UNA PASIÓN

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Siempre que nos reuníamos en Madrid ó en Galicia mi amigo Federico Bruck

y yo, echábamos un párrafo ó varios párrafos sobre su ciencia

predilecta, la geología; pues aunque Bruck es hombre de bastantes

conocimientos y en alto grado posee esto que hoy llaman _cultura

general_, inclínase á hablar de lo que mejor conoce y más ama, por

instinto tan natural como el de las aguas al buscar su nivel.

De origen anglo-sajón, según revela el apellido, soltero, independiente

y no pesándole los años, Bruck se consagró en cuerpo y alma al culto de

la gran diosa Demeter, la Tierra madre. Esa ciencia erizada de

dificultades, inaccesible á los profanos, le cautivó, gracias al feliz y

sabio reparto que Dios hace de las aficiones y gustos, para que ningún

altar se quede sin devotos y ningún santo sin su velita de cera.--Yo

confieso ingenuamente el error en que caí. Al pronto, juzgando con

arreglo á mis sentimientos propios, pensé que lo que interesaba á Bruck

eran los ejemplares de mineralogía, _los pedruscos bonitos_; pero ví con

sorpresa que mi colección, distribuída en las primorosas casillas del

estante como joyas en sus estuches, no despertaba en él sino la

curiosidad que produciría en cualquier aficionado á ciencias naturales,

mientras las piedras de construcción, el vulgarísimo granito esparcido

en la calle, fijaba sus miradas y le sumía en reflexiones profundas.

Desde entonces tuvimos asunto para discutir. Con mi doble instinto de

mujer y de colorista, yo prefería, en el vasto reino mineral, los

productos mágicos que sirven al adorno, á la industria y al arte humano,

y describía con entusiasmo la eflorescencia rosa del cobalto, el intenso

anaranjado del oropimente, la misteriosa fluorescencia de los espatos,

que exhalan lucecicas como de Bengala, verdes y azules, los tornasolados

visos del _labradorito_, semejantes al reflejo metálico del cuello de

las palomas, la fina red de oro sobre fondo turquí del lápiz-lázuli, las

irisaciones sombrías de la pirita marcial y de la marcasita; coloridos

nocturnos, vistos en mi imaginación como al través de la roja luz de una

gruta caldeada por las fraguas y hornos de Vulcano. Con la exigencia

refinada del gusto moderno, que se prenda de lo exótico, ponderaba hasta

las ponzoñosas descomposiciones del color, el moho verdoso del níquel,

el verde manzana de los arseniatos, los extraños cambiantes del cobre;

encarecía después el amarillo de miel del ámbar, las gotas de leche

incrustadas en la roja faz del jaspe, la transparencia vaga y suave de

las calizas, que parecen nieve mineral. Yo argüía, y para mí era

argumento definitivo, que los colores más vivos, más brillantes, la

mayor cantidad de luz atesorada en un cuerpo, no se encontraba ni en el

cáliz de la flor, ni en el ala de la mariposa, ni en la pluma del

pájaro, sino que era preciso buscarla allá en las entrañas del globo,

serpenteando por sus rocas, clavada en ellas, hasta que la inteligencia

humana la extraía tallando la piedra preciosa, ó refinando el petróleo

para descubrir los matices espléndidos de la anilina.

Además de estas hermosuras incomparables del color de los minerales, me

cautivaban y excitaban mi fantasía los peregrinos caprichos que en ellos

satisface la naturaleza; citaba la luz fosfórica del cuarzo cambiante ú

_ojo de gato_, las arenillas doradas de la venturina, los curiosos

listones del ónice y sardónice, las vetas y dibujos varios de la familia

de las calcedonias. ¿Dónde hay cosa más linda que el ópalo, con sus

diafanidades boreales, como el lago al amanecer; que el hidrófano, que

sólo brilla y se irisa cuando le mojan, lo mismo que una mirada cariñosa

refulge al humedecerla el llanto; ó la límpida hialita, tan parecida á

lágrimas congeladas? ¿Pues no es digna de admiración la singular

birefringencia del espato de Islandia, la figura de X que se encuentra

dentro de la macla ó _chias-tolita_, los magníficos dodecaedros del

granate y las cruces prismáticas de la _armotoma_? Filigranas de la

creación, caladas y alicatadas por el buril de los gnomos ó geniecillos

de las cavernas subterráneas se me figuraban todos estos minerales, y

así los alababa con sumo calor, haciendo sonreirse á Federico Bruck.

Pero donde empezaban mis herejías anti-científicas era al declarar que

tamaños portentos me parecían mucho más asombrosos después de que la

mano del hombre completaba en ellos, con la forma artística, el trabajo

oculto y paciente de las fuerzas creadoras.

Para mí, por ejemplo, el mármol de Paros no adquiría pureza y excelsitud

hasta considerarlo labrado por Fidias; el _kaolin_ era barro grosero, y

sólo me enamoraba convertido en porcelana sajona; el zafiro había nacido

para rodearse de brillantes y adornar un menudo dedo; el brillante para

temblar en un pelo negro; el basalto rosa para que en él esculpiesen los

egipcios el coloso de Ramsés; el ágata, para que Cellini excavase

aquellas copas encantadoras en torno de las cuales retuerce su escamoso

cuerpo una sirena de plata. El arte, señor de la naturaleza, tal fué mi

divisa.

Bruck afirmaba que estos gustos míos tenían cierta afinidad con los del

salvaje que se prenda de unas cuentas de vidrio más que del oro nativo

recogido en sus remotas cordilleras; y que lo verdaderamente grandioso y

bello, con severa belleza clásica, en la tierra, no son esos caprichos

del color ni esos jugueteos de la línea, sino las formas internas de las

rocas, el plano arquitectónico, regular y majestuoso, de tan vasto

edificio. Encarecía la magnitud de las anchas estratificaciones, que se

extienden como ondas petrificadas del océano de la materia; los macizos

y valientes pilares graníticos, fundamentos del globo, colocados con

simetría solemne; las columnatas de pórfido y basalto, más elegantes que

las de ninguna catedral de la Edad media. Sobre todo y aparte del

especial deleite estético que encontraba en esa disposición sorprendente

de las rocas, decía Bruck que le enamoraba ver escrita en ellas la

historia del globo, de su formación, del desarrollo de sus montañas y

hundimiento de sus valles.

Á simple vista, con una ojeada rápida, discernía la estructura de un

terreno cualquiera, su yacimiento y su origen. Distinguía al punto las

rocas eruptivas,--que parecen conservar en sus formas coaguladas

indicios del misterioso hervor que las arrancó de los abismos del globo

y las hizo rasgar su superficie, á manera de colmillos enormes,--de los

terrenos de sedimento, cubiertos de capas y más capas lo mismo que de

fajas la momia. Sabía por cuál secreta ley las rocas alpestres se

levantan y parten en agujas tan atrevidas, puntiagudas y escuetas,

mientras las sierras del mediodía de España se aplanan en chatos

mamelones, figurando que una mano fuerte les impidió ascender y las

redondeó con las redondeces de un seno turgente, henchido de licor

vital.

Y cuando pudiese engañarse la vista, tenía Bruck para conocer, sin

metáfora, el terreno que pisaba, una señal infalible, la presencia ó

ausencia, en la roca, de ciertos restos fósiles, valvas menudas de

moluscos, el carbonizado tronco de un planta, la huella de un helecho ó

de un licopodio. De estos restos se encontraban muchos en los terrenos

de sedimento, que son á manera de museo donde puede estudiarse la flora

y fauna del tiempo--digámoslo así--del rey que rabió, mientras las rocas

eruptivas se hallan vacías, agenas á toda vida, sin rasgos de organismos

en sus mudas profundidades. Y aquí Bruck y yo volvíamos á disputar;

porque mientras á mí me parecía digno de superior atención el terreno

donde se tropiezan fósiles, él hablaba con el mayor respeto de esas

rocas muertas, las primeras y más antiguas, verdaderos cimientos del

planeta. Las otras eran unas rocas de ayer acá, que contarían, á lo

sumo, algunos cientos de miles de años.

Yo no comprendía la preferencia de Bruck, porque siempre me agrada

encontrar vida é indicios de ella. Los fósiles me hacían soñar con

paisajes antediluvianos, con animalazos gigantescos, medio lagartos y

medio peces. Bruck, al contrario, se remontaba á los tiempos en que el

mundo, dejando de ser una bola de gas incandescente, comenzaba á

enfriarse, y sus queridas rocas emergían, rompiendo la película delgada,

la corteza del gran esferóide. En resumen, á Bruck le importaban poco

las plantas, que son vestidura de la tierra; los minerales preciosos,

que son sus joyas, y los fósiles, que son sus archivos y relicarios;

sólo se sentía atraído por la anatomía de su monstruoso esqueleto.

Valía la pena de oirle defender esta afición. Extasiábase hablando de la

unidad que preside á las formaciones de las rocas, y del poderoso y

visible imperio que ejerce la ley en los dominios de la verdadera

geología ó _geognosia_. Ahí es nada eso de que la corteza terrestre sea

igual en el Polo que en la zona tórrida, y que mientras los infelices

naturalistas y botánicos se encuentran, en cada clima, con especies

diferentes, el martillo del geólogo en todas partes rompa la propia

piedra! La piedra inmóvil, grave, uniforme, idéntica á sí misma,

figurábasele á Bruck majestuosa. Á mí me daba frío, y... así como sueño.

Pero que no lo sepa ningún geólogo, por todos los santos de la corte

celestial.

Bruck no era un sabio de gabinete, ni se conformaba con ver los

fragmentos y láminas de roca en las agenas colecciones ó en los museos,

con su etiqueta pegada. Por valles, montañas y cerros, allí donde

trazaban un camino, perforaban un túnel ó excavaban una mina, andaba

Bruck con su caja de instrumentos, inclinándose ávidamente para ver, al

través de la rota epidermis y de la morena carne de la gran Diosa, su

osamenta formidable. Quería crear la geología ibérica, estudiar el

terreno español tan á fondo como lo ha sido ya el francés, inglés y

americano. Así es que cuando delante de Bruck nombraban alguna región de

nuestra patria, Asturias, Galicia, Málaga, Sevilla, no se le ocurría

nunca exclamar--«hermoso país!--costa pintoresca!--cielo azul!--¡qué

poéticas son las Delicias! ó ¡qué bonito el Alcázar!»--como nos sucede á

cada hijo de vecino; sino que las ideas que acudían á su mente y

brotarían de sus labios si Bruck fuese locuaz, eran sobre poco más ó

menos del tenor siguiente:--«terreno hullero--buen yacimiento de

gneiss--terreno triásico--formación cuaternaria!»

He dicho que Bruck no pecaba de locuaz; pero, fiel á su oriundez

anglo-sajona, era tenacísimo. Jamás se cansaba, ni se desalentaba, ni

variaba de rumbo. Todos amamos nuestras aficiones, y, sin embargo,

cometemos infidelidades; tenemos nuestras horas de inconstancia, y

volvemos luégo á abrazarlas con mayor cariño. Hay días contados en que

yo no quiero que me nombren un libro, en que lo negro sobre lo blanco me

aburre, y en que diera todo el papel impreso y manuscrito por un rayo de

sol, un momento de alegría, la sombra de un árbol, la luz de la luna y

el olor de las madreselvas. Bruck no conocía semejantes alternativas; su

amor por las rocas era, como ellas, firme, perenne, invariable.

Dos ó tres años hacía que no aportaba Bruck por mi país, y yo le suponía

entregado á trascendentales investigaciones allá por las cuencas mineras

de Extremadura ó por las alturas imponentes de los Pirineos, cuando una

tarde se me presentó de la manera más impensada, enfundado en su traje

habitual de _hacer geología_. El paño de su _chaquet_ caía flojo y

desmañado sobre su vasto cuerpo; una camiseta de color le ahorraba la

molestia de ocupar el baúl con camisas planchadas; su sombrero,

abollado, lucía una capa de polvo á medio estratificar; y como le ví que

traía calzados los guantes, comprendí al punto que estaba de excursión,

pues Bruck no usa guantes sino para el monte, dado que en la ciudad no

hay peligro de estropearse las manos.

Preguntéle el motivo de su viaje. La vez anterior vino á examinar, en

persona, la dirección de los estratos del gneiss en esta parte de la

costa cantábrica; y ahora, con voz reposada, me dijo que el objeto de su

expedición era verle el pié... _honni soit qui mal y pense_! á la sierra

de los Castros.

--Pero cuidado que sólo á V. se le ocurre!... Estamos en Diciembre, se

chupa uno los dedos de frío, y luégo el viaje en diligencia es

entretenido de verdad! ¿Cómo no aguardó V. á la inauguración del

ferrocarril, al verano, etc., etc.?

Explicó que no podía ser de otro modo, porque ya había llegado á un

punto tal, que sin ver la base de la sierra, inmediatamente, no haría

cosa de provecho. Bruck apuntaba metódicamente en cuadernos los

resultados de sus observaciones, y luégo los daba al público, no en una

obra extensa y monumental, sino de modo más conforme al espíritu

analítico y positivo de la ciencia moderna, en breves monografías de

esas que por Inglaterra y los Estados Unidos se llaman «contribuciones

al estudio de tal ó cual materia,» folletitos concretos, atestados de

hechos y labrados y cortados con precisión matemática, como sillares

dispuestos ya para un edificio futuro. Cuando en mitad de uno de sus

trabajos le ocurría á Bruck la más leve duda, la necesidad de exactitud

rigurosa y veracidad extricta en sus asertos no le dejaba pasar más

adelante; y no cociéndosele, como suele decirse, el pan en el cuerpo,

tomaba el tren, la diligencia, lo que hubiese, y se iba á comprobar

sobre el terreno sus datos. No se cuidaba de si las circunstancias eran

favorables; lo mismo hacía rumbo á Extremadura durante la canícula, que

á Burgos en el corazón del invierno.

Aunque Galicia no es tan fría como Burgos, ni muchísimo menos, el plan

de verle el pié á la sierra de los Castros en Diciembre, no dejó de

parecerme descabellado. La lluvia, incesante en tal época, la nieve, la

escasez de recursos, la falta de esos hoteles diseminados por las

cordilleras de otros países, donde el viajero se restaura, y mil y mil

inconvenientes, se me ofrecieron al punto y los comuniqué á Bruck. Sin

haber llegado nunca á sentarme en las faldas de la abrupta sierra,

conocía mucho de oídas el país, y sabía que á veces, en tres ó cuatro

leguas de circuito, no se encontraba unto para condimentar el caldo de

pote, ni una arena de sal para sazonarlo. Mas ví al geólogo tan firme en

su propósito, que lo único que pude hacer en beneficio suyo, fué darle

una carta de recomendación para el cura de los Castros. Justamente este

buen señor había sido algunos meses capellán de nuestra casa.

Dos epístolas recibidas algún tiempo después, completarán la historia

del episodio que refiero. La primera de Bruck, del cura la segunda. Aquí

las copio, para conocimiento y solaz del que leyere.

«Las Engrovas, 1.º de Enero.

»Mi distinguida amiga: no pensé empezar el año escribiendo á V.

desde estas montañas; pero el hombre propone, y las

circunstancias--ya sabe V. que soy algo determinista--disponen.

Heme aquí en las Engrovas: ¿ha estado V. por acá alguna vez? Parece

mentira, cuando uno se acuerda de esas Mariñas tan risueñas, tan

alegres hasta en la peor estación del año, que Galicia encierre

sitios tan agrestes y salvajes.

»Por supuesto que para mí son los mejores. Esa parte donde V. vive,

es una tierra blanda, deshuesada, sin consistencia. Aquí encuentro

magníficas rocas metamórficas, terrenos de transición, con todas

sus curiosas variedades. Sólo me estorba mucho la vegetación feraz

y compacta, que me impide reconocer bien el terreno. Espero que en

el corazón de la sierra, las rocas se me presentarán en su noble y

augusta desnudez.

»Me han asegurado que si me meto más en la montaña, me expongo á

tropezar con manadas de lobos, á no encontrar dónde dormir. No me

importaría si no estuviese calado; pero es tanta la lluvia que ha

caído por mí, que el traje se me pudre encima. Dirá V. ¿y el

impermeable? ¡El impermeable! Hecho girones, señora: los escajos,

los espinos, las zarzas han puesto fin á su vida. Cuando llegue á

la hospitalaria mansión del cura de los Castros, voy á pedirle que

me ceda un balandrán ó cosa por el estilo, porque andar desnudo en

Diciembre no es agradable.

»De la comida poco puedo decir á V.; yo suelo pasarme diez ó doce

horas sin recordar que es preciso dar pasto al estómago; y cuando

se lo doy, al cuarto de hora ya no sé lo que he mascado. No

obstante, aquí noto que me falta lastre. Creo que hay días en que

me alimento con un plato de puches de harina de maíz. Gracias si

puedo regarlos con leche de vaca.

»En resumen, hambre, frío, sed de vino y café (de agua no es

posible, pues el cielo la vierte á jarras); pero yo contentísimo,

porque estas rocas valen un Perú, y su estudio arroja clarísima luz

sobre diversos problemas que me preocupaban.

»Mañana me internaré en lo más despoblado y agrio de la región.

Aprovecho la coyuntura de enviar al Ferrol esta carta, para que la

echen al correo. Siempre á sus órdenes su amigo afectísimo

_Federico Bruck_.»

«Parroquia de S. Remigio de los Castros, 27 Febrero.

»Estimada señorita: le escribo para darle razón del señor forastero

que V. se sirvió recomendarme en el mes de Diciembre del pasado

año. Ese señor salió de las Engrovas el 2 de Enero, muy tempranito,

á caballo, pensando llegar á los Castros á _la mediodía_. Yo nunca

ví tanto frío, que mismo cortaba; hasta al consagrar parece que se

me caía la partícula de los dedos; la noche antes heló mucho, y los

caminos resbalaban como si estuviesen untados con sebo. Ese señor

traía un chiquillo para tenerle cuenta de la caballería y llevarle

una caja y no sé qué más lotes; y el chiquillo, que es hijo de mi

compadre Antón de Reigal, me ha contado cómo pasó el lance. El

señor se bajó del caballo á medio camino, en el sitio que llaman

_Codo-torto_, y sacando un martillo comenzó á arrancar pedacitos

de piedras, que se conoce que los ingleses, sabiendo que aquí hay

oro, quieren buscarlo y acaso hacer minas. Piedras fueron, que se

pasó así toda la mañana, hasta que el chiquillo, cansado de esperar

y no viéndolo por ninguna parte, y muriéndose de ganas de comer,

tuvo la debilidad de venirse á los Castros solo, y el caballo

detrás, muy pacífico. Luégo, cuando el rapaz vió que se hacía de

noche, y que no parecía su amo, vino llorando á contarme el lance.

»Como, según el chiquillo, ese señor se encaminaba á mi casa, en

seguida me dió la espina de que sería algún amigo ó pariente de V.;

llamé á tres feligreses, les hice encender _fachucos_ de paja bien

retorcidos para que durasen, y nos metimos por la sierra, busca que

te buscarás al viajero. ¿Dónde le fuímos á encontrar? En el

despeñadero de Codo-torto, que lo rodó de una vez, señorita, y

pásmese, no se mató, sólo se rompió una pierna. Le trajimos en

brazos como se pudo, y gracias al _algebrista_ de Gondás, ¿no sabe

V.? aquel hombre que cura toda rotura y dislocación sin reglas ni

sabiduría, con unas tablillas, unos cordeles y siete _Ave Marías_

con sus _Gloria Patris_, no tendrá que gastar muleta el señor de

_Brús_ ó como se llame, aunque siempre al andar se le conocerá un

poquito.

»Yo y mi hermana la viuda, lo cuidamos lo mejorcito que supimos,

que nos dió mucha lástima; es un señor llano y parece un infeliz.

Lo peor de las horas que pasó solito, dice él que fueron unos lobos

que le salieron y que los espantó encendiendo fósforos. Á pesar de

la desgracia, asegura que no le pesó venir á la sierra. Se conoce

que la mina de oro promete. Tendrá la bondad de dar un besito á los

niños, y de saludar con la más fina atención á los señores y mandar

á este su reconocido servidor y capellán

q. s. m. b.

_José Taboada Rey_.»

_Moraleja._--De cómo por verle los huesos á la tierra, rompió Bruck sus

huesos propios.

La dama joven · 第 46 / 52 题