y de lo que en sí contenia, como está declarado, consiguientemente
se sigue deber decir lo que concierne á la gente de que la hallamos
poblada. Las gentes que primero la poblaron eran las mismas que tenian
las islas de los Lucayos pobladas, gentes simplicísimas, pacíficas,
benignas, desnudas, sin cuidado de hacer mal á nadie, ántes bien, unas
á otras, como parece asaz claro en el libro I, cuando las descubrió
y anduvo entre ellas muchos dias el primer Almirante, se favorecian.
Despues pasaron desta isla Española alguna gente, mayormente despues
que los españoles comenzaron á fatigar y á oprimir los vecinos
naturales desta, y, llegados en aquella, por grado ó por fuerza en
ella habitaron, y sojuzgaron por ventura los naturales della, que,
como dije arriba, llamábanse cibunéyes, la penúltima luenga, y, segun
entónces creimos, no habia cincuenta años que los desta hobiesen pasado
á aquella isla. Finalmente, la gente que hallamos en ella era poco más
ó poco ménos como la de ésta, escepto la de los dichos cibunéyes, que,
como dije, muy modesta y simplicísima. Tenian sus Reyes y señores, y
sus pueblos de 200 y 300 casas, y en cada casa muchos vecinos, como
acostumbraban los desta isla. Vivian todos pacíficos, no me acuerdo
que oyésemos ni sintiésemos que unos pueblos contra otros, ni señores
con otros, tuviesen guerra. Estaban, como dije, abundantísimos de
comida y de todas las cosas necesarias á la vida; tenian sus labranzas,
muchas y muy ordenadas, de lo cual, todo tener de sobra y habemos con
ello matado la hambre, somos oculares testigos. Tambien dije que sus
bailes y cantos eran más suaves y mejor sonantes, y mas agradables
que los desta isla. La religion que tenian ninguna era, porque ni
tenian templos, ni ídolos, ni sacrificios, ni cosa que cerca desto
pareciese á idolatría, sólo tenian los sacerdotes, ó hechiceros, ó
médicos que en nuestra Apologética Historia dijimos tener las gentes
desta isla, los cuales se cree que hablaban con los demonios, ó los
demonios les declaraban sus dudas y les daban, de lo que pedian,
respuestas. Y para ser dignos de aquella vision ó comunicacion
diabólica, desta manera que diremos se disponian: ayunaban tres y
cuatro meses, y más, continuos, que cuasi cosa no comian, si no era
cierto zumo de hierbas que sólo bastaba para no espirar y salírseles
el ánima, despues que así quedaban flaquísimos y macerados, eran ya
dignos y aptos para que les apareciese aquella vision infernal, y
con ellos comunicase, y apareciéndoles, notificaba si habia de haber
buenos ó malos temporales, si enfermedades, si hijos les nacerian ó
vivirian los ya nacidos, y otras cosas que le preguntaban; y estos
eran sus oráculos, como fué costumbre en todas las naciones del mundo,
que carecieron del cognoscimiento del verdadero Dios, tener ciertos
hechiceros ó sacerdotes, hombres ó mujeres, que llamaban pythios ó
pythias, que de tal manera tenia pacto con el diablo, que, ó se le
revestia en el cuerpo, ó le aparecia en alguna manera ó forma, del
cual tenian sus respuestas, y sabian las cosas por venir que los
demonios podian saber por vía natural ó experiencia, como que desde á
tantos dias lloveria ó cosas semejantes. Y es de saber, que siempre
los demonios tuvieron industria de ganar algunas personas en toda la
gentilidad, que tenian por principales ó inmediatos ministros, con
los cuales engañaban á toda la otra gente, y estos escogian segun las
inclinaciones cognoscian tener para las supersticiones más aparejadas,
á los cuales por diversas vías, permitiéndolo Dios por sus pecados,
engañaban y ganaban, y despues obligábanlos con pacto expreso ó tácito
de serles subjectos y obedientes, y los demonios á ellos, para hacer
lo que les mandasen. Desto hablamos muy largo en nuestra Historia
Apologética, descubriendo grandes cautelas de los demonios, astucias
y engaños con que señorearon por esta vía todo el linaje humano. Así
era en estas gentes, de gracia y de doctrina, como todas las otras
del mundo, desmamparadas, y por medio destos, que los indios llamaban
en la lengua desta Española y de Cuba behíques, la media sílaba
luenga, debian sembrar en toda la otra gente muchas supersticiones y
agorerías, y ramos, ó señales de idolatría, que nosotros por aquellos
tiempos de escudriñarlo no curamos, y así los tuvieron en esta isla
Española, como en el susodicho libro declaramos. Hacíanse aquellos
behíques ó hechiceros, médicos, y curaban soplando, y con otros actos
exteriores, y hablando entre dientes algunas palabras. De cualquiera
destas supersticiones, y de tener respuestas del demonio echan luégo
mano los españoles para blasfemar destas gentes, y piensan que por
aquellas supersticiones tienen mayor derecho á roballas oprimillas y
matallas, lo cual les proviene por grande ignorancia de la ceguedad
y errores, supersticiones y idolatría de la gentilidad antigua, en
las cuales no estuvo ménos zabullida España, y á aquella ignorancia
no faltó ni falta en los nuestros malicia grande, que la acompaña,
por justificar sus crueles obras si pudiesen algo; y sepan lo que
debian de considerar, que donde quiera que doctrina y la palabra de
Dios falta, por muy políticos, y sábios, y áun cristianos que sean
los hombres, se olvidan y depraban, y hallarán por experiencia que en
los pueblos donde hay frecuencia de sermones, la gente suele haber
morigerada, compuesta y bien ordenada, y donde más mucho más; por el
contrario, donde hay pocos ó ningunos, verán los hombres, por la mayor
parte, sueltos, descompuestos, desbaratados en las costumbres, y poco
á poco se tornan insensibles para las cosas espirituales como animales
y brutales, y así, una de las mayores plagas y azotes que Dios suele
dar á los pueblos, que determinan desmampararse de la palabra de Dios
es de sermones privallos, y así lo amenaza Dios por los profetas:
_Mittant famem in terram, non famem panis sed audiendi verbum Dei_,
etc. Así que, ninguno se maraville ni haga contra estas gentes ascos,
porque, donde quiera que gracia y doctrina falta, no hay causa de
nos maravillar de los defectos y pecados que tienen y hacen, sino
de los que no tienen y no hacen hay razon y materia de nos espantar.
Cognoscimiento tenian estas gentes de Cuba, de que habia sido el cielo
y las otras cosas criadas, y decian que por tres personas, y que la
una vino de tal parte, y la otra de tal, con otras patrañas; yo les
decia que aquellas tres personas eran un verdadero Dios en Trinidad,
etc. Tuvieron noticia grande del Diluvio, y que se habia perdido el
mundo por mucha agua. Decian los viejos de más de setenta años, que un
hombre, sabiendo que habia de venir el Diluvio, hizo una nao grande, y
se metió en ella con su casa, y muchos animales, y que envió un cuervo,
y no volvió por comer de los cuerpos muertos, y despues envió una
paloma, la cual volvió cantando y trujo una rama con hoja que parecia
de hovo, pero que no era hovo; el cual salió del navío, y hizo vino
de las parras monteses que hay en Cuba, y se embriagó, y teniendo dos
hijos, el uno se rió y dijo al otro, echémonos con él, pero el otro le
riñó y cubrió al padre; el cual, despues de dormido el vino y sabida la
desvergüenza del hijo, lo maldijo, y al otro dió bendiciones, y que de
aquel habian procedido los indios destas tierras y por eso no tenian
sayos ni capas, pero los españoles, del otro que no se rió, por lo cual
andaban vestidos y tenian caballos. Esto refirió un indio viejo de
más de setenta años, á un español llamado Gabriel de Cabrera, porque
un dia, riñendo con él y llamándole perro, respondió el indio: «¿Por
qué me riñes y llamas perro? ¿Por ventura, no somos hermanos todos?
¿Vosotros no procedeis del un hijo de aquel que hizo la nao grande por
salvarse del agua, y nosotros del otro?» Esto refirió despues el mismo
indio delante de muchos otros españoles, publicado por el dicho Cabrera
su amo, y el mismo Cabrera me lo dijo á mí, despues muchos años, haber
así acaecido; era hombre prudente y honrado. Cerca de las costumbres
y leyes que tenian, como duraron poco por la causa que los desta isla
Española, ni los primeros que allí fuimos, ni los que despues aquella
isla asolaron no entendimos dellas nada. Lo que podemos con más
seguridad dellos juzgar es, que pues los hallamos en sus pueblos, y
con sus señores y Reyes pacíficos y ordenados, que, _manu regia_, como
antiguamente se rigieron sin leyes, al principio, los romanos, por
alvedrío y prudencia del Rey, así estos debian en aquella isla entre
sí, en justicia y paz, ser gobernados. Y éste es muy claro y averiguado
argumento, y señal de haber justicia y ejercicio della en algun reino,
ciudad ó pueblo, ó de la gente ser en sí virtuosa, cuando entre los
vecinos hay paz, y cada uno vive y está contento con lo suyo porque sin
justicia, segun el Filósofo y Sant Agustin, en el libro II, capítulo
21, _De Civitate Dei_, ninguna comunidad de gente junta, aunque sea
en una casa, puede permanecer ni mucho durar. Pues como estas gentes
desta isla y de la de Cuba, y de todas estas Indias, las hayamos
hallado vivir en pueblos y en ayuntamientos grandes, como lugares y
ciudades, aunque más dellos no sepamos, podemos razonablemente juzgar
que, ó eran con justicia por sus mayores gobernadas, ó que de su propia
y natural condicion vivian cada uno sin ofensa y daño de los demas.
Como dijimos en nuestra Apologética Historia, las gentes destas cuatro
islas, Española, Cuba, Sant Juan y Jamáica, y las de los Lucayos,
carecian de comer carne humana, y del pecado contra natura, y de hurtar
y otras costumbres malas; de lo primero ninguno dudó hasta hoy, de lo
segundo, tampoco aquellos que tractaron y cognoscieron estas gentes,
solamente Oviedo que presumió de escribir historia á lo que nunca vió,
ni cognosció, ni vido algunas destas, las infamó deste vicio nefando,
diciendo que eran todos sodomitas, con tanta facilidad y temeridad,
como si dijera que la color dellas era un poco fusca, ó morena más que
la de los de España. Es verdad, lo que aquí digo, que por muchos años
que en esta isla estuve, y vide, y cognoscí las gentes della, y tracté
con los españoles y con religiosos, y españoles que con el primer
Almirante la primera vez vinieron, y con mi mismo padre que con él
entónces vino, y que nunca jamás oí ni sospeché, ni sentí que hombre
hablase, ni sospechase, ni sintiese dellas cosa deste vicio, más que se
habla, ni entiende, ni se siente, ni sospecha de los de España que son
los nuestros, ántes oí decir algunas veces á los mismos españoles que
los oprimian y acabaron de matar, «¡oh, qué gente tan bienaventurada
era ésta si fueran cristianos!» cognosciendo la bondad natural que
tenian y carecian de vicios; y despues, mirando yo de propósito en
ello, y preguntando á personas que pudieran saber ó sospechar algo
dello, si lo hobiera, y me fué siempre respondido, que ninguna memoria
ni sospecha se tuvo desto. Y entre otras personas fué una mujer vieja,
india, Cacica ó señora, que habia sido casada con un español de los
primeros en esta isla, estándola yo confesando, miré en preguntarle si
ántes que los españoles á esta isla viniesen habia entre los hombres
alguna costumbre, ó mácula deste vicio, y me respondió: «Padre, no,
porque si la hobiera entre los indios, las mujeres, á bocados, los
comiéramos y no quedara hombre dellos vivo.» En la isla de Cuba, cuando
allí fuimos, hallamos un indio sólo que traia unas naguas, que es
vestidura de mujeres, con que se cubren desde la cinta á la rodilla,
de lo cual tuvimos alguna sospecha si habia algo de aquello, pero no
lo averiguamos, y pudo ser que por alguna causa, aquel ó otros, si
quizá los habia, se dedicasen á hacer oficios de mujeres y trujese
aquel vestido, no para el detestable fin, de la manera que refiere
Hipócrates y Galeno, que hacen algunas gentes cithias, los cuales por
andar mucho á caballo, incurren cierta enfermedad, y para sanar della
sángranse de ciertas venas, de donde finalmente les proviene á que
ya no son hombres para mujeres, y, cognosciendo en sí aquel defecto,
luégo mudan el hábito, y se dedican, ofrecen y ocupan en los oficios
que hacen las mujeres, y no para otro mal efecto, así pudo ser allí,
é en otras partes destas Indias donde aquellos se hallasen, ó por
otras causas, segun sus ritos y costumbres, y no para fin de aquellas
vilezas. Afirmar, pues, como hace Oviedo que todos eran sodomitas
los que aquella y desta isla, bien creo, que de haberlo escripto,
donde quiera que hoy está le pesa, y plega á Dios que sea pesar con
fruto de conciencia; levantóles á estos destas islas y á otros muchos
destas Indias, falsísimos testimonios, cierto, infamándolos de grandes
pecados y de ser bestias, porque nunca abrió la boca, en tocando en
indios, sino para decir mal dellos, y estas infamias han volado cuasi
por todo el mundo, como há dias que temerariamente publicó su falsa
historia, dándole el mundo crédito, el cual él no merecia por sus
falsedades grandes y muchas que dijo destas gentes, pero el mundo no
considera más de que se ponga en molde, cualquiera que sea, con que
tenga cosas nuevas y sabrosas, ó conformes á lo que para sostener los
suyos mundanamente desea, y porque costumbre vieja suya es rescibir é
creer más fácilmente lo malo que lo bueno. Puesto que si la historia
de Oviedo llevara en la frente escripto como su autor habia sido
conquistador, robador y matador de los indios, y haber echado en las
minas gentes dellos, en las cuales perecieron, y así ser enemigo cruel
dellos, como se dirá, y él mismo lo confiesa, al ménos entre los
prudentes y cristianos cuerdos, poco crédito y auctoridad su historia
tuviera.
CAPÍTULO XXIV.
Era gente pacífica, como dije, y benigna la de Cuba como la desta isla
Española, y creo que podia decir que á la desta, en ello, excedia,
puesto que no se qué mayor señal de benignidad puede decirse que la
que al Almirante primero, y á los primeros cristianos que con él,
al descubrimiento desta tierra, vinieron, el rey Guacanagarí en su
hospedaje y tractamiento, por muchos dias, como en el libro I dijimos,
hizo. Igual desta parece la benignidad y caritativo acogimiento, que
los vecinos de la provincia ó pueblo de Cueyba, en la isla de Cuba,
hicieron à Alonso de Hojeda y á su compañía, cuando salieron de la
gran ciénaga cuasi muertos, como en el libro II, capítulo 60, se dijo,
donde los pudieran matar á todos sin que hobiera memoria dellos, como
lo pudiera hacer el dicho Rey Guacanagarí al Almirante viejo cuando
se le perdió la nao en aquel puerto que llamó de la Navidad. Lo
mismo hicieron los mismos indios vecinos de la dicha isla de Cuba al
bachiller Anciso, y á Çamudio y á Valdivia, cuando vino echado Anciso
de tierra firme, como se dirá, con un navío y ciertos marineros, harto
sólo y desbaratado, y en especial le fué hecho amorosísimo acogimiento
por un gran señor y Rey de la provincia ó pueblo que se llamaba Macáca,
la media sílaba luenga, que es á la costa de la mar del Sur, y tiene
un puerto 15 ó 20 leguas del de Santiago, si no me he olvidado. Este
Rey ó Cacique se nombró el Comendador, la razon de su nombre diremos
luégo, el cual hizo y su gente, á Anciso y á los que con él venian,
tantas y tales obras, que en su misma casa no le fueran hechas mejores.
Y otros españoles habian venido ántes por allí, (porque todos los
desbaratados que venian de tierra firme aportaban á aquella isla), que
habian rescibido las mismas; de los cuales se quedó un marinero en
aquel pueblo de aqueste señor, enfermo, por no estar para pasar con
los demas en canoas, á lo que creo, á esta isla. Este marinero, con
lo que sabia de cristiano, aprendido algo de aquella lengua, enseñó
al Cacique y á su gente algunas cosas de Dios, en especial los impuso
en devocion de Nuestra Señora, diciendo que era Madre de Dios, y que
habia quedado despues del parto vírgen, mostrándoles una imágen de la
Vírgen que en papel traia, la cual le pidió el Cacique, y recitábales
muchas veces el Ave-María. Inducióle que hiciese hacer una iglesia como
casa de Nuestra Señora, la cual hicieron y un altar en ella; la cual,
luégo adornaron con cosas hechas de algodon, segun que mejor pudieron.
Pusiéronle muchas vasijas de comida y de agua, creyendo que de noche ó
de dia, si tuviese hambre, comeria; enseñóles como á las mañanas y á
las tardes fuese el Cacique y los vecinos á saludar á Nuestra Señora,
diciendo la oracion angélica. El Rey y todos entraban en la iglesia
y se hincaban de rodillas, las cabezas bajas, juntas las manos, muy
humildes, diciendo: «Ave-María, Ave-María, Sancta María, ayúdanos»
porque más adelante destas palabras, si no eran pocos, de coro aprender
no podian. Quedóles esta costumbre despues que el marinero sanó y se
pasó á esta isla, que no pasaba dia que su devocion y oraciones no
proseguian; y cuando llegó el bachiller Anciso y los que con él iban,
luégo el Cacique y Rey Comendador los tomó por la mano con grande
alegría y llevó á la iglesia, señalándoles con el dedo la imágen,
diciendo que aquello era gran cosa, y que la querian mucho porque era
la Madre de Dios, Sancta María. Fué inestimable la devocion que el
Cacique y toda su gente tuvieron á Nuestra Señora, en cuyo honor lo
compusieron cantares y bailes, repitiendo en ellos muchas veces Sancta
María; y, segun Anciso referia, vieron patentes milagros que Nuestra
Señora con ellos hizo, de donde procedió devocion á otros pueblos con
quien tuvieron ciertas pendencias, segun dijo Anciso. Hace mencion de
todo ésto Pedro Mártir, en su Década segunda, cap. 6.º, escribiéndolo
al Papa Leon X, habiéndolo oido en Valladolid del mismo Anciso. El
cual dice al Papa por estas palabras en el fin de aquella epístola:
_Hæc volui, Beatissime Pater, de incolarum religione recensuisse, quæ,
non ab Anciso solum verum et a pluribus aliis auctoritate pollentibus
viris, scrutatus sum, que intelligat Beatitudo tua quam docile sit hoc
genus hominum, quamque facilis pateat eis ad nostræ religionis ritus
imbuendos aditus. Nequeunt ista fieri repente; paulatim ad Christi
legem Evangelicam, in cujus culmine sedes, trahentur omnes, et tui
gregis oves multiplicatas in dies magis ac magis, Beatisime Pater
intelliges._ El nombre del Cacique, Comendador, lo hobo desta manera,
que como de los españoles que por allí venian supiese que era bien
ser cristiano baptizándose, y pidiese el baptismo, no supe quién lo
baptizó, mas de que cuando el nombre se le habia de dar, preguntó que
cómo se llamaba el señor grande de los cristianos que aquesta isla
Española gobernaba; dijéronle que se llamaba el Comendador, y entónces
dijo que aquel queria que fuese su nombre; de donde parece, que en
tiempo del Comendador Mayor de Alcántara, que gobernó esta isla, fué
aquél Cacique cristiano, y ésto no parece que pudo ser sino el año de
508, y por Sebastian de Ocampo, que envió el dicho Comendador Mayor á
que bojase y rodease aquella tierra de Cuba, porque áun no se sabia
si era isla ó tierra firme, porque ántes del año de 8, ninguno llegó
por allí, si no fué cuando la quiso rodear, el año de 4, el Almirante,
si quizá llegó allí entónces y lo hizo baptizar, porque llevaba
consigo clérigo capellán, y le hizo poner otro nombre y despues tomó
el del Comendador Mayor de Alcántara, pero creo que no, porque por
allí tuvo muchos trabajos de tormentas y vientos contrarios. Despues
del año de 8, ya no habia Comendador Mayor en esta isla, sino el
segundo Almirante; pudo tambien ser, que alguno de los que venian de
tierra firme, despues del año de 509, clérigo, y áun quizá seglar,
se atrevió á baptizarlo y ponelle aquel nombre por ser aficionado al
dicho Comendador Mayor. Por las cosas ya dichas de la benignidad y
buen tratamiento que los indios, vecinos de aquella isla de Cuba, con
Hojeda y con Anciso usaron, y así tambien con los de ántes ó despues
destos españoles que por aquella isla de tierra firme pasaron, parece
claro ser falso lo que refiere allí Pedro Mártir, conviene á saber,
que cuando llegaron á aquella isla Colmenares y Caicedo, procuradores
que los del Darien á Castilla enviaron, hallaron la carabela en que
Valdivia habia venido, cuando lo envió Vasco Nuñez la segunda vez á
esta isla Española, como se dirá, en la costa de la mar, hecha pedazos
en el agua, y juzgaron que los indios los habian muerto, la cual pudo
perderse como se perdió, segun diremos, en la mar, y ahogarse todos,
y despues echar la tormenta donde la hallaron. Cuanto más, que si á
aquellos mataran, y los de Cuéyba mataran á Hojeda y á los demas, y el
Comendador y su gente hicieran pedazos á Anciso y á los de su compañía,
y á todos los que ántes destos por allí pasaron, justamente lo hacian,
como á gente de cruel y tiránica infamada, y de quien sabian que
habian destruido esta isla Española, y tantas islas de los Lucayos, de
todos los cuales se habian ido huyendo á aquella isla de la tiránica y
horrible servidumbre con que los oprimian y mataban, como en el libro
precedente, cap. 60, fué declarado, y así podian racionabilísimamente
temer que á ellos les habian de hacer otro tanto, como lo hicieron
al cabo, hasta que, como á ésta, toda la despoblaron, y, pues no lo
hicieron pudiéndolo hacer tan á su salvo, señal es que pudo ser que ni
á Valdivia ni á Nicuesa, como algunos tambien pensaron, los de Cuba
mataron. Dice allí tambien Pedro Mártir, que como no hallaron cuerpo
ninguno, que los matadores los debian de haber echado en la mar, ó dado
á los caribes que comen carne humana, que por allí debian de navegar;
pero ésto no tiene señal de verdad, porque nunca jamás se halló que los
caribes, si los hay, descendiesen tanto abajo de sus islas, que son
las de Guadalupe y Dominica, que están más al Oriente que la de Sant
Juan, y áun á esta Española creo que no bajaban sino quizá de cuando
en cuando, y los que informaban desto á Pedro Mártir hablaban lo que
no sabian, sino lo que se les figuraba ó antojaba. Oviedo dice muchas
cosas, como suele, que no vido, de costumbres malas de la gente de
aquella isla, que ni yo supe, que fuí de los primeros y estuve allí
algunos años, ni jamás oí á hombre que lo alcanzase; porque, como está
dicho y se dirá, fué tan presta y violenta la destruccion de aquella
isla, que no fué posible los indios usar cosa de las que dice, ni los
españoles verlo para lo alcanzar, porque despues que allí entramos
nunca tuvieron un dia de alivio, sino que toda su ocupacion era en los
trabajos que los mataban, y la hora que dellos cesaban no tenian otro
cuidado que lamentar y gemir su desventura y calamidad. Dice Oviedo
que cuando alguno se casaba, señor ó principal, ó de los plebeyos y
bajos, todos los convidados, primero que el novio, habian de tener con
la novia mala parte; yo creo que el que lo dijo á Oviedo no le dijo
verdad, porque nunca hobo tiempo para que aquello de los indios se
alcanzase. Y si verdad fuese, naciones hobo entre las antiguas, que
vivian sin cognoscimiento de Dios, que acostumbraron lo mismo, como á
la larga en nuestra Apologética Historia mostramos. Y por ésto no es
de maravillar que quien carece de doctrina y de gracia caiga en estos
defectos y en otros mayores y más.
FIN DEL TOMO TERCERO.
ÍNDICE.
Páginas.
ADVERTENCIA PRELIMINAR V
ARGUMENTO DEL LIBRO SEGUNDO IX
FACSÍMILE XII
LIBRO SEGUNDO.--Capítulo I. 1
Cap. II. 10
Cap. III. 17
Cap. IV. 22
Cap. V. 28
Cap. VI. 33
Cap. VII. 40
Cap. VIII. 44
Cap. IX. 50
Cap. X. 56
Cap. XI. 60
Cap. XII. 64
Cap. XIII. 70
Cap. XIV.--En el cual se prosiguen la quinta y las otras tres
partes de la carta de la Reina, de que mal usó el Comendador
Mayor, en perdicion de los indios 76
Cap. XV. 84
Cap. XVI. 89
Cap. XVII. 93
Cap. XVIII. 97
Cap. XIX. 103
Cap. XX. 108
Cap. XXI. 112
Cap. XXII. 118
Cap. XXIII. 122
Cap. XXIV. 126
Cap. XXV. 130
Cap. XXVI. 134
Cap. XXVII. 138
Cap. XXVIII. 143
Cap. XXIX. 147
Cap. XXX. 153
Cap. XXXI. 158
Cap. XXXII. 162
Cap. XXXIII. 168
Cap. XXXIV. 173
Cap. XXXV. 177
Cap. XXXVI. 182
Cap. XXXVII. 186
Cap. XXXVIII. 194
Cap. XXXIX. 199
Cap. XL. 204
Cap. XLI. 208
Cap. XLII. 214
Cap. XLIII. 220
Cap. XLIV. 225
Cap. XLV. 230
Cap. XLVI. 234
Cap. XLVII. 237
Cap. XLVIII.--En el cual se prosiguen las declaraciones del
Consejo, en Sevilla y en la Coruña 243
Cap. XLIX. 248
Cap. L. 252
Cap. LI. 257
Cap. LII. 262
Cap. LIII. 269
Cap. LIV. 273
Cap. LV. 280
Cap. LVI. 286
Cap. LVII. 289
Cap. LVIII. 294
Cap. LIX. 298
Cap. LX. 303
Cap. LXI. 308
Cap. LXII. 312
Cap. LXIII. 317
Cap. LXIV. 325
Cap. LXV. 329
Cap. LXVI. 334
Cap. LXVII. 340
Cap. LXVIII. 344
LIBRO TERCERO.--Capítulo I. 351
Cap. II. 357
Cap. III. 361
Cap. IV. 365
Cap. V. 370
Cap. VI. 376
Cap. VII. 381
Cap. VIII. 386
Cap. IX. 391
Cap. X. 397
Cap. XI. 403
Cap. XII. 410
Cap. XIII. 417
Cap. XIV.--En el cual se prosigue la declaracion de algunos
puntos del prólogo de las leyes 422
Cap. XV.--En el cual se comienzan á referir las leyes, y á
notar los defectos, y puntos, y males que contienen, etc. 428
Cap. XVI.--En el cual se prosigue la relacion y declaracion de
los defectos que tuvieron las dichas leyes 434
Cap. XVII. 439
Cap. XVIII. 446
Cap. XIX. 450
Cap. XX.--En el cual se contiene una grande ingrata inhumanidad
que los españoles, que iban á saltear hombres en las islas
de los Lucayos, á ciertas gentes de la tierra Florida,
hicieron.--Y parece ser éstos los primeros que aquella tierra
descubrieron.--Y como Juan Ponce de Leon fué á descubrir por
lo más alto, y descubrió el cabo Grande de la Florida, al
cual le puso aquel nombre.--Y como fué á Castilla y vino por
Adelantado della y Gobernador, y al cabo murió miserablemente
456
Cap. XXI. 462
Cap. XXII. 467
Cap. XXIII. 474
Cap. XXIV. 481
FOOTNOTES:
[1] Lo que está dentro del paréntesis se halla al márgen, de puño y
letra de Las Casas.
[2] Hasta aquí, desde «De diferente manera», es de letra de Las Casas,
y no pueden leerse las últimas palabras por haber sido cortadas al
encuadernar el libro.
[3] Y este fué el varon sancto fray Pedro de Córdoba, como se dijo.
(_Nota al márgen, de letra de la época, pero no de Las Casas._)
[4] Y estos eran los tiranos que pretendian tener los indios por
siervos, y que habian hecho las leyes. (_Nota al márgen, de letra de la
época, pero no de Las Casas._)