesca B y una S enorme. Pero ¿quién me mete á mí en narrar tales
fiestas? No acabaría el año que viene. Dejémoslas, y vamos á la alcoba
de la reina Serafina, en donde se halla la cuna de marfil, incrustada en
esmeraldas, del pequeño Amado (porque por unanimidad se dió al recién
nacido este nombre). En aquel instante acababan de salir de la alcoba
todos los ministros, títulos, generales, altos funcionarios y
notabilidades de Colmania, que habían venido á cumplir la etiqueta
besando respetuosamente la manecita que Amado, dormido como un santo,
dejaba asomar por entre los ricos encajes de la sábana. Cuando
desapareció en el umbral de la puerta el último faldón de frac bordado y
el último uniforme, el rey Bonoso y la reina Serafina se dieron un
abrazo para desahogar el júbilo, que no les cabía en el pellejo. Estaban
así abrazados y llorando como unos bobos, cuando he aquí que de pronto
se les presenta el hada del Deseo cumplido. Venía más guapa que nunca:
su traje brillaba como la luna misma, y el pelo suelto y negrísimo
flotaba por sus hombros y caía hasta sus piés; en la cabeza lucía una
corona de estrellitas que no se estaban quietas, sino que temblaban,
temblaban como tiemblan de noche las estrellas en el cielo. El rey
Bonoso iba á hincarse de rodillas ante el hada, pues no ignoraba que le
debía su dicha; pero el hada, extendiendo la varita sobre la cuna, le
dijo:
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--Rey de Colmania, por aumento de bienes voy á dar á tu hijo hermosura,
inteligencia y buen carácter; ahora á ti te toca educarle de manera que
sea feliz.
Y el hada, bajándose, besó tres veces suavemente al príncipe en los
ojos, en la frente y en el corazón. No se despertó el niño, y el hada
desapareció otra vez de la vista del rey y de la reina.
Quedáronse los reyes medio atortolados, gozosos con los dones que el
hada otorgara al niño, pero cavilando en aquello de educarle de manera
que fuese feliz. El hada lo había dicho con un tono solemne que daba en
qué pensar, y los reyes, que un momento antes no se acordaban sino de
mirar á Amadito, y comérsele á besos, ahora se quebraban la cabeza
discurriendo métodos de educación.
El rey Bonoso, que no tenía la vanidad de creerse más ilustrado que todo
el reino junto, abrió inmediatamente un concurso ofreciendo premios á
los autores que más á fondo tratasen y mejor resolviesen la cuestión de
cómo se debe educar á un niño para que sea feliz. Emborronáronse con tal
motivo más de 8,000 resmas de papel, y se imprimieron arriba de 24,800
Memorias, llenas de preceptos higiénicos y de sistemas muy eruditos, muy
elegantes, pero que no sacaron de dudas al rey. Este convocó entonces á
todos los sabios de Colmania y los reunió en su palacio á fin de que
discutiesen y ventilasen el punto, prometiéndose atenerse á las
decisiones de tan docta Asamblea. Allí se juntaron sabios de todos
colores y clases: unos sucios, vestidos de andrajos y con luengas
barbas; otros afeitados, peinaditos y con quevedos de oro; unos viejos,
amarillos, sin dientes, que todo lo hallaban difícil y malo; otros
jóvenes, petulantes, que para todo encontraban salida y respuesta.
Abierto el debate sobre la educación del príncipe Amado, se emitieron
los pareceres más diferentes: unos opinaban que, para hacerle feliz,
convenía enseñar al príncipe á mandar desde la niñez, con lo cual no le
pesaría más tarde la corona en las sienes; otros, que era preciso
adiestrarle en las armas para que adquiriese renombre de invencible; y
hasta hubo un sabio que propuso que, para la dicha del príncipe, lo
mejor era estrellarle la cabeza contra un muro, pues, no teniendo
pecados, se iría de patitas á la gloria; por cuyo dictamen la reina
Serafina mandó que sus criados arrojasen al sabio por las escaleras á
empellones. En suma, el rey no sacaba más en limpio del Congreso de
sabios que de las Memorias del concurso, y entonces resolvió tentar el
extremo opuesto, es decir, llamar á una porción de mujeres sencillas del
pueblo y consultarlas acerca del caso. Esta vez no hubo discordia; todas
las mujeres opinaron que la felicidad consistía en poseer cuanto se
deseaba, sin restricción de ninguna especie, y que, por consiguiente, el
modo de hacer dichoso al principito era cumplirle todos, todos los
gustos, y bailarle el agua delante. El consejo satisfizo por completo al
rey Bonoso, que estaba muerto por mimar á su hijo; á la reina, que ya lo
mimaba desde que nació; á las damas, pajes y servicio de Palacio, que
andaban bobos con las gracias del chiquitín, y á todos los colmanienses,
que idolatraban en su príncipe Amado. Arreglada así la cosa, nadie
volvió á acordarse de la advertencia del hada, y todo el mundo se
entregó al placer de adivinarle los antojos al recién nacido, que pocos
tenía aún.