Comidos tambien los bastimentos que trujo el navío que hurtó Bernardino

de Talavera, tornaron á hambrear y verse en el estrecho de hambre y

miseria que ántes tuvieron, y como se morian cada dia de hambre, y el

bachiller Anciso, con el socorro que esperaban, no venia, daban voces

contra Hojeda, diciendo los sacase de allí, pues todos perecian, y de

secreto murmuraban y trataban de hurtar los bergantines y venirse á

esta isla, y otras cosas que como aborridos y desesperados decian y

hacian. Visto por Hojeda su inquietud y miseria, determinó decilles y

poner por obra, que pues Anciso no venia, que él mismo determinaba de

venir á esta isla en la nao que habia llevado Bernardino de Talavera,

y llevalles mantenimiento y todo socorro, y que no tomaba de término,

para tornar á vellos ó para les enviar remedio, más de cincuenta

dias, los cuales pasados, sino hobiese venido ó enviado, les daba

licencia para que despoblasen el pueblo y se viniesen á esta isla en

los bergantines, ó hiciesen de sí lo que quisiesen; plugo á todos su

determinacion y salida de la tierra, para venir á esta isla, esperando

que más presto serian socorridos. Dejóles por su teniente é capitan á

Francisco Pizarro, que era uno dellos, y el que despues fué Marqués en

el Perú, hasta que Anciso viniese, que ya tenia elegido por su Alcalde

mayor; los 70 hombres ó la mayor parte dellos que habian venido con el

Bernardino de Talavera, viendo la miseria y peligros de las vidas que

los de Hojeda pasaban, no quisieron quedar en la tierra, sino volverse

á esta isla, escogiendo por menor mal lo que aquí les sucediese, que el

que allí, quedando, tenian por cierto que padecerian. Embarcóse, pues,

Hojeda con el Bernardino de Talavera y con los demas en aquel hurtado

navío, y no pudiendo tomar esta isla, fueron á dar á la de Cuba, y creo

que á la provincia y puerto de Xaguá, de que arriba en el cap. 41,

algunas cosas dijimos, donde áun no habian pasado á poblar españoles;

en la cual, saltando en tierra y desmamparando el navío, diéronse á

andar por la isla, camino del Oriente, para se acercar más á ésta.

Acaeció que ó en el navío, por el camino, ó ántes que se embarcasen, ó

despues de salidos á tierra en Cuba, ó sobre quién habia de capitanear,

ó por otras causas, que yo no curé de saber cuando pudiera saberlas,

revolviéronse Hojeda y Bernardino de Talavera, ó quizá que venian en

el navío alguno de los súbditos del mismo Hojeda, por vengarse de

algunos agravios que estimasen haber dél rescibido; finalmente, hechos

todos á una con el Talavera, prendieron al Hojeda, y preso lo llevaban

cuando iban por Cuba, camino, salvo que iba suelto porque tuvieron

muchas bregas y recuentros con los indios, y valia más Hojeda en la

guerra que la mitad de todos ellos; y como era tan valeroso en fuerzas

y ligereza y esfuerzo, trayéndolo preso los deshonraba á todos, y los

desafiaba, diciendo: «bellacos traidores, apartaos ahí, de dos en

dos, y me mataré con todos vosotros.» Pero ninguno habia que le osase

hablar ni llegarse á él; y porque como muchos indios, de los vecinos

de aquella isla de Cuba, eran naturales desta isla, y se habian huido

della por la destruccion y muerte que los españoles hacian y causaban

á las gentes de ésta, y cognoscian bien sus obras por experiencia,

item, las matanzas y despoblaciones que hacian en las gentes inocentes

de las islas de los Lucayos, cuando los vieron tantos juntos, creyendo

y temiendo que venian á les hacer otro tanto, salíanles al camino á

resistillos que no entrasen en sus pueblos, y, si pudieran, tambien

matallos, aunque eran tan pocas y tan débiles sus armas, que no tenian

sino unos simples arcos, y ellos gente pacífica y no osada á reñir con

nadie, que todos juntos aunque eran muchos les pudieran hacer como les

hicieron poco daño; pero porque los españoles venian flacos, y con gran

trabajo, por no pelear con los indios huian de los pueblos, llegándose

siempre á la costa de la mar, y habiendo andado más de 100 leguas,

hallaron junto á la mar una ciénaga que les llegaba á la rodilla y poco

más, y pensando que presto se acababa, proseguian su camino adelante;

andados dos ó tres dias, íbase ahondando la ciénaga, y, esperando que

no podria durar mucho más y por no tornar á andar lo que quedaba atras,

como habia sido muy trabajoso, todavía andaban más, la ciénaga crescia

más, así en la hondura como en alejarse. Desta manera anduvieron ocho

y diez dias por ella, con esperanza de que se acabaria, y con temor

de andar lo que dejaban atras andado, habiendo padecido incomparable

trabajo de sed y hambre, siempre á la cinta el lodo y el agua, noches

y dias, y para dormir subíanse sobre las raíces de los árboles mangles

y allí dormian algun sueño, harto inquieto, triste y amargo. La comida

era el caçabí y algun bocado de queso, si alguno lo alcanzó, y axí, que

es la pimienta de los indios, y algunas raíces de ajes ó batatas, como

zanahorias ó turmas de tierra, crudas, que era lo que cada uno llevaba

sobre sus cuestas en su mochila ó talega, y bebian del agua salobre

ó salada. Anduvieron más adelante, con la dicha esperanza de que se

acabaria camino tan mortal, y tanto más la ciénaga se les ahondaba

cuanto se dilataba más. Llegaban muchas veces á lugares, por ella, en

los cuales les llegaba el cieno y agua hedionda á los sobacos, y otras

que les subia sobre las cabezas, y otras más alto, donde se ahogaban

los que no sabian nadar. Mojábaseles la comida como las talegas andaban

nadando, y el caçabí, mojado, es luégo perdido, que de ningun provecho

puede ayudar, como lo podian ser obleas en un charco echadas. Traia

Hojeda en su talega, con la comidilla, una imágen de Nuestra Señora,

muy devota, y maravillosamente pintada, de Flandes, que el obispo D.

Juan de Fonseca, como lo queria mucho, le habia donado, con la cual

Hojeda tenia gran devocion, porque siempre fué devoto servidor de la

Madre de Dios; en hallando que hallaba algunas raíces de los dichos

árboles mangles, que suelen estar sobre el agua levantadas, parábanse

sobre ellas un rato á descansar, los que por allí se hallaban, porque

no todos venian juntos, sino unos que no tenian tantas fuerzas ni tanto

ánimo, quedábanse atras, y otros desmamparados, y otros más adelante;

sacaba Hojeda su imágen de su talega y poníala en el árbol, y allí la

adoraba y exhortaba á que los demas la adorasen, suplicando á Nuestra

Señora los quisiese remediar; y ésto hacia cada dia y muchas veces cada

y cuando hallaba oportunidad. Y porque les era imposible tornar atras,

por no reandar lo que con tantas angustias y daños habian andado, ya no

pensaban en volver hácia atras, sino en morir todos allí ahogados, ó de

hambre y sed, como ya muchos muertos quedaban, con sola la esperanza

de que la ciénaga se habia de acabar. Duróles la ciénaga 30 leguas, y

anduvieron por ella treinta dias con los trabajos y miseria que dichos

se están; murieron de hambre, y sed y ahogados, creo que de todos

ellos, que eran 70, la mitad. Cierto, que, aunque los trabajos que en

estas Indias los españoles han querido pasar, por buscar riquezas, han

sido los más duros y ásperos que hombres en el mundo nunca pasaron,

éstos que aquí Hojeda y los que con él venian padecieron, fueron de

los más grandes. Plugo á Dios que llegaron algunos, los más recios

y ligeros, y que más pudieron sufrir calamidad tan grande, hasta al

cabo, y hallaron un camino seguido, por el cual se dieron á andar, y

á obra de una legua llegaron á un pueblo de indios llamado Cueyba,

la y letra luénga, y llegados, cayeron como muertos de flacos. Los

indios de vellos quedaron espantados; dijéronles como atras quedaban

los demas en aquel doloroso trabajo, ó por señas, ó porque allí

venian algunos que de la lengua desta isla, que con la de aquella era

toda una, sabian algunos vocablos. Hallaron tanta piedad y compasivo

acogimiento en los indios, que no lo hallaran alguno dellos mejor en

casa de sus padres; á los que allí llegaron diéronles luégo de comer de

todo lo que tenian, que no era en poca abundancia, porque la isla de

Cuba en gran manera era de mantenimientos abundante, como, placiendo

á Dios, se dirá. Laváronlos, limpiáronlos, recreáronlos. El señor del

pueblo envió luégo mucha gente, con comida para los otros que en la

miseria y tristeza quedaban, mandándoles que los ayudasen á salir, y

los recreasen y alegrasen, y los que no pudiesen venir los trujesen

á cuestas, y entrasen por la ciénaga y buscasen los que faltaban.

Hiciéronlo los indios tan bien y mejor que les fué mandado, porque

cuando no son exacerbados y maltratados de nosotros ántes, siempre

así lo hacen. Traidos y llegados todos los que escaparon, fueron allí

servidos muchos dias, mantenidos, recreados y consolados, como si los

indios estimaran que fueran ángeles, y es cierto, que si 1.000 ó 10.000

fueran los españoles, si los indios quisieran matallos, segun venian,

uno ni ninguno dellos no quedara; y porque Hojeda, con la devocion que

á Nuestra Señora tenia, se habia mucho á su misericordia encomendado,

y hecho voto que saliendo salvo al primer pueblo, dejaría en él su

imágen, dióla al señor del pueblo, é hízole hacer una ermita ó oratorio

con su altar, donde la puso, dando alguna noticia de las cosas de Dios

á los indios, segun que él pudo hablarles, diciéndoles que aquella

imágen significaba á la Madre de Dios, que estaba en el cielo, Dios

y Señor del mundo, llamada Sancta María, de los hombres muy abogada.

Fué admirable la devocion y reverencia que á la imágen tuvieron desde

adelante, y cuán ornada tenian la iglesia de paños hechos de algodon,

cuán barrida y regada; hiciéronle coplas en su lengua, que en sus

bailes y regocijos que llamaban areítos, la i letra luenga, cantaban, y

al son de las voces bailaban. Yo llegué, algunos dias despues de este

desastre de Hojeda y su compañía, y vide la imágen puesta en el altar,

y la iglesia ó oratorio, de la manera dicha, compuesta y adornada. Y

cuando habláremos, si á Dios pluguiere, de las cosas de aquella isla,

en el libro III, contaré otras cosas cerca de la devocion que los

indios tenian con esta imágen, no dignas de ser calladas.

CAPÍTULO LXI.

Estuvieron en aquel pueblo los españoles todo lo que les plugo y

quisieron estar, sirviéndoles los indios como si fueran padres y

hermanos; y, despues de sanos y hartos y recreados, dadas las gracias

al Señor y á los demas, y con muchos indios cargados de comida y de sus

hatillos, que el Cacique ó señor les dió, que los guiasen y acompañasen

hasta ponellos en otros pueblos, pasado un despobladillo que por allí

hay, por ser tierra muy baja, que creíamos, los que despues por allí

pasamos, que otro tiempo debia ser aquello mar, finalmente, llegaron

á la provincia y pueblo llamado Macáca, la media sílaba luenga; allí

los rescibieron muy bien los indios, y hospedaron, como los indios

universalmente lo suelen hacer donde no han sido primero agraviados.

Los españoles, como se vian aislados, y no remedio para salir de

aquella para esta isla, y redujesen á la memoria estar españoles en

la de Jamáica, la cual distaba de donde habian llegado obra de 20

leguas, tractaron entre sí de quién se atreveria pasar en una canoa

ó barquillo de indios, á dar nuevas en Jamáica dellos, y del estado

en que estaban y habian venido. Ofrecióse luégo un Pedro de Ordás,

diciendo que él iria, (no me acuerdo si fué solo él ó le acompañó

alguno de los otros), rogaron al Cacique ó señor del pueblo que les

diese una canoa esquifada ó proveida de indios, para que pasasen á

Jamáica; hízolo de muy buena voluntad, y proveyóles de comida con

todo lo necesario, cuanto fué posible. Partiéronse y llegaron á la

isla, y dieron noticia á Juan de Esquivel, Teniente, que el Almirante

habia enviado allí, pocos dias habia, como en el capítulo 52 dijimos,

el cual proveyó luégo de una carabela que allí tenia proveida de

lo que habian menester, para que trujesen á Hojeda y á todos los

demas; y en ella envió á Pánfilo de Narvaez por Capitan, de quien

abajo hay bien que decir é de su desastrado fin. Llegada la carabela

al puerto de Macáca, como la vieron fué grande el alegría que todos

rescibieron, y Hojeda pidió al Cacique una canoa para que le llevase á

la carabela, y así como Pánfilo de Narvaez le vido, díjole con mucha

gracia: «Señor Hojeda, lléguese vuestra merced por esta parte, tomalle

hemos.» Respondió Hojeda: «Señor, mi remo no rema,» dando á entender

los desacatos y agravios que de Bernardino de Talavera y de los otros

habia rescibido. Rescibido en el navío, Pánfilo de Narvaez, que era

hombre honrado y de bien, y cognoscia bien á Hojeda, y lo que segun

la estimacion de los hombres merescia, le hizo grande acatamiento, y

trató como la persona que era; despues rescibió en el navío á todos

los otros, y llevólos á la isla de Jamáica. Juan de Esquivel, como

era caballero y se habia visto próspero, y despues muy caido, porque

habia seguido muchos años los vaivenes de la fortuna, como nos contó

algunas veces á ciertas personas que estábamos en esta isla con él

juntos, no curando de acordarse de las palabras de amenazas que Hojeda

le dijo en esta ciudad, al tiempo que se partia para esta su desdichada

empresa, que le cortaria la cabeza si á Jamáica iba, le hizo grande

acogimiento y hospedaje benigno, y mostró dulce y graciosa y familiar

conversacion, aposentándole en su casa y haciéndole servir como á su

persona misma. Pasados algunos dias, que descansó de tan trabajosa vida

como desde que salió desta isla Hojeda habia tenido, pasóse á ésta,

quedando Juan de Esquivel y él muy grandes amigos. Quedáronse allí

todos los más de aquellos que con Hojeda venian, no osando pasarse á

esta isla por miedo de la justicia, por el hurto de la nao y por las

afrentas que dellos habia Hojeda rescibido; pero sabido por la justicia

del Almirante, quedar en Jamáica, envióse por ellos en especial por

el Bernardino de Talavera. Trujéronlo preso, y creo que á otros con

él, que debian ser los culpados ó más culpados, y convencidos por su

ordinario juicio, sentenciaron á ahorcar á Bernardino de Talavera,

y ejecutóse la sentencia en él, y creo que tambien ahorcaron ó

afrontaron á otros con él, si no me he olvidado, por el mismo delito;

por lo que á Hojeda hicieron no creo que hubo castigo, porque no era

hombre Hojeda que los acusaria. Estuvo Hojeda en esta ciudad despues

desto muchos dias, y creo que fué más de un año, y yo lo vide; algunos,

que debian ser de los que con él mal estaban, y quizá de los que con

él habian desto viaje venido, lo aguardaron para lo matar una noche

que venia de pasar tiempo en conversacion buena con amigos, pero aína

les hobiera pesado de haberle acometido, porque creo que los corrió

por una calle adelante á cuchilladas, segun que siempre hacer solia en

semejantes refriegas. Al cabo, cuando plugo á Dios, no mucho despues

de lo dicho, que fuesen cumplidos sus dias, murió en esta ciudad de

su enfermedad, paupérrimo, sin dejar un cuarto, segun creo, de cuanto

habia rescatado y robado, para su entierro, de perlas y oro á los

indios, y dellos hechos esclavos muchas veces que á tierra firme habia

venido; mandó que lo enterrasen á la entrada, pasado el lumbral, luégo

allí, de la puerta de la iglesia y monasterio de Sant Francisco; y así

no acertaron los que dijeron que el Almirante queriendo prenderlo, se

habia retraido á Sant Francisco, y allí habia muerto de la herida que

en Urabá rescibido habia, porque, como dije, yo lo vide suelto, y libre

y sano, pasear por esta ciudad, y despues, yo salido de aquí, oí ser

fallecido. Este fué el fin de Alonso de Hojeda, que tantos escándalos

y daños en esta isla (como en el primer libro queda dicho), hizo á

indios; éste fué el primero que hizo la primera injusticia en esta

isla, usando de jurisdiccion que no tenia, cortando las orejas á un

señor Rey y Cacique, que con mayor y más cierto derecho, jurisdiccion y

justicia propia, por el derecho natural concedido, pudiera á él y los

que con él iban, y al mismo Almirante que los envió (como á injustos

y violentos tiranos, invasores de los reinos y tierras, y señoríos

ajenos), justiciar y hacer pedazos. Hojeda fué tambien el que por maña

y cautela, ó por manera ilícita, prendió y trujo á la Isabela preso

al rey Caonabo, que se ahogó estando en cadenas en cierto navío, para

llevar á Castilla contra toda justicia y razon. Este fué asimismo

el que infestó á tierra firme, y á otras destas islas, que nunca le

ofendieron, y llevó dellas muchos indios á vender por esclavos á

Castilla, como queda en el primer libro dicho. Y finalmente, lo que

agora en éste su postrero viaje por la provincia de Cartagena y el

golfo de Urabá hizo, y fué causa que Nicuesa hiciese, con otros muchos

insultos, que, si yo cayera en los tiempos pasados en ello, pudiera

dél mismo sabellos, y de otras muchas personas que con él anduvieran,

para referirlos; y porque no cometió ménos que otros (al ménos que los

de aquellos primeros tiempos, porque de los que despues sucedieron

otros le excedieron ciento por uno), pudiera y debiera padecer otro más

desastrado fin, pero yo lo atribuyo que por honra de la Madre de Dios,

de quien se afirmaba ser muy devoto, quiso dispensar con él la divina

justicia en que muriese en su paz, y en su cama, quito de barahundas,

para que tuviese tiempo de llorar sus pecados, en esta ciudad do Sancto

Domingo. Y plega ó haya placido á Dios de haberle dado cognoscimiento,

ántes de la muerte, de haber sido pecados los males que hizo á indios.

CAPÍTULO LXII.

Tornemos á tractar de los que quedaron en la fortaleza de Urabá, los

cuales, despues de partido Alonso de Hojeda, padeciendo extremas

angustias y hambres, esperaron todavía los cincuenta dias que

de término les habia dejado, y viendo que ni venia ni enviaba,

determinaron deshacer y dejar el pueblo, y en los bergantines, para

esta isla, embarcarse; y haciendo cuenta de los que podrian caber en

ellos, vieron que para llevar á todos, que debian de ser hasta 60,

no eran capaces; por lo cual no hallaron otro remedio, sino esperar

que la hambre y enfermedades, y tambien los indios con sus flechas,

los menoscabasen hasta quedar tantos cuántos los bergantines pudiesen

llevar. No pasaron muchos dias que la hambre y las angustias, y los

indios peleando contra ellos, porque iban á sus pueblos á tomalles

la comida, de tal manera los apocaron, que pudieron bien caber y

tener lugar en los bergantines, y que les sobrase. Habian dejado

cuatro yeguas vivas, para su defensa, porque con ellas los indios se

asombraban, éstas hicieron tasajos y echaron en sal, y metido lo que

más pudieron meter, entraron en los dos bergantines, yendo por Capitan

del uno, Francisco Pizarro, y del otro, un Valenzuela. Hiciéronse á la

vela, seis meses despues que allí habian entrado; salidos del golfo de

Urabá, y siendo, cerca de la isla Fuerte, obra de 20 leguas, salidos á

la mar, dió un golpe de mar al bergantin de Valenzuela, que lo metió

con todos los que llevaba debajo del agua, donde, á vista de Pizarro y

de los que con él iban y oyendo los gritos dellos, todos se ahogaron;

dijeron los del otro bergantin, que vieron una ballena ó otro pece muy

grande, que con la cola les hizo pedazos el timon ó gobernario. Pizarro

fuése con su bergantin á entrar y escaparse en el puerto de Cartagena,

y él que entraba vido venir un navío y un bergantin; esperóle, y era

el bachiller Anciso, el cual lo traia cargado de bastimentos, y 150

hombres y doce yeguas, y algunos caballos, y puercas con sus berracos

para criar. Traia tambien muchos tiros de pólvora, y lanzas, y espadas

y otras armas, y trujera más de la gente que habia en esta isla, muy

adebdada, porque concertó con muchos que se saliesen á la costa de

la mar del Sur, en los puertos que habia hasta el cabo de la isla, y

que él iria con su navío y bergantin por ellos, y los iria tomando

cuantos hallase; pero, sabido por el Almirante, mandó que fuese una nao

armada con él, hasta dejallo pasado desta isla, porque los acreedores

se lo requirieron. Con toda la diligencia que se puso, no dejó Vasco

Nuñez de Balboa de ir en el navío, metido en una pipa vacía; díjose

que contra voluntad y sin saberlo Anciso. Este Vasco Nuñez era uno de

los que muchas deudas debia, vecino del postrero pueblo desta isla,

al Occidente, llamado Salvatierra de la Çabana, donde tenia indios de

repartimiento, natural de Badajoz. Era mancebo de hasta treinta y cinco

ó pocos más años, bien alto y dispuesto de cuerpo, y buenos miembros y

fuerzas, y gentil gesto de hombre muy entendido, y para sufrir mucho

trabajo; éste habia venido á la tierra firme, cuando vino á descubrir

é rescatar Bastidas, de quien arriba hicimos mencion. Salidos á la

mar, salió él de su pipa, y dijeron que desque lo vido Anciso se movió

á mucha ira contra él, certificándole que lo habia de hacer echar en

una isla despoblada, pues merecia muerte por las leyes; pero, dello

por se humillar, y dello porque otros á Anciso rogaron, se aplacó

Anciso, y así Vasco Nuñez se quedó porque tenia Dios determinado de

hacer otra cosa dél, por su mal. Así que, llegado Anciso al bergantin,

y cognoscido que era de la gente de Hojeda, creyó que se venian sin

licencia y huyendo se absentaban; y como era Alcalde mayor por el

Hojeda, como se dijo atras, quiso luégo prendellos y castigallos, no

curando ni creyendo que Hojeda fuese salido de allí, ni de lo que

más de sus infortunios alegaban. Pero referidos en particular los

trabajos, hambres y muertes que habian pasado, y mostrada la provision,

que Hojeda, de Capitan, dejó á Francisco Pizarro, comenzó á creer

Anciso lo que le parecia no poder haber pasado. Sintiendo y mostrando

de lo acaecido gran dolor, díjoles, que ya que aquello era pasado, que

por la postura y contrato que él con Hojeda habia puesto, era todavía

obligado á llegar hasta Urabá, y allí esperalle y entre tanto hacer lo

que pudiese de su parte; ellos, como de tan desesperada vida y peligros

se habian escapado, tornarse á ellos como de la misma muerte reusaban,

rogándole que por ninguna vía se lo mandase, y que él no lo debia

hacer, porque como ellos no se viese y desease, y que si no quisiese

que á esta isla se tornasen, que se fuese á la gobernacion de Veragua,

donde Nicuesa estaba. Finalmente, dello por ruegos y persuasiones,

y poniéndoles delante cebo para movellos, que saltarian en tierra

y harian esclavos para traer ó enviar á esta isla, dello mostrando

imperio como Justicia mayor, hobo de hacer que á Urabá tornasen, pero

ántes que de Cartagena partiesen, tuvo necesidad el navío de Anciso

de tomar agua y adobar la barca del navío, que se le habia quebrado.

Para ésto echó cierta gente en tierra con los oficiales, y, estando

adobando la barca, vinieron muchas gentes de los indios (como estaban

hostigados de los estragos que habian hecho en aquella provincia Hojeda

y Nicuesa), con sus arcos y flechas, y cercáronlos, y ni los indios les

acometieron, ni tampoco á los indios los cristianos, y así los tuvieron

tres dias cercados. En todos tres dias cada gente estaba sobre aviso,

velándose y aparejada para si la otra intentaba algo, puestos los

ojos en la otra, sin descuidarse. Estando en esta disposicion ambas,

salieron dos españoles dentre los otros á henchir y traer del rio,

que allí estaba junto, una botija de agua, á los cuales, como viesen

los indios moverse, arremetieron muy de presto 10 indios, con uno que

parecia ser su Capitan, y cercan los dos españoles y apuntan en ellos

las flechas con ojos airados, amagándoles como que los querian tirar,

pero no desarmaban los arcos. Visto esto, el uno de los dos da de

huir donde los muchos estaban adobando la barca, quedando el otro sin

temor, y con palabras de afrenta llamándolo. Tornó el otro, y dícele

que hablase á los indios en su lenguaje, porque habia ya, de los indios

que por allí habian captivado y robado, aprendido algunos vocablos de

su habla. Comenzólos á hablar, y como los indios oyeron palabras de su

lengua, espantados, comienzan á blandear y segurarse, y preguntáronle

que quién eran sus Capitanes, y qué querian ó buscaban. Respondió el

español, que eran gente que venían de otras tierras sin hacer mal á

nadie, y que se maravillaban que ellos les perturbasen, saltando en

aquella costa con necesidad, y mirasen lo que hacian, porque vernian

dellos mucha gente armada y los harian mucho daño. Avisado Anciso

que los indios tenian presos ó no dejaban venir los dos cristianos,

salió del navío con mucha gente armada, con harto miedo de las flechas

venenadas, su poco á poco yendo para ellos; el que los entendia hizo

señal que no acometiesen nada, porque los indios no querian sino paz,

porque creian que eran Hojeda y Nicuesa, que sin culpa suya les habian

hecho tan grandes daños, matándolos, y quemándolos, y llevando tantos

captivos como les habian llevado, en los cuales venian á vengarse,

pero, pues no eran dellos ni les habian hecho agravio, que á los que

no les dañaban no era su intencion dañarles, porque hacer el contrario

era malo. Y para señal dello dejaron los arcos y las flechas, y van

de presto y traénles pan de su maíz y pescado salado, y vino de sus

brebajes, y así quedaron pacíficos y en amistad de los cristianos.

Este caso refiere tambien Pedro Mártir, en su segunda Década, cap. 1.º

la cual escribió al Papa Leon X. Buena señal es ésta de que aquellas

gentes de Cartagena, que ante los Reyes habian sido de bravas, y que

hacian, sin causa, mal á los cristianos, infamadas, como en el cap.

19 contamos, que si no se les hobieran hecho daños, poco habia que

trabajar para, por amor y obras cristianas, y de hombres de razon,

ganallas; pues habiendo tan pocos dias que rescibidos de Hojeda y

Nicuesa tan irreparables males y estragos, y áun teniendo justísima

guerra por ellos contra todo español, tuvieron tanto sufrimiento y

moderacion á no acometer á estos luégo, saltando en su tierra sin su

licencia, hasta ver si eran de los que les habian tan injustamente

maltratado, ó si de nuevo los venian á infestar como los pasados.

Y estas particularidades fuera bien que los del Consejo del Rey

examinaran, como, segun Dios y razon áun humana, eran obligados;

pero por su gran ignorancia, como queda dicho, y áun presumpcion de

ser letrados, erraron mil veces en el derecho que no les era lícito

ignorarlo, y así tuvieron, de lo que tanto importaba, ningun cuidado.

CAPÍTULO LXIII.

Tornando al propósito de la historia, partióse Anciso de Cartagena

para Urabá, llevando consigo el bergantin, con Francisco Pizarro, y

los que de tantos infortunios se habian con él escapado; el cual,

entrando en el puerto, por descuido del marinero que llevaba el timon

ó gobernario, dió la nao en cierta arena ó bajo, que está en la punta

oriental de aquella entrada, la cual, con la resaca, que son las olas

que quiebran en la ribera, y con la corriente que allí hace, cuasi en

un momento fué hecha la nao pedazos; en el bergantin y en la barca,

con mucho peligro, se salvó la gente, cuasi desnudos todos, y con

algunas armas, de los bastimentos salvaron una poca de harina, y algun

bizcocho, y algunos quesos; las yeguas, y caballos y puercas, todas se

ahogaron. Todos estos argumentos y claras señales de aprobar Dios las

estaciones en que los ciegos pecadores andaban. Salidos de éste modo á

tierra comenzaron á hambrear, comian palmitos y fructos ciertos de las

palmas, socorriólos Dios, con topallos con muchas manadas de puercos

monteses de la misma tierra, que son más pequeños que los nuestros,

de cuyas carnes por algunos dias se mantuvieron; acabados los puercos

monteses, y faltándoles lo suyo, era por fuerza que habian de ir á

tomar lo ajeno, y no es excusado ante Dios, quien se pone y expone á

tal peligro. Acuerda luégo Anciso ir con 100 hombres, á inquietar y

robar y matar los que en sus casas, sin haberle injuriado ni hecho

otro daño alguno, pacíficos vivian, por tomarles violentamente su

comida, pero no sin riesgo de su propia vida; lo que tocaba al alma,

por entónces, poco escrúpulo ni cuidado habia. Salidos ciertas leguas,

toparon, no 100, como ellos iban, ni 1.000 ni 2.000 armados con

arcabuces, ni otra especie de artillería, sino con sólos desnudos y

tres indios; los cuales con tanto denuedo y esfuerzo acometieron á los

100 que llevaba Anciso, como si fueran dos, y los indios 1.000; sueltan

sus flechas llenas de ponzoñoso veneno, tan de presto, que ántes que

los españoles tuviesen lugar de revolverse, tenian clavados muchos,

y muchos rabiando muertos, y gastadas ó vacías las aljabas de sus

flechas, sin errar alguna, botaron á huir que parescian viento. Tórnase

Anciso con los que quedaron vivos, por muchas maneras atribulados é

infelices, torna la opinion y las voces y consejos, que ántes habia,

de salir é dejar aquella tierra, como á enemiga de sus vidas, y es de

creer que Francisco Pizarro y los de su compañía zaheririan é acusarian

su porfia de venir á ella al bachiller Anciso; ayudaba la opinion que

la dejasen, haber ya quemado los indios la fortaleza que Hojeda hizo,

y treinta casas que los españoles allí tenian, y áun díjose que el

mismo Anciso se quiso hurtar de su gente y venir á esta isla en los

bergantines, aunque despues, segun dijeron, con juramento aquesta culpa

satisfizo. Estando todos en aquesta extrema tristeza, no sabiendo qué

hacerse, oyendo cada uno á cada cual su sentencia, dijo Vasco Nuñez

de Balboa: «Yo me acuerdo que los años pasados, viniendo por esta

costa con Rodrigo de Bastidas, á descubrir, entramos en este golfo, y

á la parte del Occidente, á la mano derecha, segun me parece, salimos

en tierra, y vimos un pueblo de la otra banda, de un gran rio, y muy

fresca y abundante tierra de comida, y la gente della no ponia hierba

en sus flechas.» Todos, sin dudar en cosa de lo que Vasco Nuñez dijo,

concurrieron en un parescer, que luégo se fuese á buscar el rio y el

pueblo que Vasco Nuñez decia; este rio es el que los indios llamaban

el Darien, que dicen que es otro Nilo en Egipto. Salta luégo Anciso y

Vasco Nuñez con los que más cupieron en los bergantines y en la barca

del navío perdido, van allá, y hallan verdad, todo lo que Vasco Nuñez

habia dicho; pero desque los indios vieron, y el señor dellos que

se llamaba Cemaco, los bergantines españoles, como habian oido sus

obras, mujeres y niños, que no eran para pelear, enviados huyendo,

de los varones juntáronse obra de 500, y esperaron á los españoles

en un cerrillo. Como Anciso y los suyos vieron á los indios así

aparejados para pelear, temiendo más la ponzoña de la hierba que las

personas, (porque sin ella, para contra españoles, poco y nada pueden),

hincáronse de rodillas y con mucha devocion, segun la que les parecia

que tenian, encomendáronse á Dios y hicieron voto á Nuestra Señora,

como en Sevilla dicen, del Antigua, con cuya imágen toda la ciudad

tiene gran devocion, de, si les diese vencimiento, la primera iglesia

é pueblo que hiciesen por allí, intitulalla que se llamase Sancta

María del Antigua, y más desto, que enviarian un romero á Sevilla para

que le ofreciese, por todos, algunas joyas de oro y plata que con él

enviarian. Hízoles obligar á todos, con juramento que les tomó, que

ninguno huyese ni volviese las espaldas, á muerte ó á vida; hechas

todas estas diligencias, armados de sus espadas, lanzas y rodelas,

arremeten á los indios, y los indios, desnudos, á ellos, tirando sus

flechas, como de niños, como les faltase hierba; ellos con las espadas,

cortándolos por medio, y con las lanzas, en un credo alanceando cada

uno 20, pusieron al cabo en huida los que quedaron vivos. Entraron en

el pueblo, y halláronlo todo, como lo habian menester, lleno de comida;

otro dia entraron por la tierra y los montes que por ella habia, y

hallaron algunos barrios ó casas vacías de gente, por haber todas

huido, pero llenas de vasos, y otras alhajas de casa para el cuotidiano

servicio, y de cosas hechas de algodon, como naguas para las mujeres,

que son como medias faldillas, donde hobieron mucho algodon hilado y

con pelo, y lo que más ellos deseaban y andaban á buscar, con tantos

peligros del ánima y del cuerpo, muchas piezas de oro, que se ponian

en los pechos y en las orejas, y en otras partes, joyas de diversas

hechuras, que hasta 10.000 castellanos de oro fino pesarian.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 24 / 37 段