historia del viaje del Almirante, que dejamos. En el cap. 6.º y en el
cap. 5.º dijimos cómo partió de junto á este puerto de Sancto Domingo,
huyendo de la tempestad grande, que dijo ántes que habia de venir, y se
fué á salvar, despues de haber padecido todos sus cuatro navíos gran
daño y peligro, de la misma tormenta, que luego sobrevino, al puerto
Hermoso, ó Escondido; salido de allí, y tomada la vía del Poniente,
fué á dar al puerto de Yaquimo, que él llamaba del Brasil, que está
80 leguas deste de Sancto Domingo. De aquí salió á 14 de Julio, y,
queriendo ir hácia la tierra firme, tuvo muchas calmas, que no podia,
por falta de viento, andar nada; y acercóse á unas isletas, cerca de la
isla de Jamáica, las cuales no tenian agua, pero hicieron unas hoyas,
cerca de la mar, y hallaron agua dulce, de la cual tomaron la necesaria
para servicio de los cuatro navíos. Crescióle tanto la calma y falta de
viento, que las grandes corrientes lo llevaron á cerca de las muchas
isletas que están junto á la isla de Cuba, que él llamó, cuando desta
isla, el año de 494, fué á descubrir á la de Cuba, el Jardin de la
Reina. De allí, haciéndole tiempo, tornó sobre la tierra firme, y,
navegando, salieron vientos contrarios y corrientes terribles, á que no
podia resistir; anduvo forcejando sesenta dias con grandísima tormenta
y agua del cielo, truenos y relámpagos, sin ver sol ni estrellas, que
parecia que el mundo se hundia. No pudo ganar de camino, en todos
aquellos dias, sino 60 leguas; con esta grande tormenta, y forcejando
contra viento y corriente, como los navíos rescibian de la mar y de los
vientos, grandes golpes y combates, abríanseles todos; los marineros,
de los grandes trabajos y vigilias, y en mares tan nuevas, enfermaron
casi todos, y el mismo Almirante, de desvelado y angustiado, enfermó
cuasi á la muerte. Al cabo, con grandes dificultades, peligros y
trabajos inefables, llegó y descubrió una isla pequeña, que los indios
llamaban Guanaja, y tiene por vecinas otras tres ó cuatro islas menores
que aquella, que los españoles llamaron despues las Guanajas; todas
estaban bien pobladas. En esta isla mandó el Almirante á su hermano
D. Bartolomé Colon, Adelantado desta isla, que iba por Capitan del un
navío, que saltase en tierra á tomar nueva; saltó, llevando dos barcas
llenas de gente, hallaron la gente muy pacífica, y de la manera de
las destas islas, salvo que no tenian las frentes anchas, y, porque
habia en ella muchos pinos, púsole el Almirante por nombre la Isla de
Pinos. Esta isla dista del cabo que agora llaman de Honduras, donde
está ó estuvo la ciudad de españoles que llamaron Trujillo, y que agora
terná cinco ó seis vecinos, obra de 12 leguas; y porque algunos que,
despues que por aquí anduvo el Almirante, quisieron por aquí descubrir,
aplicaron ó quisieron aplicar á sí el descubrimiento de hasta aquí,
yo he visto muchos testigos presentados por parte del Fiscal, en el
proceso arriba dicho, los cuales fueron con el mismo Almirante en
este viaje, que afirman que el Almirante descubrió estas islas, ó la
principal destas de los Guanajes. Todas estas islas, y muchos puertos
y partes de la tierra firme, están ya descognoscidas, por mudalles los
nombres los que hacen las cartas de marear, en que no poca confusion
engendran, y áun son causa de hartos yerros y perdicion de navíos
rescibir la relacion de cada marinero. Así que, habiendo saltado el
adelantado en esta isla de los Guanajes, ó Guanaja, llegó una canoa
llena de indios, tan luenga como una galera, y de ocho piés de ancho;
venia cargada de mercaderías del Occidente, y debia ser, cierto, de
tierra de Yucatán, porque está cerca de allí, obra de 30 leguas, ó poco
más; traian en medio de la canoa un toldo de esteras, hechas de palma,
que en la Nueva España llaman petates, dentro y debajo del cual venian
sus mujeres, y hijos, y hacendejas, y mercaderías, sin que agua del
cielo ni de la mar les pudiese mojar cosa. Las mercaderías y cosas que
traian eran, muchas mantas de algodon, muy pintadas de diversas colores
y labores, y camisetas sin mangas, tambien pintadas y labradas, y de
los almaizares con que cubren los hombres sus vergüenzas, de las mismas
pinturas y labores. Item, espadas de palo, con unas canales en los
filos, y allí apegadas, con pez y hilo, ciertas navajas de pedernal,
hachuelas de cobre para cortar leña, y cascabeles, y unas patenas, y
grisoles para fundir el cobre; muchas almendras de cacao, que tienen
por moneda en la Nueva España, y en Yucatán, y en otras partes. Su
bastimento era pan de maíz y algunas raíces comestibles, que debian ser
las que en esta Española llamamos ajes y batatas, y en la Nueva España
camotes; su vino era del mismo maíz, que parecia cerveza. Venian en la
canoa hasta 25 hombres, y no se osaron defender ni huir, viendo las
barcas de los cristianos, y así los trujeron en su canoa á la nao del
Almirante; y, subiendo los de la canoa á la nao, si acaecia asillos
de sus paños menores, mostrando mucha vergüenza, luego se ponian las
manos delante, y las mujeres se cobrian el rostro y cuerpo con las
mantas, de la manera que lo acostumbraban las moras de Granada con sus
almalafas. Destas muestras de vergüenza y honestidad quedó el Almirante
y todos muy satisfechos, y tratáronlos bien, y, tomándoles de aquellas
mantas y cosas vistosas, para llevar por muestra, mandóles dar el
Almirante de las cosas de Castilla, en recompensa, y dejólos ir en
su canoa á todos excepto un viejo, que pareció persona de prudencia,
para que les diese aviso de lo que habia por aquella tierra; porque lo
primero que el Almirante inquiria, por señas, era, mostrándoles oro,
que le diesen nuevas de la tierra donde lo hobiese, y, porque aquel
viejo le señaló haberlo hácia las provincias de Oriente, por eso lo
detuvieron, y lleváronlo hasta que no le entendian su lengua. Despues,
diz que, lo enviaron á su tierra, no sé yo cómo pudo volver á ella
quedando sólo y sin canoa, y, quizá 100 leguas y 200 de mar, léjos de
su casa. Andando por aquí el Almirante, todavía creia que habia de
hallar nueva del Catay y del Gran Khan, y que aquellas mantas y cosas
pintadas comenzaban á ser principio de aquello que tanto él deseaba;
y como le vian los indios, con tanta solicitud, preguntar dónde habia
oro, debíanle de hartar de muchas palabras, señalándole haber mucha
cantidad de oro por tales y tales tierras, y que traian coronas de
oro en la cabeza, y manillas dello á los piés y á los brazos, bien
gruesas; y las sillas, y mesas, y arcas enforradas de oro, y las mantas
tejidas de brocado, y esto era la tierra dentro, hácia el Catayo.
Mostrábales corales, si los habia; respondian los indios que las
mujeres traian sartas dellos, colgados de las cabezas á las espaldas;
mostrábales pimienta y otras especerías, respondian que sí habia
en mucha abundancia; de manera, que cuanto vian que les mostraban,
tanto, por les agradar, les concedian, sin haber visto ni sabido ni
oido ántes cosa de las que les pedian. Decíanles más, que aquellas
gentes de aquellas tierras tenian naos y lombardas, arcos y flechas,
espadas y corazas, de todo lo que vian que los cristianos allí traian.
Imaginaba más el Almirante, que le señalaban que habia caballos, los
que nunca habian visto, ni el Almirante llevaba entónces consigo. Item,
que la mar bojaba á Cyguare, que debia ser alguna ciudad ó provincia
de los reinos del Gran Khan, y que de allí á diez jornadas estaba el
rio de Ganjes; y porque una de las provincias, que le señalaban los
indios ser rica de oro, era Veragua, creia el Almirante que aquellas
tierras estaban con Veragua, como está Tortosa con Fuenterrabía, cuasi
entendiendo que la una estuviese á una mar y la otra á la otra: y así
parece que imaginaba el Almirante haber otra mar, que agora llamamos
del Sur, en lo cual no se engañaba, puesto que en todo lo demas sí. Lo
cual todo, como se platicaba por señas, ó los indios de propósito le
burlaban, ó él ninguna cosa dellos, sino lo que deseaba, entendia. Todo
lo que está dicho escribió á los Reyes, quedando aislado, como se dirá,
en Jamáica, y el treslado de la carta tengo conmigo.
CAPÍTULO XXI.
Habiéndole señalado aquel indio viejo las provincias de Veragua y
otras, por ricas, y que estaban al Oriente, dejó de proseguir la vía
que llevaba del Poniente (la cual, si prosiguiera, ninguna duda debe
haber que no topara el reino de Yucatán y luego los de la Nueva España,
turándole los navíos), dió la vuelta por la vía de Levante y Oriente.
La primera tierra que de la firme vió, y se llegó á ella, fué una punta
que llamó de Caxinas, porque habia muchos árboles cuyo fruto es unas
manzanillas buenas de comer, que en la lengua de los indios desta isla
Española, llamaban, segun decia el Almirante, caxinas, aunque yo, que
supe algo della, no me acuerdo que tal nombre oyese. Las gentes que
moraban más cercanas de aquella punta de Caxinas traian vestidas unas
jaquetas pintadas, sin mangas como las dichas, y los almaizares con
que se cubrian las vergüenzas, que debian ser habidos de mercaderes de
la tierra de Yucatán, de donde la canoa que dijimos creemos que venia.
Salió el Adelantado, un domingo, á 14 de Agosto, con mucha gente de los
españoles, á tierra, á oir misa, y el miércoles siguiente tornó á salir
en tierra para tomar la posesion en nombre de los reyes de Castilla,
y estaban ya en la playa cien personas ó más, cargadas de bastimentos
y comidas de la tierra, como pan de maíz, gallinas, venados, pescados
y frutas, y, presentadas ante el Adelantado y los cristianos, se
retrajeron atrás sin hablar palabra. El Adelantado les mandó dar de
los rescates, como cascabeles, y sartas de cuentas y espejuelos y
otras menudencias. Otro dia, siguiente, amanecieron en el mismo lugar
más de doscientas personas, todos cargados de gallinas, y ansares y
pescado asado y de diversas especies de fríxoles, que son como habas,
y otras frutas. Es la tierra muy fresca, verde y hermosa, en la cual
habia infinidad de pinos, encinas de más de seis ó siete especies, y
de los árboles que llamaban en esta isla hobos, que nosotros llamamos
mirabolanos, fruta odorífera y sabrosa. Sintieron que habia leones
pardos, y ciervos, y otros animales, y pudieran sentir que habia hartos
tígres. Las gentes de por aquellas comarcas no tenian las frentes
anchas como las destas islas, eran de diversas lenguas; totalmente
desnudas algunas, otras, solamente las vergüenzas cubiertas, otras,
vestidas de unas jaquetas como las cueras, que les llegaban hasta el
ombligo, sin mangas. Tenian labrados los cuerpos con fuego, de unas
labores como moriscas, unos figurando leones, otros ciervos y otros
de otras figuras; los señores, ó más honrados entre ellos, traian por
bonetes unos paños de algodon blancos y colorados; algunos tenian en la
frente unos copetes de cabellos como una flocadura. Cuando se ataviaban
para sus fiestas, teñíanse algunos los rostros de negro, otros de
colorado, otros hacíanse rayas por la cara de diversas colores, y otros
teñian el pico de la naríz, otros se alcoholaban los ojos y los teñian
de negro, y estos atavíos tenian por mucha gala; y, porque habia otras
gentes por aquella costa que tenian las orejas horadadas, y tan grandes
agujeros, que cupiera un huevo de gallina bien por ellos, puso nombre
á aquella ribera la costa de la Oreja. De aquella punta de Caxinas
navegó el Almirante hácia el Oriente con muy grandes trabajos, contra
viento y contra las corrientes, á la bolina, como dicen los marineros,
que apénas se andan cada dia cinco leguas, y ni dos muchas veces; van
los navíos dando vueltas cuatro y cinco y más horas hácia una parte,
y otra hácia otra, y desta manera se ahorra lo poco que se anda, y
algunas veces se pierde lo que se ha ganado en dos, de una vuelta. Y,
porque habiendo 60 leguas de la punta de Caxinas á un cabo de tierra
que entra mucho en la mar, tardó, con estos trabajos, en llegar el
Almirante, y de allí vuelve la tierra y se encoge hácia el Sur, por lo
cual, los navíos podian mejor y bien navegar, púsole nombre á aquel
cabo, el cabo de Gracias á Dios; y esto dice el Almirante que fué
á 12 de Setiembre del mismo año de 502. Pasado el cabo de Gracias á
Dios, tuvieron necesidad de tomar agua y leña; mandó el Almirante ir
las barcas á un gran rio que allí parecia, donde, por la creciente de
la mar y la corriente del rio que se combatian, se perdió la una de
las barcas, con toda la gente que traia, y, por este desastre, púsole
nombre del Desastre, al rio. El Domingo, á 17 de Setiembre, fueron
á echar anclas entre una isleta llamada Quiribri, y en un pueblo en
la tierra firme, llamado Cariarí. Allí hallaron la mejor gente, y
tierra, y estancia que habian hasta allí hallado, por la hermosura de
los cerros y sierra, y frescura de los rios y arboledas, que se iban
al cielo de altas, y la isleta verde, fresquísima, llana, de grandes
florestas, que parecía un vergel deleitable; llamóla el Almirante
la Huerta, y está del dicho pueblo Cariarí, la última luenga, una
legua pequeña. Está el pueblo junto á un graciosísimo rio, á donde
concurrió mucha gente de guerra, con sus armas, arcos y flechas, y
varas, y macanas, como haciendo rebato, y mostrando estar aparejados
para defender su tierra. Los hombres traian los cabellos trenzados,
revueltos á la cabeza, y las mujeres cortados, de la manera que los
traen los hombres nuestros; pero, como los cristianos les hicieron seña
de paz, ellos no pasaron adelante, mas de mostrar voluntad de trocar
sus cosas por las nuestras. Traian mantas de algodon y jaquetas de
las dichas, y unas águilas de oro bajo, que traian al cuello. Estas
cosas traian nadando á las barcas, porque aquel dia, ni otro, los
españoles no salieron á tierra. De todas ellas no quiso el Almirante
que se tomase cosa, por, disimulando, dalles á entender que no hacian
cuenta dello, y cuanto más dellas se mostraba menosprecio, tanta mayor
cudicia é importunidad significaban los indios de contratar, haciendo
muchas señas, tendiendo las mantas como banderas, y provocándolos á
que saliesen á tierra. Mandóles dar el Almirante cosas de rescate
de Castilla, mas desque vieron que los cristianos no querian de sus
cosas, y que ninguno salia é iba á contratar con ellos, todas las
cosas de Castilla, que habian rescibido, las pusieron liadas junto
á la mar, sin que faltase la menor dellas, casi diciendo, «pues no
quereis de las nuestras tomaos las vuestras», y así las hallaron todas
los cristianos otro dia, que salieron en tierra. Y como los indios,
que por aquella comarca estaban, sintieron que los cristianos no se
fiaban dellos, enviaron un indio viejo, que parecia persona honrada,
y de estima entre ellos, con una bandera puesta en una vara, como que
daban seguridad; y traia dos muchachas, la una de hasta catorce años,
y la otra de hasta ocho, con ciertas joyas de oro al cuello, el que
las metió en la barca, haciendo señas que podian los cristianos salir
seguramente. Salieron, pues, algunos á traer agua para los navíos,
estando los indios modestísimos y quietos, y con aviso de no se mover,
ni hacer cosa por donde los españoles tomasen ocasion de tener algun
miedo dellos. Tomada el agua, y como se entrasen en las barcas para
se volver á los navíos, hacíanles señas que llevasen consigo las
muchachas y las piezas del oro que traian colgadas del cuello; y, por
la importunacion del viejo, lleváronlas consigo, y era cosa de notar
las muchachas no mostrar señal de pena ni tristeza, viéndose entregar
á gente tan extraña, y feroz, y de ellos, en vista, y habla y meneos,
tan diversa, ántes mostraban un semblante alegre y honesto. Desque el
Almirante las vido, hízolas vestir, y dalles de comer y de las cosas
de Castilla, y mandó que luego las tornasen á tierra, para que los
indios entendiesen que no eran gente que solian usar mal de mujeres,
pero llegando á tierra, no hallaron persona á quien las diesen; por
lo cual las tornaron al navío del Almirante, y allí las mandó aquella
noche tener, con toda honestidad, á buen recaudo. El dia siguiente,
juéves, á 29 de Setiembre, las mandó tornar en tierra, donde estaban
ya 50 hombres, y el viejo que las habia traido las tornó á rescibir,
mostrando mucho placer con ellas, y volviendo á la tarde las barcas
á tierra, hallaron la misma gente con las mozas, y ellas y ellos
volvieron á los cristianos todo cuanto se les habia dado, sin querer
que dello quedase alguna cosa. Otro dia, saliendo el Adelantado á
tierra, para tomar lengua, y hacer informacion de aquella gente,
llegáronse dos indios de los más honrados, á lo que parecia, junto á
la barca donde iba, y tomáronlo en medio por los brazos hasta sentarlo
en las hierbas muy frescas de la ribera, y preguntándoles algunas
cosas por señas, mandó al escribano que escribiese lo que decian; los
cuales se alborotaron de tal manera viendo la tinta y el papel, y que
escribian, que los más echaron luego á huir, creyóse que por temor que
no fuesen algunas palabras ó señales para los hechizar, porque, por
ventura, se usaban hechizos entre ellos, y presumióse, porque, cuando
llegaban cerca de los cristianos, derramaban por el aire unos polvos
hácia ellos, y de los mismos polvos hacian sahumerios, procurando que
el humo fuese hácia los cristianos, y por este mismo temor, quizá, no
quisieron que quedase con ellos cosa de las que les habian dado de las
nuestras. Reparados los navíos de lo que habian menester y oreados los
bastimentos, y recreada la gente que iba enferma, mandó el Almirante
que saliese su hermano el Adelantado con alguna gente á tierra, para
ver el pueblo, y la manera y trato que los moradores dél tenian; donde
vieron que dentro de sus casas, que eran de madera cubiertas de cañas,
tenian sepulturas en que estaban cuerpos muertos, secos y mirrados, sin
algun mal olor, envueltos en unas mantas ó sábanas de algodon, y encima
de la sepultura estaban unas tablas, y en ellas esculpidas figuras de
animales, y en algunas la figura del que estaba sepultado, y con él
joyas de oro y cuentas, y cosas que por más preciosas tenian. Mandó el
Almirante tomar algunos de aquellos indios, por fuerza, para llevar
consigo y saber dellos los secretos de la tierra. Tomaron siete, no
sin gran escándalo de todos los demás, y, de los siete, dos escogió,
que parecian los más honrados y principales; á los demas dejaron ir
dándoles algunas cosas de las de Castilla, dándoles á entender por
señas, que aquellos tomaban por guías, y despues se los enviarian. Pero
poco los consoló este decir, por lo cual, luego, el siguiente dia, vino
á la playa mucha gente, y enviaron cuatro por embajadores al navío del
Almirante; prometian de dar de lo que tenian, y que les diesen los dos
hombres, que debian ser personas de calidad, y luego trujeron dos
puercos de la tierra, en presente, que son muy bravos, aunque pequeños.
No quiso restituirles los dos presos el Almirante, sino mandó dar á
los mensajeros que habian venido algunas de las bujerías de Castilla
y pagarles sus porquezuelos que habian traido, y saliéronse á tierra
con harto desconsuelo de aquella violencia é injusticia de tomalles
aquellos por fuerza, y llevárselos contra voluntad de todos ellos,
dejando sus mujeres y hijos huérfanos. Y quizá eran señores de la
tierra ó de los pueblos, los que les detenian, injustamente, presos;
y así, tuvieron de allí en adelante justa causa y claro derecho de no
se fiar de ningun cristiano, ántes razon jurídica para hacelles justa
guerra, como es manifiesto.
CAPÍTULO XXII.
Entre otros lugares que el indio viejo, que habian tomado y detenido
de la canoa, en la isla de los Guanajes, y otros indios, nombraron al
Almirante, que habia ó eran tierras de oro, fué uno llamado Caravaró.
Levantó, pues, las anclas desta provincia ó pueblos de Cariarí, 5 de
Octubre, y navegó á la de Caravaró, la última luenga, hácia el Oriente,
donde habia una bahía de mar, de seis leguas de longura y de ancho más
de tres, la cual tiene muchas isletas, y tres ó cuatro bocas, para
entrar los navíos y salir muy buenas con todos tiempos, y por entre
aquellas isletas van los navíos, como si fuesen por calles, tocando las
ramas de los árboles, en la járcia y cuerdas de los navíos; cosa muy
fresca y hermosa. Despues de haber surgido y echado anclas los navíos,
salieron las barcas á una de aquellas isletas, donde hallaron 20 canoas
ó navecitas de un madero, de los indios, y la gente dellas vieron en
tierra desnudos, en cueros del todo, solas las mujeres cubierto lo
vergonzoso; traia cada uno su espejo de oro al cuello, y algunos una
águila, y comenzándoles á hablar los dos indios que traian de Cariarí,
perdieron el temor, y dieron luego un espejo de oro, que pesaba 10
ducados, por tres cascabeles, diciendo que allí, en la tierra firme,
habia mucho de aquello, muy cerca de donde estaban. El dia siguiente, á
7 de Octubre, fueron las barcas á tierra firme, y toparon diez canoas
llenas de gente, todas con sus espejos al cuello, de oro. Tomaron
dellas dos hombres que parecian ser dellos los más principales, para,
con los dos de Cariarí, saber los secretos de la tierra. Dice cerca
desto un testigo, llamado Pedro de Ledesma, piloto señalado, que yo
cognoscí, que salieron á los navíos 80 canoas, con mucho oro, y que
no quiso el Almirante rescibir alguna cosa. Su hijo del Almirante,
D. Hernando Colon, que allí andaba, puesto que niño de trece años, no
hace mencion de 80 canoas, pero pudo ser que viniesen 80, una vez 10,
y otras 20, y así llegasen á 80, y es de creer que mejor cuenta ternia
desto el piloto dicho, que era de cuarenta y cinco y más años, que no
el niño de trece. Los dos hombres que aquí desta canoa tomaron traian
al cuello, el uno, un espejo que pesó 14 ducados, y el otro un águila
que pesó 22, y estos afirmaban, que de aquel metal, pues tanto caso dél
hacian, una jornada y dos de hallí habia harta abundancia. En aquesta
bahía era infinita la cuantidad que habia de pescado, y en la tierra
muchos animales de los arriba nombrados. Habia muchos mantenimientos
de las raíces y de grano, y de frutas. Los hombres andaban totalmente
desnudos, y las mujeres de la manera de las de Cariarí. Desta tierra
ó provincia de Carabaró, pasaron á otra, confin della, que nombraban
Aburená, la última luenga, la cual es, en todo y por todo, como la
pasada. Desta salieron á la mar larga, y, 12 leguas adelante, llegaron
á un rio, en el cual mandó el Almirante salir las barcas, y, llegando
á tierra, obra de 200 indios, que estaban en la playa, arremetieron
con gran furia contra las barcas, metidos en la mar hasta la cinta,
esgrimiendo con sus varas, tañendo bocinas y un atambor, mostrando
querer defender la entrada en su tierra de gente á ellos tan extraña;
echaban del agua salada con las manos hácia los españoles, y mascaban
hierbas y arrojábanlas contra ellos. Los españoles disimulaban,
blandeándolos y aplacándolos por señas, y los indios que traian
hablándolos, hasta tanto que, finalmente, se apaciguaron, y se llegaron
á rescatar ó contratar los espejos de oro que traian al cuello, los
cuales daban por dos ó tres cascabeles; hobiéronse allí entónces 16
espejos de oro fino, que valdrian 150 ducados. Otro dia, viérnes, á
21 de Octubre, tornaron las barcas á tierra, al sabor del rescate;
llamaron á los indios desde las barcas, que estaban cerca de allí, en
unas ramadas que aquella noche hicieron, temiendo que los españoles no
saliesen á tierra y les hiciesen algun daño, pero ninguno quiso venir
á su llamado. Desde á un rato, tañen sus bocinas ó cuernos, y atambor,
y, con gran grita, lléganse á la mar de la manera que de ántes, y,
llegando cerca de las barcas, amagábanles como que les querian tirar
las varas si no se volvian á sus navíos, y se fuesen, pero ninguna
les tiraron; mas á la buena paciencia y humildad de los españoles, no
pareció que era bien sufrir tanto, por lo cual sueltan una ballesta
y dan una saetada á un indio dellos, en un brazo, y tras ella pegan
fuego á una lombarda, y dando el tronido, pensando que los cielos se
caian y los tomaban debajo, no paró hombre de todos ellos, huyendo
el que más podia, por salvarse. Salieron luego de las barcas cuatro
españoles, y tornáronlos á llamar, los cuales, dejadas sus armas, se
vinieron para ellos como unos corderos seguros, y como si no hobieran
pasado nada. Rescataron ó conmutaron tres espejos, excusándose que no
traian al presente más, por no saber que aquello les agradaba. Desta
tierra pasó adelante á otra llamada Catiba, y echando anclas en la boca
de un gran rio, la gente della, con cuernos y atambores, se andaba
toda moviendo, y apedillando. Enviaron á los navíos una canoa con
dos hombres, para ver qué gente nueva era, y qué queria. Habláronles
los indios que se habian tomado atras, y luego entraron en la nao
del Almirante, con mucha seguridad, y, por induccion del indio de
Cariarí y de los otros, se quitaron los espejos de oro, que traian al
cuello, y diéronlos al Almirante, y el Almirante les mandó dar de las
cosas y rescates de Castilla. Salidos estos á tierra, vino luego otra
canoa con tres hombres, y sus espejos al cuello, los cuales hicieron
lo mismo que los primeros. Conciliada ya desta manera el amistad,
salieron las barcas á tierra, donde hallaron mucha gente con el Rey
de aquella provincia, ó pueblos, el cual, ninguna diferencia mostraba
tener de los otros, salvo estar cubierto con una hoja de árbol, porque
llovía, y el acatamiento y reverencia que todos le tenian. Él fué el
primero que rescató su espejo, y dió licencia que los suyos tambien
rescatasen con los cristianos. Fueron por todos 19 espejos, de fino
oro. Pedro de Ledesma, el piloto que arriba dije, depuso en el pleito,
de que ya he hecho algunas veces mencion, presentado por el Fiscal,
que en uno de los puertos por donde andaban entónces, llamado Hurira,
se rescataron 90 marcos de oro por tres docenas de cascabeles; y este
debia ser uno de cinco pueblos, ó todos cinco, donde, salido de la
boca de aquel gran rio, el Oriente arriba, fué luego el Almirante, y
segun dijo D. Hernando Colon, su hijo, allí habia mucho rescate, y
entre ellos estaba Veragua, donde los indios de atras decian que se
cogia el mucho oro, y se labraban los espejos que rescataban. Destos
pueblos fueron á una poblacion llamada Cubija ó Cubiga, donde, segun
la relacion que los indios daban, se acababa la tierra del rescate, la
cual comenzaba desde Carabaró y fenecia en aquella poblacion Cubiga ó
Cubija, que serian obra de 50 leguas de costa de mar. De aquí subió el
Almirante la mar arriba, por el Oriente, como venia, y fué á entrar, en
2 dias de Noviembre, en un puerto mucho bueno, que por ser tal lo llamó
puerto Bello, que estaba obra de seis leguas del que agora llamamos el
Nombre de Dios. El puerto es muy grande y muy hermoso; entró en él por
medio de dos isletas, y, dentro dél, pueden llegarse las naos, muy en
tierra, y salir voltejando si quisieren. Toda la tierra de la redonda
del puerto es la tierra graciosísima, estaba toda labrada y llena de
casas, á tiro de piedra y de ballesta la una de la otra, que parecia
todo una huerta pintada, y de las más hermosas que se habian por toda
aquella costa visto. Allí estuvieron siete dias, por las muchas lluvias
y matos tiempos que les hizo, y en todos ellos vinieron canoas de toda
la comarca, á contratar con los cristianos las comidas y frutas que
tenian, y ovillos de algodon hilado, muy lindo, lo cual, todo, daban
por cosillas de laton, como eran, alfileres y cabos de agujetas, y si
tuvieran oro tambien por ellos lo dieran.
CAPÍTULO XXIII.