Rafael le escucha y poco á poco siente que su dolor y sus celos, tan

punzantes hasta entonces, van suavizándose. Dice bien aquel hombre: ¿por

qué la integridad física de una mujer ha de anteponerse á la pureza de

su espíritu?... El mismo Rafael explica á María de la Luz este

pensamiento, pensamiento santo, pues que les ofrenda la felicidad. «Las

vergüenzas del cuerpo--dice--representan muy poco... El amor es lo que

importa; lo demás son preocupaciones de animales.»

Y con esta seguridad reparadora se abrazan estrechamente mientras

piensan en América, la tierra fértil y hospitalaria, hacia donde se

embarcarían muy pronto y en la que les aguardaba una bella vida de

cariño y de trabajo.

_La horda_ es, en el orden cronológico, la última de las «novelas de

rebeldía»; y entre los muchos aciertos que avaloran este libro, su mismo

título, evidentemente es el mayor. Esa «horda» á que Blasco Ibáñez se

refiere, es la muchedumbre de desheredados--traperos, matuteros,

vagabundos de todas clases, cazadores furtivos, chalanes, pordioseros,

ladrones--que vive en las afueras de Madrid, trabajando unas veces,

merodeando otras, disputándose los detritus de la gran ciudad alrededor

de la cual forman una especie de círculo siniestro y amenazador, cual

si olfateasen la oportunidad de caer sobre ella para devorarla. Son los

parias de la vida, los ex hombres de que habló Gorki. En torno de la

urbe limpia, bien oliente, con sus hermosos paseos, sus palacios de

mármol, sus cafés y sus teatros que las mujeres llenan con la alegría

lasciva de sus descotes y el frufruteo aromado de sus vestidos; y sobre

la cual, de noche, sus millares de luces tienden un halo rojizo y

gigante que da la sensación de que toda la ciudad ríe estremeciéndose

con la locura de una fiesta báquica, los maltratados de la suerte, los

sin fortuna, los hambrientos, parecen rondar como lobos famélicos

alrededor del aprisco; sus ojos desesperados relucen en la obscuridad,

sus puños se crispan, un rictus ancestral tuerce sus labios y desnuda

sus dientes... Madrid no les quiere y les expulsa de su seno, pero les

tolera porque ellos, acaparadores de la basura, de lo roto, de lo que se

pudre, son los principales mantenedores de la higiene y del aseo de la

ciudad; Madrid les desprecia, pero les necesita; les teme, pero no

sabría prescindir de su trabajo; y ellos, que lo comprenden, no se

alejan mucho de la ciudad, estrechándola, oprimiéndola en un anillo de

miseria. ¡Ah, cuando llegue el día del hartazgo!...

«Maltrana--escribe Blasco Ibáñez refiriéndose al protagonista de _La

horda_--pensó en los traperos de Tetuán, en los obreros de Cuatro

Caminos y de Vallecas, en los mendigos y vagos de las Peñuelas y las

Injurias, en los gitanos de las Cambroneras, en los ladrilleros sin

trabajo del barrio que tenía delante, en todos los infelices que la

orgullosa urbe expelía de su seno y acampaban á sus puertas, haciendo

una vida salvaje, subsistiendo con las artes y astucias del hombre

primitivo, amontonándose en la promiscuidad de la miseria, procreando

sobre el estiércol á los herederos de sus odios y los ejecutores de sus

venganzas.»

Esa habilidad balzaciana que el ilustre novelista posee para idear

figuras, constituir familias y darnos la sensación caliente, llena de

movilidad y de interés, de las muchedumbres, sobresale en este libro más

quizá que en otro ninguno.

Isidro Maltrana es un muchacho ilustrado y de claro entendimiento, pero

de flaca y desorientada voluntad, y á este desequilibrio de facultades

debemos referir muchas de las desgracias que luego, en el devanar del

tiempo, amargan su vida. Nació de una pobre mujer y de un albañil que

murió siendo él todavía muy niño. Su abuela materna era una trapera del

barrio de las Carolinas llamada _la Mariposa_, y que vivía maritalmente

con un trapero viejo, cazurro, borracho y un poco filósofo, á quien

todos conocían por _Zaratustra_. Isidro Maltrana, por consiguiente,

«venía de abajo», era hijo del pueblo y acaso hubiese vivido

tranquilamente si, desde pequeño, le hubieran dedicado á un oficio. Mas

no fué así; una señora rica y bondadosa, á cuya casa la madre de Isidro

iba á trabajar, admirando las excelentes disposiciones que el chiquillo

demostraba tener para el estudio, quiso encargarse de su educación y

darle una carrera. Maltrana comenzó á estudiar afanosamente, graduóse

bachiller y seguía con notable aprovechamiento el penúltimo curso de la

facultad de Filosofía y Letras, cuando su protectora falleció. Como por

ensalmo el pobre muchacho se halló desamparado, inerme ante la gran

batalla de la vida: no tenía carrera, no sabía ningún oficio: «los de

arriba», conociendo su origen humilde, le miraban despectivamente; y,

por otra parte, para vivir entre los de su clase, le estorbaba su

ilustración y poseía unas manos y unos gustos demasiado finos. Era un

inadaptable, un inutilizado por el cambio de ambiente, á quien el

porvenir reservaba días muy negros.

A falta de otra ocupación mejor, Isidro Maltrana se hizo periodista; su

bohemia fué larga, dura, estéril. En sus visitas á Cuatro Caminos, donde

vivía su abuela, conoció á Feliciana, hija de un cazador furtivo á quien

llamaban Mosco. Isidro y Feliciana se amaron y concluyeron marchándose á

vivir á un cuartucho interior situado en las inmediaciones del Rastro.

Ella era joven, graciosa y bonita, él era inteligente y alegre; los dos

hubiesen podido ser felices; pero la fatalidad les perseguía sañuda, sin

darles un momento de tregua. Maltrana carecía de trabajo; su voluntad

débil no sabía imponerse; Feliciana estaba encinta: hambrientos, medio

desnudos, los dos vencidos fueron á refugiarse en una casuca de las

Cambroneras, desamparada y miserable como choza de húngaros. Según vamos

acercándonos al desenlace, una tristeza enorme, una melancolía fría y

negra de crepúsculo, desciende sobre el libro. La madre de Isidro, que á

poco de enviudar fuése á vivir con un albañil, hombre muy de bien,

falleció en el hospital; su amante se cayó de un andamio y murió

también; el hijo único que tuvieron, criado en el ambiente vicioso del

arroyo, estaba en la cárcel; al Mosco, los guardas de la Casa de Campo

le mataron á tiros. Finalmente, Feliciana da á luz en el hospital y

acaba allí sus días, y su cadáver va á la fosa común después de haber

pasado por el espanto de la sala de disección... El Destino es

implacable con los pobres: los patea, los tritura, los deshace, les

niega hasta el nombre; diríase que no quiere que de ellos quede nada, ni

aun el recuerdo... Y esta conclusión sería desoladora si el autor,

bondadosamente, no la iluminase con un rayo de esperanza: Isidro

Maltrana, desanimado, abúlico y próximo á sumirse en el envilecimiento

sin redención del alcoholismo, reacciona á tiempo. Ya no aspira á

obtener una reputación literaria, pero trabajará, será un «obrero del

arte», ya que no pudo llegar á ser artista. Su voluntad se rebulle y

levanta con desacostumbrado brío: peleará con la suerte y la vencerá: lo

que no hizo por su pobre compañera, ni por sí mismo, lo hará por su

hijo. Esta vez no claudicará; el cariño que aquella criatura le inspira

«es de hierro...»

Y este «germinal» inesperado nos consuela asegurándonos que, cerca ó

lejos, ¿qué importa la distancia?... la humanidad hallará un mañana de

justicia y de paz, un mañana de fraternidad, en el que no habrá dolor...

_La catedral_, _El intruso_, _La bodega_ y _La horda_, son «libros de

combate», apasionados, fieros, que desataron contra su autor las más

vehementes censuras. Se le tildó de intransigente, de sectario fanático.

Conformes; ¿y qué?... Así ha de pelearse, y no es buen soldado quien á

la hora de la batalla dispara al aire; los golpes todos al corazón del

contrario deben ir dirigidos, pues la importancia de la herida es lo

único que informa del mérito de la estocada. Los más egregios paladines

de nuestras libertades, respondiendo con la tolerancia á las

acometividades sin cuartel de sus enemigos, probaron su ineptitud para

la lucha y retrasaron, en más de un siglo, el desarrollo intelectual de

España. Al fanatismo y á la intransigencia, con fanatismo y con

intransigencia deben rechazarse; como las religiones, las libertades por

el hierro y por el fuego deben imponerse; la clemencia vendrá más tarde,

después que las cicatrices estén bien curadas y no haya peligros de

infección. Así lucha Blasco Ibáñez y así debe lucharse: echando fuera de

la barricada todo el cuerpo, poniendo en la reciedumbre de cada golpe

toda el alma. El novelista arremete violento contra el poder clerical

que empobrece á las naciones y ahoga las iniciativas y rebeldías del

pensamiento y ahuyenta del mundo el bienestar de vivir; y truena también

contra esa abominable constitución social que puso las riquezas en unas

cuantas manos y deja que familias enteras mueran de hambre, de suciedad

y de frío sobre una tierra que, mejor cultivada, bastaría á la felicidad

de todos. Nada le detiene, y estas cuatro novelas son otras tantas

lanzas rotas en pro del Amor, del Trabajo y de la Libertad, los tres

únicos caminos que llevan á Sión, la ciudad prometida...

IV

Novelas de la tercera época: "La maja desnuda".--"Sangre y

arena".--"Los muertos mandan".--"Luna Benamor".

Este nuevo ciclo ocupa un período de cerca de cuatro años, ó sea desde

la aparición de _La mala desnuda_, á principios de 1906, hasta _Luna

Benamor_, publicada á mediados de 1909.

Retratados ya los principales aspectos ó paisajes de la novela regional

valenciana, y agotados los temas máximos de la novela revolucionaria ó

de controversia, Vicente Blasco Ibáñez cambia de rumbo; su espíritu ágil

deriva hacia otros horizontes, restringe el escenario donde su

observación diligentísima ha de emplearse, y su curiosidad, antes

distraída en la contemplación de vastos panoramas, se dedica al estudio

de las almas y sabe descender á ellas. El trabajo que hasta entonces fué

de síntesis, á partir de este momento será de análisis. El cambio es

duro: á ratos, como en muchas hermosísimas páginas de _Sangre y arena_ y

de _Los muertos mandan_ sucede, la imaginación libérrima del novelista

bate sus alas aquilíferas y se remonta para regalarse con la

contemplación de alguna lontananza inmensa, cual si obedeciera al hábito

de respirar el aire de las grandes alturas; pero bien pronto el prurito

psicológico predomina, y vuelve á imperar la observación de ese

incesante y maravilloso trajín, semejante á un hervor, que llamamos

conciencia, y el lector asiste nuevamente al amanecer de los

sentimientos, á su desarrollo sigiloso, á las penumbras y mudanzas de

las ideas, á la formación de aquellos avendavalados vientos interiores

denominados pasiones; amasijo estupendo, plateresco, lleno de emboscadas

y de sorpresas, como las fórmulas de un libro cabalístico. Diríase que

la pupila del autor se contrae y recoge para sólo percibir lo pequeño, y

que, á imitación de los maestros pintores de la antigua escuela

veneciana, únicamente otorga importancia á las figuras. Esta nueva

tendencia imprime á la obra total de Blasco Ibáñez un carácter nuevo,

científico, de investigación y cosmopolitismo muy agradable.

_La maja desnuda_ es un libro desesperado, un libro trágico, donde

triunfa la muerte. Así, la huella que su lectura graba en el espíritu es

profunda: dura mucho tiempo: más que un rastro es una cicatriz.

El pintor Mariano Renovales, apenas gusta las primeras caricias de

fortuna y de gloria con que algunas veces--muy pocas--el dios Azar

suele favorecer á los artistas jóvenes, se casa con Josefina Torrealta,

hija de un diplomático; un pobre hombre insignificante, pero grave,

tieso, con toda la tiesura escénica inherente á su profesión. Josefina

heredó de su padre la vulgaridad: es la burguesita modesta, católica,

sin arrebatos personales, esclava constante de la opinión ajena.

Renovales, por el contrario, es un espíritu independiente, valeroso,

enamorado frenético de su arte. ¡Ay! Sus dos almas, aunque prendadas

fervorosamente la una de la otra, no coincidirán nunca, no se fundirán

jamás en el beso de fuego del mismo ideal. Para Renovales «el arte es la

vida»; para Josefina «un medio de vivir»; por lo mismo, los más egregios

ensueños de su compañero no la conmueven. Luego de recorrer las

principales ciudades italianas, se establecen en Roma: él acaricia la

visión de lienzos difíciles, inmortales; ella se opone, suavemente al

principio, con lágrimas y asperezas después. Menos esfuerzo cuestan esos

cuadritos «de costumbres», hechos rápidamente y de memoria, y que los

yanquis suelen pagar muy bien. Acerca de esto disputaron varias veces:

los celos de la joven iban despertando; odiaba á las modelos; en su

vulgaridad no comprendía que su marido pudiera dejarse dominar por su

amor al arte hasta el extremo de no sentir ante la belleza de aquellas

mujeres que se desnudaban en su estudio ninguna emoción lasciva. «Le

aconsejaba que pintase niños, con pellico y abarcas, tocando la gaita,

rizados y mofletudos como el niño Jesús; viejas campesinas de rostro

arrugado y cobrizo; ancianos calvos, de luenga barba...»

Renovales cedió; adoraba en Josefina y quería complacerla; pero esta

claudicación fué pasajera. Su vocación, momentáneamente represada,

renacía avasalladora; y esta vez su asalto fué más fiero y seguro,

porque le ayudaba el amor. La cara de Josefina no era muy bonita, pero

el cuerpo sí; el cuerpo era precioso: menudo, cimbreante, de una

tonalidad mate y nerviosa: los senos pequeños y erectos, el vientre

recogido y duro, las piernas delgadas y elásticas... Era «la maja

desnuda», la mujercita inmortal de Goya... ¡Ah! ¡Si él pudiera

retratarla así!... Mariano Renovales discurseó, suplicó, derrochó sus

recursos de artista y de amante, y al cabo consiguió su objeto.

Josefina, por vana curiosidad, sin comprender la misión sagrada--misión

de Belleza--que iba á representar, se prestó á servir de modelo. ¡Pobre

Renovales! «Tres días trabajó con una fiebre loca, los ojos

desmesuradamente abiertos, cual si pretendiera devorar con su retina

aquellas formas armoniosas...» El cuadro quedó terminado; era un lienzo

prodigioso, definitivo; la espuma de su alma; el Ideal hecho línea y

color, apresado allí, acariciándole con una sonrisa de Inmortalidad...

Luego, desvanecido el primer instante de estupor y vanidoso

contentamiento, la joven quiso romper el lienzo. Aquello estaba muy

bien, pero era una porquería... ¡Una porquería! El artista sintió que el

suelo del estudio trepidaba bajo sus pies: tuvo deseos de llorar, de

morir... «Josefina, desnuda aún, había saltado sobre el cuadro con una

agilidad de gata rabiosa. Del primer golpe de sus uñas rayó de arriba á

abajo el lienzo, mezclando los colores todavía tiernos, arrancando la

cascarilla de las partes secas. Después cogió el cuchillete de la caja

de colores y _raaás_... el lienzo exhaló un larguísimo quejido, se

partió bajo el impulso de aquel brazo blanco, que parecía azulear con el

espeluznamiento de la cólera.»

El artista no se movió; ¿para qué? Se sentía anonadado, deshecho; su

porvenir, roto por la vulgaridad triunfante de su compañera, acababa de

saltar en pedazos como un cristal. Odió á Josefina: era un odio pasivo,

indiferente, que helaba su carne y fue invadiendo su alma poco á poco.

¿Cómo pudo él casarse con aquella mujer? No lo comprendía. Se aburría en

su casa y empezó á frecuentar los salones. Experimentaba un deseo

calenturiento de divertirse, de gozar, de componerse una segunda

juventud. Pero Josefina le estorbaba. ¡Ah, si se muriese!...

Así termina la primera parte.

Al fin, ya en los umbrales mismos de la vejez, Mariano Renovales se

enamora locamente, con vehemencias de muchacho, de la condesa de

Alberca. Ella, al principio, coquetea y le burla; al cabo se rinde: es

una caprichosa, una hambrienta insaciable de emociones nuevas.

Una casualidad descubre á Josefina la existencia de estos amores, y el

mal que la roe se agrava; los celos exacerban su neurastenia; el dolor

realiza estragos en aquel organismo débil: de día en día se la ve

palidecer, consumirse, acercarse á la muerte; por las tardes, en las

horas de fiebre, sus cabellos se adhieren sobre las sienes lívidas,

cubiertas de sudor; su rostro va adquiriendo el perfil fino, aguileño,

de los cadáveres...

Muere Josefina y Mariano Renovales, que ya se asoma á la vejez y aun ha

dado algunos pasos dentro de ella, se siente, de pronto, solo...

¡horriblemente solo!... Su hija Milita, su única hija, se ha casado y

sólo va á verle para pedirle dinero. Sin razón alguna, como por ensalmo,

experimenta una repugnancia invencible hacia su coima, la condesa de

Alberca. En su casa, en el hotel donde Josefina falleció, todo le habla

de la muerta: los muebles, los cortinajes suntuosos que exornan las

puertas, los mismos muros... parecen guardar el perfume y el frufruteo

que levantaron sus faldas la última vez que pasó por allí.

Esta epifanía, al parecer ilógica, de los viejos recuerdos, esa brusca

regresión al pasado, esa contradicción en virtud de la cual Mariano

Renovales adora muerta á la mujer que preterió y aun odió cuando viva,

constituye un precioso fenómeno de psicología amorosa, y uno de los

aciertos más terminantes del novelista.

Desesperado, el infeliz trata de pintarla de memoria, y sólo consigue

trazar una figura extravagante, de una extravagancia malsana, que

vagamente reproduce los rasgos de la muerta.

«Saltaba á la vista la inverosimilitud de los rasgos, la rebuscada

exageración; los ojos enormes, monstruosos en su grandeza; la boca

diminuta como un punto; la piel de una palidez luminosa, sobrenatural.

Solamente en sus pupilas había algo notable: una mirada que venía de muy

lejos, una luz extraordinaria que parecía traspasar el lienzo.»

Pero, aunque satisfecho de su obra, Renovales no está tranquilo: quiere

más, quiere recobrar á Josefina, oirla, estrecharla entre sus brazos,

poseerla otra vez... Y para conseguir su propósito se dedica á buscar

por las calles y de teatro en teatro, una mujer que se la parezca... Al

fin cree hallarla: es la «Bella Fregolina», una _divette_... La muchacha

no es inaccesible ni mucho menos, y va al estudio del pintor. Renovales

la obliga á vestirse una falda y unas medias que pertenecieron «á la

otra»... Unicamente vestida de aquel modo podrá retratarla. Ella

accede... Al verla, el artista cree, por un momento, que Josefina,

efectivamente, ha resucitado: aquél es su cuerpo, aquéllos son sus ojos,

velados y tristes. Pero, de pronto, su entusiasmo se apaga, el vigor le

abandona: ¡no es la misma! ¡No es ella!... Y mientras la «Bella

Fregolina», asustada y creyendo habérselas con un loco, se viste á toda

prisa, Renovales llora inconsolable sobre las ruinas de su última

ilusión. ¡Juventud, juventud! ¿Por qué te fuiste?...

Al año siguiente, de regreso de un viaje de siete meses por la Europa

central, Turquía y Asia Menor, Vicente Blasco Ibáñez publicó su libro

_Oriente_. Es una obra amenísima, una visión de novelista, palpitante de

interés y de emoción. Contiene varios capítulos meritísimos, tales como

aquel donde describe á Ginebra, «la ciudad del refugio», como el autor

la llama inspiradamente; los que dedica á «Viena la elegante» y al

«¡Hermoso Danubio azul!...»; y el titulado «La noche de la Fuerza»;

páginas inolvidables, donde hay como un latido formidable de vida:

diríase que las generaciones futuras van acercándose y que en el

silencio de la noche sagrada se las siente llegar...

_Sangre y arena_, que apareció poco después, obtuvo éxito

extraordinario. Su asunto es sencillo: tiene la simplicidad de los

caracteres francos y rudos que intervienen en ella.

El torero Juan Gallardo es, á su modo, un «hombre de presa», un

_arriviste_, que á fuerza de arrogancia, destreza y valor, consigue

ocupar un puesto entre los matadores «de más cartel». Es joven, guapo,

rico; todo le sonríe: las empresas se le disputan, los periódicos

publican su retrato, en las calles la multitud se detiene á mirarle, las

heteras más elegantes y codiciosas, aquellas por las que los hombres de

mundo se arruinan, le escriben brindándole graciosamente el dulzor de

sus labios... En Sevilla, Juan Gallardo tiene amores con la viuda de un

diplomático, una tal doña Sol, sobrina del marqués de Moraima. La llaman

_la Embajadora_, y aunque nacida en Andalucía, es un tipo exótico, una

flor de cosmópolis, interesante y rara, que recuerda á Leonora, la

_walkyria_ bella y sádica de _Entre naranjos_. Su alma ofrece una

complejidad y al mismo tiempo una frivolidad encantadoras: todo la

entusiasma y de todo se aburre; apenas tiene hambre, cuando ya está

ahita; es una caballista que sabe derribar toros, una enamorada de la

bizarría y de la fuerza, y también una sentimental que prende,

románticamente, una rosa de otoño en la solapa de un bandolero. Las

relaciones de doña Sol con Juan Gallardo duran poco, y esta vez es ella

quien olvida.

El medio donde la acción se desarrolla permite al novelista presentar

varios tipos limpiamente retratados y describir muchas escenas y cuadros

andaluces, entre los que sobresale, por la exactitud y munífica riqueza

del colorido, el de la Semana Santa sevillana, de renombre mundial.

La fortuna de los grandes toreros es esplendorosa y fascinante como la

de los conquistadores, pero suele ser breve; unas veces porque los

músculos se aflojan, otras porque el corazón declina y el ardimiento de

la sangre se apaga y con él flaquea también el valor. Hay muchos toreros

que son bravos y excelentes lidiadores hasta la tarde en que reciben la

primera cornada. Esto le sucedió á Gallardo. Al recobrarse de una grave

cogida se halló débil de cuerpo, y lo que era mucho peor, flaco también

de espíritu. Había perdido la confianza en sí mismo; el recuerdo de los

dolores sufridos empavorecieron su voluntad; no podía acercarse á los

toros; sus pies, automáticamente, le separaban de ellos; les tenía

miedo. El público lo notó, los periódicos propalaron la noticia, y la

estrella del famoso matador empezó á declinar; ¡y con qué ocaso tan

rápido, tan humillante y tan triste!... En vano trataba de recobrarse,

de imponerse á su propia flaqueza para reconquistar lo perdido; había

muerto su antiguo valor; era otro hombre.

En Madrid, doña Sol y Juan Gallardo vuelven á encontrarse; el torero la

recuerda su amor, aquel viejo amor que todavía quema su alma; mas ella

se encoge de hombros. ¡Bah! ¿Quién se acuerda del pasado?... Sí, es

cierto; ella le quiso... un poco... pero fué un capricho rápido, á flor

de piel, del que no había para qué hablar. Esta conversación entre la

aventurera elegante y aristócrata y el lidiador ignorantón y zafio, es

breve, pero intensa y amarga, de una amargura desgarradora: él no sabe

qué decir; ella, viéndole aturrullado, le mira con curiosidad, con

desdén. Creía soñar...

Se acordó de un rajáh, á quien había conocido en Londres, y trató de

explicar al torero la impresión que aquel personaje indostánico, bello y

triste, con su tez cobreña, sus actitudes perezosas y su bigote lacio,

la había producido:

«--Era hermoso, era joven, me adoraba con sus ojos misteriosos de animal

de la selva, y yo, sin embargo, le encontraba ridículo, y me burlaba de

él cada vez que balbuceaba en inglés uno de sus cumplimientos

orientales. Temblaba de frío, le hacían toser las brumas, movíase como

un pájaro bajo la lluvia, agitando sus velos lo mismo que si fuesen alas

mojadas... Cuando me hablaba de amor, mirándome con sus ojos húmedos de

gacela, me daban ganas de comprarle un gabán y una gorra, para que no

temblase más. Y, sin embargo, reconozco que era hermoso y que podía

haber hecho la felicidad por unos cuantos meses de una mujer ansiosa de

algo extraordinario. Era cuestión de ambiente, de escena... Usted,

Gallardo, no sabe lo que es eso.»

Tenía razón. El torero miraba á su interlocutora boquiabierto, cual si

todas aquellas palabras perteneciesen á un idioma desconocido para él.

La joven, cada vez más sorprendida de ser como era, pensaba:

«¡Y ella había podido sentir un amor de unos cuantos meses por aquel

mozo rudo y grosero, y había celebrado como rasgos ingeniosos las

torpezas de su ignorancia, y hasta le exigía que no abandonase sus

costumbres, que oliera á toro y á caballo, que no borrase con perfumes

la atmósfera de animalidad que envolvía á su persona!...»

Mis contemporaneos; 1 Vicente Blasco Ibáñez · 第 3 / 6 段