Llegado el Almirante á Sevilla, para que sus adversidades rescibiesen

el colmo que más le podia entristecer y amargar en la vida, supo

luégo como la reina doña Isabel, que tenia por todo su mamparo y

su esperanza, era fallecida pocos dias habia; ningun dolor, ningun

trabajo, ninguna pérdida, ni perder la misma vida, le pudo venir,

que mayor afliccion, tristeza, dolor, llanto y luto le causara, que

oir tales nuevas, porque aquella señora y felice Reina, así como fué

la que principalmente admitió su primera empresa del descubrimiento

destas Indias, como en el primer libro queda visto, así ella fué la

que lo favorecia, esforzaba, consolaba, defendia, sostenia, como

cristianísima y de tan inestimable servicio, como del Almirante

rescibió, muy agradecida. El Rey católico, no se con qué ó con cuál

espíritu, por el contrario, no sólo no le mostraba obras ni señales

de agradecimiento, pero en cuanto en sí era, lo desfavorecia en las

obras, puesto que no le faltaban cumplimientos de palabra. Creyóse,

que si él con buena consciencia y no con detrimento de su honra y

fama pudiera, que pocas ó ninguna de las cláusulas de los privilegios

que al Almirante por él y por la Reina, tan debida y justamente se

habian concedido, le guardara. No pude atinar ni sospechar cuál fuese

deste desamor y no real miramiento, para con quien tantos y tan

egrégios y nunca otros tales á algun Rey hechos, servicios le hizo, la

causa, sino fuese haber hecho mayor impresion en su ánimo los falsos

testimonios que al Almirante se levantaron, y dar más crédito á los

émulos del Almirante, que siempre tuvo cabe sí, que darles debiera,

de los cuales yo alcancé á sentir algo de personas muy privadas del

Rey, que le contradecian. Así que, habiendo reposado algunos dias en

Sevilla, de tanta frecuencia de trabajos, el Almirante partióse para

la corte por el mes de Mayo, año de 1505, la cual estaba en Segovia;

y llegando él y su hermano el Adelantado, á besar las manos al Rey,

rescibióles con algun semblante alegre, no tanto cuanto requerian sus

luengas navegaciones, sus grandes peligros, sus inmensos trabajos y

aspérrimos. Hízoles relacion el Almirante, de lo que habia navegado,

de la tierra que dejaba descubierta, de la riqueza de la provincia de

Veragua, y de su destierro y aislamiento que tuvo en Jamáica, entero

un año, de la desobediencia y levantamiento de los Porras y de los

demas, y finalmente, de todas las particularidades y acaescimientos,

peligros y trabajos del viaje. Pasados algunos dias, cuando vido que

era tiempo, suplicóle diciendo así: «Muy alto Rey, Dios, nuestro

Señor, milagrosamente me envió acá porque yo sirviese á Vuestra

Alteza; dije milagrosamente, porque fuí á aportar á Portugal, á donde

el Rey de allí entendia en el descubrir más que otro, él le atajó

la vista, oido y todos los sentidos, que en catorce años no le pude

hacer entender lo que yo dije. Tambien dije milagrosamente, porque

hobe cartas de ruego de tres Príncipes, que la Reina, que Dios haya,

vido y se las leyó el doctor de Villalon, Vuestra Alteza, despues que

hobo cognoscimiento de mi decir, me honró y fizo merced de títulos

de honra; agora mi empresa comienza á abrir la puerta y dice que es

y será lo que siempre yo dije. Vuestra Alteza es cristianísimo, yo y

todos aquellos que tienen noticia de mis fechos, en España y en todo

el mundo, creerán que Vuestra Alteza, que me honró al tiempo que no

habia visto de mí salvo palabras, que agora que ve la obra, que me

renovará las mercedes que me tiene fechas con acrescentamiento, y así

como me prometió por palabra y escripto y su firma: y si esto hace,

sea cierto que yo le serviré estos pocos de dias que Nuestro Señor

me dará de vida, y que espero en él, que segun lo que yo siento y me

parece saber con certeza, que yo haré sonar mi servicio, que está por

hacer, á la comparacion de lo hecho, ciento por uno, etc.» El Rey

le respondió, que bien via él que le habia dado las Indias, y habia

merecido las mercedes que le habia hecho, y que para que su negocio se

determinase sería bien señalar una persona; dijo el Almirante, «sea la

que Vuestra Alteza mandaré», y añidió: «¿quién lo puede mejor hacer

que el Arzobispo de Sevilla, pues habia sido causa, con el Camarero,

que Su Alteza hobiese las Indias?» Esto dijo, porque este Arzobispo de

Sevilla, que era D. Diego de Deza, fraile de Sancto Domingo, siendo

maestro del Príncipe D. Juan, insistió mucho con la Reina que aceptase

aquesta empresa, y lo mismo hizo el camarero Juan Cabrero, aragonés,

que fué muy privado del Rey, segun dijimos en el libro I. Respondió

el Rey al Almirante, que lo dijese de su parte al Arzobispo; el cual

respondió, que para lo que tocaba á la hacienda y rentas del Almirante,

que se señalasen letrados, pero no para la gobernacion; quiso decir,

segun yo entendí, porque no era menester ponello en disputa, pues era

claro que se le debia. Como en esto el Rey pusiese dilaciones, tornóle

á suplicar el Almirante, que su Alteza se acordase de sus servicios

y trabajos, y de su injusta prision, y con cuánto abatimiento de su

persona y honor del estado, en que Sus Altezas por sus servicios le

levantaron y honraron, sin culpa suya habia sido despojado. Y por

tanto mostrase, como Rey justo y agradecido, su real benignidad, en

mandalle guardar y cumplir sus privilegios, que Su Alteza y la Reina

le habian concedido, restituyéndolo en su hijo, en las mercedes y en

la posesion de sus oficios, dignidad y estado que le habian hecho;

de todo lo cual habia sido de hecho, sin ser oido, ni defendido, ni

convencido y sin sentencia, y así contra todo derecho, privado; y

mayormente se acordase de las recientes promesas que Su Alteza y la

Reina le hicieron por su Carta real, cuando se queria partir para

este postrero viaje, conviene á saber, que tuviese por cierto que

sus privilegios le serian guardados enteramente, y cumplirian las

mercedes en ellos contenidas, y se le harian otras de nuevo, porque

estaban de propósito de lo más honrar y acrecentar, como parescia por

la carta que de Valencia de la Torre, le mandaron escribir, firmada

de sus reales nombres, la cual pusimos en el cap. 4.º, á la letra,

como la tenemos en nuestro poder, autorizada. Hablando con el Rey otra

vez en Segovia, le dijo, á cierto propósito, que no queria pleito ni

pleitear, sino que Su Alteza tomase sus privilegios y escripturas, y,

de lo que por ellas le pertenecia, le diese lo que mandase, y porque

él estaba muy fatigado y se queria ir á un rincon que pudiese haber,

á descansar; el Rey, recognosciendo que él le habia dado las Indias,

le dijo que no se fuese, porque él estaba de propósito, no solamente

darle lo que por sus privilegios le pertenecia, pero que de su propria

y real hacienda, le queria hacer mercedes. Favorecíale tambien mucho

el Arzobispo de Toledo, don fray Francisco Jimenez, fraile de Sant

Francisco, y otras personas principales en la corte. Remitieron su

negocio al Consejo de los descargos de la consciencia de la Reina ya

muerta, y de la del Rey mismo; hobo dos consultas, y no salió nada;

creyó el Almirante, que por ser su negocio de tan gran importancia,

no queria el Rey determinar sin la Reina, su hija, que cada dia la

esperaban con el rey D. Felipe, y con esta creencia tuvo un poco

de esperanza, pero no cesaba de dar peticiones al Rey. Entre otras

muchas, hallo la presente, que decia desta manera. «Serenísimo y muy

alto Rey, en mi pliego se escribió lo que mis escripturas demandan,

ya lo dije, y que en las reales manos de Vuestra Alteza estaba el

quitar ó poner, y que todo seria bien hecho. La gobernacion y posesion

en que yo estaba, es el caudal de mi honra, injustamente fuí sacado

della, grande tiempo há que Dios, nuestro Señor, no mostró milagro tan

público, que el que lo hizo le puso con todos los que le fueron en

ayuda á ésto. En la más escogida nao que habia en 34, y en la mitad

dellas, é á salida del puerto, le enfundió, que ninguno de todos ellos

le vido en qué manera fué ni cómo. Muy humildemente suplico á Vuestra

Alteza que mande poner á mi hijo, en mi lugar, en la honra y posesion

de la gobernacion que yo estaba, con que toca tanto á mi honra, y en

lo otro haga Vuestra Alteza como fuere servido, que de todo rescibiré

merced; que creo que la congoja de la dilacion deste mi despacho,

sea aquello que más me tenga así tullido.» Estaba ya muy tollido en

la cama, de la gota. Lo que dice del hundimiento de la nao y de los

que allí perecieron, dícelo por el Comendador Bobadilla que le envió

preso, y por Francisco Roldan y los demas que le habian perseguido.

Dió cierto memorial, en el cual referia los daños y pérdidas de

sus rentas, y provechos que se le habian recrecido por no le haber

guardado y cumplido sus privilegios, que eran grandes intereses; y

entre muchos, dice aqueste; «que los indios desta isla Española eran

y son, dice él, la riqueza della, porque ellos son los que cavan y

labran el pan y las otras vituallas á los cristianos, y los sacan el

oro de las minas, y hacen todos los otros oficios é obras de hombres

y de bestias de acarreto. Dice que está informado, que despues que

salió desta isla, son muertos de los indios della, de siete partes

las seis; todos por mal tratamiento é inhumanidad, que se habia usado

con ellos; unos á cuchillo, otros muertos á palos y mal tratamiento,

otros de hambre y mala vida que les era dada, la mayor parte muertos

en las sierras y arroyos, á donde iban huidos por no poder sufrir los

trabajos, de la cual falta de los dichos indios, se perdia grandísima

renta; y dice más, que bien que hobiese enviado á Castilla muchos

dellos y se hobiesen vendido, pero que era con propósito, que, despues

que fuesen instruidos en nuestra sancta fe y en nuestras costumbres y

artes y oficios, los tornarian á cobrar, y los volver á su tierra para

enseñar á los otros.» Todas estas son palabras del Almirante; y donosa

ignorancia fué la suya, si ignorancia fué y no cudicia, la cual tengo

yo por cierto que le acarreó las angustias que le vinieron, y lo que

agora en sus despachos y negocios padece ó padecia. En lo demas verdad

dijo, porque así fueron muertos y menoscabados los vecinos y moradores

naturales desta isla; pero él lloraba el diezmo del oro que sacara, si

no murieran, y los otros intereses temporales que por aquella causa

perdia. Tornando al propósito, D. Diego Colon, su hijo mayor, dió al

Rey la peticion siguiente: «Muy alto y muy poderoso Príncipe Rey,

nuestro señor: D. Diego Colon, en nombre del Almirante, mi padre,

humildemente suplico á Vuestra Alteza, se quiera acordar con cuántos

trabajos de su persona y peligros de su vida, el dicho Almirante,

mi padre, ganó las mercedes que Vuestra Alteza y la Reina, nuestra

señora (que santa gloria haya), le hicieron, y en cuánto servicio y

provecho de Vuestra Alteza suceden sus servicios, y mande que las

dichas mercedes le sean guardadas, mandándole restituir en lo que le

está tomado y ocupado, sin él merecerlo, segun que Vuestra Alteza se

lo tiene dicho de palabra, y escripto por carta, segun que verá por

este capítulo que aquí va, que fué en una carta que Vuestra Alteza

le escribió, al tiempo que se partió para ir á descubrir; y en esto

Vuestra Alteza administrará justicia, y descargará la Real consciencia

de la Reina, nuestra señora y la suya, y al Almirante y á mí nos hará

señalada y gran merced. Y si de volvelle la gobernacion de las Indias

fuere servido, el dicho Almirante le suplica sea servido en que vaya

yo, con que vayan conmigo las personas que Vuestra Alteza sea servido,

cuyo consejo y parecer yo haya de tomar.» Cuanto más peticiones al

Rey daban, tanto mejor respondia dando palabras y se lo dilataban.

Entre aquestas dilaciones, quiso el Rey que le tentasen de concierto

y partidos, para que hiciese renunciacion de los privilegios que le

habian concedido, y que por Castilla le harian la recompensa, y creí

que se le comenzó á apuntar que le darian á Carrion de los Condes y

sobre ello cierto estado. Desto fué muy mal contento el Almirante, y

vido indicios de que el Rey no le habia de cumplir lo que le habia con

la Reina tantas veces, de nuevo, por cartas y por palabras, allende lo

que rezaban sus privilegios, largamente prometido, y por este concepto

que tuvo, desde la cama, donde ya estaba muy enfermo, por una carta

se quejó al Arzobispo de Sevilla, diciendo así: «Y pues se parece que

Su Alteza no há por bien de cumplir lo que ha prometido por palabra

y firma, juntamente con la Reina (que haya sancta gloria), creo que

combatir sobre el contrario, para mí que soy un arador, sea azotar el

viento, y que será bien, pues que yo he hecho lo que he podido, que

agora deje hacer á Dios, nuestro Señor, el cual he siempre hallado muy

próspero y presto á mis necesidades, etc.» Estas son sus palabras; por

manera que lo remitia, como quien ningun otro remedio creia tener, al

divino juicio, é yo bien creo, cierto, que le habrá hecho justicia.

Estando el Rey en estas largas dilaciones con el Almirante, y el

Almirante, con ellas, puesto en gran tribulacion y angustia, con gran

enfermedad de la gota, que se le aumentaba y afligia más cada dia, el

Rey, que ya habia venido á Valladolid, se partió para Laredo á esperar

al rey don Felipe, su yerno, y la reina doña Juana, nuestra señora,

su hija. Luégo, desde á pocos dias, llegaron de Flandes los dichos

Reyes, y el Almirante rescibió grande alegría, oidas las nuevas, porque

se le resucitó la esperanza de alcanzar su justicia, que del rey D.

Hernando tenia perdida; puesto que quedó con harto dolor y afliccion

de su corazon, por no poder ir, ni poder enviar á D. Diego, su hijo,

por el impedimento de la enfermedad que padecia. Envió al Adelantado,

su hermano, que besase las manos á los Reyes por él y por su hijo, y

los escusase, y escribióles con él la presente epístola: «Serenísimos

é muy altos é muy poderosos señores Príncipes, Rey y Reina, nuestros

señores: Yo creo que Vuestras Altezas creerán que en ningun tiempo tuve

tanto deseo de la salud de mi persona, como he tenido despues que supe

que Vuestras Altezas habian de pasar acá, por la mar, por venirles á

servir, y ver la experiencia del cognoscimiento que con el navegar

tengo. A Nuestro señor le ha placido así; por ende, muy humilmente

suplico á Vuestras Altezas, que me cuenten en la cuenta de su real

vasallo y servidor, y tengan por cierto, que bien que esta enfermedad

me trabaja así agora sin piedad, que yo les puedo áun servir de

servicio que no se haya visto su igual. Estos revesados tiempos é otras

angustias en que yo he sido puesto, contra tanta razon me han llegado

á gran extremo; á esta causa no he podido ir á Vuestras Altezas, ni

mi hijo. Muy humildemente les suplico que resciban la intencion y

voluntad, como de quien espera de ser vuelto en mi honra y estado, como

mis escripturas lo prometen. La Sancta Trinidad guarde y acreciente el

muy alto y Real Estado de Vuestras Altezas.» Bien creo, cierto, que si

el Almirante viviera y el rey D. Felipe no muriera, que el Almirante

alcanzara justicia y fuera en su estado restituido.

CAPÍTULO XXXVIII.

Despachado su hermano el Adelantado para ir á besar las manos á los

Reyes nuevos, agravóse cada hora más al Almirante su enfermedad de

la gota, por el aspereza del invierno, y más por las angustias de

verse así desconsolado, despojado, y en tanto olvido sus servicios y

peligro su justicia, no embargante que las nuevas sonaban y crecian de

las riquezas destas Indias, yendo á Castilla mucho oro desta isla, y

prometiendo muchas más de cada dia. El cual, viéndose muy debilitado,

como cristiano, cierto, que era, rescibió con mucha devocion todos

los Sanctos Sacramentos, y llegada la hora de su tránsito desta vida

para la otra, dicen que la postrera palabra que dijo: _in manus

tuas, Domine, comendo spiritum meum_. Murió en Valladolid, dia de la

Ascension, que cayó aquel año á 20 de Mayo, de 1506 años; llevaron

su cuerpo ó sus huesos á las Cuevas de Sevilla, monasterio de los

Cartujos, de allí los pasaron y trujeron á esta ciudad de Sancto

Domingo, y están en la capilla mayor de la Iglesia catedral enterrados.

Tenia hecho su testamento, en el cual instituyó por su universal

heredero á D. Diego, su hijo, y, si no tuviese hijos, á D. Hernando,

su hijo natural, y si aquel no los tuviese, á D. Bartolomé Colon,

Adelantado, su hermano, y sino tuviese su hermano hijos, á otro su

hermano; y en defecto de aquél, al pariente más cercano y más llegado

á su línea, y así, para siempre, mandó que habiendo varon, nunca

le heredase mujer, pero no lo habiendo, instituyó que heredase su

estado mujer, siempre la más cercana á su línea. Mandó, á cualquiera

que heredase su estado, que no pensase ni presumiese de menguar el

mayorazgo, sino que ántes trabajase de lo acrecentar, mandando á sus

herederos, que con sus personas y estado y rentas dél sirviesen al

Rey y á la Reina, y al acrecentamiento de la religion cristiana.

Dejóles tambien obligacion de que todas las rentas que de su mayorazgo

procedieren, den y repartan la décima parte á los pobres en limosna.

Entre otras cláusulas de su testamento, se contiene esta: «Al Rey y á

la Reina, nuestros señores, cuando yo les serví con las Indias, digo

serví, que parece que yo por la voluntad de Dios, nuestro Señor, se

las dí como cosa que era mia, puédolo decir, porque importuné á Sus

Altezas por ellas, las cuales eran ignotas y escondido el camino, é

cuanto se falló dellas; é para las ir á descubrir, allende de poner el

aviso y mi persona, Sus Altezas no gastaron ni quisieron gastar para

ello, salvo un cuento de maravedís, é á mí fué necesario de gastar

el resto. Despues plugo á Sus Altezas, que yo hobiese en mi parte de

las dichas Indias, islas y tierra firme, que son al Poniente de una

raya que mandaron marcar sobre las islas de los Azores, y aquellas

del Cabo Verde, 100 leguas, la cual pasa de Polo á Polo, que yo

hobiese en mi parte, tercio y el ochavo de todo, y más el diezmo de

lo que resta en ellos, como más largo se amuestra por los dichos mis

privilegios é Cartas de merced, etc.» Estas son sus palabras, en el

dicho su testamento. Y así pasó desta vida, en estado de harta angustia

y amargura y pobreza, é sin tener, como él dijo, una teja debajo de

qué se metiese para no se mojar ó reposar en el mundo, el que habia

descubierto por su industria otro nuevo y mayor que el que de ántes

sabíamos felicísimo mundo. Murió desposeido y despojado del estado y

honra que con tan inmensos é increibles peligros, sudores y trabajos

habia ganado, desposeido ignominiosamente, sin órden de justicia,

echado en grillos, encarcelado, sin oirlo ni convencerlo, ni hacerle

cargos ni recibir sus descargos, sino como si los que lo juzgaban

fuera gente sin razon, desordenada, estulta, estólida y absurda, y más

que bestiales bárbaros. Esto no fué sin juicio y beneplácito divino,

el cual juzga y pondera las obras y fines de los hombres, y así los

méritos y deméritos de cada uno, por reglas muy delgadas, de donde

nace que lo que nosotros loamos él desloa, y lo que vituperamos alaba;

quien bien quisiere advertir é considerar lo que la historia, con

verdad, hasta aquí ha contado de los agravios, guerras é injusticias,

captiverios y opresiones, despojos de señoríos y estados y tierras,

y privacion de propia y natural libertad, y de infinitas vidas que á

Reyes y á señores naturales, y á chicos y á grandes, en esta isla, y

tambien en Veragua, hizo y consintió hacer absurda y desordenadamente

el Almirante, no teniendo jurisdiccion alguna sobre ellos, ni alguna

justa causa, ántes siendo él súbdito dellos por estar en sus tierras,

reinos y señoríos, donde tenian jurisdiccion natural, y la usaban y

administraban, no con mucha dificultad, ni áun con demasiada temeridad,

podrá sentir que todos estos infortunios y adversidades, angustias y

penalidades fueron, de aquellas culpas, el pago y castigo. Porque,

¿quién puede pensar que cayese tan gran señal, y obra de ingratitud

en tan reales y cristianísimos ánimos como eran los de los Reyes

católicos, que á un tan nuevo y tan señalado, y singular y único

servicio, no tal otro hecho á Rey alguno en el mundo, fuesen ingratos,

y de las palabras y promesas reales, hechas y afirmadas muchas veces

por dicho y por escripto, faltos? No es, cierto, creible, que no

cumplirle sus privilegios y mercedes por ellos debidamente prometidas

y concedidas por sus tan señalados servicios, por falta de los Reyes

quedase, sino solamente por la divina voluntad, que determinó, que de

cosa dello en esta vida no gozase, y así, no movia á los Reyes que lo

galardonasen, ántes los impidió, sin los Reyes incurrir en mácula de

ingratitud, y sin otro defecto que fuese pecado; de la manera que, sin

culpa de los mismos Reyes, y sin su voluntad y mandado, el comendador

Bobadilla, ó por ignorancia ó por malicia, violando la órden del

derecho y justicia, permitió que lo prendiese, aprisionase, despojase

de la dignidad y estado, y hacienda que poseia y al cabo desterrase

á él y á sus hermanos. Y lo que más se debe notar es, que no paró en

él ni en ellos la penalidad, sino que ha comprendido hasta la tercera

generacion en sus sucesores, en que está hoy, como, si place á Dios,

por la historia será declarado. Estos son los juicios altísimos y

secretísimos de Dios, de los nuestros muy distantes; y por esto será

cordura, para el dia postrimero, donde todo en breve se discutirá y

será claro á todo el orbe, reservallo. A la bondad y misericordia

de Dios plega de contentarse, rescibiendo por satisfaccion de las

culpas que en estas tierras que descubrió contrajo, las tribulaciones,

angustias y amarguras, con los peligros, trabajos y sudores, que toda

su vida padeció, porque en la otra vida le haya concedido perpétuo

descanso. Ninguno, cierto, de los que sus cosas supimos y supieron,

pudo negar que no tuviese buena y simple intencion, y á los Reyes

fidelidad, y esta fué tan demasiada, que, por servirlos, él mismo

confesó con juramento en una carta que les escribió de Cáliz, cuando

estaba para se partir para el postrer viaje, que habia puesto más

diligencia para los servir, que para ganar el Paraíso, y así parece

que, por permision de Dios, que le dieron el pago; y tengo yo por

cierto, que aqueste demasiado cuidado de querer servir los Reyes, y

con oro y riquezas querer agradallos, y tambien la mucha ignorancia

que tuvo, fué la potísima causa de haber en todo lo que hizo contra

estas gentes errado; aunque en los que aconsejaron por aquellos tiempos

á los Reyes, como ya queda dicho, fué mucho más culpable. Es aquí de

saber, que el Almirante murió tambien con otra ignorancia, y esta fué,

que tuvo por cierto que esta isla Española era la tierra de donde á

Salomon se traia el oro para el templo que la Sagrada Escriptura llama

Ofir ó Társis; pero en esto es manifiesto haberse engañado, porque en

esta isla nunca hobo tan gran copia de oro como de allí se llevaba, y

tambien, porque con el oro llevaban pavones y marfil, que son dientes

de elefantes, lo que nunca por este orbe indiano nuestro se vido ni

halló, mas se cree haber sido la gran isla Taprobana, de donde aquellas

cosas preciosas se llevaron á Jerusalen. Tambien dijo, que estas islas

y tierra firme estaban al fin de Oriente y comienzo de Asia; bien creo

yo que, sino hallara atravesada esta nuestra tierra firme, que llegara

ó pretendiera navegar y llegar al fin de Oriente, y principio de Asia,

que es la China, ó Malucos ó otras tierras por allí, á donde agora

navegan los portugueses, y para esto, bien le quedaban por navegar

más de otras 2.000 leguas para llegar á donde es el fin de Oriente y

principio de Asia, como él decia ser estas islas y tierra firme. Murió

tambien ántes que supiese que la isla de Cuba fuese isla, porque como

anduvo mucho por ella, y áun no llegó á pasar de la mitad, por las

grandes tormentas que padesció por la costa della, y de allí se tornó

á esta isla, y de camino descubrió á la de Jamáica, como en el libro

primero dijimos, siempre creyó que Cuba era punta ó cabo de tierra

firme; y para en aquellos tiempos, que parecia que de la obscuridad del

Océano pasada el mundo se abria, no fué maravilla.

CAPÍTULO XXXIX.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 15 / 37 段