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Cuando salimos del puerto de Marineda--serían, á todo ser, las diez de
la mañana--no corría temporal: sólo estaba la mar rizada y de un
verde... vamos, un verde sospechoso. Á las once servimos el almuerzo, y
fueron muchos pasajeros retirándose á sus camarotes, porque el oleaje,
no bien salimos á alta mar, dió en ponerse grueso, y el buque cabeceaba
de veras. Algunos del servicio nos reunimos en el comedor, y mientras
llegaba la hora de preparar la comida, nos divertíamos en tocar el
acordeón y hacer hablar al pinche, un negrito muy feo: y nos reíamos
como locos, porque el negro con las cabezadas de la embarcación y sus
propios saltos, se daba mil coscorrones contra el tabique. En esto, uno
de los muchachos camareros, que les dicen _stewarts_, se llega á mí.
--Cocinero, dos fundas limpias, que las necesito.
--Pues vaya Vd. al ropero y cójalas, hombre.
--Allá voy.
Y sin más, entra y enciende un cabo de vela para escoger las fundas.
¡Aquel cabo de vela! Nadie me quitará de la cabeza que el condenado...
Dios me perdone, el infeliz del camarero lo dejó encendido, arrimado á
los montones de ropa blanca. Como un barco grande requiere tanta
blancura, además de las estanterías llenas y atestadas de manteles,
sábanas y servilletas, había en el _San Gregorio_ rimeros de paños de
cocina, altos así, que llegaban á la cintura de un hombre. Por fuerza el
cabo se quedó pegadito á alguno de ellos, ó cayó de la mesa, encendido,
sobre la ropa. En fin, era nuestra suerte, que estaba así preparada.
Yo no sé qué cosa me daba á mí el cuerpo ya cuando salimos de Marineda.
Siempre que embarco estoy ocho días antes alegre como unas castañuelas,
y hasta parece que me hace falta alguna broma con los amigos, y la
familia. Pues de esta vez... tan cierto como que nos hemos de morir...
tenía yo atravesado algo en el gaznate, y ni reía ni apenas hablaba. La
víspera del embarque le dije á mi esposa:
--Mujer, mañana tempranito me aplancharás una camisola, que quiero ir
limpio á bordo.
Por la mañana entró con la camisola, y le dije:
--Mujer, tráeme el pequeño que mama.
Vino el chiquillo y le dí un beso, y mandé que me lo quitasen pronto de
allí, porque las entrañas me dolían y el corazón se me subía á la
garganta. También la víspera fuí á casa del segundo oficial, el señorito
de Armero, y estaba la familia á la mesa; y la madre, que es así una
señora muy franca, no ofendiendo lo presente, me dijo:
--Tome Vd. esta yema, Salgado.
--Mil gracias, señora, no tengo voluntad.
--Pues lléveles éstas á los niños... ¿Y qué le pasa á usted, que está
qué sé yo cómo?
--Pasar, nada.
--¿Y qué le parece del viaje, Salgado?
--Señora, la mar está bella, y no hay queja del tiempo.
--No, pues Vd. no las tiene todas consigo... Le noto algo en la cara.
Para aquel viaje había yo comprado todos los chismes del oficio: por
cierto que en la compra se me fué lo último que me quedaba: setenta
duretes. Los chismes eran preciosos: cuchillos de lo mejor, moldes
superiores, herramientas muy finas de picar y adornar; porque en el
barco, ya se sabe: le dan á uno buena batería de cocina, grandes cazos y
sartenes, carbón cuanto pida, y víveres á patadas: pero ciertas
monaditas de repostería y de capricho, si no se lleva con qué
hacerlas... Y como yo tengo este pundonor de que me guste sobresalir en
mi arte y que nadie me pueda enseñar un plato... Por cierto que esta
vanidad fué mi perdición cuando sostuve _restaurant_ abierto. Me daba
vergüenza que estuviese desairado el escaparate, sin una buena polla en
galantina, ó solomillo mechado, ó jamón en dulce, ó chuletas bien
panadas y con su penachito de papel en el hueso... Y los parroquianos no
acudían; y los platos se morían de viejos allí; y cuando empezaban á
oler, nos los comíamos por recurso: mis chiquillos andaban mantenidos
con trufas y jamón, y el bolsillo se desangraba... Si no levanto el
_restaurant_ no sé qué sería de mí: de manera que encontrar colocación
en el barco y admitirla fué todo uno. Pensaba yo para mi
chaleco:--Ánimo, Salgado: de veintiocho duros que te ofrecen al mes, mal
será que no puedas enviarle doce ó quince á la familia. No es la primera
vez que te embarcas: vámonos á Manila: ¿quién sabe si allí te ajustas en
alguna fonda y te dan mil ó mil quinientos reales mensuales y eres un
señor? Lo dicho: la suerte, que arregla á su modo nuestros pasos...
Estaba de Dios que yo había de perder mis chismes, y pasar lo que pasé,
y volver á Marineda.
¿En qué íbamos? Sí, ya me acuerdo: faltaría hora y media para la comida,
cuando nos pareció que salía humo por la puerta del ropero. El que
primero lo notó no se atrevía á decirlo: nos mirábamos unos á otros, y
nadie rompía á gritar. Por fin, casi á un tiempo, chillamos:
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--¡Fuego! ¡Fuego á bordo!
--Mire Vd., no cabe duda: lo peor, en esos momentos en que suceden cosas
horrorosas, es aturdirse y perder la sangre fría. Si cuando corrió el
aviso se pudiese dominar el pánico y mantener el orden; si media docena
de hombres serenos tomasen la dirección imponiéndose, y aislasen el
fuego en las entrañas del barco, estoy seguro de que el siniestro se
evitaba. Yo que todo lo presencié, que no perdí detalle, puedo jurar que
no entiendo cómo en un minuto se esparció la noticia y ya no se vieron
sino gentes que corrían de aquí para allí, locas de miedo. Para mayor
desdicha empezaba á anochecer, y la mar cada vez más gruesa y el
temporal cada vez más recio, aumentaban el susto. Aquello se convirtió
en una Babel, donde nadie se entendía, ni obedecía á las voces de mando.
El capitán, que en paz descanse, era un mallorquín de pelo en pecho,
valentón, y no tiene que dar cuenta á Dios de nada, pues el pobrecillo
hizo cuánto estuvo en su mano, pero le atendían bien poco. Acaso debió
levantar la tapa de los sesos á alguno para que los demás aprendiesen:
bueno, no lo hizo: él fué el primero á pagarlo: ¡cómo ha de ser! Nos
metimos él y yo por el corredor de popa, con objeto de ver qué
importancia tenía el incendio: y apenas abrimos la puerta de hierro, nos
salió al paso tal columna de humo y tal velo de llamas, que apenas
tuvimos tiempo á retroceder, cerrar y apoyarnos, chamuscados y á medio
asfixiar, en la pared. Yo le grité al capitán:
--Don Raimundo, mire que se deben cerrar también las puertas de hierro á
la parte de proa.
Él daría la orden á cualquiera de los que andaban por allí atortolados:
puede que al tercero de á bordo: no sé: lo cierto es que no se cumplió,
y en no cumplirse estuvo la mitad de la desgracia. Nosotros, á toda
prisa, nos dedicamos á refrescar con chorros de agua las puertas de
hierro, para que el horno espantoso de dentro no las fundiese y saltasen
dejando paso á las llamas. ¿De qué nos sirvió? Lo que no sucedió por
allí sucedió por otro lado. Nos pasamos no sé cuánto tiempo remojando la
placa, envueltos en humareda y vapor: mas al oir que por la proa salían
las llamas ya, se nos cansaron los brazos, y huyendo de aquel infierno
pasamos á la cubierta.
Verdaderamente cesó desde entonces la batalla con el fuego y las
esperanzas de atajarlo, y no se pensó más que en el salvamento; en
librar, si era posible, la piel: eso, los que aún eran capaces de
pensar; porque muchísimos se tiraron en el suelo, ó se metieron á
arrancarse el pelo por los rincones ó se quedaron hechos estatuas, como
el tercero de á bordo, que tan pronto se declaró el incendio se sentó en
un rollo de cuerdas y ni dijo media palabra, ni se meneó, ni soñó en
ayudarnos.
Á las dos horas de notarse el fuego, la máquina se paró. Si no se para
tenemos la salvación casi segura: ardiendo y todo, llegaríamos al
puerto. Lo que recelábamos era que el vapor comprimido y sin desahogo
hiciese estallar la caldera. Todos preguntábamos al _engineer_, un
inglés muy tieso, muy callado y con un corazón más grande que la
máquina. No se meneaba de su sitio, ni se demudó poco ni mucho: abrió
todas las válvulas, y nos dijo con flema:
--Mi responde con mi _head_, máquina _very-good_, seguros por ella no
explosión.
Al ver que la pobre de la máquina se paraba, nos quedamos si cabe más
aterrados; no creíamos que el incendio llegase hasta donde, por lo
visto, llegaba ya: comprendimos que el fuego no estaba localizado y
contenido, sino que era dueño de todo el interior del buque y no había
más remedio que cruzarse de brazos y dejarle hacer su capricho.
--¡Barco perdido, don Raimundo!--dije al capitán.
--Barco perdido, Salgado.
--¿Y nosotros?
--Perdidos también.
--Esperanza en Dios, don Raimundo.
Y él se echó las manos á la cabeza y dijo de un modo que nunca se me
olvida:
--¡Dios!
Yo no sé qué le habíamos hecho á Dios los trescientos cristianos que en
aquel barco íbamos: pero algún pecado muy gordo debió ser el nuestro,
para que así nos juntase castigos y calamidades. De cuantas noches de
temporal recuerdo--y mire Vd. que algo se ha navegado--ninguna más
atroz, más furiosa que aquella noche. Una marejada frenética: el barco
no se sostenía: ola por aquí, ola por acullá: montes de agua y de espuma
que nos cubrían: ya no era balancearse, era despeñarse, caer en un
precipicio: parecía que la tormenta gozaba en movernos y abanicarnos
para avivar
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el incendio. Soplaba un viento iracundo; llovía sin cesar; y la noche
tan negra, tan negra, que sobre cubierta no nos veíamos las caras. Unos
lloraban de tal modo que partía el corazón; otros blasfemaban; muchos
decían:--¡Ay mis pobres hijos!--No entiendo cómo el timonel era capaz de
estarse tan quieto en su puesto de honor, manteniendo fijo el rumbo del
barco para que no rodase como una pelota por aquel mar loco.
Pronto empezaron á alumbrarnos las llamas, que salían por la proa no ya
á intervalos, sino continuamente, igual que si desde adentro las
soplasen con fuelles de fragua. Lo tremendo de la marejada hizo que no
se pensase en esquifes; meterse en ellos, se reducía á adelantar la
muerte. En esto gritaron que se veía embarcación á sotavento.
¡Un buque! Desde que se declaró el incendio no habíamos cesado de
disparar cohetes y fuegos de Bengala con objeto de que los buques, al
pasar cerca de nosotros, comprendiesen que el barco incendiado contenía
gente necesitada de socorro. Y vea Vd. cómo Dios, á pesar de lo que dije
antes, nunca amontona todas las desgracias juntas. Aún tenemos que
agradecerle que el sitio del siniestro es un punto de cruce, donde se
encuentran los barcos que hacen rumbo al Atlántico y al Mediterráneo.
Pocas millas más adelante ya no sería fácil hallar quien nos socorriese.
Al ver el buque, la gente se alborotó, y los más resueltos arriaron los
esquifes en un minuto. Allí no había capitán, ni oficiales, ni autoridad
de ninguna especie: los contramaestres se cogieron el esquife mejor, y
cabiendo en él treinta personas, resultó que lo ocuparon sólo cinco. Ya
se sabe lo que hace el miedo á morir: ni se reparaba en peligro, ni
había compasión, ni prójimo. Sin mirar lo furioso del oleaje, y lo
imposible que era nadar allí, se echaron al mar muchísimas personas, por
meterse en los esquifes. Aún parece que oigo las voces con que decían
al contramaestre:
--¡Espere, nuestramo Nicolás, espere por la madre que lo parió; la mano,
nuestramo!
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Y él en su maldita jerga catalana, respondía:
--_No'm fa rés; no'm fa rés._
Y cuando los infelices querían halarse al esquife y se agarraban á la
borda, los de dentro, desenvainando los cuchillos, amenazaban coserles á
puñaladas.
De esta vez hubo ya bastantes víctimas: los esquifes se alejaron, y con
ellos se fué nuestra esperanza. Después de recoger á aquellos primeros
náufragos, el buque siguió su rumbo, porque no le permitía mantenerse al
pairo el temporal.
¡Á todo esto, si viese Vd. cómo iba poniéndose la cubierta! Oíamos el
roncar del incendio, que parecía el resoplido de un animalazo horrendo,
y á cada instante esperábamos ver salir las llamas por el centro del
buque y hundirse la cubierta. Nos arrimábamos cuanto podíamos á la parte
de popa, pues además el calor del suelo se hacía insoportable, y del
piso de hierro cubierto con planchas de madera salían, por los agujeros
de los tornillos, llamitas cortas, igual que si á un tiempo se
inflamasen varias docenas de fósforos sembrados aquí y acullá. Ya ni el
frío ni la oscuridad eran de temer: qué disparate! buena oscuridad nos
dé Dios: la popa algunas veces estaba tan clara como un salón de baile:
iluminación completa: daba gusto ver el horizonte cerrado por unas olas
inmensas, verdes y negruzcas, que se venían encima, y sobre las cuales
volaba una orillita de espuma más blanca que la nieve. También divisamos
otro buque, un paquete de vapor, que se paraba, sin duda, para
auxiliarnos. ¡Estaba tan lejos! Con todo, la gente se animó. El segundo,
el señorito de Armero, se llegó á mí y me tocó en el hombro.
--Salgado, ¿puede Vd. bajar á la cámara? Necesito un farol.
--Mi segundo, estoy casi ciego... Con el calor y el humo, me va faltando
la vista.
--Aunque sea á tientas... Quiero un farol.
Vaya, no sé yo mismo cómo gateé por las escaleras; la cámara era un
horno, el farol todavía estaba encendido; lo descolgué y se lo entregué
al segundo, convencido de que le daba el pasaporte para la eternidad,
pues el esquife en que él y otros cuantos se decidieron á meterse, era
el más chico y estaba muy deteriorado. Lo arriaron, y por milagro
consiguieron sentarse en él sin que zozobrase. Entonces empezó la gente
á lanzarse al mar para salvarse en el esquife, y pude notar que, apenas
caían al agua, morían todos. Alguno se rompió la cabeza contra los
costados del buque; pero la mayor parte, sin tropezar en nada, espiró
instantáneamente. ¿Era que hervía el agua con el calor del incendio y
los cocía? ¿Era que se les acababan las fuerzas? Lo cierto es que daban
dos paladitas muy suaves para nadar, subían de pronto las rodillas á la
altura de la boca, y flotaban cadáveres ya.
Los del esquife remaban desesperadamente hacia el barco salvador. Supe
después que, á la mitad del camino, notaron que el esquife, roto por el
fondo, hacía agua, y se sumergía; que pusieron en la abertura sus
chaquetas, sus botas, cuánto pudieron encontrar; y no bastando aún, el
señorito de Armero, que es muy resuelto, cogió á un marinerillo, lo
sentó ó, por mejor decir, lo embutió en el boquete y le dijo (con
perdón):
--¡No te menees y tapa con el...!
Gracias á lo cual llegaron al buque y les pudimos ver ascendiendo sobre
cubierta. No sé si nos pesaba ó no el habernos quedado allí sin probar
el salvamento. ¡Los muertos ya estaban en paz, y los salvados... qué
felices! El buque aquel tampoco se detenía; era necesario aguardar á que
Dios nos mandase otro, y resistir como pudiésemos todo el tiempo que
tardase. Es verdad que nuestro _San Gregorio_ aún podía durar. Al fin
era un gran vapor de línea, con su cargamento, y daba qué hacer á las
llamas. El caso era refugiarse en alguna esquina para no perecer asados.
Al capitán se le ocurrió la idea de trepar á la cofa del gran árbol de
hierro, del palo mayor. Mientras el barco ardía, creyó él poder
mantenerse allí, seguro y libre de las llamas, como un canario en su
jaula. Yo, que le ví acercarse al palo, le cogí del brazo en seguida.
--No suba Vd., capitán; ¿pues no ve que el palo se tiene que doblar en
cuanto se ponga candente?
El pobre hombre, enamorado del proyecto, daba vueltas al rededor del
palo, estudiando su resistencia. Creo que si más pronto le anuncio la
catástrofe, más pronto sucede. ¡El árbol... pim! se dobló de pronto, lo
mismo que el dedo de una persona, y, arrastrado por su peso, besó el
suelo con la cima. Por listo que anduvo el capitán, como estaba cerca,
un alambre candente de la plataforma le cogió el pié por cerca del
tobillo, y se lo tronzó sin sacarle gota de sangre, haciendo á un tiempo
mismo la amputación y el cauterio: respondo de que ningún cirujano se lo
cortaba con más limpieza.
Le levantamos como se pudo, y colocando un sofá al extremo de la popa,
le instalamos del mejor modo para que estuviese descansado. Se quejaba
muy bajito, entre dientes, como si masticase el dolor, y medio le oí:
¡Mi pobre mujer! ¡mis hijitos queridos, qué será de ellos! Pero de
repente, sin más ni más, empezó á gritar como un condenado, pidiendo
socorro y medicina. ¡Sí, medicina! ¡Para medicinas estábamos! Ya el
fuego había llegado á la cámara, y á pesar del ruido de la tormenta,
oíamos estallar los frascos del botiquín, la cristalería y la vajilla.
Entonces el desdichado comenzó á rogar, con palabras muy tristes, que le
echásemos al agua, y usando, por última vez, de su autoridad á bordo,
mandó que le atásemos un peso al cuerpo. Nos disculpamos con que no
había cosa que atarle: y él, que al mismo tiempo estaba sereno, recordó
que en la bitácora existe una barra muy gruesa de plomo, porque allí no
puede entrar hierro ni otro metal que haga desviar la aguja imantada.
Por más que nos resistimos, fué preciso arrancarla, y colgársela del
cuello: y como el peso era grande y le obligaba á bajar la cabeza, tuvo
que sostenerlo con las dos manos, recostándose en el respaldo del sofá.
Como llevaba en el bolsillo su rewólver, lo armó, y suplicó que le
permitiesen pegarse un tiro y le arrojasen al mar después. ¡Naturalmente
que nos opusimos! Le instamos para que dejase amanecer; con el día se
calmaría la tormenta, y algún barco de los muchos que cruzaban nos
salvaría á todos. Le porfiábamos y le hacíamos reflexiones de que el
mayor valor era sufrir. Por último, desmontó y guardó el rewólver,
declarando que lo hacía por sus hijos nada más. Se quejó despacito y se
empeñó en que habíamos de buscar y enseñarle el pié que le faltaba.
¡Querrá Vd. creer que anduvimos tras del pié por toda la cubierta y no
pudimos cumplirle aquel gusto?
Después del lance del capitán, ocurrió el del oficial tercero, y se me
figura que de todos los horrores de la noche fué el que más me afectó.
¡Lo que somos, lo que somos! Nada: una miseria. El tercero era un joven
que tenía su novia, y había de casarse con ella al volver del viaje. La
quería muchísimo ¡vaya si la quería! Como que en el viaje anterior le
trajo de Manila preciosidades, en pañuelos, en abanicos de sándalo, en
cajitas, en mil monadas. No obstante... ó por lo mismo... en fin, qué sé
yo! Desgracias y flaquezas de los mortales... el pobre andaba triste,
preocupado, desde tiempo atrás. Nadie me convencerá de que lo que hizo
no lo hizo _queriendo_, porque ya lo tenía pensado de antes y porque le
pareció buena la ocasión de realizarlo. Sino, ¿qué trabajo le costaba
intentar el salvamento con el señorito de Armero? Ya determinado á
morir, tanto le daba de un modo como de otro, y al menos, podía suceder
que en el esquife consiguiese librar la piel. Bien, no cavilemos. Él no
dió señales de pretender combatir el fuego y mientras nosotros
manejábamos el _caballo_ y soltábamos mangas de agua contra las puertas,
envueltos en llamas y humo, él quietecito y como atontado. Al marcharse
el señorito de Armero, le llamó á la cámara, para entregarle su
reloj,--un reloj precioso, con tapa de brillantes--y dos sortijas muy
buenas también, encargándole que se las llevase á su novia como
recuerdo y despedida. Lo que yo digo: el hombre se encontraba resuelto á
morir. Luégo subió á popa, y le ví sentado, muy taciturno, con la cabeza
entre las manos. Á dos pasos me coloqué yo. Él se volvió y me dijo:
--Cocinero, ¿tiene Vd. ahí un cigarro?
--Mi oficial, sólo tengo picadura en el bolsillo del chaquetón... Pero
éste tiene tabacos, de seguro...--añadí, señalando á un camarero que
estaba allí cerca.--¿Querrá Vd. creer que el bruto del camarero se
resistía á meter la mano en el bolsillo y soltar el cigarro? Animal--le
grité--no seas tacaño ahora; ¿de qué te servirá el tabaco si vamos todos
á perecer?--En vista de mis gritos, el hombre aflojó el cigarro. El
tercero lo encendió, y daría, á todo dar, tres chupadas: á cada una le
veía yo la cara con la lumbre del cigarro: un gesto que ponía miedo. Á
la tercer chupada, acercó á la sien el rewólver, y oímos el tiro. Cayó
redondo, sin un _ay_.
Nadie se asustó, nadie gritó: casi puedo decir que nadie se movió:
estábamos ya de tal manera, que todo nos era indiferente. Sólo el
capitán preguntó desde el sofá:--¿Qué es eso? ¿qué ocurre?--El tercero
que se acaba de levantar la tapa de los sesos.--¡Hizo bien!--De allí á
poco rato, murmuró:--Echarle al mar.--Obedecimos y á ninguno se le
ocurrió rezar el _Padre nuestro_.
¡Es que se vuelve uno estúpido en ocasiones semejantes! Figúrese Vd.
que, en los primeros instantes, recogió el capitán, de la caja, seis mil
duros y pico en oro y billetes; seis mil duros y pico que anduvieron
rodando por allí, sobre cubierta, sin que nadie les hiciese caso, ni los
mirase. En cambio, al piloto se le había metido en la cabeza buscar el
cuaderno de bitácora, y se desdichaba todo porque no daba con él, lo
mismo que si fuese indispensable apuntar á qué altura y latitud
dejábamos el pellejo. Pues otra rareza. En todo aquel desastre, ¿quién
pensará Vd. que me infundía más lástima? El perro del capitán, un
terranova precioso, que días atrás se había roto una pata y la tenía
entablillada: el animalito, echado junto al timón, remedaba á su amo:
los dos iguales, inválidos y aguardando por la muerte. Si seré majadero!
El perro me daba más pena.
Ya las llamas salían por sotavento, y la mañana se iba acercando. ¡Qué
amanecer, Virgen Santa! Todos estábamos desfallecidos, muertos de sed,
de frío, de calor, de hambre, de cansancio y de cuanto hay que padecer
en la vida. Algunos dormitaban. Al asomar la claridad del día, salió del
centro del barco una hoguera enorme: por el hueco del palo mayor, se
habían abierto paso las llamas, y la cubierta iba sin duda á hundirse,
descubriendo el volcán. Contábamos con el suceso, y á pesar de que
contábamos, nos sorprendió terriblemente. Empezamos á clamar al cielo, y
muchos á enseñarle el puño cerrado, preguntando á Dios:
--¿Pero qué te hicimos?
El capitán, que tiritaba de fiebre, me dijo gimiendo:
--Agua! por caridad, un sorbo de agua!