Tuvieron, como dije, muchas maneras de sacarlos de sus islas y casas,

donde vivian verdaderamente aquella vida que vivieron las gentes de la

Edad dorada, que tanto por los poetas é historiadores fué alabada, y

unas cautelas usaban en unas islas y partes, y otras en otras; y las

primeras veces asegurándolos, como los indios estaban sin sospecha,

descuidados, y los rescibian como á ángeles; otras, salteándolos

de noche; otras, entrando á la clara como dicen, _aperto Marte_,

matándolos á cuchilladas, cuando algunos dellos, teniendo experiencia

ya de las obras de los españoles, y que venian á llevallos, se

defendian con sus arcos y flechas, de las que usaban, no para hacer

guerra á alguien, sino para matar pescados de que tenian siempre

abundancia. En obra de cuatro ó cinco años trujeron á esta isla, de

hombres, y mujeres, y chicos, y grandes, sobre 40.000 ánimas; y desto

hace mencion Pedro Mártir, en el capítulo 1.º, de su sétima Década,

diciendo: _Et quadraginta, utriusque sexus, millia in servitutem ad

inexhaustam auri famen explendam uti infra latius dicemus, abduxerunt:

has una denominatione Jucayas appellant, scilicet insulas, et incolas,

jucayos_. Donde tambien dice, como se mataban de desesperados, y otros

que tenian mejor ánimo, con esperanza de en algun tiempo se huir á sus

tierras, sufrian su vida desesperada, escondiéndose hácia la parte del

Norte, por algunos lugares montuosos que les parecia estar fronteros

de sus islas, para desde allí, algun dia, tener algun remedio como á

ellas pasarse. _Jucaya suis sedibus abrepti desperatis vivunt animis,

dimisere spiritus inertes multi á cibis aborrendo per valles, in vias

el deserta nemora rupesque abstrusas latitantes; alii vitam exosam

finierunt. Sed qui fortiore pectore constabant, sub spe recuperandæ,

libertatis muere mallebant. Ex his plerique non inertioris, forte si

fugæ locus dabatur, partes Hispaniolæ petebant septentrionales, unde

ab eorum patria venti flabant, ac prospectare arcton licebat: ibi

protentis lacertis et ore aperto halitus patrios anhelando absorvere

velle videbantur; et plerique spiritu deficiente languidi præ inedia

corruebant exanimes_, etc. Esto dice Pedro Mártir. Una vez, un indio

de aquellos (y allí lo refiere Pedro Mártir), tomó cierto árbol muy

grueso, que se llamaba, en lengua desta isla Española, yaurúma, la

penúltima sílaba luenga, el cual es muy liviano y todo hueco, y sobre

él debia de armar con otros palos alguna balsa, muy bien atados con

bejucos, que son ciertas raíces muy recias, como si fuesen cordeles.

En lo hueco de los palos metió algun maíz que pudo hallar, y que, por

ventura, él habia sembrado y cogido, y ciertas calabazas llenas de agua

dulce, asimismo dejando algun maíz fuera para comer algun dia, y tapó

bien con hojas los cabos de los palos, y admitió á su compañía otro

indio, y á unas indias, parientes ó vecinos suyos, grandes nadadores,

porque todos lo eran; y pónense encima de su balsa, y con otros palos,

como remos, échanse á la mar y andan camino de sus islas y tierras, y,

andadas 50 leguas, toparon por su desdicha con un navío que venia, de

hácia donde ellos iban, con cierta presa. Tomáronlos y volviéronlos,

llorando y lamentando su infelicidad, y la balsa en que iban para

esta isla, donde al cabo con los demas perecieron. De creer es, que

otros muchos intentaron buscar y tomaron este remedio, sino que no

lo sabemos, pero poco les aprovechó si lo hicieron, porque una vez

que otra, los tomaban y traian, si á sus tierras llegaban, pues que

ningunos, como parecerá, dejaron en todas aquellas islas. Escudriñaban

entre muchas dellas, cuál era la que mas fuerte ó cercada de peñas

estaba, y prendian toda la gente de las otras comarcanas, y traian á

aquella, quebradas ó tomadas todas las canoas ó barquillos que ellos

tenian, porque no se huyese, ponian para guardallos los españoles

que necesarios eran, entre tanto que los navíos tornaban desta isla,

dejando acá las barcadas que de gente habian traido. Acaeció tener

en una isleta de aquellas llegadas 7.000 ánimas, y estaban siete

españoles guardándolos muchos dias, como si fueran otras tantas ovejas

ó corderos, y como los navíos se tardasen, acabóseles el caçabí, ó

laceria que tenian para comer; y venidos ya dos navíos que traian

caçabí para los indios, porque otra cosa no les daban á comer, y si

otros bastimentos traian eran para los españoles, así como llegaron

los navíos á la isleta, levantóse una terrible tormenta que hundió los

navíos, ó los desbarató, por manera, que de hambre pura perecieron las

7.000 ánimas de indios, y los siete españoles sin tener remedio, ni

escapar alguno. De la gente de los navíos, no me acuerdo qué fué lo que

oí que se hobiese hecho dellos. Destos juicios de Dios, y castigos que

cada dia Dios hacia, no se miraba, ni que por los pecados, los enviase

Dios, que allí se cometian sino que acaso, y sin que hobiese Rector en

los cielos que lo viese y tuviese cuenta de tan crueles injusticias,

aquellos infortunios venian. Destas hazañas y crueldades que con estas

inocentes ovejas se usaron, y que fueron infinitas, pudiera saber y

agora referir muchas en particular, si en aquellos tiempos, que yo

estaba en esta isla, mirara en querellas saber de los mismos que las

obraban. Quiero aquí decir lo que uno dellos me dijo en la isla de

Cuba: Éste habia pasado de aquellas islas á la de Cuba, creo que en

una canoa de indios, no sé si quizá por huir de su Capitan, ó de algun

peligro que allí se le hobiese ofrecido, ó por salir de tan reprobados

tratos, por sentirse andar en mal estado; díjome, que, como metian

en los navíos mucha gente, 200, 300 y 500 ánimas, viejos y mozos, y

mujeres y niños, echábanlos todos debajo de cubierta, cerrando las

bocas que llaman escotillas, porque no se huyesen, los cuales quedaban

sin lumbre y sin soplo de viento, y la regiones caliente, y como no

metian en los navíos mantenimientos, en especial agua, más, ó poco más,

que bastase para más de los Españoles que en estos tractos andaban,

y así, por la falta de la comida, y más por la sed grande, que por

el gran calor y angustia y apretamiento de estar unos sobre otros, ó

muy junto á otros, padecian muchos muriesen y los echasen á la mar,

que eran tantos que un navío, sin aguja ni carta ó arte de navegar,

pudiera, solamente por el rastro de los que lanzaban muertos, venir

desde aquellas á esta isla. Estas fueron sus palabras. Y esta fué cosa

cierta, unas veces mayor y otras menor, que nunca navío fué á saltear

indios destos lucayos, y de la tierra firme donde mucho se usó esta

inhumanidad, como se dirá, que no echasen á la mar, muertos, la tercia

ó la cuarta parte de los que salteaban y embarcaban, por las susodichas

causas. Por esta órden, si órden se sufriera llamarla, en obra de

diez años trujeron á esta isla Española, hombres, y mujeres, niños, y

viejos, sobre un cuento de ánimas y muchas más; algunas barcadas dellos

hicieron los Españoles que vivian en la isla de Cuba, donde, al fin,

todas perecieron en las minas, de trabajos, y hambres, y angustias.

Pedro Mártir afirma haber sido informado, que de aquellas islas de

los Lucayos, que eran 406, habian los Españoles traido y puesto en

captiverio para echar en las minas, 40.000 ánimas; y dellas, y de las

demas, un cuento y 200.000; y dice así en el cap. 1.º de la sétima

Década: _Ut ego ipse, ad cujus manus quæcumque emergunt afferuntur,

de illarum insularum numero vix ausim credere quæ prædicantur. Ex

illis sex et quadringentas ab annis viginti amplius, quibus Hyspaniolæ

Cubæque habitatores hispani eas pertractarunt, percurrise inquiunt, et

quadraginta utriusque sexus millia in servitutem ad inexhausti auri

famem explendam adduxerunt: has una denominatione Jucayas appellant,

et incolas jucayos_, etc. Y en el cap. 2.º de la misma Década dice:

_Sed has scilicet insulas fatentur habitatoribus quondam fuisse

refertas, nunc vero desertas, quod ab earum densa congerie perductos

fuisse misseros insulares ad Hyspaniolæ Fernandinæque aurifodinarum

triste ministerium inquiunt deficientibus ipsarum incolis, tum variis

morbis et inedia, tum præ nimio labore, ad duodecies centena millia

consumptis. Piget hæc referre sed oportet esse veridicum, sui tamen

exitij vindictam alicuando sumpsere jucay, raptoribus interfectis:

cupiditate igitur habendi jucayos, more venatorum, per nemora montana

perque palustria loca feras insectantur_, etc. Todo es de Pedro

Mártir; cuanto á lo que añide, que los lucayos algunas veces mataron

españoles, acaecia cuando algunos pocos hallaban descuidados, porque

desque cognoscieron que los destruian, y que aquella era su venida y

demanda, los arcos y flechas, que usaban para matar pescado, acordaron

emplearlos para matar á los que los mataban, pero todo era en vano,

porque nunca podian matar sino dos ó tres, ó cuatro cuando más se

estiraban. Y, cuanto á lo que dice más, que eran 400 islas, metió en

aquel número las islas del Jardin de la Reina, y del Jardin del Rey,

que son unas rengleras de islas pequeñas, que están á la costa del

Sur y del Norte, pegadas con la isla de Cuba, y aunque las gentes

de que estaban pobladas aquellas isletas de los Jardines, eran de

aquella simplicidad y bondad natural que las de los Lucayos, pero no

acostumbramos llamarlas isletas de los Lucayos, sino las grandes que

comienzan desde cerca desta isla Española y van hácia cerca de la

Florida, desviadas algo de la de Cuba; y éstas serán 40 ó 50, entre

chicas y grandes, y á éstas llamamos propiamente Lucayos, ó por mejor

decir, Yucayos. Dice más Pedro Mártir, que se le presentaban las cosas

que de nuevo acaecian y iban destas Indias; ésto se hacia, por que

por aquel tiempo que esto escribia era del Consejo de las Indias, y

entró en él el año de 518, estando yo, á la sazon que presentó él su

provision real, en el mismo Consejo, presente: proveyóle deste oficio

el Emperador, luégo que vino á reinar, en la ciudad de Zaragoza.

CAPÍTULO XLV.

Despues que se consumieron en las minas y en los otros trabajos, y vida

durísima y desventurada, muy grande número de los lucayos, y de todos

la mayor parte, inventó el enemigo de la naturaleza humana otro modo de

codicia en los españoles, para del todo acaballos. Comenzaron á asomar

las perlas que habia en la mar, al rededor de la isleta de Cubagua, que

está junto á la isla Margarita, en la costa de tierra firme, que se

llama de Cumaná, la última sílaba aguda, y juntamente las minas en esta

isla iban aflojando. Acordaron los españoles de enviar á sacar perlas

los indios lucayos, por ser grandes nadadores todos ellos en universal,

como las perlas se saquen zabulléndose los hombres dos y tres y cuatro

estados, donde las ostias, que las perlas contienen, se hallan; por

cuya causa, se vendian cuasi públicamente, con ciertas cautelas, no á

4 pesos como al principio se habia ordenado, sino á 100 y á 150 pesos

de oro, y á más cada uno de los lucayos. Creció tanto el provecho, que,

sacando con ellos perlas, los nuestros hallaban, puesto que con gran

riesgo y perdicion de las vidas de los lucayos, como aquel oficio de

sacar perlas sea infernal, que por maravilla se halló en breves dias

que en esta isla quedase algun lucayo. Hay desta isla hasta la isleta

de Cubagua, por el camino que de necesidad se ha de llevar rodeando,

cerca de 300 leguas largas, y así los llevaron todos en navíos allá, y

en aquel duro y pernicioso ejercicio, muy más cruel que el sacar oro

de las minas, no en muchos años, finalmente, los mataron y acabaron; y

así fenecieron tanta multitud de gentes que habia en tantas islas, como

queda dicho, que llamamos de los Lucayos ó Yucayos. Estaba en aquesta

sazon ó tiempo, en esta ciudad de Sancto Domingo, un hombre honrado,

temeroso de Dios, llamado Pedro de Isla, que habia sido mercader, y,

por recogerse y vivir vida más sin peligro de la conciencia, dias habia

que hobo aquellos tractos dejado, y sustentábase de lo que justamente

creia que de las mercaderías pasadas, y con segura consciencia, le

pudo quedar. Este varon virtuoso, sabiendo los estragos y crueldades

que se habian hecho en aquellas gentes simplicísimas de los lucayos,

y como se despoblaron tantas y tales islas, y que ya no se curaban de

ir navíos á ellas, por tenellas por vacías, movido de celo de Dios, y

de lástima de tanta perdicion de ánimas, y por remediar los indios que

en aquellas islas se hobiesen de aquel fuego infernal y pestilencia

vastativa escapado, creyendo que algunos habria, para, en esta isla

ó en aquellas, hacer dellos un pueblo, y allí en las cosas de la

fe instruillos, y áun tambien por impedir á otros, que, con el fin

contrario, y para se servir dellos, procurasen lo que él pretendia,

fuése á los que gobernaban esta isla, y pidióles con mucha instancia le

diesen licencia para enviar un bergantin, ó lo que más fuese necesario,

á su costa, para rebuscar por todas aquellas islas los que se hallasen,

y los pudiese traer á ésta, y hacer un pueblo dellos y lo demas que

está dicho. El cual intento cristiano, por los que gobernaban oido y

entendido, con toda voluntad le concedieron lo que pedia. Habida esta

licencia, compró un bergantin ó carabela pequeña y puso en ella ocho

ó diez hombres, con abundancia de mantenimientos para mucho tiempo,

todo á sus espensas, y enviólos, encargándoles mucho anduviesen y

escudriñasen todas aquellas islas, buscando los indios que en ellas

hobiese, y los asegurasen y consolasen cuanto les fuese posible, que no

les sería hecho mal alguno, que no los iban á buscar para captivallos,

como se habia hecho á sus parientes y vecinos, ni que habian de ir á

sacar oro á las minas, sino que habian de estar en su libertad y á su

placer, como ellos verian, y otras palabras que, para que perdiesen el

miedo de tan grandes calamidades como habian padecido, y se consolasen,

puestos en tanta tristeza y amargura como estaban, convenia. Fueron y

hicieron lo que les fué mandado por su amo, ó que les daba su salario,

el buen Pedro de Isla, y anduvieron todas las islas, buscadas y

escudriñadas cuanto les fué posible. Tardaron en ello tres años, y al

cabo dellos, hecha la diligencia dicha, solamente hallaron 11 personas,

que yo con mis ojos corporales vide, porque vinieron á desembarcar al

Puerto de Plata, donde yo al presente vivia. Estos eran hombres, y

mujeres, y muchachos, no me acuerdo cuántos fuesen de unos y de otros,

mas de que uno dellos era un viejo que debia ser de sesenta y más

años; todos y él en cueros vivos, y con tanto sosiego y simplicidad,

como si fueran unos corderitos. Parábamelos á mirar de propósito, en

especial al viejo, que era de un aspecto muy venerable, bien alto de

cuerpo, el rostro grande, autorizado y reverendo. Parecíame ver en él

á nuestro padre Adan, cuando estuvo y gozó del estado de la inocencia,

y acordándome cuántos de aquellos habia entre tantas gentes, como,

en aquellas y de aquellas islas, en tan breves dias y en cuasi mi

presencia, sin culpa alguna en que nos hobiesen ofendido, se habian

destruido, no restaba sino alzar los ojos al cielo y temblar de los

divinos juicios. Así que, aqueste fué el rebusco que halló Pedro de

Isla de la pasada vendimia. Despues dió nuestro Señor, Dios, el pago de

su buen celo y virtud al Pedro de Isla, porque lo metió en la órden de

Sant Francisco, y allí, viviendo sanctamente, le ordenaron de órdenes

sagradas hasta ser Diácono ó de Evangelio, y, por su gran humildad,

rogó que no le forzasen á ser de Misa, por tenerse por indigno,

acordándose de lo que habia hecho su glorioso padre Sant Francisco; y

así, despues de muchos años, le llevó Dios para sí, donde yo creo que

goza de la vision divina, y gozará para siempre sin fin. Tornando á

los lucayos, esta fué gente, como en otra nuestra Historia dijimos,

felicísima, y creemos ciertamente, que fué de las más aparejadas para

cognoscer y servir á Dios, que en la masa del linaje humano por alguno

hobiese sido vista; yo confesé y comulgué, y me hallé á la muerte de

algunos dellos, despues que fueron baptizados é instruidos, y digo que

suplico á nuestro Señor, Dios, que tal devocion y tales lágrimas y

contriccion de mis pecados me dé al tiempo cuando su cuerpo y sangre

rescibiere, y de mi fin y muerte, como en ellos me parece que sentia

y cognoscia. Y con esto, cierro la Historia que toca á los lucayos,

que tan infelices fueron en caer en manos de quien así, tan sin culpa

y razon y justicia, los destruyeron, aunque ser nosotros, que lo

cometimos, mas sin buenaventura que ellos, que lo padecieron, ninguna

duda tengo.

CAPÍTULO XLVI.

En este año de 508, ó al fin de 507, el Comandador Mayor envió á ver y

considerar, con intencion de poblar de españoles, la isla que llamamos

de Sant Juan, que por vocablo de la lengua de los indios, vecinos

naturales della, se nombraba Boriquén, la última sílaba aguda. Esta

isla es toda ella, ó lo más della, sierras y montañas altas, algunas de

arboledas espesas, y otras rasas de muy hermosa hierba como la de esta

isla. Tiene pocos llanos, pero muchos valles y rios, por ellos, muy

graciosos, muy fértiles, y toda ella muy abundosa; está, de la punta

oriental desta isla Española, la punta ó cabo occidental della, obra

de 12 leguas; véese una isla de otra, cuando hace claro, estando en

lo alto de las dichas puntas ó cabos dellas. Tiene algunos puertos no

buenos, si no es el que llaman Puerto-Rico, donde la ciudad y cabeza

del Obispado tiene su asiento; terná de luengo 40 largas leguas, y

15 ó 16 de ancho, y en circuito bojará 115 ó 120. Toda la costa del

Sur della está en 17° y la del Norte en 18° de la línea equinoccial,

á la parte del Ártico, por manera que su ancho es cuasi un grado,

tomándolo de Norte á Sur. Tuvo mucho oro, no tan fino como el de esta

isla, pero no tenia de quilates y valor ménos que no valiese 450

maravedís el peso; estaba plenísima de gentes, naturales, vecinos

y moradores della, y muy mansas y benignas, como las de esta; era

combatida de los caríbes, ó comedores de carne humana, y para contra

ellos eran valerosos y defendian bien su tierra. La ocasion de la

enviar el Comendador Mayor á explorar, para la poblar de españoles,

fué la siguiente: Despues de la postrera guerra que los españoles

hicieron á los vecinos de la provincia de Higuey, que tambien fué la

postrera de toda esta isla, de la cual hablamos en el cap. 18, en la

villa de Salvaleon, que mandó el Comendador Mayor poblar en aquella

provincia, puso por su Teniente y Capitan á Juan Ponce de Leon, el

que fué por Capitan de la gente desta ciudad de Sancto Domingo, en la

dicha postrera guerra, segun dijimos en el cap. 15; éste tuvo noticia

de algunos indios de los que le servian, que en la isla de Sant Juan

ó Boriquén habia mucho oro, porque como los vecinos indios de aquella

provincia de Higuey, fuesen los mas propincuos, y en la más propincua

tierra viviesen á la dicha isla de Sant Juan, y no hobiese sino 12 ó 15

leguas de distancia, cada dia se iban en sus canoas ó barquillos los de

esta isla á aquella, y los de aquella á esta venian, y se comunicaban,

y así pudieron bien saber los unos y los otros lo que en la tierra de

cada uno habia. Dió, pues, parte Juan Ponce de Leon al Comendador Mayor

de las nuevas que habia sabido, y es de creer que le pidió licencia

para pasar allá con algunos españoles, á inquirir la verdad y tomar

trato y conversacion con los indios vecinos della, y ver la dispusicion

que habia para poderla ir á poblar, porque hasta entónces ninguna cosa

de lo que en la isla dentro habia se sabia, más de verla por de fuera

ser hermosísima, y que parecia mucha gente de cada vez que pasaban

por allí navíos. Finalmente, que Juan Ponce lo suplicase, ó que el

Comendador Mayor se lo mandase, aparejó un carabelon, y metióse con

ciertos pocos españoles y algunos indios que habian estado en la isla

con él, y fué á desembarcar en una parte della, donde señoreaba un Rey

é señor, llamado en su lengua dellos Agueíbana, la í letra luenga, el

mayor señor de toda ella. Este los rescibió con grande alegría, y los

aposentó y trató y hizo servir como si fueran del cielo venidos, como

todas estas gentes destas Indias, á los principios, de nosotros creian;

tenia este señor madre y padrastro, los cuales tambien mostraron

rescibir mucho gozo con su venida, y les hicieron todas buenas obras

de amor y amistad, mandándoles proveer abundantemente de comida, y

dándoles de todo lo que tenian, y haciendo todo lo que sentia que

hacia placer á Juan Ponce y á los cristianos. Trocaron los nombres,

y hiciéronse guatiaos, llamándose Juan Ponce, Agueíbana, y el Rey

Agueíbana, Juan Ponce, que, como arriba dijimos, era una señal entre

los indios destas islas de perpétua confederacion y amistad. A la madre

del Rey, dió Juan Ponce, doña Inés por nombre, y al padrastro, don

Francisco, porque así lo tenian de costumbre los españoles, dando los

nombres que se les antojaban, de cristianos, á cualesquiera indios,

con los cuales hasta la muerte se quedaban, sin que le diesen baptismo

ni doctrina, porque dello se tenia poco cuidado, como arriba queda

tocado. Este rey Agueíbana, era de muy humana y virtuosa condicion,

y no ménos su madre y padrastro, los cuales siempre le aconsejaban

que fuese amigo de los cristianos. Y porque la negociacion á que Juan

Ponce iba era la que á todos los que á estas tierras vienen hace pasar

acá, preguntóles luégo dónde habia minas de oro, y si lo sacaban ó

sabian sacar; el Cacique, con toda y larga voluntad, lo llevó consigo

por la tierra, y le mostró los rios donde sabia que dello habia mucha

cuantidad, ignorando el inocente que les descubria el cuchillo con

que á él y á su reino y gentes dél habian de matar; entre otros, le

mostró y llevó á dos rios muy ricos, de los cuales, despues se sacó

mucha riqueza de oro, el uno se llamaba en aquella lengua Manatuabón,

en la última el acento, y el otro, Çebúco, la media luenga. En éstos

hizo hacer catas Juan Ponce, con el buen aparejo que para ello llevaba,

como no fuese para otro fin, de donde llevó una buena muestra de oro al

Comendador Mayor. Dejó en la isla ciertos españoles muy encomendados

al señor ó cacique Agueíbana y á su madre, los cuales los tuvieron y

tractaron como si fueran sus hijos, y de su misma gente y naturaleza,

y estuvieron alli hasta que tornó más gente de españoles, para de

propósito poblar y gozar del fin que todos acá traen, como más largo,

placiendo á Dios, se referirá.

CAPÍTULO XLVII.

Estando en el estado, que por la relacion dicha se ha visto, acá las

cosas destas Indias, D. Diego Colon, hijo legítimo del almirante

D. Cristóbal Colon, primero descubridor dellas, despues que el Rey

católico de Nápoles vino, no cesaba de suplicarle que le restituyese y

mandase poner en la posesion de todo el Estado, y dignidad, y oficios

de que su padre habia sido despojado, conforme á sus privilegios, y á

muchas cartas que el Rey y la Reina, por ellos, se lo habian prometido,

segun que algunas veces se ha tocado. Y como el Rey le trujese siempre

suspenso con sus dilaciones, como habia hecho á su padre, y un dia

se le quejase diciendo que por qué Su Alteza no le hacia merced de

dalle lo suyo, y confiar del que le serviria con ello fielmente, pues

lo habia en su corte y casa criado, el Rey le respondió: «Mirad,

Almirante, de vos bien lo confiaria yo, pero no lo hago sino por

vuestros hijos y sucesores.» Luégo él dijo al Rey: «Señor, ¿es razon

que pague y pene yo por los pecados de mis hijos y sucesores, que por

ventura no los terné?» Esto me dijo un dia el Almirante, hablando

conmigo en Madrid cerca de los agravios que rescebia, el año de 516,

que con el Rey habia pasado. El cual, visto que por vía de suplicacion

y de merced no le aprovechaba con el Rey nada, pidióle licencia para

se lo pedir por justicia, y ponerle por demanda que le guardase sus

privilegios y restituyese en la posesion de los oficios y dignidad y

jurisdiccion, que su padre, con tantos trabajos y servicios hechos

á la Corona real de Castilla y Leon, habia merecido y ganado, y de

que habia sido injustamente desposeido, y por consiguiente, en ello

muy agraviado; el Rey le dió licencia para que pidiese y siguiese su

justicia como á él bien visto le fuese. Puso su demanda y representó

sus querellas; pidió justicia, dióse la voz al Fiscal, dió en diversos

tiempos diversas y muchas peticiones sobre muchos artículos de lo que

se sentia dañificado, respondia el Fiscal en muchos artículos harto

ineptamente, y algunas veces, no con mucha decencia y honestidad. Pidió

el Almirante que le pusiesen en la posesion de Visorey y Gobernador

perpétuo de las islas y tierra firme, descubiertas y por descubrir,

de todo el mar Océano, occidental y meridional, segun que los Reyes

lo habian concedido á su padre ántes que él fuese á descubrir, por

contracto que él habia hecho con los Reyes, y su padre, habiendo

cumplido de su parte lo que ofreció, y los Reyes, dándole lo que le

prometieron, usó y ejercitó los dichos oficios reales, de los cuales

habia sido, de hecho y no de derecho, con gran daño y deshonor de su

persona, despojado, sin haber hecho culpa porque hobiese merecido ser

así tractado; pidió que en los términos de su Almirantazgo le dejasen

usar del oficio de Almirante, con las preeminencias y jurisdiccion que

lo usaban los Almirantes de Castilla, porque así lo tenia concedido por

los Reyes, y que llevase los mismos derechos que ellos llevar solian.

Pidió que le diesen la décima del oro y plata y perlas, y otras cosas

de valor que viniesen y se hobiesen de todas estas Indias, islas y

tierra firme; tambien el ochavo de todas las ganancias que, destas

Indias, para el Rey resultasen, pues, cuando fué á descubrir su padre,

contribuyó con la ochava parte, y con más en todos los gastos. Pidió

que, para la gobernacion y regimiento de todas las islas y tierra firme

de su Almirantazgo, eligiese el Almirante tres personas para cada

oficio, y que el Rey escogiese uno que aquel oficio administrase como

lo rezaban sus privilegios. Pidió la gobernacion de tierra firme, y la

del Darien; pidió el repartimiento de los indios, conviene á saber,

que ya que se hacia que á él pertenecia tener cargo de hacello, como

fuese oficio de preeminencia y tocase á gobernacion. Pidió, por otros

42 capítulos, otras preeminencias, de algunas de las cuales abajo se

hará mencion. Estas y otras muchas cosas y diversas pidió en diversos

tiempos, segun que de nuevo nacian, y succedian en estas Indias, y

tocaban ó pertenecian á gobernacion y preeminencia, por ser Visorey y

Gobernador perpétuo en todas ellas por sus privilegios; pidió tambien

que no hobiese jueces de apelacion, diciendo que era en perjuicio de su

vireinado y superioridad, que él sólo debia tener. Y porque el Fiscal

alegaba que no habia descubierto su padre más de la costa de Paria y

á Veragua, y por consiguiente no le pertenecia gozar de los bienes de

lo demas, ni se entendia extenderse sus privilegios en toda la tierra

firme, recibidos á prueba, probó el Almirante con muy muchos testigos,

haber sido su padre el primero descubridor della, como lo fué destas

islas y todas las Indias, y lo mismo resultó de la probanza y testigos

que el Fiscal hizo, y á todas las réplicas del Fiscal respondió el

Almirante muy copiosamente, cuyo proceso yo he visto. Y harta ceguedad

y malicia era calumniar, y ofuscar, y disminuir, y querer aniquilar

una obra tan ilustre y hazañosa, y que en el mundo nunca otro tal, á

Reyes, servicio se hizo, debiéndola todos de agradecer y remunerar en

mucho más de lo que se le habia concedido y prometido, pues él cumplió

y dió á los Reyes, en infinito, más de lo que se habia ofrecido, como

los mismos Reyes confesaron parte, por una carta que le escribieron

de Castilla el año de 1494 á esta isla, y despues se ha visto asaz.

Andando en este pleito, el Consejo de las Indias, en diversos tiempos,

hizo ciertas declaraciones, una en Sevilla, y otra en la Coruña, sobre

algunos de los artículos que el Almirante por sus peticiones pedia.

En la de Sevilla, se contiene lo siguiente. «Que al Almirante y á sus

sucesores pertenecen la gobernacion y administracion de la justicia,

en nombre del Rey é de la Reina, nuestros señores, é del Rey é Reina,

que por tiempos fueren en estos reinos de Castilla, así de la isla

Española como de las otras islas, que el almirante D. Cristóbal Colon,

su padre, descubrió en aquellas mares, é de aquellas islas que por

industria del dicho su padre se descubrieron, con título de Visorey

de juro y de heredad, para siempre jamás, para que por sí ó por sus

Tenientes é oficiales de justicia, conforme á sus privilegios, pueda

ejercer y administrar la jurisdiccion civil é criminal, de las dichas

islas, como é de la manera que los otros Visoreyes é Gobernadores lo

usan, é pueden y deben usar en los límites de su jurisdiccion, con

tanto que las provisiones que por el dicho Almirante é sus sucesores se

libraren y despacharen, hayan de ir agora por D. Hernando y doña Juana,

é despues de los dias del Rey é Reina, nuestros señores, por el nombre

de Rey ó Reina que por tiempos fueren en estos reinos de Castilla, é

las provisiones é mandamientos que por Tenientes é Alcaldes, y otros

oficiales, ansí del mismo Almirante como de sus sucesores se libraren

ó firmaren, ó cualquiera ejercicio de justicia que en las dichas islas

se hagan, digan: Yo, fulano, Teniente ó Alcalde de tal lugar é isla,

por el Almirante Visorey ó Gobernador de la tal isla ó islas, por el

rey D. Hernando é reina Doña Juana, nuestros señores, y despues de sus

dias por el tal Rey ó Reina que por tiempo fueren, como dicho es, y

que si en otra manera fueren las dichas provisiones y mandamientos,

que no sean obedecidas ni cumplidas.» En la Coruña se tornó á declarar

el mismo artículo, por la forma siguiente: «Mandamos y declaramos que

el dicho Almirante tiene derecho de Gobernador é Visorey, así de la

isla Española, como de las otras islas que el almirante D. Cristóbal

Colon, su padre, descubrió en aquellas mares, é de aquellas islas, que

por industria del dicho su padre se descubrieron, conforme al asiento

que se tomó con el dicho Almirante, su padre, al tiempo que se hizo la

capitulacion para ir á descubrir, é conforme á la declaracion que fué

hecha por los del Consejo en la ciudad de Sevilla.»

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 18 / 37 段