EL RIZO DEL NAZARENO

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Á la hora en que él cruzó el pórtico del templo, lucían las estrellas

con vivo centellear en el profundo azul, saturaba la primavera de

tépidos y aromosos efluvios el ambiente, hallábanse las calles

concurridas, rebosando animación, y los transeúntes cuchicheaban á media

voz, fluctuando entre el recogimiento de las recientes plegarias y la

expansión bulliciosa provocada por aquella blanda y halagüeña

temperatura de Abril. Eran casi las once de la noche del Jueves Santo.

Entróse á buen paso mi héroe por la iglesia, en cuya nave se espesaba

la atmósfera, impregnada de partículas de cera é incienso. En el altar

mayor ardían aún todas las luces del Monumento, simétricamente

dispuestas, alternando con vasos henchidos de gayas y pomposas flores de

papel, con ramos de hojarasca de plata, y allá arriba azulados bullones

de tul formaban un dosel de nubes, de trecho en trecho cogido por

angelitos vivarachos y de rosada carnación, con blancas alas en los

hombros, alas impacientes y cortas, que parecían, entre el trémulo

chisporroteo de los cirios, estremecerse preludiando el vuelo. Todo el

gran frente del altar irradiaba y esplendía como una gloria, envuelto en

áureo y caliente vapor, y animado por la continua y parpadeante

vibración de las candelas, y las notas de fuerte colorido de los

contrahechos ramilletes.

Él avanzó hacia el luminoso foco, atraído por dos negras figuras

femeniles,--esbeltas á despecho del largo manto que las recataba,--que

de hinojos ante el presbiterio, sobresalían destacándose encima de aquel

fondo de lumbre; mas en el propio instante las figuras se irguieron,

hicieron profunda reverencia al altar, signáronse, y rápidas tomaron

hacia la puertecilla de la sacristía, que á la derecha bostezaba,

abriéndose como una boca oscura. Echó él inmediatamente tras las

figuras, sin cuidarse de dar muestra alguna de respeto, cuando pasó

frente al Sagrario. Colóse por la misma boca que se había tragado á sus

perseguidas y se halló en la sacristía, mal alumbrada por mezquino cabo

de vela, que iba consumiéndose en una palmatoria puesta sobre la

antigua cómoda de nogal, almacén de las vestiduras sacras. En aquel

recinto semi-tenebroso no estaban las damas ya.

Empujó la puerta de salida de la sacristía, que daba á lóbrega y

retirada callejuela, y con ojos perspicaces escrutó las sombras, sin que

en la angostura del solitario pasadizo viese ondear ningún traje, ni

recortarse silueta alguna. Era evidente que se había perdido la pista de

la res: las fugitivas tapadas, llegando á las calles principales,

confundiéronse, sin duda, entre el gentío. Tras un minuto de indecisión,

mi protagonista, á quien me place llamar Diego, encogióse levemente de

hombros, y desandó lo andado, pero con menos prisa ya, no sin que

otorgase una mirada al lugar y objetos circunstantes. Vió las borrosas

pinturas pendientes en los muros, el lavabo de cantería con su grifo,

los ornatos dispersos aún sobre los bufetes, las crespas pellices que

tendían sus brazos blancos, el haz de cirios nuevos abandonado en un

rincón, los cajoncillos entreabiertos dejando asomar una punta de

cíngulo, todo el solemne desorden de la sacristía á última hora.

Lentamente penetró de nuevo en la desierta iglesia, y al encararse con

el altar, dobló el cuerpo en mecánica cortesía, sin que ningún murmullo

de rezo exhalasen sus labios, y alzando la vista al Monumento, paróse á

contemplar sus refulgentes líneas de luz. Llegaban éstas ya al término

de su vida; un hombre, vuelto de espaldas á Diego, y encaramado en una

escalerilla de mano, las mataba una á una, con ayuda de una luenga y

flexible caña, y no transcurría un segundo sin que alguna de aquellas

flamígeras pupilas se cerrase. Iban sumergiéndose en golfos de sombra

los frescos angelotes, los follajes de oropel y briche, las bermejas

rosas artificiales de los tiestos, las estrellas de talco sembradas por

el fantástico pabellón de nubes. Buen rato se entretuvo Diego en ver

apagarse las efímeras constelaciones del firmamento del altar, y cuando

sólo quedaron diez ó doce astros luciendo en él, dió media vuelta,

propuesto á abandonar el templo. Mas en mitad de la nave mudó

instintivamente de rumbo, dirigiéndose á una de las dos capillas que

hacían de brazos de la latina cruz que el plano de la iglesia dibujaba.

Era la capilla de la izquierda, fronteriza á aquella en cuyos muros

encajaba la puerta de la sacristía.

Cerraba la capilla de la izquierda labrada verja de hierro, abierta á la

sazón, y en el fondo, delante del retablo lúgubremente cubierto de

arriba á bajo con paños de luto, descollaban expuestas en sus andas las

imágenes que al día siguiente recorrerían las calles de la ciudad

formando la dramática procesión de los _Pasos_. Fijó Diego la vista en

ellas con sumo interés, recordando mediante una de las fugaces pero

vivísimas reminiscencias, que impensadamente suelen retrotraernos á

plena niñez, el pueril gozo con que en días muy lejanos ya, más lejanos

aun en el espíritu que en el tiempo, trayéndole su madre al propio

sitio, y elevándole en sus brazos, besaba él devotamente la orla bordada

de la túnica de aquel mismo Nazareno. Absorto en tales remembranzas,

consideraba Diego el aspecto de la capilla. Artista y observador,

parecíale mirar y comprender ahora las imágenes de muy otro modo que lo

hiciera allá en los albores de su infancia. Entonces eran para él

símbolos del cielo, invocado en sus cándidas oraciones; habitantes de

una comarca felicísima, hacia la cual él deseaba remontarse por un

impulso de las alas de querubín que en su espalda prendía la inocencia.

Hoy le inspiraban igual curiosidad que un objeto cualquiera de arte;

advertía sus detalles mínimos, las desmenuzaba, las profanaba

mentalmente tasándolas en su precio neto, según la destreza del escultor

que las labrara ó los conocimientos en indumentaria de la costurera que

cortó y dispuso los trajes. Sonrióse al distinguir en la túnica del

Nazareno unas franjas de ornamentación de gusto renaciente, y al notar

que la soldadesca de Pilatos vestía de medio cuerpo abajo á la usanza

española del siglo XVI, mientras Berenice, la tradicional _Verónica_,

lucía brial de joyante seda al estilo medio-évico. Anacronismos que

entretuvieron á Diego no poco, dándole ocasión de reconstruir en su

mente una por una las impresiones de la edad en que acudía á visitar la

capilla con erudición más corta y alma más simple y amante. En aquel

punto y hora se encontraba Diego en la iglesia, merced al más

irreverente de cuantos azares existen; el azar de seguir los pasos á una

bella mujer, largo tiempo rondada sin fruto, y cuyo desdén hizo de

martillo que arrancase chispas al indiferente y helado corazón de Diego,

bastando á empeñarle con ardiente ahínco en la demanda. De seguro que á

no haber visto dirigirse á la gentil dama con su más familiar

amiga,--ambas rebozadas en tupidos velos,--camino de la iglesia, donde

se rezan las estaciones en aquella noche solemne; á no pensar que la

hora, el tropel de gente arremolinada en el pórtico, brindaban ocasión

favorable de poner con disimulo rendido billete en unas manos quizá en

secreto ansiosas de recibirlo... no se estuviera él en tal sazón en la

capilla, sino en su casa, leyendo á la clara luz del quinqué los

diarios, ó respirando en el balcón la regalada brisa nocturna.

Mas como quiera que fuese, es lo cierto que había venido á dar á la

capilla y con la oleada de recuerdos infantiles olvidárase ya del

galanteo, concentrando su atención toda en las imágenes que suavemente

le conducían á los linderos del pasado. Parecíale tomar otra vez

posesión de comarcas de antiguo perdidas, y con ellas recobrar la

sencillez de su puericia venturosa. Allí estaba el San Juan, el amado

discípulo, de rostro lindo y femenil, con su túnica verde, su manto rojo

y sus bucles castaños, que caen como lluvia de flores en derredor de las

impúberes mejillas y de la ebúrnea garganta. Allí la Virgen-Madre,

pálida y orlados los ojos de dolor, tendidos los brazos, cruzadas con

angustia las manos, arrastrando luengos lutos, trucidado por siete

puñales el pecho. Allí la _Verónica_ pía, de arrogante hermosura,

cubierta de galas y preseas, recamado de oro el rico velo de blanquísimo

tisú, turbado el semblante con lástima infinita, presentando el limpio

pañuelo que ha de enjugar el sudor de la sacrosanta Faz. Allí los

verdugos--que en otro tiempo hacían á Diego temblar de horror;--los

sayones, de torvas cataduras y velludas fisonomías, de chatas frentes y

cuerpos color de ocre, ostentando en la cabeza duro capacete ó aplastado

turbante, desnudo el torso, señalando con violentas actitudes la recia

musculatura de sus fornidos brazos, tirando de las sogas ó apretando

amenazadores los iracundos puños. Allí, por último, el Nazareno,

agobiado con el peso de su túnica de terciopelo oscuro, cuajada de

palmas y cenefas de oro y sujeta por grueso cordón de anchos borlones,

macilento y cadavérico el rostro, apenas visible entre los flotantes

rizos de la cabellera y las espirales de la ondeada barba virgen; el

Nazareno triste, de penetrantes ojos y cárdenos labios, de frente donde

se hincan los abrojos de la corona, arrancando denegridas gotas de

sangre. ¡Caso peregrino, en verdad! Conocía Diego al dedillo las reglas

de la estética y las teorías artísticas; sabía de sobra que el arte

condena severo las imágenes llamadas _de vestir_, sancionando las de

bulto, donde el cincel puede revelar la armonía de las formas bajo el

plegado de los paños. Y, no obstante, nunca maravillosa estatua, labrada

en puro mármol pentélico por el artista más insigne de la antigua

Grecia, le causara la honda impresión que aquella imagen, por la

ignorante piedad ataviada, sin tomar en cuenta los preceptos del arte ni

las investigaciones arqueológicas. Tal era la fuerza y viveza de sus

sentimientos ante la efigie, que creía notar en los labios el contacto

de la rígida orla de la túnica; y movido de curiosidad, deseando probar

si algo del hombre de antaño sobrevivía en el de hogaño, miró al

rededor, no fuera que estuviese oculto en los rincones de la capilla

alguien que pudiese soltar la carcajada; y á falta de otro público,

rióse él mismo al poner la boca en la fimbria del traje del Divino

Nazareno. Alzóse, y á manera de disculpa interior, se alegó á sí propio

que también los que en edad varonil vuelven al jardín donde infantes

jugaron, gustan de esconderse en los bosquecillos como solían, por

renovar el recuerdo de las alegres horas de ayer.

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Hecho este soliloquio, resolvió Diego dejar definitivamente la capilla y

la iglesia, que así lo pedía lo avanzado de la hora. Consagró la postrer

mirada á las imágenes, cuyas vestiduras, al reflejo de la lámpara

colgada de la techumbre y á la flava luz de dos altos blandones fijos

en las andas, destellaban oro y colores, y sin hacer genuflexión ni

acatamiento alguno, pasó la verja. Estaba el templo del todo sombrío: en

el Monumento, negro y mudo ya, ni aun oscilaba el rojizo tufo de los

pábilos recién apagados: apenas combatía las tinieblas de la nave el

vago fulgor de los hachones de la capilla. Diego fué derechamente á una

de las puertas que salían al vestíbulo del pórtico; empujóla con

suavidad primero y fuerte después, y no sin gran sorpresa advirtió que

resistían las hojas; la puerta estaba cerrada. Acudió Diego á la otra, y

con mano impaciente buscó el pestillo: clausura completa. Palpó nervioso

y trémulo, requiriendo la llave, que de fijo descansaría en la

faltriquera del sacristán, puesto que estaba ausente de la cerradura.

Entonces atravesó Diego apresuradamente la nave, y llegándose á la

puerta de la sacristía, probó á abrirla á tientas: empresa no menos vana

que las anteriores. Herméticamente cerradas se encontraban todas las

salidas del templo.

Hizo el mancebo ademanes de despecho y enfado. Su situación era clara:

preso toda la noche en la iglesia. Mientras se embebecía en la

contemplación de las imágenes, el sacristán, menos soñador y distraído,

se recogía á saborear la colación en familia, cerrando bien antes. Diego

torció y mordió con enojo su mostacho, y meneó la cabeza como diciendo:

«Vamos á ver, ¿y qué hago yo ahora?» Meditó varios expedientes y ninguno

tuvo por aplicable. Podría acaso, con sus vigorosos puños, forzar las

cerraduras de las endebles puertas interiores; pero le detendría la

fortísima exterior del pórtico, ó la no menos resistente, aunque más

baja, de la sacristía por la parte de la calle. Y ¿qué escándalo no iba

á causar en la ciudad el verle á él, pacífico ciudadano, forzando

puertas de templos, ni más ni menos que un burlador de capa y espada?

Ocurriósele también gritar: acaso el sacristán, atareado aún en la

sacristía, le oyese; pero inexplicable recelo embargó su voz, temiendo

verla apagarse sin eco en la alta bóveda: además, algo pueril había en

los gritos, que repugnaba á Diego. En estas imaginaciones transcurrieron

diez minutos de angustia penosa; pero al cabo acudió la reflexión. Si el

verse obligado á pernoctar en una iglesia no es recreativa aventura,

tampoco grave mal ni terrible desdicha. Seguramente no se divertiría

mucho Diego en la mansión sagrada, mas en cambio podría dormir á sus

anchas, sin temor de que ningún importuno viniese á interrumpirle.

Tratábase no más que de una noche; y mitad de ella era ya por filo,

según anunció el reloj de la torre sonando doce lentas campanadas.

Faltaban para la aurora, en aquella estación del año, cinco horas

apenas, que bien podían dormirse en un banco, por duro que fuese. Antes

de la del alba, vendría el sacristán á franquear las puertas, á

disponerlo todo para los divinos oficios, y entonces, cátate á Diego

libre y volando á su casa, á tenderse entre sábanas delgadas y limpias,

á dormir hasta las once y á levantarse después, para ver cómo sentaba la

negra mantilla de fondo al talle de su perseguida beldad. Todo este

raciocinio hilvanó el magín de Diego en un abrir y cerrar de ojos. Y

pararon sus cálculos en resignarse y acogerse, atraído por las luces, á

la capilla del Nazareno.

Ardían más amarillentos que nunca los cirios, soltando goterones de cera

derretida, que á veces caían, y con rebote sordo se aplastaban en los

palos de las andas de las imágenes. Reinaba, visible y palpable casi, el

silencio. Diego se sentó en un banco, recostando la cabeza en la

rinconada que formaba la saliente de un confesonario, y el crujido del

duro asiento, al recibir el peso de su cuerpo, le sonó extrañamente.

Trató de dormir; pero no acertaba á cerrar los ojos y recogerse para

conciliar el sueño. Estorbábale mucho la absoluta tranquilidad del

recinto, tranquilidad que agigantaba hasta el chisporroteo de los

blandones. Aquella callada atmósfera estaba llena de cosas inexplicables

é incomprensibles, que Diego percibía, sin embargo. Quejas ahogadas,

silabeo de oraciones en baja voz, grave salmodia de responsos,

abrasadoras lágrimas de arrepentimiento, sofocados suspiros, flotaban en

el ambiente como seres incorpóreos, como moléculas del incienso

evaporado en el aire, como átomos de la mirra quemada ante el ara:

dijérase que las almas de cuantos allí imploraron del cielo paz ó

perdón, se habían quedado cautivas en el circuito de los altos muros de

la capilla. Diego se dió á creer que menos le turbarían acaso los

siniestros rumores de derruído templo ojival, donde mugiese el viento,

silbase el cárabo y la corneja graznase, que el perfecto reposo de

aquella iglesia moderna; y la aprensión más singular de cuantas le

asaltaban, la más rara idea sugerida por el misterioso silencio, era la

de figurarse que no se hallaba _solo_. Por mucho que combatiese tan

ridícula suposición, no podía arrancarse de la mente el pensamiento de

que allí había alguien, ó, mejor dicho, mucha gente, muchos ojos que le

miraban atentos, muchos cuerpos vueltos hacia él. Sacudió la cabeza,

pasóse repetidas veces la mano por la frente que comenzaba á arder,

reclinóse de nuevo en el ángulo, y probó á dormirse. Pero no es dado

gozar el bálsamo del sueño á quien más lo solicita; antes suele huirnos

cuando lo invocamos para aplacar la excesiva tensión de nuestros nervios

y las tempestades de nuestro espíritu. Cerrados los párpados, no se

disipó la indefinible zozobra de Diego. Parecíale oir tenues

oscilaciones del aire, pisadas muy quedas, vagos murmullos, balbuceos

trémulos, chasquidos leves, suave crujir de ricas estofas, ráfagas de

viento empujadas por manos que se tendían para acariciarle, ó cortadas

por armas que descendían para herirle. No pudo sufrir más: mal de su

grado se le despegaban los párpados, violentamente retraídos por sus

músculos tensores. Miró.

Las imágenes se erguían inmóviles en las andas, los ciriales alumbraban

en paz. Diego respiró ampliamente, increpándose á sí mismo. No se

reirían poco mañana sus compañeros de mesa de café si cometiese la

simpleza de contarles cuán extrañas sinfonías entonan á las altas horas

de la noche las capillas desiertas.

Tranquilo ya, recorrió otra vez con la vista las efigies todas, y

cautivado, detúvose en la del Nazareno. Era esta la que más próxima

tenía: veíala de frente y de costado á las demás. Consideró primero el

traje y después el macilento rostro. Y volvió á notar lo convencional

del criterio estético, observando el efecto sorprendente de realidad de

los ojos de la imagen, que eran de cristal, ni más ni menos que los de

los animales disecados. Fuese que la luz de las velas se quebrase en

ellos de modo especial, fuese que la densa sombra de la abundosa

cabellera les prestase reflejos de agua profunda, el caso es que los

ojos tan pronto despedían centellas, como semejaban á Diego velados por

turbia cortina de llanto. Hasta llegó un instante en que de los

lagrimales á las flacas mejillas creyó Diego, asombrado, ver deslizarse

unas gotas, que al llegar á la negra barba se quedaron frescas y

relucientes como el rocío en la tela de la araña campesina. Sintió

impulsos de levantarse y contemplar de cerca el prodigio, mas al punto

se calificó de necio rematado si tal hiciese. No creía en lo

sobrenatural, y mejor que admitir que llorase un Nazareno de madera,

tuviérase á sí propio por visionario y demente. Sus ojos, deslumbrados

por los hachones, y no los de vidrio de la imagen, eran causa del

fenómeno. No obstante, mágica fascinación prendía sus pupilas á aquellas

otras pupilas llorosas y mansas. Una especie de estremecimiento

magnético le hizo temblar de frío, y quiso dirigir la visual á otra

parte: imposible; los ojos del Nazareno buscaban con empeño tal,

preguntaban tan imperiosamente, que era fuerza contestarles. ¡Por vida

de Diego! Lo que procedía era irse derechito á la efigie, mirarla de

cerca, tocar su rostro de palo, sus ojos de cristal, y reirse después.

Sí, esto era lo sensato, lo cuerdo, lo que cualquier hombre que tenga

cabales sus potencias opina á las doce del día, después de almorzar y

fumando un cigarro. Pero á igual hora de la noche, sin haber cenado,

cautivo en una iglesia solitaria, en compañía de un Nazareno que

alumbran cirios, es verosímil que el mismo hombre hiciese lo que Diego:

levantarse con ademán brusco, pasar ante el Nazareno clavada la vista en

tierra, por librarse del imán de sus ojos, y refugiarse en el interior

del confesonario, cuyas paredes, de madera, caladas en un pequeño

espacio por menuda rejilla, se interpusieron entre él y las imágenes,

procurándole una especie de alcoba, dura y estrecha, sí, pero al cabo

retirada.

Mas ni por sepultarse en tal escondite cesó Diego de tiritar y de sentir

zumbido en las sienes, y dolorosa percepción del curso de la sangre por

las venas de su cerebro. Al través de la apretada rejilla, parecíale que

los trágicos personajes del poema de la Pasión no estaban ya en sus

andas, sino en el suelo, muy cerca de él, tocando con las murallas de

leño de su guarida. Oía choque de corazas y espadas, sonar de cuentos de

lanza sobre las baldosas, pasos trabajosos y desiguales, sordas

imprecaciones, blasfemias cínicas, sollozos desgarradores arrancados de

mujeriles pechos. Y también llególe el són de roncas trompetas y

destemplados atambores, y, de tiempo en tiempo, el choque mate de un

objeto pesado contra la tierra. Parecía como si cantasen un coro á telón

corrido, pero con tal maestría, que cada voz se destacaba aisladamente

entre las demás sin romper el concierto: Diego se apretaba la cabeza y

tapábase los oídos con las manos; mas de pronto las tablas del

confesonario cesaron de interponerse entre su vista y el espectáculo que

adivinaba: el telón subió, y apareció la escena.

No estaba Diego ya en la capilla, ni le alumbraban los pálidos

blandones, sino que se encontraba en un camino que, naciendo en las

puertas de torreada ciudad, faldeaba un montecillo, trepando por él

hasta empinarse á la cumbre. Hirviente multitud ondulaba en el sendero,

como flexible sierpe que colea; el sol, inflamado, rutilante en su

zenit, pero de luz turbia y lívida, iluminaba sin regocijarlo el

paisaje. Sus reflejos arrancaban vislumbres como de fuego y sangre á las

armaduras, á los yelmos, á los hierros de lanza, á las águilas posadas

en los pendones de la centuria de romanos jinetes que, indiferentes y

marciales, arrendando sus briosos potros, daban escolta al cortejo. Á

ambos lados de la senda se enracimaban gentes del pueblo, mujeres y

niños los más, que llorando y plañendo, maltratados á veces por la

cohorte, se unían al grupo central de la lúgubre procesión. Formaban

este grupo los hoscos sayones, los siniestros y grotescos verdugos, que

bullían en torno de un hombre vestido con túnica nazarena.

Aquel hombre, cuyo rostro apenas se distinguía entre los copiosos y

enmarañados bucles de su cabellera oscura, manchada de polvo y sangre,

llevaba ceñida corona de espinas punzantes; sustentaba en sus hombros

el árbol de enorme y pesada cruz, y sus piés descalzos y llagados

pisaban dolorosamente los guijarros del camino. Apurábanle los sayones

porque apretase el paso y llegase más presto al lugar del suplicio; cuál

le descargaba fuerte puñada en los lomos; cuál le sacudía tremendo

bofetón en la faz, ó le tiraba despiadadamente de los mechones del

cabello. Diego miró con horror á los sicarios, y se lanzó hacia el grupo

deseoso de socorrer á la víctima; pero al alzar la mano para abrirse

paso y apartarlos, halló que rodeaba su muñeca gruesa soga, pasada al

cuello del reo. Entonces convirtió la vista á sí propio, y advirtió con

espanto que tenía la propia semejanza y figura de uno de aquellos

feroces jayanes. Desnudos llevaba como ellos pecho y espaldas, sujeto á

la cintura breve faldellín, pendiente del cinto de cuero una bolsa con

martillo, tenaza y provisión de férreos clavos. Quiso entonces desasirse

de la cuerda maldita; tiró, y logró solamente lastimar los lacerados

hombros del reo, que exhaló suave quejido. Siguió su marcha la comitiva,

y Diego, confundido con ella, mecánicamente, como paja á quien arrastran

las ondas del mar. Andados algunos pasos, los piés de la víctima

tropezaron en una cortante piedra, y desplomóse sobre las rodillas,

abrumado por la cruz. Intentó Diego ayudarle á incorporarse, mas la soga

volvió á rozar el herido cuello, y el reo á gemir.

Haciéndose cada vez más agria la cuesta, más grave el peso, aún vaciló y

cayó, pero se sostuvo en las palmas de las manos; y entonces, como

echase atrás la cabeza, apartáronse los descompuestos bucles, y quedó

patente el rostro maltratado y escupido, los dulces labios marchitos

como pisoteada flor, la bella barba ahorquillada y rizosa, la cándida

frente claveteada de espinas, los serenos abismos de los ojos, que con

ternura y paz miraban en torno de sí. Diego sintió como si el corazón le

traspasase agudo y penetrante dardo, y las entrañas se le conmovieron y

derritieron de pena. «Álzate, sigue,» vociferaban los verdugos en una

lengua extraña que Diego entendía, sin embargo, y se precipitaron sobre

el Nazareno para levantarle de grado ó por fuerza. Cogido Diego en el

vórtice del viviente remolino, extendió también los brazos y asió del

reo á tientas, según pudo entre la confusión; oyóse un clamor de agonía,

contestaron á él las hijas de Jerusalem con histérico llanto, y Diego

vió que las sienes de Jesús chorreaban sangre, y sintió en sus dedos un

contacto blando, elástico, acariciador: enroscábase á ellos un rizo

arrancado de la frente del Nazareno.

* * * * *

Despertóse Diego en su lecho, rodeado de solícitos amigos, que le

velaban y cuidaban desde que le encontraron sin sentido y sin pulso

sobre el frío pavimento de la capilla, delante de las andas.

Ya tornaba á la vida y había en sus mejillas color, en sus pupilas luz é

inteligencia. Recobrándose poco á poco, incorporado sobre la almohada,

fué recogiendo lentamente los sueltos cabos de sus recuerdos, y

reconstruyendo lo pasado en su mente. Ensanchó el pecho respirando con

desahogo, y murmuró:

--¡Qué pesadilla!

Mas en el instante mismo hubo de advertir algo delicado y sedoso, como

piel de mujer, como suave pétalo de flor, que tocaba con la yema del

pulgar y envolvía su dedo índice. Sus ojos quedaron fijos y dilatados,

abierta su boca y paralizada su lengua. Aquella fina sortija era el

rizo.

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La dama joven · 第 39 / 52 题