Y doña Sol, indulgente consigo misma, sonreía:

«¡Ay, el ambiente! ¡A qué locuras impulsa!...»

El desenlace de la obra es magnífico; una de las páginas más entonadas y

brillantes de su autor. Juan Gallardo cae en la plaza, al dar una

estocada, una estocada incomparable, suicida, ¡la mejor de su

historia!... No muere desesperado por la ingratitud de doña Sol; final

hubiera sido éste harto mezquino para los alientos de su recia alma de

lidiador; muere por amor propio, por vanidad de artista, por quedar

bien ante el público, el gran veleidoso que tan pronto encumbra y

diviniza á sus ídolos, como les pisotea. Su desgracia no interrumpe la

fiesta; el espectáculo continúa; en los tendidos bañados en sol «rugía

la fiera: la verdadera, la única».

_Los muertos mandan_, juntamente con _Cañas y barro_, _Entre naranjos_ y

_La barraca_, es, á mi juicio, una de las cuatro novelas maestras sobre

que descansa el alto prestigio de Vicente Blasco Ibáñez. Libro

excepcional y meritísimo que une á la amenidad de los paisajes en él

evocados, la intensa rebusca y minuciosa penetración de los caracteres y

la expresión poética, admirablemente sintética, de una honda y

trascendental visión filosófica.

Jaime Febrer, último vástago de una antigua y muy noble familia

arruinada, tras una primera juventud alegre y fastuosa, vuelve á

Mallorca, su país natal, y para recomponer su casi deshecha fortuna

trata de casarse con Catalina Valls, hija única de cierto judío

riquísimo. Jaime es un hombre independiente, que ha recorrido toda

Europa, y, por lo mismo, se cree ajeno á todos esos ridículos escrúpulos

de campanario que infiernan la vida de las ciudades pequeñas. Mas apenas

descubre su designio, cuando todos los que le conocen, y aun los que

jamás le saludaron, le miran con asombro y enojo. El mismo Pablo Valls,

tío de Catalina, á pesar de comprender los beneficios que este enlace

reportaría á los suyos, aconseja noblemente á Jaime que renuncie á tal

proyecto: él le conoció niño, le quiere bien y no permitirá que sea

desgraciado. ¡Un Febrer! ¡Un descendiente de la familia más católica de

Mallorca, de una familia que había dado al mundo cardenales,

inquisidores y caballeros de Malta, casarse con una _chueta_!

¡Imposible!... ¿Qué diría la isla? Y, aunque renunciase á vivir allí,

¿en qué rincón del planeta iría á refugiarse que no le alcanzase la

execración y el desprecio de todos?... Además, por mucho que amase á

Catalina, no podría ser feliz con ella; tarde ó temprano la odiaría.

¿Acaso una mujer y un hombre pueden, por sí solos, destruir la herencia

de rencores acumulada durante muchos siglos entre dos razas?...

Jaime Febrer, que no quiere á Catalina, se deja convencer, y para

destruir de cuajo y más pronto su naciente noviazgo, se traslada á

Ibiza. ¿Qué remedio? Es algo fatal; los muertos lo disponen así.

En Ibiza Jaime Febrer se instala en una vieja torre, propiedad suya, que

llaman «del Pirata», y en aquella soledad agreste se enamora de

Margalida, hija de Pép, propietario de _Can Mallorquí_ y descendiente de

labriegos modestos, feudatarios de los muy ilustres progenitores de

Jaime. Por lo mismo, éste, aunque totalmente arruinado, continúa siendo

«el amo», una especie de hombre superior aislado de los demás por los

dones preexcelsos de su inteligencia y de su raza. Así, la pasión que

siente Febrer hacia Margalida escandaliza á todos, incluso á sus padres:

aquello es imposible, es absurdo; «el señor» está loco. En Ibiza, como

en Mallorca, el pasado se oponía al porvenir y dificultaba su marcha. En

todas partes, la historia, la raza, la autoridad inapelable de lo que ha

sido...

«Reía amargamente de su optimismo en aquella ocasión, de la confianza

que le había hecho despreciar todas sus ideas sobre el pasado. Los

muertos mandan: su autoridad y su poder eran indiscutibles. ¿Cómo había

podido él, á impulsos del entusiasmo amoroso, desconocer esta enorme y

desconsoladora verdad?... Bien le hacían sentir los lóbregos tiranos de

nuestra vida todo el peso abrumador de su poder. ¿Qué había hecho él

para que en este rincón de la tierra, su último refugio, le mirasen como

un extraño?... Las innumerables generaciones de hombres, cuyo polvo y

cuya alma estaban confundidos con la tierra de la isla natal, habían

dejado como herencia á los presentes el odio al extranjero, el miedo y

la repulsión al extraño, con el que vivieron en guerra. El que llegaba

de otros países era recibido con un aislamiento repelente, ordenado por

los que ya no existían.

»Cuando, despreciando sus antiguos prejuicios, intentaba aproximarse á

una mujer, la mujer replegábase misteriosa y asustada de tal

aproximación, y el padre, en nombre de su respeto servil, se oponía á

este hecho inaudito. Era una obra de loco la suya: la conjunción del

gallo y la gaviota soñada por un fraile extravagante que tanto hacía

reir á los payeses. Así lo habían querido los hombres en otros tiempos

al fundar la sociedad y dividirla en clases, y así debía ser. Inútil

rebelarse contra las cosas establecidas. La vida de un hombre era corta,

y no bastaba para batirse con centenares de miles de vidas que habían

existido antes de ella y parecían espiarla invisibles, oprimiéndola

entre creaciones materiales que eran recuerdo de su paso por la tierra,

abrumándola con sus pensamientos, que llenaban el ambiente y eran

aprovechados por todos los que nacían sin fuerza para discurrir algo

nuevo.

»Los muertos mandan, y es inútil que los vivos se resistan á obedecer.

Todas las rebeliones por salir de esta servidumbre, por romper la cadena

de los siglos, todo mentira. Febrer recordaba la rueda sagrada de los

indios, símbolo budhista que había visto en París al presenciar una

ceremonia religiosa oriental en un museo. La rueda era el símbolo de

nuestra vida. Creemos avanzar porque nos movemos; creemos progresar

porque vamos hacia adelante, y cuando la rueda da la vuelta completa,

nos encontramos en el mismo sitio. La vida de la humanidad, la historia,

todo era un interminable «recomenzamiento de las cosas». Nacen los

pueblos, crecen, progresan; la cabaña se convierte en castillo y después

en fábrica; se forman las enormes ciudades de millones de hombres,

sobrevienen después las catástrofes, las guerras por el pan que escasea

para tantas gentes, las protestas de los desposeídos, las grandes

matanzas, y las ciudades se despueblan y caen en ruinas. La hierba

invade los orgullosos monumentos: las metrópolis se hunden poco á poco

en la tierra y duermen siglos y siglos bajo colinas. El bosque bravío

cubre la capital de remotas épocas; pasa el cazador salvaje por donde en

otro tiempo eran recibidos los caudillos vencedores con aparato de

semidioses; pacen las ovejas y sopla el pastor en su caramillo sobre las

ruinas que fueron tribuna de leyes muertas; vuelven á agruparse los

hombres y surge la cabaña, la aldea, el castillo, la fábrica, la ciudad

enorme, y se repite lo mismo, siempre lo mismo, con una diferencia de

centenares de siglos, como se repiten de unos hombres en otros iguales

gestos, ideas y preocupaciones en el transcurso de unos años. ¡La rueda!

¡El eterno recomenzar de las cosas! ¡Y todas las criaturas del rebaño

humano cambiando de aprisco, pero jamás de pastores: y los pastores

siempre los mismos, los muertos, los primeros que pensaron, y cuyo

pensamiento primordial fué como el puñado de nieve que rueda y rueda por

las pendientes, agrandándose, llevando adherido en su pegajosidad todo

cuanto encuentra al paso!...

»Los hombres, orgullosos de su progreso material, de los juguetes

mecánicos inventados para su bienestar, creíanse libres, superiores al

pasado, emancipados de la original servidumbre, ¡y todo cuanto decían se

había dicho centenares de siglos antes con diversas palabras; sus

pasiones eran las mismas; sus pensamientos, que consideraban originales,

eran destellos y reflejos de otros pensamientos remotos; y todos los

actos que tenían por buenos ó malos eran respetados como tales porque

así los habían clasificado los muertos, los tiránicos muertos, á los que

el hombre tendría que matar de nuevo si deseaba ser libre realmente!...

¿Quién llegaría á realizar esta gran hazaña libertadora? ¿Qué paladín

con fuerzas suficientes para matar al monstruo que pesaba sobre la

humanidad, enorme y abrumador, como los dragones de las leyendas

guardaban bajo su corpachón inútiles tesoros?...»

Este pensamiento embebe el ánimo del autor y reaparece á cada momento

bajo su pluma, siendo el verdadero protagonista del libro; un

protagonista invisible, pero tremendo, extendido, como el cielo, de un

horizonte á otro.

«Los vivos--añade Blasco Ibáñez--no estaban solos en ninguna parte:

rodeábanles los muertos en todos los sitios, y como eran más,

infinitamente más, gravitaban sobre su existencia con la pesadez del

tiempo y del número. No; los muertos no se iban, como creía el refrán

popular. Los muertos se quedaban inmóviles al borde de la vida, espiando

á las nuevas generaciones, haciéndolas sentir la autoridad del pasado

con rudo tirón en el alma cada vez que intentaban apartarse de la

ruta...»

No he podido arrancarme á la tentación de transcribir los anteriores

párrafos, porque, amén de expresar limpiamente el espíritu del libro á

que me refiero, son por su especial contextura, colorista y sonante, una

de las muestras más cabales del estilo de Blasco Ibáñez; estilo

frecuentemente desaliñado, con el desaliño cálido de la impaciencia que

lo inspiró, pero siempre gráfico, viril y jugoso.

Como antes en Mallorca, ahora en Ibiza todo se confabula para que Jaime

y Margalida no se amen. Pero esta vez Jaime Febrer no transige, la

pasión que le anima es sincera y robusta, y los obstáculos que se oponen

á la realización de su deseo le enardecen, lejos de abatirle. Al fin se

casa. Convaleciente aún de la grave herida que le infirió uno de los

mozos que cortejaban á Margalida, Febrer, dirigiéndose á un amigo suyo,

repite esta sabia frase: «Pablo, ¡matemos á los muertos!...» Es decir:

destruyamos lo pretérito, vivamos horros de preocupaciones imbéciles,

afirmemos nuestra personalidad labrando independientemente ese porvenir

donde puede aguardarnos la dicha.

Declaro que, según avanzaba en la lectura de esta obra, iba apoderándose

de mí un malestar creciente; imponiéndose á la magnificencia

mediterránea de los paisajes, á la hermosura del cielo radiante y azul y

á la fertilidad de los campos verdes, con el bruñido verdor de las

esmeraldas mojadas, una melancolía invencible, semejante á una

evaporación de dolor, amortiguaba el regocijo de la Naturaleza. Eran los

muertos... Así, cuando de pronto, avasallando todo el fatal prestigio de

lo que ha sido, la vida se impone, experimenta el lector ese alivio

inefable que, en medio de los terrores de una pesadilla, produce la luz.

Y el libro concluye con esta declaración optimista, llena de salud,

riente como un rayo de sol mañanero: «No; los muertos no mandan: quien

manda es la vida, y sobre la vida el amor.»

Tal es el desenlace que Blasco Ibáñez da á su obra, y, conociendo su

temperamento enérgico, no pudo ser otro: destruyamos el pasado: sobre él

lo futuro, que es la esperanza, la ilusión, debe caer como una losa.

Para concluir, citaré á _Luna Benamor_: es una novela corta que tiene la

poesía filante, dulcemente triste, de los andenes y de los puertos. En

la sociedad cosmopolita que pulula por las calles de Gibraltar, Luis

Aguirre conoce á Luna, una hebrea, y quiere casarse con ella; pero la

joven, aunque enamorada de él, no accede; sus religiones les separan,

sus dioses no les permiten unirse; ella se casará con uno de su raza. Y

así es: el desenlace es pesimista; esta vez, los muertos han

vencido...

V

Síntesis.--Las mujeres en la obra des Blasco Ibáñez.--Los

conquistadores.--El dolor.--Los desenlaces trágicos.

Recordando la impresión que la obra total de Vicente Blasco Ibáñez ha

dejado en mi espíritu, diré que sus libros se ofrecen á mi imaginación

como flores de pesadilla extravagantes y magníficas, unas azules, otras

negras, aquéllas rojas como la sangre; y todas grandes, frescas,

lozaneando pomposamente sobre un paisaje donde triunfan los dos colores

principales con que se disfraza la vida: el verde del mar y de los

campos, y el amarillo del sol. Y más allá, muy lejos, formando

horizonte, los desenlaces trágicos de casi todas sus novelas componen

una línea obscura que habla de injusticias y de dolor.

No quiero desaprovechar la ocasión que ahora se me ofrece de esclarecer,

siquiera sea ligerísimamente, el verdadero puesto ocupado por Blasco

Ibáñez en la historia de nuestra novela contemporánea.

Por ser, según hemos visto, partidario acérrimo del método experimental

ó de observación, y más aún, por haber empezado á escribir cuando el

prestigio extraordinario de Emilio Zola rebasaba las fronteras francesas

y llenaba el mundo, el autor de _La barraca_ fué considerado como

«discípulo de Zola y representante de la escuela naturalista en España».

Esta afirmación caprichosa, lanzada por un «crítico profesional»

cualquiera, la repitió alegremente «el vulgo» de los escritores y más

tarde el público. El «prurito de clasificación», que tanto adula la

pereza intelectual de las muchedumbres porque puede encerrar «en el

cliché de una frase» la personalidad completa de un autor, acabó de dar

validez á lo que, por su esencia, era totalmente arbitrario y gratuito.

Este criterio prevaleció durante muchos años: era inútil que Blasco

Ibáñez publicase obras arqueológicas como _Sónnica la cortesana_, ó

libros de tan alquitarado lirismo como _Entre naranjos_; trabajo baldío;

su renombre, para placentera comodidad y sosiego de la opinión, estaba

ya fijado, catalogado y equivalía á una cédula personal. La crítica--esa

crítica acéfala que no lee y juzga del mérito de los libros por su

precio y los colorines de su portada--le había diputado «mantenedor del

naturalismo español», y era inútil que el novelista demostrase, con sus

libros, renunciar al cargo; el público no le admitía la dimisión, cual

si fuese aquel un puesto que no pudiese quedar vacante.

¿Cómo negar que hay prolijos y notables puntos de concomitancia entre la

obra de Emilio Zola y la de Blasco Ibáñez?... Mas ello no significa que

éste siguiese puntual y servilmente las huellas de aquél, aunque las

arquitecturas que ambos dieron á sus libros sean muy parecidas; como

tampoco pueden considerarse «discípulos» de Zola, ni al maravilloso

Alfonso Daudet, ni al enorme Maupassant, ni á Mirbeau, ni siquiera á

Marcelo Prévost, aunque todos ellos cultiven el método experimental:

pues á través de temperamentos tan enérgicos y rotundos como los

precitados, la realidad, aun siendo indivisible y única, siempre se nos

muestra remozada bajo matices distintos.

Es más; salvo _Arroz y tartana_, obra de juventud, escrita bajo la

sugestión, legítimamente obsesionadora, del autor de _Germinal_, los

demás libros de Vicente Blasco Ibáñez definen, por momentos con mayor

energía, la personalidad del copioso novelista español. Blasco Ibáñez es

un impulsivo, un impresionista, un impaciente formidable, que produce

«por explosón», sin pauta ni medida, con una generosidad de catarata; y

Zola, por el contrario, era el artista metódico, frío, avaro de su

tiempo, que antes de sentarse á escribir un libro ordenaba sus notas y

trabajaba con el reloj puesto sobre la mesa: fué Zola un temperamento

calculador, una voluntad sin intermitencias, que burilaba la realidad y

ahondaba en ella cachazudamente y «por penetración», con una lentitud

perseverante, uniforme, de viejo buey uncido al yugo. Esto lo dice su

estilo compacto. Emilio Zola, además, fué un casto, un místico triste y

solitario, un hombre de «vida interior» abrumado por la preocupación

vigilante de amontonar volúmenes; mientras Blasco Ibáñez es una

vitalidad patriarcal, prolífica, desbordante, en cuyas obras campea la

satisfacción de vivir, honda, sincera, inmarcesible.

La labor de Vicente Blasco Ibáñez, examinada en conjunto, brinda al

observador puntos de vista dignos de consideración y recuerdo.

El recio carácter del novelista, su complexión sanguínea y batalladora y

aquel desdén imperceptible, un poco oriental, que su temperamento

impaciente de gozador siente hacia la mujer, causas son de que éstas no

ocupen en su obra los primeros puestos. El las quiere, las quiere

mucho... pero le aburren sus nerviosidades, su debilidad, la tacañería

de su horizonte intelectual, la unilateralidad de sus instintos,

dedicados siempre al amor, cual si fuera de este sentimiento no le

quedasen al hombre desacotados y ubérrimos campos donde ejercitar su

diligencia. Los jardines rumorosos de Armida le fatigan pronto: la

hembra bella, acariciadora, indulgente, pulida por los refinamientos de

la civilización, buena es para ese breve rato que los sentimentales

llaman poéticamente «el cuarto de hora azul», de la pasión. Pero luego

el varón fuerte debe zafarse de los blancos brazos enlazados á su

cuello, y proseguir su camino, su lucha sagrada por el mejoramiento y

bienestar humanos y la conquista de la tierra.

Así, excepción hecha de _Entre naranjos_ y de _Sónnica la cortesana_, en

sus demás libros «el dulce enemigo» fué relegado prudentemente á un

modesto segundo término. Siendo de notar también, que así la

protagonista de _Entre naranjos_, como Sónnica, la hetera ateniense, son

dos tipos enérgicos, perfectamente varoniles, que de su sexo sólo tienen

la hermosura.

Algunas de estas hembras concretan la parte más especulativa, más

limpiamente artística, del alma de su autor. Son las «soñadoras». En

este grupo figuran pocos nombres. Leonora, la heroína vagabunda de

_Entre naranjos_, personificación de «el Amor, que pasa una sola vez en

la vida coronado de flores con su cortejo de besos y de risas», y doña

Sol, la teatral pecadora de _Sangre y arena_, pertenecen á la misma

raza: á las dos las trastorna la música, y capaces hubieran sido de dar

su virginidad por un beso recibido en el hechizo de una melodía de

Schubert; las dos son veleidosas y sienten el acicate mordedor de

empeñados y peregrinos lances; las dos caminan aburridas,

desilusionadas de sí mismas, cautivadas únicamente por la atracción

novelesca de lo que no tienen, y apenas consiguen lo que buscaban cuando

lo rechazan con fastidio; su infierno va con ellas: no amarán nunca

fuertemente, no sentirán el gozo reparador de las grandes ilusiones, no

conocerán jamás ese bienestar, bienestar de reposo, que los espíritus

agitados experimentan cuando una vez se detienen en la ruta de amargura

de sus sensaciones. Para ellas nada hay substantivo, todo es «cuestión

de ambiente, de escena...»

En la obra de Blasco Ibáñez también hay pocas «bravías», pues sin duda

el novelista estima que raras veces la virtud del valor buscó aposento

en pechos femeninos, mejor apercibidos para alimentar á los hijos y

servir de regalo y lascivo contento á los hombres, que para vestir la

cota y desafiar peligros. Algunas mujeres, sin embargo, pertenecen á

este grupo: Dolores, verbigracia, la garrida pescadora de _Flor de

Mayo_; y Neleta, aquella mujercita acerada y pequeña de _Cañas y barro_,

á quien los terribles desgarramientos del parto apenas arrancan un

quejido...

Casi toda la multitud femenina que vive en las novelas de Blasco Ibáñez,

puede dividirse en dos grupos. A saber: «humildes» y «católicas». Para

el autor de _La barraca_, ni la independencia de criterio ni las

rebeldías de voluntad son rasgos peculiares de la mujer española,

acostumbrada por imposiciones de educación y leyes de herencia, á la

docilidad; y tan cierto es esto, que para explicar el alborotado

temperamento de doña Sol y de Leonora, las presenta como espíritus

exóticos, educados lejos del patrio terruño, único modo de sustraerse á

la normalidad tediosa del alma castellana, desjugada y uniforme como su

suelo. La mujer española es fuerte y valerosa, pero con el valor de la

resistencia, de la pasividad; y si alguna vez despierta para lanzarse á

las vehemencias del ataque, es cuando la religión, único resorte que

después del amor y muchas veces por encima del amor, agita su ánimo, la

impulsa á ello.

Las «humildes» abundan; forman un generoso ramillete de frentes pálidas,

de cervices inclinadas, de labios sin color, de ojos esclavos perdidos

en la melancolía de la tierra; hembras silenciosas que caminan sin

ruido; caracteres recogidos acostumbrados á obedecer, primero al padre,

al esposo después, á los hijos más tarde... A este grupo pertenecen

_Tonica_, la costurerilla de _Arroz y tartana_; la Rosario infeliz de

_Flor de Mayo_, que trabaja toda la semana para que á su Tonet, «al

amo», no le falte tabaco ni dinero con que ir á la taberna; la Teresa de

_La barraca_, tozuda, infatigable, en su lucha con la tierra; la pobre

_Borda_, de _Cañas y barro_, enamorada de _el Cubano_ con una pasión

oculta y sin esperanza, de sierva; pasión que nunca le confía y que

únicamente se descubre romántica cuando, viéndole muerto, le besa en los

labios; Sagrario, la pecadora arrepentida y casi moribunda de _La

catedral_; Feliciana, la mártir que, más que de parto, muere de pena, de

miseria y de frío, en las últimas páginas de _La horda_; y Josefina, la

burguesita desventurada, víctima de su educación, de _La maja desnuda_;

y Margalida, la cordera asombrada y dulce, de _Los muertos mandan_...

Al lado de estas hembras vulgares, pacatas, faltas de iniciativas, y sin

otra virtud que la virtud cómoda, pero infecunda, de la obediencia,

están las «católicas»; voluntades belicosas, tiránicas, defensoras

intransigentes de lo tradicional. Son doña Bernarda, la tía fanática de

Rafael Brull, y también Remedios, la esposa de éste; una chiquilla de

sensibilidad atrofiada para quien el matrimonio no pasó de ser una

curiosidad; y son doña Cristina y su hija Pepita, en _El intruso_; y

aquella terrible doña Juana de _Los muertos mandan_, que vieja,

doncellona y millonaria, deshereda á su sobrino Jaime Febrer por el

delito de haberse querido casar con una judía...

Conociendo el apasionado espíritu de Blasco Ibáñez, el modo

impresionista, casi instantáneo, que tiene de «ver» los asuntos, y la

tumultuosa celeridad con que escribe, arracimando caracteres y paisajes

alrededor de la idea matriz, no sorprende la insistencia con que todos

sus libros aparecen construídos sobre la historia de un macho bravo,

irresistible, incapaz de claudicaciones, susceptible de caminar hacia el

desenlace sin apartarse en una tilde de la línea recta. El hombre de

presa, el héroe casto y sobrio, dominado únicamente por la obsesión «de

llegar», no falta nunca; es una especie de _materia prima_; y es porque

el novelista, inconscientemente, se complace en sí mismo y se retrata en

sus obras.

Fuera de duda está que, tanto como los lances de amor, interesan á las

multitudes los empeños de fuerza y bizarría. Si los primeros son

golosos, los segundos también ejercen sobre nuestra curiosidad un poder

de atracción enorme; y apuradillos nos encontraríamos todos si

hubiésemos de responder con estricta sinceridad si solicita más nuestra

atención el grupo apacible, silencioso, de dos novios que se besan, ó el

choque brutal de dos hombres que se matan.

Como siempre, en este caso el Amor y la Muerte se disputan y reparten,

acaso en proporciones iguales, el dominio de la humana emoción. Todo

ello realmente depende, más que del fenómeno en sí, de la idiosincrasia

sentimental ó belicosa del espectador: hay temperamentos para quienes el

beso es lo único bello y trascendental que alumbra el sol; y otros, en

cambio, de temple aventurero, que sueñan con ser protagonistas de

hazañosas empresas. De todos modos es innegable que las más de las veces

las muecas de la muerte ejercen sugestión eficacísima sobre nuestro

organismo, y ello explica el número inmenso de devotos que tienen «la

crónica negra» de los periódicos, los toros, los domadores de fieras,

las luchas y, en general, todos los ejercicios donde la muchedumbre

olfatea un peligro.

Mis contemporaneos; 1 Vicente Blasco Ibáñez · 第 4 / 6 段