Debió decir Escobar al Almirante, que luégo se queria tornar á dar

nuevas al Comendador Mayor del estado en que quedaba, y si queria

escribir; el cual, luégo le escribió la carta siguiente: «Muy noble

señor: En este punto recebí vuestra carta, toda la leí con gran gozo;

papel ni péndolas abastarian á escribir la consolacion y esfuerzo

que cobré, yo y toda esta gente, con ella. Señor, si mi escribir con

Diego Mendez de Segura fué breve, la esperanza de suplir más largo,

por palabra, fué causa dello; digo de mi viaje, que en mil papeles no

cabria á recontar las asperezas de las tormentas y inconvenientes que

yo he pasado, etc.» Donde le cuenta muchas cosas de su viaje, y de la

riqueza de las tierras que dejaba descubiertas, y de como, llegando á

Jamáica, la gente que traia le hizo juramento de lo obedecer hasta la

muerte, y de como se le alzaron, etc. Y más abajo dice así: «Cuando

yo partí de Castilla, fué con grande contentamiento de Sus Altezas,

y grandes promesas, en especial, que me volverian todo lo que me

pertenece, y acrecentarian de más honra; por palabra y por escrito se

pasó esto. Allá, señor, os envió un capítulo de su carta, que dice

de la materia; con esto y sin ello, desque les comencé á servir yo

nunca tuve el pensamiento en otra cosa. Pídoos, señor, por merced, que

esteis cierto desto, dígolo porque creais que he de hacer y seguir

en todo vuestra órden y mandado sin pasar un punto. Escobar me diz,

señor, el buen tratamiento que han rescebido mis cosas, y que es sin

cuento, rescíbolo todo, señor, en grande merced, y agora no pienso

salvo en qué podia negar tanto; si yo hablé verdad en algun tiempo,

esto es una, que despues que os ví y cognoscí, siempre mi ánima estuvo

contenta de cuanto allá y en todo cabo á donde se ofreciese, por mí,

señor, haríades; con esta razon he estado siempre aquí alegre y bien

cierto de socorro, si las nuevas de tanta necesidad y peligro en que

estaba y estoy llegasen á su oido. No lo soy ni puedo escribir tan

largo como lo tengo firme; concluyo, que mi esperanza era y es, que

para mi salvacion gastaríades, señor, fasta la persona, y soy cierto

dello que ansí me lo afirman todos los sentidos. Yo no soy lisonjero

en fabla, ántes soy tenido por áspero, la obra, si hubiere lugar, fará

testimonio. Pídoos, señor, otra vez por merced, que de mí esteis muy

contento, y que creais que soy constante; tambien os pido por merced,

que hayais á Diego Mendez de Segura, mi encomendado, y á Flisco, que

sabe qué es de los principales de su tierra, y por tener tanto deudo

conmigo, y creed que no los envié, ni ellos fueron allá con artes,

salvo á haceros saber, señor, el tanto peligro en que yo estaba y

estoy hoy dia. Todavía, estoy aposentado en los navíos que tengo aquí

encallados esperando el socorro de Dios y vuestro, por el cual, los que

de mí descendieren, siempre le serán á cargo.» He querido poner aquí

estos pedazos de aquella carta, para que se vea con cuánta simplicidad

el Almirante andaba y escribia, y tambien como en aquellos tiempos no

habia el modo de escribir tan levantados de illustres y magníficos que

agora se usa en el mundo, que faltan vocablos para engrandecer los

títulos que se ponen en las cartas, no sólo á las personas illustres

y señaladas, pero á cualesquiera y de estados bajos. Rescebida esta

sola carta, partióse luégo el carabelon, y aunque con su venida todos

se holgaron y se suspendió el segundo trato y conjuracion, que querian

los que estaban con el Almirante contra él hacer, todavía, vista la

priesa que tuvo en partirse y sin rescibir carta ni hablar, ni querer

responder el capitan Diego de Escobar, ni otros de su compañía, á cosa

ninguna de las que les preguntaban, no quedaron sin sospecha que el

Comendador Mayor no quisiese que el Almirante no viniese á esta isla,

sino que allí quedase sin remedio, y, por consiguiente, los que con él

estaban; lo cual sintiendo el Almirante, trabajó de cumplir con ellos

diciendo que aquella presteza de la partida del galeon á él placia,

porque más aína viniesen navíos para los llevar á todos, pues él, sin

ellos, no habia de salir de aquella isla, y aquel galeon ó carabelon

para todos no bastaba; y, finalmente, con la vista del carabelon, y

con las nuevas que en él vinieron, que Diego Mendez habia llegado en

salvo, quedaron todos algo alegres y consolados, y con esperanza de su

remedio. El Almirante, que deseaba la reversion y reduccion de los que

andaban alzados, por él estar dellos seguro, y porque no alborotasen y

damnificasen las gentes de aquella isla, determinó de hacelles saber lo

que pasaba para que cesasen sus sospechas, rogándoles encarecidamente

tornasen á su obediencia y amor, perdonándoles todo lo que contra

él habian en su rebelion cometido, y ofreciéndoles todo el buen

tratamiento que se les pudiese hacer de su parte; para este mensaje,

nombró dos personas de bien, que que con él estaban, y que con los más

dellos tenian crédito y amistad; y porque creyesen haber venido el

carabelon, les envió parte del tocino, el cual no habian visto hartos

dias, ni pensaron verlo tan presto. Llegados estos dos mensajeros,

salió luégo al camino el Porras, su Capitan, con algunos pocos de los

que más se fiaba, porque no se moviese ni provocase la demas gente

al pesar y arrepentimiento de lo que habian hecho; pero no lo pudo

tanto encubrir, que no entendiesen todos las nuevas de la venida del

carabelon, y de la llegada de Diego Mendez, y de la salud de los que

con el Almirante estaban, y de la renovacion de la esperanza de salir

de aquella isla, con la venida que se esperaba de los navíos, que Diego

de Escobar profirió que vernian por parte del Comendador Mayor. Oida,

pues, su embajada, y despues de muchas consultas de los principales de

quien más se fiaba, en fin, se resolvieron en que no querian fiarse del

Almirante, ni del perdon y promesas que les enviaba, pero que habian

por bien de andarse pacíficamente por la isla, si les prometiese de

darles navío en que se fuesen si dos viniesen, ó si fuese uno sólo que

les diese el medio; y que entre tanto, porque ellos habian perdido

sus ropas y rescates por la mar, partiese con ellos lo que tenia.

Respondiendo los mensajeros no ser aquellas honestas ni razonables

condiciones, los atajaron diciendo, que sino se las concedia por amor

y de su voluntad, que ellos lo tomarian á su pesar y á discrecion; y,

con este recaudo, se vinieron vacíos los mensajeros, quedando diciendo

á su compañía, el Porras y otros, que el Almirante era persona cruel

y vindicativa, y que todos aquellos cumplimientos eran engaños, y que

puesto que no tuviesen temor dél, porque no osaria hacerles daño alguno

por el favor que ellos en la corte tenian, habia razon de temer la

venganza que so color de castigo en los comunes haria; y que por esta

causa Francisco Roldan, y los que le siguieron, cuando se alzaron en

esta isla, no se habian fiado ni de sus ofertas, lo cual les salió

á bien, y fueron tan favorescidos que le hicieron llevar en hierros

á Castilla, y que menor causa ni esperanza tenian ellos para hacer

lo mismo. Y porque la venida de la carabela no moviese los ánimos de

los que consigo tenia, diciendo las nuevas de la llegada de Diego

Mendez y lo demas, decíales que no habia sido carabela verdadera,

sino fantástica, y por nigromancia fabricada, ó que la habia visto el

Almirante y los suyos en sueños, porque el Almirante sabia mucho de

aquellas artes; pues no era cosa creedera, que si fuera carabela no

comunicara con ella la gente que tenia consigo, y no se hobiera tan

presto desaparecido: y corroboraban sus razones con esta, que si fuera

carabela, el Almirante y su hijo y hermano se metieran en ella, y se

fueran, pues tanta necesidad tenian dello. Con estas y otras razones y

persuasiones, los tornaron á afirmar en su rebelion y desobediencia, y

que todos determinasen de ir á los navíos á tomar por fuerza las armas,

y rescates, y lo que más tomar les conviniese, y, sobre todo, prender

al Almirante, hermano é hijo.

CAPÍTULO XXXV.

Averiguada verdad es, y sellada en las Sagradas letras, que cuando

Dios determina de atajar la maldad con presente castigo, permite que

ni basten ruegos, ni ofrecimientos, ni amenazas, para que los malos

se diviertan de sus perversos caminos, sino que, viendo no vean, y

oyendo no oigan, porque incurran en las penas decretadas por el divino

juicio. Así fué de aquestos alzados contra el Almirante, con tanto

escándalo y daño de la gente natural de aquella isla, los cuales,

como hobiesen gravemente ofendido, y cada dia ofendiesen á Dios, así

en la desobediencia contra el Almirante y causándole tantas amarguras

sin razon ni causa justa, mayormente si le habian hecho el juramento

que arriba se dijo, y le hobiesen hecho tantas injurias, y de nuevo

quisiesen hacelle duras injusticias proponiendo de irle á robar lo que

tenia, los indios que mataron á cuchilladas en las canoas, y por toda

la isla violencias y agravios infinitos, los cuales determinó la divina

justicia que no pasasen inpunidos, áun en esta vida, por eso los cegó

y ensordeció Dios, para que ni oyesen ni viesen las ofertas y ruegos

humildes del Almirante, porque padeciesen la caida de su soberbia y

jactura que poco despues les vino. Así que, prosiguiendo su furibunda

y estulta porfía, caminaron la vía de los navíos, y llegando hasta un

cuarto de legua dellos, en pueblo de indios, que llamaban Mayma, donde

despues, algunos años pasados, cuando allí fueron á poblar españoles,

hicieron un pueblo que llamaron Sevilla, sabido por el Almirante con

el propósito que venian, envió á su hermano el Adelantado, para que

con buenas razones pudiese de aquella maldad desviallos, y traellos ó

obediencia y al amor del Almirante; llevó consigo 50 hombres, no del

todo todos sanos, sino algunos flacos, y en lo demas bien armados. Y

como ya llegasen por una ladera un tiro de ballesta del pueblo dicho,

envió á los mismos dos mensajeros que les habia enviado ántes, para

que les persuadiesen y requiriesen con la paz, y que hobiese por bien

Francisco de Porras, su Capitan, que en cosas de concierto y de paz se

hablase; pero como ellos eran muchos más y más sanos, y ejercitados

más en trabajos, por ser marineros, y cognosciesen los que iban con el

Adelantado ser muchos ménos, y gente de palacio, más delicada, y no del

todo bien sanos, elevándose sobre sí en soberbia y menospreciándolos,

porque se cumpliese la escriptura, _ante ruinam exaltabitur cor_, no

dieron lugar que los mensajeros llegasen á hablallos, ántes, todos

juntos, hechos un escuadron, con sus lanzas y espadas desenvainadas,

y con gran grita, clamando «muera, muera», arremetieron á la gente, y

con ella el Adelantado, habiéndose primero juramentado, seis de los

principales, de no se apartar uno de otro, yendo contra la persona

del Adelantado hasta matallo, porque él muerto, de los demas no se

hacia caso. Pero de otra manera les sucedió, de sus pensamientos muy

contraria, porque hallaron en el Adelantado tan buen recaudo, que á

los primeros encuentros cayeron cinco ó seis, y los más dellos fueron

de los juramentados contra el Adelantado. El Francisco de Porras, su

Capitan, que era hombre esforzado, vínose derecho al Adelantado y

tiróle una cuchillada que le hendió toda la rodela hasta la manija y

llegó á herille la mano, y cuando quiso no pudo sacar el espada, y así,

llegaron y lo prendieron, tomándolo á vida; no supe, cuando lo pudiera

saber, qué heridas le hobiesen dado. El Adelantado, que era valentísimo

hombre, da en los demas con mucho ánimo, que en poco espacio fueron

muertos muchos, y, entre ellos, el Juan Sanchez de Cáliz, á quien se

habia soltado el rey Quibia llevándolo preso en la canoa de Veragua, y

un Juan Barba, que fué el primero que se vido cuando se alzaron sacar

contra el Almirante espada. Cayeron algunos otros muy mal heridos; por

manera que fueron todos desbaratados, y, como gente vil y traidores,

volvieron las espaldas. El Adelantado quiso ir en seguimiento dellos,

si algunos de los más honrados que con él fueron no se lo estorbaran

diciendo que aquello bastaba por castigo, y que no convenia llevallo

hasta el cabo; y dejado por esta razon de ir en alcance, volvióse el

Adelantado y los que le ayudaron, con esta victoria, á los navíos,

llevando preso al Francisco de Porras y á otros, donde fueron con

alegría rescibidos del Almirante y de los que con él habian quedado,

y daban gracias á Dios por aquel vencimiento, por el cual tenian por

cierto que todos de la muerte se habian librado, ó de grandes afrentas

y trabajos: y así fueron aquellos, de su soberbia, humillados. De

los del Adelantado, sólo él fué herido, como se dijo, en la mano,

y un maestresala del Almirante, que, de un muy chico bote de lanza

que le dieron en una cadera, murió; no muriendo el piloto Pedro de

Ledesma, de quien dijimos arriba que salió á tierra nadando en Belem ó

saber qué se habian hecho los del pueblo y de la barca, y era de los

alzados, á quien dieron tan terribles heridas, que parece, á hombre,

imposible poderse más fieras ni peores dar. E tenia una en la cabeza,

que se le parecian los sesos, otra en el hombro, que, como perdiz,

le tenian descoyuntado y le colgaba del aslilla todo el brazo, y la

una pantorrilla, á raíz del hueso, desde la corva, cortada y colgando

hasta el tobillo, y el un pié, como quien le pusiera una suela ó

chinela, cortado desde el calcañar hasta los dedos; y así, caido en el

suelo, llegaban los indios del pueblo á él, y con palillos habríanle

las heridas para ver las llagas que hacian las espadas, y cuando le

molestaban decia, «pues si me levanto», y con sólo aquello botaban á

huir como asombrados, y no era maravílla, porque era un hombre fiero y

de cuerpo muy grande, y la voz gruesa. Como era valentísimo, debíase

de defender validísimamente, y por eso pudo ser muchos tener lugar

de así desgarrado. Estuvo aquel dia de la pelea y el siguiente hasta

la tarde, sin que ninguno supiese dél ni le diese una gota de agua,

donde parece ser de subjecto admirable. Sabido en los navíos, fueron

por él, y pusiéronlo allí cerca, en una casa de paja, que sola la

humedad y los mosquitos bastara para matallo; comenzólo á curar un

cirujano, el cual, por falta de trementina, segun la que era menester,

le quemó las heridas con aceite, las cuales fueron muchas más de las

dichas, que juraba el cirujano que cada dia, de los ocho primeros que

le curó, heridas nuevas le hallaba, y finalmente, con todas escapó, y

yo le vide despues desto en Sevilla, sano como si no hobiera padecido

nada, pero no muchos dias pasados, desque yo lo vide, oí decir que lo

habian muerto á cuchilladas. Pasada la pelea, otro dia, lúnes, á 20

de Mayo de 1504, todos los que habian della escapado, viéndose así de

Dios castigados y humillados, enviaron una peticion firmada de todos

al Almirante, confesando en ella todas sus maldades y crueldades, y

la mala intencion con que lo hacian, y suplicándole que, usando con

ellos de misericordia, los perdonase, porque ellos se arrepentian muy

de corazon de su rebelion y desobediencia pasada, y que cognoscian

haberles dado Dios, por ella, el pago, y por tanto querian tornar á

su obediencia, y prometiendo serville fielmente desde adelante; lo

cual, juraban y juraron sobre un crucifijo, y un misal, con pena,

que si lo quebrantasen, que ningun sacerdote ni otro cristiano los

pudiese oir de confesion, y que no les valiese la penitencia, y que

renunciaban los Sanctos Sacramentos de la Iglesia, y que al tiempo de

su muerte no les valiesen bulas ni indulgencias, y que se hiciese de

sus cuerpos como de malos y renegados cristianos, no enterrándolos en

sagrado, sino en el campo, como herejes, y renunciaron y quisieron que

el Sancto Padre no les absolviese, ni Cardenales, ni Arzobispos, ni

Obispos, ni otro sacerdote, etc.: á todas estas execrables penas los

pecadores se obligaron, si este juramento quebrantasen. El Almirante

se holgó de recebillos y perdonallos, con tal condicion, que Francisco

de Porras, su Capitan, quedase siempre en la prision, bien guardado,

como estaba, y porque en los navíos no estarian tanto á su contento,

y porque no faltarian entre los alzados y no alzados, palabras y

resabios, y afrentas, por las culpas perdonadas, y tambien porque era

difícil tanta gente junta estar bien aposentada y proveida de las

comidas necesarias, determinó el Almirante de envialles un Capitan con

rescates, para que anduviesen por la isla, y él los gobernase hasta

tanto que viniesen los navíos que cada dia esperaban, y Dios sabe en

cuánto perjuicio y escándalo de los indios andaban.

CAPÍTULO XXXVI.

Estando las cosas de Jamáica en este dicho estado, y en ella cumplido

un año desque allí llegaron, llegó el navío que Diego Mendez habia

fletado y proveido de lo necesario; vino tambien una carabeleta

con él. Trajo el navío un Diego de Salcedo, criado del Almirante,

que creo tenia en esta ciudad para cobrar sus rentas, con el cual

escribió al Almirante el Comendador Mayor. Quejábase mucho el

Almirante del Comendador Mayor, porque tan tarde le proveyó de navíos,

atribuyéndoselo á industria dolosa, porque allí pereciese, pues en un

año entero nunca fué proveido; y dijo que no lo proveyó hasta que por

el pueblo desta ciudad se sentia y murmuraba, y los predicadores en los

púlpitos lo tocaban y reprendian. Embarcáronse el Almirante y todos

los demas, y hiciéronse á la vela á 28 de Junio de 1504; navegaron con

mucho trabajo por ser los vientos y corrientes contínuamente contrarios

que vienen con las brisas. Llegando á la isleta que llamamos Beata,

que está junto á esta isla, 20 leguas de Yaquimo, que el Almirante

llamaba el puerto del Brasil, pasar desta isleta, para venir á este

puerto de Sancto Domingo, es muy difícil, porque allí son más recias

las corrientes, que acaecia estar un navío detenido allí, sin poder

pasalla, ocho meses. Miéntras estaba forzosamente allí el Almirante

detenido, quiso hacer saber al Comendador Mayor, como iba por deshacer

cuanto en sí era la vehemente sospecha, puesto que vana y frívola, que

dél sentia. La carta envió ó con algun marinero por tierra, que está

desta ciudad cerca de 50 leguas, ó envió delante, que, como más ligera,

pudo pasar las corrientes, la carabeleta. La carta fué del tenor

siguiente:

«Muy noble señor: Diego de Salcedo llegó á mí con el socorro de los

navíos que vuestra merced me envió, el cual me dió la vida y á todos

los que estaban conmigo; aquí no se puede pagar á precio apreciado. Yo

estoy tan alegre, que, despues que le vide, no duermo de alegría; no

que yo tenga en tanto la muerte como tengo la victoria del Rey y de

la Reina, nuestros señores, que han rescebido. Los Porras volvieron á

Jamáica, y me enviaron á mandar que yo les enviase lo que yo tenia,

so pena de venir por ello á mi costa, y de hijo y de hermano y de los

otros que estaban conmigo, y, porque no cumplí su mando, pusieron en

obra, por su daño, de ejecutar la pena; hobo muertes y hartas feridas,

y en fin, nuestro Señor, que es enemigo de la soberbia é ingratitud,

nos los dió á todos en las manos: perdonélos y los restituí, á su

ruego, en sus honras. El Porras, Capitan, llevó á sus Altezas, porque

sepan la verdad de todo. La sospecha de mí, se ha trabajado de matar á

mala muerte, mas Diego de Salcedo todavía tiene el corazon inquieto;

lo por qué, yo se que no lo pudo ver ni sentir, porque mi intencion

es muy sana, y por esto yo me maravillo. La firma de vuestra carta

postrera folgué de ver, como si fuera de D. Diego ó de D. Fernando; por

muchas honras y bien vuestro, señor, sea, y que presto vea yo otra que

diga «el Maestre.» Su noble persona y casa, nuestro Señor guarde. De

la Beata, á donde forzosamente me detiene la brisa. Hoy sábado, á 3 de

Agosto. Fará, señor, vuestro mandado.»

La firma que hacia era desta manera:

S.

S. A. S.

X. M. Y.

Xp̅o̅. ferens.

Dice que Diego de Salcedo, su criado, tenia el corazon inquieto,

porque via que no podia quitar ó matar la sospecha que del Almirante,

su señor, áun se tenia. Lo que dice, que vista la firma de aquella

postrera carta del Comendador Mayor, se habia holgado, díjolo porque

fué la primera, para él, en que habia Comendador Mayor, como ántes

Comendador de Lares firmase y fuese; parece que entónces le llegó la

nueva de como le habian hecho los Reyes Comendador Mayor. Finalmente,

llegó á este puerto y ciudad de Sancto Domingo á 13 dias de Agosto del

dicho año de 1504. Salióle á rescibir el Comendador Mayor con toda

la ciudad, haciéndole reverencia y fiesta. Dejóle su casa en que se

aponsetase, y allí le hizo servir muy complidamente. Quejóse mucho

dél el Almirante, porque con todas estas obras que mostraban amistad

y benevolencia, le hizo muchos agravios y obras que tuvo el Almirante

por afrentas; y así, creia que todos los cumplimientos que con él hacia

eran hechos fingidamente. Uno fué, que, trayendo él preso al Francisco

de Porras, Capitan de los alzados, y teniéndolo en el navío en hierros,

lo hizo sacar y quitalle las prisiones y ponello en libertad en su

presencia. Intentó eso mesmo de castigar á los que habian sido con

el Almirante, y tomado armas para su defensa, y prendido á aquel, y

á los otros herido y muerto, y de cognoscer destas causas y delitos

que en aquel viaje y armada se habian hecho, no perteneciéndole á

él, sino al Almirante, como á Capitan general della, aquel juicio.

Presentaba el Almirante sus provisiones, y no las admitia ni cumplia,

diciendo que aquellas no se entendian hablar con él; y, diz que, todo

esto hacia el Comendador Mayor con falsa disimulacion y risa. Duraron

estas vejaciones hasta tanto que se adobó aquel navío que los trujo de

Jamáica y se fletó una nao en que el Almirante y su hermano, y hijo y

criados, fuesen á Castilla; toda la otra gente se quedó en esta isla, y

desta pasaron algunos á la de Sant Juan, cuando fueron á poblalla, ó,

por mejor decir, destruilla. Hízose á la vela en 12 dias de Setiembre

del mismo año de 1504, y luégo, en saliendo deste rio, á dos leguas,

se rajó al navío el mástel, á raíz de la cubierta, por lo cual el

Almirante lo mandó volver á este puerto, y prosiguió él su viaje en la

nao; y habiéndoles hecho buen tiempo hasta cuasi el tercio del golfo,

dióles una tan terrible tormenta que se vieron en gran peligro de

perderse. Un sábado, 19 de Octubre, siendo ya la tormenta cesada, y

ellos con algun sosiego, vínoseles todo el mástel abajo, hecho cuatro

pedazos, pero el esfuerzo del Adelantado y la industria del Almirante,

aunque por la gota en la cama muy fatigado, lo remediaron, haciendo

un mastelete de la entena, engrosando y fortaleciendo la mitad della

con las latas y madera de los castillos que deshicieron. Quebróseles

despues, en otra tormenta que padecieron, la contramesana, por manera

que parecia perseguir al Almirante muy particularmente la fortuna, sin

dalle algun descanso, para que toda su vida fuese trabajos y angustias.

Navegó de aquesta manera 700 leguas, y al cabo, por la voluntad de

Dios, llegó y entró en el puerto de Sant Lúcar de Barrameda, y de allí

fué á parar y descansar por algunos dias en Sevilla.

CAPÍTULO XXXVII.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 14 / 37 段