Concluida la historia del primer Almirante, que aquestas Indias mostró

primero que otro al mundo, conviene tornar al camino que la historia

llevaba, y despues á proseguir la gobernacion del Comendador Mayor en

esta isla Española, de donde la dejamos, y contar lo que en ella por

estos tiempos sucedió, y ver de allí adelante lo que por estas partes,

dentro de los diez años, fuere de memoria digno; y aunque sea tornar

un poco atras, pues perdió su lugar con la frecuencia de las cosas

referidas, todavía no perderá sazon aquí decillo. Esto es, que en el

año de 1501, los Reyes católicos suplicaron al Papa Alejandro VI, que

les habia concedido estas Indias, que les concediese los diezmos de

las islas de las Indias, no señalando cuáles, puesto que la intencion

de los Reyes fué pedir los desta isla Española, donde habia entónces

españoles, y de las otras partes donde creian que habian españoles de

poblar. Finalmente, les hizo gracia y donacion de los diezmos con tal

carga y condicion, que primero asignasen dote suficiente realmente,

y con efecto, segun la ordenacion de los diocesanos (sobre lo cual

encargó la consciencia á los diocesanos mismos), de los bienes de los

Reyes á todas las iglesias que se erigesen en las dichas islas, con

que se pudiesen mantener los Presidentes y Rectores dellas, y llevar

la carga que en ellas y para ejercer el culto divino, fuese necesario,

etc., donde dice así: _Hujusmodi supplicationibus inclinati, vobis et

successoribus vestris pro tempore existentibus ut insulis prædictis

ab illarum incolis et habitatoribus, etiam pro tempore existentibus,

postquam ille acquisitæ et recuperatæ fuerint ut præfertur, assignata

prius realiter et cum effectu juxta ordinationem tunc diocesanorum

locorum (quorum conscientias super hoc oneramus), ecclesiis in

dictis insulis erigendis, per vos et successores vestros præfatos,

de vestris et eorum bonis dote sufficienti, ex qua illis Presidentes

earumque Rectores se commode sustentare, et onera dictis ecclesiis pro

tempore incumbentia perferre ac cultum divinum ad laudem omnipotentis

Dei debite exercere, juraque episcopalia persolvere possint, decima

hujusmodi percipere et levare libere ac licite valeatis, auctoritate

apostolica tenore presentium de specialis dono gratiæ indulgemus_,

etc. Por esta gracia del Papa y auctoridad, llevaron los Reyes los

diezmos de esta isla por algunos años, sin que hobiese Obispos ni

erigidas iglesias catedrales; y proveian las iglesias, que era una

choza de paja, de ornamentos y de lo necesario, de su real hacienda,

y, en cada pueblo ó villa de españoles, ponian un clérigo por cura,

al cual mandaban dar de su hacienda 100 pesos de oro cada año, de á

450 maravedís cada peso, de valor. Hasta agora no he podido saber qué

auctoridad y jurisdiccion hobiesen tenido aquellos clérigos para ser

curas, y absolver de los pecados y administrar los Sacramentos á los

españoles, como fuesen puestos por el Rey, ó por su mando, siendo

persona seglar. Valieron los diezmos, cuando más valieron en esta isla,

por aquellos tiempos, hasta 20.000 castellanos, ó pesos de oro que

era lo mismo. Despues, muerta la reina doña Isabel (que haya gloria),

hízosele al Rey pesada y costosa carga proveer las iglesias y clérigos

de la manera dicha; y, por otras causas que le debieron de mover, abrió

mano de los diezmos y de la dicha obligacion, y suplicó al Papa que

criase Obispos, y así los crió, como en el principio del libro III, si

pluguiere á Dios, se dirá, porque aquel es su lugar. Tornando, pues, á

lo demas, despues que el Almirante salió del aislamiento y trabajos que

padeció en Jamáica, y fué á Castilla, sabido lo que habia descubierto,

acordaron luégo, un Juan Diaz de Solís y Vicente Yañez Pinzon, el

hermano de Martin Alonso Pinzon, de quien dijimos que ayudó al despacho

del Almirante en la villa de Palos, y fué con él y llevó consigo

al Vicente Yañez y á otro hermano, cuando vino el primer viaje á

descubrir estas Indias, segun que en el primer libro queda explicado,

de ir á descubrir é proseguir el camino que en el cuarto viaje, y

descubrimiento postrero, dejaba hecho el Almirante, los cuales fueron

á tomar el hilo desde la isla ó islas de los Guanajes, que dijimos

haber descubierto el Almirante en su postrer viaje, y dellas tornarse

hácia el Oriente. Estos dos descubridores navegaron, segun se puede

colegir de los dichos de los testigos, que el Fiscal presentó en el

pleito que trató con el Almirante segundo, de que habemos muchas veces

hecho mencion, hácia el Poniente, desde los Guanajes, y debieron llegar

en paraje del golfo Dulce, aunque no lo vieron porque está escondido,

sino que vieron la entrada que hace la mar entre la tierra que contiene

el golfo Dulce y la de Yucatán, que es como una gran ensenada ó bahía

grande. Llaman bahía los marineros, á la mar que está entre dos tierras

á manera de puerto, no muy guardado, la cual seria puerto, si no fuese

muy grande, y por ser muy capaz y no cerrado, llaman bahía, las letras

_i_ é _a_ postrera leidas, divisas. Así que, como vieron aquel rincon

grande que hace la mar entre las dos tierras, la una que está á la

mano izquierda, teniendo las espaldas al Oriente, y esta es la costa

que contiene el puerto de Caballos, y adelante dél el golfo Dulce,

y la otra de la mano derecha que es la costa del reino de Yucatán,

parecióles grande bahía, y por eso el Vicente Yañez en la deposicion

que con juramento hizo en el dicho proceso, presentado por testigo por

el Fiscal, dijo: que navegando desde la isla de los Guanajes, yendo la

costa de luengo, descubrieron una gran bahía, á la cual pusieron nombre

la gran bahía de la Navidad, y que de allí descubrieron las sierras de

Caria, y otras tierras mas adelante, y segun los otros testigos dicen,

volvieron al Norte. Y por todo esto parece que sin duda descubrieron

entónces mucha parte del reino de Yucatán, sino que como despues no

hobo alguno que prosiguiese aquel descubrimiento, no se supo más de

los edificios de aquel reino, de donde fácilmente fuera descubierta la

tierra y grandezas de los reinos de la Nueva España, hasta que, acaso,

se descubrió desde la isla de Cuba, como parecerá, si pluguiere á

Dios, en el libro III desta historia. Y es aquí de notar, que estos

descubridores principalmente pretendian descubrir tierra, por emulacion

del Almirante, y pasar de lo que él habia descubierto adelante, para

echar cargo á los Reyes, como si no hobiera sido el Almirante el

primero que abrió las puertas del Océano, de tantos millares de siglos

atras cerradas, y el que para descubrir dió á todos lumbre; y el Fiscal

del Rey todo su estudio ponia en probar que las partes de tierra firme,

que los otros descubridores descubrian, eran distintas tierras de las

que el Almirante habia descubierto, y diera mucho porque no fuera

tan luenga la tierra firme, á fin de disminuille sus privilegios,

para hacer á los Reyes ménos obligados á le agradecer los servicios

inestimables que les habia hecho, y á cumplir las mercedes que le

habian prometido, á él tan justamente y con tanta razon debidas; y esto

era grande injusticia. Á aquel propósito puso una pregunta, ¿si sabian

que lo que aquellos descubridores habian descubierto, era apartado

de lo que el Almirante descubriera? y allí tiraban los dichos de los

marineros, por la mayor parte, diciendo que era otra tierra; pero no

les preguntaban si era toda una tierra firme, ni ellos lo decian. Pero

otros, en especial dos honrados hombres que yo bien cognoscí, el uno

Rodrigo de Bastidas, de quien ya arriba hemos tratado, y un piloto,

Andrés de Morales, entendiendo el agravio que hacer al Almirante el

Fiscal pretendia, depusieron muchas veces, en diversos artículos del

dicho proceso, que la tierra que aquellos habian descubierto estaba

más al Occidente de lo que el Almirante habia descubierto, pero que

toda era una tierra. Item, que Vicente Yañez y Juan de Solís fueron á

descubrir abajo de Veragua, por aquella costa, pero que todo lo que

los unos y los otros, y todos cuantos habian descubierto de la tierra

que dicen firme, era todo una costa con lo que el dicho Almirante

primero descubrió. Otro, sin los dos, dice que era toda una costa desde

Paria, sino que son diversos nombres de las provincias, así como son

diversas lenguas. Esto declaraban los testigos entónces, porque lo

vian y sabian muy claro por sus mismos ojos, y agora no será menester

buscar testigos, sino á los especieros de Sevilla. Por manera, que no

se le puede negar al Almirante, si no es con gran injusticia, que así

como fué el primero descubridor destas Indias, lo fué de toda esta

nuestra tierra firme, y á él se le deben las gracias, descubriendo la

provincia de Paria, que es una parte de toda ella, porque él puso en

las manos á todos los demas el hilo, por el cual, puesto que durara

mucho más y estuviera en muy mayor distancia, hallaran el ovillo; y

así, justísimamente se le debian de cumplir las mercedes y guardar sus

privilegios en toda la tierra firme, aunque fuera mayor, como en esta

Española y en las otras islas, porque no era obligado á pasealla toda,

como ni el que toma posesion de una heredad, segun tratan los juristas.

CAPÍTULO XL.

Gobernaba el Comendador Mayor en esta isla los españoles con mucha

prudencia; era tenido y amado, y reverenciado dellos en gran manera

en estos dias. Tuvo una industria muy buena para tenellos á todos

muy subjectos, entre los cuales habia muchas personas principales y

caballeros, y fué esta: tenia mucho cuidado de saber cómo cada uno,

en el pueblo que era vecino, vivia, preguntando muy particularmente

á los que, de los pueblos á negociar con él, ó á esta ciudad, donde

él por la mayor parte del año residia, por sus negocios venian; si

sabia que alguno era inquieto ó de mal ejemplo, y mayormente si era

informado que ponia los ojos en alguna mujer casada, aunque no supiese

más dél de que pasaba por su calle algunas veces, y dello se concebia

en el pueblo alguna sospecha, ó que tuviese otro defecto que fuese

nocivo, y aunque no fuese mucho escandaloso al pueblo, enviábale muy

disimuladamente á llamar, y, venido, recibíalo con rostro alegre, y

mandábale que viniese á comer con él, como si le hobiera de hacer

nuevas mercedes. Preguntábale de los otros vecinos, de las haciendas

de cada uno, cómo se habian unos con otros, y de otras cosas que

él fingia querer saber; el que era venido estimaba de sí, que, por

tenelle por más virtuoso y mostralle más amor, y querelle tener por

privado y dalle más indios, el Comendador Mayor se informaba dél y en

aquello le favorescia. Y porque siempre llamaba los tales en tiempo

que habia navíos en el puerto, cuando ya estaban para se partir,

decíale: «fulano, mirad en qué navío destos quereis ir á Castilla;» y

el otro íbasele una color y veníale otra, y decía, «¿señor, por qué?»

Respondia, «no cureis de hacer otra cosa.» Replicaba, «señor, no tengo

con qué, ni áun para el matalotaje.» Decia el Comendador Mayor, «por

eso no quedará, porque yo os lo daré,» y hacíalo así. Desta manera, con

pocos que envió, tenia toda la isla tan sosegada, donde hobo, segun

oí, 10 ó 12,000 españoles, y muchos de ellos, como dije, hijodalgos y

caballeros, que por no enojallo no osaban menearse; yo cognoscí dos

caballeros, harto personas señaladas, y del Comendador mucho estimadas,

que, habiéndose topado en cierta parte de noche, y descalabrádose, no

fué menester que alguno los concertase, porque ellos se perdonaron,

abrazaron y concertaron, sólo porque el Gobernador no lo alcanzase á

saber ni lo sospechase. Y esto todo lo hacian y sufrian, solamente

porque á los que habia dado indios no se los quitase, desterrándolos á

Castilla, y á los que no los habia dado, porque se los diese; y ansí el

oro que venian á buscar, y consistia en que les diesen indios, no se

estorbase. Por manera, que toda la paz y concierto y obediencia que los

españoles acá al Gobernador tenian, y no osar cometer cosa que fuese

por el foro exterior castigable, sólo se fundaba en el interés y temor

de no perder los bienes temporales que esperaban, y todo esto sobre

los desventurados indios cargaba. Y es aquí de saber, que desterrar

de la manera dicha en aquellos tiempos alguno á Castilla, ninguna

muerte ni daño se le igualaba, y, á lo que por entónces estimábamos,

algunos escogieran ser ántes muertos, que, por aquella manera, desta

isla echados; la razon era, por no ir á sus tierras pobres, perdida la

esperanza de alcanzar acá lo que deseaban; y así el estado desta isla,

en aqueste tiempo, fué muy al revés del que tuvo los tiempos pasados,

porque la mayor pena que daban á los malhechores de Castilla, sacada

la muerte, era desterrados de allá para acá, como en el libro primero

mostramos, pero por el contrario, la más grave que agora se temia y

podia dar, fué desterrar los hombres de acá para allá. En este comedio

andaba la priesa muy encendida, en sacar el oro de las minas, y los

otros trabajos que para lo sacar se ordenaban (porque aquel era el

fin de los españoles y de todos sus cuidados), y por consiguiente, la

diminucion y muerte de los indios era necesaria, porque como ellos

eran acostumbrados á poco trabajo, por la fertilidad de la tierra,

que con casi ninguno la cultivaban y de sus fructos tenian abundancia

para sustentarse, y tambien por contentarse con solamente lo á la vida

necesario, allende ser de su naturaleza gente delicada, metidos en tan

duros y acerbos trabajos, de un extremo á otro, no poco á poco sino de

súbito, acelerados, forzado era que no podian con la vida, en ellos,

mucho tiempo durar; y bien pareció, pues cada demora, que eran los

seis ó ocho meses que tenian las cuadrillas de indios en las minas,

sacando oro, hasta que se traia todo á fundir, se morian la cuarta y

áun la tercia parte. ¿Quién podrá contar las hambres y aflicciones,

malos y crueles tratamientos, que, no sólo en las minas, pero en las

estancias y donde quiera que trabajaban, padecian los desventurados?

Los que enfermaban, ya queda dicho que no eran creidos, diciendo que lo

hacian de haraganes y bellacos por no trabajar; y cuando la calentura

y la enfermedad hablaba por ellos, clamando estar enfermos de verdad,

dábanles un poco de pan caçabí, é unas pocas de ajes, raíces como

turmas de tierra, y enviábanlos á su tierra que estaba 10, y 15, y 20,

y 50 leguas, que se curasen, y áun no con pensamiento que se curasen,

sino que se fuesen donde quisiesen por no curallos; lo que, cierto,

no hacian, cuando alguna yegua de las suyas, porque entónces no habia

caballos, enfermaba. Viéndose así aquestas gentes, en tan infelice y

abatido y mortífero estado, por salir presto dél, muchos se mataban,

bebiendo de aquel agua ó zumo, que arriba dijimos salir de las raíces

de que hacen el pan caçabí, que tiene virtud de matar bebiéndola sin

dalle un hervor al fuego, y si se lo dan queda como vinagre muy bueno,

y llámanlo bien; las mujeres, si se empreñaban, tomaban hierbas para

echar las criaturas muertas, y desta manera, perecieron en esta isla

muchas gentes. Hombre hobo casado, que tomaba una vara ó vardasca, y

se iba á donde los indios cavando trabajaban, y á los que no hallaba

sudando, dábales de varazos diciendo; «¿no sudais, perros? ¿no sudais?»

La mujer se iba por su parte con su vara en la mano á donde las

mujeres indias trabajaban en hacer pan, mayormente cuando las raíces

rallaban, y á las que no hallaban sudando, daban de varazos, diciendo

las mismas palabras: «¿no sudais, perras? ¿no sudais?» Y, por justo

juicio de Dios, ellos despues más dolorosamente sudaron, porque

ambos á dos, con hijos é hijas, niños que parecian unos ángeles, y

con otras personas hermanas y cuñadas, y con el oro que con aquellas

obras buenas y justicia habian ganado, que era no poca cantidad, los

vide por mis ojos en el Puerto de Plata, desta isla, embarcar para

se ir á Castilla, creyendo ir á gozar dello y descansar, y nunca más

parecieron, habiéndose hundido con todo ello en la mar; destos castigos

que Dios ha hecho en reprobacion y venganza destas crueldades, que con

estas gentes se han obrado, habemos visto hartos, y, si place á Dios,

algunos dellos, notables, abajo se referirán. Y, porque el licenciado

Alonso Maldonado tenia gran trabajo en el ejercicio de la justicia de

toda esta isla, envió el Comendador Mayor á Castilla que le enviasen

un letrado para que llevase parte de sus trabajos, y así vino en este

tiempo un bachiller, llamado Lúcas Vazquez de Ayllon, natural de

Toledo, hombre muy entendido y muy grave, al cual hizo el Comendador

Mayor, Alcalde mayor de la ciudad de la Concepcion, con todas las otras

villas que están por aquella parte desta isla, como fueron, la villa

de Santiago, Puerto de Plata, Puerto Real, y Lares de Guahába. Este

bachiller Ayllon despues fué á Castilla, y tornó licenciado y por Oidor

de la Audiencia que aquí está. Dióle, luégo que vino, el Comendador,

400 ó 500 indios, porque éste era el principal salario con que pagaban

todos los servicios, los cuales al cabo mató, ó la gran parte dellos,

en sus minas y granjerías.

CAPÍTULO XLI.

En todo este tiempo faltó Rey en Castilla, desde el año de 504 hasta el

de 507, porque como en el de cuatro murió la reina doña Isabel, y el

de cinco vinieron á reinar el rey D. Felipe y la reina doña Juana, y

el rey D. Felipe murió luégo en aquel año, y la Reina, por su perpétua

enfermedad, no estuvo para gobernar, siguióse de aquí estar los reinos

de Castilla sin Rey y sin dueño, presente al ménos, desde el año de

cuatro, al fin dél, hasta el de siete, que vino el rey D. Hernando,

de Nápoles; porque aunque desque murió la reina doña Isabel estuvo

presente aquel año el rey D. Hernando, y lo gobernaba, pero cada dia

esperaba la reina doña Juana al rey D. Felipe, y no faltaron embarazos

y ocupaciones al Rey, y no tuvo noticia entera de la perniciosa

desórden que el Comendador Mayor habia puesto en esta isla, repartiendo

los indios de la manera dicha, y como por ella perecian todos: y si la

tuvo, porque, en la verdad, el Almirante le avisó dello, como arriba ya

dejamos dicho, ó no la creyó, ó con otros más vehementes pensamientos,

que entónces le ocupaban la intencion ó atencion, no la entendió, ó

della no curó. Venido el rey D. Felipe, fuése el rey D. Fernando á

Nápoles; murió luégo el rey D. Felipe, vacó la gobernacion, hasta

que el año de siete tornó de Nápoles el rey D. Hernando. Y así, con

estos embarazos y mudanzas, tuvo lugar de se entablar y asentar esta

pestilencia del repartimiento, sin que se sintiese ni hobiese persona

que en ella mirase, pereciendo cada dia, como es dicho, tantos, porque

no habia otro fin á que la intencion y cuidados se enderezasen, sino

á sacar oro; de la perdicion, y como se consumian los indios, ninguna

cosa curando, y el que debia más que los otros mirar en ello, que era

el Comendador Mayor, que lo habia ciegamente ordenado, y le incumbia

remediallo, aunque via cada hora morir estas gentes y despoblarse esta

isla, como ligado de su insensibilidad, ó no advertia ó no se le daba

nada. Venido el Rey el año de siete de Nápoles, no siendo informado

del estrago que acá destas gentes míseras pasaba, no se tractaba sino

del oro que se sacaba, que por entónces era mucho, pero de los tristes

que por sacallo morian, y de la sangre humana que costaba, y, lo que

más doloroso es, de las ánimas, que, sin fe y sin Sacramentos, salian

desta vida, ni se decia ni se preguntaba. Solamente sonó en los oidos

de muchas gentes, que tras el Rey vinieron de Nápoles, que allá le

habian servido y no pagado, y con importunidades le pedian la paga,

que en las Indias se sacaba mucho oro, y que quien alcanzase á tener

un repartimiento de indios ternia oro, y sería bienaventurado. Cayeron

algunos y quizá muchos, viendo que el Rey no los hacia mercedes, en

suplicarle que les hiciese merced de dalles indios en esta isla,

porque se querian venir á vivir acá. El Rey, por cumplir con ellos

y echallos de sí, no sabiendo lo que daba, ni, dando los indios, en

qué paraban, dió á algunos Cédulas para el Gobernador, mandando que

les diese 200 indios, como á los otros vecinos desta isla los daba,

muchas de las cuales el Comendador Mayor no cumplia, puesto que las

obedeciese, mayormente si aquellos eran personas principales, que

enviaban las Cédulas, y en Castilla se quedaban, diciendo que aquellos

no servian, quedando allá, en nada, y otras razones que le movian para

no aceptallas; pero que diese indios á éstos de nuevo venidos, ó no

los diese, ninguno los rescibia que no los mataba. En estos dias el

Comendador Mayor mandó á un piloto llamado Andrés de Morales, de que

arriba hemos hecho alguna mencion, que anduviese todos los rincones

desta isla y pusiese por escripto cuántos rios, y cuántas sierras, y

cuántos montes, y cuántos valles, con la dispusicion de cada uno, que

en ellos hallase. No pude ver yo esta descripcion despues que caí en

buscarla, puesto que muchos años ántes, si cayera en ello, me la diera

el mismo Andrés de Morales. Pienso que la terná Alonso de Sancta

Cruz, cosmógrafo, vecino de Sevilla, porque destas cosas tiene en su

poder hartas. Acordó tambien por este tiempo, que era el año de 508,

el Comendador Mayor, enviar á descubrir del todo á la isla de Cuba,

porque hasta entónces no se sabia si era isla ó tierra firme, ni hasta

dónde su longura llegaba, y tambien á ver si era tierra enjuta, porque

se decia que lo más era lleno de anegadizos, ignorando lo que el

Almirante, cuando la descubrió el año de 94, habia visto en ella, como

se dijo en el libro I. Para este descubrimiento, envió por Capitan á un

hidalgo gallego, llamado Sebastian de Campo, criado de la reina doña

Isabel, de los que habian venido con el primer Almirante, cuando vino á

poblar esta isla el segundo viaje. Partió este Sebastian de Campo con

dos navíos, y en cada uno sólos marineros, porque no iba sino á saber

si aquella tierra era isla ó cabo de tierra firme, como es dicho; el

cual, segun creo, fué por la parte del Norte, y la rodeó toda y entró

en algunos puertos, y creo que porque uno de los navíos, ó ambos,

tuvieron necesidad de darse carena, que es renovalles ó remendalles las

partes que andan debajo del agua, y ponelles pez y sebo, entraron en

el puerto que agora decimos de la Habana, y allí se la dieron, por lo

cual se llamó aquel puerto, el Puerto de Carenas. Este puerto es muy

bueno y donde pueden caber muchas naos, en el cual yo estuve de los

primeros, despues deste descubrimiento. De allí prosiguió adelante, al

Poniente, y halló el cabo de la isla, que hoy se llama el Cambo ó punta

de Sant Anton (no sé quién se lo puso, ni por qué ocasion), y está de

aquel puerto 50 leguas, pocas más ó ménos; tornó hácia el Oriente por

la costa del Sur, doblando el dicho cabo, y entró en el puerto que

llamamos de Xagua, porque así llamaban los indios aquella provincia;

este puerto es de los mejores y más seguros para mil naos, que pueden

hallar en el mundo. Aquí estuvo Sebastian de Campo con sus dos navíos,

muy á su placer, bien servido de los indios, de infinitas perdices como

las de Castilla, salvo que son algo menores; tuvo tambien abundancia

de lizas, porque no podia encarecerse la multitud que dellas hay en

este puerto. Tenian los indios corrales dellas, como el puerto es tan

quieto, donde contenian millones dellas, no ménos ciertas que si las

tuvieran dentro en sus casas, en un estanque ó alberca; en su mano era

sacar muchas ó pocas, segun querian. Los corrales eran de cañas juntas

unas con otras, hincadas en el cieno que tiene allí la mar, como sea,

segun dije, tan quieta, que no puede salir una ni ninguna dellos, y

son tan grandes cuanto quieren hacerlos, aunque lleguen á un tiro de

piedra. De allí se vino costeando la isla, y trujo al Comendador las

nuevas de ser isla; en lo cual gastó, sino me he olvidado, ocho meses.

Bien creo, que si más el oficio el Comendador Mayor tuviera, que la

enviara á poblar de españoles muy presto, sabido que era tierra enjuta

y buena. Por este tiempo se descubrió junto á la villa de Puerto Real,

en cierta sierra, cobre muy rico, porque tenia una buena parte de oro

á vueltas, y parecíasele en la tez ó superficie por de fuera; envió el

Comendador Mayor á cierto oficial que dello se le entendia para que

lo viese, y éste se lo encareció tanto y afirmó con tanta eficacia su

riqueza, que, dándole crédito el Comendador Mayor, lo escribió al Rey

con el mismo encarecimiento, afirmando que se habia descubierto cierta

sierra de cobre, del cual se sacaria más provecho y riquezas que de

todas las minas de oro, y no era entónces lo que se sacaba dellas poco.

El Rey, por ventura, concibió destas nuevas grande esperanza, de que

á España vernian grandes tesoros; y, si no me he olvidado, escribió

tambien al Rey, que mandase proveer de muchos oficiales de aquello,

y de herramientas y diversos instrumentos otros, en lo cual se gastó

mucho, y él acá puso diligencia é hizo muchos gastos, comenzando á

derrocar sierras y trastornar montes, segun que pedia y ordenaba aquel

susodicho hombre. Pero con todos los gastos, y trabajos y angustias

que padecieron los indios, al cabo hallóse tan poco del cobre, que,

con mucha cuantidad, el fructo que de allí sacaron no llegó al costo;

y venidos los instrumentos que el Rey envió, fué harta la pena que

rescibió el Comendador Mayor, porque hobo de escrebir al Rey el

contrario de lo que habia certificado, de que no quedó poco corrido,

segun su mucha prudencia y autoridad, y el Rey, quizá, no sin alguna

displicencia dél. Ya dijimos en el primer libro, cerca del fin, como

los 300 españoles, que cuando el Comendador vino acá estaban, vivian

vida muy á la larga, y entre otras licencias que para ella escogieron

y se tomaron, fué, por grado ó por fuerza, tomar las señoras de los

pueblos ó sus hijas por amigas, que llamaban criadas, con las cuales

estaban en pecado; los padres ó madres dellas y sus vasallos creian

que las tenian por sus legítimas mujeres, y con esta opinion se las

daban, y así pasaban, y eran de todos adorados. En estos dias estaban

buenos religiosos de Sant Francisco, en especial uno llamado fray

Antonio, creo, de los Mártires, que reprendia mucho aquel pecado

de tener aquellos aquellas señoras por mancebas, é insistia con el

Comendador Mayor que se las quitase, ó que les mandase que con ellas

se casasen; y así lo mandó que lo hiciesen dentro de cierto tiempo,

donde no, que las dejasen. Esta fué una de las grandes tribulaciones

que poderles venir estimaron, porque habia ya muchos dellos que estaban

en figura de muy honrados, aunque no de demasiada generosidad y casta,

y otros, que, aunque hijodalgos eran, y pudieran muy á honra suya

vivir con los padres de aquellas señoras y con ellas, como fuesen

Reyes y Reinas y de noble sangre cuanto á lo natural, pero era tanta

su amencia presuntuosa, y soberbia destestable, y menosprecio que

tenian destas gentes, viniendo á sus tierras andrajosos y á matar la

hambre, que en Castilla no se hartaban de pan, que no les pudo venir

mayor tormento, despues de la muerte, que mandallos con ellas casar,

teniéndolo por grandísimo deshonor y afrenta. Pero por no perder el

servicio y abundancia y señorío que con ellas poseian, hobieron de

pasar carrera; que no les fué menos áspera que si la pasaran, como

suele decir el refran. Ellos casados, y que en la verdad sucedian en

el estado y señorío de sus mujeres (y ningun derecho hobo en esta isla

para rescibir justamente servicio y provecho de los indios, si este

no), el Comendador Mayor debiera por ello de favorecerlos, pero hizo

una grande injusticia y disparate con cuanta prudencia tenia; esta

fué, que así como se casaron, los quitó los indios de sus mujeres, y

diólos á otros, y en otra parte dióles á ellos. ¿Qué mayor ceguedad,

despues de las pasadas, ni cosa más irracional? Movióse, segun se dijo,

porque los tales españoles no tuviesen presuncion, viéndose señores y

se alzasen á mayores, ó no sé qué otras cosas no bien consideradas, y

así añidió injurias á injusticias, y agravios á agravios, privando á

las señoras naturales de sus estados y vasallos, y consiguientemente

á los españoles, sus maridos, que sucedian en la administracion del

señorío, y tambien á los indios sus vasallos, que con servir á su

natural señora, fueran mejor tractados, aunque los maridos fueran

ruines; y no ménos agravió y privó á los hijos, que dellas y dellos

procedieron, de lo que de derecho natural y de las gentes, y áun por el

divino, por la sucesion se les debia, los cuales yo vide desposeidos, y

sin memoria ni vestigio de ser viva persona, de muchas gentes vasallos

de sus madres. Y así fué causa que más aína muriesen, que murieran, los

tristes indios.

CAPÍTULO XLII.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 16 / 37 段