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El día que encontré esta leyenda en una crónica franciscana, cuyas hojas
amarillentas soltaban sobre mis dedos curiosos el polvillo finísimo que
revela los trabajos de la polilla, quédeme un rato meditabunda,
discurriendo si la historia, que era edificante para nuestros sencillos
tatarabuelos, parecería escandalosa á la edad presente.--Porque hartas
veces observo que hemos crecido, sino en maldad, al menos en malicia, y
que nunca un autor necesitó tanta cautela como ahora para evitar que
subrayen sus frases é interpreten sus intenciones y tomen por donde
queman sus relatos más inocentes. Así todos andamos recelosos y, valga
esta impropia metáfora, con la barba sobre el hombro, de miedo de
escribir algo funesto para la moral y las costumbres.
Pero acontece que si llega á agradarnos ó á producirnos honda impresión
un asunto, no nos sale ya fácilmente de la cabeza, y diríase que bulle y
se revuelve allí cual el feto en las maternas entrañas, solicitando
romper su cárcel oscura y ver la luz. Así yo, desde que leí la historia
milagrosa que, dejando escrúpulos á un lado, voy á contar no sin algunas
variantes, viví en compañía de la heroína, y sus aventuras se me
aparecieron como serie de viñetas de misal, rodeadas de orlas de oro y
colores y caprichosamente iluminadas, ó á modo de vidriera de catedral
gótica, con sus personajes vestidos de azul turquí, púrpura y amaranto.
¡Oh quién tuviese el candor, la hermosa serenidad del viejo cronista,
para empezar diciendo: «En el nombre del Padre!...»
I
Era muchos, muchos años, ó por mejor decir, muchos siglos hace; el
tiempo en que Francisco de Asís, después de haber recorrido varias
tierras de Europa exhortando á la pobreza y á la penitencia, enviaba sus
discípulos por todas partes á continuar la predicación del Evangelio.
Los pueblecillos y aldehuelas de Italia y Francia estaban acostumbrados
ya á ver llegar misioneros peregrinos, de sayal roto y descalzos piés,
que se iban derechos á la plaza pública, y encaramándose sobre una
piedra ó sobre un montón de escombros, pronunciaban pláticas fogosas,
condenando los vicios, increpando á los oyentes por su tibieza en amar á
Dios. Bajábanse después del improvisado púlpito, y los aldeanos se
disputaban el honor de ofrecerles hospitalidad, lumbre y cena.
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No obstante, en las inmediaciones de Dijón existía una granja aislada, á
cuya puerta no había llamado nunca el peregrino ni el misionero.
Desviada de toda comunicación, sólo acudían allí tratantes dijonenses, á
comprar el excelente vino de la cosecha; pues el dueño de la granja era
un cosechero ricote y tenía atestadas de toneles sus bodegas y de grano
su troj. Colono de opulenta abadía, arrendara al abad por poco dinero y
muchos años pingües tierras, y, según de público se contaba, ya en sus
arcas había algo más que viento. Él lo negaba; era avaro, mezquino,
escatimaba la comida y el salario á sus jornaleros, jamás dió una blanca
de limosna, y su mayor despilfarro consistía en traer á veces de Dijón
una cofia nueva de encaje ó una tosca medalla de oro á su hija única.
Omite la crónica el nombre de la doncella, que bien pudo llamarse Berta,
Alicia, Margarita ó cosa por el estilo, pero á nosotros ha llegado con
el rótulo de _la Borgoñona_. De cierto sabemos que la hija del cosechero
era moza y linda como unas flores, y á más tan sensible, tierna y
generosa como duro de cocer y tacaño su padre. Los mozos de las
cercanías bien quisieran dar un tiento á la niña y de paso á la hucha
del viejo donde se guardaba sin duda una apetitosa dote en relucientes
monedas de oro; mas nunca requiebros de gañanes tiñeron de rosa las
mejillas de la doncella, ni apresuraron los latidos de su seno.
Indiferente los escuchaba, acaso riéndose de sus extremos y finezas
amorosas.
Un día de invierno, al caer de la tarde, hallábase la Borgoñona sentada
en un poyo ante la puerta de la granja, hilando su rueca. El huso giraba
rápidamente entre sus dedos, el copo se abría y un tenue hilo, que
semejaba de oro, partía de la rueca ligera al huso danzarín. Sin
interrumpir su maquinal tarea, la Borgoñona pensaba, involuntariamente,
en cosas tristes. ¡Qué solitaria era aquella granja, Madre de Dios! ¡Qué
aire tenía de miseria y de vetustez! Nunca se oían en ella risas ni
canciones; siempre se trabajaba callandito, plantando, cavando, podando,
vendimiando, pisando el vino, metiéndolo en los toneles, sin verlo jamás
correr, espumeante y rojo, de los tanques á los vasos, en la alegría de
las veladas!--¿Á qué tanto afanarse? reflexionaba la niña.--Mi padre
taciturno, vendiendo su vino, contando sus dineros á las altas horas de
la noche; yo hilando, lavando, fregando las cacerolas, amasando el pan
que he de comer al día siguiente... ¡Ah! naciera yo hija de un pobre
artesano de Dijón, de un vasallo del obispo, y sería más dichosa!
Distraída con tales pensamientos, la Borgoñona no vió á un hombre que
por el estrecho sendero abierto entre las viñas caminaba despacio hacia
la granja. Muy cerca estaba ya cuando el ruido de su báculo sobre las
piedrezuelas del camino movió á la doncella á alzar la cabeza con
curiosidad, que se trocó en sorpresa así que hubo contemplado al
forastero, el cual frisaría á lo sumo en los veinticinco años, si bien
la demacración del rostro y el aire humilde y contrito le disimulaban la
mocedad. Un sayal gris que era todo él un puro remiendo, le resguardaba
mal del frío; una cuerda grosera ceñía su cintura; traía la cabeza
descubierta, desnudos los piés y muy maltratados de los guijarros, y
apoyábase en un palo de espino. Al punto comprendió la Borgoñona que no
era mendigo, sino penitente, el hombre que así se presentaba; y con
palabras dulces y ademanes llenos de reverencia, le tomó de la mano y
le hizo entrar en la cocina y sentarse junto al fuego; veloz como una
saeta corrió al establo, y ordeñó la mejor vaca para traer al peregrino
una taza de leche caliente; partió del enorme mollete de pan un buen
trozo, que migó en la taza, y arrodillándose casi, mostrando mucho amor
y liberalidad, sirvió á su huésped.
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Él agradeció en breves frases la caridad que le hacían, y mientras
despachaba el frugal alimento, comenzó á explicar, con suave
pronunciación italiana, cosas que suspendieron y embelesaron á la
Borgoñona. Habló de Italia, donde el cielo es tan azul, el aire tan
tibio,
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y en especial de la región de Umbría, amenísima en sus valles y en sus
montes severa. Después nombró á Asís, y refirió los prodigios que obraba
el hermano Francisco, el serafín humano, al cual seguían, atraídos por
sus predicaciones, pueblos enteros. Nombró á una joven muy bella, y de
sangre noble, Clara, cuya santidad portentosa era respetada, no sólo por
los hombres, sino hasta por los lobos de la sierra. Añadió que el
hermano Francisco había compuesto para alabar á Dios y desahogar sus
afectos, tiernos cánticos; y como la Borgoñona solicitase oirlos, el
forastero cantó algunos; y aunque no entendía la letra, el tono y el
modo de cantar del desconocido hicieron arrasarse en lágrimas los ojos
de la niña. El forastero tenía los suyos bajos, rehuyendo ver el rostro
femenino que adivinaba fresco, hermoso y juvenil. Ella en cambio
devoraba con la mirada aquellas facciones nobles y expresivas, que la
mortificación y el ayuno habían empalidecido.
Cerrada ya la noche, fueron entrando en la cocina los mozos y mozas de
labranza, encendiéronse algunas antorchas de resina, aumentóse el fuego
con haces de secos sarmientos de vid, y preparáronse á aprovechar la
velada, ellas hilando, ellos cortando y afilando estacas destinadas á
sostener las cepas de viña. Todos miraban curiosamente al forastero, que
en la misma actitud humilde permanecía junto al fuego, silencioso y sin
adelantar las palmas de sus amoratadas manos hacia el grato calorcillo
de la llama. Un rumor contenido se dejó oir cuando entró el amo de casa:
todos querían saber qué diría el avaro de la presencia del huésped.
Pero la Borgoñona, saliendo á recibir á su padre, con afabilidad suma le
contó cómo ella había ofrecido hospitalidad á aquel santo, á fin de que
no pasase la noche al frío en algún viñedo. No mostró el viejo gran
disgusto, y contentóse con encogerse de hombros, yendo á sentarse á su
sitio acostumbrado en el banco, cerca del hogar. La velada empezó
pacífica.
De pronto el forastero, saliendo de su letargo, levantó la cabeza, y
como si notase por primera vez que estaba próximo á una hoguera alegre y
chispeante, comenzó á decir á media voz algunas palabras sobre la
hermosura del fuego, y la gratitud que el hombre debe á Dios por tan
gran beneficio. La Borgoñona tocó al codo de su vecina, ésta transmitió
la seña, y en un instante callaron las conversaciones de la cocina para
oir al penitente. Éste, arrastrado por su propia elocuencia, iba
elevando la voz hasta pronunciar con gran calor su discurso.
De la consideración del fuego pasó á los demás bienes que nos otorga la
bondad divina, y que estamos obligados á repartir con el prójimo por
medio de la limosna. Sí, obligados, pues de toda riqueza somos
usufructuarios no más. ¿De qué sirve, por ejemplo, el tesoro encerrado
en el arca del avaro? ¿De qué, el trigo abundante en los graneros del
hombre duro de corazón? ¿Creen ellos acaso que el Señor les dió tan
cuantiosos bienes para que los guarden bajo llave y no alivien las
necesidades del prójimo? ¡Ah! el día del tremendo juicio, su oro será
contrapeso horrible que los arrastre al infierno! En vano tratarán
entonces de soltar lo que en vida custodiaron tanto: allí, sobre sus
lomos, estará el tesoro de perdición, y con ellos se hundirá en el
abismo!
Á medida que arengaba el penitente, los ojos del auditorio se fijaban en
el cosechero, quien retorciéndose en el banco no sabía qué postura tomar
ni qué gesto poner. El penitente, incorporándose, hablaba ya casi á
gritos, con voz vibrante y sonora. De repente, mudando de registro,
encareció los placeres de la limosna, la dulzura inefable del espíritu
que premia el sacrificio de bienes perecederos dados por el amor de
Dios. Sus frases persuasivas fluían como miel, sus ojos estaban húmedos
y elevados; y las mujeres del auditorio, profunda y dulcemente
conmovidas, soltaron la rienda al llanto, y mientras unas acudían á los
delantales para secar sus lágrimas, otras rodeaban al peregrino y se
empujaban por besar el borde de su túnica. La Borgoñona, con las manos
cruzadas, parecía como en éxtasis.
El cosechero, que había dejado escapar visibles muestras de impaciencia,
no pudo sufrir semejante escena, y murmurando entre dientes, empujó á
unos y otros fuera de la cocina, dando por concluída la velada. Cuando
dejó de oirse el ruido de los gruesos zapatos de los labradores que
partían, pidió lacónicamente la cena. Según costumbre del país, la
Borgoñona sirvió á su padre y al forastero; éste, callado y humilde como
al principio, apenas probó del rústico banquete, y rogó le permitiesen
retirarse. La Borgoñona le condujo á una sala baja donde había extendida
paja fresca; y en seguida, volviéndose á la cocina, intentó cenar.
Los bocados se le atravesaban en la garganta; su estómago rehusaba el
alimento; y viendo á su padre sombrío y ceñudo, resolvióse á preguntar
qué opinaba acerca de los discursos del peregrino y lo que había dicho
respecto á la caridad.
--Paréceme, padre--añadió--que si no nos engaña el gentil predicador,
nuestro fin será irnos al infierno en derechura, pues en nuestra casa
hay oro, pan y vino en abundancia, y nunca damos limosna.--Al pronunciar
estas palabras, sonreíase dulcemente para congraciar al viejo; pero él,
montando en cólera terrible, golpeó fuertemente la mesa con su vaso de
estaño, maldijo á la hija que le había traído á casa aquel mendigo
desharrapado y loco, que acaso fuese un bandido disfrazado, y amenazó ir
sin demora á cogerle de un brazo y echarle de la granja; con lo cual, la
doncella se retiró á su cuarto trémula y confusa.
En toda la noche apenas logró pegar los ojos. Veía al viajero, oía de
nuevo su persuasiva y cálida voz, y notaba las variaciones de su rostro
transfigurado por la unción y fervor de la plática.
El lecho de la Borgoñona tenía ascuas y espinas; su conciencia estaba
tan despierta como si hubiese cometido un crimen; durmióse un instante y
vió en sueños á su padre arrastrado por negros demonios que lo
aporreaban con sacos llenos de monedas. Apenas un rayo de luz pálida
anunció el amanecer, la Borgoñona saltó de la cama, y á medio vestir y
en cabello corrió á la estancia del peregrino.
Éste tenía la puerta abierta y rezaba de rodillas con los brazos en
cruz, y hallábase tan arrebatado en la oración, que le pareció á la niña
que más de un palmo se levantaba del suelo. Al ruido de los pasos de la
Borgoñona, el forastero se puso en pié de un salto, y mostró el rostro
bañado en lágrimas, y al mismo tiempo resplandeciente de un júbilo
celestial; pero cuando se fijó en la Borgoñona, al punto mudó el
semblante; fué como si le cerrasen con llave las facciones; bajó los
ojos, y cruzándose de brazos preguntó á la niña qué deseaba. Ella, con
un movimiento rapidísimo, se echó á sus piés, y abrazando sus rodillas
toda turbada, rompió á decirle que en aquella casa había riquezas
estériles, tesoros malditos, que causarían la perdición de su dueño; que
allí jamás se había dado al pobre ni un puñado de espigas, antes era su
sudor el que rellenaba las arcas; que ella se encontraba arrepentida y
resuelta, para asegurar su salvación y la de su padre, á irse por el
mundo descalza, pidiendo limosna y haciendo penitencia; para lo cual
pedía al forastero su bendición y que la llevase en su compañía y le
enseñase á predicar y á seguir la regla del beato Francisco, la humildad
y pobreza absoluta.
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Permanecía el misionero mudo y parado; no obstante, las palabras de la
Borgoñona debían producirle extraño efecto, porque ésta sentía que las
rodillas del penitente se entrechocaban temblorosas, y veía su faz
demudada y sus manos crispadas, cual si se clavase en el pecho las uñas.
La doncella, creyendo persuadir mejor, apretaba las manos, escondía la
cara en el sayal, empapándolo en sus calientes lágrimas. Poco á poco el
penitente aflojó los brazos y por fin los abrió, inclinándose hacia la
niña; pero de pronto, con una sacudida violenta, se desprendió de ella y
casi la echó á rodar por el suelo; la cabeza de la Borgoñona dió contra
las losas del pavimento; y el penitente, haciendo la señal de la cruz y
exclamando:--¡Hermano Francisco, valme!--saltó por la ventana, y se
perdió de vista en un segundo. Cuando la Borgoñona se incorporó
llevándose la mano á la frente lastimada, sólo quedaba del misionero la
señal de su cuerpo en la paja donde había dormido.