Publicaron ellos luégo, ó dellos algunos, que dejaban concertado con

el Vicario y con los demas, que el domingo siguiente, de todo lo

dicho se habia de desdecir aquel fraile; y para oir aqueste sermon

segundo, no fué menester convidallos, porque no quedó persona en toda

la ciudad que en la iglesia no se hallase, unos á otros convidándose,

que se fuesen á oir aquel fraile, que se habia de desdecir de todo

lo que habia dicho el domingo pasado. Llegada la hora del sermon,

subido en el púlpito, el tema que para fundamento de su retractacion y

desdecimiento se halló, fué una sentencia del Sancto Job, en el cap.

36, que comienza: _Repetam scientiam meam á principio, et sermones

meos sine mendatio esse probabo_. Tornaré á referir desde su principio

mi sciencia y verdad, que el domingo pasado os prediqué, y aquellas

mis palabras, que así os amargaron, mostraré ser verdaderas. Oido

éste su tema, ya vieron luégo los más avisados á dónde iba á parar,

y fué harto sufrimiento dejalle de allí pasar. Comenzó á fundar su

sermon y á referir todo lo que en el sermon pasado habia predicado,

y á corroborar con más razones y autoridades lo que afirmó, de tener

injusta y tiránicamente aquellas gentes opresas y fatigadas, tornando á

repetir su sciencia, que tuviesen por cierto no poderse salvar en aquel

estado, por eso, que con tiempo se remediasen, haciéndoles saber que

á hombre dellos no confesarian, más que á los que andaban salteando,

y aquello publicasen y escribiesen á quien quisiesen á Castilla; en

todo lo cual, tenian por cierto que servian á Dios, y no chico servicio

hacian al Rey. Acabado su sermon fuése á su casa, y todo el pueblo en

la iglesia quedó alborotado, gruñendo, y muy peor que ántes indignado

contra los frailes, hallándose, de la vana é inícua esperanza que

tuvieron, que se habia de retractar de lo dicho, defraudados, como si

ya que el fraile se desdijera, la ley de Dios, contra la cual ellos

hacian en oprimir y estirpar estas gentes, se mudara. Peligrosa cosa

es, y digna de llorar mucho de los hombres que están en pecados,

mayormente los que con robos y daños de sus prójimos han subido ó

mayor estado del que nunca tuvieron, porque más duro les parece, y áun

lo es, decaer dél, que echarse de grandes barrancos abajo; yo añido,

que es imposible dejallos por vía humana, si Dios no hace grande

milagro; de aquí es tener por muy áspero y abominable oirse reprender

en los púlpitos, porque miéntras no lo oyen, paréceles que Dios está

descuidado, y que la ley divina es revocada, porque los predicadores

callan. Desta insensibilidad, peligro y obstinacion y malicia, más

que en otra parte del mundo, ni género de gente, consumada, tenemos

ejemplos sin número y experiencia ocular, en estas nuestras Indias,

padecer cada dia la gente, de nuestra España. Tornando al propósito,

salidos de la iglesia furibundos, é idos á comer, tuvieron la comida no

muy sabrosa, sino, segun que yo creo, más que amarga; no curan más de

los frailes, porque ya tenian entendido que hablar en ésto con ellos

les aprovecha nada. Acuerdan, con efecto, escribillo al Rey en las

primeras naos, como aquellos frailes que á ésta isla habian venido,

habian escandalizado al mundo sembrando doctrina nueva, condenándolos á

todos para el infierno, porque tenian los indios y se servian dellos en

las minas y los otros trabajos, contra lo que Su Alteza tenia ordenado,

y que no era otra cosa su predicacion, sino quitalle el señorío y las

rentas que tenia en estas partes. Estas cartas, llegadas á la córte,

toda la alborotaron; escribe el Rey y envió á llamar al Provincial de

Castilla, que era el Prelado de los que acá estaban, porque aún no

era ésto provincia por sí, quejándose de sus frailes que acá habia

enviado, que le habian mucho deservido en predicar cosas contra su

estado, y alboroto, y escándalo de toda la tierra, grande, que luégo

lo remediase, si nó que él lo mandaria remediar. Veis aquí, cuán

fáciles son los Reyes de engañar, y cuán infelices se hacen los reinos

por informacion de los malos, y cómo se oprime en tierra que no suene

ni respire la verdad. Las cartas de más eficacia que á Castilla y al

Rey llegaron, fueron las del Tesorero Miguel de Pasamonte, de quien

arriba en el libro II hablamos, por tener con el Rey grande autoridad,

y ser Lope Conchillos, Secretario, ambos aragoneses, y el Rey viejo

y cansado, calidades que, para que el Rey entendiese la verdad, no

poco desayudaban. Enviadas las cartas, proveyeron de otra industria

harto eficaz para contra los frailes, y ésta fué la que los demonios

tienen muy usada para que su reino prevalezca, y el de Cristo y la

verdad, que es los nervios que lo sustentan, estén siempre combatidos

y amortiguados y anden bambaleándose, y para ésto, por ministros de

sus maldades, aunque con especie de bien y bondad, trabaja con todo su

poder de poner personas espirituales, porque tomar los malos y de vida

depravada, fácil cosa seria, las cautelas y maldades artificiosas, que

para salir con su propósito emprende, entendérselas y desbaratárselas.

Ya se dijo arriba, en el libro II, cap. 3.º, como en el año de 502

vinieron á esta isla ciertos buenos religiosos de la Orden de Sant

Francisco, cuyo Prelado y caudillo era un padre de presencia y religion

harto venerable, llamado fray Alonso del Espinal; éste, como se dijo,

era celoso y virtuoso religioso, pero no letrado, mas de saber lo que

comunmente muchos religiosos saben, y todo su estudio era leer en la

Suma angélica para confesar; á este venerable padre persuadieron todos

los Próceres de la ciudad que fuese á Castilla, por ellos, para hablar

y dar á entender al Rey, lo que los frailes dominicos habian predicado

contra lo que el Rey tenia ordenado, de tener los indios, y que,

teniéndolos, la isla estaba poblada de españoles, y se sacaba el oro y

á Sus Altezas las rentas se enviaban, y que, de otra manera, la tierra

no se podia sustentar, y que ésto habia causado grande escándalo y

alboroto en toda la isla é inquietud de las conciencias, y suplicase á

Su Alteza, por todos ellos, lo mandar remediar, y otras muchas cosas,

cuantas vieron que para la perseverancia de sus tiranías les podian

aprovechar. Finalmente, trabajaron enviar frailes contra frailes, por

meter el juego, como dicen, á barato. El bueno del padre francisco,

fray Alonso del Espinal, con su ignorancia no chica, aceptó el cargo

de la embajada, no advirtiendo que lo enviaban á detener en captiverio

é injusta servidumbre, en la cual era cierto perecer tantos millares

y cuentos de hombres, prójimos inocentes, como habian perecido, y al

cabo fenecieron sin quedar uno ni ninguno, como abajo parecerá, en lo

cual pecaban mortalísimamente, y eran obligados, _in solidum_, de todos

los daños y de lo que con esta tiranía adquirian, á total restitucion.

No sé yo cómo la ignorancia del padre dicho lo podrá excusar de no ser

partícipe de todos aquellos tan calificados pecados mortales. No osaré

afirmar que lo que aquí diré ayudase á aceptar tal cargo, y ésto fué

que en los repartimientos de los pasados, dieron uno á lo ménos, y yo

lo sé, al monesterio de Sant Francisco de la ciudad de la Concepcion,

en la Vega, para con que se mantuviese los religiosos que allí moraban,

y creo, que pues al de la Concepcion lo daban, que lo debieran de

dar al monesterio de la ciudad de Sancto Domingo, porque estos dos

monesterios habia de Sant Francisco en esta isla; otra casa hobo en la

villa de Xaraguá, pero no tenia sino dos, ó tres ó cuatro frailes, y

por eso no debieron de dalles indios. Del repartimiento de indios que

yo sé que dieron al monesterio de la Vega, no lo daban á los mismos

frailes, (lo cual áun fuera mejor para los indios, porque los tractaran

los religiosos con más piedad), sino que los quedaba á un vecino

español del pueblo, para que se aprovechase dellos, y enviase á los

frailes él la comida de cada dia; enviábales pan caçabí é ajes, que son

otras raíces, y carne de puerco, que todo era laceria (porque ni pan

de trigo, ni vino, sino era para las misas, ni lo comian, ni bebian,

ni lo vian), á seis ó ocho frailes que habia, y no creo que llegaban á

ocho, y echaba el vecino los indios á las minas, y era voz y fama muy

clara, que le cogian cada demora, que duraba ocho ó diez meses, 5.000

castellanos ó pesos de oro, de las minas, y por ventura tenia más de

otras granjerías. Por manera, que, por título que daba de comer á los

frailes, perecian los desventurados de los indios, como los demas, en

las minas y en las otras granjerías. Tambien fué aquesta, no chica

ceguedad de aquellos religiosos, aunque buenos, cierto, no caer en el

gran peligro y daño que incurrian, pues, aunque no era cuasi nada de

valor lo que á ellos en aquella comida se les recrecia, todavía morian

los indios teniéndolos aquél con su título, y así digo, que no sé si

con la simplicidad de aquel padre, Prelado de todos ellos, aquello de

tener con nombre de Sant Francisco, de aquella manera aquellos indios,

para que aceptasen la embajada por los españoles contra los indios

y contra los frailes de Sancto Domingo, algun más motivo, y lo que

yo creo por cierto es, que todo lo que aquel padre hizo y hacia, era

con simplicidad é ignorancia, no advirtiendo en la maldad é iniquidad

que el mensaje y cargo que sobre sí tomaba contenia, y afirmo que,

de su bondad y religion, nunca duda tuve, porque él de mí, y yo dél,

teniamos y tuvimos mucha noticia. Ha llegado el tiempo de la partida:

no tuvo necesidad de andar con el alforja á mendigar las cosas que

habia menester, para su matalotaje, porque á él se lo aparejaron tal,

que si el mismo Rey se hobiera de embarcar no le fuera más, y quizá,

ni tan proveido, ni tan abundantemente aparejado, porque pensaban y

esperaban todos que por él habian de ser redimidos y remediados; y

el remedio era persuadir al Rey, que les dejase los indios en sus

repartimientos, sin que ninguno les fuese á la mano hasta acaballos,

como los acabaron. Escribieron todos en su favor, haciéndolo ya santo

canonizado, á quien Su Alteza podia dar todo el crédito que un santo, y

tan experimentado de los dominicos, que no sabian lo que se decian, que

ayer habian venido, y de los indios ni de la tierra tenian experiencia

de nada. Todo su bien y negocio creian que pendia de acreditar al padre

fray Alonso del Espinal, y desacreditar los dominicos, que contra sus

pecados habian predicado. Escribieron al obispo de Búrgos, D. Juan de

Fonseca, y á Lope Conchillos, Secretario, que todo lo gobernaban,

en favor del dicho padre, y al camarero Juan Cabrero, aragonés, del

Rey muy privado, y á todos los demas que sabian para con el Rey poder

ayudalle, y á los del Consejo Real, que para en las cosas de las Indias

se juntaban; porque no habia entónces Consejo de las Indias formado y

del Consejo real apartado.

CAPÍTULO VI.

Viendo los frailes de Sancto Domingo la diligencia y orgullo que toda

la ciudad traia, en enviar al padre fray Alonso del Espinal á Castilla,

para excusar las excusaciones de sus pecados y á ellos culpallos,

tractaron en su acuerdo (bien creo yo cierto, que no sin muchas y

afectuosas oraciones y lágrimas), que, ¿qué harian sobre este caso

no poco árduo? Deliberaron, al cabo, que fuese tambien á Castilla el

mismo padre fray Anton Montesino, que lo habia predicado, porque era

hombre, como se dijo, de letras, y en las cosas agibles experimentado,

y de gran ánimo y eficacia, para que volviese por sí é por ellos, y

diese cuenta y razon de su sermon, y de las razones que los habian

movido á determinarse de predicarlo. Esto determinado, salieron á pedir

limosna por el pueblo para la comida de su viaje; bien pueden creer

todos los que ésto leyeren, que no se le guisó tan presto como al dicho

padre, y que algunos baldones rescibirian de algunos desconcienciados,

aunque segun la santidad con que vivian, y dellos por la ciudad era

clara, en gran manera reverenciados. Y finalmente, no faltaron algunas

personas cuerdas y timoratas que les ayudaron para que el padre fray

Anton Montesino llevase que comer para su viaje. Partidos los padres

sobredichos, cada uno en su navío, el uno con todo el favor del mundo,

que por hombres se le podia dar, y el otro desfavorecido de todos, pero

puesta toda su confianza en Dios, por las oraciones de los que acá

quedaban, llegaron á Castilla sanos y salvos, y de allí fuéronse cada

uno por su camino á la corte, bien es de creer que primero fué cada uno

á dar cuenta á los Prelados de su Órden de su venida y negociacion. Y

como el Rey habia mandado llamar al Provincial de Castilla, y se le

quejó de los frailes que habia enviado á esta isla de haber predicado

cosas contra su servicio, y en escándalo de la tierra, encargándole que

lo remediase, como se dijo, luégo el Provincial escribió al Vicario

fray Pedro de Córdoba, y á todos, como el Rey estaba informado contra

ellos, haber predicado cosas contra su servicio y muy escandalosas, que

mirasen bien lo que habian dicho, y que, si eran cosas que convenia

retractarse, lo hiciesen, porque cesase tan grande escándalo como en

el Rey y en la corte se habia engendrado, diciendo primero que estaban

maravillados haber ellos afirmado cosa en el púlpito que no fuese digna

de sus letras y prudencia y hábito. Finalmente, la carta del Provincial

fué prudentemente moderada, por la mucha confianza que tenia de la

prudencia, religion y letras, del dicho padre fray Pedro de Córdoba, y

de los demas religiosos que con él estaban, segun el Rey habia mostrado

estar indignado por las informaciones que le habian hecho los de acá

por sus sacrílegas cartas. Llegado el padre francisco, fray Alonso del

Espinal á la corte, y entrado en palacio, recibióle el Rey como si

fuera el ángel Sant Miguel, que Dios le enviara, por la gran estima que

dél tenia ya el Rey, y por las cartas que de acá se le habian enviado,

y el secretario Conchillos, y el obispo de Búrgos, quizá, le habian

encarecido su persona y auctoridad; mandóle el Rey traer silla y que

se asentase, y, asentado, créese que favoreció la parte izquierda de

los que lo enviaban contra los frailes dominicos y contra los indios

desdichados, y la razon que para ésto se puede traer es, porque ni el

Rey le mandara sentar, ni desde allí fuera de todos tan venerado y áun

celebrado, porque siempre que venia á hablar al Rey le traian silla,

y el Rey le mandaba sentar; mandó asimismo, que siempre se hallase en

los Consejos, cada y cuando desta materia de los indios se tractase.

Cognoscido el favor que el Rey le daba, por todos los de palacio y

los de fuera de palacio, y que traia tan justa demanda, conviene á

saber, que los indios sirviesen á los españoles, y se sacase el oro de

las minas, y desta isla á España las riquezas se derivasen, no habia

puerta cerrada ni otro algun obstáculo para que las veces que quisiese

hablar al Rey no hablase, ni reverencia, ni besar de las manos y del

hábito, que por toda la corte no le sobrase. Llegó despues á la corte,

algunos dias, cuando pudo, el padre dominico fray Anton Montesino,

y sabido por todos que venia en contrario del padre francisco,

afirmando que no podian tener los indios, por ser contra razon y ley

divina, y violarse la natural justicia, todos lo aborrecian, ó al

ménos desfavorecian, y hablaban dél como de inventor de novedades y

escandaloso, y áun algunos de los favorecidos, y que por teólogos y

predicadores del Rey se tenian, presumieron de le decir palabras harto

soberbias y descomedidas. Llegaba á la puerta de la cámara del Rey, por

hablarle y darle cuenta y relacion de lo que habia predicado, y de la

ceguedad y crueldad que cerca de la injusta servidumbre y perdimiento

que los indios padecian, y la multitud que dellos en tan poco tiempo

habian perecido, y en llegando á la puerta, dábale el portero con la

puerta en lo ojos, y, con palabras no muy modestas, diciendo que no

podia hablar al Rey, le despedia. Esta es averiguada costumbre del

mundo, y áun regla general que Dios en todo él tiene, ó permitida ó

establecida, conviene á saber, que todos aquellos que pretenden seguir

y defender la verdad y la justicia sean desfavorecidos, corridos,

perseguidos y mal oidos, y, como desvariados y atrevidos, y monstruos,

entre los otros hombres tenidos, mayormente donde interviene pelea de

arraigados vicios; y la más dura suele ser la que impugna el avaricia y

codicia, y, sobre todas, la que no puede sufrirse como terribilísima,

si se le allega resistencia de tiranía. Por el contrario, los que

dan favor _directe_ ó _indirecte_, ó por ignorancia y simplicidad,

ó por agradar con buen ó mal intento, ó tambien, quizá, por su gran

malicia, á los negocios temporales y útiles que los hombres pretenden

para su crecimiento, segun lo que ellos en sí imaginan, puesto que

rebosen de falsedad y de injusticia, manifiesto es á todos, sin que se

produzcan testigos, cuánta parte suelen tener en todo lugar y entre

todas personas grandes y chicas, cuán estimados, cuán honrados y

venerados, cuán tenidos por cuerdos y prudentes; de lo cual se podrán

traer y colegir muchos ejemplos, asaz claros en esta Historia de las

Indias. Tornando al hilo, andando el dicho padre fray Anton Montesino

muy afligido y corrido, y así, desechado de todos, como he dicho,

principalmente de no poder hablar al Rey, llegóse un dia á la puerta

de la cámara del Rey, á rogar al portero que lo dejase entrar como

entraban otras personas, porque tenia cosas que informalle, que tocaban

mucho á su servicio; pero el portero, lo que las otras veces solia

hacer con él, hizo, el cual, como abriese á otro la puerta, no cuidando

que el religioso á tanto se atreveria, descuidado un poquito, el padre

fray Antonio y su compañero, que era un fraile lego, religioso, bueno,

con gran ímpetu entran dentro de la puerta en la cámara del Rey, á

pesar del portero, donde se hallaron cuasi junto al estrado del Rey;

dijo luégo el padre Montesino: «Señor, suplico á Vuestra Alteza, que

tenga por bien de me dar audiencia, porque lo que tengo que decir son

cosas muy importantes á vuestro servicio.» El Rey, benignamente le

respondió: «Decid, padre, lo que quisiéredes.» Llevaba el dicho padre

un pliego de papel, escripto por capítulos, de las crueldades, en

particular, que se habian hecho, en las guerras y fuera dellas, en los

indios vecinos desta isla, que habia bien visto y hallándose en ellas

el fraile que dijimos arriba, que, de los pecadores que las habian

perpetrado, habia el hábito de fraile lego rescibido. Llevaba tambien

por memoria en su pliego los tratamientos que, despues de los estragos

de las guerras, en el servicio y trabajos de las minas, y en los demas

les hacian. Hincóse, pues, de rodillas el padre fray Antonio, ante los

píes del Rey, y saca su memorial, y comiénzalo á leer, y refiere como

los indios, estando en sus casas y tierras sin ofender á ninguno desta

vida, entraban los españoles y les tomaban las mujeres, y las hijas, y

los hijos para servirse dellos, y á ellos, llevándolos cargados con sus

camas y haciendas, haciéndoles otros muchos agravios y violencias, los

cuales, no pudiéndolos sufrir, huíanse á los montes, y cuando podian

haber algun español desmandado, matábanlo como á capital enemigo; iban

luégo á hacelles guerra, y, para metelles el temor en el cuerpo,

hacian en ellos, desnudos, en cueros y sin armas ofensivas, estragos

nunca oidos, cortándolos por medio, haciendo apuesta sobre quién le

cortaba la cabeza de un piquete, quemándolos vivos, y otras crueldades

esquisitas; entre otras, le dijo, que burlando unos españoles entre

sí, estando cabe un rio, tomó uno dellos un niño de obra de un año ó

dos, y echólo por encima de los hombros en el rio, y porque el niño

no se sumió luégo, sino que estuvo encima del agua un poquito, volvió

la cabeza y dijo: «¿Aún bullís, cuerpo de tal, bullís?» Dijo el Rey:

«¿Eso es posible?» Respondió el religioso: «Ántes es necesario, porque

pasó así, y no puede dejar de ser hecho, pero como Vuestra Alteza es

piadoso y clemente, no se le parece que haya hombre que tal pudiese

hacer; ¿Vuestra Alteza, manda hacer esto? bien soy cierto que no lo

manda.» Dijo el Rey: «No, por Dios, ni tal mande en mi vida.» Acabados

los estragos y matanzas de las guerras, refiere las crueldades de

los repartimientos y mactamientos que se hacian en las ánimas, y los

otros trabajos, la falta de los mantenimientos y olvido de la salud

corporal, ni cura en sus enfermedades; de cómo las mujeres que se

sentian preñadas tomaban hierbas para echar muertas las criaturas, por

no vellas ó dejallas en aquellos infernales trabajos; el ningun cuidado

de dalles algun cognoscimiento de Dios, ni consideracion de las ánimas

más que si sirvieran de animales. Leido su memorial, y el Rey algo

lastimado y enternecido de oir cosas tan inhumanas, suplicóle que se

apiadase de aquestas gentes, y mandase poner el remedio necesario ántes

que del todo se acabasen; el Rey dijo que le placia y mandaria entender

con diligencia luégo en ello, y así, el padre fray Antonio se levantó,

y, besadas al Rey las manos, se salió, habiendo aquel dia, á pesar del

portero, bien negociado.

CAPÍTULO VII.

El Rey mandó luégo que con los de su Consejo, que para ésto mandó

señalar, se juntasen algunos teólogos; los del Consejo fueron en

aquel tiempo el obispo de Palencia, que despues fué de Búrgos, D.

Juan Rodriguez de Fonseca, de quien arriba se ha hecho hartas veces

mencion, y á quien, desde su descubrimiento, los Reyes cometieron la

gobernacion destas Indias, y era como Presidente, aunque no habia

Consejo por sí de Indias, como se ha dicho. El otro fué Hernando de

Vega, varon prudentísimo, y por tal estimado en toda Castilla; el

otro fué el licenciado Luis Zapata, persona prudente y principal

entre los licenciados, y más del Rey, que otro, querido, y que por la

auctoridad que alcanzaba con el Rey, con quien, segun era opinion de

muchos, sólo consultaba las mercedes que habia de hacer, por lo cual le

llamaban algunos el Rey chiquito; aunque éste y Hernando de Vega, y el

licenciado Móxica, no estoy cierto que entrasen en esta junta, despues

sí, muchas veces. Otro fué, de los que á esta junta concurrieron, el

licenciado Sanctiago, varon cristiano, y de muy buena voluntad. Fué

otro el doctor Palacios Rubios, doctísimo en su facultad de jurista,

estimado en ella más que todos, y por bueno y buen cristiano tambien

tenido, éste, como muy letrado é inclinado á escribir en derecho,

como muchas otras obras en derecho escribió, comenzó desde entónces

á escribir cierto libro que intituló: _De insulis Occeanis_, el cual

despues prosiguió y acabó siguiendo en el error de _Hostiensis_,

fundando sobre él el título que los reyes de Castilla tienen á las

Indias; y, cierto, si sobre aquella errónea y áun herética opinion,

sólo, estribara el derecho de los Reyes á las Indias, harto poco les

cupiera jurídicamente de lo que en ellas hay. Y ciertamente, mucho

parece que se alargó en el dicho su libro, pretendiendo dar sabor al

Rey, más que desabrille, por lo cual, quizá, permitió Dios que el Rey

le hiciese pocas mercedes, puesto que dél era harto bien querido.

Con todo esto, siempre, como de su natura era bueno, en cuanto pudo

favoreció á los indios, como abajo parecerá. Señalóse otro del Consejo

para esta congregacion, que fué el licenciado Móxica, tambien hombre

letrado y de virtud. Otro fué tambien nombrado, conviene á saber, el

licenciado de Sosa, que despues murió obispo de Almería, persona de

mucha virtud, y que favoreció mucho los indios, el tiempo adelante

desque fué más instruido, como el licenciado Santiago y el doctor

Palacios Rubios; estos fueron los de quien me acuerdo, no sé si me

olvido alguno. Con estos juristas mandó el Rey que se juntasen los

teólogos siguientes, conviene á saber: el maestro fray Tomás Durán, y

el maestro fray Pedro de Covarrubias, frailes de Sancto Domingo; fué

tambien nombrado un clérigo, predicador tambien del Rey, llamado el

licenciado Gregorio. Y porque por aquellos tiempos era estimado por más

señalado letrado el padre fray Matías de Paz, catedrático de teología

en la Universidad de Salamanca, fraile de la misma Órden de Sancto

Domingo, trabajó muy mucho el dicho padre fray Antonio Montesino que el

Rey lo enviase á llamar, que residia, siendo catedrático, como dijimos,

en Salamanca. La corte, cuando ésto se tractaba, estaba en Búrgos; de

los que estaban cabe el Rey, algunos, impedian que aquel padre maestro

fray Matías de Paz no se llamase, porque no querian tanta luz cuanta

creian que habia de dar en esta materia el dicho padre, y siempre se

cognosció, cada dia más y más, los que al Rey aconsejaban, huir este

negocio de los indios de claridad de la verdad, mayormente desque

los del Consejo comenzaron á tener parte interesal en los trabajos

y sudores, y muertes de los indios, como parecerá. Bien creo que no

eran todos, pero tambien sospecho que eran algunos, y quizá los más.

Finalmente, por la suma solicitud y diligencia del padre fray Antonio

Montesino, el Rey hobo de mandar que se enviase á llamar el dicho

padre maestro fray Matías de Paz; y como el padre fray Antonio fuese de

todos tractado por muy extraño, y todos los de la corte, al ménos de

los de palacio y de los oficiales y que desto tractaban, no lo pudiesen

ver ni áun pintado, vivia muy penado, porque todo se le encubria y no

sabia dónde atinar, ni á qué portillo acudir, ni qué remediar, temiendo

que en las juntas que se hacian, donde cada dia entraba el dicho padre

francisco, fray Alonso del Espinal, no habiendo quien volviese por

los indios, alguna cosa en su mayor perjuicio se determinase. Acordó

un dia de ir á Sant Francisco y esperar á la portería que saliese el

dicho padre fray Alonso para ir á la junta, de quien, como se ha dicho,

se hacia grande caudal, como ni del derecho ni del hecho supiese nada

para aprovechar, puesto que pudiera bien testificar muchas y grandes

tiranías, y crueldades, y obras inhumanas, que él y yo que ésto

escribo vimos juntamente, en destruccion de las gentes desta isla,

perpetrar. Saliendo, pues, del monasterio de Sant Francisco el padre

fray Alonso, llegóse á él el padre fray Antonio Montesino, y dijo que

le queria hablar; paróse á oille, y el padre fray Antonio hácele una

vehemente y cominatoria plática, diciéndole con vehemencia, como él

solia predicar: «Vos, padre, ¿habeis de llevar desta vida más deste

hábito andrajoso lleno de piojos que á cuestas traeis? ¿Vos, buscais

otros bienes más de servir á Dios? ¿Por qué os enfuscais con estos

tiranos? ¿Vos no veis que os han tomado por cabeza de lobo, para en sus

tiranías se sustentar? ¿Por qué sois contra aquellos tristes indios

desmamparados? ¿En ésto les pagais los sudores de que, hasta agora, vos

y vuestros frailes habeis comido? ¿Vos no habeis visto mejor que yo las

detestables crueldades, que, en las injustas guerras, contra ellos han

cometido, en las cuales os habeis presente hallado? ¿No sabeis y habeis

visto, y no dudais que hoy y cada dia los matan en las minas y en los

otros trabajos, con tanto olvido de humanidad, que á las mismas bestias

no pueden peor tratar? ¡y pluguiese á Dios que como á sus bestias los

tractasen! ¿Por qué, padre, quereis perder tantos años que habeis

traido á cuestas ese hábito, en tanta penitencia y religion, por cosa

que no echais en vuestra bolsa nada, sino por agradar, yendo los ojos

cerrados, á los que no se hartan de beber sangre humana, no viendo el

daño tan manifiesto que haceis á aquellos desventurados, sin persona

viviente que vuelva por ellos, haciendo obra como haceis, tan contra

justicia y caridad?» Estas y otras muchas palabras le dijo, con las

cuales le hizo temblar las carnes, porque, ciertamente, tenia especial

gracia y hervor en persuadir las cosas que tocaban al ánima, y tenia en

ello tanta eficacia, que pocos le oian que no saliesen compungidos ó

enmendados. En la ciudad de Sancto Domingo estaba una mujer sentenciada

á que la ahorcasen, y de tal manera sentia la muerte con impaciencia,

que no queria confesarse, y así iba impenitente y desesperada; llamaron

al padre fray Antonio Montesino, un poco ántes que la sacasen para la

justiciar, el cual le dijo así como entró, aspérrimamente aquestas

palabras: «¡Vos no os quereis confesar, mujer perdida! ¿No sabeis que

os habeis de ver dentro de un hora, delante el riguroso juicio de

Dios, que luégo os ha para siempre de condenar á las penas infernales?

¿Qué haceis, decid? Tornad, triste de vos, sobre vos, no os perdais.»

De tanta eficacia fueron estas palabras, que la mujer, como atónita

y asombrada, como si ya ardiera en las eternales llamas, pide que se

quiere confesar y comulgar, y ansí, contrita y contenta de morir, fué

ahorcada. Cuasi desta manera acaeció al padre fray Alonso del Espinal,

que tornando sobre sí (como en fin fuese buen religioso y no pecase

sino por ignorancia), dijo al padre fray Antonio Montesino: «Padre,

sea por amor de Dios la caridad que me habeis hecho en alumbrarme; yo

he andado engañado con estos seglares, ved vos lo que os parece que yo

haga y así lo compliré.» Respondióle: «Padre, que en todas vuestras

obras, pareceres y palabras defendais desta y desta manera los indios,

y siempre sed contra esos pecadores españoles, que sabeis vos cuánto

por destruillos con sus codicias trabajan; y cuando se tractare ésto,

responded ésto, y cuando viéredes cosa que convenga decirme, avisadme.»

Finalmente, desde adelante le fué buen amigo, y le daba aviso de lo

que en la congregacion se tractaba, de donde colegia el padre fray

Antonio lo que le convenia negociar y avisar á alguno ó algunos de los

que habia que le ayudaban, como era el doctor Palacios Rubios, y el

licenciado Santiago, y el licenciado Sosa.

CAPÍTULO VIII.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 29 / 37 段