En su solitario retiro, á orillas del mar, cuya movible superficie
se descubría al través de las abiertas ventanas estendiéndose á lo
lejos hasta confundirse con el horizonte, el P. Florentino distraía
su soledad tocando en su armonium aires graves y melancólicos,
á que servían de acompañamiento el sonoro clamoreo de las olas y
el murmullo de las ramas del vecino bosque. Notas largas, llenas,
plañideras como las de una plegaria sin dejar de ser varoniles, se
escapaban del viejo instrumento; el P. Florentino que era un acabado
músico, improvisaba y como se encontraba solo, daba rienda suelta á
las tristezas de su corazon.
En efecto, el anciano estaba muy triste. Su buen amigo, don Tiburcio
de Espadaña, acababa de dejarle huyendo de la persecucion de su
mujer. Aquella mañana había recibido una cartita de un teniente de
la Guardia Civil que decía:
«Mi querido Capellan: Acabo de recibir del comandante un telegrama
que dice: español escondido casa Padre Florentino cojera remitira
vivo muerto. Como el telegrama es bastante espresivo, prevéngale
al amigo para que no esté allí cuando le vaya á prender á las
ocho de la noche.
Suyo afmo.
Perez.