los indios de la provincia, en tanto que el rey Cotubanamá no se
hobiese tomado, é ya que sabia que se habia pasado á la isleta de
Saona, el Capitan general, Juan de Esquivel, determinó de seguille y
pasar allá, para lo cual proveyó, que una carabela que proveia el Real
de pan caçabí, y vino, y quesos, y otras cosas de Castilla, que desta
ciudad de Sancto Domingo se les enviaba, viniese á cierta parte, siendo
de noche, para que allí tomase la gente que con él habia de pasar en la
dicha isleta, de manera que el Cotubanamá ni sus espías lo sospechasen.
Tenia el dicho Cacique y señor esta costumbre y aviso, despues que á
ella pasó, para se guardar de los españoles: en medio de la isleta
estaba una cueva grande, donde tenia su mujer y sus hijos, y él estaba,
desque vido que la carabela andaba por allí, aunque era ordinario
verla, por la razon que se dijo de proveer el Real, tenia sus espías en
los lugares donde se podrian desembarcar, y él, cada dia, al cuarto del
alba, iba, con 12 indios, de los más dispuestos y valientes que consigo
tenia, á la mar y el puerto ó desembarcadero, de donde más temia que la
carabela podia echar gente en tierra y hacelle mal. Una noche embarcóse
Juan de Esquivel, con 50 hombres, en la tierra frontera de la isla,
que, como he dicho, estaba della dos leguas de mar, y fué á desembarcar
ya cuasi que amanecia. Las espías, que eran dos indios, tardáronse, por
manera, que saltaron en la isla, primero, 20 ó 30 españoles, y subieron
cierta peña, muy alta, poco ántes que las espías, á especular la mar
y carabela, llegasen. Ciertos españoles ligeros, que iban delante,
prendieron las espías, trujéronlas al capitan Juan de Esquivel, y
preguntados dónde quedaba ó estaba el rey Cotubanamá, dijeron que
allí cerca venia; sacó un puñal el Capitan, y dió de puñaladas al
uno, triste indio espía, y el otro, átanlo y llévanlo por guía. Iban
delante algunos españoles, corriendo, y sin órden, cada uno presumiendo
de señalarse en la prision de Cotubanamá; hallan dos caminos, van por
el de á mano derecha, los más de los españoles, sólo uno acertó á
tomar el de la izquierda, porque, como toda la isla es montes bajos,
no se puede ver hombre á otro, aunque esté medio tiro de herron dél.
Aqueste sólo hombre, que tiró por aquel camino, se llamaba Juan Lopez,
labrador, harto bien alto y dispuesto, y de fuerzas, y no ménos
ejercitado en desgarrar indios, ó, al ménos, era de los que andaban en
estas estaciones, porque era de los viejos que en esta isla Española
se habian en las tales obras ejercitado. El cual, áun poco entrado en
el camino, topó 12 indios, grandes y valientes, desnudos, como todos
andaban, con sus arcos y flechas, en renglera, uno tras otro (porque
así andan todos, y, tambien, aunque quisieran, por la estrechura del
camino y espesura del monte, no pudieran venir de otra manera), y el
postrero era Cotubanamá, que traia un arco, segun ya dije, como de
gigante, y una flecha, con tres puntas de hueso de pescado, como un pié
de gallo, que si él la empleara en algun español, sin corazas, bien
pudiera, de vivir más, descuidarse. Como los indios que venian delante
al español vieron, enmudecieron, pensando que sobre ellos venia todo el
mundo, pudiendo, con las flechas, clavallo y huir; pero preguntándoles
por su señor Cotubanamá, respondieron al Juan Lopez: «véelo, aquí
viene detras,» y diciendo esto, apartáronse para que pasase. Pasa Juan
Lopez, con su espada desnuda; como no lo habia visto ántes, y vídolo de
súbito, quiso flechar su arco; pero arremetió Juan Lopez con su espada,
y tírale un estocada; recógesela Cotubanamá, con ambas manos, pensó que
debia ser algun palo blanco, como no lo habia experimentado; corrió
Juan Lopez la espada, y sególe las manos; entónces, acudíale con otra.
Díjole Cotubanamá: _mayanimacaná, Juan Desquivel daca_; «no me mates,
porque yo soy Juan de Esquivel.» Luego, todos los indios, 11 ó 12,
huyeron, dejando al triste de su señor con Juan Lopez, que lo pudieran
muy bien matar, y el señor y ellos salvarse. Ya dijimos en el cap. 8.º,
como habian trocado los nombres él y el Capitan General. Púsole Juan
Lopez la punta del espada á la barriga, y la mano en el hombro, ó en
los cabellos, y como estaba sólo Juan Lopez, no sabia qué se hacer;
estando así rogándole que no lo matase que él era Juan de Esquivel,
aunque las manos tenia cortadas, corriendo sangre, con la derecha da
un vaiven al espada desviándola de la barriga, y juntamente arremete
con el Juan Lopez, que, como dije, tenia harto gran cuerpo y miembros y
fuerzas, y dá con él de espaldas sobre las peñas y cae sobre el espada,
y échale mano, con la mano, cuya llave dije ser de un gran palmo, de la
garganta y ahogábalo. Estando así, gaznando y quejándose como podia,
oyéronlo ciertos españoles, que iban por otro camino, que áun distaba
poco el uno del otro; tornaron hácia atras donde los caminos se habian
apartado, y entran por él, donde el Cacique á Juan Lopez maltrataba,
y llegó primero un ballestero, y con toda la ballesta desarmada, dió
un gran golpe al Cacique, que estaba encima del Juan Lopez, sobre todo
el cuerpo, que cuasi lo aturdió, y, levantándose, levantóse tambien
Juan Lopez, medio muerto, y allí lo prendieron con otros españoles que
luego llegaron. Maniatáronlo y lleváronlo á cierto pueblo que estaba
despoblado, donde acordaron los españoles de ir en busca de la mujer
y de los hijos del Cotubáno. Los 12 indios que vinieron con él, como
huyeron, fueron á dar aviso á la mujer y á los hijos de Cotubanamá, que
estaban en la cueva, del estado en que dejaban á su señor; creyendo que
ya sería muerto, creo que dejaron la cueva y huyeron á otros rincones
de la isla; pero tomados ciertos indios por los españoles, y traidos
donde Cotubanamá estaba, mandó que llevasen á ciertos españoles á la
cueva, y á otros indios que le trujesen á su mujer y hijos, y así fué.
Trajéronle su mujer y hijos, y de la cueva trujeron las alhajas que
allí tenia, como hamacas en que dormia y cosas de su servicio, que
tenian poco valor, porque, arriba de lo muy necesario, las gentes desta
isla Española, más que otras algunas, ninguna cosa poseian ni poseer
querian. Hallaron allí tambien tres ó cuatro espadas, y la cadena en
que llevaban los indios que habian hecho esclavos, y mataron á los
dos ó tres españoles que arriba dije, la cual, traida, echaron al
mismo Cotubanamá; al cual se trató de quemar vivo allí, como habian
quemado en parrillas á otros, sino que pareció que era mejor enviallo
á esta ciudad, en la carabela, porque aquí lo atenazasen, y así
recibiese mayores tormentos, como que hobiera cometido atroces delitos,
defendiendo su persona y Estado, y su tierra, de las opresiones que
comenzaban á padecer del Martin de Villaman y de sus compañeros, y
que eran comienzo y principio de las que sabian que todas las otras
gentes infinitas desta isla, padecian y habian padecido, por las
cuales habian ya perecido muchas dellas. Finalmente, lo metieron en
la carabela con sus prisiones, y trujeron á esta ciudad de Sancto
Domingo, y el Comendador Mayor se hobo con él menos cruelmente que
Juan de Esquivel y los españoles deseaban ó pensaban, porque lo hizo
ahorcar y no atenazarlo. Gloriábase Juan de Esquivel mucho, que tres
cosas habia hecho en esta isla buenas, la una traer merced de los
Reyes á esta isla, que no se pagase, del oro que se cogiese, más del
quinto; la otra, la matanza que habia hecho en la isleta Saona, en
la guerra pasada, de que arriba en el cap. 8.º hicimos mencion; la
tercera hazaña suya, de que se jactaba Juan de Esquivel, fué la prision
deste señor Cotubanamá. Algo más justa y más digna de fama loable,
fué la que hicieron el conde de Cabra y el Alcaide, de los donceles
del Rey Chiquito, y así lo nombraban, de Granada. Preso y muerto este
señor Cotubáno, y hechas las crueldades que, por ocho ó diez meses que
esta guerra duró, en ella se perpetraron, cayeron todas las fuerzas
de todas las gentes desta isla, que todas juntas eran harto pocas, y
los pensamientos y esperanza de nunca tener remedio, y así quedó toda
esta isla pacífica, si pacífica se pudiera con verdad decir, quedando
los españoles en tanta guerra con Dios, por la gran libertad en que
quedaron para poder oprimir estas gentes á su placer, sin embargo ni
impedimento alguno, chico ni grande, que se les pusiese y nadie les
resistiese, y así, las consumieron y aniquilaron de tal manera, que
los que vienen á esta isla pueden preguntar si los indios della eran
blancos ó prietos. Esta consumacion lamentable, y de tantas gentes,
todo el mundo sabe y la confiesa, y no dudan áun los que nunca á estas
tierras vinieron, por ser la fama tan vehemente; y es certísima, porque
mucho mayor fué la verdad de lo acaecido, que lo que ella suena. El
número de la gente que habitaban en esta isla era sin número, y así
lo escribió á los Reyes el Almirante viejo, y díjome el Arzobispo de
Sevilla, D. Diego de Deza, que fué de aquellos tiempos, que le habia
dicho el mismo Almirante, que habia contado un cuento y cien mil
ánimas. Pero estas fueron solas aquellas que estaban al rededor de
las minas de Cibao, como eran las que moraban en la gran Vega y otras
cercanas dellas, á las cuales impuso el cascabel de oro que diesen
por tributo, como arriba se dijo, en el primer libro, y con ellas
pudieron entrar alguna parte de la provincia de Xaraguá, que dieron
por tributo pan caçabí y algodon hilado y en pelo. Pero segun creo,
sin temor de que creyéndolo me engañe, más habia en toda la isla de
tres millones, porque en aquellos tiempos no se tenia cuenta con esta
provincia de Higuey, ni hombre habia ido á ella, ni á la de Haniguayába
y Guaycayarima, ni con la de Guahába, y con otros pedazos de esta isla.
Mandó poblar el Comendador Mayor, dos pueblos ó villas de españoles,
para tener esta provincia del todo segura, que más cabeza no alzase;
una, cerca de la mar, que fué nombrada Salvaleon, y la otra, dentro de
la tierra, llamada Sancta Cruz de Aycayágua, y, entre ambas, repartió
todos los pueblos de los indios, que sirviesen á los cristianos, que al
cabo los consumieron. Y así hobo en esta isla 17 villas de españoles,
que todas las gentes della asolaron, y fueron estas: esta de Santo
Domingo; otra en las minas viejas, ocho leguas de aquí, que se llamó
la Buenaventura; la tercera, el Bonao; la cuarta, la Concepcion; la
quinta, Santiago; la sexta, Puerto de la Plata; la sétima, Puerto Real;
la octava, Lares de Guahába; la novena, el Arbol gordo; la décima, el
Cotuy; la undécima, la villa de Azua; la duodécima, Sant Juan de la
Maguana; la décimatercera, Xaraguá; la décimacuarta, villa de Yaquimo;
la décimaquinta, la villa de Salvatierra; la décimasexta, de Salvaleon;
y la décimasétima, Sancta Cruz de Aycayágua, la penúltima sílaba
luenga.
CAPÍTULO XIX.
En estos tiempos habian mandado los Reyes, por su Carta y patente real,
y por la Instruccion de suso dicha que dió al Comendador de Lares, que
ningun español fuese osado á inquirir, ni agraviar, ni escandalizar
los indios vecinos y moradores de ninguna destas islas, ni de alguna
parte de tierra firme, ni prendiese, ni captivase indio alguno, ni lo
llevase á Castilla, ni llevar á otras partes, ni les hiciesen otro mal
ni daño alguno en sus personas y bienes, so graves penas, por celo
que tenian de que las gentes destas tierras recibiesen buen ejemplo y
buenas obras, para que pudiesen con facilidad ser traidas á nuestra
sancta fe católica, y fuesen cristianos; y, con este fin y propósito,
dieron licencia á algunos de España, que armasen para ir á rescatar
y contratar, y á que comunicasen de paz con ellos, porque, con la
comunicacion y amor de los cristianos, se aficionasen é induciesen á
las cosas de la cristiana religion. Pero como habian sido los años
pasados, escandalizados y gravemente damnificados de Alonso de Hojeda
y de Cristóbal Guerra, y de otros que con título de venir á rescatar
oro y perlas, pidieron á los Reyes licencia, muchas ó algunas islas
y partes de tierra firme, y señaladamente la tierra que despues se
llamó y hoy nombramos Cartagena, donde Cristóbal Guerra hizo grandes
violencias y tiranías; en algunas partes, comunicaron los indios con
los cristianos, pacíficamente, y otras, cognosciendo ya sus obras, no
los dejaron saltar en sus tierras, ántes les resistieron, y, peleando
con ellos, algunos mataron. De uno, ó de dos, ó de diez, que apénas
subian de tres los que mataban, hacian grandes quejas á los Reyes,
que por ser caníbales, que entónces llamaban los que ahora decimos
caribes, que son los que comen carne humana, no querian conversar con
los cristianos, ni los acogian en sus tierras, ántes los mataban; y
no decian las obras que ellos á los indios hacian, por las cuales, no
sólo matallos, pero bebelles la sangre y comelles la carne, segun la
manera que los hombres, algunos, tienen para vengarse de sus enemigos,
podian tener por justísima, por la causa eficacísima que ellos les
daban. Y como los desventurados indios no tenian, como nunca tuvieron,
quien por ellos abogase y defendiese, y dijese la verdad á los Reyes,
movidos por aquellas falsas informaciones, como siempre fueron en
estos negocios, muy nocivamente, de todos engañados, la Reina mandó
dar su Carta patente, toda en contrario de la primera, dando licencia
á todos los que quisiesen armar é ir á todas las islas y tierra firme,
y á los que fuesen á descubrir otras tierras de nuevo, que si no los
recibiesen y quisiesen oir para ser doctrinados en las cosas de nuestra
sancta fe católica, ni estar á su servicio y en su obediencia, los
pudiesen captivar y llevar á Castilla y á otras cualesquiera partes,
y vendellos, y aprovecharse dellos, sin que incurriesen en pena, de
las que se habian puesto en la prohibicion desto, alguna. Señaló la
Reina, en especial, las islas de Sant Bernardo, y la isla Fuerte y
las islas de Barú, todas las cuales han perdido su nombre, y no sabré
decir cuáles son, sino las de Barú, que están junto á Cartagena;
señaló tambien los puertos de Cartagena, que deben ser Cartagena la
que hoy nombramos, y por ventura el puerto de Sancta Marta. Y en la
dicha Carta real, dice la Reina, que mandó á los de su Consejo que
lo viesen y platicasen, y visto por ellos como los Reyes, con celo
que los dichos indios caníbales fuesen reducidos á nuestra sancta fe
católica, los habian requerido muchas veces que fuesen cristianos y se
convirtiesen, y estuviesen incorporados en la comunion de los fieles,
y so su obediencia, y viviesen seguramente, y tratasen bien á los
otros sus vecinos de las otras islas, los cuales, no solamente no lo
habian querido hacer, mas habian buscado y buscaban de se defender,
para no ser doctrinados ni enseñados en las cosas de nuestra sancta fe
católica, que contínuamente hacian guerra á sus súbditos, y habian
muerto muchos cristianos de los que iban á las dichas islas, por estar
como estaban, endurecidos en su mal propósito, idolatrando y comiendo
los dichos indios, fué acordado que debia mandar dar esta Carta, etc.
Todas estas son palabras de la dicha Carta de la reina doña Isabel,
de buena memoria, en las cuales, cierto, bien parece cómo suelen ser
engañados los Reyes, áun en el derecho, puesto que finjan los juristas
quel Príncipe tiene todas leyes y derecho dentro de su pecho, porque,
segun dicen ellos, tiene cabe sí grandes varones que florecen y abundan
en la ciencia y pericia dellos; parece tambien la grande ignorancia
y ceguedad que, desde su principio del descubrimiento destas Indias,
cayó en los ánimos y entendimientos, que tuvieron los del Consejo de
los reyes de Castilla, cerca desta materia. La que tuvieron los de
aquel tiempo es asaz, por lo dicho, manifiesta. ¿Qué mayor ignorancia
pudo ser de los del Consejo, que atribuir por culpa á una gente, nunca
ántes vista ni oida, y ella, que nunca imaginó haber otra sino ella en
el mundo, ni saber qué cosa fuese fe católica, ni convertirse, y ni
qué queria decir cristianos, mas de gente malvada, cruel, robadora,
matadora, ni comunion de fieles, y que nunca hombre de los nuestros,
por aquellos tiempos, supo palabra de su lengua, ni ellos de la
nuestra? Y que dijesen los del Consejo en la dicha Carta que les
habian requirido muchas veces que fuesen cristianos y se convirtiesen,
y que estuviesen incorporados en la comunion de los fieles, ¿era
decilles que el sol era claro, ya que supieran vocablos de su lengua
para decírselo, y que ellos lo entendieran, era tan fácil como si les
dijeran, dos y dos son cuatro? Item, ¿ya que lo entendieran, eran
obligados, luego luego, sin más razon y persuasion, ni deliberacion,
dar crédito á tales requirimientos, y sino luego creyesen, incurriesen
las penas de la dicha Carta? Item, ¿la fe católica, suélese dar á los
que nunca la recibieron ni oyeron, ni fueron obligados á la adivinar,
por requirimientos, aunque sean millares de veces hechos, de manera,
que si no la quisieren recibir, incurran en tan graves ó en algunas
penas? ¿Dejólo así ordenado Cristo, el dador principal de la fe? Item,
¿será obligada alguna nacion del mundo á creer á los que con armas,
robando y matando las gentes que estaban en sus tierras y casas,
seguros, sin les haber ofendido, como los españoles, primero que otra
cosa hiciesen, hicieron, como desto está el mundo lleno? Item, ¿no más
de porque los españoles les dijesen que obedeciesen por señores á los
reyes de Castilla, ya que tuvieran lengua para se lo decir, y ellos
lo entendieran, eran obligados á los creer, y por consiguiente, á se
sujetar á los Reyes, y á los obedecer, teniendo ellos sus naturales
Reyes? ¿No fueran juzgados por insipientes y por bestias, si tal
subjeccion concedieran y obedecieran? Item, ¿si los Reyes suyos
naturales, se dieran á los reyes de Castilla, no tuvieran los pueblos
derecho, por el mismo caso, de deponellos? ¿Y si los pueblos sin los
Reyes lo hicieran, no tuvieran mucha razon de tenellos por traidores
y arallos de sal como en España los Reyes, justamente, en tal caso,
lo hicieran? Item, ¿buscar vías y caminos, para de los españoles, que
tantos daños, y robos, y muertes recibian, se defender, era crímen
grande, como, áun á las bestias brutas, el derecho natural, la defensa
de su ser, les concede? Item, ¿no fué perniciosísimo testimonio
falso, decir contra ellos, que buscaban para se defender por no ser
doctrinados, ni enseñados en las cosas de la fe? ¿Y cuándo supieron, ó
quien les dió noticia, qué cosa era ser doctrinados ni enseñados, ni
qué cosa era fe? Manifiesta queda la ignorancia que los del Consejo de
la Reina y de los Reyes tuvieron del derecho, en cosa tan jurídica,
tan importante, tan peligrosa, tan dañosa, y tan provechosa si su
impericia del Consejo, tan irreparablemente, no lo errara. Y así,
tan grandes daños é injusticias, y nunca jamás reparables, á los del
Consejo de los Reyes se los imputó Dios, porque no les era lícito á
ellos ignorar derecho tan claro, pues los Reyes les dan honra y de
comer, por letrados y no por gentiles hombres, ni por muy hidalgos que
fuesen, porque otros habria más que ellos; y así, la ficcion de los
juristas, que todos los derechos residen dentro del pecho del Príncipe,
es harto incierta y débil, pues los de sus Consejos hicieron y hacen
cada dia tan intolerables yerros. Podemos tambien aquí notallos de
muy injustos, pues no guardaron la órden del derecho, ya que tuvieran
jurisdicion para hacer lo que hicieron, la cual por entónces los Reyes
no tuvieron, y en esto los engañaron, y mucho desirvieron, y esto fué,
condenar aquellas gentes, sin ser oidas ni defendidas, ni convencidas,
sino sólo por dicho y testimonio falsísimo de sus capitales enemigos,
que eran los españoles, que nunca otra cosa, sino roballos, oprimillos,
y captivallos, y destruillos, pretendieron. Nunca juicio tan pervertido
ni tan inícuo, en toda la redondez del orbe, jamás se vido, como la
historia presente, con verdad, delante de Dios, que sabe que verdad
aquí se escribe, será el verdadero testigo.
CAPÍTULO XX.