Dejando la Órden de Sancto Domingo en el santo y religioso estado

que habemos contado, que fué una de las cosas pertenecientes á esta

isla, tornemos sobre lo que sucedió en la isla de Sant Juan, despues

de haber pasado á ella cristianos, y venida la gobernacion á Juan

Ponce, de quien se dijo arriba. Llegado, pues, el poder del Rey para

que Juan Ponce gobernase aquella isla, edificó un pueblo luégo de

españoles, que llamó Caparra, no sé á qué propósito, nombre de indios,

en la costa del Norte, las casas todas de paja; él para sí hizo una de

tapias, que bastó para fortaleza, como quiera que los indios no tengan

baluartes de hierro ni culebrinas, y la mayor fuerza que pueden poner

para derrocar la casa hecha de tapias es á cabezadas; despues otra

de piedra, todo á costa de los indios, y ellos todo lo trabajaban.

Este pueblo asentaron una legua de la mar, dentro la tierra, frontero

del puerto que llaman Rico, por ser toda aquella legua de un monte ó

bosque de árboles, tan cerrado y tan lodoso, que bestias y hombres

atollaban, cuando más enjuto estaba, hasta media pierna; por esta

causa era ésto averiguado, que las mercaderías de harina y vino, de

aceite y vinagre y ropa, y otras cosas que traian de Castilla, costaba

más desde la lengua del agua llevarlas al pueblo, sólo aquella legua,

que habian costado de Castilla traer hasta el puerto. Con toda esta

costa y trabajos, que cargaban todos sobre los indios, estuvieron tan

ciegos y ocupados en sacar oro, que no cayeron en diez ó doce años en

salir de allí, é mudar el pueblo, hasta que ya se les acababan los

indios, y convenia llegarse á la mar para suplir con el agua y barcos,

por ella, lo que la sangre de los indios derramada faltaba, y así

se pasaron donde agora el pueblo ó ciudad está. Donde al presente

está, es una isleta estéril, apartada de la misma isla grande por

un estero que allí hace la mar, pero angosto, que con una puente de

madera se pasa y trae todo lo que es menester de la isla, porque en

ella tienen todas las labranzas y ganados, y se sirven de todo lo

demas; hicieron otro pueblo cuasi al cabo de la isla, en un valle á la

misma costa del Norte, donde agora está el que se dice Sant Germán,

puesto que más arriba ó más abajo, y á aquel llamaron Guanica, por

razon que hallaron allí ciertos rios de oro; de allí lo mudaron cuatro

leguas la costa arriba, donde llaman el Aguada, porque sale allí un

buen rio, de donde se toma para las naos buen agua, y pusiéronle por

nombre Sotomayor; despues lo pasaron otra vez al mismo valle, poco

más ó poco ménos, más dentro ó más fuera, y llamáronlo Sant Germán.

Nunca hobo más de éstos dos pueblos en la isla de Sant Juan, puesto

que algunos más se comenzaron, pero en breve fueron despoblados por

ciertas causas; como, pues, los nuestros españoles, nunca en estas

Indias pueblen ó hagan pueblos, para ellos cavar y arar, y Juan

Ponce, que tenia la gobernacion, estuviese bien acostumbrado de las

poblaciones desta isla, y á cuya costa los españoles solian poblar,

llevó aquel camino que en aquesta isla él con los demas habia usado;

éste fué, repartir los indios señalando á cada uno tantos, cada uno

de los cuales tuvo cargo de que no se le pasase, en las minas, y en

las otras granjerías, el tiempo en balde; y así, todos los indios de

aquella isla, estando pacíficos y en su libertad, y rescibiendo á los

españoles como si fueran todos sus hermanos (yo me acuerdo que el año

de 502, saltando nosotros en tierra, vinieron pacíficos, alegres, á

vernos y nos trajeron de lo que tenian, como de su pan, y no me acuerdo

si pescado), súbitamente se vieron hechos esclavos, y los señores de

sus señoríos privados, y todos forzados á morir en los trabajos, sin

esperanza que en algun tiempo habian de cesar. ¿Qué se debia esperar

que los indios habian de hacer, mayormente habiendo tenido noticia que

las gentes desta Española, por aquel camino se habian ya acabado? Por

aquí se verá la ceguedad tupida de los que, por escrito ó por palabra,

llaman ingratos y malos á los indios, porque matan á los españoles,

durmiendo ó velando, juntos ó apartados y como quiera que puedan

tomallos. ¿Qué obras han sido las que de los españoles han rescibido

para que les deban ser agradecidos? ¿O habellos todos, donde quiera

que han entrado, consumido, matando ó destruyendo, como quiera que lo

puedan efectuar, no es usar de su natural defension que á los animales

brutos, y á las mismas piedras insensibles es natural y lícito? Grande

infelicidad y peligro es de todos aquellos que ésto no miran. Así que,

viendo las gentes de la isla de Sant Juan, que llevaban el camino para

ser consumptos como los de esta isla, acordaron de se defender, segun

que podian, y concertaron que cada señor con su gente, para cierto

tiempo, tuviese cargo de matar los españoles que pudiese haber por sus

comarcas, en las minas ó en las otras sus granjerías, que andaban ya

todos derramados, y en ellas bien ocupados. Mataron, por esta manera,

bien 80 hombres, y luégo van 3 ó 4.000 indios, sobre el dicho pueblo,

llamado Sotomayor, y, sin que fuesen sentidos, pusiéronle fuego, que

era todo de casas de paja, y juntamente mataron algunos de los vecinos

como estaban descuidados, los cuales, viéndose apretados y en gran

peligro, pelearon varonilmente contra los indios, por manera que no les

pudieron hacer más mal; pero hiciéronlos retraer y dejar el pueblo con

todo el hato que en él tenian, quemado y lo no quemado, y fuéronse á

juntar con Juan Ponce, por entónces su Gobernador, al pueblo llamado

Caparra. Y porque D. Cristóbal de Sotomayor, tuvo por su repartimiento

al Rey ó señor mayor de la tierra, llamado Agueíbana, no el que habia

rescibido á Juan Ponce y á los españoles la primera vez, como en el

capítulo 46 dijimos, sino un su hermano, que, despues de su muerte, en

el señorío le sucedió, y á la sazon estaba en el pueblo de aquel señor

que tenia él por siervo ó sirviente, acordólo allí matar. Dijeron que

desta determinacion le avisó una hermana del mismo señor, que tenia el

D. Cristóbal por manceba, pero que no lo creyó; y súpolo tambien de

otro español que tenia consigo, que sabia la lengua de los indios, y

se desnudó en cueros, y pintó con las colores que los indios estaban

pintados, y, cantando y haciendo bailes, fué donde cantaban la muerte

de D. Cristóbal que habian de hacer, de manera que no lo cognoscieron,

y le dijo como se tractaba de su muerte, y que aquella noche se podian

huir, pero tampoco aprovechó, hasta que, finalmente, otro dia lo

mataron con otros cuatro españoles. El Juan Ponce recogió y aparejó

lo mejor que pudo la gente de españoles que por la isla quedaba, que

eran pocos más de la mitad, porque todos los otros habian ya muerto los

indios, y donde sabia que habia gente junta, iba á buscarlos y peleaba

con ellos varonilmente, porque tuvo consigo hombres muy esforzados,

y, en muchas batallas ó recuentros, hicieron en los indios grandes

estragos; y así asolaron aquella isla, matando infinitos indios, los

señores y súbditos que podian armas tomar. Despues de los cuales

muertos, los demas sojuzgados, repartiéronlos entre sí, que es el

fin de sus guerras que llaman conquistas, (y ésto llama Oviedo en su

Historia pacificar, y todos los que se jactan de conquistadores), para

los echar á las minas y ocuparlos en las otras granjerías y trabajos,

donde al cabo los consumieron y acabaron, de la misma manera que los

desta isla Española fueron estirpados. Quien principalmente hizo la

guerra y ayudó más que otros, fué un perro que llamaban Becerrillo,

que hacia en los indios estragos admirables, y cognoscia los indios

de guerra y los que no lo eran, como si fuera una persona, y á éste

tuvieron, los que asolaron aquella isla, por ángel de Dios. Y cosas,

se dice, que hacia maravillosas, por lo cual temblaban los indios dél

que fuese con 10 españoles, más que si fuesen 100 y no lo llevasen;

por esta causa le daban parte y media, como á un ballestero, de lo que

se tomaba, fuesen cosas de comer, ó de oro, ó de los indios que hacian

esclavos, de las cuales partes gozaba su amo; finalmente, los indios,

como á capital enemigo, lo trabajaban de matar, y así lo mataron de un

flechazo. Una sola cosa, de las que de aquel perro dijeron, quiero aquí

escribir. Siempre acostumbraron en estas Indias los españoles, cuando

traian perros, echarles indios de los que prendian, hombres y mujeres,

ó por su pasatiempo y para más embravecer los perros, ó para mayor

temor poner á los indios que los despedazasen; acordaron una vez echar

una mujer vieja al dicho perro, y el Capitan dióle un papel viejo,

diciéndole, lleva esta carta á unos cristianos, que estaban una legua

de allí, para soltar luégo el perro desque la vieja saliese de entre

la gente; la india toma su carta con alegría, creyendo que se podria

por allí escapar de manos de los españoles. Ella salida, y llegando

un rato desviada de la gente, sueltan el perro, ella como lo vido

venir tan feroz á ella, sentóse en el suelo y comenzóle á hablar en su

lengua: «Señor perro, yo voy á llevar esta carta á los cristianos, no

me hagas mal, señor perro,» y estendíale la mano mostrándole la carta

ó papel. Paróse el perro muy manso, y comenzóla de oler, y alza la

pierna y orinóla, como lo suelen hacer los perros á la pared, y así no

la hizo mal ninguno; los españoles, admirados dello, llaman al perro

y átanlo, y á la triste vieja libertáronla por no ser más crueles que

el perro. Desde algunos dias, el Almirante, dando quejas desde acá,

que contra sus privilegios el Rey proveyera por Gobernador á Juan

Ponce, habiendo aquella isla descubierto personalmente su padre, en el

segundo viaje, y Juan Ceron y Miguel Diaz, que habia enviado presos

Juan Ponce, estando y negociando allá, fué movido el Rey á dejar la

eleccion de Teniente de aquella isla al Almirante, y dar licencia que

se volviesen Juan Ceron y Miguel Diaz á sus oficios, por el Almirante,

y á sus casas. Despues fué á la isla el Almirante, y por causas que le

movieron quitó á Juan Ceron la gobernacion, y puso á un caballero que

llamaron el Comendador Moscoso, que habia venido de Castilla con él.

Pasados algunos dias, quitó aquel y puso á otro caballero, Cristóbal

de Mendoza, y despues otros y otros; todos los cuales ayudaron á

destruir aquellas gentes, por todos holgarse de sacar oro, y no carecer

de la ceguedad que todos, hasta que los acabaron. Despues de muertos

los naturales vecinos della, dejó Dios para ejercicio y castigo de

los españoles, reservados, las gentes de los caríbes de las islas

de Guadalupe, y de la Dominica, y otras de por allí, que infestaron

muchas veces aquella isla, haciendo saltos, mataron algunos españoles,

y robaron y destruyeron algunas estancias ó haciendas, y llevaron

captivos algunos; lo que no osaran venir á hacer, si la isla estuviera

con sus habitadores en su prosperidad. Así dejó Dios ciertas naciones,

por los pecados de los hijos de Israel, para que los inquietasen,

turbasen, infestasen, robasen y castigasen, como parece por el libro

de Josué y de los Jueces. Y pluguiese á Dios que, con aquellos daños y

castigos, pagásemos solos los estragos, y calamidades, y destruyciones

que habemos causado en aquella isla, y los pecados que por ello habemos

cometido, dejados aparte los de las otras partes.

CAPÍTULO LVI.

Por aquellos mismos términos se destruyó y despobló la isla de Jamáica,

por aquellos que fueron con Juan de Esquivel, y por él ir á la poblar,

y ciertamente más verdad es que la fueron á despoblar; los cuales,

como se comenzaron á servir de los indios con el imperio y rigor que

siempre han acostumbrado, y á los indios se les hiciese tan nuevo y tan

pesado, mayormente teniendo experiencia de quién los españoles eran y

de sus obras, de cuando allí estuvo el Almirante viejo, viniendo del

descubrimiento de Veragua, comenzáronse por los montes á absentar.

Van tras ellos á montearlos, defendíanse y descalabraban algunos

españoles, porque matar, pocos ó ninguno pudieron matar; y nunca oí

que en Jamáica matasen los indios hombre, porque, en la verdad, era la

gente de aquella isla muy más pacífica y mansa que otra, que casi eran

como lo que habemos dicho de los lucayos. Y tanto anduvieron tras ellos

con perros bravos, que los cazaban y desbarrigaban, que, muertos con

extrañas crueldades, todos los principales y gente infinita que podia

tomar arcos en las manos, subjetaron los demas. Repartiéronlos entre

sí, ocupáronlos, no en las minas porque no las hallaron, ó era, como

despues fué, el oro tan poco, que dellas no curaban, sino en sembrar

las labranzas del pan caçabí y del grano maíz, y grandes algodonales,

porque allí se da mejor y más el algodon que en otra parte, aunque en

las más tierras destas Indias se da en abundancia, al ménos en las

que están desta parte de la equinoccial. Y ésta del algodon fué la

primera granjería que aquellos españoles en aquella isla tuvieron,

porque hacian hacer á las gentes della, en especial á las mujeres,

grandes telas de algodon, y camisas y hamacas, de que usábamos por

camas, y traíanlas á esta isla y á la de Cuba, y á la tierra firme,

desque fueron españoles á ellas, y las vendian, de donde llevaban

vino y harina de Castilla, y aceite, y vinagre, y ropa de lienzo y de

paño, y otras cosas que de Castilla venian y ellos habian menester;

y desta isla llevaban ganados y yeguas, de que allí se han bien

multiplicado. Llevaban ó venian de tierra firme á les comprar caçabí,

maíz é hamacas, y telas que compraban los marineros, para hacer velas,

de los indios, y carabelas, que por estas islas y tierra firme andaban

al tracto. En aquellos trabajos se hobieron tan cruel é inhumanamente

con aquellas inocentes gentes, que en ninguna parte, hasta entónces,

destas Indias se les habia, en crueldad y malos tractamientos, hecho

ventaja; los hombres en el sembrar y poner las labranzas y algodonales

y otras muchas maneras de trabajos; las mujeres en el hilar y tejer,

preñadas y paridas, haciéndolas en ello tan importunamente trabajar,

que un momento no las dejaba parar. No les daban de comer sino caçabí

y ajes, que son raíces de que ya hemos hablado, y con los continos

trabajos, enflaquecidos, morian. Fué regla general, que los indios de

los repartimientos que daban para las granjerías del Rey, eran siempre

los más cruelmente, por sus oficiales, afligidos y tractados, y así

más aína que otros perecian en todas las partes destas Indias, y hoy

lo son más opresos y más mal aventurados. Doctrina ninguna tuvieron,

ni se les dió en Jamáica, ni más cuidado dello se tuvo que si fueran

brutos animales, siendo de la gente más aparejada del mundo para ser

cristianos. Por lo cual, murieron todos sin fe y sin Sacramentos, sino

fueron algunos niños que se baptizaron, y sin baptismo perecieron

hartos. Habrá hoy, de todos los vecinos que allí habia, que estaba como

una piña de piñones, de gente toda poblada, obra de cien personas,

y no se si llegan á tantos. Este fructo sale de la pacificacion que

dice Oviedo á cada paso, y los que de conquistadores se jactan, que

nuestros españoles en nuestras Indias hacen; y es de ver cómo los

encarece y sublima Oviedo, como quien ha hecho grandes hazañas, y todos

son caballeros y gente noble, segun él, los que á hacer estas obras

acá pasan. Cierto, fueron hazañas y tan grandes y tan señaladas, que

despues que Dios crió á Adan, y permitió en el mundo pecados, otras

tales ni tantas, ni con tan execrables, y creo que, inespiables ofensas

de Dios, ni fueron jamás hechas, ni pudieron ser pensadas, ni áun

soñadas. Pero temprano nos quejamos, vamos adelante.

CAPÍTULO LVII.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 22 / 37 段