Dada cuenta de dónde y cómo y cuándo tuvo principio abierto y formal

el repartimiento de los indios á los españoles, y quién fué el que con

solemnidad y autoridad, aunque propia y no de los Reyes, le dió nombre,

que tanto despues fué por todas estas Indias celebrado, y que ha sido

causa de su despoblacion y destruicion de las gentes, naturales dellas,

como si place á Dios se verá, lo que viene luego de aquel tiempo

que deba contar la historia, que fué pocos meses más ó pocos ménos,

contemporáneo, es la guerra que se tornó á hacer contra los indios de

la provincia de Higuey; aquella provincia, que, cuando llegamos con

el Comendador Mayor, estaba agraviada por haber muerto al señor de la

isleta de Saona, y, segun la estima de los españoles, estaba alzada y

rebelada, contra la cual se hizo la guerra, que arriba en el cap. 8.º

hicimos mencion. Esta se movió por esta ocasion: ya dijimos, dónde

arriba, que el fin de la primera fué con cierto asiento que hizo Juan

de Esquivel, Capitan general, y los otros Capitanes, con aquella gente

de la provincia, que hiciesen ciertas labranzas de pan para el Rey, que

era lo que entónces mucho valia, y áun siempre ha sido la principal

riqueza desta isla, y que no vernian á esta ciudad de Sancto Domingo

á hacer algun servicio, ni saliesen de su tierra; porque esto es y

ha sido de los indios en todas partes siempre aborrecido y temido.

Dijimos tambien como habia quedado allí, en una fortaleza de madera,

por Capitan, un hombre llamado Martin de Villaman, con nueve otros

españoles. Este, segun dije, y los que con él quedaron, como estaban

bien vezados á tener en poco los indios, y mandarlos con austeridad

y potencia, forzábanlos á traer el pan que habian sembrado para el

Rey, á esta ciudad; ó á que viniesen á hacer acá alguna labranza,

y, lo que yo tengo por cierto, por la luenga y contínua experiencia

que tengo, y no hay hombre en todas las Indias que esto no sepa ni lo

niegue, por las grandes importunidades y rigurosos malos tratamientos

que les hacian, tomándoles las hijas ó parientas, y quizá las mujeres,

porque esto es lo primero y que más en poco se tiene por los nuestros

en estas tierras, finalmente, por lo uno y por lo otro, ó por todo,

no pudiéndolos sufrir, juntóse mucha gente, y vinieron sobre ellos y

matáronlos, y quemaron la fortaleza. Pienso, si no me he olvidado, que

escapó, de los nueve, uno, que trujo las nuevas dello á esta ciudad

de Sancto Domingo. Sabido por el Comendador Mayor, manda apregonar

la guerra contra los de aquella provincia, á fuego y á sangre; mandó

apercibir toda la gente que se pudo sacar de las villas de los

españoles, instituyó por Capitan general, y por Capitan de la gente

de la villa de Santiago, juntamente, al ya nombrado caballero Juan de

Esquivel. Desta ciudad fué por Capitan un Juan Ponce de Leon, de quien,

abajo, si pluguiere á Dios, habrá que decir, y por Capitan de la Vega,

conviene á saber, de la villa de la Concepcion, que en aquel tiempo era

el principal pueblo de españoles desta isla, nombró por Capitan á Diego

de Escobar, de quien arriba, en el primer libro, dijimos haber sido uno

de los de la compañía de Francisco Roldan. De la villa del Bonao no me

acuerdo quién fué por Capitan. Creo que se juntarian por todos obra

de 300, y no llegarian á 400 hombres, como en la otra de que hablamos

en el cap. 8.º Fuéronse á juntar todos, por diversos y distantes

caminos, á cierta provincia, creo que llamada Ycayágua, la media sílaba

luenga, propincua de la de Higuey, cuyos vecinos llevaban el yugo de

la servidumbre de los españoles, con más paciencia y más equanimidad.

Lleváronse de allí cierto número de indios de guerra, con sus armas,

los cuales, en los de Higuey, alzados, no hicieron poca guerra, ni poco

daño. Las gentes de la provincia de Higuey tenian sus pueblos dentro,

en los montes, y estos montes son llanos como una mesa llana, y sobre

aquella mesa comienza otra mesa, de la misma manera llana y montuosa,

más alta 50 y más estados, al cual se subia con gran dificultad, que

apénas pueden subir gatos. Estas mesas son de 10 y 15 leguas de largo y

ancho, y todas soladas, como si lo fuesen á mano, de lajas de peña viva

muy áspera, como puntas de diamante. Tienen infinitos ojos ó hoyos,

de cinco y seis palmos en torno, llenos de tierra colorada, la cual,

para su pan caçabí, es fertilísima y admirable, porque poniendo una

rama ó dos de la planta de donde salen las raíces de que se hace, todo

aquel agujero ó hoyo se hinche de sola una raíz, cuanto el cabe, y áun

sembrando en aquellos agujeros ó hoyos dos ó tres pepitas de nuestros

melones, se crian de la misma manera, tan grandes, que no hay botijas

de media arroba, de las de España, mayores, finísimos y odoríferos, y,

como sangre, colorados. Por esta fertilidad tenian aquellas gentes sus

pueblos en aquellas montañas llanas. Dentro de aquellos montes llanos

talaban los árboles cuanto era menester, para hacer una plaza, segun el

pueblo era chico ó grande; y, hecha la plaza, ella en medio, talaban

y hacian cuatro calles en cruz, muy anchas y de un tiro de piedra en

largo. Estas calles hacian para pelear, porque sin ellas no se pudieran

menear, segun los montes son espesos, y las rocas ó peñas y piedras

que hay, tambien muy ásperas, aunque llanas. Así que, llegada la gente

de los españoles á los límites de aquella provincia, y sentida por las

gentes della, hacen por todas partes muchas ahumadas, unos pueblos á

otros avisándose, y luego ponian las mujeres, y los hijos, y viejos

en cobro, en lo más secreto que ellos hallar podian y sabian de los

montes. Lléganse más los españoles, y en cierto lugar llano y monte

desembarazado, asientan su real para que se pudiesen aprovechar de los

caballos, y, desde allí, proveer á dónde y cómo habian de guerrear.

Allí asentados, todo su principal cuidado era y es, á los principios,

como debe ser en todas las guerras, prender alguno de los contrarios

para que descubran los secretos propósitos y disposicion, y gente y

fuerzas que en ellos hay; y así se tomaban, y, tomados, atormentaban,

y algunos descubrian, y otros ántes se dejaban morir que descubrir

la verdad, si sus señores se lo mandaban. Entrados del todo los

españoles y llegando á los pueblos, hallaban los indios de los pueblos

comarcanos, juntos en un pueblo, que era el más apropiado, y, en las

calles, aparejados con sus arcos y flechas, pero desnudos, en cueros, y

las barrigas por broqueles, para pelear; y era estraña su grita, que,

si así como ponian miedo con sus alaridos, lo pusieran con las armas,

no les hobiera ido con los españoles tan mal. Esperaban el primer

ímpetu de los españoles, aventando sus flechas, harto de léjos, que,

cuando llegaban, iban tan cansadas, que apénas mataran un escarabajo.

Desarmadas en los cuerpos desnudos las ballestas principalmente, porque

por entónces, pocas eran ó ningunas las espingardas, viendo caer muchos

dellos, luego se iban retrayendo, y pocas veces ó ninguna esperaban

las espadas. Algunos habia, que así como le daban la saetada, que le

entraba hasta las plumas, con las manos se sacaba la saeta y con los

dientes la quebraba, y, escupida, la arrojaba con la mano hácia los

españoles, como que con aquella injuria, que les hacia, se vengara, y

luego, allí, ó poco despues, caia muerto. Pasados aquellos primeros

tiros, viendo lo poco que con las ballestas de los españoles ganaban,

todo su refugio y defensa no era sino huir cada casa ó vecindad por su

parte. Allí, por la espesura de los montes y aspereza de la tierra,

porque todo se andaba sobre peñas, como es dicho, muy ásperas, poco

duraba tras ellos el alcance. Pero porque siempre, ó las más de las

veces, ó allí en el conflicto, ó mayormente andando cuadrillas de

españoles á cazar indios por los montes, se tomaban algunas espías,

ó algunos que de una parte á otra pasaban, á estos tales dábanles

increibles tormentos para que descubriesen dónde se habia huido la

gente, y en qué lugares y en cuántas partes. Llevaban estos por

guías, con cordeles al pescuezo atados, y algunos, desque llegaban

á algun despeñadero, por llevar tras sí al español que lo llevaba

del cordel, se despeñaba, porque así se lo habia el señor ó Cacique

mandado. Llegada la cuadrilla de los españoles á donde los infelices

tenian arrinconados sus ranchos, daban en ellos, donde veríades hacer

sus efectos, en aquellos cuerpos desnudos, las espadas. Allí no se

perdonaba á hombre viejo ni niño, ni mujer parida ni preñada. Despues

de hechos grandes estragos, prendian muchos por los montes, destos que

del cuchillo se habian escapado, á todos los cuales les hacian poner

sobre un palo la una mano, y con el espada se la cortaban, y luego la

otra, á cercen, ó que en algun pellejo quedaba colgando, y decíanles,

«andad, llevad á los demas esas cartas.» Por decir, «llevad las nuevas

de lo que se ha de hacer dellos, segun que con vosotros se ha obrado»;

íbanse los desventurados, gimiendo y llorando, de los cuales, pocos ó

ningunos, segun iban, escapaban, desangrándose, y no teniendo por los

montes, ni sabiendo donde ir á hallar alguno de los suyos, que les

tomase la sangre ni curase; y así, desde á poca tierra que andaban,

caian sin algun remedio ni mamparo.

CAPÍTULO XVI.

Desbaratados y desparcidos los de los pueblos, que se habian juntado

en alguno de los más convenientes para resistir á los españoles, iban

á dar en otro pueblo donde sabian que estaban los indios esperándolos.

Entre otros, fueron al más principal, que era el del rey y señor

Cotubanamá ó Cotubáno, que dijimos en el cap. 8.º que habia trocado

el nombre con Juan de Esquivel, Capitan General, y era su guatiao,

como hermano en armas; este Cacique y señor era estimado por el más

esforzado de toda aquella provincia, y era el más lindo y dispuesto

hombre, que, entre mil hombres de cualquiera nacion, creo yo que se

hallara; tenia el cuerpo mayor que los de los otros, creo tambien

que tenia una vara de medir entera de espalda á espalda, la cintura

la ciñeran con una cinta de dos palmos ó muy poquito más; tenia la

llave de las manos de un gran palmo; los brazos, y las piernas, y

todo lo demas, á los otros miembros muy proporcionado, el gesto no

hermoso, sino de hombre fiero y muy grave; su arco y flechas era de

doblado gordor que los de los otros hombres, que parecian ser de

gigante. Finalmente, este señor era de tan señalada disposicion, que

los españoles, todos, de velle se admiraban. Guardé para este lugar

hablar dél, así en particular, lo que parece que tenia su lugar en

el cap. 8.º, porque no entónces yo lo vide, sino en esta temporada y

guerra segunda que se les hizo. Asi que, determinados los españoles

de ir al pueblo deste señor, donde tenian nueva que habia mucha gente

ayuntada para les resistir, y por ser entre todos, y más que ninguno,

por su persona y esfuerzo, nombrado y estimado, fueron todos derechos

allá, y llegados á cierto pedazo de la ribera de la mar, hallaron dos

caminos, que iban por el monte, al pueblo. El uno, muy escombrado,

cortadas las ramas y todo lo que podia embarazar; en este, á la entrada

del pueblo, tenian los indios una celada, para dar á los españoles en

las espaldas, donde no recibieran poco daño; el otro camino estaba muy

cerrado, lleno de árboles cortados y atravesados, que ni áun gatos

pudieran por él andar, pero los españoles, como siempre saben darse á

recaudo, sospecharon luego aquello haber sido de industria ordenado; y

así, sospechando algun engaño, dejaron el camino abierto, y vánse, con

muy gran dificultad, por el cerrado. De una legua ó legua y media, que

habria al pueblo desde la mar, la media legua estaba el camino, de la

manera dicha, con madera ocupado, y, en pasarla, los españoles, tirando

y cortando palos se cansaron harto, y así pasaron; todo lo demas del

camino estaba sin embarazo, de donde tomaron mayor indicio que los

indios, industriosamente los echaban por el otro camino para les hacer

daño. Yendo por el camino adelante, muy sobre aviso, acábanlo de andar,

y, junto al pueblo, dan en los indios que estaban en la celada, por

las espaldas, y desarman en ellos las ballestas, donde todas ó las más

emplearon; saltan luego todo el resto de los indios, recogiéndose á

las calles, y allí tiran infinitas flechas, desde léjos, como suelen,

por miedo de las espadas, como juego de niños, y así hicieron en los

españoles ningun daño; dellos fueron hartos, de las saetas, heridos y

bien lastimados. Con todo esto se acercaban y peleaban con piedras,

no con hondas tiradas, sino con las manos, porque hondas nunca las

usaron ni las alcanzaron, de que allí habia grande abundancia, con su

grita, que ponian en el cielo, mostrando siempre grande gana de pelear

y echar de su tierra los que destruidores de su nacion estimaban. No

desmayaban porque vian caer muchos de sí mismos asaeteados, ántes

parecia que cobraban vigor, y otra cosa fuera si las armas tuvieran

á las de los españoles iguales. Contaré una hazaña digna de ser oida

y alabada, que allí vide hacer á un indio, cierto, señalada, si la

pudiera dar á entender cómo pasó contándola. Apartóse de todos los

otros, que, como dicho es, con piedras y sus flechas peleaban, un

indiazo, bien alto, desnudo en cueros como los otros, desde arriba

hasta abajo, con sólo un arco y una sola flecha, haciendo señas, como

desafiando que saliese á él algun cristiano. Estaba por allí cerca un

español llamado Alejos Gomez, muy bien dispuesto y alto de cuerpo, y en

matar indios harto experimentado, y que tenia grande ventaja á todos

los españoles desta isla, en cortar de un espada, porque cortaba un

indio por medio de una cuchillada. Este, apartóse de los demas, y dijo

que lo dejasen con el indio, que lo queria él ir á matar. Las armas

que llevaba eran, una espada ceñida y una daga ó puñal, y una media

lanza, y cubierto bien con una grande adarga de juego de cañas. Como

el indio lo vido apartarse, váse á él como si fuera armado de punta

en blanco y el español algun gato. El Alejos Gomez, pone la media

lanza en la mano del adarga, y pelea con el indio con piedras, que,

como dije, habia hartas. El indio no hacia más, sino amagalle con la

flecha como que queria soltalla, y andaba de una parte á otra, dando

saltos, guardándose de las piedras, con tanta ligereza como si fuera

un gavilan. Desque todos los españoles los vieron pelear desta manera,

y los indios asimismo, cesaron de la pelea por mirallos; unas veces el

indio daba un salto contra el Alejos Gomez, que parecia que lo queria

clavar, él cobríase todo con el adarga, temiendo que ya era clavado.

Tornaba á tomar piedra el Alejos Gomez y á tiralle, y el indio saltando

y amagándole; todo esto él desnudo en cueros, como su madre lo parió,

y con sola una flecha, puesta en su arco; y, porque duró la pelea un

muy gran rato, fueron sin número las piedras que le tiró, estando cada

momento ambos cuasi juntos, y es cierto que con ninguna le acertó.

Finalmente, andando desta manera ambos á dos, tuvo el indio en tan poco

al español, que se fué acercando á él en tanto grado, que arremetió á

él y púsole la flecha cuasi al arquillo del adarga, hizo harto Alejos

Gomez en hacerse como un ovillo, cubriéndose con su adarga, y como lo

vido tan junto á sí, deja las piedras y toma la lanzuela, y arrojasela

creyendo que ya lo tenia clavado, pero da el indio un salto á través,

y váse riendo y mofando con su arco y flecha sin la haber soltado de

la mano, y con su cuerpo desnudo, sano y salvo. Acuden los indios

todos con gran grita y risa, escarneciendo de Alejos Gomez y de los

demas de su compañía, dando grandes favores á su comiliton, por su

soltura y ligereza, y no ménos esfuerzo, digno de ser loado. Quedaron

los españoles admirados, y el mismo Alejos Gomez más alegre que si lo

matara, y no poco todos al indio loando. Fué, cierto, espectáculo de

grande alegría, y que no hobiera Príncipe alguno, de los nuestros de

España ni de otra nacion, que no se holgara de verlo y de remunerar al

indio con merced señalada. Todo lo que he dicho es verdad, porque yo lo

vide de la manera que lo he contado. Duró la pelea toda entre indios y

españoles, de la manera dicha, desde las dos de la tarde que llegaron,

hasta que los despartió la noche.

CAPÍTULO XVII.

Otro dia no pareció hombre ninguno de los indios, sino, como vian que

no podian prevalecer contra los españoles, mostrada la primera vista,

y gana de se defender y pelear, como está dicho, luego á los montes

huian, donde habian puesto las mujeres y hijos, y los demas que no

eran para pelear. Pues como este señor Cotubanamá, fuese, como dicho

queda, el más fuerte para entre ellos, y más estimado, y no hobiese

sacado más fruto para contra los españoles que los demas, no hobo ya

de aquí adelante señor, ni gente, que en su pueblo osase esperar, sino

que todos trabajaron de retraerse y esconderse donde mejor podian,

en los más breñosos y escondidos montes; ya no restaba qué hacer á

los españoles sino desparcirse por cuadrillas, y andar á montear los

indios que podian escudriñar y prender por los montes, y lo principal

que inquirian era topar con los Caciques y señores, y á Catubanamá,

sobre todos. Salian cuadrillas por diversas partes, y escudriñaban

los rastros por los caminos, que eran harto ciegos y angostos. Habia

hombres tan diestros en buscar indios, que de una hoja de las del

suelo, podrida, caidas de los árboles, vuelta de la otra parte, sacaban

el rastro é iban por él á dar donde habia juntas mil ánimas; porque

los indios, andando por aquellos montes, con tanta sotileza andaban,

como anduviesen desnudos y descalzos, que no hacian 20 ni 30 juntos,

más rastro, que si pasara un sólo gato, pero no les bastaba. Otros

españoles habia, que de sólo el olor del fuego, porque los indios,

donde quiera que están, tienen fuego, de mucho trecho, y de léjos,

tomaban el rastro. Desta manera, las cuadrillas de los españoles,

andando, muchas veces cazaban algun indio, y á tormentos descubria

dónde la otra gente estaba; llevándolo atado iban allá, hallábanlos

descuidados, daban en ellos, y cuantos huir no podian, como mujeres,

niños y viejos, metian á espada, porque lo principal que pretendian

era hacer grandes crueldades y estragos, para meter miedo por toda

la tierra y viniesen á darse. Todos los que tomaban á vida, como los

mancebos y hombres grandes, cortaban ambas á dos manos, y enviaban,

como se dijo, con cartas; fueron sin número á los que cortaron desta

manera las manos, y más los que mataron. Holgábanse por extraña

manera en hacer crueldades, unos más crueles que otros en derramar,

con nuevas y diversas maneras, sangre humana. Hacian una horca luenga

y baja, que las puntas de los piés llegasen al suelo, porque no se

ahogasen, y ahorcaban 13 juntos, en honor y reverencia de Cristo,

Nuestro Redentor, y de sus doce Apóstoles; y así, ahorcados y vivos,

probaban en ellos sus brazos y sus espadas. Abríanlos de un revés por

los pechos, descubríanles las entrañas; otros hacian de otras maneras

estas hazañas. Despues de así desgarrados, áun vivos, poníanles fuego

y quemábanlos; liaban el indio todo con paja seca, y poníanle fuego y

quemábanlo. Hombre hobo que á dos criaturas, que serian hasta de dos

años, les metió por la hoya de la garganta una daga, y así degollados

los arrojó en las peñas. Todas estas obras y otras, extrañas de

toda naturaleza humana, vieron mis ojos, y agora temo decillas, no

creyéndome á mí mismo, si quizá no las haya soñado. Pero en la verdad,

como otras tales y peores, y muy más crueles y sin número, se hayan

perpetrado en infinitas partes destas Indias, no creo que de aquestas

me he olvidado. Algunas veces, siguiendo algunas cuadrillas algunos de

los rastros que se han dicho, sin otra guia, iban á dar donde habia

mucha gente ayuntada, que no quisieran hallar tanta, porque los indios,

viendo que los españoles eran pocos, desque los contaban tornaban sobre

sí, y con piedras y á flechazos, de cerca, los fatigaban: y así fué una

vez, que 13 españoles siguieron un rastro, y fueron á dar con 1.000 ó

2.000 ánimas entre mujeres y niños, chicos y grandes; llevaban cuatro

ballestas, y sus rodelas y lanzas y espadas, á los cuales acometen

los indios muy denodados; los españoles sueltan las ballestas y

hácenseles luego las cuerdas pedazos. Los indios fatíganlos á pedradas

y flechazos, los cuales rescibian en las rodelas y adargas, pero no

llegaban junto á ellos, para con las porras ó mancanas hundilles los

cascos, porque sólo que el de la ballesta, que tenia siempre armada,

les amagaba como que la queria soltar, ninguno habia que se les osase

acercar, y con solos aquellos ademanes de la ballesta, se libraron,

que no los matasen, dos horas ó tres que duró el combate, hasta que,

por maravilla, se oyó la grita en el Real de los españoles, que yendo

de paso, habia cerca de allí, aquella tarde, parado. Entónces ocurrió

toda la más gente del Real, y van por el rastro de los 13 españoles, y

llegan allá; dan en los indios de fresco, desmayan los indios, ponénse

en huida, hácese gran matanza, y la presa de los captivos, mujeres y

niños, y de otras edades, fué grande. En estos comedios, todos los

españoles padecieron grandes hambres, porque regla general en estas

Indias es, que como entran y han entrado siempre guerreando y huyen

los indios dellos, y ellos no traen la comida de España, ni se dan

maña para hacer el pan destas tierras, ni haber los otros manjares,

que padezcan grandes hambres y mueran muchos dellos, como han muerto

infinitos, ésles necesario. Las gentes que se captivaban repartian por

los españoles los Capitanes, dándoselos por esclavos. Cada uno echaba

en cadenas, si las tenia, los que le daban, ó de otra manera tenia

cuidado de guardallos; iban dos ó tres españoles juntos, llevando 10 ó

12 y 15 y 20 esclavos, apartándose del Real, por los montes, á sacar

ciertas raíces, llamadas guayagas, la media sílaba breve, de que en

aquella provincia sola, se hacia cierto pan; y una vez descuidáronse

los tres ó cuatro españoles, y, aunque tenian sus espadas y rodelas,

arremeten á ellos los esclavos, y, con los ramales de las cadenas y con

piedras, matáronlos: ellos, despues unos á otros se desherraron, y, en

señal de su victoria, llevaron las cadenas y las espadas á presentar

al señor Cotubanamá. A todos los indios que se prendian y cortaban

las manos, y en quien se ejercitaban las susodichas crueldades,

decíaseles que así los habian á todos de lastimar y matar si no se

daban. Respondian que si vernian, sino que temian las amenazas del rey

Cotubanamá, que les enviaba siempre á decir que no se diesen á los

españoles, si nó, que, despues de idos, los habia de matar. Lo uno,

por esto, y lo otro, por la persona que era tan señalada, y porque era

cierto, que sino se prendia, ó de otra manera se daba ó venia de paz,

que la tierra no habian de poder sujetar, todo el intento principal

de los Capitanes y españoles era preguntar dónde Cotubanamá estaba, y

dónde se podia hallar. Finalmente, se tuvo nueva que se habia pasado

á la Saona, y que allí estaba sin gente con su mujer y hijos, pero

muy vigilante y á buen recaudo. De allí adelante acordó el Capitan

general, Juan de Esquivel, de pasar allá, como le pareció que allí le

habia ido bien con la matanza que habia hecho en aquella isla, y así,

trabajó de irse acercando hácia la tierra del mismo Cotubáno, que, como

dicho queda, era de la isla dicha, la tierra frontera y más cercana,

solas dos leguas de mar en medio. En este tiempo, prendieron ciertos

señores principales, y mandólos el Capitan general quemar vivos,

y creo que fueron cuatro, porque de tres no tengo que dudar. Para

quemallos, hicieron ciertos cadalechos sobre cuatro ó seis horquetas,

puestas unas varas á manera de parrillas, y en ellos los Caciques muy

bien atados; debajo pusieron muy buen fuego, y comenzándose á quemar,

daban gritos extraños, que oirlos, las bestias me parece que no lo

pudieran tolerar. Estaba el Capitan general en un aposento, apartado

de allí alguna distancia, donde tambien oia sus dolorosos gemidos y

gritos lamentables, y porque de oillos rescibia pena, ó por quitalle el

reposo, ó quizá de lástima y piedad, envió á mandar que los ahogasen;

pero el alguacil del Real, que ejecutaba la inícua sentencia, y era

el verdugo de aquel acto, hízoles meter palos en las bocas, porque no

sonasen ni oyese el Capitan los alaridos y gemidos que daban, y así se

quemasen abrasados, como si le hobieran muerto á todo su linaje. Todo

esto yo lo vide, con mis ojos corporales mortales.

CAPÍTULO XVIII.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 7 / 37 段