Sabido este hecho, quedos vecinos indios de la Saona hicieron en

aquellos ocho cristianos luego el Comendador de Lares determinó de

envialles á hacer guerra (porque para se la mover poco achaque bastaba,

segun la costumbre que todos los españoles por entónces tenian), á más

de haber rescibido el agravio de habellos muerto tan inhumanamente á

su señor; porque ya sabian todos los españoles desta isla, que los

indios habian de quedar lastimados y llenos de toda amargura, y que

se habian de alzar, y matar los españoles que pudiesen. De manera,

que haberles hecho grandes injurias, insultos y daños irreparables,

cada y cuando que agravios, y robos y muertes les hacian, tenian por

justa causa y jurídico título para los mover guerra; y el título que

luego publicaban, era que se habian alzado, y su alzamiento, muchas y

diversas veces, cierto, era huirse á los montes y esconderse solamente

dellos. Apercibió, pues, los pueblos de los españoles que habia en

esta isla, que eran, no más de cuatro villas, Santiago, la Concepcion

el Bonao y esta de Sancto Domingo, mandando, que de cada uno saliese

cierta gente, y de la gente que habia venido de Castilla, con él, los

que se hallaron sanos; todos, con el ánsia de hacer esclavos, fueron

de muy buena voluntad. Apregonada ya la guerra á fuego y sangre,

juntarse hian 300 ó 400, segun yo creo; nombró por Capitan general, á

Juan de Esquivel, de quien dijimos en el capítulo precedente, haber

traido del Rey, que del oro que se sacase de las minas no se pagase

más del quinto, y con la gente de cada villa de los españoles, iba

tambien su Capitan. Acostumbrábase tambien llevar toda la gente de

indios que estaban sujetos, con sus armas, en su ayuda, que no era

poca la guerra, que, por miedo de los españoles y por contentarlos,

estos á aquellos hacian, y así se acostumbró despues en todas estas

Indias. Llegados á la provincia de Higuey, que, por comun nombre,

llamamos á mucha de aquella tierra (y es la tierra más oriental desta

isla, y que primero vemos y topamos viniendo de Castilla), hallaron

los indios aparejados para pelear y defender su tierra y sus pueblos,

si así pudieran como querian; pero como todas sus guerras eran como

juegos de niños, teniendo las barrigas por escudos para rescibir

las saetas de las ballestas de los españoles, y las pelotas de las

escopetas; como peleasen desnudos en cueros, no con más armas de sus

arcos y flechas, sin hierro, y con piedras donde las habia, poco sosten

podian tener contra los españoles, cuyas armas son hierro, y sus

espadas cortan un indio por medio, y las fuerzas y corazones tienen

de acero; pues de los caballos no digo, que en una hora de tiempo

alancea uno sólo 2.000 dellos. Finalmente, hacian cara un rato en los

pueblos, y, no pudiendo sufrir las ballestas y escopetas, y tambien

las espadas, cuando se llegaban cerca, deshechos sus escuadroncillos,

y desjarretados y muertos muchos dellos, toda su guerra era huir á los

montes, y por las breñas esconderse. Los cuales, aunque desnudos en

cueros vivos, y sin armas ofensivas ni defensivas, hicieron algunos

hechos señalados, y contaré uno: Dos de caballo, personas señaladas

en la gineta, que yo bien cognoscí, llamados Valdenebro y Pontevedra,

vieron un indio en un bueno y grande campo; dijo el uno al otro:

«déjamele ir á matar;» arremete con el caballo y alcánzalo; el indio,

de que vido que lo alcanzaba, vuélvese á él, no sé si le tiró algun

flechazo, el Valdenebro, encuéntralo con la lanza, y pásalo de parte á

parte, el indio, toma con las manos la lanza, y métela más, y váse por

ella hasta tomar las riendas en la mano; saca el espada el de caballo

y métesela por el cuerpo, el indio quítale de las manos el espada,

teniéndola en el cuerpo; saca el puñal y méteselo en el cuerpo, el

indio, quítaselo de las manos: ya quedó el de caballo desarmado. Vélo

el otro, de donde estaba, bate las piernas al caballo, encontrándolo

con la lanza, y, tomada por el indio, hace lo mismo del espada y del

puñal; hélos aquí ambos desarmados, y el indio con seis armas en el

cuerpo, hasta que se apeó el uno, y sácale el puñal con una coce que le

dió, y luego cayó muerto el indio en el suelo. Esto acaesció en esta

guerra, y fué público y notorio. Idos á los montes, luego era cierto

irlos á montear en cuadrillas, donde, hallándolos con sus mujeres y

hijos, hacian crueles matanzas en hombres y mujeres, niños y viejos,

sin piedad alguna, como si en un corral desbarrigaran y degollaran

corderos. Tenian por regla los españoles, como arriba queda dicho, en

las guerras que hacian á los indios, ser siempre, no como quiera, sino

muy mucho y extrañamente crueles, porque jamás osen los indios dejar

de sufrir la aspereza y amargura de la infelice vida que con ellos

tienen, y que ni si son hombres conozcan, ó en algun momento de tiempo

piensen; muchos de los que tomaban cortaban las manos ambas, á cercen,

ó, colgadas de un hollejo, decíanles: «anda, lleva á vuestros señores

esas cartas;» conviene á saber, esas nuevas. Probaban en muchos las

espadas, quién tenia mejor espada ó mejor brazo, y cortaba el hombre

por medio, ó le quitaba la cabeza de los hombros de un piquete, y sobre

ello hacian apuestas; á los señores que prendian, no escapaban del

fuego. Creo que á la gran señora vieja, que arriba dijimos llamarse

Higuanamá, la última sílaba luenga, presa, la ahorcaron, si bien me

acuerdo. Traian una carabela por la mar, por allí cerca, para cuando

fuese menester, en la cual pasaron á la isleta de la Saona; hicieron

los indios un rato cara, y luego dieron á huir, como suelen, y aunque

es toda montes espesos, y hay algunas cuevas en las peñas, pero no se

pudieron esconder. Juntaron presos sobre 600 á 700 hombres, y métenlos

en una casa, y allí los meten todos á cuchillo; y mandó el Capitan

general, que era, como dije, aquel caballero Juan de Esquivel, que

sacasen todos aquellos muertos y los pusiesen al rededor de la plaza

del pueblo, y que contasen cuántos eran, y halláronse los que dije; y

así vengaran los ocho cristianos, que ántes, pocos dias, los indios

habian allí, con tan justa causa, muerto. Hicieron todos los que

tomaban á vida, esclavos, que es lo que principalmente los españoles,

aquí en esta isla, y despues en todas las Indias, pretendieron, y á

esto enderezaron siempre sus pensamientos, sus deseos, sus industrias,

sus palabras y sus buenos hechos. Desta manera dejaron aquella isleta,

destruida y desierta, siendo el alholi del pan, por ser muy fértil.

Viéndose las gentes de aquel reino tan lastimadas, tan corridas, tan

perseguidas, y de remedio alguno tan desesperados, y que ni en las

entrañas de la tierra podian escaparse, comenzaron á enviar mensajeros

los señores de los pueblos, diciendo que no querian guerrear, que

ellos los servirian, que más no los persiguiesen; rescibiéronlos de

paz, el Capitan general y los Capitanes, benignamente, afirmándoles

que no se les haria más mal, y por eso, que no hobiesen miedo de venir

á morar á sus pueblos. Concertaron y pusieron con todos ellos que

hiciesen allí, en cierta parte, una gran labranza de su pan para el

Rey, y que cumpliendo ellos esto, estarian seguros de que no vernian

á esta ciudad de Sancto Domingo á servir, como ellos temian y pedian,

y de que de algun español mal ni daño rescibiesen. Entre otros que

vinieron á visitar los cristianos y hacer reverencia al Capitan general

y Capitanes, fué uno de los mayores señores, y más valeroso, por ser

muy esforzado entre ellos, y aunque su persona daba noticia de quién

era, por la gran persona que tenia y autoridad que representaba, como,

si Dios quisiere, se dirá más largo, cuando hablaremos otra vez dél;

este fué Cotubanamá ó Cotubáno, segun ya dijimos, que frontero de la

dicha isleta Saona tenia su estado y tierra. A este, como á señor

principal y señalado, el Capitan general dió su nombre, trocándolo por

el suyo, diciendo que se llamase desde adelante Juan de Esquivel, y

que él se llamaria Cotubáno, como él. Este trueque de nombres en la

lengua comun desta isla, se llamaba ser yo y fulano, que trocamos los

nombres, guatiaos, y así se llamaba el uno al otro; teníase por gran

parentesco, y como liga de perpetua amistad y confederacion, y así, el

Capitan general y aquel señor quedaron guatiaos, como perpétuos amigos

y hermanos en armas, y así los indios llamaban al Capitan, Cotubáno, y

al señor, Juan de Esquivel. Hizo edificar una fortaleza de madera en

cierto pueblo de indios, algo cerca de la mar, metido en la tierra,

donde le pareció convenir, y dejó allí nueve hombres con un Capitan

llamado Martin de Villaman; y, despedida la gente de los españoles,

cada uno se tornó á la villa de donde habia venido con la parte que le

venia de los esclavos. En tanto que la guerra se hacia, el Gobernador

mandó que esta villa de Sancto Domingo, que está en la otra parte del

rio, se pasase á esta, donde agora está. Tuvo sola esta consideracion,

conviene á saber, porque todos los pueblos que habia de españoles en

toda esta isla, estaban y hoy están, desta parte acá, y porque los que

viniesen de la tierra dentro á negociar y tratar con el Gobernador, y

con los vecinos desta ciudad y con las naos, no tuviesen impedimento,

por estar en medio el rio, esperando á pasar ellos y sus caballos en la

barca ó barcas que habia de haber, porque aún entónces no las habia,

porque no pasaban de una parte á otra sino en canoas; barquillos de

los indios. Pero en la verdad, para la sanidad, mejor la asentó el

Almirante donde estaba de la otra parte ó banda, por estar al Oriente

del rio, y en saliendo el sol llevaba delante de sí los vapores,

nieblas y humedades, aventándolas del pueblo, y agora todas las echa

sobre él. Item, de la otra banda está una fuente de buen agua, que aquí

no hay sino de pozos muy gruesa, y no todos los vecinos pueden enviar

por ella; y que puedan, todavia es con trabajo y dificultad, habiendo

de esperar la barca á la ida y á la venida, ó de tener cada uno canoa

ó barco propio, lo cual todo causa trabajo y tardanza, y áun peligro

cuando el rio viene avenido ó hay tormenta en la mar. Por todas estas

razones, la ciudad estaba más saludablemente á la otra parte. Pasados

acá todos los vecinos, hicieron sus casas de madera y de paja, pero

desde algunos meses comenzaron, cada uno segun podia, á edificarlas de

piedra y cal. Tiene la comarca desta ciudad los mejores materiales

para edificios que se pueden hallar en alguna parte, así de cantería

como de piedra para cal, y la tierra para tapias, y, para ladrillo y

teja, barriales. De los primeros que edificaron fué el mismo Comendador

de Lares, que hizo sus casas honestas sobre el rio, en la calle de

la Fortaleza, y tambien hizo en la otra acera, que despues dejó á su

órden y al hospital que hizo de Sant Nicolás. El piloto Roldan edificó

una renglera de casas, para su morada y para alquilar, en las cuatro

calles. Luego, un Hierónimo Grimaldo, mercader, y otro llamado Briones

y otros, y cada dia fueron creciendo los edificios, cuanto cuasi

cada año, aunque con alguna interpolacion; algunas veces venian de

aquellas tempestades que acaecia derrocar todas las casas de la ciudad,

sin dejar alguna enhiesta, sino eran las pocas que de piedra eran

edificadas. Despues las guerras de Francia, y áun tambien el demasiado

número de negros esclavos, han causado que de muro bueno se cercase ó

comenzase á cercar. De los monesterios, el primero se edificó el de

Sant Francisco, despues el de Sancto Domingo, y muchos años pasados el

de la Merced. La fortaleza tambien se comenzó luego á edificar, y no

cesó la obra hasta que fué acabada. Dió el alcaidía della el Comendador

de Lares á un sobrino suyo, llamado Diego Lopez de Saucedo, persona muy

cuerda y de autoridad, y muy honrada. Fundó tambien un hospital de Sant

Nicolás, y dotólo de buena renta para rescibir y curar en él cierto

número de pobres, ó creo que todos los que en él se pudiesen curar. Y

porque ya en este tiempo éramos el año de 1503, y los reyes Católicos,

vacando la comendadoría mayor de Alcántara, le hicieron merced della en

este año, de aquí adelante le nombraremos Comendador Mayor.

CAPÍTULO IX.

En este tiempo, estaban ciertos españoles, de los que se alzaron

con Francisco Roldan, en el pueblo y provincia de Xaraguá, donde,

como arriba, en el primer libro, dijimos, era la corte y reino del

rey Behechío, y de Anacaona, su hermana, mujer muy valerosa, y,

por muerte de Behechío, ella el Estado gobernaba. Estos españoles,

cuanto más podian, se apoderaban en los indios, haciéndoles servir en

hacer labranzas, con título que querian poblar allí, fatigándolos y

obrando de aquellas obras, y usando de la libertad á que con Francisco

Roldan estaban acostumbrados. La señora Anacaona y los señores de la

provincia, que eran muchos, y, en su ser, y autoridad, y señorío, muy

nobles y generosos, y que en polideza y lengua, y en muchas otras

cualidades, hacian, como, hablando de aquel reino, en el primer

libro dijimos, á todos los señores desta isla, ventaja, sentian,

por demasiadamente onerosos, á los españoles, y por perniciosos, y

por todas maneras intolerables; y debió de haber algun movimiento

en los indios con alguno ó algunos españoles, no queriendo hacer lo

que les demandaban, ó los señores reñir con ellos, ó amenazallos.

Y cualquiera cosa, por chica que fuese, de resistencia, en obra ó

palabra, que no se cumpliese la voluntad del más astroso y vicioso,

y áun azotado en Castilla, bastaba para luego decir que los indios

eran táles y cuáles, y que se querian alzar; por esta causa, si fué

de algo desto el Comendador Mayor por ellos avisado, ó por visitar

los mismos españoles que en aquella provincia estaban, que eran todos

cerreros y mal domados, y puestos en costumbre de no obedecer, sino

andar en todo á sabor de su vicioso paladar, ó por visitar aquel

reino, que era donde habia gran multitud de gentes y señores grandes,

y aquella señora, sobre todos, que era tan nombrada; y aquella

provincia estaba desta ciudad 70 leguas, y así, más que otras de las

desta isla, tras mano, acordó el Comendador Mayor de ir allá. Llevó

consigo 300 hombres de pié y 70 de caballo, porque entónces habia en

esta isla pocas yeguas, y ménos caballos, y muy rico habia de ser el

que alcanzase una yegua en que andar, y en estas andaban los que las

tenian, y en ellas jugaban cañas, y en ellas peleaban, porque para

todo esto las enseñaban; y áun hombre hobo, de los que vinieron en

el viaje del Comendador Mayor, que, al son de una vihuela, hacian su

yegua bailar ó hacer corvetas ó saltar. Sabido por la reina Anacaona

que el Comendador Mayor la iba á visitar, como mujer muy prudente y

comedida, mandó convocar todos los señores de aquel reino, y gentes de

los pueblos, que viniesen á su ciudad de Xaraguá á rescebir y hacer

reverencia y festejar al Guamiquína de los cristianos, que habia

venido entónces de Castilla. Guamiquína, la penúltima luenga, quiere

decir en su lenguaje, el señor grande de los cristianos. Allegóse una

corte maravillosa, de gentes tan bien dispuestas, hombres y mujeres,

que era cosa de considerar. Ya se ha dicho que las gentes de aquel

reino, en hermosura de gestos, eran en gran manera, sobre todas las

otras desta isla, señaladas. Llegado el Comendador Mayor y su compañía

de pié y de caballo, sale Anacaona é innumerables señores (porque se

dijo venir 300 señores), y gentes infinitas, á lo recibir, con gran

fiesta y alegría, cantando y bailándole delante, porque así era su

costumbre, como se vido en el libro I, cap. 114, en el rescibimiento

que hicieron cuando fué á aquella provincia y entró en aquel pueblo

y ciudad, viviendo Behechío, el Adelantado, hermano del Almirante.

Aposentado el Comendador Mayor en un caney ó casa grande y principal,

y muy labrada, de las que allí solian hacer muy hermosas, puesto que

de madera y cubiertas de paja (como notificamos en la otra nuestra

Historia apológica ó apologética), y la otra gente que traia, por las

otras casas cerca dél, con los españoles que allá estaban, Anacaona

y todos los señores hacíanle mil servicios, mandándole traer de comer

la caza de la tierra, y del pescado de la mar, que legua y media ó dos

de allí distaba, y pan caçabí (esto era lo que ellos alcanzaban), y

de todas las otras cosas que tenian y podian, y gente que sirviesen,

cuanto era menester, para su mesa, y para las de los demas, y para sus

yeguas, y si alguno llevaba caballo; areytos, que eran sus bailes, y

fiestas, y alegrías, y juegos de pelota, que era cosa de ver, no creo

que faltaban. Poco quiso gozar desto el Comendador Mayor, porque luego,

en breve, determinó de hacer una obra, por los españoles en esta isla

principiada, y en todas las Indias muy usada y ejercitada; y esta es,

que cuando llegan ó están en una tierra y provincia donde hay mucha

gente, como ellos siempre son pocos al número de los indios comparados,

para meter y entrañar su temor en los corazones, y que tiemblen como

de los mismos diablos en oyendo el nombre de cristianos, hacer una

muy cruel y grande matanza. Tuvo este señor Gobernador voluntad de

ir por aquel camino y hacer un hecho bien sonado, aunque no, cierto,

romano, y mucho ménos cristiano; y no dudo yo, sino que por parecer,

y persuasion, y importuno inducimiento de aquellos romanos, que, de

aquella simiente de Francisco Roldan, allí quedaron y estaban. Un

domingo, despues de comer, como tenia concertado, mandó cabalgar á

todos los de caballo, con título que querian jugar á las cañas, y á

todos los de pié, allí junto, aparejados; dice Anacaona al Comendador

Mayor, que ella y aquellos señores Caciques, quieren ver con él el

juego de las cañas; dello al Comendador Mayor mucho place, pero que

haga llamar todos los señores, y con ella vengan juntos, que les quiere

hablar en su posada. Tenia concertado que los de caballo cercasen la

casa, y los de fuera y dentro estuviesen aparejados, y que, cuando él

pusiese la mano en una pieza de oro que tenia á los pechos colgada,

comenzasen á atar á los señores que dentro estaban y á Anacaona;

primero sacadas todas sus espadas, y despues hiciesen lo que más les

estaba mandado. _Ipse dixit et facta sunt omnia._ Entra la señora y

reina, noble, Anacaona, y que muchos y grandes servicios habia hecho á

los cristianos, y sufrídoles hartos insultos, agravios y escándalos;

entran 80 señores que por allí más á mano se hallaron, ella y ellos con

su simplicidad y descuidados; esperan la habla del Comendador Mayor.

No habla, sino pone en la joya que á los pechos tenia, la mano; sacan

los satélites sus espadas, tiémblanles á Anacaona y á todos aquellos

señores las carnes, creyendo que los querian allí despedazar. Comienzan

á dar gritos Anacaona, y todos á llorar, diciendo, que por qué causa

tanto mal; los españoles dánse priesa en los maniatar, sacan sola á

Anacaona maniatada, pónense á la puerta del caney ó casa grande, gentes

armadas, que no salga nadie; pegan fuego, arde la casa, quémanse vivos

los señores y Reyes en sus tierras, desdichados, hasta quedar todos,

con la paja y la madera, hechos brasa. Sabido por los de caballo, que

comenzaban los de pié á atar, comienzan ellos, encima de sus caballos,

y con sus lanzas, por todo el pueblo corriendo, á alancear cuantos

hallaban; los españoles de pié, con sus espadas, no dormian entónces,

sino cuantos podian desbarrigaban, y como se habia llegado infinito

número de gente de diversas partes, al rescibimiento, negro para ellos,

del nuevo Guamiquína de los cristianos, fueron grandes los estragos

y crueldades que en hombres, viejos y niños inocentes hicieron, y

el número de gentes que mataron; y acaecia, que algunos españoles,

ó por piedad ó por cudicia, tomaban algunos niños y muchachos, para

escapallos y que no los matasen, y poníanlos á las ancas de los

caballos, venia otro por detrás y pasábalo con una lanza. Otro, si

estaba el muchacho en el suelo, aunque lo tuviese otro por las manos,

le cortaba las piernas con el espada; á la reina y señora Anacaona,

por hacelle honra, la ahorcaron. Alguna gente, que pudo desta inhumana

matanza huir, pasáronse á una isleta llamada el Guanabo, que está ocho

leguas de allí, dentro, en la mar, en sus barquillos ó canoas, por

escapar; á todos los cuales, porque se huyeron de la muerte, condenó á

que fuesen esclavos, é yo tuve uno dellos que me lo dieron por tal.

Estas obras se hicieron por mandado del Comendador Mayor de Alcántara,

don fray Nicolás de Ovando, para pagar á aquellas gentes, señores y

súbditos de la provincia de Xaraguá, el buen recibimiento y servicio

que le habian hecho, y en recompensa de los infinitos agravios y daños

que habian rescibido de Francisco Roldan y de los otros sus aliados.

La causa que publicó y publicaron fué porque, diz que, se querian

alzar y los querian matar, teniendo 70 de caballo, los cuales, con

verdad hablo, bastaban para asolar cien islas como esta y toda la

tierra firme, porque, donde quiera que en estas Indias no habia rios

grandes, ó lagunas, ó pasos malos de sierras ásperas, 10 de caballo lo

pueden todo asolar, cuanto más estando esta triste gente desarmada,

en cueros, descuidada y sin pensamiento de mal. Y que esto sea así,

¿cómo no habian muerto á 40 ó 50 españoles, que allí con ellos estaban

haciéndoles diez mil agravios, sin otras armas ni caballos, más de sus

espadas, dos ó tres años, solos, que fácilmente los pudieran matar, y

acordaban matar á cerca de 400 hombres juntos y 70 de caballo que allí

estaban, y sabian que habian venido á este puerto treinta y tantas

naos, lo que nunca jamás hasta entónces oyeron, sino de una, dos, tres

ó cuatro, y todas aquellas llenas de cristianos? ¡Bien clara está la

inocencia de aquellos corderos y la injusticia y crueldad de quien

así los estirpó y mandó matar! Porque se vea esto más claro, sépase y

considérese esta verdad, conviene á saber: que cuando el año de 505,

muerta la reina Doña Isabel, vino el rey D. Felipe y la reina Doña

Juana á reinar, hobo vehemente fama en esta isla, que proveian otra

cierta persona para que la viniese á gobernar. Entonces el Comendador

Mayor, temiendo la residencia que deste hecho se le habia de tomar,

entendió en que se hiciese proceso contra tantos señores, que, sin

proceso, y sin ser oidos ni defendidos, ni propuesto cargo y dado

descargo, habia quemado, y aquella tan grande señora y tan benemérita

de los cristianos ahorcado, y con tanta inhumanidad la provincia

estirpado; y así lo mandó hacer, á cabo de muchos meses que era pasado,

y quizá de un año, porque no me acuerdo, aquí en esta ciudad y en

la villa de Santiago, y en otras partes desta isla, y los testigos

fueron los mismos verdugos españoles, capitales enemigos de los indios,

que habian hecho aquel y otros estragos, porque se vea cuán bien y

jurídicamente iria el proceso sustanciado. Díjose en esta isla, que

la reina Doña Isabel, ántes que muriese, habia sabido desto hecho tan

notable, y que lo habia sentido mucho y abominádolo. Tambien se dijo,

que D. Álvaro de Portugal, que á la sazon era Presidente del Consejo

real, habia amenazado al dicho Comendador Mayor, diciendo: «yo vos le

faré tomar una residencia, cual nunca fué tomada», y parece que no lo

pudo decir sino por estos daños tan grandes hechos á estas gentes,

porque, en la verdad, en muchos años que yo estuve aquí, él gobernando,

nunca cognoscí ni oí decir que á españoles hiciese notables agravios, y

que con razon dél se quejasen. Por lo mostrado, tambien podrá parecer

la verdad que contiene la historia de Oviedo, cuando y doquiera que

habla de los indios, condenándolos siempre y excusando los españoles

en las perdiciones y despoblaciones que por todas estas tierras han

hecho, como en la verdad haya sido en ellas uno dellos. Porque, en

este caso hablando, dice que se supo la verdad de la traicion que

tenian ordenada, y como estaban alzados de secreto, por lo cual fueron

sentenciados á muerte. Yo ruego á Dios, que nunca yo tenga parte en

semejante justicia ni sentencia, ántes todas mis obras sean contrarias

della. Dice más Oviedo, loando al Comendador Mayor, entre otras sus

bondades, que favoreció mucho á los indios; habia como hombre ciego, y

que hinche todo su escribir de ripio, sea cualquiera: el amor que este

caballero tuvo á los indios, parece ha parecido y parecerá mucho más,

por lo que con verdad se dirá, bien manifiesto.

CAPÍTULO X.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 4 / 37 段