decir, entendido el quinto aditamento que decia, que el servicio de los
nueve meses que los indios eran obligados á servir al Rey, lo podia
conceder, haciendo merced, á quien quisiese, luégo procuraron los
privados de pedir al Rey les hiciese merced á cada uno de repartimiento
de indios, teniendo por cierto y determinado que con buena conciencia
los podian tener, pues los letrados desta postrera junta lo afirmaron,
y firmaron en Dios y en sus conciencias, guardando las leyes dichas con
sus cinco limitaciones ó aditamentos. Y de los primeros fué, el obispo
de Palencia, D. Juan de Fonseca, de quien se ha dicho, que, desde el
descubrimiento destas Indias, siempre fué principal y Presidente en
el gobierno dellas; este señor Obispo tuvo 800 indios, en cada una
destas cuatro islas, Española, la de Cuba, la de Sant Juan, y de la de
Jamáica, 200. El secretario Lope Conchillos, tuvo 1.100, segun tuvimos
entendido. Hernando de Vega, que fué notable persona en prudencia
y muy estimado del Rey, y fué del Consejo de las Indias, cuando el
Consejo de los otros Consejos se distinguió, tuvo 200. El camarero Juan
Cabrero, aragonés, muy antiguo de la cámara del Rey, otros 200. El
licenciado Moxica, que era del Consejo real, tuvo no sé cuantos, y creo
que no eran ménos de 200. Sospecha hobo que algunos otros del Consejo
real los tuvieron de secreto, puestos en cabeza de otras personas,
que enviaban con cargos y oficios á esta isla; nunca del licenciado
Santiago, ni del doctor Palacios Rubios, que fueron los que más destas
Indias tractaron por aquellos tiempos, cosa de interese, ni cosa que
no debiesen hacer, se sospechó. Estos fueron los que tuvieron indios
en estas islas, estando ellos en Castilla, y no los caballeros de
Castilla, como dice Oviedo en su historia. Desta buena limitacion y
quinto aditamento, que los postreros consultores, sin saber el daño que
con ello hacian, escribieron, tuvieron tambien ocasion los oficiales
del Rey, Tesorero, y Contador, y Factor, y Veedor, de pedir y tener
cada uno su repartimiento; lo mismo hicieron los Jueces de apelacion,
que por estos tiempos, entre el año de 11 y 12 se proveyeron y á esta
isla vinieron; el uno fué el licenciado Marcelo de Villalobos, el otro,
el licenciado Juan Ortiz de Matiencio y el licenciado Lúcas Vazquez
de Ayllon, el que arriba, en el libro II, dijimos haber sido, en
tiempo del Comendador Mayor, Alcalde mayor de la Vega y sus comarcas.
Estos fueron enviados por Jueces de apelacion, para que del Almirante
y de sus Alcaldes mayores y Tenientes, para ante ellos, como Jueces
inmediatos del Rey, se apelase por la relacion quel Rey tuvo que habia
en esta isla disensiones y bandos entre el Almirante y el tesorero
Pasamonte, y los otros oficiales del Rey, que maldito aquel provecho
para Dios ni para dellos jamás salió, y estos se tuvo por cierto, que
revolvieron al Almirante con el Rey, é le persiguieron hasta la muerte,
como se dirá. Así que fueron proveidos aquellos tres licenciados por
Jueces de apelacion, y éste fué su primer nombre, despues se les dió
auctoridad y oficios de Oidores y de Audiencia y Chancillería real,
como hoy la tienen los que sucedieron. Estos tambien pidieron y
tuvieron sus repartimientos, como personas de más preeminentes oficios,
y todos ellos y los Oficiales no dejaban de llevar sus salarios del
Rey, puesto que no eran tan crecidos como despues de que mataron los
indios los tuvieron, y así los tristes indios, con sus angustias,
trabajos y sudores, eran parte de los salarios, y la justicia que les
guardaron abajo será manifiesta. Viendo el padre fray Pedro de Córdoba,
varon sancto y prudentísimo, las leyes hechas, y despues las adiciones
que habian poco limitado y moderado, cognosciendo quedar los indios sin
algun remedio, y viendo ántes con su prudencia, que los indios habian
en breve de perecer, como perecieron, y que esta muerte y destruccion
destas gentes, no se causaba sino por tenerlos en servidumbre los
españoles, y en lo que tocaba á su conversion ninguno la impidia sino
ellos, lo uno por sus tiranías, y lo otro por sus perniciosos ejemplos,
acordó de suplicar al Rey que le diese licencia, y ayuda, y favor, para
que él con los frailes de su Orden, que consigo le pareciese llevar,
pasasen á la tierra firme más cercana desta isla, que es la de Cumaná,
donde despues fué la priesa de sacar perlas, para predicar á aquellas
gentes, sin estorbo de los españoles, creyendo que nunca hombre dellos
asomara jamás por allí. El Rey católico, lo uno por la obra ser tal
y tan apostólica, y lo otro, la gran estima y devocion que dél habia
cobrado, fué dello muy contento y servido, y mandó que le diesen los
despachos á su voluntad, muy cumplidos, y así fué, que todo lo que
pidió para que en esta isla se le diese de navíos y bastimentos, y
otras cosas que llevar convenia, como herramientas, y aparejos para
edificar una casa, le fué concedido y cumplido, como abajo, placiendo
á Dios, será dicho. Habria en esta isla, á la sazon cuando andaba la
solicitud y barahunda de hacer las leyes en Castilla, obra de 20.000
indios, con hombres y mujeres, grandes y chicos, y creo, cierto, que
áun no los habia. Estos habian quedado de tres y cuatro cuentos,
que, en sus pueblos, pacíficos con sus señores y Reyes, y en toda
abundancia, sobrándoles todas las cosas necesarias, sino era lumbre
de fe, digo verdad porque yo los vide, vivian. Alcanzados del Rey los
repartimientos por los susodichos privados y residentes en la corte,
luégo entraron sus criados y mayordomos acá, no los más negligentes que
en sus casas tenian. Estos, ó porque conocieron en sus amos hervir la
cudicia de rescibir oro y todo provecho de los indios, ó por su propia
crueldad y malicia, dábanles en los trabajos, y en especial en los de
las minas, sin guardar ley ni ordenanza, ni razon, ni justicia, que
en cada demora, que duraba, como se dijo, cinco meses, que de hambre,
y trabajo, y angustia y afliccion, la mitad ó el tercio de los indios
de su repartimiento, perecia. Aquellos muertos, presentaba luégo la
Cédula del Rey al que gobernaba, ó á los Jueces de apelacion, diciendo
que á su amo, por aquella Cédula, mandaba el Rey dar en repartimientos
200 ó 300 indios, y que no tenia sino tantos, por lo cual pedia que se
la hinchiesen, y porque no habia en esta isla quien de barro hiciese
indios, con tanta priesa como á matar se daban, ó los quitaban á los
que favor no tenian y dejábanlos sin repartimiento, para cumplir la
Cédula, ó echaban en la baraja todos los indios de la isla, y hacian
general repartimiento, y dejaban los de poco favor sin indios, y
cumplíase con los privados del Rey que estaban en Castilla. Un cruel
tirano, criado y mayordomo de uno de los de la corte arriba referidos,
habiendo muerto en una demora de los cinco meses, 70 ó setenta y tantos
indios, reprendiéndole aquella su crueldad un religioso de Sancto
Domingo, respondió sin temor ni vergüenza: «Andad, padre, que si yo
matare todos los indios en un dia, amo tengo yo á quien el Rey le dará
otros tantos para otro dia.» La razon de la desvergüenza deste fué,
porque no habia ley, ni habia pena ni estorbo, ni justicia que tocase
á estos verdugos que tenian acá los de Castilla, como quiera que les
enviasen oro y fuesen bien servidos, aunque matasen todos los indios en
un dia, ántes todos los que acá estaban, Jueces y Oficiales, para ello
los ayudaban y favorecian cuanto en el mundo podian. Pues los Jueces y
Oficiales desta isla, en quien no hervia ménos el ánsia de amontonar
oro, no habiendo superior alguno que á la mano les fuese, ¿qué tal
era la moderacion y justicia que con los indios de sus repartimientos
usaban, y qué estragos en ellos hacian?; los cuales tambien usaban
de la presentacion y hinchimiento de sus Cédulas, cada demora que el
número de los indios que mataban se les disminuia. Los particulares
vecinos, viendo la tiranía de los unos y de los otros, y temiendo
que, como aquellos se daban priesa á matar, para suplir sus Cédulas
se los habian á ellos de quitar un dia que otro, tambien á trabajar y
matar sus indios no se daban poca priesa; yo fuí avisado, en tiempo
que yo tuve cargo de mirar y estorbar los agravios de los desdichados
indios, que habia escripto un vecino á un estanciero, ó minero suyo,
que se diese priesa á trabajar los indios y que no perdonase mujeres
preñadas y paridas, porque cada hora, que se los habian de quitar,
temia. Algunos Visitadores, conforme á lo que las dichas leyes
disponian, pusieron, pero, de más carga y pesadumbre para los indios
y de disimular las tiranías y de robar su parte, sirvieron. Todo lo
que está dicho de los Jueces y Oficiales, y de los de Castilla que acá
tenian indios, y de los particulares, y de todas sus tiranías, y muerte
y perecimiento de los indios en las minas y en los otros trabajos desta
isla, se hacia con la misma impiedad y crueldad, y sin misericordia
alguna en las otras tres islas, la de Sant Juan, la de Cuba, como della
presto diremos, y en la de Jamáica. Veis aquí el fruto que salió de las
dichas leyes, y de sus cinco aditamentos que hicieron los postreros
ó engañados consultores, y que juraron en Dios y en sus conciencias,
que con aquellas limitaciones y declaraciones, el Rey tenia muy justas
y moderadamente ordenadas las cosas de las Indias. Y lo bueno fué, y
que adorna y hermosea todo lo arriba dicho, que los del Consejo dieron
forma de cómo habia de rezar la Cédula de los repartimientos que á cada
uno se daban, y decia así el Gobernador, ó que tenia cargo de repartir
los indios, que despues llamaron, como se dirá, Repartidor: «Yo,
fulano, en nombre del Rey é de la Reina, nuestros señores, por virtud
de los poderes que de Sus Altezas tengo, encomiendo á vos, fulano, tal
Cacique y tantas personas en él, para que os sirvais dellos en vuestras
haciendas, minas y granjerías, segun y como Sus Altezas lo mandan,
conforme á sus ordenanzas, guardándolas, y no de otra manera, porque de
otra manera Sus Altezas no vos los encomiendan, ni yo en su nombre; y
si no lo hiciéredes os serán quitados, y lo que os hobiéredes servido
dellos, será á cargo de vuestra conciencia y no de la de Sus Altezas,
ni de la mia, etc.» Esta era la sustancia y forma de la Cédula, por lo
cual creian que ya quedaba todo llano y santo, y fuera bien preguntar
á alguna de las justicias, si quitaron á uno ó alguno los indios por
los malos tractamientos. Pero mejor preguntados deben ya de estar,
porque todos son muertos. Las Cédulas antiguas decian, que se los
encomendaba para que se sirviesen dellos en sus granjerías y minas,
y que los enseñasen en las cosas de nuestra sancta fe católica, pero
estotras, ordenadas por el Consejo, añidian, «y sea á cargo de vuestra
conciencia y no de la de Sus Altezas ni de la mia, ó con ésto descargo
la conciencia de Sus Altezas, y la mia en su nombre»; y con estas
palabras creian los insensibles que quedaban las tiranías y muerte de
los indios justificadas y sanctificadas, y su conciencia y la del Rey
salvas y excusadas. Y llamo aquí la conciencia del Rey, la de los de
su Consejo, porque la de la misma persona real, yo no dudo sino que no
tuvo culpa alguna, porque hizo todo lo que en sí era, como arriba queda
declarado, y así fué, de todos estos errores y daños, excusado.
CAPÍTULO XX.
En el cual se contiene una grande ingrata inhumanidad que los
españoles, que iban á saltear hombres en las islas de los Lucayos, á
ciertas gentes de la tierra Florida, hicieron.--Y parece ser éstos
los primeros que aquella tierra descubrieron.--Y como Juan Ponce de
Leon fué á descubrir por lo más alto, y descubrió el cabo Grande de la
Florida, al cual le puso aquel nombre.--Y como fué á Castilla y vino
por Adelantado della y Gobernador, y al cabo murió miserablemente.
Dejemos agora por un rato perecer cada dia y cada hora los indios
desta isla, y de la de Sant Juan, y la de Jamáica (porque en la de
Cuba no habia áun entrado en este año de 11 la pestilencia de que
hablamos), con las leyes y aditamentos tan saludables, de que dijeron
los postreros consultores, juristas y teólogos, que con ellas quedaban
justas y moderadamente ordenadas las cosas destas Indias, afirmándolo
en Dios y en sus conciencias, y prosigamos en nuestra historia, lo
que por estos años sucedió en esta isla y en estas tierras. Por este
tiempo, aunque ya se andaba por el rebusco de las gentes yucayas,
de que mucho habemos arriba, en el libro II, hablado, cómo nuestros
españoles las vendimiaron, todavía, como vieron los vecinos desta isla
que los indios della se les acababan (pero no por eso de matar cesaban
los que se hallaban), con algunos dineros, que con la sangre de los
ya muertos habian allegado, se juntaban en compañía y armaban uno ó
dos navíos ó más, para ir á rebuscar los inocentes que por las isletas
donde moraban, escondidos por los montes, se habian del furor pasado
escapado. Entre otros, se juntaron siete vecinos de las villas de la
Vega y Sanctiago, á lo que creo, y de otros lugares, y no faltaban
mercaderes que les ayudaban, los cuales armaron dos navíos, metiendo
en cada uno 50 ó 60 hombres, en aquellas romerías bien ejercitados,
con sus bastimentos de pan, caçabí é carne, y sus pipas de agua,
con todo lo demas necesario. Salieron de Puerto de Plata, de donde
luégo, otro dia, ó poco más, llegan á las islas de los Lucayos, á las
cuales llegados, y buscadas muchas dellas con diligencia suma, pero
no hallaron nada, porque ya, los que ántes dellos por aquellas islas
habian andado, los habian todos acabado con la priesa que arriba, en el
libro II, queda bien demostrado; y porque les pareció que si se volvian
vacíos sin presa, no sólo perdian los dineros que habian gastado, y el
peligro, y trabajo, pero áun afrenta se les recrecia tornarse á esta
isla sin sacar fruto alguno de su viaje, acordaron de se ir hácia el
Norte á descobrir tierra, cuanto los bastimentos les durasen, y, si
la hallasen, hacer en ella algun buen salto, aunque despues negaban
que hobiesen navegado por su voluntad, sino que los habia forzado
una gran tempestad, y arrebatado la fuerza della, que les duró dos
dias, y que el postrero vieron cierta tierra á la cual se allegaron.
Esta, cierto, fué la tierra y costa de mar, de la que agora llamamos
la Florida, que debia estar de las islas de los Lucayos, de donde
salieron, obra de 150 leguas, por mucho que con la tormenta anduviesen,
y así sería la bahía que agora se llama de _Sancti Spiritus_, y desta
isla Española estará 230 leguas, ó poco más; y si fueron sin tormenta,
y por su voluntad, en dos dias con sus noches no andarian arriba de
80 leguas, y, por consiguiente, llegarian al cabo de Sancta Elena, ó
poco más, que es harto más cerca de acá. Llegados los navíos á tierra,
la cual hallaron poblatísima, y como la gente vido los navíos, corren
infinitos á la ribera de la mar espantados de ver los navíos y gente
en ellos tan de otra manera de sí, que nunca visto habian, que no se
hartaban de mirar. Salieron en tierra en sus barcas los nuestros, á los
cuales como vieron salir, huyen todos de miedo, sin quedar persona que
osase esperar. Siguieron ciertos mancebos más ligeros, y alcanzaron
un hombre y una mujer, que no corrian tanto; lleváronlos á los navíos
y vistieron sendas camisas, y diéronles de comer y otras cosillas de
Castilla, que fué como carne de buitrera, que suele bien pagar el
escote quien á comerla viene. Soltáronlos, llevándolos á tierra;
perdido el miedo fuéronse muy seguros y contentos. Llegados éstos á
donde la gente estaba, viéndolos así ataviados, confiando que todo
era oro lo que relucia, y que debia ser buena y pacífica gente la que
daba de lo que tenia, tórnanse sin miedo á venir todos seguros á la
playa. El Rey dellos envia luégo 50 hombres á los cristianos, cargados
de comida. Fueron algunos de los españoles al pueblo, recibiólos el
Rey con gran reverencia y placer, dáles personas que los acompañen y
guien para que vean los otros pueblos; donde quiera que llegaban, las
gentes, con presentes de comida y de lo que tenian, como á hombres
venidos del cielo, los salian á rescibir. Despues de andado por la
tierra algunos dias, y visto lo que habia en ella, y el ojo vivo á
si hallaran señal de oro acordaron nuestros españoles de pagarles la
posada y benigno rescibimiento en la moneda que en los Lucayos y en
otras partes lo solian hacer. Un dia, con astucia y mañas que tuvieron,
convidaron á mucha gente, hombres y mujeres, á que á los navíos fuesen;
ellos, con su simplicidad, esperando que serian tractados y hospedados
con la fidelidad que lo habian hecho, por ir á ver los navíos fué
tanta la jente que ocurrió, que no cabian en las barcas ó bateles, y
hechos muchos barcajes y caminos, hinchiéronse de jentes, de mujeres
y hombres, los dos navíos, y lo mismo hicieran si fueran ciento. Los
navíos así llenos, alzan las anclas y sueltan las velas, y viénense
camino desta isla, quitando los hijos á los padres, y las mujeres á los
maridos, y por el contrario, los maridos á las mujeres, y los padres á
los hijos; y desta manera dejaron aquella tierra, que tan amigablemente
los habian rescibido, con tanta inhumana é ingrata obra escandalizada y
agraviada, y con justa razon contra ellos hecha enemiga. Volviendo con
su tan bien ganada presa los dos navíos, apartado el uno del otro, sin
verse nunca más, pareció para testigo de su justicia; creyeron que por
ser viejo se habia perdido, pero mejor creyeran que el divino juicio,
por dalles luégo por tan gran maldad el castigo, quiso hundillo, y
dejó el otro para que fuesen manifiestas las facinerosas obras que
los españoles, contra estas inocentes naciones, perpetraban cada
dia. Llegó aquel navío á este puerto y ciudad de Sancto Domingo con
su presa, y sabido por los Jueces de apelacion, mostraron haber enojo
dello y reprendieron los tiranos raptores, pero no los hicieron cuartos
como merecian, porque su costumbre fué, ántes á los tales favorecer,
como parecerá, si Dios quisiere, que hacer justicia dellos; allende que
el uno dellos habia puesto en la compañía de los dos navíos, para ir
á robar yucayos, su parte, y ésto bastaba para que todo aquello y más
se disimulase, y verse há tambien la justicia que Dios hizo dél, quizá
por sólo ésto, porque fué á morir á la misma tierra, ó á la cercana
della, harto infelicemente; tractaron de los tornar á enviar á su
tierra en el navío que los habian traido, pero no les faltó achaques ó
inconvenientes que fingian para hacello, y bastaba, como dije, haber
tenido el uno de los Jueces, en el armazon y granjería de los navíos,
parte. Y es la verdad, que ya que vieron y cognoscieron la nefanda obra
é injusticia con que los habian traido, que los pusieran en libertad y
los ayudaran con casas y mantenimientos, y las otras cosas necesarias
con que viviesen, y pareciese que les hacian alguna enmienda, pero
no fueron dignos que acertasen alguna vez en hacer justicia y lo que
debian, sino siempre al revés, y en todo errasen; lo que hicieron,
para recompensa y consuelo de los que así habian sido agraviados, fué
repartillos á quien quisieron, y quizá todos se quedaron en sus casas,
mayormente del uno que puso la parte, como otras veces hicieron, para
que sirviesen en las minas y haciendas, donde de angustia y tristeza,
y trabajos no acostumbrados, en breve todos perecieron. Esta gente
era más blanca que los demas; las mujeres venian vestidas de cueros
de leones bien adobados, y los hombres, de otros animales. Deste
salto hace mencion Pedro Mártir, en la Década 7.ª capítulo 2.º, donde
da cuenta de muchas cosas que oyó referir por dichos de los indios
que de allí trujeron; así de las costumbres y ritos de las gentes de
allí, como de la calidad de la tierra y cosas que en ella habia, en
especial perlas. Al olor, por ventura, desta nueva, en este tiempo, al
principio del año de 511, debió moverse Juan Ponce de Leon, algunas
veces nombrado, y el que arriba en el libro II dijimos que habia
sido el primero que habia ido á inquietar y tiranizar los vecinos
naturales de la isla de Sant Juan, porque como el almirante D. Diego
Colon le hobiese quitado la gobernacion de aquella isla y puesto otro
Gobernador, y se hallase rico de los sudores, sangre y angustias de
tantos hombres y gentes que habia tenido en servidumbre, así en esta
isla, en la provincia de Higuey, como en la dicha isla de Sant Juan,
fué necesario que para que mostrase Dios la justicia y razon con que lo
habia todo hecho y ayudado á hacer, emprendiese negocio y empresa donde
malgastase lo robado y en muchos dias amontonado, y al cabo, con mala
muerte, feneciese. Este armó dos navíos bien proveidos y aparejados
de gente, que por la mayor parte, para descubrir, son marineros, y
bastimentos de las otras cosas necesarias, y viniendo hácia el Norte
desta isla Española, pasando las islas de los Lucayos, quiso tomar más
arriba á mano izquierda del viaje que los dichos dos navíos habian
llevado, y á pocos dias vido tierra, y ésta fué un cabo muy grande
que sale á la mar del Norte, hácia el Sur, más de noventa leguas de
toda la otra tierra, el cual hace el estrecho que llamamos agora la
canal de Bahama, entre él y la isla de Cuba; luégo, como la vido,
llegóse á reconoscella y púsole por nombre la tierra Florida, porque
debiera parecerle fresca y florida como esté en 25° de la equinocial,
como lo están las islas dichas de los Lucayos, que son fresquísimas
y felicísimas. Esta misma tierra llamó el mismo Juan Ponce Bimine,
no supe de dónde ó por qué causa tal nombre le puso, ó de dónde le
vino, ó si la llamaron así los indios, porque no creo que saltó en
tierra ni tuvo deste viaje habla con indios. Descubierta esta tierra,
tornóse á la isla de Sant Juan, donde tenia sus haciendas, y de allí
fué á Castilla y pidió al Rey merced, por el descubrimiento de nueva
tierra que habia hecho, le hiciese Adelantado de Bimine y le diese la
gobernacion della, porque él á su costa la queria poblar, con otras
más preeminencias y provechos que debiera de pedir, como hombre acá
experimentado, que yo no supe; lo cual, todo le concedió el Rey. Tornó
de Castilla muy favorecido con título de Adelantado y Gobernador de
Bimine, que él llamó por otro nombre la Florida, y que agora llamamos
tambien Florida, aunque deste nombre decimos toda la tierra y costa de
la mar que comienza desde aquel cabo grande que él descubrió, hasta
la tierra de los Bacallaos, y por otro nombre la tierra del Labrador,
que no está muy léjos de la isla de Inglaterra. Llegado á la isla de
Sant Juan, tomó de allí de sus haciendas todo lo que habia menester y
vínose á esta isla y puerto de Sancto Domingo, donde se rehizo de gente
y navíos. Partióse deste puerto en el año de 512, y váse á su Bimine, y
queriendo entrar en la tierra como habia entrado en estas islas, y las
nuevas del salto que hicieron más abajo, en la misma tierra, los que
habemos dicho, que debieran todas aquellas regiones de haber cundido
y alborotado, los de Bimine defendieron su patria cuanto pudieron,
y, peleando con sus pocas armas y flacas fuerzas, entre los primeros
hirieron con una flecha al Juan Ponce, Adelantado y Gobernador. Parece
que aunque no tienen hierba ponzoñosa por aquella tierra, fué la herida
en tal lugar, que juzgó de sí mismo tener peligro, por lo cual mandó
que todos se recogiesen á los navíos, y dejasen la tierra y lo llevasen
á la Isla de Cuba, que era la tierra más propincua de donde estaban.
En llegando á ella, y creo, si no me he olvidado, al puerto que hoy se
llama del Príncipe, que es en la dicha isla, pasó desta vida puesto en
tanto trabajo; y por esta manera perdió el cuerpo, gastó gran suma de
pesos de oro, que, como dije, habia allegado con muchas muertes y vidas
dolorosas y amargas de indios, y padeció trabajos muy grandes yendo y
viniendo á Castilla, y á descubrir, y á querer poblar, y el ánima no
sabemos cómo le ha ido. Y así feneció el adelantamiento de Bimine con
todo lo demas.
CAPÍTULO XXI.