No sin gran cuidado, sospecha y angustia estaba el Almirante viendo que

habia diez dias que la barca enviara, y que della ni de los del pueblo

sabia cosa ninguna, temiendo tambien su gran peligro, por el lugar, tan

ajeno de seguridad, donde tenia su nao y los otros navíos, mayormente

careciendo de su barca, que, como queda dicho, es uno y quizá el sumo

de los peligros. Esperaba que amansase la mar para enviar otra barca,

que supiese la causa de la tardanza de la primera, y tambien saber de

la disposicion de los del pueblo, temiendo siempre no les hobiese algo

adverso acaecido. Sobrevínole otro dolor que acrecentó los cuidados

que ántes tenia; que los hijos y deudos del rey Quibia, que estaban

presos en uno de los dos navíos para llevarlos á Castilla, se soltasen

por gran maravilla. La industria que tuvieron para se soltar, fué

aquesta: como los encerraban de noche debajo de cubierta, y cerraban el

escotilla (que es la boca cuadrada, de obra de cuatro palmos en cuadro,

con su cobertura, y por encima della echan una cadena con su candado y

llave, de manera, que es como si metiesen los hombres en un pozo ó en

una sima, y los tapasen con cierta puerta con su llave por encima); en

aquel navío, y comunmente en los grandes, la escotilla está más alta

que un estado, y algunas veces que dos, y como los indios no podian

alcanzar á lo alto de la escotilla, llegaron muy sotilmente muchas

piedras, del lastre del navío, en derecho de la boca del escotilla,

de que hicieron un monton, cuanto los pudo levantar á que alcanzasen

arriba, y porque dormian ciertos marineros encima de la escotilla, no

echaban la cadena, porque les lastimara si la pusieran: júntanse todos

los indios una noche, y, con las espaldas afirmando por debajo, dan

un gran rempujon, que dieron con la escotilla, y con los marineros

que dormian encima, de la otra parte del navío, y saltando muy de

presto, dieron consigo en la mar, los principales de todos ellos, pero

acudiendo la gente del navío al ruido, muchos dellos, no tuvieron lugar

de saltar, y así, cerrando prestamente la escotilla los marineros,

echaron la cadena, y quedaron debajo los tristes, los cuales, viéndose

desesperados, y que ya no podian tener remedio para escaparse de las

manos de los españoles, y que nunca verian ya sus mujeres y hijos, ni

se verian en libertad, con las cuerdas que pudieron haber, los hallaron

por la mañana todos ahorcados, teniendo los más dellos los piés y las

rodillas por el plan, que es por las postreras tablas del navío, y

por el lastre, que son las piedras que están sobre ellas, porque no

habia tanta altura para poderse ahorcar, y, en fin, desta manera se

ahorcaron, y así, de los presos de aquel navío, ninguno se escapó de

muerto ó huido. Todo esto dice D. Hernando, de donde parece que más

presos debian tener en los otros navíos. Dice más D. Hernando: «que,

aunque la falta de aquellos muertos é idos no hiciese en los navíos

mucho daño, parecia que, demás de acrecentarse las desdichas, podria á

los de tierra recrecerse, que, porque quizá el Cacique ó señor Quibia,

por razon de haber sus hijos, holgara de tomar paz con los cristianos,

y viendo que no habia prenda por quien temer, les haria más cruda

guerra.» Por lo cual parece la poca cuenta que D. Hernando hace de los

crímenes que allí se hicieron, prendiendo tan injustamente aquella

gente, y de haber sido causa de que aquellos tristes se ahorcasen, y

de tan grande escándalo como quedó por toda aquella tierra, é infamia

del nombre cristiano. Y es aquí de no pasar sin hacer alguna reflexion,

y considerar qué aparejo hallaran los predicadores del Evangelio,

que despues á predicar por ella fueran, y qué fama de cristianos;

y si fueran culpables, porque á todos los mataran, no queriendo, y

aborreciendo oir nuevas ni palabras de Jesucristo, por ser Dios de

los cristianos. Tambien se considere aquí, si Quibia, rey de aquella

tierra, tuvo derecho y justicia de hacer la guerra que hizo á los

del pueblo y á su Capitan, el Adelantado. Item, si era maravilla

que ocurriesen las desdichas que D. Hernando dice, al Almirante y á

toda su compañía, y que todos los elementos y cielos, y lo que en

ellos se contiene, le fuesen contrarios, haciendo él y los suyos á

aquellas gentes inocentes, que nunca le hicieron injuria ni daño, tan

irreparables daños y execrables injurias é injusticias. Tornemos al

hilo de lo que refiere D. Hernando. Como el Almirante y los que con él

estaban, con tantos adversos acaecimientos y sospechas estuviesen tan

atribulados y á merced de las amarras, que era, como dicho es, grande

peligro, sin saber de la barca y de los del pueblo, no faltó quien

se ofreciese á decir, que, pues aquellos indios, por sólo salvar sus

vidas, se habian atrevido á echarse á la mar, estando más de una legua

de tierra, que ellos, por salvarse á sí y á tanta gente, se atreverian

á salir á nado, si con una barca que quedaba los llevasen hasta donde

las ondas no reventaban. Visto por el Almirante la buena voluntad y

ánimo de aquellos marineros, holgóse mucho, y aceptó su ofrecimiento;

mandó que fuese la barca y los llevase hasta un tiro de escopeta, de

tierra, porque sin gran peligro no podia llegarse más cerca de la

tierra, por las grandes ondas que en la playa reventaban. Desde allí,

Pedro de Ledesma, piloto de Sevilla, de que arriba hemos hecho mencion,

fué el que osó echarse á nado, y, con varonil ánimo, cuándo encima y

cuándo debajo de los andenes, ó rengleras de las ondas de la mar, que

iban reventando, hobo de salir á tierra, donde supo el estado todo de

la gente, y como afirmaban generalmente, que ningunos quedarian en

ella tan vendidos y á tanto peligro, sin remedio, como allí estaban,

y por esta causa suplicaban al Almirante que no se partiese sin

recogerlos, porque era dejallos condenados á la cierta muerte, si

allí los dejaba, los cuales ninguna cosa trataban sino de aparejarse,

para en ablandando el tiempo meterse en algunas canoas que tenian de

indios, é irse á los navíos, porque con sola una barca que les habia

quedado no lo podian hacer; y protestaban, que si el Almirante no lo

hiciese, que ellos se meterian en el navío que les quedaba, y se irian

por esa mar, poniéndose á cualquiera peligro, donde la ventura los

echase, y no faltaban ya entre ellos algunos motines y desobediencias

al Adelantado y á los otros Capitanes. Con estas nuevas, y respuesta ó

disposicion dellos, se volvió como vino aquel piloto, Pedro de Ledesma,

nadando, á la barca que por allí le esperaba, y lo tomaron, y fué á dar

relacion de todo lo que pasaba al Almirante. Sabido por el Almirante el

desbarate y muertes de los que perecieron en la barca, y la indignacion

de los indios contra ellos, y que no se podia fácilmente aplacar como

estuviesen tan lastimados y agraviados, la disposicion y propósito de

no querer quedar los Españoles, que le movió principalmente más que

otro de los dichos inconvenientes, determinó de los recoger, aunque

no sin gran peligro, por tener los navíos en costa tan brava, sin

algun abrigo ni esperanza de salvarse á sí y á ellos, si el tiempo

más arreciara. Quiso Dios, por su bondad, que dentro de ocho dias que

allí estuvo, á beneficio sólo de las amarras, el tiempo abonanzó, y

los de tierra, con su barca y con dos canoas grandes, atadas una con

otra porque no se trastornasen, pudieron comenzar á recoger sus cosas,

procurando cada uno de no se dormir para el embarcar; y así, en obra

de dos dias, no quedó cosa en tierra de cuanto tenian, si no fué el

casco del navío, que por la mucha bruma estaba innavegable. Todos así

embarcados, se hicieron á la vela en los tres navíos, tomando el camino

por la costa arriba del Levante; llegaron á Bel puerto, y allí fueron

forzados á desmamparar el un navío, por la mucha agua que hacia, que no

podian vencer ni agotar. De allí pasaron arriba del puerto del Retrete,

á una tierra que tenia junto muchas isletas, que el Almirante llamó las

Barbas, y creo que hoy es el que pintan en las cartas el golfo de San

Blás; y cuando no nos cataremos, estos que hacen cartas les pornán de

Sant Nicolás, segun cada dia se escriben novedades. Pasaron más diez

leguas adelante, y aquí fué lo postrero que de tierra firme vieron,

y aquí la dejaron. De lo cual parece que no puso el Almirante nombre

al puerto que hoy llamamos de Cartagena, segun algunos han dicho; lo

uno, porque de donde dice D. Hernando que dejaron la tierra firme al

puerto de Cartagena hay buenas 60 leguas, lo otro, porque es claro que

si allí hobieran llegado, y pusiera nombre puerto de Cartagena á aquel

puerto, como fuese cosa harto señalada, que, pues decia otros nombres

que ponia el Almirante á lugares no tan principales, D. Hernando este

no callara. Yo creo que aquel nombre debió poner Rodrigo de Bastidas, y

Juan de la Cosa, ó quizá Cristóbal Guerra, que fueron los que aquella

tierra, primero que otros, descubrieron y cognoscieron, y tambien la

escandalizaron. Dejada, pues, la tierra firme, 1.º de Mayo de 1503,

volvieron la vía del Norte, para tomar la isla Española, y á cabo de

diez dias, ó á 10 del dicho mes, fueron á dar sobre dos isletas, que

ellas llenas, y la mar en rededor della, eran cuajadas de tortugas,

que parecia todo unos peñascales, por cuya causa les puso el Almirante

por nombre las Tortugas. Estas isletas, son las que hoy llaman en las

cartas del marear, los Caimanes que están, al Poniente, 25 leguas

ó poquitas más, de Jamáica, y 45 al Sur de la isla de Cuba, porque

en todo aquel camino que el Almirante agora anduvo no hay otras.

Yendo todavía el camino del Norte, adelante de las isletas dichas,

30 leguas, fueron á surgir al Jardin de la Reina, que son un gran

número de isletas, juntas á la isla de Cuba por la parte del Sur ó

Mediodia. Estando allí surtos, casi á 10 leguas de Cuba, con mucha

hambre y trabajo porque no tenian que comer sino bizcocho y algun

aceite, y muy poco vinagre, trabajando de dia y de noche, con tres

bombas, echando agua fuera, porque se iban los navíos á fondo, comidos

de bruma, sobrevínoles una noche tan grande tormenta, que garró el un

navío sobre el del Almirante, que es arrastrar las anclas, y juntarse

un navío sobre otro, que hizo pedazos toda la proa, y á sí mismo, el

navío, la popa; rompiéronse los cables ó maromas de las anclas, y fué

grande el peligro y riesgo que padecieron aquella noche. Salieron de

allí, é llegáronse á la tierra de Cuba, y aportaron á un pueblo de

indios, llamado Macáca, la media sílaba luenga, donde tomaron refresco

de caçabí, y otras cosas que los indios les dieron, creo que de buen

grado, porque tal era la gente de aquella isla, no ménos que las otras.

Salidos de allí, fueron en demanda de la isla de Jamáica, porque los

vientos y corrientes no los dejaban ir á la Española; iban los navíos

tan abiertos, que se les iban al fondo, que por ninguna fuerza ni

industria bastaba á vencer el agua con tres bombas cada navío, y en

alguno llegaba el agua cerca de la cubierta. La víspera de Sant Juan

llegaron á un puerto de Jamáica, llamado Puerto Bueno, y aunque bueno

para contra la tormenta de la mar, pero malo para se mamparar de la

sed y de la hambre, porque ni agua ni poblacion de indios alguna

tenia. Pasado el dia de Sant Juan partieron para otro puerto, llamado

Santa Gloria, con el mismo peligro y trabajo, en el cual entrados, no

pudiendo ya más sostener los navíos, encalláronlos en tierra lo más

que ser pudo, que seria un tiro de ballesta della, juntos el uno con

el otro, bordo con bordo; y con muchos puntales, de una parte y de

otra, los firmaron de tal manera, que no se podian mover, los cuales

se hinchieron de agua casi hasta la cubierta, sobre la cual, y por

los castillos de popa y proa, se hicieron estancias donde la gente se

aposentase.

CAPÍTULO XXX.

Puestos sus navíos así á recaudo, y haciendo dellos su morada, luego

los indios, que era buena gente y mansa (éstas son palabras de D.

Hernando, que allí estaba), vinieron en sus canoas á venderles de

sus cosillas é bastimentos, con deseo que tenian de haber de las de

Castilla, y, porque no hobiese debates ó rencillas entre los españoles,

por las compras, y unos tomasen más de lo que habia menester, y á otros

faltase lo necesario, constituyó el Almirante dos personas que tuviesen

cargo de la compra ó rescate de lo que los indios trujesen, y que cada

tarde, por sus suertes, dividiesen por la gente de los navíos lo que

hobiesen aquellos rescatado, porque ya en los navíos no tenian cosa con

que se mantener. Habiánseles gastado los bastimentos, dellos que habian

comido, dellos que se les habian podrido, y dellos que se perdieron

al embarcar con la prisa en el rio de Belem; y dice D. Hernando,

que les suplió Nuestro Señor aquella falta con llevarlos á aquella

isla, que entónces estaba muy poblada de indios, y floreciente de

mantenimientos, y deseosos de sus rescates, con cuya codicia de todas

las comarcas venian á rescatar de lo que tenian. Para efecto desto, y

porque los españoles no se desmandasen por la isla, quiso el Almirante

fortalecerse en la mar y no hacer asiento en tierra, porque segun

somos, dice D. Hernando, descomedidos, ningun castigo, ni mandamiento

bastara para detener la gente que no se fuera por los lugares y casas

de los indios, y les tomaran lo que tenian, y provocaran á sus mujeres

é hijas, de modo que no pudieran dejar de haber con ellos muchas

contiendas y revueltas, y se perdiera nuestra amistad, é hobiéramos

de tomar por fuerza la comida, y nos viéramos en gran necesidad ó

aprieto, lo cual no hobo por estar la gente encastillada en los

navíos, de donde no podian salir sino por cuenta y con licencia, lo

cual fué á los indios más agradable, que por cosa de muy poco precio,

nos traian lo necesario, porque si eran una ó dos hutias, que son como

conejos, dábaseles tanta hoja de laton como el cabo de una agujeta, y

si eran tortas de pan, á que llaman caçabí, hecho de raíces ralladas,

dábaseles dos ó tres contezuelas verdes ó amarillas, y si era cosa

de más calidad lo que traian, dábanles un cascabel. Á las veces, á

los Reyes y principales señores se les daba un espejuelo ó un bonete

colorado, ó unas tijeras, por tenelles muy contentos; remediados y

fuera de laceria quedaban con estas dádivas. Rescató el Almirante diez

canoas para servicio de los navíos encallados, y de la gente que en

ellos con él estaba. Con esta órden de rescate y manera de conversar

con los indios, estaba la gente española bien proveida y abastada

de mantenimientos, y los indios, sin pesadumbre de la vecindad y

conversacion dellos, los comunicaban. Concertada su vida de la manera

dicha, tractaba el Almirante con los principales españoles, qué remedio

tendrian para salir de aquella cárcel, y al ménos llegar hasta esta

isla Española. Veíanse casi de todos los remedios humanos privados; de

venir navío por allí alguno, por entónces, no se podia esperar, sino

sólo por divino milagro; hacerlo de nuevo, faltábales todo lo más de

lo que para hacello era necesario, mayormente oficiales. Despues de

muchos dias, y muchas veces los convenientes ó inconvenientes peligros

y remedios platicados y comunicados, fué la final conclusion, en que

el Almirante se resolvió, hacer saber al Comendador Mayor, que aquesta

isla gobernaba, y al hacedor que el mismo Almirante aquí tenia, de la

manera que en Jamáica él y su gente aislado quedaba, para que se le

enviase un navío de las rentas que tenia en esta isla, proveido de

bastimentos y de lo demas necesario, para en que acá pasasen. Para este

negocio, no poco dificultoso, nombró dos personas de cuya fidelidad y

esfuerzo, y cordura, él tenia confianza, porque para ponerse á tanto

peligro, entrando en canoas, barquillos de un madero, para pasar un

golfo tan grande, que de punta á punta, de Jamáica á esta isla, tiene

20 y 25 leguas, sin otras 35 que habia desde donde estaban hasta la

dicha punta oriental de Jamáica, necesario era esfuerzo de buen ánimo,

y prudencia, y fidelidad no ménos para lo que se les encomendaba. En

este golfo hay sólo una isleta ó peñol, que está ocho leguas desta

isla Española, llamada Navasa. Fué aquesta empresa, de pasar á esta

isla de aquella, obra de gran esfuerzo y generoso ánimo, porque las

canoas facilísimamente se trastornan poco ménos que una calabaza,

como sean un palo cavado y no tengan un palmo de vivo; los indios

no padecen en ellas casi peligro, porque si se trastornan, échanse

á nado, y con calabazas echan el agua fuera, y tórnanse á entrar en

ellas, porque no se hunden, sino andan sobre el agua, como sean de

un palo. Estas personas fueron, un Diego Mendez de Segura, que habia

venido por Escribano mayor de aquella flota, persona bien prudente, y

honrada, y muy bien hablada, la cual yo muy bien cognoscí, é la otra,

un Bartolomé de Flisco, ginovés, tambien digno de aquel mensaje. Cada

uno destos dos se metió en su canoa con seis españoles de compañía y 10

indios que remasen; al Diego Mendez mandó que, llegado á esta ciudad

de Sancto Domingo, pasase á Castilla, con sus cartas, á dar cuenta á

los Reyes de su viaje; al Bartolomé Flisco, que llegase hasta tomar

tierra de esta isla Española, y de allí se volviese á Jamáica, para

dar cuenta como Diego Mendez habia pasado adelante. Habia desde do

quedaba el Almirante con su gente, á esta ciudad de Sancto Domingo, 200

leguas largas. Escribió á los Reyes una larga carta, cuyo traslado yo

tengo al presente, dándoles cuenta de todo su viaje, de las angustias,

trabajos, peligros y grandes adversidades que le habian ocurrido, de

la tierra que de nuevo habia descubierto, y de las minas ricas de

Veragua, repitiendo los servicios que habia hecho á Sus Altezas en el

descubrimiento deste mundo nuevo, y trabajos en él pasados, llorando

su prision y de sus hermanos, y haberles tomado todo lo que tenian de

hacienda, en su prision, juntamente con haber sido despojado de su

honra y estado, que con tan señalado, y nunca otro tal, servicio hecho

á Reyes del mundo, lo hobo merecido y ganado. Estas postreras palabras,

no el Almirante las dijo en su carta, sino yo las añido, porque me

parece semejante encarecimiento serle debido; y mucho más adelante,

suplicóles por la restitucion de su Estado, y satisfaccion de sus

agravios, y castigo de los que injustamente le habian sido contrarios.

Invoca sobre esto al cielo, y la tierra que lloren sobre él, diciendo:

«yo he llorado hasta aquí, haya misericordia el cielo, llore por mí la

tierra, llore por mí quien tiene caridad, verdad y justicia», cuasi

diciendo, de aquí adelante. Encarecia la pobreza que tenia, diciendo

no tener en este siglo una teja donde se metiese, ántes, si queria

comer ó dormir, se habia de ir al meson á cabo de veinte años que les

habia servido, y con tan inauditos trabajos, los cuales, á él y á sus

hermanos, habian poco aprovechado; muestra tener dolor de carecer de

los Santos Sacramentos de la Iglesia, mayormente quedando enfermo,

como quedaba, lleno de gota, especialmente, si en aquel destierro y

aislamiento el ánima le saliese del cuerpo; afirma, que este postrero

viaje, no lo hizo para ganar honra, ni hacienda, como si dijera,

porque ya la tenia ganada, sino sólo por servilles con sana intencion

y celo. Suplícales, finalmente, que desque á Castilla llegue, le den

licencia y tengan por bien su ida á Roma, y á otras romerías, y con

esto acaba su carta, suplicando á la Sancta Trinidad su vida y alto

estado guarde y acreciente; hecha en las Indias, en la isla de Jamáica,

á 7 de Julio de 1503. Escribió tambien el Almirante al Comendador

Mayor, que aquesta isla gobernaba, notificándole la necesidad en

que quedaba y encomendándole sus mensajeros, que los aviase para su

despacho, y favoreciese para que se le enviase algun navío á su costa,

en que pudiese á esta isla pasar con la gente que con él quedaba. Con

estas cartas, y otras para Castilla, y lo demas que convenia escribir,

despachó al Diego Mendez, y á Bartolomé Flisco, con sus dos canoas,

metida en cada una, cada indio, su calabaza de agua y algunos ajes y

pan caçabí, é los españoles con solas sus espadas y rodelas, y el

bastimento de agua y pan, y carne de las hutias ó conejos que pudo

caber en las canoas, que no podia ser mucho demasiado. Y porque para

entrar en tan gran golfo de la mar brava, como es toda la deste Océano,

y mayormente entre islas, en tan flaca especie de barcos para nosotros,

porque para los indios, como dije, ménos peligro y daño reciben que

nosotros en naos grandes, fué necesario, despues que llegaron á la

punta de la isla de Jamáica, y distaba de donde quedaba el Almirante 30

leguas, esperar que la mar amansase, y hiciese alguna gran calma, para

atravesar y comenzar su viaje, fué, hasta la dicha punta, el Adelantado

por tierra, con alguna gente, para si por caso, los indios de por

allí, no impidiesen á las dichas canoas, ó les hiciesen algun daño.

Despues se volvió poco á poco á los navíos, viniendo por los pueblos

alegremente conversando, dejándolos todos en su amistad.

CAPÍTULO XXXI.

Estando así en la punta ó cabo oriental de la isla de Jamáica las dos

canoas, sobrevínoles una muy buena calma, como la deseaban, y una

noche, ofreciéndose á Dios, partiéronse del Adelantado, y comenzaron

á navegar á costa de los brazos de los 10 indios, que voluntariamente

quisieron ayudallos con sus trabajos, y áun peligro de sus vidas, como

parecerá. Hízoles aquella noche y el dia siguiente buena calma, y

navegaron, remando los indios con unas palas, de que usan por remos,

de muy buena voluntad, y, como el calor era muy grande y llevaban poca

agua para se refrigerar, echábanse los indios de cuando en cuando en la

mar, nadando; tornaban de refresco al remo, y así caminaron tanto, que

perdieron de vista la tierra de Jamáica. Llegada la noche, remudábanse

los españoles y los indios, para el remar, y hacer la vela ó guardia.

Velaban los españoles, porque los indios, con el trabajo y sed, no se

tornasen ó hiciesen otro algun daño; llegados, al siguiente dia, ya

todos estaban muy cansados, pero animando cada cual de los Capitanes

á los suyos, é tomando ellos tambien sus ratos el remo, y mandándoles

que almorzasen, para recobrar fuerzas y aliento de la mala noche,

tornaron á su trabajo no viendo más que cielo y agua, y puesto que

aquello bastase para ir muy desconsolados y afligidos, podríase decir,

lo de Tántalo, que tenia el agua á la boca, y de sed rabiaba, y así

estos, iban junto al agua y cercados de agua, y bañados con agua, pero,

para matar la sed, poco les prestaba, como fuese de la mar y salada.

Los indios, con el sol y gran calor, y continuo trabajo de remar,

diéronse más priesa de la que convenia en beber de sus calabazas, y

así de presto las vaciaron, y como la sed, con sol recio y calma, sea

trabajo intolerable, cuanto más entraba el segundo dia de su partida,

tanto crescia más el calor y la sed á todos, por manera, que á medio

dia ya les faltaban las fuerzas para poder trabajar. Los Capitanes que

llevaban sus barriles de agua, los socorrian y esforzaban con dalles,

de cuando en cuando, algunos tragos y así los sostuvieron hasta el

frescor de la tarde. Allende la sed que padescian con el gran trabajo

de haber remado dos dias y una noche, lo que más los atormentaba, era

el temor de haber errado el camino derecho, donde habian de topar la

isleta llamada Navasa, que, segun dijimos, estaba de la punta desta

Española ocho leguas, donde creian repararse. Aquella tarde habian

echado ya un indio á la mar, de pura sed, ahogado, y otros estaban

echados en el plan ó suelo de la canoa, tendidos de desmayados. Los que

más vigor y ánimo y mejor subjecto tenian, estaban inestimablemente

tristes y atribulados, esperando cada momento la muerte que al otro

habia llevado. El refrigerio último que tenian, era tomar en la boca

del agua salada, para refrescarse, que más les angustiaba al cabo;

anduvieron con sus pocas fuerzas lo que pudieron, y ansí les anocheció

la segunda vez, sin vista de la isleta, que fué doblado el desmayo.

Plugo á Dios de los consolar, con que el Diego Mendez, al salir de

la luna, vido que salia sobre tierra, y el islote cobria la media

luna, como cuando hay éclipse, porque de otra manera no la pudieran

ver, por ser pequeño y á tal hora. Entónces todos, con gran placer

y excesiva alegría, esforzaron los indios, mostrándoles la tierra y

dándoles más tragos de agua, y tomaron tanto esfuerzo, que remaron y

fueron á amanecer con la isleta, y en ella desembarcaron; hallaron

la isleta toda de peña tajada, que bojará ó terná de circuito media

legua; dieron gracias á Dios, que los habia socorrido en tan gran

peligro y necesidad. Y como lo primero que pretendian era buscar agua,

no hallaron árbol en ella que fuese vivo, sino todo roquedo, pero,

andando de peña en peña, en los agujeros que los indios, en lengua

desta isla, llamaban jagueyes, hallaron del agua llovediza cuanta les

bastaba para henchir las barrigas sedientas, y las vasijas todas que

tenian; la cual todavía les fué perniciosa, porque, como venian tan

secos de la sed pasada, diéronse tanta priesa á beber, que algunos

de los míseros indios, allí murieron y otros incurrieron en graves

enfermedades, de manera que pocos ó ninguno fué dichoso de volver á su

tierra. Reposaron aquel dia hasta la tarde, los que estuvieron para

ello, recreándose como podian, comiendo marisco que hallaban por la

ribera, y encendieron fuego para lo asar, porque Diego Mendez llevaba

para lo encender aparejo; y porque ya estaban á vista del cabo desta

isla, que el Almirante llamó de Sant Miguel, y despues llamamos del

Tiburon, con codicia de acabar la jornada, y porque no les sobreviniese

algun tiempo contrario, caido el sol, tornaron al camino y á remar y

fueron á amanecer al dicho cabo, y esto fué al principio del cuarto dia

despues que partieron. Holgaron allí dos dias, y queriéndose volver

á Jamáica el Bartolomé Flisco, como el Almirante le habia mandado,

temieron los indios y los españoles de tornar á verse otra vez en los

peligros pasados, y así no se pudo tornar. No supe lo que despues se

hizo dél y de los indios, ni dónde pararon. Diego Mendez, que llebaba

priesa de pasar adelante, pasó en la canoa todo aquello que pudo por

mar; no supe dónde al cabo acordó de dejalla, bien creo que los indios

llevó consigo con sus cosas cargados, y así es muy verisímile que

ninguno dellos volvió á su mujer é hijos, ni vivió sino en servidumbre

triste y desconsolada. Finalmente, aportó á la provincia y pueblo de

Xaraguá, donde estaba el Comendador Mayor y habia hecho pocos dias de

ántes la crueldad é injusticia quemando tantos señores é ahorcando la

reina Anacaona, segun queda, en el cap. 9.º, declarado. Llegado Diego

Mendez á Xaraguá y dada la carta del Almirante al Comendador Mayor,

y hecha relacion de dónde y cómo venia, y de su mensaje, mostró el

Comendador Mayor haber placer de su venida; puesto que fué muy largo

en despachallo, porque, no sabiendo la simplicidad con que andaba el

Almirante, temia ó fingia temer que, con su venida, no hobiese en esta

isla algun escándalo cerca de las cosas pasadas, y que para ello venian

con Diego Mendez aquellos á tentar la disposicion de la tierra y de

la gente que con el Comendador Mayor estaba, por lo cual quiso primero

indagar ó escudriñar el pecho de Diego Mendez y los demas, ántes que á

dejallos ir adelante se determinase. Finalmente les dió licencia, con

importunidad, para pasar á esta ciudad y puerto de Sancto Domingo, al

ménos á Diego Mendez, para que hiciese lo que el Almirante, su amo, le

mandaba. Llegado Diego Mendez á esta ciudad, compró luégo un navío de

las rentas que el Almirante aquí tenia, y, bastecido de los bastimentos

y cosas necesarias, lo envió á Jamáica por fin de Mayo de 1504, y se

embarcó luégo para España, como traia ordenado por el Almirante.

CAPÍTULO XXXII.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 12 / 37 段