II

Todo el día se lo pasó la Borgoñona cosiendo una túnica de burel grosero

de la misma tela con que solían vestirse los villanos y jornaleros

vendimiadores. Al anochecer, salió á la granja y cortó un bastón de

espino; bajó á la cocina y tomó de un rimero de cuerdas una muy gruesa

de cáñamo; y subiendo otra vez á su habitación, empezó á desnudarse

despacio, dejando sobre la cama, colocadas en orden, las diversas

prendas de su traje. En el siglo XIII pocas personas usaban camisa de

lino; era un lujo reservado á los monarcas; la Borgoñona tenía pegado á

las carnes un justillo de lienzo grueso y un faldellín de tela más burda

aún; quitóse el justillo y soltó sobre sus blancas y mórbidas espaldas

la madeja de pelo rubio que de día aprisionaba la cofia. Enarboló la

tijera que solía llevar pendiente de la cintura, y desmochó sin piedad

aquel bosque de rizos, que iban cayendo suavemente á su alrededor como

las flores en torno del arbusto sacudido por el aire. Se tentó la

cabeza, y hallándola ya casi mocha, igualó los mechones que aún

sobresalían; luégo se descalzó; aflojó la cintura del faldellín, se

puso el sayal sosteniendo el faldellín con los dientes por no quedarse

del todo desnuda; soltó al fin la última prenda femenina, se ciñó la

cuerda con tres nudos como la traía el penitente, y empuñó el bastón;

pero acudió una idea á su mente, y recogiendo las matas de pelo

esparcidas aquí y allí, las ató con la mejor cinta que tenía, y las

colgó al pié de una tosca madona de plomo que protegía la cabecera de su

lecho. Aguardó á que la noche cerrase, y, de puntillas, se lanzó á

oscuras al corredor; bajó á tientas la escalera carcomida; se dirigió á

la sala baja donde había hospedado al penitente, abrió la ventana, y

salió por ella al campo. Tal arte se dió á correr, que cuando amaneció,

estaba á tres leguas de la granja, camino de Dijón, cerca de unos hatos

de pastores.

Rendida se metió en un establo, del cual vió salir el ganado antes, y

acostándose en la cama de las ovejas, tibia aún, durmió hasta mediodía.

Al despertarse, resolvió evitar á Dijón, donde algún parroquiano de su

padre podría conocerla. En efecto, desde aquel día procuró buscar las

aldeas apartadas, los caseríos solitarios, en los cuales pedía de

limosna un haz de paja y un mendrugo de pan. Mientras caminaba, rezaba

mentalmente, y si se detenía, arrodillábase y oraba con los brazos en

cruz, como el peregrino. El recuerdo de éste no se apartaba un punto de

su memoria, y copiaba por instinto sus menores acciones, añadiendo otras

que le sugería su natural despejo. Guardaba siempre la mitad del pan que

le ofrecían, y al día siguiente lo entregaba á otro pobre que encontrase

en el camino. Si le daban dinero, iba corriendo á distribuirlo entre

los necesitados, pues recordaba que, según el penitente, nunca el beato

Francisco de Asís consintió tener en su poder moneda acuñada. Al paso

que seguía esta vida la Borgoñona, se le desarrollaba un dón de

elocuencia extraordinario: poníase á hablar de Dios, de los ángeles, del

cielo, de la caridad, del amor divino, y decía cosas que ella misma se

admiraba de saber, y que las gentes reunidas en rededor suyo escuchaban

embelesadas y enternecidas. Á donde quiera que llegaba, la rodeaban las

mujeres, los niños se cogían á su túnica, y los hombres la llevaban en

triunfo.

Es de notar que todos la tenían por un jovencito muy lindo, y á nadie se

le ocurrió que fuese una doncella quien tan valerosamente arrostraba la

intemperie y demás peligros de andar por despoblado. Su pelo corto, su

cutis oscurecido ya por el sol, sus piés endurecidos por la descalcez,

le daban trazas de muchacho, y el sayal grueso ocultaba la morbidez de

sus formas. Gracias al disfraz, pudo pasar entre bandas de soldados

mercenarios y aun de salteadores, sin más riesgo que el de sufrir

algunos latigazos dados con las correas del tahalí, género de broma que

no perdonaban los soldados. Muchos se compadecieron de aquel rapaz

humilde y le dieron dinero y vino; otros se burlaron; pero nadie atentó

á su libertad ni á su vida. En la selva de Fontainebleau sucedióle á la

Borgoñona la terrible aventura de abrigarse bajo un árbol de donde

colgaban humanos frutos: los piés péndulos de un ahorcado le rozaron la

frente: entonces, con valor sobrehumano, abrió una fosa, sin más

instrumentos que su bastón de espino y sus uñas; descolgó el cadáver

horrendo, que tenía la lengua defuera y los ojos saliéndose de las

órbitas, y estaba ya picado de grajos y cuervos, y mal, como supo,

reuniendo sus fuerzas, lo enterró. Aquella noche vió en sueños al

penitente, que la bendecía.

Pero tantas fatigas, tan larga abstinencia, tan duras mortificaciones,

una vida tan áspera y desacostumbrada, abrieron brecha en la Borgoñona,

y su salud empezaba á flaquear, cuando llegó á una gran villa, que,

preguntando á los aldeanos vendedores de legumbres, supo era París.

Entró pues en París, pensando si quizás moraría allí el peregrino, si lo

encontraría casualmente y podría rogarle que le buscase un asilo como el

que Clara ofrecía á sus hijas, un convento donde acabar su penitencia y

morir en paz. Con estos propósitos se internó en un laberinto de calles

sucias, torcidas, estrechas, sombrías--el París de entonces.--Embargaba

á la Borgoñona singular recelo: en aquella ciudad vasta y populosa,

donde veía tanto mercader, tanto arquero, tantos judíos en sus tiendas,

tantos clérigos graves que paseaban á su lado sin volver la cabeza, no

se atrevía á pedir hospitalidad, ni un pedazo de pan con que aplacar el

hambre. Los edificios altos, las casas apiñadas, las plazuelas

concurridas, todo le infundía temor. Vagó como alma en pena las horas

del día, entrando en las iglesias para rezar, apretándose la cuerda para

no percibir el hambre; y á la puesta del sol, cuando resonó el toque del

cubre-fuego, que acá decimos de la queda, cubriósele á ella

verdaderamente el corazón, y con mucha angustia rompió á llorar bajito,

echando de menos por primera vez su granja, donde el pan no le faltaba

nunca, y donde al oscurecer tenía seguro su abrigado lecho. Al punto

mismo en que estas ideas acudían á su atribulado espíritu, vió que se le

acercaba una vejezuela gibosa, de picuda nariz y ojuelos malignos, y le

preguntaba:--¿Cómo tan lindo mozo á tales horas solito por la calle, y

si era que por ventura no tenía posada?

--Madre--contestó la Borgoñona--si tú me la dieses, harías una gran

caridad, pues cierto que no sé dónde he de dormir hoy, y á más no probé

bocado hace veinticuatro horas.

Deshízose la vieja en lástimas y ofrecimientos, y echando á andar

delante, guió por callejuelas tristes, pobres y sospechosas, hasta

llegar á una casuca, cuya puerta abrió con una roñosa llave. Estaba la

casa á oscuras, pero la vieja encendió un candil, y alumbró por las

escaleras hasta un cuarto alto. Ardía un buen fuego en la chimenea; la

Borgoñona vió una cama suntuosa, sitiales ricos, y una mesa preparada

con sus relucientes platos de estaño, sus jarras de plata para el agua y

el vino, su dorado pan, sus bollos de especias, y un pastel de aves y

caza que ya tenía medio alzada la cubierta. Todo olía á lujo, á

refinamiento, y aunque el caso era sorprendente atendido el pergeño de

la vieja y la pobreza del edificio, como la Borgoñona sentía tanta

hambre y de tal modo se le hacía agua la boca ante el espectáculo de los

manjares, no se le ocurrió manifestar extrañeza. Iba buenamente á

sentarse y á trinchar el pastel, pero la vieja lo impidió, diciéndole

que convenía aguardar al dueño de la habitación, un hidalgo estudiante

muy galán, que ya no tardaría, y era de tan afable condición, que á buen

seguro que no pusiese el menor reparo en partir su cena con el

forastero. En efecto, bien pronto se oyeron resueltos pasos, y un

caballero mozo, envuelto en oscura capa y con pluma de garza en el

airoso birrete, entró en la estancia.

Al verle, quedóse estupefacta la Borgoñona; y no era para menos, pues

aquel gallardo caballero tenía la mismísima cara y talle del penitente!

Conoció sus grandes ojos negros, sus nobles facciones; sólo la expresión

era distinta; en éste dominaba un júbilo tumultuoso, una especie de

energía sensual. Quitóse el birrete, descubriendo rizados y largos

cabellos; soltó la capa, y contestó con una carcajada á las disculpas de

la vieja, que le explicaba cómo aquel pobrecito penitente partiría con

él, por una noche, la cena y el cuarto. Sentóse á la mesa muy risueño, y

declaró que aunque el camarada no parecía animado, él haría porque la

cena fuese divertida. Dijo esto con la propia voz sonora del penitente.

Retiróse la vieja, y la Borgoñona tomó asiento confusa y atónita,

mirando á su comensal y sin dar crédito al testimonio de los sentidos.

Mientras mataba el hambre con el apetitoso pastel, sus ojos no se

apartaban del mancebo, que comía y bebía por cuatro; y con mil chanzas,

llenaba el vaso y el plato de la Borgoñona, que proseguía comparando al

misionero con el estudiante. Sí, eran los mismos ojos, sólo que antes no

brillaba en ellos un fuego vívido y generoso, ni cabía ver el negror de

las pupilas, porque estaban siempre bajos. Sí, era la misma boca, pero

marchita, contraída por la penitencia, sin estos labios rojos y frescos,

sin estos dientes blancos que descubría la sonrisa, sin este bigote fino

que acentuaba la expresión provocativa y caballeresca del rostro. Sí,

era la misma frente blanca y serena, pero sin los oscuros mechones de

pelo que jugueteaban en torno. Era el mismo aire, pero con otras

posturas menos gallardas y libres. Y así, poco á poco, tratando de

cerciorarse de si el penitente y el hidalgo componían un solo individuo,

la doncella iba deteniéndose con sobrada complacencia en detallar las

gracias y buenas partes del mancebo, y ya le parecía que si era el

penitente, había ganado mucho en gentileza y donosura. El caballero,

festivamente, le escanciaba en el vaso vino y más vino, y la Borgoñona

distraída lo bebía. El vino era color de topacio, fragante, aromatizado

con especias, suave al paladar, pero después se sentía correr por las

venas como líquida llama.

Á cada trago de licor, la Borgoñona juzgaba más discreto y bizarro á su

compañero de mesa. Cuando la mano de éste, por casualidad, al ofrecerle

el vaso, rozaba la suya, un delicioso temblor, un escalofrío dulcísimo,

le subía desde las yemas de los dedos hasta la nuca. Su razón vacilaba,

la habitación daba vueltas, la luz de cada uno de los cirios que

alumbraban el festín se convertía en miles de luces. Y he aquí que el

caballero, después de beber el último trago, se levantó, y juró que, á

fe de hidalgo estudiante, era hora de acostarse, y digerir la cena con

un sueño reparador.

Semejantes palabras despejaron un poco las embotadas potencias de la

doncella. Acordóse de que en la habitación no había más que un solo

lecho, y alzándose de la mesa alegó humildemente, en voz baja, que sus

votos obligaban á tener por cama el suelo, y que así dormiría, no siendo

razón que se molestase el señor hidalgo. Pero éste, con generoso empeño,

protestó que no lo sufriría, y tendiendo en el suelo su capa, afirmó que

dormiría sobre ella, si el mozo penitente no le otorgaba un rincón del

lecho, donde ambos cabían muy holgados. La Borgoñona se negó con espanto

á admitir la propuesta, y el estudiante, con vigor hercúleo, cogióla en

brazos, y la depositó sobre la cama. Ella, sintiendo otra vez desmayar

su voluntad, cerró los ojos, y con singular contentamiento se dejó

llevar así, apoyando la cabeza en el hombro del caballero y percibiendo

el roce de sus negros, perfumados bucles.

Abrió el estudiante la cama, metió dentro á la Borgoñona, le arregló la

sobrecama bordada de seda, y con la misma dulzura con que se habla á los

niños, preguntó si no le sería lícito al menos tenderse á los piés, que

siempre estarían más blandos que el santo suelo. No encontró la

Borgoñona objeción fundada que oponer, y el hidalgo se envolvió en su

capa y se tumbó, poniendo por cabezal un almohadón, y al poco tiempo se

le oyó respirar tranquilo, como si durmiese.

La Borgoñona en cambio se revolvía inquieta. En vano quería recordar las

oraciones acostumbradas á aquella hora; no podía levantar el espíritu;

su corazón se derretía, se abrasaba; el penitente y el estudiante

formaban para ella una sola persona, pero adorable, perfecta, por quien

se dejaría hacer pedazos sin exhalar un ay. La blandura del lecho,

invitando á su cuerpo á la molicie, reforzaba las sugestiones de su

imaginación; en el silencio nocturno, le ocurrían las resoluciones más

extremosas y delirantes; llamar al hidalgo, declararle que era una

doncella perdida de amores por él, que la tomase por mujer ó esclava,

pues quería vivir y morir á su lado. Pero ¿y aquellas matas de pelo

colgadas al pié de la efigie de Nuestra Señora, acaso no eran prenda de

un voto solemne? Con estas dudas la frente se le abría, las venas le

saltaban, zumbándole los oídos, y la respiración sosegada del estudiante

se le figuraba honda como el ruido de gigantesca fragua. ¡Oh tentación,

tentación! La Borgoñona se sentó en el lecho, y á la luz del fuego, que

aún ardía, miró al estudiante dormido, pareciéndole que en su vida había

contemplado cosa que tanto le agradase; y así embebida en el gusto de

mirar, fuese acercando hasta casi beberle el aliento. De pronto el

durmiente se incorporó bien despierto, abriendo los brazos y sonriendo

con sonrisa extraña. La doncella dió un gran grito, y acordándose del

penitente, exclamó:--¡Hermano Francisco, valme!--Al mismo tiempo saltó

del lecho y huyó de la habitación como loca.

Cuatro á cuatro bajó las escaleras, halló la puerta franca, y

encontróse en la calle; siguió corriendo, y no paró hasta una gran

plaza, donde se elevaba un edificio de pobre y humilde arquitectura;

allí se detuvo sin saber lo que le pasaba: trató de coordinar sus

pensamientos; los sucesos de la noche le parecían soñados; y lo que la

confirmaba en esta idea era que no podía por más que se golpeaba la

frente, recordar la linda figura del estudiante: la última impresión que

de ella le quedaba era la de un rostro descompuesto por la ira, unas

facciones contraídas por furor infernal, unos ojos inyectados, una

espumante boca...

Del edificio humilde salieron cuatro hombres vestidos de túnicas grises

amarradas con cuerdas, y llevando en hombros un ataúd. La Borgoñona se

acercó á ellos, y ellos la miraron sorprendidos, porque vestía su mismo

traje. Impulsada por la curiosidad, la doncella se inclinó hacia el

ataúd abierto y vió, acostado sobre la ceniza--sin que pudiese caberle

duda alguna respecto á su identidad--el cadáver del penitente!

--¿Cuándo murió ese hombre?--preguntó trémula y horrorizada.

--Ayer tarde, al sonar del cubre-fuego.

--¿Y ese edificio donde vivía, qué es?

--Ahí habitamos los pobres de la regla de Francisco de Asís, los

Menores, tus hermanos--contestaron gravemente, y se alejaron con su

fúnebre carga.

La Borgoñona llamó á la portería del convento.

Nadie adivinó jamás el sexo del novicio, hasta que su muerte, después de

una larga y terrible penitencia, hubo de revelarlo á los encargados de

vestirle la mortaja. Hicieron la señal de la cruz, cubrieron el cuerpo

con un paño tupido, y lo llevaron á enterrar al cementerio de las

Minoritas ó Clarisas, que por entonces ya existían en París.

[Imagen]

La dama joven · 第 41 / 52 题