El coro benévolo y cacareador de las vecinas rodeó

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á Antonia; algunas se dedicaron á arreglar la comida del niño, otras

animaban á la madre del mejor modo que sabían. Era bien tonta en

afligirse así. ¡Ave María Purísima! ¡No parece sino que aquel hombrón no

tenía más que llegar y matarla! Había gobierno, gracias á Dios, y

audiencia, y serenos; se podía acudir á los celadores, al alcalde...

--¡Qué alcalde!--decía ella con hosca mirada y apagado acento.

--Ó al gobernador, ó al regente, ó al jefe de municipales; había que ir

á un abogado, saber lo que dispone la ley...

Una buena moza, casada con un guardia civil, ofreció enviar á su marido

para que le _metiese un miedo_ al picarón; otra, resuelta y morena, se

brindó á quedarse todas las noches á dormir en casa de la asistenta; en

suma, tales y tantas fueron las muestras de interés de la vecindad, que

Antonia se resolvió á intentar algo, y sin levantar la sesión, acordóse

consultar á un jurisperito, á ver qué recetaba.

Cuando Antonia volvió de la consulta, más pálida que de costumbre, de

cada tenducho y de cada cuarto bajo salían mujeres en pelo á preguntarle

noticias, y se oían exclamaciones de horror. ¡La ley, en vez de

protegerla, obligaba á la hija de la víctima á vivir bajo el mismo

techo, maritalmente, con el asesino!

--¡Qué leyes, divino Señor de los cielos! ¡Así los bribones que las

hacen las aguantaran!--clamaba indignado el coro.--¿Y no habrá algún

remedio, mujer, no habrá algún remedio?

--Dice que nos podemos separar... después de una cosa que le llaman

divorcio.

--¿Y qué es divorcio, mujer?

--Un pleito muy largo.

Todas dejaron caer los brazos con desaliento: los pleitos no se acababan

nunca, y peor aún si se acababan, porque los perdía siempre el inocente

y el pobre.

--Y para eso--añadió la asistenta--tenía yo que probar antes que mi

marido me daba mal trato.

¡Aquí de Dios! ¿Pues aquel tigre no le había matado á la madre? ¿Eso no

era mal trato, eh? ¿Y no sabían hasta los gatos que la tenía amenazada

con matarla también?

--Pero como nadie lo oyó... Dice el abogado que se quieren pruebas

claras...

Se armó una especie de motín; había mujeres determinadas á hacer, decían

ellas, una exposición al mismísimo rey, pidiendo contra-indulto; y, por

turno, dormían en casa de la asistenta, para que la pobre mujer pudiese

conciliar el sueño. Afortunadamente, el tercer día llegó la noticia de

que el indulto era temporal, y al presidiario aún le quedaban algunos

años de arrastrar el grillete. La noche que lo supo Antonia fué la

primera en que no se enderezó en la cama, con los ojos desmesuradamente

abiertos, pidiendo socorro.

Después de este susto, pasó más de un año y la tranquilidad renació para

la asistenta, consagrada á sus humildes quehaceres. Un día, el criado de

la casa donde estaba asistiendo, creyó hacer un favor á aquella mujer

pálida, que tenía su marido en presidio, participándole cómo la reina

iba á parir, y habría indulto, de fijo.

Fregaba la asistenta los pisos, y al oir tales anuncios soltó el

estropajo, y descogiendo las sayas que traía arrolladas á la cintura,

salió con paso de autómata, muda y fría como una estatua. Á los recados

que le enviaban de las casas, respondía que estaba enferma, aunque en

realidad sólo experimentaba un anonadamiento general, un no levantársele

los brazos á labor alguna. El día del regio parto contó los cañonazos de

la salva, cuyo estampido le resonaba dentro del cerebro, y como hubo

quien le advirtió que el vástago real era hembra, comenzó á esperar que

un varón habría ocasionado más indultos. Además, ¿por qué le había de

coger el indulto á su marido? Ya le habían indultado una vez, y su

crimen era horrendo; matar á la indefensa vieja que no le hacía daño

alguno, todo por unas cuantas tristes monedas de oro! La terrible escena

volvía á presentarse ante sus ojos: ¿merecía indulto la fiera que asestó

aquella tremenda cuchillada? Antonia recordaba que la herida tenía los

labios blancos, y parecíale ver la sangre cuajada al pié del catre.

Se encerró en su casa, y pasaba las horas sentada en una silleta junto

al fogón. ¡Bah! si habían de matarla, mejor era dejarse morir.

Sólo la voz plañidera del niño la sacaba de su ensimismamiento.

--Mi madre, tengo hambre. Mi madre, ¿qué hay en la puerta? ¿Quién viene?

Por último, una hermosa mañana de sol se encogió de hombros, y tomando

un lío de ropa sucia, echó á andar camino del lavadero. Á las preguntas

afectuosas respondía con lentos monosílabos, y sus ojos se posaban con

vago extravío en la espuma del jabón que le saltaba al rostro.

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¿Quién trajo al lavadero la inesperada nueva, cuando ya Antonia recogía

su ropa lavada y torcida é iba á retirarse? ¿Inventóla alguien con fin

caritativo, ó fué uno de esos rumores misteriosos, de ignoto origen, que

en vísperas de acontecimientos grandes para los pueblos ó los

individuos, palpitan y susurran en el aire? Lo cierto es que la pobre

Antonia, al oirlo, se llevó instintivamente la mano al corazón, y se

dejó caer hacia atrás sobre las húmedas piedras del lavadero.

--¿Pero de veras murió?--preguntaban las madrugadoras á las recién

llegadas.

--Sí, mujer...

--Yo lo oí en el mercado...

--Yo en la tienda...

--¿Á ti quién te lo dijo?

--Á mí, mi marido.

--¿Y á tu marido?

--El asistente del capitán.

--¿Y al asistente?

--Su amo...

Aquí ya la autoridad pareció suficiente, y nadie quiso averiguar más,

sino dar por firme y valedera la noticia. ¡Muerto el criminal, en

vísperas de indulto, antes de cumplir el plazo de su castigo! Antonia la

asistenta alzó la cabeza, y por vez primera se tiñeron sus mejillas de

un sano color, y se abrió la fuente de sus lágrimas. Lloraba de gozo, y

nadie de los que la miraban se escandalizó. Ella era la indultada; su

alegría justa. Las lágrimas se agolpaban á sus lagrimales, dilatándole

el corazón, porque desde el crimen se había _quedado cortada_, es decir,

sin llanto. Ahora respiraba anchamente, libre de su pesadilla. Andaba

tanto la mano de la Providencia en lo ocurrido, que á la asistenta no le

cruzó por la imaginación que podía ser falsa la nueva.

Aquella noche, Antonia se retiró á su casa más tarde que de costumbre,

porque fué á buscar á su hijo á la escuela de párvulos, y le compró

rosquillas de _ginete_, con otras golosinas que el chico deseaba hacía

tiempo, y ambos recorrieron las calles, parándose ante los escaparates,

sin ganas de comer, sin pensar más que en beber el aire, en sentir la

vida y en volver á tomar posesión de ella.

Tal era el enajenamiento de Antonia, que ni reparó en que la puerta de

su cuarto bajo no estaba sino entornada. Sin soltar de la mano al niño,

entró en la reducida estancia que le servía de sala, cocina y comedor, y

retrocedió atónita viendo encendido el candil. Un bulto negro se levantó

de la mesa, y el grito que subía á los labios de la asistenta se ahogó

en la garganta.

Era él; Antonia, inmóvil, clavada al suelo, no le veía ya, aunque la

siniestra imagen se reflejaba en sus dilatadas pupilas. Su cuerpo yerto

sufría una parálisis momentánea; sus manos frías soltaron al niño, que

aterrado se le cogió á las faldas. El marido habló:

--¡Mal contabas conmigo ahora!--murmuró con acento ronco, pero

tranquilo; y al sonido de aquella voz, donde Antonia creía oir vibrar

aún las maldiciones y las amenazas de muerte, la pobre mujer, como

desencantada, despertó, exhaló un ¡ay! agudísimo, y cogiendo á su hijo

en brazos, echó á correr hacia la puerta. El hombre se interpuso.

--¡Eh... chst! ¿Á dónde vamos, patrona?--silabeó con su ironía de

presidiario.--¿Á alborotar el barrio á estas horas? ¡Quieto aquí todo el

mundo!

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Las últimas palabras fueron dichas sin que las acompañase ningún ademán

agresivo, pero con un tono que heló la sangre de Antonia. Sin embargo,

su primer estupor se convertía en fiebre, la fiebre lúcida del instinto

de conservación. Una idea rápida cruzó por su mente; ampararse del niño.

¡Su padre no le conocía, pero al fin era su padre! Levantóle en alto y

le acercó á la luz.

--¿Ese es el chiquillo?--murmuró el presidiario. Y descolgando el

candil, llególo al rostro del chico. Este guiñaba los ojos, deslumbrado,

y ponía las manos delante de la cara como para defenderse de aquel padre

desconocido, cuyo nombre oía pronunciar con terror y reprobación

universal. Apretábase á su madre, y ésta, nerviosamente, le apretaba

también, con el rostro más blanco que la cera.

--¡Qué chiquillo feo!--gruñó el padre, colgando de nuevo el

candil.--Parece que lo chuparon las brujas.

Antonia, sin soltar al niño, se arrimó á la pared, pues desfallecía. La

habitación le daba vueltas al rededor, y veía unas lucecicas azules en

el aire.

--Á ver, ¿no hay nada de comer aquí?--pronunció el marido.

Antonia sentó al niño en un rincón, en el suelo, y mientras la criatura

lloraba de miedo, conteniendo los sollozos, la madre comenzó á dar

vueltas por el cuarto, y cubrió la mesa con manos temblorosas; sacó pan,

una botella de vino, retiró del hogar una cazuela de bacalao, y se

esmeraba, sirviendo diligentemente, para aplacar al enemigo con su celo.

Sentóse el presidiario y empezó á comer con voracidad, menudeando los

tragos de vino. Ella permanecía de pié, mirando, fascinada, aquel rostro

curtido, afeitado y seco que relucía con ese barniz especial del

presidio. Él llenó el vaso una vez más, y la convidó.

--No tengo voluntad...--balbució Antonia; y el vino, al reflejo del

candil, se le figuraba un coágulo de sangre.

Él lo despachó encogiéndose de hombros, y se puso en el plato más

bacalao, que engulló ávidamente, ayudándose con los dedos y mascando

grandes cortezas de pan. Su mujer le miraba hartarse, y una esperanza

sutil se introducía en su espíritu. Así que comiese, se marcharía sin

matarla; ella, después, cerraría á cal y canto la puerta, y si quería

matarla entonces, el vecindario estaba despierto y oiría sus gritos.

¡Sólo que, probablemente, le sería imposible á ella gritar! Y carraspeó

para afianzar la voz. El marido, apenas se vió saciado de comida, sacó

del cinto un cigarro, lo picó con la uña y encendió sosegadamente el

pitillo en el candil.

--¡Chst!... ¿Á dónde vamos?--gritó, viendo que su mujer hacía un

movimiento disimulado hacia la puerta.--Tengamos la fiesta en paz.

--Á acostar el pequeño--contestó ella sin saber lo que decía; y

refugióse en la habitación contigua, llevando á su hijo en brazos. De

seguro que el asesino no entraría allí. ¿Cómo había de tener valor para

tanto? Era la habitación en que había cometido el crimen, el cuarto de

su madre: pared por medio dormía antes el matrimonio; pero la miseria

que siguió á la muerte de la vieja, obligó á Antonia á vender la cama

matrimonial y usar la de la difunta. Creyéndose en salvo, empezaba á

desnudar al niño, que ahora se atrevía á sollozar más fuerte, apoyado

en su seno; pero se abrió la puerta y entró el presidiario.

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Antonia le vió echar una mirada oblicua en torno suyo, descalzarse con

suma tranquilidad, quitarse la faja, y, por último, acostarse en el

lecho de la víctima. La asistenta creía soñar; si su marido abriese una

navaja, la asustaría menos quizás que mostrando tan horrible sosiego.

Él se estiraba y revolvía en las sábanas, apurando la colilla y

suspirando de gusto, como hombre cansado que encuentra una cama blanda y

limpia.

--¿Y tú?--exclamó dirigiéndose á Antonia.--¿Qué haces ahí quieta como un

poste? ¿No te acuestas?

--Yo... no tengo sueño--tartamudeó ella, dando diente con diente.

--¿Qué falta hace tener sueño? ¿Si irás á pasar la noche de centinela?

--Ahí... ahí... no... cabemos... Duerme tú... Yo aquí, de cualquier

modo...

Él soltó dos ó tres palabras gordas.

--¿Me tienes miedo ó asco, ó qué rayo es esto? Á ver cómo te acuestas, ó

si no...

Incorporóse el marido, y extendiendo las manos, mostró querer saltar de

la cama al suelo. Mas ya Antonia, con la docilidad fatalista de la

esclava, empezaba á desnudarse. Sus dedos apresurados rompían las

cintas, arrancaban violentamente los corchetes, desgarraban las enaguas.

En un rincón del cuarto se oían los ahogados sollozos del niño...

* * * * *

Y el niño fué quien, gritando desesperadamente, llamó al amanecer á las

vecinas, que encontraron á Antonia en la cama, extendida, como muerta.

El médico vino aprisa, y declaró que vivía, y la sangró, y no logró

sacarle gota de sangre. Falleció á las veinticuatro horas, de muerte

natural, pues no tenía lesión alguna. El niño aseguraba que el hombre

que había pasado allí la noche la llamó muchas veces al levantarse, y

viendo que no respondía, echó á correr como un loco.

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La dama joven · 第 36 / 52 题