islas y tierras gobernaba, de enviar á poblar la isla de Cuba, porque
hasta entónces no se sabia más de que era isla, y buena tierra y
abundante de comida, y estaba llena de gente, y como Diego Velazquez,
de quien en el libro II, cap. 10, hicimos mencion, el Comendador Mayor
le habia hecho su Capitan, en las crueldades que se hicieron en las
provincias de Xaraguá, y las por allí comarcanas, y despues su Teniente
de cinco villas de españoles que por ellas se poblaron; este Diego
Velazquez, digo, como fuese el más rico y muy estimado entre los que
acá de los antiguos desta isla, cuando el almirante D. Diego vino á
gobernar, estaban, y habia tenido tan señalados cargos, y habia sido
criado del adelantado D. Bartolomé Colon, tio del mismo Almirante,
hermano de su padre, como arriba, en el libro I y II, queda muchas
veces tractado, puso los ojos en él, y acordó enviallo á que poblase
la dicha isla de Cuba, porque, en la verdad, ninguno otro en esta isla
se hallara, ya que se habia de enviar á poblar segun el modo, y leyes,
y camino, que en poblar, ó por, con muy mayor verdad decir, despoblar,
y destruir estas tierras de que se usaba y acostumbraba, que tuviese
tales ni tantas partes. Una era ser más rico que ninguno otro, otra
era que tenia mucha experiencia en derramar ó ayudar á derramar sangre
destas gentes malaventuradas, otra era, que de todos los españoles que
debajo de su regimiento vivian era muy amado, porque tenia condicion
alegre y humana, y toda su conversacion era de placeres y gasajos,
como entre mancebos no muy disciplinados, puesto que á sus tiempos
sabia guardar su auctoridad y queria que se la guardasen, otra era que
tenia todas sus haciendas en Xaraguá, y en aquellas comarcas, junto á
los puertos de la mar los más propincuos á la isla de Cuba, que habia
de ser poblada. Era muy gentil hombre de cuerpo y de rostro, y así
amable por ello, algo iba engordando, pero todavía perdia poco de su
gentileza; era prudente, aunque tenido por grueso de entendimiento,
pero engañólos con él. Sabido por esta isla que Diego Velazquez iba
por poblador de Cuba, hobo mucha gente que se moviese á ir con él, lo
uno por las razones declaradas, pero mucho más, cierto, porque cuantos
en esta isla habia, por permision y castigo de Dios por haber muerto
los indios, estaban y vivian necesitados, que con cuanto oro habian
sacado nunca medraron ni quiso Dios que medrasen, y así estaban todos
adeudados y trampeados, y muchos que no salian de las cárceles, ó de
hecho ó con temor que allí habian de ir á parar, y por esta causa no
dudo yo sino que, como tuviesen esta isla por cárcel, por salir della
con el turco se fueran, yendo á poblar tierras de nuevo, y de que les
habia de repartir los indios teniendo esperanza. Y generalmente fué
aquesta la manera de ir adelante de unas islas en otras, y de unas de
la gran tierra firme en otras, que nunca salian ni dejaban unas sin
que primero no las hobiesen destruido y muertos los indios dellas, y
despues que allí no enriquecian, porque Dios no consentia que, como
dije, con cuanto robaban y mataban, medrasen, iban á robar y matar las
gentes de adelante. Así fué, que desta isla salieron á la de Sant Juan,
y á la de Jamáica, el año de 9, y tambien á tierra firme con Nicuesa
y Hojeda, y agora, el año de 11, desta salieron para la de Cuba, y de
allí á la Nueva España y á otras partes, como, placiendo á Dios, se
verá. Finalmente, se allegaron, segun creo, hasta 300 hombres para ir
con Diego Velazquez en tres ó en cuatro navíos, y recogiéronse todos
en la villa y puerto que se llamaba Salvatierra de la Çavana, que es
al cabo desta isla, como en el libro II queda declarado. Pero ántes
que pasemos, en la partida y viaje de Diego Velazquez, y los que con
él fueron, adelante, será bien referir lo que en la misma isla de Cuba
pasaba. Para ésto es de saber, que por las persecuciones y tormentos
que las gentes de esta isla de los españoles padecian, los que podian
huir, ya está dicho arriba en el libro II, que huian á los montes,
y si se pudieran meter en las entrañas de la tierra se metieran, y
porque los de las provincias de Guahába estaban más propincuas á la
isla de Cuba, porque no hay sino 18 leguas de mar en medio de punta á
punta, muchos indios se metian en canoas, que son sus barquillas de
un madero, como en el libro I se vido, y se pasaban huyendo á la isla
de Cuba, entre los cuales se pasó un señor y Cacique de la provincia
de Guahába, con la gente que pudo, llamado en su lengua Hatuéy, la é
letra luenga, hombre prudente y bien esforzado, y en la tierra que
está más propincua á la punta ó cabo desta isla, que se llamaba en su
lengua Maycí, la última sílaba luenga, ó por la provincia por allí
comarcana, hizo su asiento, por grado, ó por fuerza quizá de los que
por allí vivian, y más parece que por grado, porque toda la más de la
gente de que estaba poblada aquella isla, era pasada y natural desta
isla Española, puesto que la más antigua y natural de aquella isla era
como la de los Lucayos, de quien hablamos en el libro I y II ser como
los Séres, que parecia no haber pecado nuestro padre Adan en ellos;
gente simplicísima, bonísima, careciente de todos vicios, y beatísima,
si solamente verdadero cognoscimiento de Dios tuviera. Esta era la
natural y nativa de aquella isla, y llamábanse en su lengua cibonéyes,
la penúltima sílaba luenga, y los desta, por grado ó por fuerza, se
apoderaron de aquella isla y gente della, y los tenian como sirvientes
suyos, no como esclavos, porque nunca en todas estas Indias se halló
que hiciesen diferencia, ó muy poca, de los libres y áun de los hijos á
los esclavos, cuanto al tractamiento, cuasi por la mayor parte, si no
fué en la Nueva España y en las otras provincias donde acostumbraban
sacrificar hombres á sus dioses, que sacrificaban comunmente los que
en las guerras captivaban por esclavos, pero desto estaban libres los
destas islas. Así que, aquel señor Hatuey, cognosciendo la costumbre de
los españoles, de cuya cruel servidumbre habia huido, y desterrádose
de su propia patria y señorío para otra, tenia siempre, parece que,
sus espías, que sabian y le traian las nuevas del estado desta isla,
porque debia de temer que algun dia habian de pasarse los españoles á
aquella de Cuba. Y, finalmente, parece que supo la determinacion de los
españoles, que estaban para pasarse á ella. Tenida esta nueva, un dia
juntó su gente toda, y debia ser los hombres de guerra, y comiénzales á
hacer un sermon, reduciéndoles á la memoria las persecuciones que los
españoles habian hecho á la gente desta isla Española, diciéndoles:
«Ya sabeis cuáles los cristianos nos han parado, tomándonos nuestras
tierras, quitando nuestros señoríos, captivando nuestras personas,
tomando nuestras mujeres y hijos, matando nuestros padres, hermanos,
parientes y vecinos; tal Rey, tal señor de tal provincia y de tal
pueblo, mataron; todas las gentes súbditas y vasallos que tenian, las
destruyeron y acabaron; y si nosotros no nos hobiéramos huido, saliendo
de nuestra tierra y venido á ésta, tambien fuéramos muertos por ellos
y acabados, ¿vosotros sabeis por qué todas estas persecuciones nos
causan, ó para qué fin lo hacen?» Respondieron todos: «Hácenlo porque
son crueles y malos.» Respondió el señor: «Yo os diré por qué lo hacen,
y ésto es, porque tienen un Señor grande á quien mucho quieren y aman,
y ésto yo os lo mostraré.» Tenia luégo allí encubierta una cestilla
hecha de palma, que en su lengua llamaban haba, llena, ó parte della,
con oro, y dice: «Veis aquí su Señor, á quien sirven y quieren mucho,
y por lo que andan; por haber este Señor nos angustian, por éste nos
persiguen, por éste nos han muerto nuestros padres y hermanos, y toda
nuestra gente, y nuestros vecinos, y de todos nuestros bienes nos han
privado, y por éste nos buscan y maltratan, y porque, como habeis oido
ya, quieren pasar acá, y no pretenden otra cosa sino buscar este Señor,
y por buscallo y sacallo han de trabajar de nos perseguir y fatigar,
como lo han hecho en nuestra tierra de ántes, por eso, hagámosle
aquí fiesta y bailes, porque cuando vengan les diga ó les mande que
no nos hagan mal.» Concedieron todos que era bien que le bailasen
y festejasen; entónces comenzaron á bailar y á cantar, hasta que
todos quedaron cansados, porque así era su costumbre, de bailar hasta
cansarse, y duraban en los bailes y cantos desde que anochecia, toda
la noche, hasta que venia la claridad, y todos sus bailes eran al son
de las voces, como en esta isla, y que estuviesen 500 y 1.000 juntos,
mujeres y hombres, no salian uno de otro con los piés ni con las
manos, y con todos los meneos de sus cuerpos, un cabello del compás;
hacian los bailes de los de Cuba á los desta isla gran ventaja en ser
los cantos á los oidos muy más suaves. Así que, despues que bailando
y cantando ante la cestilla de oro, se cansaron, tornóles el Hatuey
á hablar, diciendo: «Mirad, con todo ésto que he dicho, no guardemos
á este Señor de los cristianos en ninguna parte, porque, aunque lo
tengamos en las tripas, nos lo han de sacar; por eso, echémoslo en este
rio, debajo del agua, y no sabrán dónde está.» Y así lo hicieron, que
allí lo ahogaron, ó echaron; ésto fué despues por los indios dicho,
y entre nosotros publicado. Otras cosas notables hay que decir desde
Cacique y señor Hatuey, que despues, á su tiempo y lugar, se dirán.
CAPÍTULO XXII.
Tambien parece ser cosa conveniente, que ántes que refiramos la pasada
y obras de los españoles á la isla y en la isla de Cuba, tractemos
de la grandeza, sitio y hechura della, y sus calidades, y las cosas
que contiene, y lo tocante á las costumbres y religion de las gentes
naturales della, lo que no hicimos desta isla Española en esta
historia, porque era cosa muy larga, pero explicámoslo en nuestra
Historia Apologética muy en particular, y en general de la de Cuba,
y por eso será razon de la de Cuba en este lugar particularizarlo.
Cuanto, pues, á lo primero, la isla de Cuba tiene de longura pocas
ménos de 300 leguas, andadas por tierra, puesto que por el aire y por
el agua no haya tantas. De ancho tiene, tomándola del cabo ó punta
primera oriental, que llamamos de Maycí, cuasi al tercio della, 55 ó 60
leguas, y luégo se comienza á ensangostar y va siempre de allí hasta
el cabo postrero ó punta occidental, poco más ó poco ménos angosta
de 20 leguas. Su sitio es dentro del trópico de Cáncer en 20 y 20 y
medio y hasta 21°. Es cuasi toda tierra llana y llena toda de montes
ó florestas; desde la punta oriental de Maycí, 30 leguas ó más, tiene
altísimas sierras, y al Poniente, pasadas las dos tercias partes de
toda ella, tambien las hay, y al medio della, eso mismo, hay otras,
puesto que no muy altas. Salen muy graciosos rios de una parte al
Norte, y de otra á la del Sur, llenos de pescados, mayormente lizas y
sávalos, y estos entran y suben de la mar. Cuasi en el medio de la isla
tiene infinitas isletas juntas por la banda del Sur, que, como dijimos
en el libro I, el Almirante, cuando la descubrió al segundo viaje, las
llamó el Jardin de la Reina. Otras tiene, aunque no tantas, por la del
Norte, que nombró el Jardin del Rey, Diego Velazquez; á la parte ó
costa del Sur, ó austral, sale cuasi al medio della un rio poderoso que
los indios llamaban Cauto, de muy hermosa ribera, en el cual se crian
infinitos cocodrilos, que abusivamente llamamos lagartos, de los mismos
que cria el rio Nilo, que suelen ser muy nombrados, ó por ventura se
crian en la mar y suben el rio arriba, y los que pasan por este rio es
menester no descuidarse, mayormente si les toma la noche en la ribera
dél, porque salen fuera del agua y andan por tierra, y llevan el hombre
que hallan durmiendo ó descuidado arrastrando al agua, donde lo matan
y comen, sin dejar dél nada; y al pasar el rio suelen echar mano de
los que van á pié, y tambien de los caballos. Esto mismo hacen donde
quiera, en estas Indias, que los hay, mayormente en la tierra firme
á la costa del Sur, en unas partes más y en otras ménos, son bravos
segun están encarnizados. En todas estas islas, cuatro, no hay, ni ha
habido, destos cocodrilos, sino en la de Cuba, y en ella, sólo en el
dicho rio y á la banda austral, porque á la del Norte, ni en ella, ni
en otra, excepto en la tierra firme como en el rio de Cumaná y en los
de por abajo, que hay hartos. Los tiempos pasados, agora cincuenta
años, pareció uno dellos en esta isla, á la misma banda del Sur,
hácia la villa de Salvatierra de la Çavana, que es, como se ha dicho,
al cabo desta isla, no me acuerdo bien si lo mataron. Al propósito
tornando, muchos rios y arroyos tuvieron mucho oro, dello de marca
que el castellano valia 450 maravedís; otro habia más fino y de más
quilates que valia á 470 maravedís, y ésto solamente lo habia en las
sierras y rios que salen al puerto de Xagua, que se dirá; otro habia
bajo que valia á ducado el peso por tener mucho cobre. La dicha isla de
Cuba es, como dije, muy montuosa, que cuasi se pueden andar 300 leguas
por debajo de árboles; estos son diversos como los desta Española, y
entre otros hay muy hermosos cedros, odoríferos y colorados, gruesos,
como gruesos bueyes, de que hacian grandes canoas los indios, que
cabian 50 y 70 hombres, para navegar por la mar, y destas era Cuba muy
rica en su tiempo y abundante. Hay otros árboles de estoraque, los
cuales no cognoscemos, mas que, si nos ponemos en algun alto en las
mañanas, es cosa maravillosa el olor tan suave que se siente, que no
parece sino que junto con el hombre, se quema preciosísimo estoraque,
y ésto se siente por las mañanas, por los vapores de la tierra que lo
suben, saliendo el sol, de los fuegos que los indios hacian de noche,
como siempre tengan fuego de noche, no porque haga frio, sino fresco
para ellos que no tienen como nosotros las camas, sino unas hamacas.
Hay unos árboles que dan una fruta que se llamaban xáguas, la primera
sílaba luenga, que son tan grandes como unos riñones de ternera, las
cuales, quitadas del árbol, aunque no estén maduras, y aporreadas, y
dejadas en un rincon de casa tres ó cuatro dias madurar, se hinchen
todas de miel, y todo lo que tienen dentro, que es cierta carne, ó
no sé á qué la compare, no es ménos sabrosa, y podré decir más que
una pera enmelada y sazonada. Hay en toda la isla de Cuba tantas de
parras monteses y de uvas en ellas, que hay lugares donde en un tiro
de ballesta en rededor, se podrian coger cien cargas, y doscientas de
uvas, y hacer vino dellas, puesto que ágrio, y yo lo bebí no muy ágrio,
por manera, que si se cultivasen y les diese el sol y el viento, sin
duda se harian domésticas y suaves, pero como están entre los montes y
grandes árboles, ni el sol las calienta, ni refresca el aire; y como
ya dije, la isla tiene de luengo cerca de 300 leguas, y se puede andar
toda por debajo de los árboles, y en todos los montes haya parras,
soliamos decir que habiamos visto viña tan grande que duraba 300
leguas. El gordor de muchas parras dellas, las vimos mucho mayor de un
hombre, y no es encarecimiento decir ésto, y no es maravilla, pues los
cedros y otros árboles son tan gruesos como arriba decimos, lo cual
causa la gran humidad y fertilidad y grosedad de la isla. Toda ella es
más fresca y más templada que esta isla Española, y es tierra muy sana.
Tiene puertos admirables, muy más cerrados y seguros para muchas naos,
que si los hobieran hecho á mano, en especial en la costa ó ribera del
Sur, como es el de la ciudad de Santiago, el cual es de la forma de
una cruz, pero el de Xágua no creo yo que puede ser otro mejor, y ni
quizá tal en todo el mundo. Entran las naos por aquella angostura, que
terná un tiro de ballesta ó poco más, si no me he olvidado, y dentro
hay 10 leguas de agua con tres isletas que á la una ó á las dos de las
cuales pueden atar las naos en un estaca sin que se meneen de allí,
porque toda aquella anchura y capacidad del puerto está cerrada de
sierras como, si estuviesen dentro de una casa. Es tanta la multitud
de pescado que en él hay, mayormente de lizas, que tenian los indios
dentro del mismo puerto, en la misma mar, corrales hechos de cañas
hincadas, dentro de los cuales estaban cercadas y atajadas 20, y 30 y
50.000 lizas, que una dellas no se podia salir, de donde con sus redes
sacaban las que querian, y las otras dejábanlas de la manera que las
tuvieran en una alberca ó estanque. En la ribera ó costa del Norte hay
buenos puertos, y el mejor y mucho bueno es el que llaman de Carenas
y agora de la Habana; éste es él mucho bueno y capaz de muchas naos,
y pocos hay en España, y quizá ni en muchas partes del mundo, que se
le iguale, y éste cae casi al cabo de la isla, hácia el Poniente; y
20 leguas de allí, más al Levante, hay otro llamado el de Matanzas,
pero no es muy seguro ni guardado. El puerto que llaman del Príncipe
tambien es muy bueno, y éste cuasi está al medio de la isla, y cuasi al
cabo hay otro llamado de Baracoa, razonable, y otros en medio destos,
algunos, que son buenos surgideros para navíos no muy grandes. Las
aves que hay en aquella isla son muchas, como palomas, y tórtolas, y
perdices naturales como las de España, pero son menores, y fuera de las
pechugas, en lo demas tienen poca carne, y, si no es en aquella isla,
ni en esta Española, ni en otra destas islas, perdices no las hay. Lo
mismo decimos de grullas, que en sola Cuba se hallan, sino en la tierra
firme hay tambien otras aves que en ninguna parte destas Indias, islas
ni tierra firme no se han hallado, á cuanto yo tengo entendido; estas
son unas aves de la misma forma y grandor de grullas, las cuales al
principio son blancas como una paloma bien blanca, y poco á poco se
van haciendo coloradas, y al cabo ninguna pluma tienen que no sea
muy colorada, cosa hermosa es de ver. Y si estas aves alcanzaran los
indios de la Nueva España, por ser tan curiosos artífices de hacer
cosas de pluma, lo que ningunas gentes del mundo hasta hoy se hallaron
que tales obras hiciesen, tuviéranlas por cosa muy preciada; y es cosa
de ver cuando se comienzan á colorar, que como siempre están 500 y
1.000 juntas, no parecen sino greyes de ovejas señaladas ó almagradas,
comunmente no andan volando como las grullas, sino que siempre están en
la mar, todas las zancas ó piernas metidas en el agua salada, los piés
en el suelo que no les llega á la pluma el agua, y ésto es porque no se
mantienen sino de las hierbas, ó quizá pescadillos que están dentro de
la mar, y deben beber de la misma agua, porque si los indios tomaban
alguna dellas para tenerla en casa, le han de echar el caçabí ó lo
que les dan de comer en un vasija de agua, y en ella echalles un puño
de sal. Hay inmensidad de muy graciosos papagayos muy verdes, y sólo
tienen sobre el pico, en la frente, una poquita de pluma colorada, y en
ésto difieren de los desta isla Española, porque los desta, aquello de
sobre el pico es blanco ó cuasi como pelado. Por Mayo, y desde adelante
cuando ellos son nuevos, son de comer, cocidos y asados, muy mejores
que zorzales en su tiempo, ni otras buenas aves. Tomaban los indios
por ésta manera cuantos querian sin que uno se les fuese; sobíase un
niño de diez ó quince años en un árbol con un papagayo vivo, poníase
sobre la cabeza una poca de hierba ó paja, y en tocando con la mano
en la cabeza del papagayo dá luégo voces como quejándose, luégo todos
los papagayos que andan en el aire, que son innumerables, en oyendo
al papagayo atado, se vienen, sin quedar ninguno, y asiéntanse en el
árbol; el muchacho tiene una varilla muy delgada con un hilo delgado,
y al cabo hecho un lazo, y su poco á poco echa el lazo al pescuezo de
cada papagayo, porque no se asombra de la varilla, ántes piensa que es
cosa del mismo árbol, y tira y traelo á la mano, tuércele la cabeza y
échalo abajo; y así hace á todos los que quiere, hasta que ve abajo el
suelo cubierto de papagayos, que le parece que no podrá llevar más á
cuestas de los echados, y si de una vez quisiese llevar mil, y diez
mil, podria matallos, porque por demas es que los papagayos se levanten
del árbol, en tanto que el papagayo atado se quejare ó graznare.
Hay unas aves que vuelan cuasi junto con el suelo, que los indios
llamaban biáyas, la média sílaba luenga, que los indios corriendo las
alcanzaban, y tambien con perros, si no me he olvidado, las cuales,
cocidas, hacen el caldo como azafranado; son muy sabrosas y teniamos
en lugar de faisanes. Habia en aquella isla una especie de caza harto
provechosa y abundante, que los indios nombraban guaminiquinájes, la
penúltima luenga; éstos eran tan grandes como perrillos de halda,
tenian muy sabrosa carne, y, como dije, habia dellos grande abundancia.
Tenian dos hombres que comer en uno, al ménos dos para entre tres
bastaba; matábanse por piés y con un garrote, y mucho más con perros,
porque eran en correr muy torpes. Despues que hobo puercos de los
nuestros los acabaron todos, como en esta isla las hutias, que era
otra especie de caza; la hechura era, y en especial la cola, como de
ratones. Habia y hay en aquella isla culebras admirables, gruesas como
una gorda pierna de hombre, y muy grandes, todas de pintura pardas, muy
torpes, que las pisaba el hombre, hechas roscas, y cuasi no lo sentian.
Habia eso mismo iguanas, que son propias sierpes, de hechura de
lagartos, tan grandes como unos perrillos de halda, pintadas. El comer
dellas, dicen los nuestros, que exceden á faisanes, pero nunca pudieron
conmigo que las probase. De pescado es aquella isla muy demasiadamente
copiosa y abundante por ambas á dos costas ó partes, lizas, mojarras
de las de Castilla y sávalos muy grandes, y agujas, y otros muchos
pescados; pero por la banda ó costa del Sur, como hay infinitas
isletas, como dije llamarse Jardin de la Reina, y la mar hace mucho
remanso entre ellas y la grande, críanse por allí tantas de tortugas
que no tienen número, cuya pesquería es admirable: las tortugas son tan
grandes como una gran rodela, y áun como una adarga, pesa cada una, con
la carne ó pescado y manteca que tiene, comunmente cuatro arrobas, que
es un quintal. Es muy buena de comer y cosa muy sana, la manteca della
es como enjundia de gallina, muy amarilla, que parece, derretida, como
oro. Es buena para limpiar lepra y sarna, y enfermedad semejante. Hay
para comer en una tortuga 10 hombres que se harten, y más; tiene 500 y
600 huevos como de gallina; no tienen cáscara, sino una tela delgada;
salen de la mar á poner los huevos en tierra, y entiérranlos en el
arena, y el sol con el arena los ampolla, y de cada huevo sale una
tortuguita y luégo van todas á buscar la mar por instinto natural. La
pesca dellas es con este arte; tomaban los indios un pece que llaman
los marineros pece reveso, que será como una buena y gorda sardina en
el tamaño, y atábanle un cordel bien delgado á la cola, y de largo 30 y
50 brazas, segun convenia ser largo, y echábanlo á la mar, el pececillo
va luégo á buscar las tortugas, y en hallándolas pegábasele á una en la
concha de abajo, y cuando el indio via que sería tiempo, tiraba de su
hilo ó cordel su poco á poco, y traia por el agua la tortuga que pesaba
un quintal, como si trujera una chica calabaza; el pezecillo reveso, en
pegándose, donde quiera que se pegue, nunca se puede de allí quitar,
sino haciéndolos pedazos. Desta manera se tomaban tantas tortugas, que
á cada paso se podia hacer y se hacia una carnicería de tanta carne, ó
lo que es, como se podria hacer de cien vacas; y así, acaecia venir 300
ó 400 indios de aquella carne ó pescado cargados, que nos presentaban.
Porque así como decimos que tenian de lizas corrales, así tambien los
tenian, entre aquellas isletas, de tortugas, quinientas y mil juntas,
que ninguna salia ni se podia ir de los cercados hechos de seto de
cañas. Allende de todo lo dicho, cuanto al pan caçabí, hallamos aquella
isla llena de aquellas sus labranzas, y nunca se ha hallado tierra en
estas Indias, que en abundancia de comida y de las cosas necesarias, le
hiciese ventaja.
CAPÍTULO XXIII.