Dicha la sustancia de la Carta de la reina doña Isabel, dirigida al

Comendador Mayor, sobre la órden que habia de tener, si órden fuera,

en hacer á los indios trabajar, fundada sobre la falsa informacion

que se le habia escrito, y declaradas las ocho partes que la carta

contenia, y que la Reina pretendia que se pusiesen en ejecucion, será

bien consiguientemente dar noticia cómo el dicho Comendador Mayor

entendió la Carta, ó al ménos, si no la entendió, cómo la ejecutó.

Cuanto, pues, á lo primero y principal que la Reina pretendia, y era

obligada pretender por fin, conviene á saber, la instruccion, doctrina

y conversion de los indios, ya dije arriba, y torno á decir y afirmar

con verdad, que por todo el tiempo que el Comendador Mayor esta isla

gobernó, que fueron cerca de nueve años, no se tuvo más cuidado de

la doctrina y salvacion dellos, ni se puso más por obra, ni hobo más

memoria ni cuenta della ni con ella, que si los indios fueran palos, ó

piedras, ó gatos, ó perros, y esto no sólo por el mismo Gobernador, y

á los que dió los indios que les sirviesen, pero ni por los religiosos

de Sant Francisco, que con él vinieron, que eran buenas personas,

los cuales, cerca dello, ninguna cosa hicieron ni pretendieron, sino

vivir en su casa, la desta ciudad, y otra que hicieron en la Vega,

religiosamente. Sólo esto ví que hicieron, conviene á saber, que

pidieron licencia para tener en sus casas algunos muchachos, hijos

de algunos Caciques, pero pocos, dos, ó tres, ó cuatro, y así, á los

cuales enseñaron á leer y escribir, pero no sé que más con ellos de

la doctrina cristiana y buenas costumbres aprendieron, mas de dalles

muy buen ejemplo, porque eran buenos y vivian bien. Cuanto á lo

segundo, que fué que señalase cierto número de gente á cada Cacique,

etc., deshizo los grandes y muchos pueblos que habia en esta isla,

y da á cada español de los que él quiso, á uno 50, y á otro 100, y

á otro más y á otro ménos, segun la gracia que cada uno alcanzaba

con él; y en este número entraban niños y viejos, y mujeres preñadas

y paridas, hombres principales y plebeyos, y los mismos señores y

Reyes naturales de los pueblos y de la tierra. Este repartir entre

los españoles los indios, vecinos y moradores de los pueblos, llamó y

llamaron el repartimiento. Dió tambien al Rey su repartimiento en cada

villa, como á un vecino que hacia sus labranzas y granjerías, y cogia

oro para el Rey; y porque de cada pueblo de indios se hacian muchos

repartimientos, dando á cada español cierto número, como es dicho,

dellos, con el uno dellos asignaba que fuese el señor ó Cacique, y

este daba al español á quien él más honrar y aprovechar queria; á los

cuales daba una Cédula de su repartimiento, que rezaba desta manera: «A

vos, fulano, se os encomiendan en el Cacique fulano, 50 ó 100 indios,

para que os sirvais dellos, y enseñaldes las cosas de nuestra sancta

fe católica.» Item, decia otra: «A vos, fulano, se os encomiendan en

el Cacique fulano, 50 ó 100 indios, con la persona del Cacique, para

que os sirvais dellos en vuestras granjerías y minas, y enseñaldes las

cosas de nuestra sancta fe católica,» y así todos cuantos habia en el

pueblo, por manera, que á todos, chicos y grandes, niños y viejos,

hombres, y mujeres preñadas y paridas, señores y vasallos, principales

y plebeyos, condenaba absolutamente á servidumbre, donde al cabo,

como se verá, morian. Esta fué la libertad, que de su repartimiento

consiguieron. Cuanto á lo tercero, que debiera tener respeto á las

grandes necesidades de las mujeres y hijos, y á que se ayuntaran cada

noche, ó al ménos cada sábado, aunque esto era injusto, como dijimos,

consintió que llevasen los españoles á los maridos á sacar oro, 10,

y 20, y 30, y 40, y 80 leguas, cierto, y las mujeres quedaban en las

estancias ó granjas, trabajando en las labores de la tierra, cavando,

no con azadas, ni arando con bueyes, sino, con unos palos tostados,

rompiendo la tierra, y sudando, en trabajos que no son iguales, con

mucho, á los mayores que los cavadores trabajan en Castilla. Estos

eran, hacer unos montones para el pan que se come; y esto, es alzar de

la tierra que cavan, cuatro palmos en alto, y doce piés en cuadro, y

destos hacer diez y doce mil juntos, que gigantes se molieran; y otros

oficios y trabajos no menores, ó poco ménos que estos, cualesquiera

que vian los españoles serles más provechosos para sacar dineros.

Por manera, que no se juntaba el marido con la mujer, ni se vian en

ocho ni en diez meses, ni en un año; y cuando al cabo deste tiempo

se venian á juntar, venian de las hambres y trabajos tan cansados

y tan desechos, tan molidos y sin fuerzas, y ellas, que no estaban

acá ménos, que poco cuidado habia de comunicarse maridalmente; desta

manera, cesó en ellos la generacion. Las criaturas nacidas, chiquitas

perecian, porque las madres, con el trabajo y hambre, no tenian leche

en las tetas; por cuya causa murieron en la isla de Cuba, estando yo

presente, 7.000 niños en obra de tres meses; algunas madres ahogaban

de desesperadas las criaturas; otras, sintiéndose preñadas, tomaban

hierbas para malparir, con que las echaban muertas. Por manera, que

los maridos morian en las minas, y las mujeres en las granjas, con los

trabajos dellas, y las criaturas nascidas por se les secar la leche,

y cesando la generacion para las por nacer, de necesidad habian, como

perecieron todos, en breve de perecer, y así se despobló esta tan

grande, y poderosa y fertilísima, aunque desdichada isla. Y es aquí

de considerar, que si en todo el mundo las dichas causas hobieran

concurrido, si haberse todo evacuado de todo el linaje humano, en tan

breves dias, fuera maravilla. Cuanto á la cuarta, que habia de ser

el alquilarse algun tiempo, y no siempre, é inducidos con dulzura y

piedad, etc; diólos el Comendador para que contínuamente trabajasen sin

darles descanso alguno, como parece por la Cédula del repartimiento, y

si alguna limitacion despues puso, de que yo, cierto, no me acuerdo,

al ménos esto es cierto, que se les daba por resuello, y que muchos y

los más servian y trabajaban en aquel tiempo, contínuamente; y, sobre

los trabajos importables, permitió ponellos y mandallos unos verdugos

españoles crueles, á los que andaban en las minas, unos llamados

mineros, y á los que andaban y trabajaban en las granjas ó estancias,

estancieros. Estos, tratábanlos con tanto rigor y austeridad, y por

modo tan inhumano, que no parecia sino que eran los ministros del

infierno, que de dia ni de noche no dan de holganza un momento.

Dábanles de palos ó varazos, de bofetadas, de azotes, de puntilladas,

nunca oyendo dellos otra más dulce palabra que perros, y porque por

las continuas impiedades y aspereza de los malos tractamientos de los

estancieros y mineros, y por los trabajos continuos, no tolerables, que

sin resollar sufrian, y con tener por cierto que nunca dellos habian de

salir, sino en ellos de morir, como vian que sus vecinos y compañeros

morian, que es lo que á los dañados en el infierno hace desesperar,

íbanse huyendo por los montes á esconder, criaron ciertos alguaciles

del campo, que los iban á montear y á traellos. Y en las villas y

lugares de los españoles, señaló y crió el Comendador Mayor un vecino,

el más honrado y caballero del pueblo, al cual puso nombre Visitador,

y á quien, por sólo el oficio, como por salario, sin el repartimiento

que le habia cabido de indios, le daba otros cien indios, que como los

otros le sirviesen. Estos eran los verdugos mayores ordinarios, y así,

como más honrados en el pueblo, tanto más que los otros eran crueles.

Ante estos presentaban los alguaciles del campo á los desventurados

indios huidos que de los montes traian; iba el acusador luego allí,

y este era el que los tenia en repartimiento, y les habian dado por

piadoso maestro, y acusábalos diciendo, que aquel indio ó indios era ó

eran unos perros que no le querian servir, y que cada dia se le iban

de puro bellacos haraganes, que los castigase bien. Luego el Visitador

los hacia amarrar á un poste, y él mismo, por sus propias manos, como

el más honrado, tomaba un rebenque de marineros alquitranado, que

llaman en las galeras anguilla, el cual es como una verga de hierro,

y dábale tantos de azotes y tan crueles al cuerpo desnudo, flaco,

en los huesos, hambriento, hasta que por muchas partes le reventaba

la sangre y lo dejaba por muerto, con protestacion y amenazas, que,

si otra vez se huia, que habia de hacer y acontecer. Nuestros ojos

vieron algunas veces muchas y grandes inhumanidades destas, y Dios es

testigo, que tantas fueron las que cometian y cometieron en aquellos

corderos, que, por mucho que dellas se diga, no pueden ser, de muchas

partes una, encarecidas. Cuanto á lo quinto, que habian de ser los

trabajos moderados, etc.; estos eran sacar oro, el cual es tal, que há

menester para sacallo de las entrañas de la tierra, ser los hombres

de hierro, porque se trastornan las sierras, lo de abajo arriba y de

arriba abajo, mil veces, cavando, y quebrando peñas y meneando piedras,

y para lavallo en los rios llevan la tierra acuestas, y allí están

los lavadores siempre metidos en el agua, y corvados los lomos, que

se quiebran por el cuerpo, y cuando la mina hace agua, sobre todos

los trabajos es, con los brazos y ciertas gamellas, de abajo arriba,

echalla fuera; y finalmente, para conjeturar y entender qué trabajo es

coger oro y plata, débese considerar, que los gentiles la mayor pena

que daban á los mártires, despues de la muerte, era condenallos para

sacar los metales. Y los reyes de Egipto no echaban en las minas á

sacar oro sino á los condenados por sus delitos, y á los que captivaban

en las guerras ó á los que levantaban algun grave testimonio, ó á los

que, por algun de servicio, incurrian en la ira del Rey, y tal era

el trabajo, que, porque no se huyesen, les echaba prisiones, y era

grande el número de la gente que en ello ocupaban, á los cuales, sin

descanso alguno, dias y noches, forzaban á trabajar, con injurias,

azotes y palos. Todo esto dice Diodoro, lib. IV, cap. 2.º: _Egipti

enim Reges, crimine damnatos omnes ac ex hostibus captos, insuper ob

aliquam falsam calumniam aut Regum iram in carcerem detrusos, aura

defodiendo deputant simul sumpta facinorum pena e magno quæstu ex

eorum labore percepto: illi compedibus vincti magnus hominum numerus

absque ulla intermissione, die nocteque exercentur nulla neque requie

concessa, omnique ablata fugiendi facultate_, Y más abajo: _Ab hoc

labore nunque conquiescunt, contumeliis verberibusque ad continuum

opus coacti_, etc. Tambien dice allí que les ponian propósitos, que

debian ser los verdugos, como acá dijimos, de los mineros; y, en el

lib. VI, cap. 9.º, el mismo Diodoro, del trabajo que es sacar oro nos

trae otros testigos, á nosotros los españoles, más cercanos, y estos

son la misma gente de España. Cuenta que los romanos, despues de haber

sojuzgado á España, compraban muchos esclavos, y de creer es que debian

ser dellos algunos españoles, y quizá todos, y que los enviaban y

tenian en las minas, y que era increible la riqueza que sacaban para

sus señores, aunque con grandes angustias y calamidad suyas; porque

de dia y de noche los constreñian á que cavasen, y que muchos, por el

excesivo trabajo, perecian, como quiera que ninguna holganza les diesen

ni tiempo para que resollasen, ántes, con azotes, á que de contino

estuviesen en la obra eran forzados; los cuales, raro, podian vivir

mucho, sino eran los muy robustos de fuerzas y vigor de ánimo; aquestos

más tiempo duraban en esta calamidad, y á los tales, por la grandeza

y gravedad de la miseria que padecian, más deseada era la muerte que

la vida. _Verum cum die noctuque in labore perseverent multi ex nimio

labore moriuntur: cum nulla eis ab opere detur requies aut laboris

intermissio, sed verberibus ad continuum opus coacti, raro diutius

vivunt. Robustiori quidam corporis et animi vigore, plurimum temporis

in ea versantur calamitate, quibus tamen ob miseriæ magnitudinem mors

est vita optabilior_, etc. Todo esto es de Diodoro, y lo que más se ha

dicho en romance. Por lo dicho parece que de naturaleza le debe ser

al oro apropiado morir los hombres del trabajo que generalmente hay

en sacallo, y ser tanto, que precian más la muerte que la vida por no

pasallo; y por consiguiente, queda probado, que no son imposibles las

calamidades, que, padecer los indios en sacallo, contamos; y plugiera á

Dios que no fueran necesarias, pues, en verdad, son pasadas y pasan hoy

donde quiera que los españoles con indios el oro sacan.

CAPÍTULO XIV.

En el cual se prosiguen la quinta y las otras tres partes de la carta

de la Reina, de que mal usó el Comendador Mayor, en perdicion de los

indios.

Duraban en las minas y en los trabajos dellas, al principio, seis

meses; despues ordenaron que ocho, que llamaban una demora, hasta el

tiempo que traian todo el oro cogido á la fundicion, y, fundido, tomase

el Rey su parte, y daban al que tenia repartimiento lo demas, puesto

que, por muchos años, nunca entraba en su poder ni áun un castellano,

porque todo lo debia á mercaderes ó á otros acreedores, y, con cuantas

angustias y tormentos á los indios, por sacar aquel infernal oro,

causaba, Dios se lo consumia todo, y nunca hombre dellos medraba. En

el tiempo que habia fundicion, les daban licencia que se fuesen á sus

pueblos, los que los tenian á dos, y á tres, y á cuatro jornadas.

¡Bien se puede juzgar cuáles llegarian, y qué descanso hallarian

en sus casas, habiendo estado ocho meses fuera dellas, dejando sus

mujeres y hijos desmamparados, si quizá no las habian llevado tambien

á los trabajos, y tornaban juntos maridos y mujeres, á llorar su vida

desventurada! ¿Qué refrigerio hallarian, habiendo de ir á buscar de

comer y trabajar en sus hacendejas, que hallaban hechas heriazos y

llenas de hierba, y faltándoles todo consuelo y recaudo? Los que de

40 ó 50 y 80 leguas habian venido, nunca tornaban á sus casas de 100,

10, sino que en las minas y en los otros trabajos, hasta que morian

estaban. Muchos de los españoles no tenian escrúpulo alguno de,

domingos y fiestas, trabajallos, y cuando ménos los trabajaban, era

que no sacasen aquel dia oro, sino en otras cosas, que no faltaban,

como hacer las casas ó remendallas de paja, y traer leña, y otras mil

semejantes en que los ocupaban; la comida que para sufrir tantos y

tales trabajos les daban, era pan caçabí, el cual, puesto que con harta

carne y otras cosas se pueden pasar bien los hombres, pero para sin

carne ó pescado, y manjar otro que le acompañe, tiene poca sustancia.

Así que su comida era de aquel pan caçabí, y mataba el minero un puerco

cada semana; comíase él los dos cuartos y más, y, para 30 y 40 indios,

echaba de los otros dos cuartos cada dia á cocer un pedazo, y repartia

entre los indios á cada uno una tajadilla, que seria como una nuez, y

con aquella, gastándola toda emplingando el caçabí, y con sopear en el

caldo, se pasaban; y es verdad, que estando el minero comiendo, estaban

los indios debajo la mesa, como suelen estar los perros y los gatos,

para, en cayéndose el hueso, arrebatallo, el cual chupaban primero, y,

despues de bien chupado, entre dos piedras lo majaban, y lo que dél

podian gozar con el caçabí lo comian, y así de todo el hueso no perdian

nada; y esta tajadilla de puerco, y los huesos dél, no lo alcanzaban

sino solamente los indios que en las minas á sacar oro andaban, porque

los de las estancias que cavaban y tenian otros grandes trabajos, en

su vida, mujeres ni hombres, nunca supieron, despues de entregados á

los españoles, qué cosa fuese carne, más del caçabí y otras raíces.

Personas hobo en la isla de Cuba (porque si tratando della se me

olvidare), que no teniendo, por su avaricia, qué dar de comer á los

indios que les hacian las labranzas, los enviaban á pacer al campo y

á los montes las frutas de los árboles que habia, dos y tres dias, y

con lo que traian en los vientres, les hacian trabajar otros dos ó

tres dias sin comer otro bocado; y desta manera hizo uno una labranza

que le valió 500 y 600 pesos de oro ó castellanos, y esto, él mismo

por su boca, en presencia de mí y de otros, lo contó por industriosa

hazaña. Cuanto á lo sexto, que era que el jornal fuese conforme á los

trabajos, etc., mandó el Comendador Mayor que les pagasen por jornal,

por la vida y trabajos y servicios que padecian y hacian que de suso se

han referido, no sé si podrá ser creido, pero yo digo verdad, y así

lo afirmo, que les mandó dar tres blancas en dos dias, y áun no fué

tanto, sino media blanca ménos, porque cada año ordenó que á cada un

indio se diese medio peso de oro, que son 225 maravedís, y estos que

se los pagasen en lo que bastase á comprar cosillas de Castilla, que

los indios llamaban cacóna, la media sílaba luenga, que quiere decir

galardon. Destos 225 maravedís, se podia comprar hasta un peine y un

espejuelo, y una sartilla de cuentas verdes ó azules, y es tambien

cierto que muchos años pasaron, que ni áun esto no les pagaban; y poco

hacian á su bien ni á la mitigacion de sus angustias, y hambres, y

calamidades; las cuales eran tantas, que ni ellos se dieran ni daban

nada por ello, porque todos sus deseos no subian más de comer y verse

hartos, porque siempre rabiaban de hambre, y de cómo saldrian de

vida tan desesperada. Este fué, pues, el premio y jornal que por tan

grandes trabajos y daños (que no eran ménos que perder los cuerpos y

las ánimas), les mandó pagar, conviene á saber, por dos dias, áun no

tres blancas; despues el tiempo andando, á cabo de muchos años, se les

aumentó el jornal hasta un peso de oro, por ciertas leyes que hicieron

hacer al rey D. Hernando, como, si Dios quisiere, se dirá, que no es

otro, que el dicho, menor escarnio. Cuanto á lo sétimo, que la Reina

pretendia, conviene á saber, que todo aquello cumpliesen los indios,

como personas libres que eran, y que no consintiese hacerles daño ni

agravio alguno, y que tuviesen libertad para entender en sus haciendas,

y descansar, y curarse, etc., bien claro ha parecido, segun creo, por

lo dicho, como totalmente les quitó su libertad y consintió ponellos

en la más áspera, y fiera, y horrible servidumbre y captiverio, que

ninguno puede entender sino la viera por sus ojos, no siendo libres

para cosa desta vida; y áun las bestias suelen tener libertad algunos

tiempos para ir á pacer al campo, y nuestros españoles no daban para

esto, ni para otra cosa, lugar á los indios miserandos, y así, los dió,

en la realidad de la verdad, perpétuamente por esclavos, pues nunca

tuvieron libre voluntad para hacer de sí nada ó algo, sino donde la

crueldad y cudicia de los españoles queria echarlos, no como á hombres

captivos, sino como bestias, que sus dueños, para lo que quieren

hacer dellas, las tienen atadas. Cuando algunas veces los dejaban ir

á su tierra á descansar, no hallaban vivas á sus mujeres ni hijos, ni

hacienda alguna de que comiesen, como se dijo, por no se las dejar

labrar; y así, no tenian otro remedio sino buscar raíces ó hierbas

del monte y del campo, y en el campo morir. Si enfermaban, que era

frecuentísimo en ellos, por los muchos y graves, y no acostumbrados

trabajos, y por ser de naturaleza delicadísimos, no los creian, y sin

alguna misericordia los llamaban perros, y que de haraganes lo hacian

por no trabajar, y, con estos ultrajes, no faltaban coces y palos; y

desque vian crecer el mal ó enfermedad, y que no se podian aprovechar

dellos, dábanles licencia que se fuesen á sus tierras, 20, y 30, y

50, y 80 leguas distantes, y para el camino, dábanles algunas raíces

de ajes y algun caçabí. Los tristes íbanse, y al primer arroyo caian,

donde morian desesperados; otros iban más adelante, y, finalmente, muy

pocos, de muchos, á sus tierras llegaban, y yo topé algunos muertos

por los caminos, y otros debajo de los árboles boqueando, y otros

con el dolor de la muerte dando gemidos, y, como podian, diciendo

«¡hambre! ¡hambre!», y esta fué la libertad y los buenos tractamientos

y cristiandad, y el no recibir agravios ni daños, que estas gentes con

la gobernacion y órden que puso el Comendador Mayor, cobraron. Cuanto á

la octava y final parte de la Carta de la reina doña Isabel, y que por

ella mostraba pretender, conviene á saber, que los indios comunicasen

con los españoles para que fuesen doctrinados y cristianos, y por

medio daba que los Caciques señalasen cierto número de gente para que

se alquilasen, en sí era difícil ó imposible y no proporcionada á que

los indios fuesen cristianos, ántes les era perniciosa y mortífera,

y se convertia en total destruccion de los indios; manifiesto es que

no se le daba poder ni se le podia dar, porque la Reina no lo tenia

para destruccion, sino para edificacion destas gentes, y esto habia el

Comendador Mayor de considerar. Item, debiera tambien mirar, que si la

Reina estuviera presente para que le constara tanto mal, no habia duda

sino que aquella órden la prohibiera y abominara. Cosa fué maravillosa

en aqueste tan prudente caballero, que cada demora que era de ocho

á ocho meses, y fué de año á año cuando se hacian las fundiciones

del oro, morian gran multitud de gente con aquellos trabajos, y no

cognosciese que la órden y gobernacion que cuanto á los indios habia

puesto era mortífera pestilencia, que con vehemencia estas gentes

consumia y asolaba, y que nunca la revocase y enmendase, por lo cual

no pudo él ignorar que no fuese pésimo é inícuo todo lo que habia en

esto constituido y ordenado, y, por consiguiente, ni ante Dios ni ante

los Reyes era excusado. Ante Dios, porque lo que constituyó era de sí

malo y contra la ley divina y natural, poner en áspera servidumbre y

captiverio y perdicion á hombres racionales libres, cuanto más que

via por experiencia, que de la perdicion dellos, aquella desórden era

la causa; ante los Reyes, porque totalmente salió y excedió, haciendo

todo el contrario de lo que por la Reina le era mandado. La enmienda

que desta perdicion hacia, es la siguiente: como via que las gentes se

apocaban, matando en las minas y estancias, cada demora ó cada año,

cada español los de su repartimiento, la mitad ó alguna buena parte, y

los mismos españoles, tambien, viendo que se les disminuian los indios

y acababan, no teniendo confusion de sus pecados, se lo suplicaban,

tornaba á echar todos los indios que habia en la isla, como dicen, en

la baraja, y esto era hacer nuevo repartimiento, en el cual rehacia el

número de los que habian muerto, que primero les habia dado, y esto á

los españoles más principales y dél más favorecidos; y, porque no habia

para todos de aquel paño, dejaba á muchos que no tenian tanto favor

sin repartimiento y sin dalles algo, y desta manera, cuasi cada dos ó

tres años, los repartimientos remendaba ó renovaba. Y porque despachada

esta Carta real, la Reina, como se dijo, murió luego, no supo de esta

cruel perdicion nada. Sucedió luego venir á reinar el rey D. Felipe y

la reina Doña Juana, y ántes que cosa de las Indias entendiese, murió

el rey D. Felipe, por cuya muerte estuvo el reino de Castilla sin Rey

presente, dos años; y así se entabló y calló la diminucion y perdicion

destas gentes miserables. Despues desto, vino á gobernar los reinos

el rey católico D. Hernando, al cual, ó se le encubrió, ó no se le

encareció como debiera, y áun porque pocas veces, ó ninguna, desto

se le dijo verdad, pasaron ocho años, muy poco ménos, que gobernó el

dicho Comendador Mayor, en los cuales se entabló y echó sus raíces esta

pestilente desórden, sin haber hombre que en ella hablase ni mirase, ni

pensase, y así se fueron consumiendo las multitudes de vecinos y gentes

que habia en esta isla, que, segun el Almirante escribió á los Reyes,

eran sin número, como arriba en el primero libro queda ya dicho, y en

tiempo de los dichos ocho años de aquel gobierno, perecieron más de

las nueve, de diez partes. De aquí pasó esta red barradera á la isla

de Sant Juan y á la de Jamáica, y despues á la de Cuba, y despues á la

tierra firme, y así cundió y inficionó y asoló todo este orbe, como

parecerá, placiendo á Dios, en sus lugares. Por manera, que del asiento

y desórden que aquel Comendador Mayor de Alcántara hizo y asentó en

esta isla, repartiendo los indios entre los españoles de la manera

dicha, por ilusion, cierto, y arte diabólica, procedió la perdicion y

acabamiento tan violento vehementísimo, que ha yermado y consumido, en

estas Indias, la mayor parte del linaje humano que en ellas estaba y

hallamos.

«La Reina: Doña Isabel, por la gracia de Dios, reina de Castilla,

de Leon etc.: Por cuanto el Rey, mi señor, é yo, por la Instruccion

que mandamos dar á don frey Nicolás de Ovando, comendador mayor de

Alcántara, al tiempo que fué por nuestro Gobernador á las islas y

tierra firme del mar Océano, hobimos mandado que los indios vecinos

y moradores de la isla Española fuesen libres y no subjetos á

servidumbre, segun más largamente en la dicha Instruccion se contiene,

y agora soy informada que, á causa de la mucha libertad que los dichos

indios tienen, huyen y se apartan de la conversacion y comunicacion de

los cristianos, por manera que, áun queriéndoles pagar sus jornales,

no quieren trabajar y andan vagabundos, ni ménos los pueden haber para

los doctrinar y traer á que se conviertan á nuestra sancta fe católica,

y que, á esta causa, los cristianos que están en la dicha isla, y

viven y moran en ella, no hallan quien trabaje en sus granjerías y

mantenimientos, ni les ayudan á sacar ni coger el oro que hay en la

dicha isla, de que á los unos y á los otros viene perjuicio; y porque

Nos deseamos que los dichos indios se conviertan á nuestra sancta fe

católica, y que sean doctrinados en las cosas della, y porque esto se

podria mejor facer comunicando los dichos indios con los cristianos que

en la dicha isla están, y andando tratando con ellos, y ayudando los

unos á los otros, para que la dicha isla se labre, y pueble, y aumenten

los frutos della, y se coja el oro que en ella hobiere, para que estos

mis reinos, y los vecinos dellos, sean aprovechados, mandé dar esta mi

Carta, en la dicha razon: por la cual mando á vos, el dicho nuestro

Gobernador, que, del dia que esta mi Carta viéredes en adelante,

compelais y apremieis á los dichos indios, que traten y conversen con

los cristianos de la dicha isla y trabajen en sus edificios, en coger

y sacar oro y otros metales, y en facer granjerías y mantenimientos

para los cristianos vecinos y moradores de la dicha isla, y fagais

pagar á cada uno, el dia que trabajare, el jornal y mantenimiento,

que, segun la calidad de la tierra, y de la persona, y del oficio, vos

pareciere que debieren haber, mandando á cada Cacique que tenga cargo

de cierto número de los dichos indios, para que los haga ir á trabajar

donde fuere menester, y para que, las fiestas y dias que pareciere, se

junten á oir y ser doctrinados en las cosas de la fe, en los lugares

deputados para que cada Cacique acuda con el número de indios que vos

les señaláredes, á la persona ó personas que vos nombráredes para que

trabajen en lo que las tales personas les mandaren, pagándoles el

jornal que por vos fuere tasado, lo cual hagan é cumplan como personas

libres, como lo son, y no como siervos; é faced que sean bien tratados

los dichos indios, é los que dellos fueren cristianos mejor que los

otros, é non consintades ni dedes lugar que ninguna persona les haga

mal ni daño, ni otro desaguisado alguno, é los unos ni los otros no

fagades nin fagan ende al, por alguna manera, so pena de la mi merced,

y de 10.000 maravedís para la mi Cámara, á cada uno que lo contrario

ficiere; y demás mando al home que les esta mi Carta mostrare, que los

emplacen y parezcan ante Mí en la mi corte, do quier que yo sea, del

dia que los emplazaren, fasta quince dias primeros siguientes, so la

dicha pena, so la cual mando á cualquier Escribano público que para

esto fuere llamado, que de, ende, al que se la notificare testimonio

sinado con su sino, porque yo sepa cómo se cumple mi mandado. Dada en

la villa de Medina del Campo, á 20 días del mes de Diciembre, año del

nascimiento de Nuestro Señor Jesucristo de 1503 años.--Yo la Reina.--Yo

Gaspar de Gricio, Secretario del Rey y de la Reina, nuestros señores,

la fice escrebir por su mandado de la Reina, nuestra señora.» Y en

las espaldas de la dicha Carta está escripto y firmado lo siguiente:

«_Jo. Eps. Cartha. Franciscus, licenciatus. Jo. licenciatus, Fidus

Tello, licenciatus, Licenciatus Caravajal, Licenciatus de Santiago_.

Registrada: _Licenciatus Polanco_. Francisco Diaz, Chanciller.»

CAPÍTULO XV.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 6 / 37 段