La órden de nuestra Historia requiere que tornemos á los dos

Gobernadores primeros, que fueron á la tierra firme, conviene á saber,

Alonso de Hojeda y Diego de Nicuesa, que, en el cap. 52, desta ciudad

partidos dejamos; y, porque Alonso de Hojeda partió deste puerto

primero, dél primero y de sus desastres será bien que digamos. Fué á

echar sus anclas en cuatro ó cinco dias al puerto de Cartagena, donde

la gente de aquella tierra estaba muy alborotada, y siempre aparejada

para resistir á los españoles, por los grandes males que habian

rescibido de los que fueron los años pasados, con título de rescatar,

como fueron Cristóbal Guerra, y otros, segun en el libro I, cap. 172

dejamos relatado, y porque, como en el capítulo 19 deste libro II

dijimos, las gentes de por allí habian por esta causa descalabrado

y muerto algunos de los nuestros, porque tenian hierba ponzoñosa y

brava, y hicieron relacion á los Reyes, que allí no querian rescibir

los cristianos, ántes los mataban, callando los insultos, violencias

y maldades que ellos en aquellos hacian, y no habia en la corte quien

volviese por los que estaban en sus casas, y gente tan inquieta y

mal mirada como hemos sido con ellos, por lo cual, dieron los Reyes

licencia que pudiesen ir á aquella tierra y hacelles guerra á fuego y

á sangre, y hacellos esclavos, con harta ceguedad y culpa de los que

tenian en su Consejo, como allí probamos, debia el Alonso de Hojeda

llevar esta misma licencia y allí determinó de usalla. Cuenta ésto, un

Cristóbal de la Tovilla, en una historia que llamó _La Barbárica_, el

cual anduvo por aquella tierra mucho tiempo, puesto que no entónces

sino despues, muchos años; pero súpolo de los mismos que con el Hojeda

fueron, ó de los que á aquellos inmediatamente sucedieron, y dice así

en el principio, cap. 1.º: «Aquí en Cartagena, echadas sus anclas,

porque el Rey católico le mandaba (conviene á saber, á Hojeda), que

hiciese guerra en aquella parte, por los muchos males que los indios

della hacian á los que con ellos rescataban. Esto procuraban ellos,

porque, como todo el tiempo que esta tierra firme estuvo sin poblarse

de cristianos, las cuales ínsulas habitaban, venian cada dia á rescatar

con los naturales della, dándoles por el rescate mucho oro que tenian,

y gallinas, por cuentas y cuchillos y otras cosas semejantes de España,

con que volvian á sus casas cargados de riqueza, y pasaban con descanso

la vida. Mas despues que esta contratacion se fué adelgazando, y su

codicia poco á poco extendiendo, debajo deste nombre rescate hacian

armadas con que captivaban gran suma de indios, que en la Española

y las demas ínsulas, sin más justo título, por esclavos vendian,

por donde los indios, sentido el daño, de paz y de guerra mataban á

cuantos se descuidaban; á cuya causa, el rey D. Hernando mandó que

se les hiciese cruel guerra, siendo cierto que, si la verdad dello

supiera, ni lo mandara ni lo permitiera.» Estas son palabras formales

del dicho Tobilla, que no es chico testimonio para lo que, en el

dicho cap. 19, dijimos, y lo que demás en este artículo dijéremos,

porque siendo uno de los que en esta ceguedad estuvieron y murieron,

y hablador y encarecedor, como Oviedo, de las dichas hazañas de los

españoles, y abatidor de los tristes indios, que han sido y son tan

injustamente agraviados, la misma verdad, con todo esto, le constriñe

á que no la calle. Tornando pues al propósito, acordó allí Alonso

de Hojeda de saltar en tierra y dar de súbito en un pueblo llamado

Calamar, por haber de presto algunos indios, y enviarlos á esta isla á

vender por esclavos, para pagar muchas deudas que acá dejaba. Juan de

la Cosa, gran piloto, y que llevaba por Capitan general, acordándose

de lo que, viniendo con el mismo Hojeda los años pasados á rescatar,

cognoscieron de aquellos indios, ser valientes y tener hierba mortífera

y demasiadamente ponzoñosa, prudentemente le dijo: «Señor, paréceme

que sería mejor que nos fuésemos á poblar dentro del golfo de Urabá,

donde la gente no es tan feroz, ni tienen tan brava hierba, y aquella

ganada, despues podriamos tornar á ganar ésta con más propósito»; pero

Hojeda, que fué siempre demasiadamente animoso, confiando que nunca en

millares de pendencias y peligros que en Castilla y en estas Indias

se habia hallado, le sacó jamás hombre sangre, no curó de tomar su

parecer, sino con cierta gente va sobre el pueblo al cuarto de alba,

diciendo: «Santiago», acuchillando y matando y cautivando cuantos en

él hallaba, y que huyendo no se escapaban; ocho indios que no fueron

tan deligentes en huir, metiéronse en una de estas casas de paja, y

de tal manera se defendieron, con las muchas y ponzoñosas flechas que

tiraban, que ninguno de los españoles osaba llegárseles á la casa.

El Hojeda dando voces reprendiólos, y dijo: «grande vergüenza es que

vosotros, tales y tantos, no oseis allegaros á ocho desnudos que así

burlan de vosotros.» Confuso de estas palabras uno de aquellos, que

en aquella obra solícito andaba, con ímpetu grande arremetió por

medio de infinitas flechas y entró por la puerta de la casa, pero al

entrar dióle una por medio de los pechos, que luégo lo derrivó y dió

el ánima. El Hojeda, de ésto más exacerbado, mandó poner fuego á la

casa por dos partes, donde, con ella, en un credo fueron los ocho

indios quemados vivos; tomó allí 60 personas captivas, y enviólas á los

navíos, que las guardasen. Luégo acordó ir, con esta su vitoria, tras

los que iban huyendo, en su alcance, y á un gran pueblo que de allí

cuatro leguas distaba, llamado Turbaco; los vecinos dél, entendidas

sus nuevas, de los que huyeron habian sido avisados. Alzaron todas sus

mujeres y hijos y alhajas, y pusiéronlas en los montes á recaudo, y

entrando en el pueblo, de madrugada, no hallaron persona que matasen

ni captivasen; y como descuidados y no experimentados de que los

indios eran hombres, y que la vejacion y la misma naturaleza les habia

de enseñar, y así, menospreciándolos, y su misma cudicia y pecados

cegándolos, despareciéronse por los montes, buscando cada uno qué

robar. Los indios, por sus espías, sintiéndolos derramados, salen de

los montes y dan en ellos, con una grita que á los cielos llegaba, y

con tanta espesura de flechas herboladas, que parecia escurecerse los

aires; y como los españoles creyesen, con su descuido, que no habia

quien los enojar osase, y ésta fuese avenida súbita, espantados, como

si fueran venados cercados, no sabian donde guarecese ni huir, como

atónitos; huyendo para una parte, daban en gente que los aguardaba, si

para otra parte, caian en la que los acababa, y con unas mismas flechas

emponzoñadas, que habian muerto á unos, que los indios de los cuerpos

les sacaban, herian y mataban á otros, que vivos y en pié hallaban.

Juan de la Cosa, con ciertos españoles que recogió consigo, hízose

fuerte á la puerta de un cierto palenque, donde Hojeda con ciertos

compañeros, defendiéndose, peleaba, hincándose de rodillas muchas veces

para rescibir las flechas en la rodela, en la cual, como era chico de

cuerpo, y con su ligereza y destreza, casi todo se escudaba; mas desque

vido caidos todos los más de los suyos, y á Juan de la Cosa, con los

que le ayudaban, muy al cabo, confiando de la ligereza grande que tenia

(y fué admirable como en el primer libro dejamos declarado), sale por

medio de los indios, corriendo, y áun huyendo, que parecia ir volando;

metióse por los montes donde más oscuros los hallaba, encaminándose

cuanto más le parecia hácia la mar, donde sus navíos estaban. Juan de

la Cosa metióse en una choza que halló sin hierba descobijada, ó él,

segun pudo, con algunos de los suyos la descobijaron porque no los

quemasen, arrimado á la madera, y peleando hasta que ante sus ojos

vido todos sus compañeros caidos muertos, y él que sentia en sí obrar

la hierba de muchas saetadas que tenia por su cuerpo, dejóse caer de

desmayado: vido cerca de sí uno de los suyos, que varonilmente peleaba,

y que no lo habian derrocado, y díjole: «pues que Dios hasta agora os

ha guardado, hermano, esforzaos y salvaos, y decid á Hojeda como me

dejais al cabo.» Y éste sólo, creemos que de todos escapó, y Hojeda,

que debian ser más de 100 los que en aqueste salto se hallaron; algunos

dijeron que fueron 70 los que allí murieron. Los de los navíos, como

vian que de Hojeda, su Gobernador, y de su gente no sabian nada ni vian

que alguno venia, ni á quien preguntar, sospechando no fuese acaecido

algun desastre, van con los bateles por la costa arriba y abajo, á

buscar si viesen alguno que viniese de allá, que les diese buenas

nuevas ó malas; poniendo en ello mucha solicitud, llegaron á donde

habia junto al agua de la mar unos manglares, que son unas arboledas

inputribles, que siempre nacen y crecen y permanecen en el agua de

la mar, con grandes raíces, unas con otras asidas y enmarañadas;

allí metido y escondido hallan á Hojeda con su espada en la mano, y

la rodela en las espaldas, y en ella sobre trescientas señales de

flechazos. Estaba casi transido y descaecido de hambre, que no podia

echar de sí el habla, pero hicieron fuego y escarentáronle y diéronle á

comer de lo que llevaban, y así volvió á tener aliento y á esforzarse;

y como en esta tristeza y dolor estuviesen, oyéndole contar su

desventurado alcance y trabajo, vieron asomar el armada de Nicuesa, de

que no le sucedió poco dolor y angustia, temiendo que Nicuesa quisiese

de él vengarse por los desafíos y pendencias que, pocos dias y áun no

muy muchas horas ántes, en esta ciudad entre ambos habian pasado, por

lo cual mandó que todos se fuesen á los navíos, y le dejasen sólo, no

diciendo dél nada en tanto que Nicuesa en el puerto tardase.

CAPÍTULO LVIII.

Salieron los bateles de la armada de Hojeda á rescibir á Nicuesa, que

en el puerto mismo de Cartagena con la suya entraba, y con gran dolor

y tristeza le dijeron, como habia tantos dias que Hojeda y Juan de la

Cosa salieron en tierra con tanta gente, y habian destruido el pueblo

de Calamar, y presos tantos esclavos, y entrado la tierra dentro en

el alcance, y no habia ninguna persona; que tenian vehemente sospecha

ser por mal dellos y de todos los que consigo llevaba, pero que, por

hacer lo que debian, determinaban de irlo á buscar y traerlo si lo

hallasen, si les aseguraba, como caballero, de no mirar en tan gran

necesidad á cosa de las entre ambos pasadas. Diego de Nicuesa, que

era hijodalgo, se enojó de oirles aquellas palabras, y díjoles que

fuesen luégo á buscallo, y que si fuese vivo lo trujesen, al cual

no solamente no entendia enojalle, pero que les prometia como quien

era de le ayudar en todas sus necesidades, como si fuese su hermano.

Trujéronlo, pues, y lo primero que hizo Nicuesa, segun es de creer, fué

abrazarlo diciéndole: «Mucha diferencia debe haber en las obras que los

hombres hijosdalgo deben hacerse, cuando ven á los que en algun tiempo

quisieron mal de ayuda necesitados, de las que cuando riñen hicieran,

teniendo facultad de vengarse, porque allende ser bajeza y vileza de

ánimo, y degenerar de la bondad de sus pasados, crueldad sería, y de

hombres no razonables, añadir afliccion al que las aflicciones hán en

angustias postrado. Por ende, señor Hojeda, puesto que en la Española

hayamos habido palabras, y allí el uno al otro amordazado, ahora es

tiempo del todo olvidallas, y así, haced cuenta que no ha pasado

cosa entre nosotros que nos apartare de ser hermanos, y guialdo vos

como mandardes, que yo con mi gente os seguiré hasta que Juan de la

Cosa, y los que con él murieron, sean vengados, sin pretender más de

solamente ayudaros.» Hojeda fué muy consolado y le hizo muchas gracias,

reagradeciéndole tan grande obra de bondad y socorro, estimándolo

cuanto era posible á hombre que en estado de tanta adversidad estaba;

y cabalgaron ambos en sendos caballos, y tomados 400 hombres, á los

cuales por pregon público mandaron, so pena de muerte, que ninguno

indio á vida tomase, partiéronse de noche al pueblo de Turbaco, y

llegando cerca partiéronse en dos partes. Hay por allí unos papagayos

grandes, colorados, que llaman guacamayas, que dan muchos gritos y

hacen grandes alharacas, éstos, en sintiendo la gente, comenzáronlos

á dar; los indios entendieron lo que era, y como pensaron que ya

los españoles eran acabados, descuidáronse, y del grande miedo que

tuvieron, de súbito, saliéronse de sus casas huyendo, dellos con armas

y dellos sin ellas, y no sabiendo por donde andaban, daban en el golpe

de los españoles que los desbarrigaban; huian de aquestos, y daban en

los otros de la otra parte que los despedazaban. Tórnanse á meter en

las casas, y allí los españoles, poniendo fuego, vivos los quemaban.

Con el horror y tormenta del fuego, las mujeres, con sus criaturas en

los brazos, se salian de las casas, pero luégo que vieron los caballos,

los que nunca jamás habian visto, se tornaban á las casas que ardian,

huyendo más de aquellos animales, que no los tragasen, que de las vivas

llamas. Hicieron los españoles allí increible matanza, no perdonando

mujeres, ni niños, chicos ni grandes. Dánse luégo á robar: díjose que

á Nicuesa, ó á él y á los suyos, cupieron 7.000 castellanos. Andando

por diversos lugares, buscando qué robar, toparon con el cuerpo de Juan

de la Cosa, que estaba reatado á un árbol, como un erizo asaetado; y

porque de la hierba ponzoñosa debia estar hinchado y disforme, y con

algunas espantosas fealdades, cayó tanto miedo en los españoles, que

no hobo hombre que aquella noche allí osase quedar. Vueltos al puerto,

Hojeda y Nicuesa confederados, Hojeda se despidió de Nicuesa y mandó

alzar sus velas para el golfo de Urabá, que era el fin de su jornada,

donde gozar de los bienes ajenos pensaba. Será bien aquí considerar,

porque por las cosas no pasemos como pasan los animales, ¿qué injuria

hicieron los vecinos del pueblo de Calamar á Hojeda y á Juan de la

Cosa, y á los que consigo llevaron? ¿qué haciendas les usurparon?

¿qué padres ó parientes les mataron? ¿qué testimonios les levantaron,

ó qué culpas otras contra ellos cometieron, estando en sus tierras y

casas pacíficos? Item, ¿fué alguna culpa, los del pueblo de Turbaco

matar á Juan de la Cosa y á los demas, yendo á hacer en ellos lo que

habian hecho los españoles á los del pueblo de Calamar? ¿y fuera culpa

vengable que lo hicieran, solamente por castigar y vengar la matanza

que los nuestros hicieron en los vecinos inocentes de Calamar? ¿Hobiera

gente ó nacion alguna en el mundo, razonable, que por autoridad de la

ley y razon natural, que no hiciera otro tanto? Todas las Naciones del

mundo son hombres, y de cada uno dellos es una no más la definicion,

todos tienen entendimiento y voluntad, todos tienen cinco sentidos

exteriores y sus cuatro interiores, y se mueven por los objetos dellos,

todos se huelgan con el bien y sienten placer con lo sabroso y alegre,

y todos desechan y aborrecen el mal, y se alteran con lo desabrido y

les hace daño, etc. Todo esto dice Tulio en el libro I, _De legibus:

Namet voluptate capiuntur omnes. ¿Quæ autem natio, non comitatem non

benignitatem non gratum animum et benefitii memorem diligit? ¿Quæ

superbos, quæ maleficos, quæ crudeles, quæ ingratos non aspernatur, non

odit?_ ¿Qué nacion hay que no ame y loe la mansedumbre, la benignidad,

el agradecimiento y el bien hacer? ¿Quién no aborrece ó le parecen mal

los soberbios, los crueles hombres y malos? Todo esto es de Tulio.

Item más, ¿Si mereció Diego de Nicuesa premio, ante Dios, en ayudar á

Hojeda con su gente para ir á vengar la muerte de Juan de la Cosa y

á su muerta compañía, y si tuvo algun título justo y derecho natural

que á ejercer aquella venganza lo obligase ó excusase, ó si fué la paz

y amistad de ambos, la del rey Herodes y del injusto juez Pilatos?

Pregunto tambien, si fué buena preparacion la que hizo Hojeda, y

tambien allí Nicuesa, para despues predicar la ley de Jesucristo,

evangélica, justa, sin mácula, mansa, pacífica y quieta, como algunos

pecadores sábios del mundo y segun el mundo, por sus escriptos y

palabras decir osan y enseñan. Tanto derecho adquirieron los vecinos

de aquella tierra, solamente por aqueste hecho que hicieron Hojeda y

Nicuesa (que fueron los primeros que de toda la tierra firme hasta

entónces descubierta, de propósito saltaron en tierra con ejército

á robar, y matar y captivar los vecinos della), que desde entónces,

hasta el dia del juicio, cobraron derecho de hacer contra todo español

justísima guerra, adquirieron razonable impedimento y causa probable

de, por muchos años, no rescibir la fe de Jesucristo, en tanto que

creyeran que la profesaban y guardaban aquellos. Infelices, cierto, en

ésto fueron, y bien lo probó Dios por el fin que todos hicieron.

CAPÍTULO LIX.

Salido Hojeda con sus navíos del puerto de Cartagena para su golfo de

Urabá, por vientos que tuvo contrarios paró en una isleta que está

de Cartagena, la costa abajo, 35 leguas, que se llamó isla Fuerte;

y allí, para enmendar el avieso de lo que habia en Cartagena hecho,

y porque Dios le ayudase para lo de adelante, captivó la gente que

pudo, y que no pudieron huir, é robó algun oro que tenian, con todo

lo demas que hallaron que les podia aprovechar. De allí entró en el

golfo de Urabá, y por él buscó el rio del Darien, que entre los indios

era muy celebrado de riqueza de oro y de gente belicosa, pero no lo

hallando, buscó por allí cierto lugar y desembarcó la gente, y sobre

unos cerros asentó un pueblo, al cual llamó la villa de Sant Sebastian,

tomándolo por abogado contra las flechas con hierba mortífera, que

por allí se tiraban y tiraron hartas. Pero como Dios ni sus Sanctos

no suelen dar ayuda á las injusticias é iniquidades, como eran en las

que éstos andaban, Sant Sebastian no curaba ni curó de guardallos, ni

al mismo Hojeda, como se verá; y ésta fué la segunda villa ó pueblo

de españoles, que en toda la gran tierra firme se pobló (la primera,

fué la que el Almirante viejo, que estas Indias descubrió, comenzó

á poblar en Veragua, como en el cap. 26 queda declarado), el cual,

aunque no se poblara, no se ofendiera Dios, ántes infinitos pecados se

excusaran. Andando por allí buscando asiento para edificar su pueblo,

salió de un rio un grande cocodrilo, que por error llaman lagarto,

y tomó con la boca de la pierna de una yegua que halló cercana, y

llevósela arrastrando al agua, y, allí ahogada, tuvo buena pascua.

Viéndose Hojeda con tan poca gente para sustentar la negra villa de

Sant Sebastian, y con miedo de la gente que él iba á inquietar, robar

y captivar, despachó el un navío de los que trujo á esta isla, con

el oro que habia robado y los indios captivado, para vendellos por

esclavos, para que le trujesen gente á fama de robar, y armas y otras

cosas necesarias; todo ésto se hacia en principio del año de 510.

Hizo en la villa de Sant Sebastian, que toda era de chozas ó casas de

paja, una fortaleza de madera muy gruesa, que, para contra indios,

si los españoles están sobre aviso, con poca resistencia que hagan,

mayormente si fuese cubierta de teja ó de tablas de palma, que cuasi

se hallan hechas, con no más de cortallas con una hacha, suele ser

como contra franceses Salsas; y como el principal y final cuidado, y

al que todos los otros cuidados se enderezan, de los que vienen de

España á estas partes, y entónces tan copiosamente se tractaba, sea

hoy y fuese entónces escudriñar donde habia más oro, supo Hojeda,

de ciertos indios que habia captivado, que cerca de allí estaba un

Rey, señor de mucha gente, llamado Tirufi, el cual tenia mucho oro.

Acordó de ir allá y no perder tan buen lance, y dejando la gente

que le pareció, para guarda del pueblo y fortaleza, llevó consigo

los demas; y porque ya era extendida la fama por todas las tierras,

de muchas leguas adentro, de las obras de los cristianos, y cuáles

paraban las gentes inocentes que estaban quietas en sus casas, sabiendo

que venian, saliéronles á rescibir despidiendo de sí, como si fuera

lluvia, tantas venenosas flechas; de las cuales, muchos de los de

Hojeda heridos, y que luégo rabiando morian, y ninguno dañificado de

los indios, acuerdan todos, y más diligentemente Hojeda, de volver las

espaldas, y corriendo y áun huyendo irse al refugio de su fortaleza.

Desde á pocos dias, comenzóles á faltar la comida que Juan de la Cosa

trujo de Castilla, y algun caçabí que cogieron desta isla, y, por no

esperar que del todo se les acabase, acordó Hojeda de hacer saltos

y entradas por la tierra, para buscar y traer comida, tomándola por

fuerza á los indios; y si oro hallasen de camino, de creer es que no

le desecharian. Llegaron á cierto pueblo y pueblos, salíanlos luégo al

camino los indios á rescibir, y con sus armas acostumbradas hirieron

y mataron algunos de los españoles, y por no perdellos todos, y á su

persona poner en peligro, dió la vuelta con los suyos, huyendo, á su

fuerza, siguiéndolos hasta encerrallos dentro los indios. Llegados

á su villa y fortaleza, tenian harto, los que en ella quedaron, que

hacer en enterrar los que morian, y curar los que no venian tan mal

tratados, y pocos de los que con hierba venian heridos, escapaban.

Desde á pocos dias acabarónsele todos los mantenimientos, y no osaban

salir de la fortaleza un paso, á buscallos á los pueblos de los indios,

segun de la hierba de las flechas estaban escarmentados; en tanto grado

estaban sin remedio de comida, que los sustentase, que comian hierbas

y raíces, áun sin cognoscer dellas si eran buenas ó mataderas y malas,

las cuales les corrompieron los humores, que incurrieron en grandes

enfermedades, de que murieron muchos; y estando uno por centinela ó

guardia, de noche velando, se le salió el alma, y otros tendíanse en el

suelo, sin otro dolor alguno, más de pura hambre, espiraban: no tenian

cosa que menor dolor y angustia les diese que la muerte, porque con

ella tenian estima que descansaban. Estando, pues, padeciendo, más que

viviendo, esta infelice vida, quiso Dios, sacando de los males de otros

algun consuelo, no desmamparallos; fué desta manera, que un vecino de

la villa de Yaquimo, esta isla abajo, llamado Bernardino de Talavera,

que tenia muy muchas deudas, como otros muchos en esta isla hobo (como

arriba hemos dicho, que, con cuantos indios en las minas mataban, nunca

Dios les hacia merced ni medraban); por huir de las cárceles, acordó

de se salir huyendo desta isla, y porque no habia donde, sino á una

de las dos gobernaciones de que vamos hablando, y, por ventura, se

habia con Hojeda concertado, ó por las nuevas que habian dado los que

Hojeda envió en el navío por bastimentos, de que ya Hojeda quedaba en

tierra rica poblado, concertóse con otros tramposos y adeudados, que

habia hartos, y otros tambien que por sus delitos andaban, por ventura,

absentados, de hurtar un navío que estaba en el puerto de la punta del

Tiburon, dos leguas del pueblo ó villa de Salvatierra de la Çabana,

al cabo occidental desta isla, que era de unos ginoveses que cargaban

de pan cacabí é de tocinos, para traer á esta isla é llevar á otras

partes; el cual así lo hizo con 70 hombres que á ello le ayudaron, los

cuales asomaron un dia donde Hojeda y los suyos perecian de hambre.

Fué no decible ni estimable el gozo y consuelo que rescibieron sus

ánimas, como si de muerte á vida resucitaran. Sacaron los bastimentos

que traia el navío, de pan y de carne, los cuales pagó Hojeda, en oro

ó en esclavos, á la persona que allí debia venir, que del navío tenia

cargo; y, segun la fama, que Hojeda tenia de mal partidor, porque dicen

que decia que temia, muchos años habia, de morir de hambre, debió de

partillo mal segun la hambre que todos padecian. Comenzaron á murmurar

los que ménos parte habian, contra Hojeda, y á tratar de se salir de

la tierra, y venir en los bergantines ó en el navío recien venido;

Hojeda complia con ellos, dándoles esperanza de la venida del bachiller

Anciso, que cada dia esperaban. En este tiempo no dejaban los indios

de venir á darles rebates, y cada dia dellos descalabraban; y como

cognoscian ya la ligereza de Hojeda, que el primero que salia contra

ellos era él y los alcanzaba, y que jamás flecha le acertaba, acordaron

de armarle una celada para lo herir é matar. Vinieron cuatro flecheros

con sus flechas bien herboladas, y pusiéronse tras ciertas matas, y

ordenaron que otros diesen grita é hiciesen rebato á la otra parte; lo

cual, puesto en obra, como lo habian concertado, dada la grita en la

parte contraria, sale Hojeda el primero de la fortaleza como volando,

y llegando frontero de los cuatro, que estaban en celada, desarman sus

arcos, y el uno dale por el muslo y pásaselo de parte á parte; vuélvese

Hojeda muy atribulado, esperando cada hora morir rabiando, porque

nunca, hasta entónces, hombre le habia sacado sangre, habiéndose visto

en millares, como ya se ha dicho, de ruidos, en Castilla y en estas

partes. Creyó aquella era la que le bastaba; y con este temor mandó

luégo que unas planchas de hierro en el fuego las blanqueasen, y, ellas

blancas, mandó á un cirujano que se las pusiese en el muslo herido,

ambas, el cirujano rehusó, diciendo que lo mataria con aquel fuego;

amenazóle Hojeda haciendo voto solemne á Dios, que si no se las ponia

que lo mandaria ahorcar. Esto hacia Hojeda, porque la hierba de las

flechas, ser ponzoñosa de frio excesivo, es averiguado. El cirujano,

pues, por no ser ahorcado, aplicóle las planchas de hierro blanqueadas,

la una á la una parte del muslo, y la otra á la otra, con ciertas

tenazas, de tal manera que no sólo le abrasó el muslo y la pierna, y

sobrepujó á la maldad de la ponzoña de la hierba, y la echó fuera, pero

todo el cuerpo le penetró el fuego en tanto grado, que fué necesario

gastar una pipa de vinagre, mojando sábanas y envolviéndole todo el

cuerpo en ellas; y así se tornó á templar el exceso que habia hecho el

fuego en todo el cuerpo. Esto sufrió Hojeda voluntariamente, sin que lo

atasen ni lo tuviesen; argumento grande de su grande ánimo y señalado

esfuerzo. Sanó desta manera, consumiendo la ponzoña fria de la hierba

con el vivo fuego.

CAPÍTULO LX.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 23 / 37 段