es dicho, á gobernar esta isla, vinieron con él cuatro oficiales de
la Hacienda real, que enviaron los Reyes, conviene á saber, Tesorero,
llamada Villacorta, creo que natural de Olmedo, Contador, cuyo nombre
fué Cristóbal de Cuéllar, y de Cuéllar natural, que habia servido de
Copero al príncipe D. Juan, natural de Cuéllar, y el Veedor, llamado
Diego Marque, natural de Sevilla; del nombre del Factor no me acuerdo.
Vino tambien allí por fundidor y marcador del oro un platero de los
Reyes, llamado Rodrigo del Alcázar, hombre muy prudente, que pudiera
tan bien gobernar pueblos como hacer joyas ó piezas de plata; éste
trujo de merced, que de todo el oro que se fundiese y marcase hobiese
de ciento uno, no creyendo los Reyes que le daban tanto como le dieron,
como hasta entónces las minas no sonasen y fuese poco el oro que se
hobiese sacado, y todo el estado destas Indias, en la estimacion de
todos, por no haber henchido á Castilla de tesoros en tres dias,
estaba muy caido y cuasi menospreciado, no haciendo mucho caudal de
los tesoros espirituales destas infinitas ánimas, que para que se las
salvásemos, nos habia Dios puesto en las manos. Así que, vino aquel
platero, Rodrigo del Alcázar, por fundidor ó marcador, con la centena
parte de todo el oro que se sacase de renta, con la cual, si le durara,
comprara en Castilla un buen Estado; pero como los Españoles, despues
que se les repartieron los indios, se dieron priesa en echallos á las
minas, y tan copiosamente dieron las riquezas y abundancia de oro que
tenian en sus entrañas, y el Rodrigo del Alcazar, por consiguiente,
adquiriese tanto de su centena parte, los oficiales y quizá tambien
el Comendador Mayor, avisaron á los Reyes haber sido aquella merced
exorbitante; y así, los Reyes, ó el Rey sólo, siendo la Reina muerta,
revocó la merced á Rodrigo del Alcázar. Cuatro fundiciones se hicieron
á los principios, cada año, dos en el pueblo de la Buenaventura, ocho
leguas desta ciudad, en la ribera de Hayna, donde se fundia el oro que
de las minas nuevas y viejas se sacaba; las otras dos se hacian en
la ciudad de la Vega ó Concepcion, y allí se traia á fundir todo el
oro que se sacaba de las minas de Cibao, y de todas aquellas partes,
que eran hartas, porque de muchos rios se sacaba. En cada fundicion
de las que se hacian en la villa de Buenaventura, se fundia 110.000,
y 112.000, y 116.000, y 18, y no pasaba de 120.000, pesos de oro; en
las fundiciones de la Vega comunmente se fundian, 125 y 130.000, y
treinta y tantos mil, y no llegaban á 40.000 pesos. Por manera, que
las fundiciones de la Vega hacian ventaja á las de la Buenaventura, en
15 y 20, y algunos más millares de castellanos, y así se sacaban por
entónces de toda esta isla cada año, 450 y 60.000 pesos, ó castellanos
de oro, pocos más ó pocos ménos; y así tenia Rodrigo del Alcázar,
platero del Rey, 4.500 pesos de oro de renta en cada un año, muy pocos
ménos; que para en aquel tiempo fué merced señalada, por lo cual le
duró poco, y así le fué quitada. Cada dia se iban disminuyendo las
fundiciones, como iban muriendo los desdichados que con sus sudores
y hambres y vida desesperada lo sacaban; y esta diminucion de los
pesos de oro debiera de advertir y estimular al Comendador Mayor, y
á los mismos cudiciosos que por sacar oro los mataban, á considerar
cuánto mejor les fuera, para sus haciendas, y para haber oro, sacarlo
despacio, y dar de comer á los indios para que más tiempo les duraran,
ya que compasion de verlos perecer, con su gran crueldad, no les
moviera, pero la ceguedad de todos los privó deste cuidado. Otra
ocasion les ofrecia Dios para que advirtieran su grande pecado (aunque
suele ser muy más escura y ménos pensada de los que con robos y daños
ajenos enriquecerse trabajan), y esta fué, por juicio manifiesto de
Dios, que con cuanto oro de contino sacaban, nunca hobo hombre que
medrase; traian sus 500, 800 y 1.000 pesos de oro á la fundicion, cada
uno, y ninguno salia della con un sólo peso de oro, ántes muchos della
iban presos á la cárcel, por las deudas en que, ó por los gastos que
en vestidos ó jaeces y otros excesos hacian, ó porque en comprar parte
de haciendas unos de otros se adeudaban; porque sacado el quinto para
el Rey, lo demas se repartia entre los acreedores, cada uno por su
antigüedad, y así se salian vacías las manos, con sólo la triste ánima,
por las muertes y aflicciones y crueldades que habian dado y usado con
los indios, á las penas infernales obligada. Túvose por gran maravilla
que salió uno sólo, llamado Juan de Villoria, de la fundicion, con
dos ó tres barras de oro, descubiertas, y dando en unas con otras en
las manos, y atribuyéronlo á que era hombre piadoso, y trataba los
indios ménos mal; puesto que tambien concurrieron algunas otras causas,
como es, que habia venido poco habia de Castilla y traido hacienda de
allá, y entró en los indios, que le dieron, sin necesidad; y áun éste
no se escapó del mismo juicio y castigo de Dios, despues, el tiempo
andando, si Dios quisiere, se declarará. Finalmente, nunca, con cuanto
oro sacaron y por sacallo con cuantas gentes murieron, ninguno se
halló que medrase. Fué tambien una regla, en esta isla, general, que
los que no echaban los indios á las minas, sino que los ocupaban en
otras granjerías y trabajos, como ménos reprobados y ménos aflictivos
de los inocentes indios, tuvieron ménos necesidad y más medraban.
Tornando al propósito de la historia de los oficiales del Rey, que con
el Comendador Mayor vinieron, murió desde á poco tiempo el Tesorero
Villacorta, el cual habia traido consigo, por oficial de sus cuentas,
un mancebo cuerdo, llamado Sancta Clara, natural de Salamanca, muy
hábil, gran contador, y en muchos otros dones, para entre hombres,
gracioso; por los cuales, todos, y más el Comendador Mayor, le amaba
y daba todo favor; muerto su amo, el Tesorero, quiso hacer en él el
Comendador Mayor, confiando de su habilidad y cordura, por manera, que
depositó en él el oficio de Tesorero, hasta tanto que lo proveia el
Rey desde allá. Túvolo algunos años el Sancta Clara, y porque entónces
no habia arca de tres llaves, como agora la hay, tenia el Tesorero sólo
todo el oro del Rey debajo de una sola llave suya, tomando el Contador
solamente la razon del oro, que en poder del Tesorero entraba; por
cuya causa tuvo el Sancta Clara lugar de gastar de los dineros del Rey
cómo y cuando queria y le parecia. Compró muchas y grandes haciendas
en esta isla, y hizo banquetes y fiestas al Comendador Mayor, y otros
gastos, que no pudiera, ni tenia de que los hacer, sino tuviera los
dineros del Rey. Un convite hizo, creo que dia del Corpus Christi, al
Comendador Mayor y á caballeros y personas principales, en esta ciudad
de Sancto Domingo, en gran manera excesivo y muy costoso, y entre otras
cosas señaladas que en él hobo, fué, que los saleros se sirvieron, por
sal, llenos de oro menudo, como lo sacaban de las minas de Cibao. Con
esta desórden de gastar, padecia mucha jactura la hacienda del Rey, y
era cosa de maravillar que el Comendador Mayor, siendo la persona que
habemos dicho, y no dejaremos de decir, ser muy prudente, no poner
con tiempo remedio en exceso tan descubierto, como aquel hacia en la
hacienda del Rey, habiéndosele de imputar por haber confiádola dél.
Pero no faltó quien al Rey avisase, como eran los oficiales del Rey,
en especial el Contador, que se llamaba Cristóbal de Cuéllar, que era
hombre de valor, y criado antiguo de los Reyes, y que no estaba muy
bien con el Comendador Mayor, porque no le habia dado los indios que
él queria, ó cuantos, ó donde queria. Envió el Rey un Contador de
cuentas, mandando que la tomasen al Sancta Clara, con cuanto rigor
conviniese. Tomáronle las cuentas y alcanzáronle por 80.000 pesos de
oro; secrestáronle todas sus haciendas, y mandó el Comendador Mayor
que se vendiesen en almoneda, en la cual siempre se halló presente, y
usó en ella de tanta prudencia é industria, que la hizo valer mucho
más de lo que valiera. Tenia una piña en la mano, que es fruta muy
excelente, y comenzaba entónces á darse en esta isla, y apregonándose
un atajo de yeguas, ó otras cosas de mucho precio, poníanselas en 500
ó 1.000 pesos; decia el Comendador Mayor, quien la pusiere en 1.500
le daré esta piña. Respondia el que más presto podia, mia es, señor,
la piña; y habia muchos que lo dijeran, y decian, porque, no por las
piezas que pujaban, que quizá no valian la mitad de lo que daban por
ellas, ni tampoco por la piña, sino porque sabian que agradaban al
Comendador Mayor y le compraban su gracia para, despues, les diese más
indios, ó más provechos sobre los que tenian. Desta manera y con esta
industria, hizo valer la hacienda de Sancta Clara 92.000 pesos de oro,
por manera que hizo pago al Rey de los 80.000 que le habia alcanzado
y sobráronle 12.000; y porque todos los tomaron para el Rey, porque
dió en pago algunas deudas que le debian, que se fueron, ó murieron
los deudores, y así faltaban al Rey ciertos millares de pesos de oro,
despues, muchos años, andaba el Sancta Clara, y, muerto él, su hijo,
suplicando que le satisfaciesen algo, pero no alcanzó nada, porque no
se debió de averiguar qué se le debia. Este Sancta Clara fué vecino
mucho tiempo y bien honrado en esta ciudad de Sancto Domingo. Entre
otros, que escribieron al Rey el mal recaudo de su hacienda, fué
Rodrigo del Alcázar, platero susodicho, cognoscido por prudente y que
tenia crédito con el Rey, éste juzgando ser el oficio de Tesorero en
esta isla de mucha calidad y requirirse gran cordura y fidelidad en la
persona que lo tuviese, escribió al Rey que debia enviar Su Alteza,
para que lo tuviese, una tal persona, como era Antonio de Fonseca, en
Castilla. Fué Antonio de Fonseca, en Castilla, un caballero valeroso,
muy señalado y muy prudente, y muy estimado, privado de los Reyes
católicos, contador mayor de Castilla, que es el más preeminente oficio
que en su casa y corte Real tienen, y era hermano del obispo D. Juan
de Fonseca, que tuvo, desde que se descubrieron estas Indias, por
muchos años cargo dellas, de quien arriba en muchas partes se ha hecho
mencion y se hará abajo, si Dios quisiere. El Rey católico, entendiendo
ser así encarecido el cargo en esta isla, de Tesorero, acordó enviar
para él una persona, cierto, veneranda, de grande cordura, prudencia,
experiencia y autoridad, aragonés, criado suyo viejo, llamado Miguel
de Pasamonte, señaladamente honesto, y de quien se tuvo opinion
haber sido casto toda su vida. Este llegó á esta isla en el mes de
Noviembre de 1508; diósele tanta honra, que lo llamaban en las Cartas
y Cédulas reales, Tesorero general de todas estas Indias, habiendo
Tesoreros en tierra firme y en las otras islas; esto no se si procedia
de voluntad del Rey, ó de solos los Secretarios que el Rey entónces
tenia. Finalmente, por ser la persona tal como es dicho, cobró aquel
oficio, en estas tierras, más nombre y mayor estimacion que el oficio
de Contador, como quiera que sea el contrario en Castilla. Tuvo tanto
crédito con el Rey miéntras el Rey vivió, que casi toda la disposicion
y gobernacion destas Indias por su relacion y parecer se ordenaba y
disponia. Cuando este Tesorero vino, que fué, como dije, año de 508,
habia, contados en esta isla todos los indios, 60.000 personas; de
manera, que desde el año de 494, en el cual comenzó su desventura,
como pareció en el libro I, capítulo 90, hasta el de 508, que fueron
catorce años, perecieron en las guerras y enviar por esclavos á vender
á Castilla, y en las minas y otros trabajos, sobre tres cuentos de
ánimas que en ella habia. Esto ¿quién lo creerá de los que en los
siglos venideros nacieren? yo mismo que lo escribo y vide, y sé lo más
dello, agora me parece que no fué posible; pero ya es hecho necesario
por nuestros grandes pecados, y será bien que con tiempo lo lloremos.
CAPÍTULO XLIII.
Viendo los españoles que tenian cargo de consumir los indios en las
minas, sacando oro, y en las otras sus granjerías y trabajos, con
que los mataban, que cada dia se les hacian ménos, muriéndoseles, no
teniendo más consideracion de á su temporal daño, y lo que perdian
de aprovecharse, cayeron en que sería bien suplir la falta de los
que perescian, naturales desta isla, trayendo á ella de las otras
islas la gente que se pudiese traer, para que su negocio y granjería
de las minas y otros intereses no cesasen; y para esto pensaron con
esta industriosa falsedad de engañar al Rey D. Hernando. Fué aquesta
cautela dolosa tal, conviene á saber, que le hicieron saber, ó por
cartas ó por procurador que á la corte enviaron (lo cual no es de creer
que se hizo sin parecer y consentimiento del Comendador Mayor), que
las islas de los Lucayos, ó Yucayos, vecinas desta Española y de la
de Cuba, estaban llenas de gente, donde estaban ociosos y de ninguna
cosa aprovechaban, y que allí nunca serian cristianos, que Su Alteza
diese licencia á los vecinos españoles desta isla, para que armasen
algunos navíos en que los trujesen á ella, donde serian cristianos y
ayudarian á sacar el oro que habia, y sería de mucho provecho aquella
traida, y Su Alteza sería muy mucho servido. El Rey se lo concedió
que así lo hiciesen, con harta culpa y ceguedad del Consejo que tal
le aconsejó y firmó la tal licencia, como si fueran los hombres
racionales alguna madera que se cortara de árboles y la hobieran de
traer para edificar en esta tierra, ó quizá manadas de ovejas ó otros
animales cualesquiera, que aunque murieran en el camino por la mar,
muchos, poco se perdia. ¿Quién no culpará error tan grande como era,
las gentes, naturales vecinos de tantas islas, de verse sacar por
fuerza dellas, y llevarlas 100 y 150 leguas por la mar, á otras nuevas
tierras, por causa buena ó mala que ofrecer se pudiera, cuanto ménos
á sacar oro de las minas, donde, cierto, habian de morir, para el
Rey ni para los extraños, á quienes nunca ofendieron? Si por ventura
no quisieron justificar la tal traida y despoblacion de las propias
patrias, con aquella engañosa y falsa color con que al Rey engañaron,
que traidos á esta isla serian instruidos y hechos cristianos; pero
aunque fuera esto verdad, lo cual no fué, porque ni lo pretendieron,
ni lo hicieron, ni lo pensaron hacer jamás, no queria Dios aquella
cristiandad con tanto estrago, porque no suele á Dios aplacer bien
alguno, por grande que sea, perpetrando los hombres gravísimos pecados,
y, aunque sean chicos, cualesquiera daños hechos contra sus prójimos;
y en esto los pecadores muchas veces, mayormente en estas Indias, se
han engañado y cada dia se engañan. Y para condenacion entera desta
fingida color y excusa, nunca los Apóstoles hicieron sacar por fuerza
de sus tierras las gentes infieles y llevarlas para las convertir á
donde ellos estaban, ni la Iglesia universal, despues dellos, jamás lo
usó, como cosa perniciosa y detestable; así que, el Consejo del Rey
tuvo gran ceguedad, y por consiguiente, ante Dios, fué muy culpable,
porque no debiera él ignorar esto ser malo, pues tenian oficio de
letrados los que en él entraban. Venida, pues, la licencia del Rey D.
Hernando para traer á esta isla las gentes que vivian en las islas que
llamábamos de los Lucayos, concertábanse 10 ó 12 vecinos de la ciudad
de la Vega ó Concepcion y de la villa de Santiago, y juntaban hasta 10
ó 12.000 pesos de oro, de los cuales compraban dos ó tres navíos, y
cogian á sueldo 50 ó 60 hombres, con marineros y los demas, para ir á
saltear los indios que aquellas islas en su paz, y quietud y seguridad
de su patria, descuidados moraban. Estas gentes, llamadas lucayos,
como en el primer libro dejamos dicho, y en otra nuestra Historia,
llamada Apologética, muy más largo, fueron, sobre todas las destas
Indias y creo sobre todas las del mundo, en mansedumbre, simplicidad,
humildad, paz y quietud, y en otras virtudes naturales, señaladas,
que no parecia sino que ellos no habian pecado en Adan; no he hallado
en todas las naciones del mundo, de que las historias antiguas hayan
hecho mencion, á quien sino á las que llaman Séres comparallas, que
son pueblos de Asia, de quien Solino, cap. 63, dice ser mansos, y
entre sí quietísimos, y segun Pomponio Mela, libro III, cap. 6.º, es
linaje de hombres lleno de justicia; y segun Eusebio, libro VI, cap.
8.º, de _Preparatione Evangelica_, ni matar, ni fornicar saben, ni
hay entre ellos mala mujer alguna, ningun adulterio, ni ladron, ni
homicida se halla, ni adoran ídolos; á estas naciones fueron desta
isla, nuestros españoles, y hicieron las obras siguientes. Díjose,
que, al principio, los primeros nuestros que á esta vendimia llegaron,
en estas islas de los Lucayos, sabiendo la simplicidad y mansedumbre
destas gentes (que se pudo saber de la práctica que se tenia de cuando
el Almirante primero las descubrió, y trató con ellas, y experimentó
su bondad natural y condicion mitísima), llegados dos navíos á ellas,
y ellas rescibiéndolos, como siempre tuvieron, ántes que nuestras
obras cognosciesen, que eran venidos del cielo, dijéronles que iban
desta isla Española, donde las ánimas de sus padres y parientes, y de
los que bien querian, estaban en holganza, y que si querian venir á
vellos, que en aquellos navíos los traerian; esto era y es, cierto,
en todas estas indianas naciones, tener opinion que las ánimas eran
inmortales, y que, despues de muertos los cuerpos, se iban las ánimas
á ciertos lugares, amenos y deleitables, á donde ninguna cosa de
placer y consuelo les faltaba, y en algunas partes tenian, que primero
padescian algunas penas por los pecados que en esta vida habian pecado.
Así que, con éstas persuasiones y malvadas palabras, los primeros que
allí fueron, segun se dijo, engañaron aquellas inocentísimas gentes,
á que se dejasen meter en los navíos, hombres y mujeres, como la ropa
y ajuar de sus casas, ni las raíces de sus heredades les hiciese poco
embarazo; pero despues de traidos á esta isla, como no viesen á sus
padres, ni madres, ni á los que amaban, sino las herramientas de azadas
y azadones, y barras y barretas de hierro, y otros instrumentos tales,
y las minas donde las vidas en muy breve acababan, dellos desesperados,
viéndose burlados, con el zumo de la yuca se mataban, dellos de hambre
y trabajos se morian, como personas en grande manera delicadas, y que
nunca imaginaron haber tales trabajos. Despues, el tiempo andando,
tuvieron otras industrias, y hicieron otras maneras de fuerzas y
saltos para traellos, que ninguno se les escapaba. Traidos á esta
isla, y desembarcados hombres y mujeres, niños y viejos, en especial
en el Puerto de Plata y Puerto Real, que están en la costa del Norte,
fronteros de las mismas islas de los Lucayos, hacian ciertos montones
dellos, cuantos eran los que en los navíos y gastos ponian sus partes,
viejo con mozo, enfermo con sano (porque por la mar enfermaban y morian
muchos con el angustia, viniendo apretados debajo de cubierta, como
es region caliente, que de sed se ahogaban, y tambien de hambre); en
aquellos montones no se miraba que fuese la mujer con el marido, ni
el hijo con el padre, porque no se hacia más cuenta dellos, que si
verdaderamente fueran vilísimos animales. Así, los inocentes, _sicut
pecora occisionis_, repartidos por sus montones ó manadas, echaban
suertes sobrellos, y cuando cabia por la suerte algun viejo y enfermo,
decia el que le llevaba: «este viejo dadlo al diablo, ¿para qué lo
tengo de llevar, para dallo de comer y despues enterrallo? y éste
enfermo, ¿para qué me lo dáis, para curallo?» Y acaecia, estando en
estas partijas, caerse muertos de hambre, y de la flaqueza y enfermedad
que traian, y del dolor viendo los padres apartar de sí á sus hijos, y
los maridos á las mujeres llevárselas. ¿Quién podia sufrir que tuviese
corazon de carne, y entrañas de hombre, á ver tan inhumana crueldad?
¿Qué memoria debia entónces de haber de aquel precepto de la caridad,
«amarás tu prójimo como á tí mismo», en aquellos que tan olvidados de
ser cristianos, y áun de ser hombres, así tractaban en aquellos hombres
la humanidad? Ordenaron tambien, que para los gastos que se hacian, y
para pagar el sueldo á los 50 ó 60 que iban en los navíos á hacer estas
cabalgadas, que pudiesen vender, puesto que ellos decian traspasar de
uno á otro, cada indio de aquellos que ellos tambien nombraban piezas,
cada pieza, como si fueran piezas ó cabezas de ganado, por cuatro pesos
de oro, y no más; y ésta tenian por honra que les hacian, vendellos y
traspasallos por precio tan barato, como en la verdad, si el precio
fuera grande, tuviéranlos en mucho más, y por consiguiente tratáranlos
mejor por su propio interese, y duraran más.
CAPÍTULO XLIV.