punzantes hasta entonces, van suavizándose. Dice bien aquel hombre: ¿por
qué la integridad física de una mujer ha de anteponerse á la pureza de
su espíritu?... El mismo Rafael explica á María de la Luz este
pensamiento, pensamiento santo, pues que les ofrenda la felicidad. «Las
vergüenzas del cuerpo--dice--representan muy poco... El amor es lo que
importa; lo demás son preocupaciones de animales.»
Y con esta seguridad reparadora se abrazan estrechamente mientras
piensan en América, la tierra fértil y hospitalaria, hacia donde se
embarcarían muy pronto y en la que les aguardaba una bella vida de
cariño y de trabajo.
_La horda_ es, en el orden cronológico, la última de las «novelas de
rebeldía»; y entre los muchos aciertos que avaloran este libro, su mismo
título, evidentemente es el mayor. Esa «horda» á que Blasco Ibáñez se
refiere, es la muchedumbre de desheredados--traperos, matuteros,
vagabundos de todas clases, cazadores furtivos, chalanes, pordioseros,
ladrones--que vive en las afueras de Madrid, trabajando unas veces,
merodeando otras, disputándose los detritus de la gran ciudad alrededor
de la cual forman una especie de círculo siniestro y amenazador, cual
si olfateasen la oportunidad de caer sobre ella para devorarla. Son los
parias de la vida, los ex hombres de que habló Gorki. En torno de la
urbe limpia, bien oliente, con sus hermosos paseos, sus palacios de
mármol, sus cafés y sus teatros que las mujeres llenan con la alegría
lasciva de sus descotes y el frufruteo aromado de sus vestidos; y sobre
la cual, de noche, sus millares de luces tienden un halo rojizo y
gigante que da la sensación de que toda la ciudad ríe estremeciéndose
con la locura de una fiesta báquica, los maltratados de la suerte, los
sin fortuna, los hambrientos, parecen rondar como lobos famélicos
alrededor del aprisco; sus ojos desesperados relucen en la obscuridad,
sus puños se crispan, un rictus ancestral tuerce sus labios y desnuda
sus dientes... Madrid no les quiere y les expulsa de su seno, pero les
tolera porque ellos, acaparadores de la basura, de lo roto, de lo que se
pudre, son los principales mantenedores de la higiene y del aseo de la
ciudad; Madrid les desprecia, pero les necesita; les teme, pero no
sabría prescindir de su trabajo; y ellos, que lo comprenden, no se
alejan mucho de la ciudad, estrechándola, oprimiéndola en un anillo de
miseria. ¡Ah, cuando llegue el día del hartazgo!...
«Maltrana--escribe Blasco Ibáñez refiriéndose al protagonista de _La
horda_--pensó en los traperos de Tetuán, en los obreros de Cuatro
Caminos y de Vallecas, en los mendigos y vagos de las Peñuelas y las
Injurias, en los gitanos de las Cambroneras, en los ladrilleros sin
trabajo del barrio que tenía delante, en todos los infelices que la
orgullosa urbe expelía de su seno y acampaban á sus puertas, haciendo
una vida salvaje, subsistiendo con las artes y astucias del hombre
primitivo, amontonándose en la promiscuidad de la miseria, procreando
sobre el estiércol á los herederos de sus odios y los ejecutores de sus
venganzas.»
Esa habilidad balzaciana que el ilustre novelista posee para idear
figuras, constituir familias y darnos la sensación caliente, llena de
movilidad y de interés, de las muchedumbres, sobresale en este libro más
quizá que en otro ninguno.
Isidro Maltrana es un muchacho ilustrado y de claro entendimiento, pero
de flaca y desorientada voluntad, y á este desequilibrio de facultades
debemos referir muchas de las desgracias que luego, en el devanar del
tiempo, amargan su vida. Nació de una pobre mujer y de un albañil que
murió siendo él todavía muy niño. Su abuela materna era una trapera del
barrio de las Carolinas llamada _la Mariposa_, y que vivía maritalmente
con un trapero viejo, cazurro, borracho y un poco filósofo, á quien
todos conocían por _Zaratustra_. Isidro Maltrana, por consiguiente,
«venía de abajo», era hijo del pueblo y acaso hubiese vivido
tranquilamente si, desde pequeño, le hubieran dedicado á un oficio. Mas
no fué así; una señora rica y bondadosa, á cuya casa la madre de Isidro
iba á trabajar, admirando las excelentes disposiciones que el chiquillo
demostraba tener para el estudio, quiso encargarse de su educación y
darle una carrera. Maltrana comenzó á estudiar afanosamente, graduóse
bachiller y seguía con notable aprovechamiento el penúltimo curso de la
facultad de Filosofía y Letras, cuando su protectora falleció. Como por
ensalmo el pobre muchacho se halló desamparado, inerme ante la gran
batalla de la vida: no tenía carrera, no sabía ningún oficio: «los de
arriba», conociendo su origen humilde, le miraban despectivamente; y,
por otra parte, para vivir entre los de su clase, le estorbaba su
ilustración y poseía unas manos y unos gustos demasiado finos. Era un
inadaptable, un inutilizado por el cambio de ambiente, á quien el
porvenir reservaba días muy negros.
A falta de otra ocupación mejor, Isidro Maltrana se hizo periodista; su
bohemia fué larga, dura, estéril. En sus visitas á Cuatro Caminos, donde
vivía su abuela, conoció á Feliciana, hija de un cazador furtivo á quien
llamaban Mosco. Isidro y Feliciana se amaron y concluyeron marchándose á
vivir á un cuartucho interior situado en las inmediaciones del Rastro.
Ella era joven, graciosa y bonita, él era inteligente y alegre; los dos
hubiesen podido ser felices; pero la fatalidad les perseguía sañuda, sin
darles un momento de tregua. Maltrana carecía de trabajo; su voluntad
débil no sabía imponerse; Feliciana estaba encinta: hambrientos, medio
desnudos, los dos vencidos fueron á refugiarse en una casuca de las
Cambroneras, desamparada y miserable como choza de húngaros. Según vamos
acercándonos al desenlace, una tristeza enorme, una melancolía fría y
negra de crepúsculo, desciende sobre el libro. La madre de Isidro, que á
poco de enviudar fuése á vivir con un albañil, hombre muy de bien,
falleció en el hospital; su amante se cayó de un andamio y murió
también; el hijo único que tuvieron, criado en el ambiente vicioso del
arroyo, estaba en la cárcel; al Mosco, los guardas de la Casa de Campo
le mataron á tiros. Finalmente, Feliciana da á luz en el hospital y
acaba allí sus días, y su cadáver va á la fosa común después de haber
pasado por el espanto de la sala de disección... El Destino es
implacable con los pobres: los patea, los tritura, los deshace, les
niega hasta el nombre; diríase que no quiere que de ellos quede nada, ni
aun el recuerdo... Y esta conclusión sería desoladora si el autor,
bondadosamente, no la iluminase con un rayo de esperanza: Isidro
Maltrana, desanimado, abúlico y próximo á sumirse en el envilecimiento
sin redención del alcoholismo, reacciona á tiempo. Ya no aspira á
obtener una reputación literaria, pero trabajará, será un «obrero del
arte», ya que no pudo llegar á ser artista. Su voluntad se rebulle y
levanta con desacostumbrado brío: peleará con la suerte y la vencerá: lo
que no hizo por su pobre compañera, ni por sí mismo, lo hará por su
hijo. Esta vez no claudicará; el cariño que aquella criatura le inspira
«es de hierro...»
Y este «germinal» inesperado nos consuela asegurándonos que, cerca ó
lejos, ¿qué importa la distancia?... la humanidad hallará un mañana de
justicia y de paz, un mañana de fraternidad, en el que no habrá dolor...
_La catedral_, _El intruso_, _La bodega_ y _La horda_, son «libros de
combate», apasionados, fieros, que desataron contra su autor las más
vehementes censuras. Se le tildó de intransigente, de sectario fanático.
Conformes; ¿y qué?... Así ha de pelearse, y no es buen soldado quien á
la hora de la batalla dispara al aire; los golpes todos al corazón del
contrario deben ir dirigidos, pues la importancia de la herida es lo
único que informa del mérito de la estocada. Los más egregios paladines
de nuestras libertades, respondiendo con la tolerancia á las
acometividades sin cuartel de sus enemigos, probaron su ineptitud para
la lucha y retrasaron, en más de un siglo, el desarrollo intelectual de
España. Al fanatismo y á la intransigencia, con fanatismo y con
intransigencia deben rechazarse; como las religiones, las libertades por
el hierro y por el fuego deben imponerse; la clemencia vendrá más tarde,
después que las cicatrices estén bien curadas y no haya peligros de
infección. Así lucha Blasco Ibáñez y así debe lucharse: echando fuera de
la barricada todo el cuerpo, poniendo en la reciedumbre de cada golpe
toda el alma. El novelista arremete violento contra el poder clerical
que empobrece á las naciones y ahoga las iniciativas y rebeldías del
pensamiento y ahuyenta del mundo el bienestar de vivir; y truena también
contra esa abominable constitución social que puso las riquezas en unas
cuantas manos y deja que familias enteras mueran de hambre, de suciedad
y de frío sobre una tierra que, mejor cultivada, bastaría á la felicidad
de todos. Nada le detiene, y estas cuatro novelas son otras tantas
lanzas rotas en pro del Amor, del Trabajo y de la Libertad, los tres
únicos caminos que llevan á Sión, la ciudad prometida...
IV
Novelas de la tercera época: "La maja desnuda".--"Sangre y
arena".--"Los muertos mandan".--"Luna Benamor".
Este nuevo ciclo ocupa un período de cerca de cuatro años, ó sea desde
la aparición de _La mala desnuda_, á principios de 1906, hasta _Luna
Benamor_, publicada á mediados de 1909.
Retratados ya los principales aspectos ó paisajes de la novela regional
valenciana, y agotados los temas máximos de la novela revolucionaria ó
de controversia, Vicente Blasco Ibáñez cambia de rumbo; su espíritu ágil
deriva hacia otros horizontes, restringe el escenario donde su
observación diligentísima ha de emplearse, y su curiosidad, antes
distraída en la contemplación de vastos panoramas, se dedica al estudio
de las almas y sabe descender á ellas. El trabajo que hasta entonces fué
de síntesis, á partir de este momento será de análisis. El cambio es
duro: á ratos, como en muchas hermosísimas páginas de _Sangre y arena_ y
de _Los muertos mandan_ sucede, la imaginación libérrima del novelista
bate sus alas aquilíferas y se remonta para regalarse con la
contemplación de alguna lontananza inmensa, cual si obedeciera al hábito
de respirar el aire de las grandes alturas; pero bien pronto el prurito
psicológico predomina, y vuelve á imperar la observación de ese
incesante y maravilloso trajín, semejante á un hervor, que llamamos
conciencia, y el lector asiste nuevamente al amanecer de los
sentimientos, á su desarrollo sigiloso, á las penumbras y mudanzas de
las ideas, á la formación de aquellos avendavalados vientos interiores
denominados pasiones; amasijo estupendo, plateresco, lleno de emboscadas
y de sorpresas, como las fórmulas de un libro cabalístico. Diríase que
la pupila del autor se contrae y recoge para sólo percibir lo pequeño, y
que, á imitación de los maestros pintores de la antigua escuela
veneciana, únicamente otorga importancia á las figuras. Esta nueva
tendencia imprime á la obra total de Blasco Ibáñez un carácter nuevo,
científico, de investigación y cosmopolitismo muy agradable.
_La maja desnuda_ es un libro desesperado, un libro trágico, donde
triunfa la muerte. Así, la huella que su lectura graba en el espíritu es
profunda: dura mucho tiempo: más que un rastro es una cicatriz.
El pintor Mariano Renovales, apenas gusta las primeras caricias de
fortuna y de gloria con que algunas veces--muy pocas--el dios Azar
suele favorecer á los artistas jóvenes, se casa con Josefina Torrealta,
hija de un diplomático; un pobre hombre insignificante, pero grave,
tieso, con toda la tiesura escénica inherente á su profesión. Josefina
heredó de su padre la vulgaridad: es la burguesita modesta, católica,
sin arrebatos personales, esclava constante de la opinión ajena.
Renovales, por el contrario, es un espíritu independiente, valeroso,
enamorado frenético de su arte. ¡Ay! Sus dos almas, aunque prendadas
fervorosamente la una de la otra, no coincidirán nunca, no se fundirán
jamás en el beso de fuego del mismo ideal. Para Renovales «el arte es la
vida»; para Josefina «un medio de vivir»; por lo mismo, los más egregios
ensueños de su compañero no la conmueven. Luego de recorrer las
principales ciudades italianas, se establecen en Roma: él acaricia la
visión de lienzos difíciles, inmortales; ella se opone, suavemente al
principio, con lágrimas y asperezas después. Menos esfuerzo cuestan esos
cuadritos «de costumbres», hechos rápidamente y de memoria, y que los
yanquis suelen pagar muy bien. Acerca de esto disputaron varias veces:
los celos de la joven iban despertando; odiaba á las modelos; en su
vulgaridad no comprendía que su marido pudiera dejarse dominar por su
amor al arte hasta el extremo de no sentir ante la belleza de aquellas
mujeres que se desnudaban en su estudio ninguna emoción lasciva. «Le
aconsejaba que pintase niños, con pellico y abarcas, tocando la gaita,
rizados y mofletudos como el niño Jesús; viejas campesinas de rostro
arrugado y cobrizo; ancianos calvos, de luenga barba...»
Renovales cedió; adoraba en Josefina y quería complacerla; pero esta
claudicación fué pasajera. Su vocación, momentáneamente represada,
renacía avasalladora; y esta vez su asalto fué más fiero y seguro,
porque le ayudaba el amor. La cara de Josefina no era muy bonita, pero
el cuerpo sí; el cuerpo era precioso: menudo, cimbreante, de una
tonalidad mate y nerviosa: los senos pequeños y erectos, el vientre
recogido y duro, las piernas delgadas y elásticas... Era «la maja
desnuda», la mujercita inmortal de Goya... ¡Ah! ¡Si él pudiera
retratarla así!... Mariano Renovales discurseó, suplicó, derrochó sus
recursos de artista y de amante, y al cabo consiguió su objeto.
Josefina, por vana curiosidad, sin comprender la misión sagrada--misión
de Belleza--que iba á representar, se prestó á servir de modelo. ¡Pobre
Renovales! «Tres días trabajó con una fiebre loca, los ojos
desmesuradamente abiertos, cual si pretendiera devorar con su retina
aquellas formas armoniosas...» El cuadro quedó terminado; era un lienzo
prodigioso, definitivo; la espuma de su alma; el Ideal hecho línea y
color, apresado allí, acariciándole con una sonrisa de Inmortalidad...
Luego, desvanecido el primer instante de estupor y vanidoso
contentamiento, la joven quiso romper el lienzo. Aquello estaba muy
bien, pero era una porquería... ¡Una porquería! El artista sintió que el
suelo del estudio trepidaba bajo sus pies: tuvo deseos de llorar, de
morir... «Josefina, desnuda aún, había saltado sobre el cuadro con una
agilidad de gata rabiosa. Del primer golpe de sus uñas rayó de arriba á
abajo el lienzo, mezclando los colores todavía tiernos, arrancando la
cascarilla de las partes secas. Después cogió el cuchillete de la caja
de colores y _raaás_... el lienzo exhaló un larguísimo quejido, se
partió bajo el impulso de aquel brazo blanco, que parecía azulear con el
espeluznamiento de la cólera.»
El artista no se movió; ¿para qué? Se sentía anonadado, deshecho; su
porvenir, roto por la vulgaridad triunfante de su compañera, acababa de
saltar en pedazos como un cristal. Odió á Josefina: era un odio pasivo,
indiferente, que helaba su carne y fue invadiendo su alma poco á poco.
¿Cómo pudo él casarse con aquella mujer? No lo comprendía. Se aburría en
su casa y empezó á frecuentar los salones. Experimentaba un deseo
calenturiento de divertirse, de gozar, de componerse una segunda
juventud. Pero Josefina le estorbaba. ¡Ah, si se muriese!...
Así termina la primera parte.
Al fin, ya en los umbrales mismos de la vejez, Mariano Renovales se
enamora locamente, con vehemencias de muchacho, de la condesa de
Alberca. Ella, al principio, coquetea y le burla; al cabo se rinde: es
una caprichosa, una hambrienta insaciable de emociones nuevas.
Una casualidad descubre á Josefina la existencia de estos amores, y el
mal que la roe se agrava; los celos exacerban su neurastenia; el dolor
realiza estragos en aquel organismo débil: de día en día se la ve
palidecer, consumirse, acercarse á la muerte; por las tardes, en las
horas de fiebre, sus cabellos se adhieren sobre las sienes lívidas,
cubiertas de sudor; su rostro va adquiriendo el perfil fino, aguileño,
de los cadáveres...
Muere Josefina y Mariano Renovales, que ya se asoma á la vejez y aun ha
dado algunos pasos dentro de ella, se siente, de pronto, solo...
¡horriblemente solo!... Su hija Milita, su única hija, se ha casado y
sólo va á verle para pedirle dinero. Sin razón alguna, como por ensalmo,
experimenta una repugnancia invencible hacia su coima, la condesa de
Alberca. En su casa, en el hotel donde Josefina falleció, todo le habla
de la muerta: los muebles, los cortinajes suntuosos que exornan las
puertas, los mismos muros... parecen guardar el perfume y el frufruteo
que levantaron sus faldas la última vez que pasó por allí.
Esta epifanía, al parecer ilógica, de los viejos recuerdos, esa brusca
regresión al pasado, esa contradicción en virtud de la cual Mariano
Renovales adora muerta á la mujer que preterió y aun odió cuando viva,
constituye un precioso fenómeno de psicología amorosa, y uno de los
aciertos más terminantes del novelista.
Desesperado, el infeliz trata de pintarla de memoria, y sólo consigue
trazar una figura extravagante, de una extravagancia malsana, que
vagamente reproduce los rasgos de la muerta.
«Saltaba á la vista la inverosimilitud de los rasgos, la rebuscada
exageración; los ojos enormes, monstruosos en su grandeza; la boca
diminuta como un punto; la piel de una palidez luminosa, sobrenatural.
Solamente en sus pupilas había algo notable: una mirada que venía de muy
lejos, una luz extraordinaria que parecía traspasar el lienzo.»
Pero, aunque satisfecho de su obra, Renovales no está tranquilo: quiere
más, quiere recobrar á Josefina, oirla, estrecharla entre sus brazos,
poseerla otra vez... Y para conseguir su propósito se dedica á buscar
por las calles y de teatro en teatro, una mujer que se la parezca... Al
fin cree hallarla: es la «Bella Fregolina», una _divette_... La muchacha
no es inaccesible ni mucho menos, y va al estudio del pintor. Renovales
la obliga á vestirse una falda y unas medias que pertenecieron «á la
otra»... Unicamente vestida de aquel modo podrá retratarla. Ella
accede... Al verla, el artista cree, por un momento, que Josefina,
efectivamente, ha resucitado: aquél es su cuerpo, aquéllos son sus ojos,
velados y tristes. Pero, de pronto, su entusiasmo se apaga, el vigor le
abandona: ¡no es la misma! ¡No es ella!... Y mientras la «Bella
Fregolina», asustada y creyendo habérselas con un loco, se viste á toda
prisa, Renovales llora inconsolable sobre las ruinas de su última
ilusión. ¡Juventud, juventud! ¿Por qué te fuiste?...
Al año siguiente, de regreso de un viaje de siete meses por la Europa
central, Turquía y Asia Menor, Vicente Blasco Ibáñez publicó su libro
_Oriente_. Es una obra amenísima, una visión de novelista, palpitante de
interés y de emoción. Contiene varios capítulos meritísimos, tales como
aquel donde describe á Ginebra, «la ciudad del refugio», como el autor
la llama inspiradamente; los que dedica á «Viena la elegante» y al
«¡Hermoso Danubio azul!...»; y el titulado «La noche de la Fuerza»;
páginas inolvidables, donde hay como un latido formidable de vida:
diríase que las generaciones futuras van acercándose y que en el
silencio de la noche sagrada se las siente llegar...
_Sangre y arena_, que apareció poco después, obtuvo éxito
extraordinario. Su asunto es sencillo: tiene la simplicidad de los
caracteres francos y rudos que intervienen en ella.
El torero Juan Gallardo es, á su modo, un «hombre de presa», un
_arriviste_, que á fuerza de arrogancia, destreza y valor, consigue
ocupar un puesto entre los matadores «de más cartel». Es joven, guapo,
rico; todo le sonríe: las empresas se le disputan, los periódicos
publican su retrato, en las calles la multitud se detiene á mirarle, las
heteras más elegantes y codiciosas, aquellas por las que los hombres de
mundo se arruinan, le escriben brindándole graciosamente el dulzor de
sus labios... En Sevilla, Juan Gallardo tiene amores con la viuda de un
diplomático, una tal doña Sol, sobrina del marqués de Moraima. La llaman
_la Embajadora_, y aunque nacida en Andalucía, es un tipo exótico, una
flor de cosmópolis, interesante y rara, que recuerda á Leonora, la
_walkyria_ bella y sádica de _Entre naranjos_. Su alma ofrece una
complejidad y al mismo tiempo una frivolidad encantadoras: todo la
entusiasma y de todo se aburre; apenas tiene hambre, cuando ya está
ahita; es una caballista que sabe derribar toros, una enamorada de la
bizarría y de la fuerza, y también una sentimental que prende,
románticamente, una rosa de otoño en la solapa de un bandolero. Las
relaciones de doña Sol con Juan Gallardo duran poco, y esta vez es ella
quien olvida.
El medio donde la acción se desarrolla permite al novelista presentar
varios tipos limpiamente retratados y describir muchas escenas y cuadros
andaluces, entre los que sobresale, por la exactitud y munífica riqueza
del colorido, el de la Semana Santa sevillana, de renombre mundial.
La fortuna de los grandes toreros es esplendorosa y fascinante como la
de los conquistadores, pero suele ser breve; unas veces porque los
músculos se aflojan, otras porque el corazón declina y el ardimiento de
la sangre se apaga y con él flaquea también el valor. Hay muchos toreros
que son bravos y excelentes lidiadores hasta la tarde en que reciben la
primera cornada. Esto le sucedió á Gallardo. Al recobrarse de una grave
cogida se halló débil de cuerpo, y lo que era mucho peor, flaco también
de espíritu. Había perdido la confianza en sí mismo; el recuerdo de los
dolores sufridos empavorecieron su voluntad; no podía acercarse á los
toros; sus pies, automáticamente, le separaban de ellos; les tenía
miedo. El público lo notó, los periódicos propalaron la noticia, y la
estrella del famoso matador empezó á declinar; ¡y con qué ocaso tan
rápido, tan humillante y tan triste!... En vano trataba de recobrarse,
de imponerse á su propia flaqueza para reconquistar lo perdido; había
muerto su antiguo valor; era otro hombre.
En Madrid, doña Sol y Juan Gallardo vuelven á encontrarse; el torero la
recuerda su amor, aquel viejo amor que todavía quema su alma; mas ella
se encoge de hombros. ¡Bah! ¿Quién se acuerda del pasado?... Sí, es
cierto; ella le quiso... un poco... pero fué un capricho rápido, á flor
de piel, del que no había para qué hablar. Esta conversación entre la
aventurera elegante y aristócrata y el lidiador ignorantón y zafio, es
breve, pero intensa y amarga, de una amargura desgarradora: él no sabe
qué decir; ella, viéndole aturrullado, le mira con curiosidad, con
desdén. Creía soñar...
Se acordó de un rajáh, á quien había conocido en Londres, y trató de
explicar al torero la impresión que aquel personaje indostánico, bello y
triste, con su tez cobreña, sus actitudes perezosas y su bigote lacio,
la había producido:
«--Era hermoso, era joven, me adoraba con sus ojos misteriosos de animal
de la selva, y yo, sin embargo, le encontraba ridículo, y me burlaba de
él cada vez que balbuceaba en inglés uno de sus cumplimientos
orientales. Temblaba de frío, le hacían toser las brumas, movíase como
un pájaro bajo la lluvia, agitando sus velos lo mismo que si fuesen alas
mojadas... Cuando me hablaba de amor, mirándome con sus ojos húmedos de
gacela, me daban ganas de comprarle un gabán y una gorra, para que no
temblase más. Y, sin embargo, reconozco que era hermoso y que podía
haber hecho la felicidad por unos cuantos meses de una mujer ansiosa de
algo extraordinario. Era cuestión de ambiente, de escena... Usted,
Gallardo, no sabe lo que es eso.»
Tenía razón. El torero miraba á su interlocutora boquiabierto, cual si
todas aquellas palabras perteneciesen á un idioma desconocido para él.
La joven, cada vez más sorprendida de ser como era, pensaba:
«¡Y ella había podido sentir un amor de unos cuantos meses por aquel
mozo rudo y grosero, y había celebrado como rasgos ingeniosos las
torpezas de su ignorancia, y hasta le exigía que no abandonase sus
costumbres, que oliera á toro y á caballo, que no borrase con perfumes
la atmósfera de animalidad que envolvía á su persona!...»