Detúvose Nicuesa por aquellas isletas ocho dias, captivando algunos

indios de los que vivian en ellas, y quizá todos cuantos podia, sin

haberle á él ni á otro alguno ofendido, para que Dios hiciese bien

sus hechos. Llegado, pues, Nicuesa al desembarcadero del Darien,

vido á Vasco Nuñez á la ribera con muchos españoles armados, y uno,

que debia ser procurador del pueblo, que á altas voces le requeria,

que no desembarcase saltando en tierra, sino que se tornase á su

gobernacion, ó Nombre de Dios, donde ántes estaba; lo cual oido por

Nicuesa, quedó como pasmado, sin poder por un rato hablar palabra,

de ver tan súbita y contraria, de lo que traia en el pecho asentado,

mudanza. Recogido en sí, díjoles: «Señores, vosotros me habeis enviado

á llamar, y yo á vuestro llamado vengo, dejadme saltar en tierra y

hablaremos, y oirme heis, y oiros hé, y entendernos hémos, y despues

haced de mí lo que por bien tuviéredes.» Ellos, repitiendo los mismos

requirimientos, y protestando, que si descendia en tierra, que habian

de hacer y acontecer, y áun soltándose cada uno con más libertad de

la que era decente en algunas palabras, porque era ya tarde apartóse

aquella noche á la mar, desviado de la tierra, dejándolos para ver

si otro dia estarian de aquel intento; los cuales, no sólo no se

mudaron de su primera determinacion, pero, empeorándose, deliberaron

de prendello y echallo donde dañar no les pudiese. Otro dia llamáronlo

para prendelle; salió en tierra, y arremetiendo como desvariados á

tomallo, dió á huir por la playa ó ribera del rio adelante, é, como

era gran corredor, ninguno le pudo alcanzar, por mucho que corriese.

Ocurrió luégo Vasco Nuñez impidiendo al pueblo no prosiguiese más

adelante su desvarío, porque temió que pusieran las manos en él. Y

así, arrepentido de habelle sido contrario en su rescibimiento, de allí

adelante hizo por él, y reprendió mucho á todos su descomedimiento,

y refrenó al otro Alcalde ó Capitan, su compañero, Juan de Çamudio,

que era el que más se mostraba contra Nicuesa, y con él era todo el

pueblo. Rogábales Nicuesa, que si no lo querian por Gobernador, que lo

tomasen por compañero; respondian, que no querian, porque se entraria

por la manga y al cabo saldria por el cabezon. Replicaba Nicuesa, que

si no por compañero y en su libertad, lo tuviesen aprisionado con

hierros, porque más queria morir entre ellos que no en el Nombre de

Dios de hambre, ó á flechazos de indios ser muerto. Añidia más, que

se doliesen de 12.000 castellanos que habia gastado en aquel viaje y

armada, y los grandes infortunios que habia padescido por ello. Ningun

partido ni razon le admitieron ántes, cada uno mofaba dél y le decia

sus baldones y afrentas. Vasco Nuñez trabajaba mucho con el pueblo que

le admitiesen; uno, llamado Francisco Benitez, que era más que otro

locuaz, y que mucho se allegaba con Çamudio, el otro Alcalde, dando

voces, dijo que no se habia de rescibir tan mal hombre como Nicuesa.

Vasco Nuñez, muy de presto, ántes que su compañero se lo pudiese

impedir, mandóle dar cien azotes, los cuales llevó á cuestas, y viendo

que no podia ir contra el torrente y furia de todo el pueblo, envió

á decir á Nicuesa que se recogiese á sus bergantines, y que, si no

viese su cara, no saliese á tierra dellos. Nicuesa, temiendo que no le

prendiesen, mandó á ciertos ballesteros suyos que estuviesen metidos

en cierto cañaveral, mandándoles que cuando él hiciese la señal,

diesen en ellos. Sacó poco fruto de sus ballesteros, porque vinieron,

un Estéban de Barrantes, y Diego Albitez y Juan de Vegines, á decirle

de partes de todo el pueblo, que habiendo tractado de aquel negocio,

habian determinado de recibille por Gobernador, como lo era, con que

les perdonase la resistencia que hasta entónces se le habia hecho,

porque en fin era pueblo, y que á los primeros ímpetus no se suele

tener tanto acuerdo y miramiento. Nicuesa, no siguiendo el consejo

que Vasco Nuñez le habia dado, deste ofrecimiento fingido fué, más

de lo que debiera, crédulo, y no llamando á los suyos, salió de sus

bergantines, y púsose en las manos de los que morian por deshacelle.

Vino luégo Çamudio con mucha gente armada y prendióle, mandándole, so

pena de muerte, que luégo se partiese y no parase hasta presentarse en

España ante el Rey y los de su Consejo; y díjose que le constriñeron á

jurar, con amenazas que le hicieron que lo matarian, que se presentaria

en la corte ante el Rey. Visto Nicuesa claro su perdimiento, díjoles la

maldad y traicion que contra él cometian, porque aquella tierra donde

estaban entraba en los límites de su gobernacion, y que ninguno podia

en ella poblar ni estar sin su licencia, y el que allí estuviese era

su súbdito y subjecto á su jurisdiccion, porque él era en todo aquello

Gobernador por el Rey, é porque le querian echar donde muriese con tan

mal recaudo de navío y bastimentos, que protestaba de se quejar ante

el juicio de Dios de tan gran crueldad, como contra Dios y contra el

Rey, y contra él cometian, cuando no pudiese quejarse ante el Rey.

Ninguna cosa les movió á que templasen su furibundo y barbárico tumulto

y confusion, y así, lo llevaron preso hasta metello en el más ruin

bergantin que allí estaba. No sé si de industria escogieron el peor,

pero al ménos fué un bergantin viejo y harto mal aparejado, no sólo

para llegar á España, como ellos le mandaban, ni para esta isla, pero

ni áun para poder, seguramente, al Nombre de Dios, que de allí estaba

50 leguas, ir con él. Embarcáronse con él 16 ó 17 personas, de 60 que

le habian quedado, criados suyos, y otros, que, de lástima, seguir y

acompañarlo quisieron. Hízose á la vela con su bergantin, primer dia

de Marzo de 1511 años, el cual nunca jamás paresció, ni hombre de los

que con él fueron, ni dónde, ni como murió; algunos imaginaron que fué

á aportar en la isla de Cuba, y que allí los indios lo mataron, y que,

andando ciertos españoles por la isla, hallaron escrito en un árbol,

con letras esculpidas ó cavadas: «Aquí feneció el desdichado Nicuesa»;

pero yo creo que esto es falso, porque yo, uno de los primeros en

aquella isla, y que anduve por ella con otros, en sus principios, mucha

tierra, nunca ví ni oí que hobiese tal nueva. Lo que por más cierto se

puede tener es, que como él llevase tan mal recaudo de navío, y las

mares de por estas tierras sean tan bravas y vehementes, la mesma mar

le tragaria fácilmente, ó tambien, de pura hambre y de sed, muriese,

como no llevase sobrado, ni áun el necesario bastimento. Díjose que,

ántes que Nicuesa partiese de Castilla, uno que trataba de juzgar y

pronosticar las cosas venideras por astrología, dijo á Nicuesa, que

no partiese tal dia ó en tal signo; respondíole Nicuesa, que pues más

cuenta tenia con las estrellas que con Dios, Hacedor dellas, que no

traeria consigo á un hijo suyo que consigo traia. Tambien yo me acuerdo

haber, por aquellos tiempos, cierta cometa sobre esta isla, y, si no

me he olvidado, era de forma de un espada, y como que ardia, y dijeron

que un fraile habia entónces avisado á alguno de los que con él iban:

«Huid deste Capitan, porque los cielos muestran que ha de ser perdido.»

Lo mismo pudiera decir de los que iban con Alonso de Hojeda, puesto que

la misma persona de Hojeda no padeció tan calamitoso fin, pues murió en

esta ciudad, en su cama, como dicen, pero su gente harta mala ventura

tuvo, pues tantos rabiando, de la hierba ponzoñosa, murieron. Considere

aquí el lector el fin que hicieron estos dos primeros Capitanes, que

de propósito procuraron pedir gobernacion y autoridad del Rey, para

entrar en la tierra firme, á inquietar, infestar, turbar, robar, matar,

captivar, y destruir las gentes della, que, viviendo en sus tierras

tan apartadas de las nuestras, ni nos vieron, ni oyeron, ni buscaron,

ni en cosa nos ofendieron. Advierta eso mesmo, qué postremería fué la

de 800 hombres que consigo trujo Nicuesa, pues no le quedaron sino 60

cuando vino al Darien, y de aquellos se ahogaron ó perdieron con él

16 ó 17, y de aquellos 43 que restan, el uno fué Francisco Pizarro,

que mataron á estocadas en el Perú, que descubrió y destruyó, y los

demas, Dios sabe el fin que hicieron, y cuán amargas y tristes y

desventuradas muertes, y con cuántas angustias y trabajos, hambres y

sedes, cansancios y aflicciones, murieron. Y de la gente de Hojeda,

no escaparon, de 300, 30 ó 40, porque los que asentaron en el Darien,

todos eran, ó los más, de los que trujo el bachiller Anciso, y de los

que con Colmenares vinieron. Es bien, no ménos, mirar y notar si estas

muertes y perdiciones de estos Capitanes, ó Gobernadores primeros y

de sus gentes, si fueron milagros con los que Dios y su recto juicio

y justicia, quiso aprobar y justificar las demandas que traian, y los

fines que pretendian; item, si por ellos se aprobaron y justificaron

las obras semejantes, y los fines é intentos mismos que los

Gobernadores y Capitanes, que despues destos, en aquella tierra firme

sucedieron, perpetraron, trujeron, cometieron y pretendieron; creerá

cualquiera cristiano que no, porque áun las mismas sus postrimerías

de todos ellos dieron fiel testimonio dello, como referirá toda esta

historia, si place á Dios, en todos los libros que por escribir quedan.

Y porque todo lo que resta de decir destas Indias, sale del año décimo,

y, por consiguiente, pertenece al libro tercero, por ende á gloria de

Nuestro Señor, con lo dicho aquí, el segundo fenecemos.

_Laus Deo, pax vivis, requies defunctis._

HISTORIA

DE LAS INDIAS.

LIBRO TERCERO.

EN EL NOMBRE DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Comienza el libro tercero de la Historia general de las Indias escripta

por el Obispo de Chiapa, de la Órden de Sancto Domingo.

CAPÍTULO PRIMERO.

Referidas y explanadas quedan las cosas, que dignas fueron de poner

en historia, acaecidas en estas Indias, desde su descubrimiento, por

enteros diez y ocho años, contados desde el de 492 hasta el entero

año de 510; requiere la órden del decir y escribir, que al principio,

en el prólogo del primer libro, prometimos, contar lo que en los diez

años siguientes, desde el de 511 hasta el de 20 acaeció, que convenga

tener perpétua memoria. Y porque en esta tan difusa y general historia,

hobo muchas interpolaciones y pasaron muchos años, en los cuales se

interrumpia, por las inmensas y continuas ocupaciones que dentro y

fuera de la celda me ocurrieron, por cuya causa, de algunas cosas

escritas en los dos libros precedentes, que convenia hacer mencion, y

de los capítulos y lugares donde quedan puestas, lo mismo, y tambien

otras que ofrecian decir en éste tercero y en los demas, por ventura,

se podrán trastrocar, poniendo en un lugar lo que debiera poner en otro

por ende los benévolos lectores, aunque culpen la memoria, topando con

este defecto, pasen adelante á rescibir noticia de la verdad, que

aquí dárseles pretende, de la cual se ha tenido más cuidado que de

afeitar ni endulzorar palabras, y ni ocupar papel para cumplimientos

que no pasan de la superficie. Tenga, pues, nuestro tercero libro

principio, con el favor divino, de una provision espiritual que hizo

en estas Indias el Papa, en este undécimo año; ésta fué erigir las

primeras iglesias catedrales y criar los primeros Obispos que las

gobernasen. Para noticia de lo cual débese saber, que viviendo la

reina doña Isabel, que haya sancta gloria, y creo que por el año de

1503, al principio del pontificado del Papa Julio II, suplicaron

los Reyes al Papa proveyese de erigir iglesias y criar Obispos en

esta isla Española, porque habia ya mucha poblacion de españoles en

17 villas, como en el precedente libro referimos, puesto que con la

ceguedad del avaricia y priesa que todos tenian de haber oro y ser

ricos, no echaban de ver cómo cada dia los indios iban, de golpe, á

acabarse, haciendo grandes asonadas á los Reyes, que habia en ella

muchos pueblos, de españoles, poblados. Como quiera que no duraban

más tiempo las villas de los españoles de cuanto acababan de consumir

los indios, y dejados los pueblos ó villas dichas desiertas, luégo,

en viendo puerta abierta; y esta era determinar de pasar á la isla de

Sant Juan, y la de Jamáica ó Cuba, ó á la tierra firme, á sojuzgar,

con sus guerras crueles, los indios vecinos dellas, para el mismo fin

que tuvieron en ésta, conviene á saber, para echallos á las minas.

Luégo se salian desta isla lo mismo; y por la misma manera, despues

que habian muerto y destruido las gentes de las otras islas y partes

de tierra firme, las dejaban y se iban á otras á matar y á asolar las

gentes que en ellas habia, como pestilencia que, cosa que oliese á ser

hombre, habia de dejar viva. Así que, los Reyes, creyendo que tanto

pueblo y villas de españoles fueran en crecimiento, y la multitud de

los indios del todo no pereciera, porque siempre los encubrieron su

disminucion, ántes creian, segun yo creo, que iban en aumento, y con el

celo de la conversion dellos, suplicaron al Papa Julio II, como dije,

que erigiese iglesias y criase Obispos, el cual erigió una iglesia

metropolitana y cabeza de arzobispado, que llamó Hiagutensis; é no

pude atinar en qué provincia é lugar fuese la intencion de los Reyes

señalalla y pedilla, y del Papa constituilla, sino en la provincia

de Xaraguá, que como en la prosperidad desta isla era como la corte

della, como en el libro precedente dijimos, debieron creer los Reyes

que aquella fuera la más próspera, y así merecia ser cabeza de toda

ella. Por obispado erigió otra que nombró Vainensis; y ésta, no sé á

donde la situase, sino fué en la provincia de Vaynoa, hácia la parte

del Norte, donde estaba la villa de Lares de Guaháma, y la otra iglesia

catedral nombró Maguatensis, que debió ser en la Vega, que los indios

en su lengua llamaban Maguá, la última sílaba aguda, donde estaba

la villa de la Concepcion. Esto conjeturo por la conformidad de los

vocablos, que el Papa en su bula puso, con los de las mismas provincias

en lenguaje de los indios, si quizá los Reyes, informados desde esta

isla, nombraron al Papa los dichos lugares, mas siguiéndose por las

provincias y cantidad de la tierra, y gentes naturales della que á cada

iglesia aplicaban, que por los pueblos que de españoles entónces habia.

Hiagutensis, que fué el nombre de la del arzobispado, parece confinar

con el vocablo de la Yaguana, dentro del término de la provincia de

Xaraguá, ó quizá se tomó aquel nombre de la provincia de Higuey, que

es la más oriental desta isla que hallamos viniendo de Castilla. Para

estas tres iglesias, metropolitana una, y dos catedrales, presentaron

los Reyes al Papa tres personas cognoscidas por buenas, virtuosas y

religiosas; el uno fué el doctor, creo, en cánones, Pedro de Deza,

sobrino, segun entendí, de D. Diego de Deza, arzobispo de Sevilla,

fraile de Sancto Domingo, de quien arriba, en el libro I, hicimos

mencion; este Doctor nombraron para arzobispo Hiagutensis. El otro para

obispo de la iglesia Vainensis, fué un religioso de Sant Francisco,

llamado fray García de Padilla, no supe de qué provincia ó familia.

El tercero, para obispo Maguatensis, presentaron á un licenciado en

teología, canónigo de Salamanca, que se nombraba Alonso Manso; éste

cognoscí yo mucho, y era varon muy religioso y tenido por justo,

puesto que en las cosas temporales no muy experto. Cognoscí tambien al

primero, doctor Pedro Deza, no mucho, persona tenida por buena. Estos,

para Prelados, Arzobispo y Obispos, así nombrados para esta isla,

dilatóse la expedicion de las bulas por algunas causas, y, por ventura,

los Reyes no dieron priesa en ello, porque se les iba más luciendo,

de la disminucion y muerte destas gentes, algo. Entre tanto falleció

la reina doña Isabel, digna de memoria, y quedando el rey católico D.

Hernando, marido suyo, por Gobernador y Administrador de los reinos

de Castilla, por su hija, la reina doña Juana, impedida para reinar

ó gobernar, comenzándose á descubrir que no se podia ya encubrir ni

disimular el estrago y matanza que nuestros españoles hacian en los

vecinos, desta isla naturales, consumiéndolos en las minas, como en el

precedente libro se ha explicado, y que la isla se iba despoblando,

cognosció que en los sitios de las iglesias que el Papa tenia erigido

y señalado ya no habia á quien convertir ni predicar, sino era á los

pájaros y árboles: tornó el dicho Rey católico á informar y suplicar al

Papa, que porque aquellos sitios para las dichas iglesias señalados,

ya no eran dispuestos ni aptos para en ellos las edificar, lo uno,

por la misma disposicion de la tierra y sitio della, lo otro, por la

dificultad de los mantenimientos y cosas necesarias, (y estas dos

causas refiere en su bula el Papa, diciendo así: _Cum autem nuper

nobis constiterit, insulas et loca prædicta, ac ecclesiarum hujusmodi

existentiam, tum propter locorum situs, tum etiam comeatum et rerum

necessariarum difficultates nequaquam ac comoda existere_, etc.), y

pudiera mejor informar el Rey católico al Papa, que por haber muerto

las gentes de aquellos sitios y lugares, y estar despoblados de sus

naturales habitadores, ya no habia lugar, porque, en la verdad, no

habia, ni hoy hay en esta isla paso, donde no se pudiesen poblar y

asentar ciudades grandes y en ellas erigir catedrales, iglesias y

metropolitanas, segun es toda felice, y para dar fruto en ella, todas

las cosas á la vida necesarias, muy en abundancia, si hobieran los

nuestros usado della segun debian, y no las gentes della estirpado.

Así que, informando el Rey al Papa de que convenia mudar la órden de

los obispados ya dada, suplicóle que tuviese por bien, para en esta

isla, erigir dos iglesias catedrales y cesase la metropolitana, y otra

en la isla de Sant Juan, tambien catedral, las cuales fuesen sujetas á

la metropolitana de Sevilla, hasta que otra cosa Su Santidad ó la Sede

apostólica, en algun tiempo, ordenase. Los lugares para las iglesias

desta isla señaló el Rey, la villa de la Concepcion, que es en la Vega

grande, y el otro en la del puerto de Sancto Domingo, y para el tercero

obispado, el pueblo principal que habia en la isla de Sant Juan. El

Papa lo concedió así, como el Rey lo suplicó, suprimiendo y anulando

primero, de consentimiento expreso de los mismos tres electos, las

dichas tres iglesias erigidas en los dichos tres sitios y lugares,

y señaló y dió por título á la iglesia de la Vega, la Concepcion, y

á la de Sancto Domingo, Sancto Domingo, y á la de Sant Juan, Sant

Juan; á cada una de las cuales que eran villas, adornó con títulos y

privilegios de ciudades. Asignó por diócesi é subjetas del obispado

de Sancto Domingo, las villas de la Buena Ventura, la de Açuá, la de

Salvaleon, la de Sant Juan de la Maguána, la de Vera Paz, que era la

de Xaraguá, y la villa nueva de Yaquimo. Al obispado de la Concepcion,

subjetó y dió por término de diócesi, la villa de Santiago, la de

Puerto de Plata, la de Puerto Real, la de Lares de Guahába, la de

Salvatierra de la Çabana, y la de Sancta Cruz; olvidaron la villa

del Bonao, que no era la ménos que otras principal. A la iglesia de

Sant Juan dió por diócesi toda la isla, é fueron Obispos primeros

los mismos; de Sancto Domingo, el fray García de Padilla, y éste

murió en Castilla ántes que viniese acá, y creo que no consagrado; de

la Concepcion, fué el Doctor Deza, el cual vino consagrado y vivió

pocos años en la ciudad de la Concepcion, donde murió. El licenciado

Alonso Manso vino tambien Obispo consagrado, y vivió muchos años en

la dicha isla de Sant Juan, siendo siempre canónigo de Salamanca,

porque aceptó el obispado con retencion de la canongía. Concedió

los diezmos y primicias, el Papa, de todas las cosas, con toda la

autoridad, jurisdiccion espiritual y temporal, y todos los derechos y

preeminencias que á los obispos de España pertenecen de derecho y de

costumbre, de todo lo cual, excepto el oro y la plata, y otros metales,

y perlas y piedras preciosas en que ninguna parte tuviesen.

CAPÍTULO II.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 27 / 37 段