Despachados aquellos dos Capitanes de las canoas, y partidos de Jamáica

en demanda desta isla, como dicho queda, los españoles que quedaban

comenzaron á enfermar, por los grandes trabajos que habian en todo el

viaje padecido; allegóse tambien la mudanza de los mantenimientos,

porque ya no tenian cosa que comiesen de las de Castilla, mayormente

no bebiendo vino, ni tenian tanta carne cuanta ellos quisieran, que

era la de aquellas hutias, y otros refrigerios que habian menester que

les faltaban. Los que dellos estaban sanos, tener aquella vida sin

esperanza de salir della presto, y tambien por estar inciertos del

cuándo saldrian, érales intolerable y cada hora se les hacia un año,

y, como estaban ociosos, de otra materia contínuamente no hablaban,

teniéndose por desterrados y de todo remedio alongados; de aquí pasaban

á murmurar del Almirante, diciendo que él no queria ir á Castilla, como

si le vieran que se estaba en grandes deleites recreando, padeciendo

como ellos las mesmas necesidades y enfermedad de gota de que por todos

los miembros era atormentado, que no podia mudarse de una cámara, y

hartas otras miserias y angustias que lo cercaban. Y alegaban que los

Reyes lo habian desterrado, y tampoco podia entrar en la Española,

como paresció, cuando llegó á este puerto, de Castilla, le fué vedado

que en él entrase, y que los que habia enviado en las canoas iban á

negociar sus cosas y no para traer ó enviar navíos y socorro para que

saliesen de aquella isla que tenian ellos por cárcel, y él no, sino

que de voluntad se queria estar allí, en tanto que aquellos con los

Reyes negociaban, y que si este artificio no hobiera, el Bartolomé

Flisco hobiera ya vuelto, segun que se habia ya publicado. Dudaban

tambien si hobiesen llegado á esta isla ó perecido en la mar, como

fuesen á tanto peligro, en aquellas canoas, tan luengo viaje, lo cual

si así acaeciese, nunca sería posible tener algun remedio, si ellos

por sus personas no lo procurasen, porque el Almirante no curaba de

buscarlo, por las razones dichas, y tambien porque, aunque quisiese,

no podia ponerse á algun peligro, por la gota que, como dicho es, lo

atormentaba, y que debian procurar pasar á esta isla, pues que estaban

sanos, ántes que como los otros enfermasen; no dejando de parlar más

adelante, conviene á saber, que ellos, en esta isla puestos, serian

mejor rescebidos del Comendador Mayor, cuando en más peligro al

Almirante dejasen, por estar el dicho Comendador Mayor mal con él: y

esta parece ser malévola invencion dellos, porque no es de creer que el

Comendador Mayor quisiese tanto mal al Almirante, y no ménos creible

es que el Almirante no le hobiese dado á ello jamás causa. Añadian

más, que idos á España, hallarian al obispo D. Juan de Fonseca, que

los libraría de cualquiera pena por desfavorecer al Almirante. Otras

razones harto maliciosas y dígnas de buen castigo alegaban, para se

persuadir á rebelion unos á otros, afirmando que siempre la culpa se

imputaria al Almirante, como lo habia sido en lo desta isla, cuando

las cosas de Francisco Roldan, y que ántes lo tomarian los Reyes por

achaque para quitalle lo que lo quedaba, y no guardalle cosa de los

privilegios que le habian dado. Estas y otras razones daban y conferian

entre sí; de los cuales fueron, de los principales, dos hermanos

llamados Porras, el uno que habia ido por Capitan de un navío de los

cuatro, y el otro por Contador de toda el Armada. Conjuráronse con

ellos 48 hombres, levantando por Capitan al un Porras; concertaron que,

para cierto dia y hora, todos estuviesen, con sus armas, aparejados.

Este dia fué á 2 de Enero de 1504 años, por la mañana: el Capitan

Francisco de Porras subió á la popa del navío, donde el Almirante

estaba, y dijo muy desatinadamente: «parécenos, señor, que no quereis

ir á Castilla, y que nos quereis tener aquí perdidos.» Y como el

Almirante oyese palabras de tan poca reverencia y con insolencia

dichas, y no acostumbradas, sospechando lo que podia ser, disimulando

la desvergüenza, con blandura respondióle: «ya veis la imposibilidad

que todos tenemos para nuestro pasaje, hasta que los que envié en las

canoas nos envien navíos en que vayamos, y Dios sabe cuánto yo lo

deseo, más que ninguno de los que aquí estamos, por mi bien particular

y por el de todos, pues estoy obligado á dar cuenta á Dios y á los

Reyes por cada uno; y ya sabeis que os he juntado muchas veces para

platicar en nuestro remedio, y á todos no ha parecido algun otro, pero,

si otra cosa os parece, juntaos y de nuevo se platique, y determínese

tomar el medio que mejor pareciere.» Respondió el Porras, que ya no

habia necesidad de tantas pláticas, sino que ó se embarcase luégo, ó

se quedase con Dios, y volvió las espaldas, con alta voz diciendo:

«porque yo me voy á Castilla con los que seguirme quisieren.» Entónces,

todos los conjurados con él, como estaban apercibidos, dijeron á voces:

«yo con él, yo con él, yo con el»; y saltando unos por una parte,

y otros por otra, tomaron los castillos y gabias, con sus armas en

la mano, sin tiento ni órden, clamando unos, «¡mueran!» otros, «¡á

Castilla!» y otros, «señor Capitan, ¿qué haremos?» Entónces, oyendo

tal barbarismo, el Almirante que estaba en la cama tullido de la gota,

pensando aplacallos, salió de la cama y cámara, cayendo y levantando,

pero tres ó cuatro personas de bien, criados suyos, arremetieron

y abrazáronse con él, porque la gente desvariada no lo matase, y

metiéronlo por fuerza en su cámara. Tornaron tambien al Adelantado,

que como valiente hombre, se habia puesto á la fresada, que es la viga

ó palo que atraviesa toda la nao junto á la bomba, con una lanza, y

por fuerza se la quitaron y metieron con su hermano en la cámara,

rogando al capitan Porras que se fuese él con Dios y no permitiese mal

de que á todos cupiese parte. Y que bastaba que para su ida no habia

quién lo estorbase, pues, siendo causa de la muerte del Almirante, no

podia ser que no hobiese sobre ella gran castigo, sin que aventurasen

ellos á conseguir por ella provecho alguno. De manera que, siendo

algo aplacado el alboroto, tomaron los conjurados hasta 10 canoas de

las que el Almirante á los indios habia comprado, en las cuales se

embarcaron con tanto regocijo y alegría, como si ya desembarcaran en

Sevilla; lo cual no hizo poco daño á los demas que no tuvieron parte en

la rebelion, porque viéndose quedar allí enfermos como desmamparados,

yéndose los que estaban sanos, crescióles la tristeza, y angustia,

y el ánsia de salir de allí, que de súbito arrebataban su hato y se

metian con ellos en las canoas, como que consistiera en sólo aquello

salvarse. Esto se hacia viéndolo y llorándolo todo, y á sí mismos y al

Almirante, aquellos muy pocos fieles que hobo de sus criados, y los

muchos enfermos que quedaban, los cuales perdian del todo la esperanza

de ser remediados; ninguna duda se tuvo, sino que si todos estuvieran

sanos, pocos ó ninguno dellos quedara. Salió el Almirante como pudo

de la cámara, y como mejor pudo, con dulces palabras, diciendo que

confiasen en Dios, que lo remediaria, y que él se echaria á los piés

de la Reina, su señora, que les galardonase muy bien sus trabajos,

y más aquella su perseverancia. El Porras con sus alzados, en las

canoas, tomaron el camino de la punta oriental de aquella isla, de

donde se habian partido Diego Mendez, y Bartolomé Flisco y los demas.

Por donde quiera que pasaban perpetraban mil desafueros y daños á los

indios, tomándoles los mantenimientos por fuerza, y todas las otras

cosas que les agradaban, diciendo que fuesen al Almirante que se las

pagase, y que sino se las pagase que lo matasen, porque, matándolo,

harian á sí mismos gran provecho, y excusarian que él á ellos no los

matase, como habia muerto á los indios desta isla y de la de Cuba, y á

los de Veragua, y que con este propósito para poblar allí se quedaba.

Llegados á la punta, con las primeras calmas acometieron su pasaje

para esta isla, con los indios que pudieron haber para remar en cada

canoa; pero como los tiempos no estuviesen bien asentados, y las canoas

llevasen muy cargadas, y, áun no andadas cuatro leguas, comenzase el

viento á turbarlos, y las oletas á los remojar, fué tanto su miedo,

que acordaron de se tornar, y porque áun no cognoscian el peligro de

las canoas para españoles, cuando vieron que el agua les entraba,

tomaron por remedio alivianarlas, y echar cuanto en ellas traian,

salvo una poquilla de comida y agua para tornarse, y solas las armas;

y porque el viento arreció, y la mar los mojaba más, pareciéndoles

estar en algun peligro, para aplacar á Dios y que los librase, acuerdan

con su devocion ofrecerle un sacrificio agradable, y éste fué echar

todos los indios que, les remaban á la mar, matándolos á cuchilladas.

Muchos dellos, viendo las espadas y la obra que pasaba, se lanzaron

á la mar, confiados de su nadar, pero despues de mucho nadar, dello

muy cansados, llegábanse á las canoas, para, asiéndose del bordo,

descansar algo; cortábanles con las espadas las manos y les daban

otras crueles heridas, por manera, que mataron 18, no dejando vivos

sino cual y cual, que las canoas les gobernasen, porque ellos no las

supieran gobernar: porque sino fuera por aquel interese propio, ningun

indio escapara que no lo mataran, en pago del buen servicio que los

hacian y habellos metido por fuerza ó por engaño, para servirse dellos

en aquel viaje. Vueltos á tierra, hobo entre ellos diversos pareceres

y votos, decian unos que sería mejor pasarse á la isla de Cuba, y que

tomarian los vientos Levantes y las corrientes á medio lado, y desde

allí atravesarian á esta isla, tomando el cabo de Sant Nicolás, que

no está de la punta ó cabo de Cuba, segun se ha dicho, 18 leguas;

otros afirmaban ser mejor volverse á los navíos y reconciliarse con el

Almirante, ó tomalle por fuerza lo que le quedaba de armas y rescates;

otros fueron de parecer, que ántes que cosa de aquellas se atentase,

debian esperar otra bonanza de calmas, para tornar otra vez á acometer

aquel pasaje, y en este asentaron. Estuvieron esperando las calmas

en el pueblo que estaba cerca de la punta, más de un mes, comiendo y

destruyendo toda la tierra comarcana, y, en fin, se embarcaron con

bonanza, y salieron una vez á la mar, y tornaba el viento á avivar, y

tornáronse; salieron otra vez, y de miedo, tambien se tornaron, y así,

viéndose desesperados de la pasada, dejaron las canoas y volviéronse

al pueblo muy desconsolados, y de allí, de pueblo en pueblo, unas veces

comiendo por rescatar, otras tomándolo aunque á los indios pesaba,

segun el poder ó resistencia en los pueblos y señores dellos hallaban.

CAPÍTULO XXXIII.

Despues que los alzados se fueron y andaban ocupados en la porfía de su

pasaje, procuró el Almirante de curar los enfermos que con él quedaban,

y en cuanto le era posible consolallos; trabajaba tambien de que se

conservase con los indios la paz y amistad, porque, con ella y con los

rescates, fuesen todos los españoles proveidos de mantenimientos, como

los indios lo hacian sin faltar, y así convalecieron los enfermos, y

los indios, por algunos dias, en las provisiones que solian traer,

perseveraron. Pero como los indios nunca tengan ni trabajen tener más

mantenimientos de los que les son necesarios, y hacer más de aquellos

tengan por trabajo, y los españoles gasten, y áun desperdicien más en

un dia que ellos comen en diez y en quince, y D. Hernando dice que en

diez y siete, hacíaseles carga no chica sustentarlos, como de ántes,

con abundancia; y así, acortábaseles la comida y no tenian tanto.

Allegóse á esto, ver como parte no chica de los españoles habian

alzádose contra el Almirante, y que los mismos los habian exhortado que

lo matasen, porque no queria quedar á poblar allí sino para matallos;

comenzaron á tenerlo en poco y á los que con él quedaron, por todo

lo cual, cada dia, en traer bastimentos aflojaban. De donde sucedió

verse no en poco aprieto y trabajo, porque, para se lo tomar por

fuerza, era menester salir todos con armas y por guerra, y dejar sólo

al Almirante; pues dejallo sólo á su voluntad, era padecer necesidad

grande, y que á poder de mucho rescate no pudieran remediarse. Plugo

á Dios, que los proveyó por nueva manera, con cierta industria del

Almirante, que lo que hobiesen menester no les faltase. Cuéntalo de

esta manera D. Hernando: que sabia el Almirante, que, desde á tres

dias, habia de haber eclipse de la luna, y envió á llamar los señores

y Caciques, y personas principales de la comarca, con un indio que

allí tenia desta isla, ladino en nuestra lengua, diciendo que les

queria hablar largo. Venidos un dia ántes del eclipse, díjoles que

ellos eran cristianos y vasallos y criados de Dios, que moraba en el

cielo, y que era señor hacedor de todas las cosas, y que á los buenos

hacia bien, y á los malos castigaba, el cual, visto que aquellos de

nuestra nacion se habian alzado, no habia querido ayudarles para que

á esta isla pasasen, como habian pasado los que él habia enviado;

ántes habian padecido, segun era en la isla notorio, grandes peligros,

pérdidas de sus cosas, y trabajos. Y lo mismo estaba enojado Dios

contra la gente de aquella isla, porque en traerles los mantenimientos

necesarios por sus rescates habian sido descuidados, y, con este enojo

que dellos tenia, determinaba de castigallos, enviándoles grande hambre

y hacelles otros daños; y que, porque por ventura no darian crédito á

sus palabras, queria Dios que viesen de su castigo en el cielo cierta

señal, y porque aquella noche la verian, que estuviesen sobre el aviso

al salir de la luna, y verian como salia muy enojada, y de color de

sangre, significando el mal que sobre ellos queria Dios envialles.

Acabado el sermon fuéronse todos; algunos con temor, otros quizá

burlando. Pero como, saliendo la luna, el eclipse comenzase, y cuanto

más subida fuese mayor el amortiguarse, comenzaron los indios á temer,

y tanto les creció el temor, que venian con grandes llantos, dando

gritos, cargados de comida á los navíos, y rogando al Almirante que

rogase á su Dios que no estuviese contra ellos enojado, ni les hiciese

mal, que ellos, de ahí adelante, traerian todos los mantenimientos que

fuesen menester para sus cristianos. El Almirante les respondió, que

él queria un poco hablar con Dios; el cual se encerró, entre tanto que

el eclipse crescia, y ellos daban gritos llorando é importunando que

los ayudase, y desque vido el Almirante que la creciente del eclipse

era ya cumplida, y que tornaria luego á menguar, salió diciendo que

habia rogado á Dios que no les hiciese el mal que tenia determinado,

porque le habia prometido de parte dellos, que de allí adelante

serian buenos, y tratarian, y proveerian bien á los cristianos, y que

ya Dios los perdonaba, y, en señal dello, verian cómo se iba quitando

el enojo de la luna, perdiendo la color y encendimiento que habia

mostrado. Los cuales, como viesen que iba menguando y al cabo del todo

se quitaba, dieron muchas gracias al Almirante, y maravillándose y

alabando las obras del Dios de los cristianos, se volvieron con grande

alegría todos á sus casas, y, allá llegados, no fueron negligentes

ni olvidaron el beneficio que creian haberles hecho el Almirante,

porque tuvieron grande cuidado de los proveer de todo lo que habian

menester con abundancia, loando siempre á Dios, y creyendo que les

podia hacer mal por sus pecados, y que los eclipses que otra vez habian

visto, debia ser como amenazas y castigo, que, por sus culpas, Dios

les enviaba. Tornando al propósito de la historia, como despues de

partidos Diego Mendez y Bartolomé Flisco, en las dos canoas, hobiesen

pasado ocho meses sin que hobiesen tenido nuevas de haber á esta isla

allegado, ó si fuesen muertos ó vivos, la gente que con el Almirante

quedó, que no se habia alzado, estaban con gran pena y cuidado, cada

hora haciéndoseles un año, y por tanto crecíales la impaciencia de

estar allí aislados, y estaban como desesperados. Sospechaban siempre

lo peor, como los que en angustias y trabajos muchos dias están

ejercitados, si Dios no les provee de algun consuelo interior con que

puedan sobrellevados; y así, unos decian que ya eran anegados en la

mar, otros que los indios los habian muerto en esta isla cuando por

alguna parte della pasasen, otros que de enfermedad y trabajo ó hambre

habrian perecido en el camino, como fuese tan largo y de mar trabajosa,

con vientos y corrientes, y de tierra muchas sierras ásperas.

Añadíase á la sospecha, que afirmaban los indios haber visto un navío

trastornado que lo llevaban las corrientes por la costa de Jamáica

abajo; lo cual, por ventura, fué industria y nueva que sembraron los

alzados, para quitar del todo la esperanza de remedio á los que con

el Almirante habian quedado. De manera que, teniendo casi por cierta

la imposibilidad de ser remediados, un maestre Bernal, boticario

valenciano, y unos dos compañeros, llamados Zamora y Villator, con

todos los demas que habian quedado enfermos, en mucho secreto hicieron

otra conjuracion para hacer lo mismo que los primeros; pero Nuestro

Señor tuvo por bien de proveer y obviar al peligro grande que deste

segundo levantamiento se le habia de recrecer al Almirante, y á sus

hermanos, y criados, y remediólo la divina Providencia con llegar un

carabelon que envió el Comendador Mayor, Gobernador desta isla, el cual

llegó una tarde cerca de donde los navíos encallados estaban. Vino en

él un Capitan, un Diego de Escobar, muy conocido mio, que habia sido

de los que en los tiempos de Francisco Roldan con él se habian, contra

el Adelantado, alzado; á este Diego de Escobar envió, porque sabia de

cierto que no se habia de hacer con el Almirante, porque le habia sido

enemigo por las cosas pasadas. Mandóle que no se llegase á los navíos

ni saltase en tierra, ni tuviese ni consintiese tener plática con

alguno de los que estaban con el Almirante, ni diese ni tomase carta.

No lo envió sino á ver qué disposicion tendria el Almirante y los que

con él estaban; el Almirante, quejándose dél, dijo que no lo envió á

visitar sino para saber si era muerto. Dejó el carabelon en la mar,

apartado, y saltó en la barca el Diego de Escobar, y llegó á echar una

carta del Comendador Mayor para el Almirante, y apartó la barca luégo,

y, desde léjos, dijo de palabra que el Comendador Mayor lo enviaba á

visitar de su parte, y que se le encomendaba mucho, pesándole de sus

trabajos, y porque no le podia enviar recaudo de navíos tan presto,

para en que fuese su persona y los demas, se sufriese hasta que se lo

enviase; presentóle un barril de vino y un tocino para entre tanto:

y desto me espanto, por ser el Comendador Mayor tan prudente y no

escaso, que no fuese en le enviar refresco más largo. Apartóse luégo

la barca, y fuése al galeon. Todos estos reguardos estimo que hizo y

mandó hacer el Comendador Mayor, porque como habia en esta isla de los

que habian sido sus criados, y de sus amigos, y tambien de los que le

habian sido rebeldes y enemigos, temia que por cartas ó por su persona,

siendo presente, hobiese algun escándalo en la tierra; el Almirante,

ó al ménos sus deudos, atribuíanlo á otro mal fin, conviene á saber,

á que muriese en Jamáica el Almirante, porque si fuese á Castilla los

Reyes le restituirian en su estado pristino, y entónces quitársele ya

la gobernacion desta isla y destas Indias. Esta intencion haber tenido

el Comendador Mayor, afirmar yo, cierto, no osaria, como quiera que

fuera malísima, y en la verdad, hablando más claro, todavía se tenia

la opinion que yo siempre tuve por falsa y maliciosamente fingida, ó

que contra el Almirante se envió por sus enemigos, conviene á saber,

que se queria alzar contra los Reyes y dar estas Indias á ginoveses,

ó á otra nacion fuera de Castilla, y á esto parece que el Comendador

Mayor proveia; pero si así fué, harto claro se muestra no haber razon

tan aparente para que tal sospecha se tuviese. Y desto se queja mucho

el Almirante á los Reyes en la carta que les escribió de Jamáica, donde

dice: «¿Quién creerá que un pobre extranjero se hobiese de alzar en tal

lugar contra Vuestras Altezas, sin causa y sin brazo de otro Príncipe,

y estando sólo entre sus vasallos y naturales, y teniendo todos mis

hijos en su real corte?» Estas son sus palabras y razones, las cuales,

cierto, no son frívolas.

CAPÍTULO XXXIV.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 13 / 37 段