Matangláwin era el terror de Luzon. Su banda tan pronto aparecía en una
provincia donde menos se la esperaba como hacía irrupcion en otra que
se preparaba á resistirle. Quemaba un trapiche en Batangas, devastaba
los sembrados; al día siguiente asesina al juez de Paz de Tianì, al
otro sorprenderá un pueblo en Cavite y se apoderará de las armas del
tribunal. Las provincias del centro, desde Tayabas hasta Pangasinan,
sufrían de sus depredaciones y su nombre sangriento llegaba hasta
Albay, en el sur, y en el norte, hasta Kagayan. Desarmados los pueblos
por la desconfianza de un gobierno débil, caían en sus manos como
fáciles presas; á su aproximacion, los agricultores abandonaban sus
campos, los ganados se diezmaban y un rastro de sangre y fuego marcaba
su paso. Matangláwin se burlaba de todas las medidas severas que se
dictaban contra los tulisanes: de ellas solo sufrían los habitantes
de los barrios, que cautivaba ó maltrataba si se le resistían,
ó si pactaban con él eran azotados ó desterrados por el gobierno,
si es que al destierro llegaban y no sufrían en el camino un mortal
accidente. Gracias á esta terrible alternativa, muchos campesinos se
decidían á alistarse bajo su mando.
Merced á este régimen de terror, el comercio de los pueblos agonizante
ya, moría por completo. El rico no se atrevía á viajar, y el pobre
temía ser preso por la Guardia Civil quien, obligada á perseguir
á los tulisanes, cogía muchas veces al primero que encontraba y le
sometía á torturas indecibles. En su impotencia, el gobierno hacía
alardes de vigor en las personas que le parecían sospechosas, para
que, á fuerza de crueldad, los pueblos no conociesen su flaco, el
miedo que dictaba tales medidas.
Un cordon de estos infelices sospechosos, seis ó siete, atados codo con
codo y maniatados como racimo de carne humana, marchaba una siesta por
un camino que costeaba un monte, conducido por diez ó doce guardias,
armados de fusiles. Hacía un calor estraordinario. Las bayonetas
brillaban al sol, el cañon de los fusiles se calentaba y las hojas
de salvia, puestas en los capacetes, apenas bastaban para amortiguar
los efectos del mortífero sol de Mayo.
Privados del uso de sus brazos y pegados unos á otros para economizar
cuerda, los presos marchaban casi todos descubiertos y descalzos: el
que mejor, tenía un pañuelo atado en torno de la cabeza. Jadeantes,
miserables, cubiertos de polvo que en lodo convertía el sudor,
sentían derretirse sus cerebros, flotar luces en el espacio, manchas
rojas en el aire. La estenuacion y el desaliento estaban pintados en
el semblante, la desesperacion, la ira, algo indefinible, mirada de
moribundo que maldice, de hombre que reniega de la vida, de sí mismo,
que blasfema contra Dios... Los más resistentes bajaban la cabeza,
frotaban la cara contra las sucias espaldas del que va delante
para enjugarse el sudor que les cegaba; muchos cojeaban. Si alguno,
al caerse, entorpecía la marcha, oíase un insulto y un soldado venía
blandiendo una rama, arrancada de un arbol, y le obligaba á levantarse,
pegando á diestro y á siniestro. El cordon corría entonces arrastrando
al caido que se revolcaba en el polvo y ahullaba pidiendo la muerte:
por casualidad conseguía levantarse, ponerse de pié, y entonces
seguía su camino llorando como un niño y maldiciendo la hora en que
le concibieron.
El racimo humano se detenía á veces mientras sus conductores bebían,
y despues proseguía su camino con la boca seca, el cerebro oscuro y
el corazon lleno de maldiciones. La sed era lo de menos para aquellos
desgraciados.
--¡Adelante, hijos de p--! gritaba el soldado, vigorizado de nuevo,
lanzando el insulto comun en la clase baja de los filipinos.
Y silbaba la rama y caía sobre una espalda cualquiera, la más próxima,
á veces sobre un rostro, dejando una marca primero blanca, roja
despues, y más tarde sucia gracias al polvo del camino.
--¡Adelante, cobardes! gritaba á veces en español ahuecando mucho
la voz.
--¡Cobardes! repetían los ecos del monte.
Y los cobardes apresuraban su marcha bajo el cielo de hierro caldeado,
por un camino que quema, hostigados por la nudosa rama que se desmenuza
sobre la acardenalada piel. ¡El frío de la Siberia sería quizás más
clemente que el sol de Mayo en Filipinas!
Sin embargo, entre los soldados había uno que miraba con malos ojos
tantas crueldades inútiles: marchaba silencioso, las cejas fruncidas
como digustado. Al fin, viendo que el guardia, no satisfecho con la
rama, daba de puntapiés á los presos que se caían, no se pudo contener
y le gritó impaciente:
--Oye, Mautang, ¡déjalos andar en paz!
Mautang se volvió sorprendido.
--Y á tí ¿qué te importa, Carolino? preguntó.
--A mí nada, ¡pero me dan pena! contestó el Carolino; ¡son hombres
como nosotros!
--¡Como se vé que eres nuevo en el oficio! repuso Mautang riendo
compasivo; ¿cómo tratábais, pues, á los presos en la guerra?
--¡Con más consideracion, seguramente! respondió el Carolino.
Mautang se quedó un momento silencioso y despues como encontrando su
réplica, repuso tranquilamente:
--¡Ah! es que aquellos son enemigos y embisten, mientras que
éstos... ¡éstos son paisanos nuestros!
Y acercándose dijo al oido del Carolino:
--¡Qué simple eres! Se les trata así para que ensayen de rebelarse
ó escaparse y entonces... ¡pung!
El Carolino no contestó.
Uno de los presos suplicó que le dejasen descansar porque tenía que
hacer una necesidad.
--¡El lugar es peligroso! contestó el cabo, mirando inquieto al monte;
¡súlung!
--¡Súlung! repitió Mautang.
Y silbó la vara. El preso se retorció y le miró con ojos de reproche:
--¡Eres más cruel que el mismo español! dijo el preso.
Mautang le replicó con otros golpes. Casi al mismo tiempo silbó una
bala, seguida de una detonacion: Mautang soltó el fusil, lanzó un
juramento y llevándose ambas manos al pecho cayó girando sobre sí
mismo. El preso le vió revolcándose en el polvo y arrojando sangre
por la boca.
--¡Alto! gritó el cabo poniéndose súbitamente pálido.
Los soldados se pararon y miraron en torno. Una ligera ráfaga de
humo salía de unos matorrales en la altura. Silbó otra bala, oyóse
otra detonacion y el cabo herido en el muslo se dobló lanzando
blasfemias. La columna estaba atacada por hombres que se escondían
entre las peñas de la altura.
El cabo, sombrío de ira, señaló hácia el racimo de presos y dijo:
--¡Fuego!
Los presos cayeron de rodillas, llenos de consternacion. Como no podían
levantar las manos, pedían gracia besando el polvo ó adelantando
la cabeza: quien hablaba de sus hijos, quien de su madre que se
quedaba sin amparo; el uno prometía dinero, el otro invocaba á Dios,
pero ya los cañones se habían bajado y una horrorosa descarga los
hizo enmudecer.
Entonces empezaron los tiroteos contra los que estaban en la altura,
que se coronó poco á poco de humo. A juzgar por éste y por la lentitud
de los tiros, los enemigos invisibles no debían contar más que con tres
fusiles. Los guardias en tanto avanzaban y disparaban, se escondían
detrás de los troncos de los árboles, se acostaban y procuraban ganar
la altura. Saltaban pedazos de rocas, se desgajaban ramas de árboles,
se levantaban pedazos de tierra. El primer guardia que intentó trepar,
cayó rodando herido por una bala en el hombro.
El enemigo invisible tenía la ventaja de la posicion; los valientes
guardias que no sabían huir, estaban á punto de cejar, pues se
detenían y no querían avanzar. Aquella lucha contra lo invisible
les aterraba. No veían más que humo y rocas: ninguna voz humana,
ninguna sombra: diríase que luchaban contra la montaña.
--¡Vamos, Carolino! ¡Dónde está esa puntería, p--! gritó el cabo.
En aquel momento un hombre apareció sobre una roca haciendo gestos
con el fusil.
--¡Fuego á ése! gritó el cabo lanzando una sucia blasfemia.
Tres guardias obedecieron pero el hombre siguió de pié; hablaba á
gritos pero no se le entendía.
El Carolino se detuvo, creyendo reconocer á alguien en aquella silueta
que bañaba la luz del sol. Pero el cabo le amenazaba con ensartarle si
no disparaba. El Carolino apuntó y se oyó una detonacion. El hombre
de la roca giró sobre sí mismo y desapareció lanzando un grito que
dejó aturdido al Carolino.
Un movimiento se produjo en la espesura como si los que la ocupaban
se dispersasen en todas direcciones. Los soldados entonces empezaron
á avanzar, libres de toda resistencia. Otro hombre apareció sobre
una peña blandiendo una lanza; los soldados dispararon, y el hombre
se dobló poco á poco, se agarró á una rama; otro disparo, y cayó de
bruces sobre la roca.
Los guardias treparon ágilmente, calando la bayoneta, dispuestos á
un combate cuerpo á cuerpo; el Carolino era el único que marchaba
perezoso, con la mirada estraviada, sombría, pensando en el grito
del hombre al caer derribado por su bala. El primero que llegó á la
altura se encontró con un viejo moribundo, tendido sobre la roca;
metióle la bayoneta en el cuerpo, pero el viejo no pestañeó: tenía la
mirada fija en el Carolino, una mirada indefinible y con la huesuda
mano le señalaba algo detrás de las rocas.
Los soldados se volvieron y vieron al Carolino espantosamente pálido,
la boca abierta y con la mirada en que flotaba el último destello
de la razon. El Carolino, que no era otro que Tanò, el hijo de
Cabesang Tales, que volvía de Carolinas, reconocía en el moribundo
á su abuelo, á Tandang Selo, que, como no le podía hablar, le decía
por los agonizantes ojos todo un poema de dolor. Y cadaver ya, seguía
aun señalando algo detrás de las rocas...