Creció Amado en medio del cariño universal, y sus juegos y sus
ocurrencias traían embelesado el reino entero. Por supuesto que,
consecuentes con el programa de educación que adoptaron, sus padres
prevenían los más mínimos caprichos del heredero; y si en la época de la
lactancia no le dieron dos amas en vez de una, fué porque los médicos de
Palacio declararon que tal exceso podría comprometer su salud. No bien
el príncipe comenzó á interesarse por los objetos exteriores, le
pusieron entre las manos cuánto señalaba con su dedito; y como llega una
edad en que los niños quieren tocar á todo, no hay que decir las
preciosidades que hizo añicos, sin saberlo, el príncipe. En sólo una
mañana destrozó la colección más rica de porcelanas y esmaltes que
poseía Colmania, y que se guardaba en el Museo de los reyes como tesoro
artístico inestimable. También tuvo el placer de reducir á fragmentos
unos abanicos delicadísimos de nácar y marfil, regalo de boda que
estimaba mucho la reina Serafina, y unas sabonetas muy curiosas que el
rey Bonoso se entretenía en arreglar y poner en hora diariamente; sin
hablar de las flores exóticas que arrancó en el invernadero, ni de los
libros raros y únicos que rasgó en la biblioteca. Al empezar la época de
los juguetes, ya se comprenderá lo pronto que Amado se aburrió de
trompos, pelotas, cuerdas, soldados de plomo, tambores y otras baratijas
comunes; todos los días pedía juguetes nuevos y distintos, y he aquí que
Colmania se puso en conmoción para idear novedades que distrajesen al
príncipe. Llamados de real orden, acudieron á Palacio los mecánicos más
hábiles, y se dieron á discurrir creando muñecas que hablaban, cantaban
y bailaban; bueyes que pacían, borricos que rebuznaban y multitud de
artificios semejantes; pero sucedió que Amado hacía ya muecas de desdén
á cada invención; y, por último, una noche, habiendo visto la luna, que
apacible y majestuosa se reflejaba en un estanque, se empestilló en
pedir aquel juguete, que le gustaba más que todos. Al verle patear y
llorar, el rey Bonoso se puso casi de rodillas ante el mejor mecánico,
rogándole que, por Dios, hiciese una luna falsa para aplacar á Amado con
ella. El mecánico labró un lindo disco de plata muy reluciente, y
haciendo como que se inclinaba al estanque para recogerlo, lo entregó al
príncipe. Pero éste, que, según la promesa del hada, no tenía pelo de
tonto, siguió gimiendo y asegurando que aquella luna era de
mentirijillas y que no alumbraba como la otra. En semejante ocasión es
fama que el mecánico, anticipándose mucho á los adelantos de la ciencia
moderna, descubrió una aplicación de la luz eléctrica por medio de la
cual logró que el disco esparciese una claridad suave como la de la
luna, y contentó á Amado, haciéndole creer que poseía realmente el
astro nocturno.
Pisando así sobre rosas, y viendo prevenidos sus deseos más leves, fué
el príncipe haciéndose de párvulo niño, y de niño mancebo, y cumpliendo
los diez y ocho años sin haber aprendido cosa de provecho; porque, es
claro, como su primer movimiento fué negarse á trabajar y á estudiar,
nadie soñó en insistir ni en molestarle. Por otra parte, su buena
memoria y su natural despejo suplían un tanto á la instrucción que le
faltaba; y como era, además de listo, muy guapo, rubio como unas
candelas, con unos ojazos azules que daban gloria, toda Colmania
consideraba á Amado el más perfecto de los príncipes.
Notábase, eso sí, que Amado tenia el rostro algo descolorido, y los
bellos ojos algo apagados y tristes; que no mostraba interés por cosa
alguna de este mundo, y que después de una temporada en que tuvo gran
afición á perros, y después á loros y pájaros, y por último á la caza de
cetrería, que se hace con unas aves amaestradas que llaman halcones, el
príncipe había caído en absoluta indiferencia, y su hermoso semblante
revelaba un aburrimiento invencible. Temióse que su salud se hubiese
alterado, y el reino hizo públicas plegarias por su restablecimiento,
con tanto más motivo cuanto que, hallándose el rey Bonoso muy cascadito
y viejo, y la reina Serafina hecha una pasa, nadie dudaba de que presto
pondrían ambos el cetro en manos de Amado, retirándose ellos del
gobierno y del trono. Y es de advertir que los colmanienses deseaban
muchísimo que así sucediese, porque desde hacía algunos años el reino
andaba muy mal regido y los vasallos descontentos. El rey y la reina,
buenos como siempre, pero embobados con su hijo, descuidaron los asuntos
públicos, y un ministro orgulloso y audaz, el conde del Buitre, se hizo
dueño del poder cargando al pueblo de tributos, persiguiendo aquí,
encarcelando acullá, y dándose tal maña en derrochar los fondos del
Erario, que, si en Colmania hubiese papel de tres, de fijo estaría casi
tan por los suelos como el de España. Bonoso y Serafina se quejaban,
pero no tenían resolución para coger al ministro y castigarle
debidamente; y, entre tanto, en Colmania había muchas provincias cuyos
habitantes perecían de hambre ó se alimentaban con las yerbas y raíces
del monte, no queriendo cultivar sus heredades porque no les producían
lo necesario para satisfacer las contribuciones inmensas que exigía el
conde del Buitre. De manera que el pueblo, irritado y furioso, maldecía
al ministro, y hablaba de sublevarse y de arrojarlo por fuerza del
poder.
El rey y la reina, aunque no dejaban de afligirse por lo que sabían del
mal estado del país, por más que el conde del Buitre se lo ocultaba todo
lo posible, pintándoles, al contrario, una situación muy halagüeña,
pensaban principalmente en Amado, cuya apacible melancolía empezaba á
inquietarles. Si bien no imaginaban haber omitido nada para hacer á su
hijo feliz, tenían barruntos de que no lo era viéndole pálido y abatido.
Consultaron al médico de cámara, el cual recetó una temporada de campo.
Los reyes entonces se fueron
[Imagen]
con el príncipe á un magnifico sitio de recreo que se llamaba
Lagoumbroso, y que estaba casi en las fronteras del reino, tocando con
el país de Malaterra. Este lugar, que pocas veces visitaban los reyes,
era amenísimo y de aspecto singular. Grandes bosques de árboles
centenarios, cubiertos de musgo y liquen, rodeaban por todas partes un
lago diáfano y sereno, en una de cuyas orillas, y sobre imponentes
peñascos, se elevaba el castillo, residencia real; el castillo era ya
muy antiguo y de arquitectura grandiosa; sus torres, cercadas de
balconcillos calados de granito, se reflejaban en el lago; y la yedra,
trepando por los muros, daba graciosísimo aspecto á la azotea, en cuyo
borde unas estatuas de mármol, amarillosas ya con la intemperie, se
inclinaban para mirarse en el lago también. Era tal la frondosidad de
aquel parque, que parecía que jamás el pié humano pisara sus sendas. Á
Amado le gustó mucho el sitio, y mostró animarse paseando por él y
recorriéndolo en todas direcciones, por más que á los pocos días
volviese á mostrarse taciturno y alicaído como antes. Una tarde el rey y
la reina salieron con Amado, dirigiéndose á un punto muy fragoso del
bosque que no conocían aún. El rey Bonoso, aunque sus años y sus
achaques no le hacían muy á propósito para sostén de nadie, daba el
brazo á Amado porque éste no se fatigara, y detrás iban dos pajes
dispuestos á reemplazar al rey y á servir de apoyo al príncipe. Más
atrás venía un palafrenero llevando del diestro el caballo favorito de
Amado, por si á éste se le ocurría montar, y después seguían lacayos con
una silla de manos, otros con blandos cojines, otros cargados de
refrescos y dulces, todo por si el príncipe experimentaba en la selva
ganas de sentarse, ó de comer, ó de beber. Amado fué despacio y por su
pié hasta el sitio marcado, que era un valle en que un torrente;
saltando entre dos negras rocas, caía al borde de un prado de fresca y
menuda hierba, bañando las raíces de álamos gigantescos que sombreaban
la pradería. Ésta convidaba al descanso, y olía á manzanilla, á menta,
recreando la vista con las mil flores silvestres y acuáticas que al lado
del torrente abrían sus corolas. Amado se quiso tender sobre el tapiz de
helechos y ranunclos; pero, por listo que anduvo, ya sus pajes le
colocaron en el suelo dos ó tres almohadones de terciopelo y seda, en
los cuales quedó sentado. Estuvo así un rato sin hablar palabra, hasta
que un espectáculo nuevo atrajo su atención. Al otro extremo de la
pradería vió á un hombre que con un hacha estaba partiendo las ramas
secas que alfombraban el piso, y juntándolas para reunir un haz de leña.
Manejaba el hacha con tanto garbo, que Amado no apartaba la vista del
leñador.
Amado se levantó y, escurriéndose entre los árboles, logró acercarse sin
que el trabajador lo sintiese, y observarle. Era un mancebo de unos
veinte años, pero robusto y vigoroso, con músculos de acero, que se
señalaban en su cuello y brazos á cada golpe del hacha. Su estatura era
alta, y su rostro noble y distinguido; y lo más extraño para Amado fué
ver que el pobre leñador llevaba bajo un traje tosco una fina camisa de
batista, y que los largos rizos de su cabello castaño oscuro relucían y
eran suaves como si estuviesen ungidos de balsámico aceite. Amado salió
de la espesura, y, llegándose al leñador, empezó á hacerle mil
preguntas, á que éste contestó con respeto, pero sin turbarse. Dijo que
se llamaba Ignoto; y como Amado se empeñase en que le había de mostrar
su cabaña, el leñador le condujo á una próxima y muy pobre, en que sólo
había un cántaro con agua, un banco de madera y tres ó cuatro pucheros y
escudillas de barro. Amado, que simpatizaba cada vez más con Ignoto, no
paró hasta que le hizo comer de los exquisitos manjares y catar los
vinos y helados que sus pajes traían, á lo cual se prestó el leñador con
muy buen apetito, asegurando que pocas veces gustara tan delicadas
golosinas. El rey y la reina se maravillaban de lo divertido que Amado
parecía hallarse con el leñador, y propusieron á éste que entrase al
servicio del príncipe; pero Ignoto, con gravedad que hizo reir á toda la
comitiva, contestó que su clase no le permitía servir á nadie, ni aun al
heredero de una corona. Con esto se despidieron, y Amado prometió volver
al otro día para pasar un rato con el leñador.
Pero aquella noche ocurrió una cosa muy terrible en Colmania. Y fué que
el traidor conde del Buitre, sabiendo que el pueblo estaba decidido á
aprovechar la ausencia de los reyes para vengarse de él, y conociendo
que no podía resistir á la sublevación, porque hasta su misma guardia le
quería mal, escribió una carta al rey de Malaterra ofreciéndose á
entregarle el reino de Colmania si prometía hacerle á él primer
ministro de ambos reinos juntos. El rey de Malaterra, que, como
sabemos, era ambicioso y se moría por poseer á Colmania, aceptó en
seguida, y á favor de la noche invadió el reino, sorprendiendo á las
tropas descuidadas y penetrando en los cuarteles por medio de las llaves
que el conde del Buitre poseía. Colmania se rindió por sorpresa, y un
destacamento, mandado por el mismo rey de Malaterra, se dirigió al
castillo de Lagoumbroso á prender á los reyes. Sin dificultad lo
consiguieron; pero Amado, á quien despertó el tumulto, pudo ocultarse
dentro de un jarro enorme que contenía flores artificiales, con tal
primor imitadas, que parecían verdaderas. Allí, cubierto de dalias y
rosas de trapo, oyó el príncipe pasar á los que le buscaban, y les
escuchó decir que, si á los reyes viejos se contentarían con llevarlos á
Malaterra cautivos, á él era preciso matarle, porque así no había que
temer que hoy ó mañana reclamase su trono. Cuando los perseguidores se
alejaron después de registrar mucho, salió Amado de su escondite y,
viendo la ventana abierta y la azotea delante, arrancó un grueso y largo
cordón de seda que recogía el cortinaje de su lecho, lo ató al balaústre
y se descolgó por él hasta el pié del castillo, desde donde, y como si
tuviera alas en los talones, emprendió á correr y no paró hasta la
cabaña de Ignoto.