Estando las cosas desta isla y de la de Sant Juan, y del Almirante

segundo, en el estado dicho, sucedió luégo, en este año de 509,

lo siguiente: Hobo un vecino en esta isla y en la ciudad de la

Concepcion, que decian de la Vega, de que muchas veces habemos á la

memoria repetido, llamado Diego de Nicuesa, que habia venido con

el Comendador Mayor, hijodalgo, que habia servido de trinchante á

D. Enrique Enriquez, tio del Rey católico, persona muy cuerda y

palanciana y graciosa en decir, gran tañedor de vihuela, y sobre todo

gran ginete, que sobre una yegua que tenia, porque pocos caballos en

aquel tiempo áun habian nacido, hacia maravillas. Finalmente, era uno

de los dotados de gracias y perfecciones humanas, que podia haber

en Castilla; sólo tenia ser mediano de cuerpo, pero de muy buenas

fuerzas, y tanto que, cuando jugaba á las cañas, el cañazo que él daba

sobre la adarga los huesos decian que molia. Este hidalgo, luégo que

llegó á esta isla, se acompañó con un vecino de los 300 que en esta

isla estaban, y que más hacienda de labranzas de la tierra, hecha

con indios, tenia, comprándole la mitad ó el tercio della, en 2 ó en

3.000 pesos de oro, fiada, á pagar sacando de los fructos de ella, que

entónces era gran deuda, y poniendo, el Diego de Nicuesa, los indios

de repartimiento que el Comendador Mayor le dió, en la compañía. El

tiempo andando, á costa de los sudores y trabajos de los indios, y

de la muerte de algunos dellos, sacó tanta cantidad de oro de las

minas, que pagó las deudas y quedó con 5 ó 6.000 castellanos de oro,

y mucha hacienda; y éstos por aquel tiempo era mucha riqueza en esta

isla y en estas Indias, porque, como queda muchas veces dicho, no

habia otra tierra poblada de españoles, sino ésta y la de Sant Juan,

que comenzó, como dije, poco habia. Cayeron en un aviso los vecinos

españoles desta isla, segun su parecer muy sotil, conviene á saber,

enviar procuradores al Rey que les concediese los indios perpétuos ó

por tres vidas, como los tenian por voluntad del Rey la cual no duraba

más de cuanto al que gobernaba placia. Este reguardo procuraban porque

no fuese en manos del Gobernador, cada y cuando que se le antojase,

quitarles los indios, como cada dia hacian. Para este mensaje y

procuracion, escogieron al dicho Diego de Nicuesa por procurador, y

á otro hidalgo muy prudente y virtuoso, llamado Sebastian de Atodo,

tambien, de aquella ciudad de la Vega, vecino. Estos, idos á Castilla,

propuesta su embajada y suplicacion al Rey, concedióles, creo que

entónces, que los tuviesen por una vida, pero despues se enviaron otros

procuradores que alcanzaron dos vidas, y despues se dieron priesa

por alcanzar tres vidas. Y esta fué cosa digna de admiracion, y no

sé si diga más digna de risa, ver la ceguedad que en todos, chicos y

grandes, habia, que se les morian cada dia los indios por sus crueles

tiranías, por las cuales, todos los indios de esta isla se acabaron,

no pasada, de muchos, la media vida, y toda su solicitud era que

el Rey se los diese perpétuos ó por tres vidas. Destos tupimientos

de los entendimientos, para sí mismos, y para los que los daños y

perdiciones padecian, tan nocivos, que los nuestros siempre tuvieron

en estas Indias, y comprendieron á muchos géneros de personas en

Castilla, verá innumerables cualquiera prudente lector, si leyendo

esta historia estuviese advertido. Así que Diego de Nicuesa, negociado

aquesta buena demanda para esta isla, negoció para sí otra tan buena

empresa, donde sudase y pagase los dineros, que, de los sudores y

trabajos y captiverio de los indios, habia adquirido; esta fué pedir

la gobernacion de la provincia de Veragua, por el olor de las nuevas,

que de la riqueza della, el Almirante primero que la descubrió, habia

dado y él oido, la cual se le concedió, aunque cierto era y notorio

haberla el Almirante descubierto, y estar sobre el cumplimiento de sus

privilegios pleito movido. A la sazon tambien se despachaba y despachó

la gobernacion de la provincia del golfo de Urabá, que es al rincon

que hace la mar en la tierra firme, pasada la tierra de Cartagena, de

que arriba hemos algo dicho, en el primero y en el presente libro,

para Alonso de Hojeda, que estaba en esta isla esperándola, porque

como el obispo D. Juan de Fonseca lo amase y tuviese como por criado,

aunque nunca lo fué, por ser valiente hombre y muy suelto, y lo hobiese

siempre favorescido, como arriba hemos alguna vez referido, en su

ausencia, le proveyó de la dicha gobernacion; la cual creo yo, que fué

á mover y negociar el piloto Juan de la Cosa, que con él habia andado

rescatando perlas y oro, y áun inquietando las gentes por aquella

costa de tierra firme, los años pasados, segun arriba queda dicho.

Así que, concedidas estas dos gobernaciones, que fueron las primeras

con propósito de poblar dentro de la tierra firme, señaló por límites

de la de Hojeda, desde el cabo que agora se dice de la Vela, hasta

la mitad del dicho golfo de Urabá, y á la de Nicuesa, desde la otra

mitad del golfo hasta el cabo de Gracias á Dios, que descubrió el

Almirante viejo, como en el cap. 21 queda escripto; dióseles á ambos

Gobernadores la isla de Jamáica, para que de allí se proveyesen de los

bastimentos que hobiesen menester: Dios sabe si habian de ser bien

ó mal habidos. Púsoles el Rey títulos á las gobernaciones; á la de

Hojeda nombró, el Andalucía, y Castilla del Oro á la de Nicuesa, las

cuales ambas dieron mucha pena al Almirante, mayormente la de Diego

de Nicuesa, por la causa dicha, y lo que más sintió fué dalles á la

isla de Jamáica, que el Rey y todo el mundo sabia haberla descubierto

su padre, con todas estotras islas, de lo cual ningun litigio habia.

Y porque Alonso de Hojeda era muy pobre, que no tenia, ó muy poco lo

que haber podia, para los gastos de navíos y bastimentos y gente que

traer se requeria, creo que Juan de la Cosa, con su hacienda y de

amigos y compañeros, allegó á fletar una nao, y uno ó dos bergantines,

dentro de los cuales, metidos los bastimentos que pudo y obra de 200

hombres, vino á esta ciudad y puerto de Sancto Domingo, donde fué de

Hojeda bien rescibido. Diego de Nicuesa, como más poderoso de dineros

y de haciendas, que tenia en esta isla, engrosó más su armada y trujo

cuatro navíos grandes y dos bergantines, y mucho más aparato y gente,

y llegó y entró en este puerto desde á pocos dias; pero de camino,

para que Dios hiciese sus hechos, vínose por la isla de Sancta Cruz,

que está 12 ó 15 leguas de la de Sant Juan, y salteó ciento y tantos

indios que vendió por esclavos, aquí y en Sant Juan, de camino, y

dijo que trujo licencia del Rey para hacerlo. Estaba entónces aquí un

bachiller llamado Martin Hernandez de Anciso, que habia ganado á abogar

en pleitos 2.000 castellanos, que por aquel tiempo valian más que hoy

valen 10.000; viendo á Hojeda con tan poca sustancia para su empresa,

ó el mismo Alonso de Hojeda le rogó que le ayudase ó favoreciese con

su industria y dinero, el bachiller luégo lo hizo, porque compró un

navío y cargólo de bastimentos, segun pudo, y para ésto quedó en esta

isla, para luégo con alguna gente seguille; Hojeda le constituyó desde

luégo por su Alcalde mayor en todo el distrito de su Andalucía. Juntos

en esta ciudad los dos nuevos Gobernadores, Hojeda y Nicuesa, cada

uno procurando su despacho de llevar gente y bastimentos, comenzaron

á rifar sobre los límites de sus gobernaciones y sobre la isla de

Jamáica; queria cada uno dellos que la provincia del Darien cayese

dentro de sus límites; y así andaban cada dia de mal en peor, de tal

manera que, que se matasen un dia, creiamos los que los viamos. Hojeda

como era pobre y tan esforzado, echaba luégo el negocio á puñadas y á

desafíos, el Nicuesa, como se tenia por más rico, y era sabio, decidor

graciosísimo, díjole un dia: «dad acá, pongamos cada 5.000 castellanos

en depósito, que os matareis conmigo, y no nos estorbemos agora nuestro

camino.» Todo el mundo sabia que Hojeda, un real que pusiese, no tenia;

en fin, con parecer de Juan de la Cosa, se concertaron con que el rio

grande del Darien, los dividiese, que el uno tomase al Oriente, y el

otro al Occidente; como el Almirante de ambas gobernaciones por muy

agraviado se sintiese, mayormente, como se dijo, de la de Veragua

y Jamáica, todo cuanto pudo contrarió al despacho dellos, y, para

impedilles lo de Jamáica, determinó de enviar á poblalla, y á aquel

caballero de Sevilla, Juan de Esquivel, de quien dijimos arriba que

habia sido Capitan en las guerras de Higuey, por su Teniente della,

al cual dijo cuando se iba á embarcar, como era osado, Hojeda, «que

juraba que si entraba en la isla de Jamáica, que le habia de cortar la

cabeza.» Partióse de este puerto con dos navíos y dos bergantines, y en

ellos 300 hombres, de los venidos para esto de Castilla, y los que se

llegaron de esta isla, y doce yeguas, á 10 ó 12 dias de Noviembre del

mismo año de 509. Y porque Diego de Nicuesa tenia más gruesa armada, y

se le llegó desta isla mucha gente isleña, lo uno, porque habia sido

casi por todos amado por su buena conversacion y por sus gracias, lo

otro, y que más los movió, porque de riqueza volaba, más que la de

Urabá, la fama de Veragua, fuéle necesario comprar otra nao, allende

cuatro y dos bergantines que trujo de Castilla, para llevarlos, y así

tardar más que Hojeda en su despacho; y porque, para cumplir con tanta

nao y tanta gente, tuvo necesidad de adeudarse, así en Castilla como

en esta isla; despues de llegado aquí, tuvo grandísimas angustias y

trabajos ántes que se despachase. La razon desto fué, porque como al

Almirante pesase tan íntimamente de que Nicuesa ni otro fuese á gozar

de Veragua, como de tierra que habia personalmente descubierto su

padre, y sus privilegios fuesen violados, ó él, ó por hacelle placer

á él, ó su Alcalde mayor ó otras personas movian á los acreedores que

impidiesen la partida de Nicuesa echándole embargos; de manera, que,

cuando cumplia con uno con prendas de sus haciendas ó dando fianzas,

salia otro y mostraba una obligacion ó cognoscimiento suyo con que

lo embargaba. Ultimamente, un dia, creyendo que ya lo tenia todo

averiguado, y 700 hombres muy lucidos, y embarcados, y seis caballos (y

por su Capitan general nombró á un Lope de Olano, que habia sido con

las cosas de Francisco Roldan, contra el Almirante viejo, los tiempos

pasados), despacha todas sus cinco naos que se hagan á la vela, con él

un bergantin, y deja el uno, para meterse en él, y ir luégo á tomallas,

quedando entendiendo en cierto despacho, y aquella misma tarde que las

naos salieron, yéndose al rio á embarcar, viene tras él la justicia

y échanle un embargo de 500 castellanos, y áun creo que le sacaron

de la barca, si no me he olvidado, porque yo vide lo que he contado.

Vuélvenlo á casa del Alcalde mayor del Almirante, que era el licenciado

Márcos de Aguilar, y allí mándanle que pague, sino que habrá de ir á la

cárcel; hace sus requerimientos al Alcalde mayor que le deje ir, pues

via ya salidas del puerto sus naos, y que iba en servicio del Rey, y

que si lo detenia, se perdia su armada, donde se arriesgaba más que 500

castellanos, los cuales él pagaria en llegando, y que al presente no

le era posible pagalles; respondia el Alcalde mayor que pagase, porque

el Rey no queria que ninguno la hacienda de otro llevase, y en esto

pasaban cosas muchas, que al triste de Nicuesa gravemente atribulaban,

y aunque pareció que industriosamente aquellos impedimentos se

rodeaban, valiérale mucho que allí lo detuvieran y muriera encarcelado,

segun el triste fin le estaba esperando. Estando en esto, sin saber

qué remedio tener, y fué maravilla no perder allí el seso aquella

tarde, segun estaba angustiado, sale de través un muy hombre de bien,

escribano desta ciudad, cuyo nombre me he olvidado y no quisiere

olvidado, y dice, «¿qué piden aquí al señor Nicuesa?» Respóndesele,

«500 castellanos»; dijo él, «asentá, escribano, que yo salgo por su

fiador de llano en llano, y vayan luégo á mi casa, que yo los pagaré de

contado.» El Nicuesa calla como espantado, de tan tempestivo consuelo

y socorro dudando; asienta el escribano la obligacion del que se

obligaba, y fírmala de su nombre, y desque Nicuesa vido que de veras se

hacia el acto, váse derecho á él casi sollozando, y dice, «dejáme ir

abrazar á quien de tanta angustia me ha sacado,» y así lo abraza. Esto

hecho, váse á embarcar en su bergantin para sus naos, que lo estaban

fuera del puerto esperando barloventeando, mirando siempre atras, si

venia tras él algun otro embargo. Salió despues de Alonso de Hojeda,

ocho dias, deste puerto, á 20 ó 22 dias de Noviembre del dicho año;

díjose, que en entrando en su nao la _Capitana_, comenzó á llamar de

borrachos á los pilotos y echar el punto en las cartas de marear, y

á querer guiar la danza; si ésto fué verdad, yo creo que llevaba el

juicio trastornado, porque no solian ser aquellas sus palabras, segun

la prudencia de que lo cognoscimos adornado. Partióse luégo tras ellos

Juan de Esquivel, con 60 hombres, á poblar la isla de Jamáica, y

éstos fueron los primeros que llevaron las guerras, y el pestilencial

repartimiento á aquella isla, y la destruyeron; dejó Nicuesa proveido

en sus haciendas que tenia en esta isla, que de 500 puercos, suyos ó

comprados, le hiciesen 1.000 tocinos en la Villa y puerto de Yaquimo,

80 leguas de este puerto abajo, como ya se ha dicho, que estaban en muy

buen paraje para dar con ellos en Veragua en cinco ó seis dias, yo los

vide hacer en la villa de Yaquimo, donde yo fuí, despues de Nicuesa

partido, y eran de los grandes y hermosos tocinos que en mi vida he

visto.

CAPÍTULO LIII.

Dejemos partidos los dos Gobernadores de esta isla para sus infelices

gobernaciones, que tales fueron al cabo, hasta que sea tiempo de tornar

á tratar de lo que, en tierra firme, por aquellos tiempos, á ellos y

á la tierra sucedió, que hay bien que recontar, y prosigamos lo que

concerniere al tiempo y gobernacion del segundo Almirante. Para que

sea, lo que adelante se dirá, más claro, es de presuponer, que despues

que el rey católico D. Hernando, el año de siete vino acá, á gobernar

los reinos de Castilla, por muerte del rey D. Felipe, desde Nápoles,

toda la gobernacion de estas Indias pendió principalmente del Obispo de

Búrgos, D. Juan Rodriguez de Fonseca, y del secretario Lope Conchillos,

los cuales eran muy privados del Rey, cada uno en su grado. Ya se ha

dicho en el primer libro, y en muchas partes destos libros ambos, como

el dicho Obispo, desde que fué Arcediano de Sevilla y se descubrieron

estas Indias, hasta este tiempo, y despues muchos años más, siempre

el dicho D. Juan Rodriguez de Fonseca, despues de Obispo que pasó por

diversos Obispados, tuvo de la gobernacion dellas todo el cargo, y con

él, principalmente por su autoridad y gran crédito que los Reyes dél

tuvieron, y tambien por su prudencia y capacidad, en lo que tocaba á

esto, se descuidaban, mayormente despues que el Rey vino de Nápoles,

como era viejo y enfermo, y bien cansado, puesto que con él se juntaban

otras personas de Consejo, notables letrados y no letrados, pero él era

el principal y presidia sobre todos, y su parecer se seguia en todo lo

que parecia tener color de bueno, por la mayor parte, por su autoridad

y por la experiencia que del hecho tenia de tantos años. El secretario

Conchillos, que entónces comenzaba, llegóse á él y seguia su voluntad,

como le via del Rey tan viejo privado, y finalmente, se hacia por acá

lo que ambos rodeaban, al ménos en aquellas cosas ordinarias y donde

no ocurrian nuevas dificultades. Ya se ha dicho tambien, como el dicho

Obispo, siempre tuvo acedía y no tomó sabor en los negocios y obras

de estos Almirantes; no se yo, que vide y oí mucho de esto, cuáles

hobiesen sido la causa ó causas, sino algunos puntos que arriba hemos

dado, que fueron harto livianos. Por ventura, sintiendo ésto los que

acá estaban, cobraban atrevimiento á no tener en cuanto debieran al

Almirante, así como dió lo mismo alguna y quizá mucha causa, en los

tiempos pasados, á la desvergüenza y alzamiento de Francisco Roldan,

contra su padre, primer Almirante, pues se jactaban que escribirian

al Obispo; y despues, cuando vino Alonso de Hojeda y alborotó la

provincia de Xaraguá, todos estribaban en el favor del Obispo, teniendo

por cierto que el Almirante no estaba en su gracia, segun que parece

arriba en el primer libro en algunos lugares. De aquí, creo que

se originó algo de lo que vamos hablando, conviene á saber, haber

engendrádose en esta isla, mayormente en esta ciudad, parcialidades;

una que volvia por el Almirante, y otra cuya cabeza era el tesorero

Pasamonte, y ésta se jactaba ser del Rey, como era muy favorescido

dél y del Obispo y de Conchillos, porque, segun creo, ambos, Tesorero

y Conchillos, eran aragoneses. Ayudaba mucho al bando del Tesorero,

ser su persona muy cuerda y de mucho ser y autoridad, y, á lo que

yo entendí ó creí cierto, por lo que cognoscí del Almirante y de su

condicion, noble y sin doblez, sin culpa suya todo esto se le rodeaba,

quizá, por algunas personas de las que habian sido desobedientes á su

padre de las reliquias de Francisco Roldan, ó de las que aquí quedaron

y despues vinieron, que querian bien al Comendador Mayor, todos los

cuales, sospecho que, pretendian deshacer al Almirante y quedarse con

la gobernacion, y hacer cada uno su casa. Y lo que sin gran ceguedad

de pasion, ó sin mayor malicia no pudo imaginarse, fué que, ó pensaban

ó fingian que el Almirante se podria ó querria en algun tiempo con

esta isla contra el Rey alzar, como á su padre levantaron, no teniendo

apénas que comer ni favor de ninguna parte. Y que esta maldad pensasen

ó fingiesen pareció, porque pasando por esta isla, para la de Cuba, uno

que iba por Contador del Rey, llamado Amador de Lares, muy diestro en

las cosas de la guerra, y que habia gastado muchos años en Italia, le

rogaron que fuese á ver las casas ó cuarto de casa que habia hecho el

Almirante, para ver si era casa fuerte de que pudiese tener sospecha

de algo. Fué á vella, y vido que estaba toda aventanada, ó llena por

todas partes de ventanas, porque así lo requeria la tierra por el

calor, y otras particularidades de casa muy llana; y burlo della y

más de los que aquello pensaban. Yo se lo oí esto al dicho contador

Amador de Lares. Creció cada dia más la malicia y envidia ó ambicion de

los de acá y de los de Castilla, ayudando algo, y quizá mucho, que el

Almirante no cumplia algunas Cédulas del Rey, que tocaban al interese

de los de Castilla y de los de acá, puesto que las obedecia, porque

le parecia que no convenia cumplillas, lo cual hacia por autoridad de

la Cédula que trujo, y arriba pusimos, y ansí escribian al Rey, y al

Obispo, y al secretario Conchillos lo que á sus paladares bien sabia,

y en disfavor del Almirante con sus colores y confitura del servicio

Real; lo que por todas estas Indias para corroborarse los oficiales del

Rey é ministros de su justicia en sus tiranías, se habia asaz usado.

Por estas invenciones y falsedades, á Castilla por cartas enviadas,

determinóse que se pusiesen ciertos jueces en esta isla y ciudad, que

se llamasen jueces de apelacion, á los cuales se apelase del Almirante

y de sus Alcaldes mayores; y aunque, si ellos fueran justos y usaran

sus oficios sólo para bien y guarda de la justicia, no parecia ser no

prudente provision (puesto que el Almirante la sintió mucho, porque

via que era para mayor daño suyo, y en perjuicio de sus privilegios

ponelle superior), pero ellos fueron siempre tales, que no tomaran

aquellos aquel oficio, sino por armas para destruir al Almirante y

echalle de esta isla, para mandalla ellos solos, los que despues

vinieron para señorear y robar la tierra y afligir y oprimir los que

poco podian y hoy pueden, no digo indios, porque muchos há que no

hay dellos memoria, sino los mismos españoles, como ellos afligieron

y oprimieron, y acabaron los indios. Proveyéronse por Jueces tres

licenciados, un licenciado llamado Marcelo de Villalobos, el licenciado

Juan Ortiz de Matienzio, y el bachiller Ayllon, que fué Alcalde mayor

de la Vega, como queda dicho en el capítulo 40, por el Comendador

Mayor, el cual venia ya licenciado, ó se llamó licenciado. Esta fué

la ponzoña principal que, de allí adelante lo que el cargo le duró,

entró en esta isla, en especial contra las cosas del Almirante, porque

renovó ó quiso vengar las cosquillas ó desabrimientos que hobo entre

el Almirante y el Comendador Mayor, ó los que quizá rescibió cuando

le tomó el Almirante residencia. Este se juntó con el Tesorero y con

otros criados del Obispo, que ya era de Búrgos, y con amigos y criados

del Comendador Mayor, los cuales, abierta ó casi abiertamente decian y

mostraban querer y seguir en destruir la casa y estado del Almirante;

y así lo hicieron grandes afrentas, y causaron muchas turbaciones con

la voz del servicio del Rey, de tal manera, que ya ni criados, ni

deudos, ni amigos osaban parecer ni hablar por miedo dellos. Envió

sus querellas el Almirante al Rey, suplicándole que enviase quien los

tomase residencia y á su Alcalde mayor, Márcos de Aguilar, y á los

demas sus oficiales; vino por juez de residencia un licenciado, que se

llamó Juan Ibañez de Ibarra, el cual, luégo que llegó, murió, y algun

rumor y sospecha hobo que se le dió con que muriese; murió tambien

el secretario Zabala, que con él vino para entender en la residencia

y negocios. Finalmente, tanto prevalecieron aquellos, todos, que se

llamaban servidores dél, contra el Almirante, que al cabo lo hobo de

enviar á llamar el Rey; y pasados grandes trabajos, angustias y gastos,

al cabo con ellas, desterrado de su casa, lo mataron, como dijo un

religioso en Sant Francisco desta ciudad, predicando á sus honras, como

abajo parecerá.

CAPÍTULO LIV.

Por este tiempo, en el año de 1510, creo que por el mes de Setiembre,

trujo la divina Providencia la Órden de Sancto Domingo á esta isla,

para lumbre de las tinieblas que entónces habia, y en todas estas

Indias se habian despues de engrosar y ampliar. El movedor primero, y

á quien Dios inspiró divinalmente la pasada de la Órden acá, fué un

gran religioso de la Órden, llamado fray Domingo de Mendoza, hermano

del padre fray García de Loaysa, que despues fué Maestro general de

la Órden, y confesor del Emperador y rey de España, Cárlos V, de este

nombre, y despues subió á ser Obispo de Osma, y despues Arzobispo de

Sevilla, y Cardenal y Presidente del Consejo destas Indias, y que por

más de veinte años las gobernó. Aquel hermano de este señor, llevó Dios

por otros pasos y caminos, y por otros grados más firmes y de mayor

seguridad lo levantó. Fué celosísimo de ampliar la religion, y que se

conservase en el prístino rigor, segun las antiguas sus constituciones,

y éste fué su principal fin, como fin que primero se ha de procurar,

no dejando de pretender el segundario, que es la salud y provecho de

las ánimas. Este padre fué muy gran letrado, casi sabia de coro las

partes de Sancto Tomás, las cuales puso todas en verso, para tenerlas

y traerlas más manuales, y, por sus letras, y más por su religiosa,

y aprobada y ejemplar vida, tenia en España grande autoridad. Para

su sancto propósito, halló á la mano un religioso llamado fray Pedro

de Córdoba, hombre lleno de virtudes y á quien Dios, nuestro Señor,

dotó y arreó de muchos dones y gracias corporales y espirituales.

Era natural de Córdoba, de gente noble y cristiana nacido, alto de

cuerpo y de hermosa presencia; era de muy escelente juicio, prudente

y muy discreto naturalmente, y de gran reposo. Entró en la órden de

Sancto Domingo, bien mozo, estando estudiando en Salamanca, y allí

en Santistéban se le dió el hábito; aprovechó mucho en las artes

y filosofía y en la teología, y fuera sumo letrado, si por las

penitencias grandes que hacia no cobrara grande y contínuo dolor de

cabeza, por el cual le fué forzado templarse mucho en el estudio, y

de quedarse con suficiente doctrina y pericia en las Sagradas letras,

y lo que se moderó en el estudio, acrecentólo en el rigor de la

austeridad y penitencia, todo el tiempo de su vida, cada y cuando las

enfermedades le dieron lugar. Fué tambien, con las otras gracias que

Dios le confirió, devoto y excelente predicador, y á todos daba, con

sus virtuosas y loables costumbres para en el camino de la virtud y de

buscar á Dios, loable y señalado ejemplo, tiénese por cierto que salió

desta vida tan limpio como su madre lo parió. Fué llevado de Salamanca,

con otros religiosos de mucha virtud, á Sancto Tomás de Avila, donde

por entónces resplandecia mucho la religion. A este bienaventurado

halló el padre fray Domingo de Mendoza dispuesto para que le ayudase á

proseguir aquesta empresa, y movió á otro, llamado el padre fray Anton

Montesino, amador tambien del rigor de la religion, muy religioso y

buen predicador. Persuadieron á otro santo varon, que se decia el padre

fray Bernardo de Sancto Domingo, poco ó nada experto en las cosas del

mundo, pero entendido en las espirituales, muy letrado y devoto y gran

religioso. Estos movidos y dispuestos para le ayudar, fué á Roma para

negociar con el Gaetano, que era entónces Maestro general de la Órden,

y trujo recaudos para pasar la Órden á estas partes, y, habida licencia

tambien del Rey, porque tuvieron necesidad que otra vez se tornase

ó hablar con el Maestro general para sus cosas de órden, quedóse el

padre fray Domingo de Mendoza para las negociar, y envió al dicho

padre fray Pedro de Córdoba, que tenia entónces edad de veintiocho

años, por Vicario de los otros dos, aunque más viejos, y un fraile

lego que les añidió. Estos cuatro religiosos trujeron la Órden á esta

isla; el fraile lego se tornó luégo á Castilla y quedaron los tres,

los cuales, comenzaron luego á dar de su religion y santidad suave

olor, porque rescibidos por un buen cristiano, vecino desta ciudad,

llamado Pedro de Lumbreras, dióles una choza, en que se aposentasen,

al cabo de un corral suyo, porque no habia entónces casas sino de

paja, y estrechas. Allí les daba de comer caçabí de raíces, que es pan

de muy poca sustancia, si se come sin carne ó pescado; solamente se

les daba algunos huevos, y de en cuando en cuando, si acaescia pescar

algun pescadillo, que era rarísimo. Alguna cocina de berzas, muchas

veces sin aceite, solamente con axí, que es la pimienta de los indios,

porque de todas las cosas de Castilla era grande la penuria que habia

en esta isla. Pan de trigo ni vino, áun para las misas, con dificultad

lo habia. Dormian en unos cadalechos, de horquetas y varas ó palos

hechos, y por colchones paja seca por encima; el vestido era de jerga

aspérrima, y una túnica de lana mal cardada. Con esta vida y deleitable

mantenimiento, ayunaban sus siete meses del año arreo, segun de su

Órden lo tenian y tienen constituido. Predicaban y confesaban como

varones divinos; y porque esta isla toda estaba (los españoles digo),

en las costumbres de cristianos pervertida, en especial en los ayunos y

abstinencias de la Iglesia, porque se comia carne los sábados y áun los

viérnes y todas las Cuaresmas, y habia, todas ellas, las carnecerías

tan abiertas, y tan sin escrúpulo y con tanta solemnidad, como las

hay por Pascua Florida, con sus sermones, y más creo que con su dura

penitencia y abstinencia, los redujeron á que se hiciese consciencia

dello y se quitase aquella glotonería en los tiempos y dias que la

Iglesia determina. Habia, esomismo, gran corrupcion en los logros y

usuras, tambien los desterraron é hicieron á muchos restituir; otros

efectos grandes, dignos de la religion y Órden de Sancto Domingo, se

siguieron de su felice venida. Y porque á la sazon que vinieron y

desembarcaron en este puerto y ciudad de Sancto Domingo, el Almirante

habia ido, con su mujer doña Maria de Toledo, á visitar la ciudad de

la Concepcion de la Vega, y estaban allí, fué luégo á dalles cuenta

de su venida el bienaventurado padre fray Pedro de Córdoba, no con

más fausto de ir á pié, comiendo pan de raíces y bebiendo agua fria

de los arroyos, que hay hartos, durmiendo en el campo y montes en el

suelo con su capa á cuestas, 30 leguas de harto trabajoso camino.

Rescibiólo el Almirante y doña María de Toledo, su mujer, con gran

benignidad y devocion, y hiciéronle reverencia, porque el venerable

y reverendo acatamiento, y sosiego y mortificacion de su persona,

aunque de veintiocho años, daba á entender á cualquiera que de nuevo lo

viese, su merescimiento. Creo que llegó sábado, y luégo domingo, que

acaecia ser entre las octavas de Todos Santos, predicó un sermon de la

gloria del Paraíso que tiene Dios para sus escogidos, con gran fervor

y celo; sermon alto y divino, é yo se lo oí, é por oírselo me tuve por

felice. Amonestó en él á todos los vecinos, que, en acabando de comer,

enviasen á la iglesia cada uno los indios que tenia en casa, de que se

servia. Enviáronlos todos, hombres y mujeres, grandes y chicos; él,

asentado en un banco y en la mano un crucifijo, y con algunas lenguas

ó intérpretes, comenzóles á predicar, desde la creacion del mundo

discurriendo, hasta que Cristo, Hijo de Dios, se puso en la Cruz. Fué

sermon dignísimo de oir é de notar, de gran provecho, no sólo para los

indios (los cuales nunca oyeron hasta entónces otro tal, ni áun otro,

porque aquel fue el primero que á aquellos y á los de toda la isla se

les predicó acabo de tantos años, ántes todos murieron sin haber oido

palabra de Dios), pero los españoles pudieran dél sacar mucho fructo. Y

si muchos de los tales se les hobieran predicado, algun más fructo se

hobiera hecho en ellos que se hizo, y más hobiera sido Dios cognoscido

y adorado, y mucho ménos ofendido. Finalmente, habiendo dado parte al

Almirante de lo que habia que dalle, y negociado en breves dias, se

tornó á esta ciudad, dejando á todos los que lo habian visto y oido

presos de su amor y devocion. Luégo, en los primeros navíos, segun

creo, vino el primer inventor desta hazaña, el padre fray Domingo de

Mendoza, con una muy buena compañía de muy buenos frailes; todos los

que entónces venian eran religiosos señalados, porque á sabiendas y

voluntariamente se ofrecian á venir, teniendo por cierto que habian

de padecer acá sumos trabajos, y que no habian de comer pan ni beber

vino, ni ver carne, ni andar los caminos cabalgando, ni vestir lienzo

ni paño, ni dormir en colchones de lana, sino con los manjares y rigor

de la Órden habian de pasar, y áun aquello muchas veces les habia de

faltar; y con este presupuesto se movian con gran celo y deseo de

padecello por Dios, con júbilo y alegría, y por ésto no venian sino

religiosos muy aventajados. Díjose, que cuando este padre fray Domingo

de Mendoza llegó, con su religiosa compañía, en la isla de la Gomera,

que es una de las de Canaria, hobo allí una mujer endemoniada, y rogado

que la visitase y conjurase, hízolo de grado; y hechos los conjuros y

forzando al espíritu inmundo que de allí saliese, trabadas pláticas,

preguntóle y forzóle que le dijese de dónde venia; respondió el demonio

que venia de las Indias; dijo entónces el padre: «¡Ah, don traidor,

que ya no os cale parar allá, pues la fé católica se lleva, y va en

ellas á predicarse, donde habeis rescibido gran daño, y ser dellas

desterrado.» Respondió el demonio: «Bien está, que algun daño me han

hecho y me hacen, pero por eso bien que no se sabrá el secreto en estos

cien años.» Esto se publicó que allí pasó, no me acuerdo quién me lo

dijo, y por mi descuido no lo supe del mismo padre fray Domingo, ó del

padre fray Pedro de Córdoba, y de otros muchos religiosos lo pudiera

bien saber y averiguar, porque tuve harto tiempo para ello. Si dijo

verdad el demonio, como la puede decir, cumpliendo la voluntad de Dios,

el tiempo lo declarará desque pasen cuarenta años, contando los ciento,

desde que estas Indias se descubrieron; y, por ventura, el secreto es

la claridad del engaño y ceguedad que hay cerca de las injusticias é

impiedades que estas gentes de nosotros han rescibido, no teniéndose

por pecados, que ha comprendido á todos los estados de España. En

fin, yo soy cierto que el tiempo, ó al ménos el dia del Juicio, se

declarará. Llegado, pues, el padre fray Domingo de Mendoza á este

pueblo y ciudad con su compañía, holgáronse inestimablemente el padre

fray Pedro de Córdoba y los que con él estaban, y como eran ya algun

número, y creo que pasaban de 12 ó 15, acordaron de consentimiento

de todos, con toda buena voluntad, de añadir ciertas ordenaciones y

reglas sobre las viejas constituciones de la Orden (que no hace poco

quien las guarda), para vivir con más rigor. Por manera que, ocupados

en guardar las nuevas y añididas reglas, estuviesen ciertos que las

constituciones antiguas, que los Santos padres de la Orden ordenaron,

estaban inviolablemente en su fuerza y vigor; y de una, entre otras,

me acuerdo que determinaron, que no se pidiese limosna de pan, ni de

vino, ni de aceite, cuando estuviesen sanos, pero si sin pedillo se lo

enviasen que lo comiesen, haciendo gracias á Dios: para los enfermos

podíase por la ciudad pedir. Y así les acaesció, dia de Pascua Florida,

no tener de comer sino una cocina de berzas, sin aceite, guisada con

sólo axí y sal. Vinieron muchos años guardando este rigor, al ménos

todo el tiempo que el felice padre fray Pedro de Córdoba vivió, y

pasaron grandes trabajos de penitencia, y florecia mucho la religion

en obediencia y pobreza, y, cierto, la primitiva del tiempo de Sancto

Domingo, aquí se renovó; y en tanto creció la fama de su santidad, que

el rey de Portugal escribió al Rey ó á los Prelados de la Orden, que

le enviasen de los frailes de Sancto Domingo destas Indias, ó para

reformar á Portugal, ó para poblar de nuevo la Orden en la India ó en

otra parte. Ordenaron que cada domingo y fiesta de guardar, despues de

comer, predicase á los indios un religioso, como el siervo de Dios,

fray Pedro de Córdoba, en la iglesia de la Vega habia principiado, y

á mí, que esto escribo, me cupo algun tiempo este cuidado; y así era

ordinario henchirse la iglesia, los domingos y las fiestas, de indios

de los que en casa á los españoles servian, lo que nunca en los tiempos

de ántes habian visto. En este mismo año, y en estos mismos dias que

el padre fray Pedro de Córdoba fué á la Vega, habia cantado misa nueva

un clérigo llamado Bartolomé de las Casas, natural de Sevilla, de los

antiguos de esta isla, la cual fué la primera que se cantó nueva en

todas estas Indias; y por ser la primera, fué muy celebrada y festejada

del Almirante y de todos los que se hallaron en la ciudad de la Vega,

que fueron gran parte de los vecinos desta isla, porque fué tiempo

de fundicion, á la cual, por traer cada uno el oro que habia, con

los indios que tenia, á fundirlo, ayuntábanse muchos, como cuando se

llegan las gentes á los lugares donde hay ferias, para sus pagamentos,

en Castilla; y porque no habia moneda de oro alguna, hicieron ciertas

piezas de oro, como castellanos y ducados contrahechos, que ofrecieron,

de diversas hechuras, en la misma fundicion donde se fundia y pagaba el

quinto al Rey, y otros hicieron arrieles para ofrecerle, segun que cada

uno queria ó podia. Moneda de reales se usaba, y destos le ofrecieron

muchos, y todo lo dió el misa-cantano al padrino, si no fueron

algunas piezas de oro, por ser bien hechas. Tuvo una calidad notable

esta primera misa nueva, que los clérigos que á ella se hallaron, no

bendecian, conviene á saber, que no se bebió en toda ella una gota de

vino, porque no se halló en toda la isla, por haber dias que no habian

venido navíos de Castilla.

CAPÍTULO LV.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 21 / 37 段