de Noviembre, y fueron ocho leguas, y, con malos tiempos, volvieron
atras y entraron en el puerto que llamamos el Nombre de Dios, al
cual llamó el Almirante puerto de Bastimentos, porque todas aquellas
comarcas y tres isletas, que estaban por allí, eran llenas de labranzas
y maizales. Vieron una canoa de indios, y adelantóse una barca llena
de españoles tras ella, por tomar lengua de alguno dellos, pero los
indios, huyendo, dábanse priesa á remar, temiendo si les querian
hacer mal, y como los alcanzasen, llegando la barca como á un tiro
de piedra, echáronse todos á la mar para huir nadando, y cuanto los
marineros remaban, y llegaba la barca junto á ellos, zabullíanse, como
hacen las aves de agua, é iban á salir por debajo del agua un tiro
de ballesta y dos desviados de la barca, por una parte ó por otra; y
esto duró más de grande media legua. Era una fiesta bien de ver, y
de harto pasatiempo y alegría, ver lo que trabajaban los marineros
en su barca por tomar alguno, y cuan en valde, pues á ningun indio
tomaron, y los indios todos se fueron riendo y mofando, á tierra, de
los marineros, y los marineros, vacíos y corridos, se volvieron á las
naos. Estuvieron aquí hasta 23 de Noviembre, adobando los navíos y
la vasija del agua, y, salidos, fueron hácia el Oriente, y llegaron
á una tierra llamada Guija ó Guiga, y salidas las barcas á tierra,
estaban ya esperando los cristianos sobre trescientas personas con
deseos de rescatar sus mantenimientos, y algunas joyuelas de oro que
traian en las orejas y narices; pero no quiso el Almirante parar allí
mucho, más sábado, á 26 del mismo mes, entraron en un portezuelo,
al cual puso el Almirante nombre Retrete, por su estrehura, porque
no cabian en él arriba de cinco ó seis navíos juntos, y la entrada
era por una boca de hasta quince ó veinte pasos de ancho, y de ambas
partes los arracifes que sobreaguaban, que son peñas como puntas de
diamantes, y la canal entre ellos era tan hondable, que, á allegarse
un poco á la orilla, pueden saltar en tierra desde las naos; y esto
fué principal remedio para no se perder los navíos, segun el angostura
era, y la causa deste peligro fué la relacion falsa que hicieron los
marineros que en las barcas entraron primero adelante á sondar ó
conocer la hondura que por allí habia y peligros, por el ansia que
tenian siempre de salir á tierra á rescatar ó contratar con los indios
de la tierra. Por esto parece que el puerto del Retrete no es el que
agora llamamos del Nombre de Dios, como arriba dijimos por relacion de
otros, sino más adelante, hácia el Oriente. Estuvieron aquí los navíos
nueve dias, por los vientos que corrian muy forzosos y contrarios. Al
principio de estos dias, venian los indios muy pacíficos y mansos,
con toda simplicidad, á hacer sus rescates con los cristianos, pero
despues que los españoles se salian sin licencia del Almirante de los
navíos, escondidamente, y se iban por las casas de los indios, y, como
gente disoluta y cudiciosa, les hacian mil agravios, diéronles causa
á que se alterasen de tal forma, que se hobo de quebrar la paz con
ellos, y pasaban algunas escaramuzas; y como ellos, de cada dia se
juntasen en mayor copia, osaban ya venir hasta cerca de los navíos,
que, como dijimos, estaban con el bordo á tierra, pareciéndoles que
podian hacer el daño que quisiesen, aunque les saliera bien por el
contrario, si el Almirante no tuviera siempre respecto á mitigallos
con sufrimiento y buenas obras. Todo esto dice don Hernando, hijo del
Almirante; donde parece quién fué y era la causa de que los indios
se escandalizasen y tuviesen por mala gente á los cristianos, y no
quisiesen con ellos paz. Parece tambien, si aquellas gentes, desde
su descubrimiento, fueran tractadas por amor y justicia, segun dicta
la razon natural, y prosiguiera siempre adelante con ellos la vía de
comercio y contratacion pacífica y moderada, y mucho más si fuera
cristiana, como justamente hobiéramos dellos todo lo que de oro y
riquezas tenian y abundaban, por nuestras cosillas de no nada, y cuánta
paz y amor entre nosotros y ellos se conciliara, y, por consiguiente,
cuán cierta y fácil fuera su conversion á Cristo, y cuánto la Iglesia
universal se gozara de tener tan infinitos hijos cristianos. Añide más
D. Hernando: «que, visto su demasiado atrevimiento, por espantallos,
mandaba tirar el Almirante alguna lombarda de cuando en cuando, y
que ellos respondian con gran grita, dando con sus bastones en las
ramas de los árboles, haciendo grandes amenazas y mostrando no tener
temor del sonido ó estruendo de las lombardas, pensando que debian
ser como los truenos secos sin rayos, no más de para causar espanto;
y, que porque no tuviesen tan gran soberbia, ni menospreciasen á los
cristanos, mandó que una vez tirasen una lombarda contra una cuadrilla
de gente que estaba junta y apeñuscada en un cerrito, y dando por medio
dellos la pelota, hízoles cognoscer que aquella burla era tambien rayo
como trueno, por tal manera, que despues, áun tras los montes, no se
osaban asomar.» Esto dice D. Hernando, y así parece que debia de haber
muerto algunos dellos la pelota de la lombarda; y, cierto, harta mal
enmienda de los escándalos que los españoles habian causado á aquellas
pacíficas gentes, y poco sufrimiento y ménos buenas obras en esto hizo
el Almirante, por no más de porque no tuviesen tan gran soberbia, y
no menospreciasen los cristianos, con la lombarda matallos, siendo
ellos primero escandalizados y agraviados, mostrándose tan pacíficos
y amigos, y los españoles, por el contrario, haber sido culpados, y
quizá muy culpados, lo que, por ventura, D. Hernando calla. Cierto,
mejor sufrimiento fuera castigar con rigor el Almirante á los que
los habian agraviado y escandalizado en presencia dellos, para que
pareciera pesarle dello, y ser sólos culpados aquellos, y con palabras
ó señas, y mucho más con dádivas y buenas otras obras, satisfacellos,
que no á grandes pecados añadir otros más detestables, con que mayores
daños les hicieron. Dice tambien D. Hernando, que la gente de aquella
tierra era la más bien dispuesta que hasta entónces se habia visto en
estas Indias; eran altos de cuerpo y enjutos, de muy buenos gestos. La
tierra toda rasa, y de mucha hierba y poca arboleda. En el puerto habia
grandísimos lagartos que salian á dormir en seco, los cuales lanzan de
sí un olor que parece que allí está todo el almizcle del mundo, y son
tan carniceros, que si hallan un hombre durmiendo en tierra, lo llevan
arrastrando al agua para comello, puesto que son muy cobardes y huyen
cuando son acometidos. Estos son los verdaderos cocodrilos de los que
se dice abundar el rio Nilo; hay muchos en los rios que salen á esta
mar que decimos del Norte, pero muchos más, sin número, en los que
corren á la mar del Sur.
CAPÍTULO XXIV.
Andando en esto habia grandes tempestades y contrarios tiempos, cuasi
siempre, unos dias más que otros; y viendo el Almirante impedirle los
tiempos Levantes y Nordestes, que son brisas fuertes, de ir adelante,
siguiendo la vía que llevaba del Oriente, lúnes, 5 dias de Diciembre,
determinó de volver atras, para certificarse de las minas del oro,
que ser muy ricas, en la provincia de Veragua, le habian dicho; así
que, aquel mesmo dia, llegó á Bel puerto, que serian hasta 10 leguas
al Occidente. Siguiendo su camino, el dia siguiente asoma un viento
gueste, que es Poniente, contrarísimo al camino que habia querido tomar
de nuevo, y próspero para el que llevaba y habia deseado por tres
meses, que lo puso en muy grande aprieto. No quiso tornar la vía del
Oriente, para la cual bien le sirviera, por la incertidumbre que cada
dia experimentaba de los vientos. Forcejó contra los vientos, crecióle
la tormenta, y anduvieron nueve dias sin esperanza de vida. Dice el
Almirante en la carta, que desde la isla de Jamáica escribió á los
Reyes, que nunca ojos vieron la mar tan alta ni tan brava, y la espuma
della que parecia arder en fuego. El viento estorbaba ir adelante y no
daba lugar para correr á la mar larga, ni para socorrerse con alguna
punta de tierra ó cabo. Un dia y una noche pareció que ardia en vivas
llamas el cielo, segun la frecuencia de los truenos y relámpagos y
rayos que caian, que cada momento esperaban de ser abrasados todos, y
los navíos hundidos á pedazos, segun los vientos eran espantables. Los
truenos eran tan bravos y tan espesos, que pensaban los de un navío que
los de los otros disparaban el artillería, demandando socorro porque
se hundian. Con todo esto eran tantas y tan espesas las lluvias y
aguas del cielo, que, en dos ni en tres dias, no cesaba de llover á
cántaros, que no parecia sino que resegundaba otro Diluvio. La gente de
los navíos estaba tan molida, turbada, enferma y de tantas amarguras
llena, que, como desesperada, deseaba más la muerte que la vida; viendo
que todos cuatro elementos contra ellos tan cruelmente peleaban. Temian
el fuego, por los rayos y relámpagos; los vientos unos contrarios de
otros tan furiosos y bravos y desmensurados; el agua de la mar que los
comia, y la de los cielos que los empapaba; la tierra por los bajos
y roquedos de las costas no sabidas, que, hallándose cabe el puerto,
donde consiste el refugio de los mareantes, por no tener noticia
dellos ó por no les saber las entradas, escogen los hombres ántes
pelear y contrastar con bravos vientos y con la espantosa soberbia
de la mar, y con todos los otros peligros que hay, que llegarse á la
tierra, que, como más propicia y á nosotros más agradable y natural,
entónces más deseamos. Sobrevínoles otro peligro y angustia, sobre
todos los relatados, y esta fué una manga que se suele hacer en la mar.
Esta es como una nube ó niebla que sube de la mar hácia el aire, tan
gruesa como una cuba ó tonel, por la cual sube á las nubes el agua,
torciéndola á manera de torbellino, que cuando acaece hallarse juntas
las naos, las anega y es imposible escapar. Tuvieron por remedio decir
el Evangelio de San Juan, y así la cortaron, y creyeron por la virtud
divina haber escapado. Padecieron en estos dias terribles trabajos, que
ya no habia hombre que pensase, por solos los cansancios y molimientos,
con vida escapar. Dióles Dios un poco de alivio dándoles un dia ó dos
de calmas, en los cuales fueron tantos los tiburones que acudieron á
los navíos, que les ponian espanto y no ménos en gran temor, tomándolos
por agüeros, algunos, que no fuese alguna mala señal. Pero, sin ser
agüero, podia ser señal natural, como las toninas ó delfines lo es de
tormenta cuando sobreaguan, como arriba en el capítulo 5.º dimos alguna
relacion. Hicieron grande matanza dellos con anzuelos de cadena, que
no les fueron poco provechosos para hacer bastimento, porque tenian
ya falta de viandas, por haber ya ocho meses que andaban por la mar,
y así consumido la carne y pescado que de España habian sacado, dello
comido y dello podrido por los calores y bochorno, y tambien la humedad
que corrompe las cosas comestibles por estas mares; pudrióseles tanto
el bizcocho, y hinchióseles de tanta cantidad de gusanos, que habia
personas que no querian comer ó cenar la maçamorra que, del bizcocho y
agua, puesta en el fuego, hacian, sino de noche, por ver la multitud
de los gusanos que dél salian y con él se cocian. Otros estaban ya tan
acostumbrados por la hambre á comerlos, que ya no los quitaban, porque
en quitarlos se les pasaria la cena; tantos eran. En este camino hácia
Veragua, en obra de 15, 20 ó 30 leguas, fueron cosas espantosas las
que con los tiempos contrarios les acaecieron. Salian de un puerto,
y no parecia sino que el viento contrario, de industria, los estaba
esperando como tras un canton, para resistillos. Volvian con la fuerza
dél hácia el Oriente; cuando no se cataban, venia otro que los volvia
impetuosamente al Poniente, y esto tantas y tan diversas veces, que no
sabia el Almirante ni los que con él andaban qué decir ni hacer. Por
todos estos temporales tan adversos y diversos, que parece que nunca
hombres navegantes padecieron en tan poco camino, como desde Bel puerto
hasta Veragua, otros tales, puso por nombre á aquella costa, la costa
de los Contrastes. En todo este tiempo, el Almirante padecia enfermedad
de gota, y sobre ella estas angustias y trabajos, y la gente, lo mismo,
enferma y fatigada, y la más desmayada. Finalmente, dia de los Reyes
del año siguiente de 1503, entraron en un rio, al cual los indios
llamaban Yebra, y el Almirante le puso por nombre Belem, por honra de
aquel dia que los tres Reyes Magos aportaron á aquel Sancto Lugar.
Adelante deste rio está otro, una legua ó dos, que los indios decian
Veragua; mandó el Almirante sondar la entrada del primero, que es con
cierto plomo mirar qué tantos palmos ó brazas tiene de hondo, y tambien
el de Veragua, y hallaron tener catorce palmos el de Belem, cuando es
llena la mar, y mucho ménos el de Veragua. Subieron las barcas por el
de Belem arriba, hasta llegar á la poblacion, donde tuvieron noticia
que las minas del oro estaban en Veragua, puesto que los vecinos della
se pusieron al principio en armas, no queriendo oir á los españoles
ni hablarles, ántes resistirles la entrada; el dia siguiente fueron
las barcas por el rio de Veragua, y los vecinos tambien dél hicieron
lo mismo apedillándose unos á otros con sus armas; no sólo por tierra
trabajaban de defender que no pasasen adelante, pero entrando en el
agua, mas como iba con los españoles un indio de aquella costa, que
entendia su lenguaje, apaciguólos, afirmándoles que aquellos eran buena
gente, y que no les querian tomar cosa de las suyas sin pagársela,
y así se aseguraron y comenzaron á rescatar y contratar con los
cristianos, de los cuales se hobieron hasta 20 espejos de oro y algunos
cañutos, como cuentas y granos de oro, por fundir. Los cuales, para más
lo encarecer, fingian que se cogia muy léjos en unas sierras ásperas, y
que cuando lo cogian, no comian, ántes se apartaban de sus mujeres, y
otros encarecimientos semejantes.
CAPÍTULO XXV.
Visto que el rio de Belem era más hondo para entrar los navíos, acordó
el Almirante de entrar en él, y así, lúnes, 9 de Enero, entraron los
dos navíos, y otro dia siguiente, por esperar que fuese plena mar,
entraron los otros dos que pedian más agua, puesto que no crece ni
mengua, con la mayor marea, más de dos palmos. Vinieron luégo los
indios á contractar con los cristianos de lo que tenian, especialmente
pescado, el cuál entra de la mar tan inmenso número á temporadas,
que parece cosa increible á quien no lo haya visto; traian tambien
oro que daban por alfileres, y lo que era de más cantidad y precio
trocaban por cuentas y por cascabeles. Y como toda la fama de la
riqueza de las minas, los indios atribuyesen á Veragua, el tercero
dia, despues de la entrada, salió el Adelantado á la mar con las
barcas, para subir por el rio de Veragua hasta el pueblo donde residia
el Rey de la tierra, llamado Quibia, el cual, sabiendo la ida de los
cristianos, descendió él y gentes con él, en sus canoas, á rescebirlos,
el rio abajo. Llegadas las canoas á las barcas, hiciéronse todos buen
rescibimiento, como si fueran hermanos. Dió el Rey al Adelantado de
las joyas de oro que traia, y el Adelantado al Rey de las bujerías
y rescates de Castilla, por manera, que los unos quedaron de los
otros muy contentos y amigos, y volvióse con sus canoas el Rey á su
pueblo, y el Adelantado con sus barcas á los navíos. El dia siguiente
vino el Rey á ver al Almirante á los navíos, y como habia poco que
platicar, por no entenderse las lenguas, despues de obra de una hora,
el Almirante le dió algunas cosas de Castilla, y los suyos rescataron
algunas joyas de oro por cascabeles, y sin muchas ceremonias se
despidió, y se fué como se vino. Estando así, los españoles muy
contentos y alegres, un mártes, 24 de Enero, súbitamente vino aquel
rio de Belem de avenida tan crecido, que, sin poderse reparar echando
amarras á los navíos, dió el ímpetu del agua en la nao del Almirante
con tanta violencia, que le hizo quebrar la una de las dos anclas que
tenia, y fué á dar con terrible furia sobre uno de los otros navíos,
que le rompió la contramesana, que es uno de los mástiles, y entena,
donde va cierta vela, y van garrando ambas á dos (esto es llevar las
anclas arrastrando), y daban los golpes y relanzaduras ó vaivenes de
una parte á otra del rio, que no perderse allí todos cuatro navíos
fué negocio divino. Esta súbita venida é inundacion deste rio debió
ser algun grande aguacero (como los hace muchos en estas Indias), que
debió llover en las montañas muy altas que están sobre Veragua, que
llamó el Almirante de Sant Cristóbal, porque el pico de la más alta
parece exceder á la region del aire, porque nunca se ve sobre aquel
nube alguna, sino todas quedan muy más bajas, y, á quien lo mira,
parece que es una ermita. Estará, por lo ménos, á lo que se juzga,
20 leguas la tierra dentro, todas de grandísima espesura. No sólo
este peligro grande allí tuvieron, pero, ya que quisieran salir á la
mar, que estaba de los navíos no media milla, era tanta la tormenta
y braveza de la mar, que habia fuera, que no se hobieran movido del
rio, cuando fueran hechos los navíos pedazos á la salida de la barra;
en la cual eran tantas las rebentazones que hacia la mar, que ni las
barcas pudieron salir, por muchos dias que duró, para ir á ver por la
costa el asiento y disposicion de la tierra, para hacer un pueblo de
españoles que el Almirante hacer determinaba, y haber nueva de las
minas, que era lo que hacia á su caso. Pasados los dias destos tiempos
adversos, y de afliccion harta para todos, y más para el Almirante,
ya que abonanzó la mar, lúnes, á 6 de Febrero envió al Adelantado con
68 hombres por la mar, hasta la boca del rio de Veragua, que distaba
una legua ó poco más, á la parte del Occidente, y fueron por el rio
arriba otra legua y media, hasta el pueblo de aquel señor que dijimos
llamarse Quibia, donde estuvieron un dia informándose del camino de
las minas. De allí, fueron cuatro leguas y media á dormir en par de
un rio, que pasaron cuarenta y tres veces; y otro dia legua y media,
y llegaron á las minas que les mostraron tres indios quel señor mandó
que con ellos fuesen por guias. Llegados, segun dice el Almirante en
la carta que escribió á los Reyes desde Jamáica, que las guías les
señalaron muchas partes alrededor, que abundaban en oro, hácia el
Poniente, en especial por 20 jornadas. Finalmente, los españoles, en
obra de dos horas que allí quisieron tardar, cada uno cogió su poquillo
de oro entre las raíces (porque todo es gran espesura de arboledas),
con lo cual todos se contentaron y vinieron muy alegres aquel dia al
pueblo, y otro á los navíos; estimando ser gran señal de las riquezas
de aquella tierra, por sacar tanto, aunque poco, en tan poco tiempo, y
careciendo de industria, que se requiere mucha para sacallo. Despues se
supo que aquellas minas no eran las de Veragua, que más cerca estaban,
sino las de Urirá, que era otro pueblo de sus enemigos, á las cuales,
diz que, por hacerles enojo, mandó guiar allá los cristianos; y añide
otra razon D. Hernando, conviene á saber, porque se aficionasen de
pasarse allá, y dejasen su tierra sin embarazos. Tornó el Almirante á
enviar al Adelantado otra vez á que entrase por la tierra, y la costa
abajo, hácia el Poniente, á especular lo que por la tierra habia; y
así, salió el Adelantado, juéves, á 16 de Febrero del dicho año de 503,
con 59 hombres, y una barca por la mar con 14. Los cuales, otro dia
por la mañana, llegaron á un rio llamado Urirá, seis ó siete leguas
de Belem á la parte del Occidente. Sabido que iban por el señor de
aquella tierra, salió á recibillos una legua, con hasta 20 personas,
y presentóles mucha comida y bastimento, y rescataron algunos espejos
de oro. Estando un rato allí donde se toparon, fuéronse todos juntos
al pueblo, indios y cristianos, de donde salió gran número de gente á
recibillos; y teníanles aparejada una gran casa, donde los aposentaron
y les presentaron muchas y diversas cosas de comer. Desde á poco vino
á visitallos el señor de Dururi, otro pueblo de aquel cercano, con
mucha gente que traian algunos espejos para rescatar. De los unos y
de los otros, se supo que habia, la tierra dentro, señores de pueblos
que tenian gran riqueza de oro, y que era gente armada como nosotros,
pero esto postrero, ya pareció que, ó los indios mintieron porque no
entrasen los españoles más dentro, ó no los entendieron como hablasen
por señas. En lo que toca lo primero, que tuviesen mucha suma de oro,
harta verdad fué, segun pareció despues cuando por aquella tierra
dentro, hácia la mar del Sur, anduvo la gente de Pedrarias, como, si
Dios quisiere, se dirá. Otro dia siguiente, determinó el Adelantado de
entrar por la tierra más ahorrado, vista la bondad y mansedumbre de los
indios y caridad con que rescibian los cristianos; para lo cual mandó
volver por tierra toda la gente á los navíos, y, con hasta 30 hombres,
prosiguió su camino hácia un pueblo llamado Cobraba, donde habia más de
seis leguas de labranzas de maizales, y de allí fué á otro pueblo que
se decia Cateba; en los cuales se les hizo buen rescibimiento, dándoles
mucho de comer, y rescatando algunos espejos de oro. Estos espejos
eran como unas patenas de cálices, algunas grandes, otras menores, que
pesarian 12 ducados, y algunas más, y otras ménos, las cuales traian
colgadas al cuello, con una cuerda de algodon, como nosotros traemos un
_Agnus Dei_. Y porque ya el Adelantado se alejaba mucho de los navíos,
y por aquella costa ó ribera de la mar, no se hallaba puerto ni rio
que fuese más hondable que el de Belem, para hacer asiento de pueblo,
volvióse por el mismo camino con mucha cantidad de oro que habia de los
indios rescatado. El cual fué rescibido con harta alegría de su hermano
el Almirante, como trujese tan buenas nuevas, y mejor muestra de haber
por aquella tierra tanta riqueza de oro.
CAPÍTULO XXVI.