II

Creció Amado en medio del cariño universal, y sus juegos y sus

ocurrencias traían embelesado el reino entero. Por supuesto que,

consecuentes con el programa de educación que adoptaron, sus padres

prevenían los más mínimos caprichos del heredero; y si en la época de la

lactancia no le dieron dos amas en vez de una, fué porque los médicos de

Palacio declararon que tal exceso podría comprometer su salud. No bien

el príncipe comenzó á interesarse por los objetos exteriores, le

pusieron entre las manos cuánto señalaba con su dedito; y como llega una

edad en que los niños quieren tocar á todo, no hay que decir las

preciosidades que hizo añicos, sin saberlo, el príncipe. En sólo una

mañana destrozó la colección más rica de porcelanas y esmaltes que

poseía Colmania, y que se guardaba en el Museo de los reyes como tesoro

artístico inestimable. También tuvo el placer de reducir á fragmentos

unos abanicos delicadísimos de nácar y marfil, regalo de boda que

estimaba mucho la reina Serafina, y unas sabonetas muy curiosas que el

rey Bonoso se entretenía en arreglar y poner en hora diariamente; sin

hablar de las flores exóticas que arrancó en el invernadero, ni de los

libros raros y únicos que rasgó en la biblioteca. Al empezar la época de

los juguetes, ya se comprenderá lo pronto que Amado se aburrió de

trompos, pelotas, cuerdas, soldados de plomo, tambores y otras baratijas

comunes; todos los días pedía juguetes nuevos y distintos, y he aquí que

Colmania se puso en conmoción para idear novedades que distrajesen al

príncipe. Llamados de real orden, acudieron á Palacio los mecánicos más

hábiles, y se dieron á discurrir creando muñecas que hablaban, cantaban

y bailaban; bueyes que pacían, borricos que rebuznaban y multitud de

artificios semejantes; pero sucedió que Amado hacía ya muecas de desdén

á cada invención; y, por último, una noche, habiendo visto la luna, que

apacible y majestuosa se reflejaba en un estanque, se empestilló en

pedir aquel juguete, que le gustaba más que todos. Al verle patear y

llorar, el rey Bonoso se puso casi de rodillas ante el mejor mecánico,

rogándole que, por Dios, hiciese una luna falsa para aplacar á Amado con

ella. El mecánico labró un lindo disco de plata muy reluciente, y

haciendo como que se inclinaba al estanque para recogerlo, lo entregó al

príncipe. Pero éste, que, según la promesa del hada, no tenía pelo de

tonto, siguió gimiendo y asegurando que aquella luna era de

mentirijillas y que no alumbraba como la otra. En semejante ocasión es

fama que el mecánico, anticipándose mucho á los adelantos de la ciencia

moderna, descubrió una aplicación de la luz eléctrica por medio de la

cual logró que el disco esparciese una claridad suave como la de la

luna, y contentó á Amado, haciéndole creer que poseía realmente el

astro nocturno.

Pisando así sobre rosas, y viendo prevenidos sus deseos más leves, fué

el príncipe haciéndose de párvulo niño, y de niño mancebo, y cumpliendo

los diez y ocho años sin haber aprendido cosa de provecho; porque, es

claro, como su primer movimiento fué negarse á trabajar y á estudiar,

nadie soñó en insistir ni en molestarle. Por otra parte, su buena

memoria y su natural despejo suplían un tanto á la instrucción que le

faltaba; y como era, además de listo, muy guapo, rubio como unas

candelas, con unos ojazos azules que daban gloria, toda Colmania

consideraba á Amado el más perfecto de los príncipes.

Notábase, eso sí, que Amado tenia el rostro algo descolorido, y los

bellos ojos algo apagados y tristes; que no mostraba interés por cosa

alguna de este mundo, y que después de una temporada en que tuvo gran

afición á perros, y después á loros y pájaros, y por último á la caza de

cetrería, que se hace con unas aves amaestradas que llaman halcones, el

príncipe había caído en absoluta indiferencia, y su hermoso semblante

revelaba un aburrimiento invencible. Temióse que su salud se hubiese

alterado, y el reino hizo públicas plegarias por su restablecimiento,

con tanto más motivo cuanto que, hallándose el rey Bonoso muy cascadito

y viejo, y la reina Serafina hecha una pasa, nadie dudaba de que presto

pondrían ambos el cetro en manos de Amado, retirándose ellos del

gobierno y del trono. Y es de advertir que los colmanienses deseaban

muchísimo que así sucediese, porque desde hacía algunos años el reino

andaba muy mal regido y los vasallos descontentos. El rey y la reina,

buenos como siempre, pero embobados con su hijo, descuidaron los asuntos

públicos, y un ministro orgulloso y audaz, el conde del Buitre, se hizo

dueño del poder cargando al pueblo de tributos, persiguiendo aquí,

encarcelando acullá, y dándose tal maña en derrochar los fondos del

Erario, que, si en Colmania hubiese papel de tres, de fijo estaría casi

tan por los suelos como el de España. Bonoso y Serafina se quejaban,

pero no tenían resolución para coger al ministro y castigarle

debidamente; y, entre tanto, en Colmania había muchas provincias cuyos

habitantes perecían de hambre ó se alimentaban con las yerbas y raíces

del monte, no queriendo cultivar sus heredades porque no les producían

lo necesario para satisfacer las contribuciones inmensas que exigía el

conde del Buitre. De manera que el pueblo, irritado y furioso, maldecía

al ministro, y hablaba de sublevarse y de arrojarlo por fuerza del

poder.

El rey y la reina, aunque no dejaban de afligirse por lo que sabían del

mal estado del país, por más que el conde del Buitre se lo ocultaba todo

lo posible, pintándoles, al contrario, una situación muy halagüeña,

pensaban principalmente en Amado, cuya apacible melancolía empezaba á

inquietarles. Si bien no imaginaban haber omitido nada para hacer á su

hijo feliz, tenían barruntos de que no lo era viéndole pálido y abatido.

Consultaron al médico de cámara, el cual recetó una temporada de campo.

Los reyes entonces se fueron

[Imagen]

con el príncipe á un magnifico sitio de recreo que se llamaba

Lagoumbroso, y que estaba casi en las fronteras del reino, tocando con

el país de Malaterra. Este lugar, que pocas veces visitaban los reyes,

era amenísimo y de aspecto singular. Grandes bosques de árboles

centenarios, cubiertos de musgo y liquen, rodeaban por todas partes un

lago diáfano y sereno, en una de cuyas orillas, y sobre imponentes

peñascos, se elevaba el castillo, residencia real; el castillo era ya

muy antiguo y de arquitectura grandiosa; sus torres, cercadas de

balconcillos calados de granito, se reflejaban en el lago; y la yedra,

trepando por los muros, daba graciosísimo aspecto á la azotea, en cuyo

borde unas estatuas de mármol, amarillosas ya con la intemperie, se

inclinaban para mirarse en el lago también. Era tal la frondosidad de

aquel parque, que parecía que jamás el pié humano pisara sus sendas. Á

Amado le gustó mucho el sitio, y mostró animarse paseando por él y

recorriéndolo en todas direcciones, por más que á los pocos días

volviese á mostrarse taciturno y alicaído como antes. Una tarde el rey y

la reina salieron con Amado, dirigiéndose á un punto muy fragoso del

bosque que no conocían aún. El rey Bonoso, aunque sus años y sus

achaques no le hacían muy á propósito para sostén de nadie, daba el

brazo á Amado porque éste no se fatigara, y detrás iban dos pajes

dispuestos á reemplazar al rey y á servir de apoyo al príncipe. Más

atrás venía un palafrenero llevando del diestro el caballo favorito de

Amado, por si á éste se le ocurría montar, y después seguían lacayos con

una silla de manos, otros con blandos cojines, otros cargados de

refrescos y dulces, todo por si el príncipe experimentaba en la selva

ganas de sentarse, ó de comer, ó de beber. Amado fué despacio y por su

pié hasta el sitio marcado, que era un valle en que un torrente;

saltando entre dos negras rocas, caía al borde de un prado de fresca y

menuda hierba, bañando las raíces de álamos gigantescos que sombreaban

la pradería. Ésta convidaba al descanso, y olía á manzanilla, á menta,

recreando la vista con las mil flores silvestres y acuáticas que al lado

del torrente abrían sus corolas. Amado se quiso tender sobre el tapiz de

helechos y ranunclos; pero, por listo que anduvo, ya sus pajes le

colocaron en el suelo dos ó tres almohadones de terciopelo y seda, en

los cuales quedó sentado. Estuvo así un rato sin hablar palabra, hasta

que un espectáculo nuevo atrajo su atención. Al otro extremo de la

pradería vió á un hombre que con un hacha estaba partiendo las ramas

secas que alfombraban el piso, y juntándolas para reunir un haz de leña.

Manejaba el hacha con tanto garbo, que Amado no apartaba la vista del

leñador.

Amado se levantó y, escurriéndose entre los árboles, logró acercarse sin

que el trabajador lo sintiese, y observarle. Era un mancebo de unos

veinte años, pero robusto y vigoroso, con músculos de acero, que se

señalaban en su cuello y brazos á cada golpe del hacha. Su estatura era

alta, y su rostro noble y distinguido; y lo más extraño para Amado fué

ver que el pobre leñador llevaba bajo un traje tosco una fina camisa de

batista, y que los largos rizos de su cabello castaño oscuro relucían y

eran suaves como si estuviesen ungidos de balsámico aceite. Amado salió

de la espesura, y, llegándose al leñador, empezó á hacerle mil

preguntas, á que éste contestó con respeto, pero sin turbarse. Dijo que

se llamaba Ignoto; y como Amado se empeñase en que le había de mostrar

su cabaña, el leñador le condujo á una próxima y muy pobre, en que sólo

había un cántaro con agua, un banco de madera y tres ó cuatro pucheros y

escudillas de barro. Amado, que simpatizaba cada vez más con Ignoto, no

paró hasta que le hizo comer de los exquisitos manjares y catar los

vinos y helados que sus pajes traían, á lo cual se prestó el leñador con

muy buen apetito, asegurando que pocas veces gustara tan delicadas

golosinas. El rey y la reina se maravillaban de lo divertido que Amado

parecía hallarse con el leñador, y propusieron á éste que entrase al

servicio del príncipe; pero Ignoto, con gravedad que hizo reir á toda la

comitiva, contestó que su clase no le permitía servir á nadie, ni aun al

heredero de una corona. Con esto se despidieron, y Amado prometió volver

al otro día para pasar un rato con el leñador.

Pero aquella noche ocurrió una cosa muy terrible en Colmania. Y fué que

el traidor conde del Buitre, sabiendo que el pueblo estaba decidido á

aprovechar la ausencia de los reyes para vengarse de él, y conociendo

que no podía resistir á la sublevación, porque hasta su misma guardia le

quería mal, escribió una carta al rey de Malaterra ofreciéndose á

entregarle el reino de Colmania si prometía hacerle á él primer

ministro de ambos reinos juntos. El rey de Malaterra, que, como

sabemos, era ambicioso y se moría por poseer á Colmania, aceptó en

seguida, y á favor de la noche invadió el reino, sorprendiendo á las

tropas descuidadas y penetrando en los cuarteles por medio de las llaves

que el conde del Buitre poseía. Colmania se rindió por sorpresa, y un

destacamento, mandado por el mismo rey de Malaterra, se dirigió al

castillo de Lagoumbroso á prender á los reyes. Sin dificultad lo

consiguieron; pero Amado, á quien despertó el tumulto, pudo ocultarse

dentro de un jarro enorme que contenía flores artificiales, con tal

primor imitadas, que parecían verdaderas. Allí, cubierto de dalias y

rosas de trapo, oyó el príncipe pasar á los que le buscaban, y les

escuchó decir que, si á los reyes viejos se contentarían con llevarlos á

Malaterra cautivos, á él era preciso matarle, porque así no había que

temer que hoy ó mañana reclamase su trono. Cuando los perseguidores se

alejaron después de registrar mucho, salió Amado de su escondite y,

viendo la ventana abierta y la azotea delante, arrancó un grueso y largo

cordón de seda que recogía el cortinaje de su lecho, lo ató al balaústre

y se descolgó por él hasta el pié del castillo, desde donde, y como si

tuviera alas en los talones, emprendió á correr y no paró hasta la

cabaña de Ignoto.

La dama joven · 第 48 / 52 题