En este año de 1511 determinó el almirante D. Diego Colon, que estas

islas y tierras gobernaba, de enviar á poblar la isla de Cuba, porque

hasta entónces no se sabia más de que era isla, y buena tierra y

abundante de comida, y estaba llena de gente, y como Diego Velazquez,

de quien en el libro II, cap. 10, hicimos mencion, el Comendador Mayor

le habia hecho su Capitan, en las crueldades que se hicieron en las

provincias de Xaraguá, y las por allí comarcanas, y despues su Teniente

de cinco villas de españoles que por ellas se poblaron; este Diego

Velazquez, digo, como fuese el más rico y muy estimado entre los que

acá de los antiguos desta isla, cuando el almirante D. Diego vino á

gobernar, estaban, y habia tenido tan señalados cargos, y habia sido

criado del adelantado D. Bartolomé Colon, tio del mismo Almirante,

hermano de su padre, como arriba, en el libro I y II, queda muchas

veces tractado, puso los ojos en él, y acordó enviallo á que poblase

la dicha isla de Cuba, porque, en la verdad, ninguno otro en esta isla

se hallara, ya que se habia de enviar á poblar segun el modo, y leyes,

y camino, que en poblar, ó por, con muy mayor verdad decir, despoblar,

y destruir estas tierras de que se usaba y acostumbraba, que tuviese

tales ni tantas partes. Una era ser más rico que ninguno otro, otra

era que tenia mucha experiencia en derramar ó ayudar á derramar sangre

destas gentes malaventuradas, otra era, que de todos los españoles que

debajo de su regimiento vivian era muy amado, porque tenia condicion

alegre y humana, y toda su conversacion era de placeres y gasajos,

como entre mancebos no muy disciplinados, puesto que á sus tiempos

sabia guardar su auctoridad y queria que se la guardasen, otra era que

tenia todas sus haciendas en Xaraguá, y en aquellas comarcas, junto á

los puertos de la mar los más propincuos á la isla de Cuba, que habia

de ser poblada. Era muy gentil hombre de cuerpo y de rostro, y así

amable por ello, algo iba engordando, pero todavía perdia poco de su

gentileza; era prudente, aunque tenido por grueso de entendimiento,

pero engañólos con él. Sabido por esta isla que Diego Velazquez iba

por poblador de Cuba, hobo mucha gente que se moviese á ir con él, lo

uno por las razones declaradas, pero mucho más, cierto, porque cuantos

en esta isla habia, por permision y castigo de Dios por haber muerto

los indios, estaban y vivian necesitados, que con cuanto oro habian

sacado nunca medraron ni quiso Dios que medrasen, y así estaban todos

adeudados y trampeados, y muchos que no salian de las cárceles, ó de

hecho ó con temor que allí habian de ir á parar, y por esta causa no

dudo yo sino que, como tuviesen esta isla por cárcel, por salir della

con el turco se fueran, yendo á poblar tierras de nuevo, y de que les

habia de repartir los indios teniendo esperanza. Y generalmente fué

aquesta la manera de ir adelante de unas islas en otras, y de unas de

la gran tierra firme en otras, que nunca salian ni dejaban unas sin

que primero no las hobiesen destruido y muertos los indios dellas, y

despues que allí no enriquecian, porque Dios no consentia que, como

dije, con cuanto robaban y mataban, medrasen, iban á robar y matar las

gentes de adelante. Así fué, que desta isla salieron á la de Sant Juan,

y á la de Jamáica, el año de 9, y tambien á tierra firme con Nicuesa

y Hojeda, y agora, el año de 11, desta salieron para la de Cuba, y de

allí á la Nueva España y á otras partes, como, placiendo á Dios, se

verá. Finalmente, se allegaron, segun creo, hasta 300 hombres para ir

con Diego Velazquez en tres ó en cuatro navíos, y recogiéronse todos

en la villa y puerto que se llamaba Salvatierra de la Çavana, que es

al cabo desta isla, como en el libro II queda declarado. Pero ántes

que pasemos, en la partida y viaje de Diego Velazquez, y los que con

él fueron, adelante, será bien referir lo que en la misma isla de Cuba

pasaba. Para ésto es de saber, que por las persecuciones y tormentos

que las gentes de esta isla de los españoles padecian, los que podian

huir, ya está dicho arriba en el libro II, que huian á los montes,

y si se pudieran meter en las entrañas de la tierra se metieran, y

porque los de las provincias de Guahába estaban más propincuas á la

isla de Cuba, porque no hay sino 18 leguas de mar en medio de punta á

punta, muchos indios se metian en canoas, que son sus barquillas de

un madero, como en el libro I se vido, y se pasaban huyendo á la isla

de Cuba, entre los cuales se pasó un señor y Cacique de la provincia

de Guahába, con la gente que pudo, llamado en su lengua Hatuéy, la é

letra luenga, hombre prudente y bien esforzado, y en la tierra que

está más propincua á la punta ó cabo desta isla, que se llamaba en su

lengua Maycí, la última sílaba luenga, ó por la provincia por allí

comarcana, hizo su asiento, por grado, ó por fuerza quizá de los que

por allí vivian, y más parece que por grado, porque toda la más de la

gente de que estaba poblada aquella isla, era pasada y natural desta

isla Española, puesto que la más antigua y natural de aquella isla era

como la de los Lucayos, de quien hablamos en el libro I y II ser como

los Séres, que parecia no haber pecado nuestro padre Adan en ellos;

gente simplicísima, bonísima, careciente de todos vicios, y beatísima,

si solamente verdadero cognoscimiento de Dios tuviera. Esta era la

natural y nativa de aquella isla, y llamábanse en su lengua cibonéyes,

la penúltima sílaba luenga, y los desta, por grado ó por fuerza, se

apoderaron de aquella isla y gente della, y los tenian como sirvientes

suyos, no como esclavos, porque nunca en todas estas Indias se halló

que hiciesen diferencia, ó muy poca, de los libres y áun de los hijos á

los esclavos, cuanto al tractamiento, cuasi por la mayor parte, si no

fué en la Nueva España y en las otras provincias donde acostumbraban

sacrificar hombres á sus dioses, que sacrificaban comunmente los que

en las guerras captivaban por esclavos, pero desto estaban libres los

destas islas. Así que, aquel señor Hatuey, cognosciendo la costumbre de

los españoles, de cuya cruel servidumbre habia huido, y desterrádose

de su propia patria y señorío para otra, tenia siempre, parece que,

sus espías, que sabian y le traian las nuevas del estado desta isla,

porque debia de temer que algun dia habian de pasarse los españoles á

aquella de Cuba. Y, finalmente, parece que supo la determinacion de los

españoles, que estaban para pasarse á ella. Tenida esta nueva, un dia

juntó su gente toda, y debia ser los hombres de guerra, y comiénzales á

hacer un sermon, reduciéndoles á la memoria las persecuciones que los

españoles habian hecho á la gente desta isla Española, diciéndoles:

«Ya sabeis cuáles los cristianos nos han parado, tomándonos nuestras

tierras, quitando nuestros señoríos, captivando nuestras personas,

tomando nuestras mujeres y hijos, matando nuestros padres, hermanos,

parientes y vecinos; tal Rey, tal señor de tal provincia y de tal

pueblo, mataron; todas las gentes súbditas y vasallos que tenian, las

destruyeron y acabaron; y si nosotros no nos hobiéramos huido, saliendo

de nuestra tierra y venido á ésta, tambien fuéramos muertos por ellos

y acabados, ¿vosotros sabeis por qué todas estas persecuciones nos

causan, ó para qué fin lo hacen?» Respondieron todos: «Hácenlo porque

son crueles y malos.» Respondió el señor: «Yo os diré por qué lo hacen,

y ésto es, porque tienen un Señor grande á quien mucho quieren y aman,

y ésto yo os lo mostraré.» Tenia luégo allí encubierta una cestilla

hecha de palma, que en su lengua llamaban haba, llena, ó parte della,

con oro, y dice: «Veis aquí su Señor, á quien sirven y quieren mucho,

y por lo que andan; por haber este Señor nos angustian, por éste nos

persiguen, por éste nos han muerto nuestros padres y hermanos, y toda

nuestra gente, y nuestros vecinos, y de todos nuestros bienes nos han

privado, y por éste nos buscan y maltratan, y porque, como habeis oido

ya, quieren pasar acá, y no pretenden otra cosa sino buscar este Señor,

y por buscallo y sacallo han de trabajar de nos perseguir y fatigar,

como lo han hecho en nuestra tierra de ántes, por eso, hagámosle

aquí fiesta y bailes, porque cuando vengan les diga ó les mande que

no nos hagan mal.» Concedieron todos que era bien que le bailasen

y festejasen; entónces comenzaron á bailar y á cantar, hasta que

todos quedaron cansados, porque así era su costumbre, de bailar hasta

cansarse, y duraban en los bailes y cantos desde que anochecia, toda

la noche, hasta que venia la claridad, y todos sus bailes eran al son

de las voces, como en esta isla, y que estuviesen 500 y 1.000 juntos,

mujeres y hombres, no salian uno de otro con los piés ni con las

manos, y con todos los meneos de sus cuerpos, un cabello del compás;

hacian los bailes de los de Cuba á los desta isla gran ventaja en ser

los cantos á los oidos muy más suaves. Así que, despues que bailando

y cantando ante la cestilla de oro, se cansaron, tornóles el Hatuey

á hablar, diciendo: «Mirad, con todo ésto que he dicho, no guardemos

á este Señor de los cristianos en ninguna parte, porque, aunque lo

tengamos en las tripas, nos lo han de sacar; por eso, echémoslo en este

rio, debajo del agua, y no sabrán dónde está.» Y así lo hicieron, que

allí lo ahogaron, ó echaron; ésto fué despues por los indios dicho,

y entre nosotros publicado. Otras cosas notables hay que decir desde

Cacique y señor Hatuey, que despues, á su tiempo y lugar, se dirán.

CAPÍTULO XXII.

Tambien parece ser cosa conveniente, que ántes que refiramos la pasada

y obras de los españoles á la isla y en la isla de Cuba, tractemos

de la grandeza, sitio y hechura della, y sus calidades, y las cosas

que contiene, y lo tocante á las costumbres y religion de las gentes

naturales della, lo que no hicimos desta isla Española en esta

historia, porque era cosa muy larga, pero explicámoslo en nuestra

Historia Apologética muy en particular, y en general de la de Cuba,

y por eso será razon de la de Cuba en este lugar particularizarlo.

Cuanto, pues, á lo primero, la isla de Cuba tiene de longura pocas

ménos de 300 leguas, andadas por tierra, puesto que por el aire y por

el agua no haya tantas. De ancho tiene, tomándola del cabo ó punta

primera oriental, que llamamos de Maycí, cuasi al tercio della, 55 ó 60

leguas, y luégo se comienza á ensangostar y va siempre de allí hasta

el cabo postrero ó punta occidental, poco más ó poco ménos angosta

de 20 leguas. Su sitio es dentro del trópico de Cáncer en 20 y 20 y

medio y hasta 21°. Es cuasi toda tierra llana y llena toda de montes

ó florestas; desde la punta oriental de Maycí, 30 leguas ó más, tiene

altísimas sierras, y al Poniente, pasadas las dos tercias partes de

toda ella, tambien las hay, y al medio della, eso mismo, hay otras,

puesto que no muy altas. Salen muy graciosos rios de una parte al

Norte, y de otra á la del Sur, llenos de pescados, mayormente lizas y

sávalos, y estos entran y suben de la mar. Cuasi en el medio de la isla

tiene infinitas isletas juntas por la banda del Sur, que, como dijimos

en el libro I, el Almirante, cuando la descubrió al segundo viaje, las

llamó el Jardin de la Reina. Otras tiene, aunque no tantas, por la del

Norte, que nombró el Jardin del Rey, Diego Velazquez; á la parte ó

costa del Sur, ó austral, sale cuasi al medio della un rio poderoso que

los indios llamaban Cauto, de muy hermosa ribera, en el cual se crian

infinitos cocodrilos, que abusivamente llamamos lagartos, de los mismos

que cria el rio Nilo, que suelen ser muy nombrados, ó por ventura se

crian en la mar y suben el rio arriba, y los que pasan por este rio es

menester no descuidarse, mayormente si les toma la noche en la ribera

dél, porque salen fuera del agua y andan por tierra, y llevan el hombre

que hallan durmiendo ó descuidado arrastrando al agua, donde lo matan

y comen, sin dejar dél nada; y al pasar el rio suelen echar mano de

los que van á pié, y tambien de los caballos. Esto mismo hacen donde

quiera, en estas Indias, que los hay, mayormente en la tierra firme

á la costa del Sur, en unas partes más y en otras ménos, son bravos

segun están encarnizados. En todas estas islas, cuatro, no hay, ni ha

habido, destos cocodrilos, sino en la de Cuba, y en ella, sólo en el

dicho rio y á la banda austral, porque á la del Norte, ni en ella, ni

en otra, excepto en la tierra firme como en el rio de Cumaná y en los

de por abajo, que hay hartos. Los tiempos pasados, agora cincuenta

años, pareció uno dellos en esta isla, á la misma banda del Sur,

hácia la villa de Salvatierra de la Çavana, que es, como se ha dicho,

al cabo desta isla, no me acuerdo bien si lo mataron. Al propósito

tornando, muchos rios y arroyos tuvieron mucho oro, dello de marca

que el castellano valia 450 maravedís; otro habia más fino y de más

quilates que valia á 470 maravedís, y ésto solamente lo habia en las

sierras y rios que salen al puerto de Xagua, que se dirá; otro habia

bajo que valia á ducado el peso por tener mucho cobre. La dicha isla de

Cuba es, como dije, muy montuosa, que cuasi se pueden andar 300 leguas

por debajo de árboles; estos son diversos como los desta Española, y

entre otros hay muy hermosos cedros, odoríferos y colorados, gruesos,

como gruesos bueyes, de que hacian grandes canoas los indios, que

cabian 50 y 70 hombres, para navegar por la mar, y destas era Cuba muy

rica en su tiempo y abundante. Hay otros árboles de estoraque, los

cuales no cognoscemos, mas que, si nos ponemos en algun alto en las

mañanas, es cosa maravillosa el olor tan suave que se siente, que no

parece sino que junto con el hombre, se quema preciosísimo estoraque,

y ésto se siente por las mañanas, por los vapores de la tierra que lo

suben, saliendo el sol, de los fuegos que los indios hacian de noche,

como siempre tengan fuego de noche, no porque haga frio, sino fresco

para ellos que no tienen como nosotros las camas, sino unas hamacas.

Hay unos árboles que dan una fruta que se llamaban xáguas, la primera

sílaba luenga, que son tan grandes como unos riñones de ternera, las

cuales, quitadas del árbol, aunque no estén maduras, y aporreadas, y

dejadas en un rincon de casa tres ó cuatro dias madurar, se hinchen

todas de miel, y todo lo que tienen dentro, que es cierta carne, ó

no sé á qué la compare, no es ménos sabrosa, y podré decir más que

una pera enmelada y sazonada. Hay en toda la isla de Cuba tantas de

parras monteses y de uvas en ellas, que hay lugares donde en un tiro

de ballesta en rededor, se podrian coger cien cargas, y doscientas de

uvas, y hacer vino dellas, puesto que ágrio, y yo lo bebí no muy ágrio,

por manera, que si se cultivasen y les diese el sol y el viento, sin

duda se harian domésticas y suaves, pero como están entre los montes y

grandes árboles, ni el sol las calienta, ni refresca el aire; y como

ya dije, la isla tiene de luengo cerca de 300 leguas, y se puede andar

toda por debajo de los árboles, y en todos los montes haya parras,

soliamos decir que habiamos visto viña tan grande que duraba 300

leguas. El gordor de muchas parras dellas, las vimos mucho mayor de un

hombre, y no es encarecimiento decir ésto, y no es maravilla, pues los

cedros y otros árboles son tan gruesos como arriba decimos, lo cual

causa la gran humidad y fertilidad y grosedad de la isla. Toda ella es

más fresca y más templada que esta isla Española, y es tierra muy sana.

Tiene puertos admirables, muy más cerrados y seguros para muchas naos,

que si los hobieran hecho á mano, en especial en la costa ó ribera del

Sur, como es el de la ciudad de Santiago, el cual es de la forma de

una cruz, pero el de Xágua no creo yo que puede ser otro mejor, y ni

quizá tal en todo el mundo. Entran las naos por aquella angostura, que

terná un tiro de ballesta ó poco más, si no me he olvidado, y dentro

hay 10 leguas de agua con tres isletas que á la una ó á las dos de las

cuales pueden atar las naos en un estaca sin que se meneen de allí,

porque toda aquella anchura y capacidad del puerto está cerrada de

sierras como, si estuviesen dentro de una casa. Es tanta la multitud

de pescado que en él hay, mayormente de lizas, que tenian los indios

dentro del mismo puerto, en la misma mar, corrales hechos de cañas

hincadas, dentro de los cuales estaban cercadas y atajadas 20, y 30 y

50.000 lizas, que una dellas no se podia salir, de donde con sus redes

sacaban las que querian, y las otras dejábanlas de la manera que las

tuvieran en una alberca ó estanque. En la ribera ó costa del Norte hay

buenos puertos, y el mejor y mucho bueno es el que llaman de Carenas

y agora de la Habana; éste es él mucho bueno y capaz de muchas naos,

y pocos hay en España, y quizá ni en muchas partes del mundo, que se

le iguale, y éste cae casi al cabo de la isla, hácia el Poniente; y

20 leguas de allí, más al Levante, hay otro llamado el de Matanzas,

pero no es muy seguro ni guardado. El puerto que llaman del Príncipe

tambien es muy bueno, y éste cuasi está al medio de la isla, y cuasi al

cabo hay otro llamado de Baracoa, razonable, y otros en medio destos,

algunos, que son buenos surgideros para navíos no muy grandes. Las

aves que hay en aquella isla son muchas, como palomas, y tórtolas, y

perdices naturales como las de España, pero son menores, y fuera de las

pechugas, en lo demas tienen poca carne, y, si no es en aquella isla,

ni en esta Española, ni en otra destas islas, perdices no las hay. Lo

mismo decimos de grullas, que en sola Cuba se hallan, sino en la tierra

firme hay tambien otras aves que en ninguna parte destas Indias, islas

ni tierra firme no se han hallado, á cuanto yo tengo entendido; estas

son unas aves de la misma forma y grandor de grullas, las cuales al

principio son blancas como una paloma bien blanca, y poco á poco se

van haciendo coloradas, y al cabo ninguna pluma tienen que no sea

muy colorada, cosa hermosa es de ver. Y si estas aves alcanzaran los

indios de la Nueva España, por ser tan curiosos artífices de hacer

cosas de pluma, lo que ningunas gentes del mundo hasta hoy se hallaron

que tales obras hiciesen, tuviéranlas por cosa muy preciada; y es cosa

de ver cuando se comienzan á colorar, que como siempre están 500 y

1.000 juntas, no parecen sino greyes de ovejas señaladas ó almagradas,

comunmente no andan volando como las grullas, sino que siempre están en

la mar, todas las zancas ó piernas metidas en el agua salada, los piés

en el suelo que no les llega á la pluma el agua, y ésto es porque no se

mantienen sino de las hierbas, ó quizá pescadillos que están dentro de

la mar, y deben beber de la misma agua, porque si los indios tomaban

alguna dellas para tenerla en casa, le han de echar el caçabí ó lo

que les dan de comer en un vasija de agua, y en ella echalles un puño

de sal. Hay inmensidad de muy graciosos papagayos muy verdes, y sólo

tienen sobre el pico, en la frente, una poquita de pluma colorada, y en

ésto difieren de los desta isla Española, porque los desta, aquello de

sobre el pico es blanco ó cuasi como pelado. Por Mayo, y desde adelante

cuando ellos son nuevos, son de comer, cocidos y asados, muy mejores

que zorzales en su tiempo, ni otras buenas aves. Tomaban los indios

por ésta manera cuantos querian sin que uno se les fuese; sobíase un

niño de diez ó quince años en un árbol con un papagayo vivo, poníase

sobre la cabeza una poca de hierba ó paja, y en tocando con la mano

en la cabeza del papagayo dá luégo voces como quejándose, luégo todos

los papagayos que andan en el aire, que son innumerables, en oyendo

al papagayo atado, se vienen, sin quedar ninguno, y asiéntanse en el

árbol; el muchacho tiene una varilla muy delgada con un hilo delgado,

y al cabo hecho un lazo, y su poco á poco echa el lazo al pescuezo de

cada papagayo, porque no se asombra de la varilla, ántes piensa que es

cosa del mismo árbol, y tira y traelo á la mano, tuércele la cabeza y

échalo abajo; y así hace á todos los que quiere, hasta que ve abajo el

suelo cubierto de papagayos, que le parece que no podrá llevar más á

cuestas de los echados, y si de una vez quisiese llevar mil, y diez

mil, podria matallos, porque por demas es que los papagayos se levanten

del árbol, en tanto que el papagayo atado se quejare ó graznare.

Hay unas aves que vuelan cuasi junto con el suelo, que los indios

llamaban biáyas, la média sílaba luenga, que los indios corriendo las

alcanzaban, y tambien con perros, si no me he olvidado, las cuales,

cocidas, hacen el caldo como azafranado; son muy sabrosas y teniamos

en lugar de faisanes. Habia en aquella isla una especie de caza harto

provechosa y abundante, que los indios nombraban guaminiquinájes, la

penúltima luenga; éstos eran tan grandes como perrillos de halda,

tenian muy sabrosa carne, y, como dije, habia dellos grande abundancia.

Tenian dos hombres que comer en uno, al ménos dos para entre tres

bastaba; matábanse por piés y con un garrote, y mucho más con perros,

porque eran en correr muy torpes. Despues que hobo puercos de los

nuestros los acabaron todos, como en esta isla las hutias, que era

otra especie de caza; la hechura era, y en especial la cola, como de

ratones. Habia y hay en aquella isla culebras admirables, gruesas como

una gorda pierna de hombre, y muy grandes, todas de pintura pardas, muy

torpes, que las pisaba el hombre, hechas roscas, y cuasi no lo sentian.

Habia eso mismo iguanas, que son propias sierpes, de hechura de

lagartos, tan grandes como unos perrillos de halda, pintadas. El comer

dellas, dicen los nuestros, que exceden á faisanes, pero nunca pudieron

conmigo que las probase. De pescado es aquella isla muy demasiadamente

copiosa y abundante por ambas á dos costas ó partes, lizas, mojarras

de las de Castilla y sávalos muy grandes, y agujas, y otros muchos

pescados; pero por la banda ó costa del Sur, como hay infinitas

isletas, como dije llamarse Jardin de la Reina, y la mar hace mucho

remanso entre ellas y la grande, críanse por allí tantas de tortugas

que no tienen número, cuya pesquería es admirable: las tortugas son tan

grandes como una gran rodela, y áun como una adarga, pesa cada una, con

la carne ó pescado y manteca que tiene, comunmente cuatro arrobas, que

es un quintal. Es muy buena de comer y cosa muy sana, la manteca della

es como enjundia de gallina, muy amarilla, que parece, derretida, como

oro. Es buena para limpiar lepra y sarna, y enfermedad semejante. Hay

para comer en una tortuga 10 hombres que se harten, y más; tiene 500 y

600 huevos como de gallina; no tienen cáscara, sino una tela delgada;

salen de la mar á poner los huevos en tierra, y entiérranlos en el

arena, y el sol con el arena los ampolla, y de cada huevo sale una

tortuguita y luégo van todas á buscar la mar por instinto natural. La

pesca dellas es con este arte; tomaban los indios un pece que llaman

los marineros pece reveso, que será como una buena y gorda sardina en

el tamaño, y atábanle un cordel bien delgado á la cola, y de largo 30 y

50 brazas, segun convenia ser largo, y echábanlo á la mar, el pececillo

va luégo á buscar las tortugas, y en hallándolas pegábasele á una en la

concha de abajo, y cuando el indio via que sería tiempo, tiraba de su

hilo ó cordel su poco á poco, y traia por el agua la tortuga que pesaba

un quintal, como si trujera una chica calabaza; el pezecillo reveso, en

pegándose, donde quiera que se pegue, nunca se puede de allí quitar,

sino haciéndolos pedazos. Desta manera se tomaban tantas tortugas, que

á cada paso se podia hacer y se hacia una carnicería de tanta carne, ó

lo que es, como se podria hacer de cien vacas; y así, acaecia venir 300

ó 400 indios de aquella carne ó pescado cargados, que nos presentaban.

Porque así como decimos que tenian de lizas corrales, así tambien los

tenian, entre aquellas isletas, de tortugas, quinientas y mil juntas,

que ninguna salia ni se podia ir de los cercados hechos de seto de

cañas. Allende de todo lo dicho, cuanto al pan caçabí, hallamos aquella

isla llena de aquellas sus labranzas, y nunca se ha hallado tierra en

estas Indias, que en abundancia de comida y de las cosas necesarias, le

hiciese ventaja.

CAPÍTULO XXIII.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 36 / 37 段