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pensé fuí hacia él y se me agregaron varios sedientos, poniendo la boca
en unos remates que tiene el algibe y son como biberones por donde sale
el agua. ¡Qué de juramentos soltaron! El agua, al salir hirviendo, les
abrasó la boca. Yo tuve la precaución de recibirla en mi casquete y
dejarla enfriar. El capitán continuaba con sus gemidos. Tuve que dársela
medio templada aún. Me miró con unos ojos!
--Gracias, Salgado.
--No hay de qué, capitán... Se hace lo que se puede!
La tormenta, en vez de ir á menos, hasta parece que arreciaba desde que
era de día. Para no caer al mar, nos cogíamos á la barandilla. Pasó un
barco y por más señales que le hicimos, no se detuvo: y debió vernos,
pues cruzó á poca distancia. Á mí me dolían de un modo cruel los ojos,
secos por el fuego, y cuanto más descubría el sol, menos veía yo, no
distinguiendo los objetos sino como al través de una niebla. Por otra
parte, me sentía desmayar, pues desde el almuerzo de la víspera no
probaba bocado, y se me iba el sentido. Casualmente se encontraban sobre
cubierta, descuartizadas y colgadas, las reses muertas para el consumo
del buque, y con el calor del incendio estaban algo asadas ya. Los que
nos caíamos de necesidad nos echamos sobre aquel gigantesco rosbif,
medio crudo, y refrescamos la boca con la sangre que soltaba. Nos
reanimamos un poco.
Á medio día sucedió lo que temíamos: quedó cortada la comunicación entre
la proa y la popa, derrumbándose con gran estrépito media cubierta y
viéndose
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el brasero que formaba todo el centro del barco. Salieron las llamas
altísimas, como salen de los volcanes, y recomendamos el alma á Dios,
porque creímos que iban á alcanzarnos. No sucedió esto por dos razones:
primera, por tener el buque, en vez de obra muerta de madera, barandilla
de hierro; segunda, por estar las puertas de hierro cerradas hacia la
parte de popa, lo cual contuvo el incendio por allí, obligándole á
cebarse en la proa. De todas maneras, no debían las llamas andar muy
lejos de nuestras personas, ya que á eso de las tres de la tarde
empezamos á advertir que el piso nos tostaba las plantas de los piés.
Atamos á una cuerda un cubo, y lo subíamos lleno de agua de mar,
vertiéndolo por el suelo para refrescarlo un poco. Ya comprendíamos lo
estéril del recurso, y en medio de lo apurados que estábamos, no faltó
quien se riese viendo que era menester levantar primero un pié y luégo
bajar aquel y levantar el otro, para no achicharrarse. Serían las tres.
El capitán me llamó despacito.
--Salgado, ¡cuánto mejor era morir de una vez!
--Para morir siempre hay tiempo, mi capitán. Aún puede que la Virgen
Santísima nos saque de este apuro.
Claro que yo se lo decía para darle ánimos: allá en mi interior,
calculaba que era preciso hacer la maleta para el último viaje. Bien
sabe Dios que ni pensaba en las herramientas que había perdido, ni en mi
propia muerte, sino sólo en los chiquillos que quedaban en tierra. ¿Cómo
los trataría su padrastro? ¿Quién les ganaría el pan? ¿Saldrían á pedir
limosna por las calles? Á lo que yo estaba resuelto era á no morir
asado. Miré dos ó tres veces al mar, reflexionando cómo me tiraría para
no romperme la cabeza contra el casco y no sufrir más martirio que el
del agua cuando me entrase en la boca. Para acabar de quitarnos el
valor, pasó un barco sin hacer caso de nuestras señales. Le enseñamos el
puño y hubo quién le gritó:--Permita Dios que te veas como nos vemos.
Ya nos rendía, los brazos la faena de bajar y subir baldes de agua, que
era lo mismo que querer apagar con saliva una hoguera grande; y
convencidos de que perdíamos el tiempo y era igual perecer un cuarto de
hora antes ó después, el que más y el que menos empezó á pensar cómo se
las arreglaría para hacer sin gran molestia la travesía al otro barrio.
Yo me persigné, con ánimo de arrojarme en seguida al mar. ¡Qué
casualidades! Hete aquí que aparece una embarcación, y en vez de pasar
de largo, se detiene.
Ya estaba el barco al habla con nosotros: una goleta inglesa, una
hermosa goleta que desafiaba la tempestad manteniéndose al pairo. Los
que conservaban ojos sanos pudieron leer en su proa, escrito con letras
de oro, _Duncan_. Empezamos á gritar en inglés, como locos desesperados:
--_¡Schooner! ¡Schooner! ¡Come near!_
--_¡Throw to the water!_ nos respondían á voces, sin atreverse á
acercarse. ¡Echarnos al agua! No quedaba otro recurso, y éste era tan
arriesgado! En fin, qué remedio: los esquifes no podían aproximarse, por
el temporal, y el buque menos aun. Nuestro _San Gregorio_, cercado por
todas partes de llamas inmensas, ponía miedo. Había que escoger entre
dos muertes, una segura y otra dudosa. Nos dispusimos á beber el sorbo
de agua salada.
El primer chaleco salvavidas que nos arrojaron al extremo de un cabo, se
lo ofrecimos al capitán.
--Ánimo, le dijimos. Póngase Vd. el chaleco y al mar: mal será que no
bracee Vd. hasta la goleta.
--¡No puedo, no puedo!
--Vaya, un poco de resolución.
Se lo puso y medio murmuró, gimiendo:
--Tanto da así como de otro modo.
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Y acertaba. Aquello fué adelantar el desenlace y nada más. Se conoce que
ó la humedad del agua ó el sacudimiento de la caída le abrieron las
arterias del pié tronzado, y se desangró en un decir Jesús; ó acaso el
frío le produjo un calambre; no sé: el caso es que le vimos alzar los
brazos, juntarlos en el aire, y colarse por ojo, del salvavidas, al
fondo del mar. Quedaron flotando el chaleco y la gorra: á él no le vimos
ya más en este mundo.
Seguían echándonos, desde la goleta, cabos y salvavidas, y la gente,
visto el caso del capitán, recelaba aprovecharlos. Yo me decidí primero
que nadie. Ya quería, de un modo ó de otro, salir del paso. Pero antes
de dar el salto mortal, reflexioné un poco y determiné echarme de
soslayo, como los buzos, para que la corriente, en vez de batirme
contra el buque, me ayudase á desviarme de él. Así lo hice, y en efecto,
tras de la zambullida, fuí á salir bastante lejos del _San Gregorio_.
Oía los gritos con que desde el _schooner_ me animaban, y oí también el
último alarido de algunos de mis compañeros, á quienes se tragó el agua
ó zapatearon las olas contra los buques. Yo choqué con la espalda en el
casco del _Duncan_: un golpe terrible, que me dejó atontado. Cuando me
halaron, caí sobre cubierta como un pez muerto.
Acordé rodeado de ingleses. Me decían: _¡go! ¡cook! ¡go!_ ¡á la cámara!
Me incorporé y quise ir adonde me mandaban, pero no veía nada, y después
de tantos horrores me eché á llorar por primera vez, exclamando:
--_Mi no cook..._ ciego... enséñenme el camino...
Me levantaron entre dos y me abracé al primero que tropecé, que era un
grumete y rompió también á llorar como un tonto. No sé las cosas que
hicieron conmigo los buenos de los ingleses. Me obligaron á beber de un
trago una copa enorme de _brandy_, me pusieron un traje de franela, me
dieron fricciones, me acostaron, me echaron encima qué sé yo cuantas
mantas, y me dejaron solito.
¿Qué sentí aquella noche? Verá Vd.... Cosas muy raras: no fué delirar,
pero se le parecía mucho. Al principio sudaba algo y no tenía valor para
mover un dedo, de puro feliz que me encontraba. Después, al oir el ruido
del mar, me parecía que aún estaba dentro de él, y que las olas me
batían y me empujaban aquí y allí. Luégo iban desfilando muchas caras:
mis compañeros, el tercero á la luz del cigarro, el capitán, y gentes
que no veía hacía tiempo, y hasta un chiquillo que se me había muerto
años antes...
En fin, por acabar luégo: llegamos á Newcastle, se me alivió la vista,
el cónsul nos dió una guinea para tabaco, y á los pocos días nos
embarcamos en un barco español con rumbo á Marineda. ¡Qué diferencia del
buque inglés! Nuestros paisanos nos hicieron dormir en el pañol de las
velas, sobre un pedazo de lona: apenas conseguimos un poco de rancho y
galleta por comida: como si fuésemos perros.
De la llegada, ¿qué quiere Vd. que diga? Á mi mujer le habían dado por
cierta mi muerte; en la calle le cantaban los chiquillos coplas
anunciándosela. Supóngase Vd. cómo estaba, y cómo me recibió. Ahora he
de ir al santuario de la Guardia: no tengo dinero para misas: pero iré á
pié, descalzo, con el mismo traje que tenía cuando me halaron sobre la
cubierta del _Duncan_: chaleco roto por los garfios del salvavidas,
pantalón chamuscado, y la cabeza en pelo: se reirán de verme en tal
facha: no me importa: quiero besar el manto de la Virgen, y rezar allí
una _Salve_.
Me faltará para pan, pero no para comprar una fotografía del _San
Gregorio_... ¿Ha visto Vd. cómo quedó? El casco parece un esqueleto de
persona, y aún humea: el cargamento de algodón arde todavía: dentro se
ve un charco negro, cosas de vidrio y de metal fundidas y torcidas...
¡Imponente!
¿Que si me da miedo volver á embarcarme?... ¡Bah! ¡Lo qué está de
Dios... por mucho que el hombre se defienda...! Ya tengo colocación
buscada. ¿Quiere Vd. algo para Manila? ¿Que le traiga á Vd. algún
juguete de los que hacen los chinos? El domingo saldremos.
* * * * *
Dí al cocinero del _San Gregorio_ unos cuantos puros. Tiene el cocinero
del _San Gregorio_ buena sombra y arte para narrar con viveza y
colorido. Durante la narración, ví acudir varias veces las lágrimas á
sus ojos azules, ya sanos del todo.
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