--E... e... esta Victorina, ¡esta Victorina! había tartamudeado don
Tiburcio; e... e... es capaz de hacerme afusilar.
El P. Florentino no le pudo detener: en vano le hizo observar que
la palabra cojera querrá decir cogerá; que el español escondido no
debe ser don Tiburcio sino el joyero Simoun, que hace dos días había
llegado, herido y como fugitivo, pidiendo hospitalidad. Don Tiburcio no
se dejó convencer; cojera era su propia cojera, sus señas personales;
eran intrigas de Victorina que le quería tener á toda costa vivo ó
muerto, como desde Manila había escrito Isagani. Y el pobre Ulises
dejó la casa del sacerdote para esconderse en la cabaña de un leñador.
Ninguna duda abrigaba el P. Florentino de que el español buscado
era el joyero Simoun. Había llegado misteriosamente, cargando
él mismo con su maleta, sangrando, sombrío y muy abatido. Con la
libre y afectuosa hospitalidad filipina, acogióle el clérigo sin
permitirse indiscreciones, y como los acontecimientos de Manila no
habían llegado aun á sus oidos, no se esplicaba claramente aquella
situacion. La única conjetura que se le ocurría era que, habiéndose
ya marchado el General, el amigo y protector del joyero, probablemente
los enemigos de éste, los atropellados, los lastimados, se levantaban
ahora clamando venganza, y el General interino le perseguiría para
hacerle soltar las riquezas que había acumulado. ¡De ahí la huida! Pero
y sus heridas ¿de dónde provenían? ¿Había intentado suicidarse? ¿eran
efecto de venganzas personales? ¿eran sencillamente causadas por una
imprudencia, como pretendía Simoun? ¿Las había recibido huyendo de
la fuerza que le perseguía?
Esta última conjetura era la que se le presentaba con más visos
de probabilidad. Contribuían á robustecerla el telegrama hace poco
recibido y la voluntad decidida que había manifestado Simoun desde
un principio de no ser tratado por el médico de la cabecera. El
joyero solo aceptaba los cuidados de don Tiburcio y aun con marcada
desconfianza. En este caso, se preguntaba el P. Florentino, ¿qué
conducta debía él observar cuando la Guardia Civil le viniese á prender
á Simoun? El estado del enfermo no permitía el movimiento y menos un
largo viaje... Pero el telegrama decía vivo ó muerto...
El P. Florentino dejó de tocar y se acercó á la ventana para contemplar
el mar. La desierta superficie, sin un barco, sin una vela, nada le
sugería. El islote que se distingue á lo lejos, solitario, solo le
hablaba de su soledad y hacía más solitario el espacio. El infinito
es á veces desesperadamente mudo.
Trataba el anciano de analizar la sonrisa triste é irónica con que
Simoun recibió la noticia de que iba á ser preso. ¿Qué significaba
aquella sonrisa? ¿Y la otra sonrisa, más triste y más irónica todavía,
cuando supo que solo vendrían á las ocho de la noche? ¿Qué significaba
aquel misterio? ¿Por qué se negaba Simoun á esconderse?
Se le venía á la memoria la célebre oracion de San Juan Crisóstomo
defendiendo al eunuco Eutropio: «¡Nunca fué como ahora oportuno decir:
Vanidad de vanidades y todo vanidad!»
--Sí, aquel Simoun tan rico, tan poderoso, tan temido una semana
antes, ahora, más desgraciado que Eutropio, buscaba asilo, y no en
los altares de una iglesia, ¡sino en la miserable casa de un pobre
clérigo indio, perdida en el bosque, en la orilla solitaria del
mar! ¡Vanidad de vanidades y todo vanidad! ¡Y aquel hombre, dentro
de breves horas, va á ser preso, arrancado del lecho donde yace, sin
respeto á su estado, sin consideracion á sus heridas, vivo ó muerto le
reclamaban sus enemigos! ¿Cómo salvarle? ¿Dónde encontrar los acentos
conmovedores del obispo de Constantinopla? ¿Qué autoridad tenían sus
pobres palabras, las palabras de un clérigo indio, cuya humillacion
aquel mismo Simoun en sus días de gloria parecía aplaudir y alentar?
El P. Florentino no se acordaba ya de la indiferente acogida que dos
meses antes le había hecho el joyero, cuando quiso interesarle en
favor de Isagani, preso por su exaltation imprudente; se olvidada de
la actividad que Simoun había desplegado para precipitar las bodas de
Paulita, bodas que habían sumido á Isagani en una feroz misantropía,
que ponía inquieto al tío: el P. Florentino lo olvidaba todo y solo
se acordaba del estado del enfermo, de sus deberes de huésped, y se
devanaba los sesos. ¿Debía esconderlo para evitar la accion de la
justicia? Pero si el mismo interesado no se apuraba: sonreía...
En esto pensaba el buen anciano cuando un criado vino á advertirle
que el enfermo le deseaba hablar. Pasó á la estancia inmediata, un
limpio y bien ventilado aposento, con el pavimento hecho de anchas
tablas brillantes y pulidas, ameublado sencillamente con grandes
y pesados sillones, de forma antigua, sin barniz ni dibujos. Había
en un estremo una gran cama de kamagon con sus cuatro columnas para
sostener la corona del mosquitero y, al lado, una mesa cubierta de
botellas, hilas y vendajes. Un reclinatorio á los piés de un Cristo
y una pequeña biblioteca hacían sospechar que era el aposento del
sacerdote, cedido á su huésped, segun la costumbre filipina de ceder
al forastero la mejor mesa, el mejor cuarto y la mejor cama de la
casa. Al ver las ventanas abiertas en todo su largo para dejar entrada
libre al aire sano del mar y los ecos de su eterno lamento, nadie en
Filipinas diría que allí se encontraba un paciente, pues es costumbre
de cerrar todas las ventanas y las más pequeñas rendijas tan pronto
como alguno se acatarra ó coge un dolor de cabeza insignificante.
El P. Florentino miró hácia la cama y con gran espanto suyo vió
que la fisonomía del enfermo había perdido su espresion tranquila é
irónica. Un dolor oculto parecía fruncir sus cejas, en la mirada se
leía la ansiedad y sus labios se contraían en una sonrisa de dolor.
--¿Sufre usted, señor Simoun? preguntó solícito el sacerdote
acercándose.
--Algo, ¡pero dentro de poco, dejaré de sufrir! contestó agitando
la cabeza.
El P. Florentino juntó las manos aterrado, creyendo comprender una
terrible verdad.
--¿Qué ha hecho usted, Dios mío? ¿Qué ha tomado usted? y tendió la
mano hácia las botellas.
--¡Es inútil! ¡no hay remedio ninguno! contestó con dolorosa sonrisa;
¿qué quería usted que hiciese? antes que den las ocho... Vivo ó
muerto... muerto sí, ¡pero vivo no!
--¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué ha hecho usted?
--¡Cálmese usted! le interrumpió el enfermo con un gesto; lo hecho
hecho está. No debo caer vivo en manos de nadie... pueden arrancarme el
secreto. No se apure, no pierda la cabeza, es inútil... ¡Escúcheme! va
á venir la noche y no hay tiempo que perder... necesito decirle mi
secreto, necesito confiarle mi última voluntad... necesito que usted
vea mi vida... En el momento supremo quiero aligerarme de un peso,
quiero esplicarme una duda... Usted que tanto cree en Dios... ¡quiero
que me diga si hay un Dios!
--Pero un antídoto, señor Simoun... tengo apomorfina... tengo éter,
cloroformo...
Y el sacerdote trataba de buscar un frasco hasta que Simoun,
impaciente, gritó:
--Es inútil... ¡es inútil! ¡No pierda usted tiempo! ¡Me iré con
mi secreto!
El clérigo, aturdido, se dejó caer sobre el reclinatorio, oró á los
piés del Cristo ocultando la cara en las manos y despues se levantó
serio y grave como si hubiese recibido de su Dios toda la energía,
toda la dignidad, toda la autoridad del Juez de las conciencias. Acercó
un sillon á la cabecera del enfermo, y se dispuso á escuchar.
A las primeras palabras que le murmuró Simoun, cuando le dijo su
verdadero nombre, el anciano sacerdote se echó para atrás y le miró
con terror. El enfermo se sonrió amargamente. Cogido de sorpresa, el
hombre no fué dueño de sí mismo, pero pronto se dominó y cubriéndose
la cara con el pañuelo, volvió á inclinarse y á prestar atencion.
Simoun contó su dolorosa historia, cómo, trece años antes, de vuelta
de Europa, lleno de esperanzas y risueñas ilusiones, venía para casarse
con una joven que amaba, dispuesto á hacer el bien y á perdonar á todos
los que le han hecho mal, con tal que le dejasen vivir en paz. No fué
así. Mano misteriosa le arrojó en el torbellino de un motin urdido por
sus enemigos; nombre, fortuna, amor, porvenir, libertad, todo lo perdió
y solo se escapó de la muerte gracias al heroismo de un amigo. Entonces
juró vengarse. Con las riquezas de su familia, enterradas en un bosque,
escapóse, se fué al estrangero y se dedicó al comercio. Tomó parte en
la guerra de Cuba, ayudando ya á un partido ya á otro, pero ganando
siempre. Allí conoció al General, entonces comandante, cuya voluntad
se captó primero por medio de adelantos de dinero y haciéndose su
amigo despues gracias á crímenes cuyo secreto el joyero poseía. Él,
á fuerza de dinero le consiguió el destino y una vez en Filipinas se
sirvió de él como de ciego instrumento y le impulsó á cometer toda
clase de injusticias valiéndose de su inextinguible sed del oro.
La confesion fué larga y pesada, pero durante ella el confesor
no volvió á dar ningun signo de espanto y pocas veces interrumpió
al enfermo. Era ya de noche cuando el P. Florentino, enjugándose
el sudor de rostro, se irguió y se puso á meditar. Reinaba en la
habitacion oscuridad misteriosa, que los rayos de la luna, entrando
por la ventana, llenaba de luces vagas y reflejos vaporosos.
En medio del silencio, la voz del sacerdote resonó triste, pausada,
pero consoladora:
--Dios le perdonará á usted, señor... Simoun, dijo; sabe que somos
falibles, ha visto lo que usted ha sufrido, ¡y al permitir que usted
halle el castigo de sus culpas recibiendo la muerte de mano de los
mismos que ha instigado, podemos ver Su infinita misericordia! Él
ha hecho abortar uno á uno sus planes, los mejor concebidos, primero
con la muerte de María Clara, despues por una imprevision, y despues
misteriosamente... ¡acatemos Su voluntad y démosle gracias!
--Segun usted, contestó débilmente el enfermo, su voluntad sería que
estas islas...
--¿Continuasen en el estado en que gimen? concluyó el clérigo viendo
que el otro se detenía. No lo sé, señor; ¡no leo en el pensamiento
del Inescrutable! Sé que no ha abandonado á los pueblos que en los
momentos supremos se confiaron á Él y Le hicieron Juez de su opresion;
sé que Su brazo no ha faltado nunca cuando, pisoteada la justicia y
agotado todo recurso, el oprimido coge la espada y lucha por su hogar,
por su mujer, por sus hijos, por sus inalienables derechos que, como
dice el poeta aleman, ¡brillan inquebrantables é incólumes allá en la
altura como las mismas eternas estrellas! No, Dios que es la justicia,
no puede abandonar Su causa, ¡la causa de la libertad sin la cual no
hay justicia posible!
--¿Por qué entonces me ha negado su apoyo? preguntó la voz del enfermo,
llena de amarga queja.
--¡Porque usted ha escogido un medio que Él no podía aprobar! respondió
el sacerdote con voz severa: ¡la gloria de salvar á un pais no la ha
de tener el que ha contribuido á causar su ruina! Usted ha creido que
lo que el crímen y la iniquidad han manchado y deformado, ¡otro crímen
y otra iniquidad podían purificar y redimir! ¡Error! El odio no crea
más que monstruos, el crímen, criminales; sólo el amor lleva á cabo
obras maravillosas, ¡solo la virtud puede salvar! No; si nuestro país
ha de ser alguna vez libre, no lo será por el vicio y el crímen, no
lo será corrompiendo á sus hijos, engañando á unos, comprando á otros,
no; ¡redencion supone virtud, virtud, sacrificio y sacrificio, amor!
--¡Bien! acepto su explicacion contestó el enfermo despues de una
pausa; me he equivocado, pero, porque me he equivocado, ¿ese Dios
ha de negar la libertad á un pueblo y ha de salvar á otros mucho
más criminales que yo? ¿qué es mi error al lado del crímen de los
gobernantes? ¿Por qué ese Dios ha de tener más en cuenta mi iniquidad
que los clamores de tantos inocentes? ¿Por qué no me ha herido y
despues hecho triunfar al pueblo? ¿Por qué dejar sufrir á tantos
dignos y justos y complacerse inmóvil en sus torturas?
--¡Los justos y los dignos deben sufrir para que sus ideas se conozcan
y se estiendan! Hay que sacudir ó romper los vasos para derramar su
perfume, ¡hay que herir la piedra para que salte la luz! ¡Hay algo
providencial en las persecuciones de los tiranos, señor Simoun!
--Lo sabía, murmuró el enfermo, y por eso excitaba la tiranía...
--Sí, amigo mío, ¡pero se derramaban más líquidos corrompidos que
otra cosa! Usted fomentaba la podredumbre social sin sembrar una
idea. De esa fermentacion de vicios solo podía surgir el hastío y si
naciese algo de la noche á la mañana, sería á lo más un hongo, porque
espontáneamente solo hongos pueden nacer de la basura. Cierto que los
vicios de un gobierno le son fatales, le causan la muerte, pero matan
tambien á la sociedad en cuyo seno se desarrollan. A gobierno inmoral
corresponde un pueblo desmoralizado, á administracion sin conciencia,
ciudadanos rapaces y serviles en poblado, ¡bandidos y ladrones en
las montañas! Tal amo, tal esclavo. Tal gobierno, tal país.
Reinó una corta pausa.
--Entonces ¿qué hacer? preguntó la voz del enfermo.
--¡Sufrir y trabajar!
--¡Sufrir... trabajar...! repitió el enfermo con amargura;
¡ah! facil es decirlo cuando no se sufre... ¡cuando el trabajo se
premia!... Si vuestro Dios exige al hombre tanto sacrificio, al
hombre que apenas puede contar con el presente y duda del mañana;
si hubiese usted visto lo que yo, miserables, desgraciados sufriendo
indecibles torturas por crímenes que no han cometido, asesinatos
para tapar agenas faltas ó incapacidades, pobres padres de familia,
arrancados de su hogar para trabajar inútilmente en carreteras que
se descomponen cada mañana y que parece solo se entretienen para
hundir á las familias en la miseria... ¡ah! sufrir... trabajar... ¡es
la voluntad de Dios! ¡Convenza usted á esos de que su asesinato
es su salvacion, de que su trabajo es la prosperidad de su
hogar! Sufrir... trabajar... ¿Qué Dios es ése?
--Un Dios justísimo, señor Simoun, contestó al sacerdote; un Dios
que castiga nuestra falta de fé, nuestros vicios, el poco aprecio
que hacemos de la dignidad, de las virtudes cívicas... Toleramos
y nos hacemos cómplices del vicio, á veces lo aplaudimos, justo es,
justísimo que suframos sus consecuencias y las sufran tambien nuestros
hijos. Es el Dios de libertad, señor Simoun, que nos obliga á amarla
haciendo que nos sea pesado el yugo; un Dios de misericordia, de
equidad, que al par que nos castiga nos mejora, y solo concede el
bienestar al que se lo ha merecido por sus esfuerzos: la escuela
del sufrimiento templa, la arena del combate vigoriza las almas. Yo
no quiero decir que nuestra libertad se conquiste á filo de espada,
la espada entra por muy poco ya en los destinos modernos, pero, sí,
la hemos de conquistar mereciéndola, elevando la razon y la dignidad
del individuo, amando lo justo, lo bueno, lo grande hasta morir
por él, y cuando un pueblo llega á esa altura, Dios suministra el
arma, y caen los ídolos, caen los tiranos como castillo de naipes,
¡y brilla la libertad con la primera aurora! Nuestro mal lo debemos
á nosotros mismos, no echemos la culpa á nadie. Si España nos viese
menos complacientes con la tiranía, y más dispuestos á luchar y sufrir
por nuestros derechos, España sería la primera en darnos la libertad,
porque cuando el fruto de la concepcion llega á su madurez ¡desgraciada
la madre que lo quiera ahogar! En tanto, mientras el pueblo filipino
no tenga suficiente energía para proclamar, alta la frente y desnudo
el pecho, su derecho á la vida social y garantirlo con su sacrificio,
con su sangre misma; mientras veamos á nuestros paisanos, en la vida
privada sentir vergüenzas dentro de sí, oir rugiendo la voz de la
conciencia que se rebela y protesta, y en la vida pública callarse,
hacer coro al que abusa para burlarse del abusado; mientras los veamos
encerrarse en su egoismo y alabar con forzada sonrisa los actos más
inícuos, mendigando con los ojos una parte del botin, ¿á qué darles
libertad? Con España y sin España serían siempre los mismos, y acaso,
¡acaso peores! ¿A qué la independencia si los esclavos de hoy serán
los tiranos de mañana? ¡Y lo serán sin duda porque ama la tiranía
quien se somete á ella! Señor Simoun, mientras nuestro pueblo no
esté prepardo, mientras vaya á la lucha engañado ó empujado, sin
clara conciencia de lo que ha de hacer, fracasarán las más sabias
tentativas y más vale que fracasen, porque ¿á qué entregar al novio
la esposa si no la ama bastante, si no está dispuesto á morir por ella?
El P. Florentino sintió que el enfermo le cogía la mano y se
la estrechaba; calló entonces esperando que hablase, pero solo
sintió dos apretones más oyó un suspiro y largo silencio reinó en
la estancia. Solo el mar, cuyas olas se habían encrespado con la
brisa de la noche como si despertasen del calor del día, enviaba
sus roncos bramidos, su canto inmortal al estrellarse contra las
enhiestas rocas. La luna, ya sin la rivalidad del sol, triunfaba
tranquila en el cielo, y los árboles del bosque inclinándose unos á
otros, se confiaban sus seculares leyendas en misteriosos murmullos,
que trasportaba en sus alas el viento.
Viendo que el enfermo nada decía, el P. Florentino como absorto en
un pensamiento, murmuró:
--¿Dónde está la juventud que ha de consagrar sus rosadas horas,
sus ilusiones y entusiasmo al bien de su patria? ¿Dónde está la que
ha de verter generosa su sangre para lavar tantas vergüenzas, tantos
crímenes, tanta abominacion? ¡Pura y sin mancha ha de ser la víctima
para que el holocausto sea aceptable!... ¿Dónde estais, jóvenes, que
habeis de encarnar en vosotros el vigor de la vida que ha huido de
nuestras venas, la pureza de las ideas que se ha manchado en nuestros
cerebros y el fuego del entusiasmo que se ha apagado en nuestros
corazones?... ¡os esperamos, o jóvenes, venid que os esperamos!
Y como sintiese sus ojos humedecerse, apartó su mano de la del enfermo,
se levantó y se acercó á la ventana para contemplar la vasta superficie
del mar. Sacáronle de su meditacion unos golpecitos discretos dados
en la puerta. Era el criado que preguntaba si debía encender la luz.
Cuando el sacerdote se acercó al enfermo y le vió, á la luz de la
lámpara, inmóvil, los ojos cerrados, la mano que había estrechado
la suya, abierta y estendida al borde de la cama, creyó un momento
que dormía: pero observando que no respiraba, tocóle suavemente y
entonces se apercibió de que estaba muerto: comenzaba á enfriarse.
Arrodillóse entonces y oró.
Cuando se levantó y contempló el cadáver, en cuyo semblante se leía
la tristeza más profunda, el pesar de toda una vida inútil que se
llevaba más allá de la muerte, el anciano se estremeció y murmuró:
--¡Dios tenga piedad de los que le han torcido el camino!
Y mientras los criados, llamados por él, se arrodillaban y rezaban por
el muerto, curiosos y distraidos mirando hácia la cama y repitiendo
requiems y más requiems, el P. Florentino sacó de un armario la célebre
maleta de acero que contenía la fabulosa fortuna de Simoun. Vaciló
unos instantes, mas, pronto, tomando una determinacion, descendió
con ella las escaleras, se fué á la roca donde Isagani solía sentarse
para escudriñar el fondo del mar.
El P. Florentino miró á sus piés. Allá abajo se veían las oscuras
olas del Pacífico batir las concavidades de la roca, produciendo
sonoros truenos, al mismo tiempo que heridas por un rayo de luna,
olas y espumas brillaban como chispas de fuego, como puñados de
brillantes que arrojase al aire algun genio del abismo. Miró en
derredor suyo. Estaba solo. La solitaria costa se perdía á lo lejos
en vaga neblina, que la luna desvanecía hasta confundirla con el
horizonte. El bosque murmuraba voces ininteligibles. El anciano
entonces, con el esfuerzo de sus hercúleos brazos, lanzó la maleta
al espacio arrojándolo al mar. Giró varias veces sobre sí misma, y
descendió rápidamente trazando una pequeña curva, reflejando sobre
su pulimentada superficie algunos pálidos rayos. El anciano vió
saltar gotas, oyó un ruido quebrado y el abismo se cerró tragándose el
tesoro. Esperó algunos instantes para ver si el abismo devolvería algo,
pero la ola volvió á cerrarse tan misteriosa como antes, sin aumentar
en un pliegue más su rizada superficie, como si en la inmensidad del
mar solo hubiese caido un pequeño pedruzco.
--¡Que la naturaleza te guarde en los profundos abismos, entre los
corales y perlas de sus eternos mares! dijo entonces el clérigo
estendiendo solemnemente la mano. Cuando para un fin santo y
sublime los hombres te necesiten, Dios sabrá sacarte del seno de las
olas... Mientras tanto, ¡allí no harás el mal, no torcerás el derecho,
no fomentarás avaricias!...