Dejemos partidos á los mensajeros ó procuradores que van á buscar y

á llamar á Diego de Nicuesa, sin saber dónde estaba ó qué habia sido

dél, y contémoslo aquí hasta el punto que Colmenares y los mensajeros

le hallaron, y será referir una tragedia de las más infelices y

desastradas que acaescieron despues en estas partes. Metióse, pues,

Diego de Nicuesa en una carabela, y mandó que con él junto fuesen

siempre los dos bergantines, en uno de los cuales mandó que fuese por

capitan Lope de Olano, que era su Capitan general en toda la armada;

y las naos grandes ordenó que fuesen más metidas en la mar, por miedo

de los bajos, y él se iria más llegado á tierra, todos en demanda de

Veragua, hízose á la vela é del puerto de Cartagena, desde á poco

que salió de él Alonso de Hojeda, con el intento y órden que se ha

contado. Comenzó luégo la mar y vientos á serle contrarios, porque se

levantó gran tormenta, y llegando sobre la costa ó ribera de Veragua,

una noche, por huir de los peligros que padescen los navíos andando

de noche cerca de tierra, y el remedio general es hacerse á la mar,

tomólo para sí tambien Nicuesa, y en anocheciendo apartóse de la tierra

con su carabela, estimando, como se debia estimar, que los seguia, con

los dos bergantines, Lope de Olano; pero no lo hizo ansí, ántes, cerca

de una isleta, estuvo aquella noche (como dicen los marineros), al

reparo. Aquello dijeron que hizo por miedo de la tormenta, y algunos,

y el mismo Nicuesa, tuvieron sospecha, que por alzarse con el armada

y gobernacion lo hizo Lope de Olano; alguna presuncion se pudo tener

de ésto contra él, porque fué uno de los que anduvieron en esta isla,

con Francisco Roldan, contra el Almirante, alzados, de los cuales

arriba, en el libro I, escribimos largo, é yo se que fué dellos uno

Lope de Olano. Así que como amaneció y no pareció la carabela donde

iba Nicuesa, no curó de ir á buscarlo, ántes se arrimó á buscar las

naos, las cuales halló en un rio que llamaron el rio de los Lagartos,

y así se nombra hoy en las cartas de marear, y hoy se llama comunmente

rio de Chagre; está, de lo que llamamos hoy el puerto y ciudad del

Nombre de Dios, 20 leguas largas. Llegado allí, halló las naos cuasi

descargadas de todos los bastimentos y hacienda que tenian, porque de

la bruma estaban todas comidas que se anegaban; allí echó fama Lope

de Olano que Nicuesa era perdido y ahogado, y que por gran ventura él

se habia escapado, y como fuese Capitan general de Nicuesa, ó porque

todos lo eligieron de nuevo, ellos le obedecian y él los mandaba; y

dijeron algunos, que, de industria, dejó las naos en cierta punta

del rio de Belem, donde las hizo pasar con la gente para buscar allí

asiento para poblar, que dista cuatro ó cinco leguas del de Veragua,

porque se perdiesen, porque de salir de allí los españoles, como

andaban hambrientos y atribulados, perdiesen el ánsia. Y porque las

naos quedaban en la dicha punta, que no podian entrar en el rio por

ser baja la entrada, él embarcado en una barca de gente bien esquifada

(quiere decir llena y bien aparejada), en la entrada del rio, con la

resaca y braveza de la mar, se le anegó la barca y se le ahogaron 14

hombres, salvándose él por gran maravilla, con otros que supieron

bien nadar; estuvo en tierra con los demas, sin comer cuatro dias,

porque por la tormenta no pudieron sacar bastimento ninguno de las

naos del rio de Belem, que está, como dije, cuatro leguas de Veragua,

al Oriente. Metido en los bergantines, y una barca, con la gente que

pudo caber en ellos, entró por el rio de Veragua, en el cual mandó

que hiciesen catas para saber si habia oro, y hallando mucha muestra

dello, negábanlo diciendo que no habia oro ni comida, sino que era

tierra desesperada; ésto hacian y decian porque andaban todos ya muy

angustiados, y porque no pensase de perseverar en aquella tierra Lope

de Olano, y buscar remedio para se pasar á esta isla, por escapar de

donde temian perecer de trabajos y hambre. Los que quedaron en el rio

de Belem, como comian por tasa, y por no tener convinientes moradas,

porque estaban en chozas, que la humedad de la mar, y por las muchas

aguas que llovia, y de llagas que se les hacian de los muchos mosquitos

que habia, y más de verse atajados y sin esperanza de salir de allí,

atribulados moríanse muchos, notaron, en estas angustias estando, que

nunca moria alguno, sino cuando la mar menguaba; y como los enterraban

en el arena, experimentaron que en ocho dias eran comidos los cuerpos

como si hobiera cincuenta años que los hobieran enterrado, lo cual

tomaban por mala señal, entendiendo que áun el arena se daba priesa

á acabarlos. Añidióseles otro no chico trabajo, que una noche hizo

tanta tormenta en la mar, que les comió el arenal donde tenian hechas

sus chozas, por donde tuvieron necesidad de hacerlas más dentro, que

les fué desconsuelo doblado. Volvió Lope de Olano de Veragua al rio

de Belem, donde la otra gente de que agora hablamos estaba, y comenzó

á mandar que se hiciese una carabela de las tablas de las naos que la

mar habia hecho pedazos; la fama ó título que se publicó era, que la

carabela queria hacer para que se pasasen á esta isla, pero tambien

se dijo que era para se aprovechar della por allí, é no para salir de

aquella tierra, donde pensaba quizá ser rico. Comenzada la carabela, y

andando en la obra della adelante, acabáronseles los mantenimientos, y

fué tanta la hambre que padecieron que no puede ser creida; acabando de

parir una yegua, que allí tenian, como lobos hambrientos arremetieron

á comer las parias que hechó con el hijo, y se las comieron. Entre

estas angustias que Lope de Olano y la gente que con él andaba padecia,

no faltaban desventuras misérrimas y terribles tormentos al infelice

Nicuesa, el cual, como amaneciese, pasada la noche de la tormenta, y

no viese á los bergantines que traia Lope de Olano á par de sí, como

creia que tras él venian, fué grande su tristeza temiendo no fuesen

perdidos. Volvió luégo con su carabela sobre la costa, y visto un rio,

metióse por él hallando abundante fondo, porque venia, de las grandes

lluvias que hacia en las sierras, muy avenido, el cual, en muy breves

horas menguó tanto, sin cuasi sentillo, que la carabela tocó en el

arena, y no teniendo sosten dió de lado consigo. Viendo un marinero

que la carabela se abria, saltó de presto en el agua con un cabo, que

llamamos los hombres de tierra soga, para la atar en algun árbol en

tierra, pero fué tan vehemente la corriente que el rio traia, que, no

teniendo fuerzas para nadando vencerla, lo llevó y sacó á la mar, donde

no pudo ser de ninguno socorrido. Saltó luégo otro, no curando de la

muerte del pasado, con aquella ó otra soga, y vencida la corriente,

salió á tierra y á un árbol atóla, y por ella salió Nicuesa y los demas

como por puente, aunque no tan enjutos ni tan alegres como si fueran

por la de Alcántara, ni áun como por la de Sevilla. Perdióse allí

con la carabela cuanto bastimento y cosas traian, y así quedaron sin

comer y sin vestidos, mojados, angustiados y más que tristes. Acuerda

Nicuesa tomar por remedio, sólo uno que habia, que fué caminar por sus

piés al Occidente, buscando á aquella negra de Veragua que tanto caro,

áun hasta entónces, costado le habia; y pluguiera á Dios que allí sus

trabajos se le fueran concluidos. Tomada la barca de la carabela, mandó

ir cuatro marineros en ella por la mar, con inmenso peligro, para pasar

los esteros y rios que no pudiesen pasar á pié, y comiendo hierbas y

marisco que tomaban de la ribera, y muchos descalzos y cuasi todos

desnudos, andan los tristes y atribulados su camino, pasando ciénagas

muy lodosas, y anegadizos, y muchos rios y arroyos, y muchas veces

sin camino, y lo que mayor dolor les causaba no saber dónde Veragua

era, y si bien ó mal iban. Una mañana, cuando de donde habian dormido

se querian partir, llevando un paje de Nicuesa un sombrero blanco en

la cabeza, algunos indios, que debian espiallos, creyendo que el que

llevaba el sombrero blanco debia ser principal, ó Capitan entre ellos,

desde el monte le tiraron una vara, y diéronle en tal lugar que fué

luégo muerto con ella; causóles este desastre, mayormente á Nicuesa,

mucha angustia, sobre las que llevaban y tenian. Llegaron un dia de su

peregrinacion á la punta ó cabo de una ensenada, ó abra grande, que

hacia la mar, y por ahorrar camino acordaron de pasar en la barca,

su poco á poco á la otra punta. Ellos pasados, hallaron que aquellas

puntas, ó la una, eran de una isleta despoblada de todo consuelo y

remedio, que ni áun agua no tenian; viéndose así aislados, sobrevínoles

gran desmayo, y cuasi estuvieron puestos en total desesperacion de

remedio. Los cuatro marineros que iban en la barca, viendo que siendo

isla quedaban del todo perdidos, acordaron una noche, sin decir á

Nicuesa nada, volver atras, creyendo más al Poniente, por buena razon,

estarian. Ida la barca, y constando al triste Nicuesa con su desdichada

compañía, cada uno puede considerar cuál y cuánto sería el dolor,

la tristeza, caimiento de espíritu, amargura y perdimiento de toda

esperanza, sobre tantos males y angustias que habian padecido, que se

les acrecentaria. Díjose que andaban, como personas sin juicio, á un

cabo y á otro, dando alaridos, pidiendo á Dios misericordia, que se

doliese de sus desventuradas vidas, y tambien de sus ánimas. Comian

hierbas sin cognoscer si eran malas ó buenas, comian marisco que

hallaban por la ribera de la mar; y el mayor tormento fué faltalles

el agua, que en toda la isla no la hallaron, si no fué un charco de

ciénaga, lodoso y de agua salobre. Probaron muchas veces á hacer una

balsa de palos ó ramas de árboles para salir de aquella isla á tierra

firme, pero no les aprovechó nada, porque como no tenian fuerza para

nadar, los que nadar sabian, ni remos para la balsa, sacábala la

corriente grande á la mar, y así tornábanse. Estuvieron en aquella isla

muchos dias, y, segun entendí, más de tres meses, muriéndose dellos

cada dia, de pura hambre y sed, y de las hierbas que comian y del agua

salobre, y los que quedaban vivos andaban ya á gatas, pasciendo las

hierbas y comiendo crudo el marisco, porque no tenian vigor para poder

andar enhiestos. Bien puede juzgar cada uno, de los que esta Historia

leyeren, que lo que Nicuesa, para mayor dolor suyo vivia, segun lo que

padeció con los que con él en aquella carabela vinieron, fué una de

la más triste, dolorosa y amarga vida, por ser tan larga, que hombres

vivieron.

CAPÍTULO LXVI.

Llegó la barca con los cuatro marineros, despues de muchos trabajos

y peligros, donde Lope de Olano estaba y la demas gente, y diéronle

cuenta, como, por volver Nicuesa en su carabela á buscallo, se habia

perdido, y por extenso refiriéronle los trances, hambres y miserias

que habian padecido, y en el estado que quedaba en la isla, y que

ellos, sin le dar parte, se habian venido á buscar las naos para le

poder llevar remedio, porque si se lo dijeran entendian que no les

diera licencia, y así perecieran más aína. No hicieron buen sabor á

Lope de Olano las nuevas que habia oido, temiendo la ira de Nicuesa,

por se hallar reo del desastre acaecido; pero haciendo lo que en sí

era, despachó luégo el un bergantin, y dentro los cuatro que habian

en la barca venido, con algunos palmitos, y de la miseria, que los

que allí estaban con él tenian y comian. Ya que estaban todos los que

vivos quedaban en la isleta en el extremo para morirse, vieron venir el

bergantin con su refresco de palmitos, con cuya vista comenzaron como

á resucitar de muerte á vida, y á tener esperanza de no morir. Rogaban

á Dios, cada uno segun podia, que llegase á ellos el bergantin, é que

no se le siguiese algun impedimento, que desviase su vía; finalmente,

plugo á nuestro Señor consolallos con su llegada y vista. Bien se

puede aquí juzgar, no tener comparacion el gozo que los unos con los

otros hobieron, aunque harto mezclado de lágrimas y de tristeza, en

verse así, los unos y los otros, cercados de tantas miserias, y tan

disminuidos de las calamidades, en todas partes por todos, padescidas,

y las que tenian estarles por venir. Sacados los palmitos, comenzaron

á dar en ellos y del agua dulce que trujo el bergantin con la comida

y bebida, de lo cual no tuvieron chico peligro sobre los pasados;

Nicuesa proveyó que en ello tuviesen moderacion y tasa, puesto que no

era el que ménos de comida y de bebida tenia necesidad. Embarcáronse

todos en el bergantin, al cual no faltaron bravezas de la mar y

peligros grandes, ántes que al rio de Belem donde Lope de Olano y los

demas estaban, llegase. Ya Lope de Olano, temiendo la ira de Nicuesa,

tenia rogado á todos los que con él estaban, intercediesen por él, y á

Nicuesa aplacasen. Llegado Nicuesa, mandó prender á Lope de Olano, á

título y como á traidor, que lo habia dejado en los peligros tan graves

de la mar y de tierra que habia pasado, sin lo ir á buscar y socorrer

en tanto tiempo, como era obligado, por se alzar con la gobernacion,

de donde habian suscedido tan grandes daños, atribuyéndole las muertes

de tantos como habian muerto en ambas á dos partes, porque desde el

principio, si presente Nicuesa estuviera, diera otra órden como se

remediaran. Increpó con gran enojo, ásperamente, á los principales,

que con el Olano habian vivos quedado, imputándoles parte de aquella

maldad, porque no lo indujeron y forzaron á que fuese á buscallo.

Aquellos se excusaron diciendo, que no pudieron ni osaron más de

obedecelle, pues él lo habia constituido por su Capitan general,

y, porque temieron que luégo mandara justiciarlo, juntáronse todos

suplicándole que, pues Dios le habia hecho merced, y á todos ellos, en

traelle vivo, y de tantos peligros haberlo librado, les hiciese merced

de perdonallo, en lo cual cada uno de todos ellos la rescibian por

suya, y para su servicio los ternia con mayor vínculo de obligacion

aparejados. No bastó esto por entónces para blandeallo, sino que le

habia de dar de su traicion, segun merecia, el pago. Habíanle todos,

echándose á sus piés, con razones más lastimeras, y que el corazon le

penetraron: «Deberia bastar, señor, las desventuras que todos habemos

pasado, viniendo con vos este viaje, en el cual los 400 de nosotros ya

son acabados, y los que restamos vamos camino de acabarnos; para que

Dios á vos y á nos, en la vida poca que nos queda, no nos desampare,

bien será que vuestra merced perdone, de lo que se le debe, algo, pues

el deudor ya no tiene otra cosa, sino tan poca vida como nosotros, con

que pagarle. Porque si las hambres y tanta frecuencia de calamidades

nos desminuyen y apocan por una parte, y la justicia rigurosa por otra

nos mata, ¿quién señor, esperais que os sirva y acompañe? No hay duda

ninguna, sino que vuestra suerte no será bienaventurada, ni carecereis

de mayores trabajos.» Movieron á Nicuesa todas estas lástimas, y dejó

de justiciar á Lope de Olano, determinando de, en el primer navío,

desterrallo y enviallo preso á España. Y porque ni á Nicuesa, ni á

ninguna parte de su compaña, cuando se dividian, ninguna especie de

tribulacion y adversidad les faltaba, y ninguna de las que les ocurrian

les menguaba, sino que siempre les crecian y se les iban acrecentando,

viéndose así caer Nicuesa más y más cada dia, y cada hora, en peor

estado, hízose de aquí adelante muy impaciente, mal acondicionado é

inconversable; y así trataba muy mal y con aspereza á los pocos que

ya le quedaban, no considerando que las hambres, ni angustias que

padecian, y verse cada dia morir unos á otros, por tormento contínuo

les bastaba y sobraba. Enviábalos, á chicos y á grandes, enfermos y

sanos, á la tierra dentro por ciénagas y aguas, por montes y valles,

á saltear los pueblos de los indios y sus labranzas, para traer á

cuestas las cargas de la comida que hallaban, donde hacian y padecian

intolerables males. Creian que de industria les tractaba mal, por

vengarse dellos, por haberlo dejado de ir á buscar, pero ésto no lo

creo, por estar él asimismo en la misma extrema necesidad. Ya no

hallaban en toda la tierra que robar; los indios todos, puestos en

armas viéndose dellos así inquietar, hacian tambien contra ellos sus

saltos, para si pudiesen acabarlos. Morian cada dia, de hambre y de

enfermedades, y á tanta estrechura ó penuria vinieron, que 30 españoles

que fueron á hacer los mismos saltos, padeciendo rabiosa hambre y

hallando un indio, que ellos ó otros debian haber muerto, estando ya

hediendo, se lo comieron todo, y de aquella corrupcion quedaron todos

tan inficionados que ninguno escapó. Vistos y padecidos, y padeciendo

tambien tanta miseria y trabajos, determinó Nicuesa dejar aquel

asiento y tierra, como desafortunada, y mandó que cada uno aparejase

su carguilla de alhajas, si algo tenia, porque queria ir á buscar otro

asiento hácia el Oriente, donde poblase. Rogáronle todos, que, porque

cada uno tenia sembrado su poquillo de maíz, y otras hierbas para

remediarse, y desde á pocos dias se habia de madurar, que hasta que

lo cogiesen la partida dilatasen; no quiso aceptarlo. Mandó embarcar

los que le pareció, en la carabela que habia hecho Lope de Olano y

en los dos bergantines, y dejólos allí, señalándoles por Capitan un

Alonso Nuñez, que ya, por Alcalde mayor suyo, habia nombrado; embarcado

Nicuesa, con sus velas manda que guien hácia el Levante, y que vayan

mirando por la ribera donde parezca algun puerto y buena disposicion

de tierra, y andadas cuatro leguas, dijo un marinero á Nicuesa que

se queria acordar de un puerto que cerca de allí estaba, el cual

vido cuando los años pasados, con el Almirante primero que estas

Indias descubrió, vino, y se halló en el descubrimiento de aquella

provincia, y de la de Veragua, descubriendo por la costa de aquella

tierra firme, y la señal desto, que daba, era que allí en la arena

hallarian una ancla medio enterrada, que dejó el Almirante perdida, y

cerca de allí, debajo de un árbol, una fuente de agua dulce muy fresca.

Fueron allá, y hallaron el ancla y la fuente; y este puerto era al

que nombró el Almirante viejo, puerto Bello, como en el cap. 22 dicho

queda. Fué loado el marinero de hombre de buena memoria é ingenio,

llamábase Gregorio Ginovés. Aquí en este puerto Bello, salieron á

tierra ciertos españoles á buscar de comer, porque venian flaquísimos

de hambrientos, que no se podian tener sobre las piernas, y en él, y

en otras partes que atras en tierra saltaron, por el mismo fin, los

indios les resistian y peleaban con ellos, y mataron en aquel camino,

de los españoles, 20; porque, no pudiéndose tener de flaqueza ni tener

las armas en la mano, ¿cómo podian pelear, aunque sus enemigos fueran

las grullas que pelean con los pigmeos? De este puerto Bello se

pasó adelante, al Levante, seis ó siete leguas, á otro puerto, cuyos

moradores se llamaban chuchureyes; y porque le pareció que habia en

aquel lugar disposicion para hacer una fortaleza, determinó de poblar,

y dijo: «paremos aquí en el nombre de Dios»; y desde allí le quedó el

nombre, hasta hoy, el puerto y ciudad del Nombre de Dios, que asaz es

bien celebrado su nombre hoy, no tanto por la devocion, cuanto por la

extraña y nunca vista ni oida, ni áun soñada cuantidad de oro que se

ha embarcado para España, venida del Perú; y este puerto fué al que

puso el Almirante primero, puerto de Bastimentos, como arriba, en el

cap. 23, se declaró. Allí el mismo Nicuesa, con su misma espada, hizo

actos de tomar posesion por los reyes de Castilla; comenzó á hacer

una fortalecilla para resistir á los primeros ímpetus que los indios

diesen, para la obra de la cual no perdonó á chico ni á grande, ni á

enfermo, flaco, ni hambriento, como, en fin, lo eran. Hacíales ir á

puerto Bello por bastimentos y traellos á cuestas, blasfemaban dél y

aborrecíanlo, teníanlo por enemigo cruel, ni en obras ni en palabras

suyas no hallaban una palabra de consuelo; íbanle á pedir de comer, que

morian de hambre, ó á suplicalle que no los hiciese trabajar, porque no

podian de descaecidos; respondíales, «andá, idos al moridero.» Moríanse

cada dia de hambre en los trabajos, cayéndose de su estado, que era

verlos una intolerable miseria; despues que salió de Belem, dellos en

el camino, dellos de los que dejó en el mismo Belem, dellos haciendo la

fortaleza en el Nombre de Dios, se le murieron 200 hombres, y así se le

consumieron poco á poco los 785 hombres que sacó desta isla Española,

de todos los cuales no le quedaron arriba de 100 cuando hizo ésta

fortaleza. Y esto era fin del año de 1510, por el mes de Diciembre. La

gente que dejó en Belem no andaba en añazcas ni en fiestas, sino, en

cinco meses que allí estuvieron, por no poder enviar por ellos á causa

de los vientos vendabales, que prohibian que no fuesen los bergantines,

vinieron á tanta hambre y penuria, que ni sapos, ni ranas, ni lagartos,

ni otras cosas vivas, por sucias que fuesen, no dejaban de comellas.

Cayó uno de ellos en un grande aviso, que fué rallar los palmitos,

como si fuera yuca, y hacer harina dellos, y despues, echado en un

horno, hacíanlo tortas, de la manera propia como se hace el pan caçabí

en esta isla; desque vieron hecha una torta, todos los demas corrieron

á ella, y como si viniera del cielo así la recibieron. Fuéles á todos

aquella invencion, singularísimo remedio, para que todos no muriesen;

al cabo, envió por ellos la carabela, Nicuesa, y así vinieron al Nombro

de Dios. Venidos, envió á un Gonzalo de Badajoz, con 20 hombres, á las

poblaciones de los indios á saltear y captivar los que pudiese, para

enviar á esta isla por esclavos, porque con este sacrificio le ayudase

Dios en lo porvenir, como le habia ayudado y ayudaba en lo presente.

Acordó de enviar y envió á un deudo suyo, en la carabela, para esta

isla, que le llevase los mil tocinos que dejó haciendo en la villa ó

puerto de Yaquimo, y otros bastimentos, pero nunca gozó dellos, y se

perdieron, porque, segun se dijo, el almirante Don Diego impidió que

no se los llevasen, y puesto que se los llevaran no le hallaran vivo;

y áun no supe si llegó acá la carabela. Envió al dicho Badajoz, con 50

hombres á robar bastimentos por las comarcas de aquella tierra, donde

habia hartos escándalos, y mataba y le mataban gente. Comidas todas las

labranzas de toda aquella tierra, y los indios corridos por los montes,

huyendo y juntándose para defenderse, y siempre aparejándose para

guerra, ni sembraban ni cogian, y así los unos ni los otros no tenian

remedio; pero porque los indios se contentaban con poco, y tienen y

hallan fácilmente, de sus hambres, cuando anclan sueltos, remedio, y

nosotros no así nos contentamos, ni pasar como ellos podemos, llegó

Nicuesa, y los pocos que con él estaban, á necesidad de hambre y

enfermedades tan extrema, que no se hallaba uno que velase de noche,

que llaman centinela los hombres de guerra. Desta manera cada dia se le

morian y consumian los pocos que ya eran.

CAPÍTULO LXVII.

Estando Nicuesa y su poca gente, que de tantas miserias y hambres y

calamidades le habia quedado, en el extremo y angustia que habemos

contado, llegaron los mensajeros, con Colmenares, de los del Darien,

con quien lo enviaban á llamar para que los gobernase; y porque,

como ya se dijo, venian á buscallo sin saber dónde estaba, pasábanse

con su nao de luengo de costa, y del puerto del Nombre de Dios, sino

fuera por un bergantin que Nicuesa habia enviado á las isletas que

allí junto estaban por bastimento, que tambien se llamaban islas del

Bastimento, por ser fértiles y tener muchas labranzas. Los que estaban

en el bergantin vieron venir la nao, que no poco consuelo y alegría,

de verla, tomaron; fueron luégo á ella, donde los unos á los otros

de su propio estado y propósito informaron. Fuéronse luégo al puerto

del Nombre de Dios, donde Colmenares y los que con él venian, de ver

á Nicuesa y á 60 personas (que ya no le quedaban más de 700 y tantos

que trujo), que haciendo la fortaleza con él estaban, tan flacos, tan

descaecidos, rotos y cuasi desnudos y descalzos, y en toda miseria y

tristeza puestos, quedaron espantados. No faltaron lágrimas, llantos

grandes y espesos, de ambas á dos partes, mayormente oidas las hambres,

las muertes y tan infelices desastres; Colmenares, con gran compasion,

cuanto podia, con palabras dulces y amorosas, dándoles esperanza de

que Dios los remediaria, en cuanto le era posible á Nicuesa consolaba,

mayormente diciéndole como los del Darien le enviaban á suplicar que

fuese á gobernarlos, donde habia buena tierra y tenian de comer, y

oro no faltaba, y allí descansaria mucho de los muchos y grandes

trabajos pasados. Con ésto, Nicuesa tomó algun resuello y descanso,

y con los mantenimientos que le traia y trujo, desterró de su pobre

casa la hambre, dando increibles gracias, por tanto consuelo y socorro

tan tempestivo, á Colmenares; y dijeron que aquel dia, guisada una

gallina de las que Colmenares trujo, por el alegría la cortó en el

aire, porque, como arriba se tocó, era Nicuesa muy gran trinchante,

oficio y gracia en casa de los grandes señores, los tiempos pasados,

no poco estimada. Pero como la prudencia de los hombres, cuando Dios

no la infunde, ser prudentes cuanto hombres muchas veces les aprovecha

poco, y otras muchas les daña, á Diego de Nicuesa, á quien cognoscí

yo, que en esta isla, de prudente fué muy estimado, y era en ella uno

de los más principales, hobo, al mejor tiempo, de faltalle. ¿Quién

pudiera pensar, de los que á Nicuesa cognoscieron, que estando en

tan desventurado estado, donde cada hora morir infelicísimamente, no

como quiera, sino en amarguras grandes, y de angustias dolorosísimas

cercado, esperaba, enviándolo á llamar para subjectársele los que

pudieran bien dejarlo, sacándolo de todos aquellos males, que acabadas

las lágrimas y llantos que tuvo con Colmenares, luégo públicamente

dijese que los habia de tomar el oro que habian en aquella tierra, sin

su licencia y beneplácito, habido, y sobre todo ellos castigallos?

¿Qué mayor imprudencia pudo hallarse, y qué yerro, en tal tiempo, á

éste puede ser comparado? É ya que los otros fueran dignos, como eran,

de ser despojados del oro que habian robado y por ello castigados

(no por la injuria que hicieron en ello á Nicuesa, pues él tambien

robaba, y por ésto castigallos él muy poco curaba, como ciego como

los otros, sino por roballo á sus dueños, y las muertes y escándalos

que en la tierra y gentes della causaban, por los cuales tambien Dios

á él castigaba), al ménos, hasta que fuera rescibido, disimulara.

Pero como nuestro Señor tenia determinado de lo castigar con su total

fenecimiento, por la matanza que hizo en Cartagena, y por las que

tenia en la intencion de hacer por aquella su gobernacion de Veragua,

y áun por los sudores que llevó á los indios desta isla, y las vidas

de los que por sacarle oro murieron, y por los saltos que hizo en

la isla de Sancta Cruz, captivando injustamente los indios que allí

tomó y vendió en ésta ó en la de Sant Juan por esclavos, por eso, para

cumplirse la voluntad y sentencia de Dios en él, no habian de faltar

ocasiones ni achaques. Hizo tambien otro yerro grande, y éste fué

dejar ir una carabela, y los que en ella fueron, delante, diciendo que

él queria ir á visitar ciertas isletas, que por aquella mar, en el

camino, estaban. Díjose que aquella noche Lope de Olano, que Nicuesa

traia siempre preso, habló con algunos de los que vinieron del Darien,

indignándolos, y que dijo al tiempo del embarcar públicamente: «¿Piensa

que le han de rescibir los de Hojeda como nosotros le rescibimos,

cuando venia perdido en Veragua?» Embarcóse, pues en el Nombre de Dios

en un bergantin, enviando la carabela delante, donde iba el bachiller

Corral y Diego Albitez, y otros, que avisaron de lo que habia dicho

de tomarles el oro y castigarlos, y de como era cruel y riguroso, y

tractaba, los que consigo traia y estaban, mal, y otras cosas, cuantas

pudieron para mudarles los ánimos; y llegado á las isletas, envió

delante al Veedor del Rey, llamado Juan de Cayzedo, ó Quizedo, en una

barca, que de secreto era su enemigo por ciertas cosas de su honra,

en que de Nicuesa se tenia por muy agraviado, para que dijese á los

del Darien como ya iba, como si le hobieran de salir á rescibir con

arcos triunfales. El veedor Quizedo no via la hora de verse fuera de

su poder, lo que muchos dias habia que deseaba, y, llegado al Darien,

impropera mucho á todos los que pretendian que Nicuesa los gobernase,

diciendo, ¿que cómo habian osado incurrir en tan grande error como

era, siendo libres, quererse someter á la gobernacion de Nicuesa, que

era un tirano, el cual era el peor hombre del mundo y más cruel, y que

peor tracta los que consigo trae, á los cuales toma todo lo que en

la guerra contra los indios se toma, diciendo que todos los despojos

son suyos, como traia propósito de hacer con ellos, como verian, y

por ello castigallos, porque todo lo habian tomado en aquella tierra

que era de su gobernacion? y otras palabras y razones terribles que

los asombraban. Pues como los del Darien oyesen tan duras nuevas,

por tantos testigos relatadas, temiendo ser maltratados, y amigos de

libertad y de no tener sobre sí yugo y superioridad, que, para su robar

y adquirir oro, les fuese á la mano, poca persuasion era menester para

movellos y alborotallos. Convertíanse contra sí mismos, de sí mismos

quejándose, porque tan inconsideradamente determinaron llamarlo. Quien

más en no rescibirlo á todos solicitaba fué Vasco Nuñez, porque más

que otro creia que, aceptándolo, aventuraba. Díjose que llamó á todos

los principales uno á uno, sin que el uno supiese del otro, y los

persuadió á que, pues habian errado en llamalle, que lo remediasen con

no rescibillo; llamó al escribano secretamente la misma noche, é hizo

una protestacion, y pidióle testimonio como él no era en lo que contra

Nicuesa se hacia, ántes estaba presto y aparejado para obedecelle y

hacer lo que le mandase, como Gobernador del Rey.

CAPÍTULO LXVIII.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 26 / 37 段