A la sazon que el Almirante llegó á este puerto, el Comendador Mayor

estaba en la tierra dentro, en la villa de Santiago, 40 leguas desta

ciudad, porque holgaba estar allí alguna parte del año, cuando podia,

por la sanidad y alegría del pueblo, y tener una legua de allí aquel

rio muy gracioso, llamado Yaquí; allende tambien que se iba allí,

por estar más cerca de las otras villas dichas, para, los que con él

quisiesen venir á negociar, escusarles el trabajo de venir á esta

ciudad. Ya dijimos tambien arriba, como habia puesto á un sobrino

suyo, llamado Diego Lopez de Salcedo, por Alcaide desta fortaleza, el

cual tambien acaeció estar fuera de aquí en una hacienda ó estancia

suya, cerca de aquí, por ventura para volver á dormir á ella, cuando

el Almirante vino. Pues como ninguno hobiese en la fortaleza, que

tuviese cargo de guardalla, aquel dia, sino fuesen gente de servicio,

así como lo supo el Almirante y desembarcó, fuése derecho con su mujer

y casa á aposentar en ella. Cuando el Alcaide vino, halló que otro la

poseia y mandaba la tierra. Escribióse luégo al Comendador Mayor como

el Almirante era venido, el cual, sabido el descuido de su sobrino

en la fortaleza, hobo gran enojo, y reprendiólo ásperamente, y tuvo

razon. Llegado á esta ciudad, fué luégo á ver al Almirante y á doña

María de Toledo, su mujer, los cuales le hicieron grande y gracioso

recibimiento, y él no menor reverencia á ellos. Hobo grandes fiestas

y representaciones, estando todos tres y los tios y hermano del

Almirante presentes, donde tambien ocurrieron de toda la isla muchos

caballeros y muy lucida gente. Acabadas las fiestas ó casi en ellas,

para las aguar, porque no haya en esta vida consuelo ni alegría sin

mezcla, sobrevino una tormenta y tempestad de las que hay por estas

mares y tierras, que los indios llamaban huracán, la última luenga, que

no dejó de toda esta ciudad cuasi casa enhiesta. Eran entónces las

casas de paja y de madera, y habia pocas de piedra. Destruyó las más

de las naos que estaban en este puerto, y entre ellas la en que habia

venido el Almirante, que fué muy grande y muy hermosa, con 500 ó 600

quintales de bizcocho que áun no se habia desembarcado, y otras cosas

que allí en ella se perdieron. Tomóse la residencia al Comendador Mayor

y á sus dos Alcaldes mayores; bien creo que la dieron buena, porque

como el Comendador era tan prudente, amigo de justicia y bueno, no les

consintiera hacer cosa que no debiesen, y tambien porque el licenciado

Alonso Maldonado era muy hombre de bien, justiciero y que se holgaba

siempre más de concertar los pleiteantes que no que viniesen ante él á

pedir su derecho. El otro bachiller Ayllon, que presidia en la Vega,

no era tan humano, y algunas injusticias hizo. Y es aquí de considerar

juntamente y de reir, aunque con más verdad podríamos afirmar que con

justa razon era cosa de llorar, que no se hacia entónces, y, en muchos

años despues, cuenta ninguna, en las residencias, de los agravios y

perdicion que padecian los indios, y que todos los jueces eran en

destruillos, y los consentian oprimir é destruir, más que si aquellos

delitos fueran ir á cortar madera de los árboles que nunca tuvieron

dueño. Todas las culpas que venian á parar á las residencias, y que

eran por culpas tenidas, no eran otras sino si el juez habia dicho

alguna mala palabra segun la soberbia entónces habia, ó si lo echó

en la cárcel por palabras que dijo á otro que de tanta pena no eran

dignas, ó si le impidió que no echase tan aína los indios á las minas.

Estas y otras culpas semejantes se acusaban y ponian por cargos á los

Gobernadores y jueces en las residencias, no que hobiesen asolado

y muerto en las minas y trabajos, cada demora, 100 y 200 indios,

hécholos azotar, y apalear y matar de hambre, muy más cruelmente

que los otros crueles vecinos. Y debiérase tomar residencia y dar

por cargo al Comendador Mayor, haber inventado el cruel y tiránico

repartimiento, por el cual desposeyó á los señores naturales de sus

señoríos, privóles de su natural libertad, y hízolos servir, habiendo

de ser servidos; deshizo los pueblos, y todos los indios desta Isla

entregó en servidumbre, desparcidos, á sus capitales enemigos, que los

consumieron, y que cada demora via que se acababan, y no curaba dellos

ni á ponelles remedio se movia. De cómo los dejó morir sin fe y sin

Sacramentos, y otras infinitas injusticias que les hizo y les consintió

hacer, dignísimas de capital y durísimo castigo. Si estos cargos se le

pusieran y se hobieran de castigar en él y en sus Alcaldes mayores,

pero en él principalmente, manifiesto es á quien tuviera juicio, que no

pagara, aunque, siendo suyos, vendiera los reinos de Castilla y con mil

vidas que tuviera; pero miedo tengo que no fué digno que destas culpas

hiciese residencia en esta vida, plega á Dios, que la que Dios le tomó

en su divinal juicio, le haya sido favorable, porque, en verdad, yo le

amaba, fuera destos yerros en que ciegamente incurrió. Y porque se vea

más claro la ceguedad suya ó de los jueces suyos y de aquel tiempo,

quiero referir una cosa, que mostrará la rectitud de la justicia, ó,

por mejor decir, la estulticia de que aquellos usaban, y en qué estima

tenian á los inocentes indios, que pecaban los pecadores y pagaban la

pena los justos y que eran sin culpa. Hacia un delito grave, ó ménos

grave, un español, no porque matase indio ni lo tractase mal, porque

éstas no eran culpas ni jamás se castigó por ellas hombre alguno, sino

por otras causas que ofendiesen unos españoles á otros, la pena comun

y cuotidiana que cada dia se daba, era, que aquel hiciese á su costa

tal camino, ó diese tantos peones, ó hiciese otras obras públicas. La

costa era, que enviaba á los tristes opresos indios que tenia, para que

derrocasen y allanasen las sierras y levantasen los valles, con sus

sudores y trabajos, hambreando y llorando, y algunos exalaban allí el

espíritu. Estas eran las sentencias que los jueces daban y las penas

que padecian los españoles por sus delitos, no haciendo más caso de

las ánimas de los indios, que si fueran caballos ó otros animales, y

los condenaban en que dieran tantas bestias para traer tantas cargas,

ó carretadas, etc. Esta ceguedad, con las demas que arriba se han

notado, ¿cómo pudieron al Comendador Mayor y á sus jueces por alguna

causa ó color escusar? pero pasemos adelante. Tomada la residencia

tal cual, porque en lo demas que no tocase á indios no hallo cosa

(porque yo estuve aquí lo más del tiempo que él gobernó), en que con

razon algun español dél pudiese quejarse, aparejó para se partir para

Castilla, como el Rey le envió á mandar. Este Comendador Mayor tuvo sus

repartimientos de indios que tomó para sí; no creo que echó algunos

á las minas, sino para que le hiciesen labranzas de caçabí é de los

fructos de la tierra, para mantener la gente de su casa, porque para

su persona todo le venia de Castilla, y así tenia estancias ó granjas,

como las llaman en España. Yo cognoscí una con muchos indios en la

Vega, junto á la ciudad de la Concepcion, y otra ó otras creo yo que

tenia cerca desta ciudad de Sancto Domingo; la que yo cognoscí en la

Vega, no tuvo más doctrina para los indios, ni hobo mayor cuidado

dellos en ella, que tuvieron los otros españoles vecinos, que ni por

pensamiento les pasaba tenerlo. Cosa fué aquesta digna de maravilla,

que tanta ceguedad hobiese, aunque no se sirvieran de los indios, en

olvidar aquel precepto divino que todos tenemos, de enseñar é instruir

á los que ignoraban las cosas divinas, sin el cognoscimiento de las

cuales salvarse los hombres es imposible, cuanto más sirviéndose

destas gentes que con sus trabajos y angustias, y con perdicion de

su libertad y de sus propias vidas, parecian comprar la doctrina

de Cristo. Tuvieron tambien repartimientos de indios sus Alcaldes

mayores, y ninguno los dejaba de tener de los que acá tenian del Rey

oficios. La hacienda principal que el Comendador Mayor acá tuvo, que yo

sintiese, era una renglera de casas que hizo edificar en la calle de la

Fortaleza, que está más propincua al rio, en ambas á dos aceras; las de

una acera dejó para el Hospital de los pobres de esta ciudad de Sancto

Domingo, y las de la otra para su órden de Alcántara, que milita debajo

de la bandera de Sant Benito. Díjose que pidió dineros prestados para

salir desta isla. Finalmente, fué, cierto, ejemplo de honestidad y de

ser libre de cudicia este buen caballero en esta isla, donde pudiera

con mucha facilidad, en lo uno y en lo otro, corromperse. Despachó el

Almirante á su hermano don Hernando, que seria de edad de diez y ocho

años, para que fuese á estudiar á Castilla, porque era inclinado á

las ciencias y á tener muchos libros, y enviólo por Capitan general

de la flota, donde fué el Comendador Mayor por súbdito suyo cuanto

duró la navegacion; cosa fué notada, que una persona tan señalada y

digna de veneracion, y en dignidad de Comendador Mayor constituido,

y que habia sido Gobernador mayor de todas las Indias, fuese subjeta

de un muchacho de diez y ocho años; no pareció bien áun á los mismos

que querian bien al Almirante. A la sazon era Presidente del Consejo

real D. Alvaro de Portugal, hermano del duque de Berganza, portugués,

pariente de la reina doña Isabel, y que fué privado de los Reyes, que

se vino á Castilla en tiempo de las guerras y discordias que hobo en

aquellos tiempos entre Castilla y Portugal; oí decir, que habia dicho

el D. Alvaro, que habia de hacer tomar una residencia al Comendador

Mayor, que otra tal no se hobiese tomado, amenazándolo. Sospeché yo que

lo habia dicho por haber tenido noticia del estrago que habia hecho el

Comendador Mayor en la provincia de Xaraguá, quemando tantos señores

juntos, y ahorcando á Anacaona, hermana de Behechío, rey de allí; no

se si en la sospecha me engañé. De aquella matanza é injusticia tan

inhumana, en el cap. 9.º hicimos mencion. Finalmente, partió desta isla

el Comendador Mayor, por el mes de Setiembre del mismo año de 509, y

llegó á Castilla, bueno, al cabo del año. De cómo lo rescibió el Rey,

no lo supe, mas de que estando el Rey en Sevilla, y mandando celebrar

Capítulo la órden de Alcántara, en el mismo Capítulo, en cuatro dias,

murió, muy pocos dias despues que hobo de acá llegado. Ya habrá visto

cómo acertó en inventar ó entablar el repartimiento de los indios, y

desparcillos entre los españoles como si fueran cabras, pestilencia

vastativa y cruel que todas estas Indias ha estirpado, y las otras

obras que cerca y contra los indios hizo.

CAPÍTULO LI.

Lo que conviene aquí tractar, segun la órden de nuestra historia, es

de la persona y gobernacion del segundo Almirante, llamado D. Diego

Colon; el cual, segun parece por lo que vivió, más fué heredero de

las angustias é trabajos y disfavores de su padre, que del Estado

honras y preeminencias que con tantos sudores y aflicciones ganó.

Fué persona de grande estatura, como su padre, gentil hombre, y los

miembros bien proporcionados, el rostro luengo, y la cabeza empinada,

y que representaba tener persona de señor y de autoridad; era muy

bien acondicionado, y de buenas entrañas, más simple que recatado ni

malicioso; medianamente bien hablado, devoto y temeroso de Dios, y

amigo de religiosos, de los de Sant Francisco en especial como lo era

su padre, aunque ninguno de otra órden se pudiera dél quejar, y mucho

ménos los de Sancto Domingo. Temia mucho de errar en la gobernacion

que tenia á su cargo, encomendábase mucho á Dios suplicándole lo

alumbrase para hacer lo que era obligado; trujo poder de encomendar

los indios desta isla; porque, fuera desta, no habia poblacion de

españoles en otra parte, ni habian en otra parte destas Indias entrado

de asiento á los sojuzgar y estragar. Tomó indios para sí y para Doña

María de Toledo, su mujer, y diólos á sus tios el Adelantado y D.

Diego y á sus criados y personas honradas que vinieron de Castilla con

él, aunque algunos trujeron para que se los diese Cédulas del Rey.

Fueron tractados los indios, en este tiempo primero del Almirante,

con la priesa de sacar oro, y con el descuido de proveellos de comida

y remedio, y para sus corporales necesidades, y en dalles doctrina y

cognoscimiento de Dios, de la manera y peor que de ántes en tiempo del

Comendador Mayor. Habia en esta isla cuando el Almirante vino 40.000

ánimas, que no restaban ya, de tres ó cuatro cuentos, más que matar;

por manera, que en obra de un año, desque vino el tesorero Pasamonte,

que dijimos haber 60.000, eran perecidos los 20.000 dellos. Proveyó,

luégo como vino, sabido las nuevas que habia traido Juan Ponce de

haber oro en la isla de Sant Juan, de enviar gente y un Teniente

suyo y Gobernador para que la poblase y gobernase; por su Teniente y

Gobernador, envió un caballero, natural de la ciudad de Ecija, llamado

Juan Ceron, y á Miguel Diaz, criado que habia sido del Adelantado,

su tio, los tiempos pasados, y le habia caido en suerte la mitad del

grano de oro grande, segun referimos arriba, por Alguacil Mayor; fuese

tambien á vivir á aquella isla el ya dicho Juan Ponce con su mujer é

hijos, y un caballero gallego, D. Cristóbal de Sotomayor, hijo de la

condesa de Camina, y hermano del conde de Camina, Secretario que habia

sido del rey D. Felipe, que habia venido con el mismo Almirante. Fueron

tambien otras muchas personas que habian venido con el Almirante,

desque vieron que ya en esta isla no habia indios para tantos, ni

sabian donde ir á parar yéndoseles gastando la laceria que habian

traido de Castilla. Deste caballero, D. Cristóbal de Sotomayor, se

dijo que el Rey enviaba por Gobernador de esta isla de Sant Juan, y

que el Almirante acá no lo consintió, pero esto parece no poder ser

por estas razones: una es, porque aún en Castilla no habia memoria

de que fuera desta Española se hobiese de poblar tierra alguna, ni

se sabia della si era tierra para poblarse de españoles ó no, porque

no habia entrado hombre de los nuestros por ella, mas de saltar en

la costa para tomar agua y leña; lo otro, porque las nuevas del oro

della trujo Juan Ponce al Comendador Mayor, y nadie las supo fuera

desta ciudad, porque cuando él vino con ellas, era ya desembarcado

el Almirante aquí; lo otro, porque el dicho D. Cristóbal vino sólo y

mondo, como dicen, con solos sus criados, harto pocos, y no traia de

Castilla un cuarto para gastar; lo otro, porque el Rey enviaba por

Gobernador al Almirante de todas estas Indias, y no habia luégo de

enviar juntamente Gobernador de parte dellas; lo otro, porque quedaba

pleito pendiente sobre la gobernacion y vireinado de todas ellas,

mayormente destas islas, de que ninguna duda habia en que fueron

descubiertas personalmente por su padre, y no haria el Rey luégo, sin

haber habido sentencia en ello, innovacion. Lo que yo creo, y entónces,

yo estando presente en esta ciudad, me parece haber sentido, sino me

he olvidado, que queria el D. Cristóbal que el Almirante lo enviara

por su teniente de Gobernador, y pienso que al principio lo envió,

y despues proveyó á Juan Ceron; y paréceme que aquesto es lo ménos

dudoso, si, como dije, la memoria de cerca de cincuenta años que han

pasado no me dejó. Finalmente, el uno ó otro duraron en el oficio un

año ó poco más, y ellos comenzaron á repartir los indios, y fueron

los primeros que aquesta pestilencia del repartimiento sacaron de

esta isla y llevaron á la de Sant Juan, y así fué la primera, despues

desta, que padeció esta plaga y calamidad. Llegado el Comendador Mayor

á Castilla, ó por hacer bien á Juan Ponce, ó al Almirante mal, hizo

relacion al Rey de como habia enviado á Juan Ponce á la isla de Sant

Juan, y habia descubierto mucha cantidad de oro, y que era hombre muy

hábil y que le habia servido en las guerras mucho, que Su Alteza le

debia proveer de aquella gobernacion, ó de cargo que en ella mandase.

El Rey le proveyó de la dicha gobernacion, pero como Teniente del

Almirante sin que el Almirante le pudiese quitar. Tomada la gobernacion

por provision del Rey, no le faltaron achaques, ó él se los buscó,

como es comun costumbre de los jueces acá, cuando quieren vengarse de

alguno sin tener temor de Dios ni del Rey, como está léjos el recurso;

prendió al Juan Ceron, y á Miguel Diaz, Alguacil mayor, y enviólos

presos á Castilla para que se presentasen en la corte, y esta fué la

primera sofrenada y disfavor que el Almirante, despues de acá llegado,

rescibió. Luégo, desde á pocos dias, rescibió otra poco menor: Tambien

vinieron con el Almirante dos hermanos, Cristóbal de Tapia, uno, por

Veedor de las fundiciones, el cual tenia la marca y sello con que se

marcaba, despues de fundido, el oro; y el otro, Francisco de Tapia,

por Alcaide de esta fortaleza, criados entrambos del obispo D. Juan

Rodriguez de Fonseca, de quien, muchas veces, arriba en el primer libro

y en éste, habemos hablado. Llegados á esta ciudad y entrado, como se

dijo, el Almirante y su casa en la fortaleza, presentó Francisco de

Tapia su provision de como era ya la tenencia della por el Rey; el

Almirante dilató cuanto pudo el cumplimiento de la provision, estándose

dentro, reacio, della, pareciéndole, por ventura, que á él pertenecia

por sus privilegios proveer ó señalar tres personas, y que el Rey

escogiese una dellas, como en los otros oficios se habia de hacer, y,

entre tanto, pensó escribir sobre ello. Avisaron los Tapias, segun es

verisímile, al obispo Fonseca, como el Almirante se habia entrado en

la fortaleza, y que presentada la provision del Alcaidía de Francisco

de Tapia, no habia querido complilla; no hobo llegado á noticia del

Obispo esta carta, cuando por los aires viniera la sobre carta real,

si fuera posible, pero baste que vino en los primeros navíos; envió

á mandar el Rey al Almirante, so graves penas, que luégo saliese de

la fortaleza y la entregase al tesorero Miguel de Pasamonte, para que

la tuviese hasta que mandase lo que se habia de hacer della; y de

creer es, que la Cédula desto, no vino poco reprensiva, porque no se

haria sino como quisiese y ordenase el Obispo. El Almirante luégo se

salió de la fortaleza, y fuése á posar á un cuarto de casa, que fué lo

primero que en esta ciudad, Francisco de Garay, criado del Almirante

primero, y que fué uno de los dos que hallaron el grano grande que

arriba dijimos, edificó la más propincua del desembarcadero sobre el

rio; estando allí el Almirante, procuró de hacer casa en que viviese,

y comenzó y acabó un muy buen cuarto, en el mejor lugar que por cerca

del rio habia, el cual posee agora el almirante don Luis, su hijo.

Pasados algunos meses, despues que el tesorero Pasamonte rescibió en

depósito la fortaleza, le vino mandado del Rey para que la entregase al

Francisco de Tapia, como Alcaide que hacia della, y con ella le mandó

dar 200 indios; éste era el principal salario que á los oficiales del

Rey se daba, y por haber éstos morian, y eran los que primero que los

de los particulares, por su grande cudicia y crueldad, y por tener más

favor, perecian; y despues de muertos la mitad ó el tercio de aquellos

200, en cada demora, presentaban la Cédula diciendo que el número que

el Rey les mandaba dar no lo tenian complido, y así tornábanse á echar

en la baraja todos los indios de la isla, y tornábanse á repartir, y

complíase aquel número de 200 indios, dejando sin indios á las personas

particulares que no tenian favor, segun que arriba se dijo.

CAPÍTULO LII.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 20 / 37 段