pocos los hombres que se rinden al interés de la fábula escénica hasta
el extremo de olvidarse de la mujer á quien acompañan: la idea de
aparecer galantes les preocupa, y á cada momento, con un contacto de
codos ó una frase trivial, procurarán demostrarla que piensan en ella; y
la dama les mirará de soslayo y sonreirá engreída, sintiéndose
triunfante. Este imperio de la hembra se amortigua en la plaza de toros,
y más aún en los circos, donde dos atletas van á luchar. La perspectiva
del combate, la visión de la muerte, los esfuerzos y las fintas mañosas
del torneo, acelerando la marcha del corazón, calientan la sangre de los
espectadores y provocan en todos los cuerpos una trepidación
subconsciente de cólera. Un légamo de instintos ancestrales se revuelve
en nosotros: los ojos chispean, los puños se crispan, algo bárbaro
endurece la expresión de los labios. En tales momentos prescindimos de
la mujer á quien poco antes sonreíamos; no la vemos y, si nos llama, no
la oímos. Las peripecias de la lucha nos obsesionan: sentimos la
necesidad de gritar, de reñir, de precipitarnos, sin saber por qué,
sobre el espectador más cercano...
Y lo que ocurre en los circos y en los tendidos de las plazas de toros,
sucede en la vida, ante las mil muecas de la humana farándula. Hay
autores para quienes el mundo es una alcoba, un jardín versallesco, un
capricho de Watteau, un susurro constante de madrigales y de faldas; y
otros, por el contrario, que al asomarse á la realidad sólo ven su gran
gesto trágico, su desesperación, sus miserias, sus injusticias y el
inmenso clamoreo de rabia y de dolor que arranca á la humanidad el
trabajo de vivir. Y estos escritores, por las razones arriba apuntadas,
se olvidan de la hembra; los incidentes de la formidable hecatombe
social les tiraniza, y heridos por la crueldad ominosa con que los
fuertes, á mansalva, patean sobre los vencidos, su indignación estalla
con tempestuosidades proféticas.
Vicente Blasco Ibáñez pertenece á este grupo: al par que un verdadero
artista es un luchador, una voluntad, un temperamento de acción, que no
sabe permanecer cruzado de brazos ante la universal pelea. De aquí la
importancia capitalísima, absorbente, que en sus libros tienen los
«conquistadores». Citar sus novelas equivale á contar los tipos de esa
raza perseverante y esforzada á que el autor sirve de tronco. El modesto
luchador aragonés don Eugenio García, de _Arroz y tartana_, aparece más
ó menos desfigurado, pero guardando siempre los rasgos capitales de su
fisonomía moral, en el _Retor_ de _Flor de Mayo_, en el heroico Batiste
de _La barraca_, en Toni de _Cañas y barro_, en el asombroso Sánchez
Morueta de _El intruso_, en la figura de Pablo Dupont de _La bodega_, en
el genial pintor Mariano Renovales de _La maja desnuda_... por no citar
otros.
Refiriéndose á Sánchez Morueta, dice el autor de _El intruso_:
«Había amado y había sufrido como todos los que batallan por un ideal.
Sabía lo que era forcejear á zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y
fecundarla con ardorosa violación. _Había llegado_ como los políticos
célebres ó los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo,
conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro.»
Esta es, en compendiosos y expresivos renglones, la historia misma del
novelista, y también el gran gesto vertical y triunfante que uno tras
otro, y cada cual dentro de su esfera, van repitiendo los protagonistas
de sus libros: son gentes que nacen en la pelea y en ella se consumen,
sin fatiga ni desmayos; luchadores para quienes la vida, según la frase
profunda de Nietzsche, «no es más que un medio para hacer triunfar una
voluntad».
El combate epopéyico que los protagonistas de las obras de Blasco Ibáñez
se ven obligados á sostener con la tierra y con los hombres, forma una
especie de «fondo» negro inmenso, de tragedia inacabable y cruenta; la
vida es lucha, es dolor; los días se suceden y los años pasan y los
hombros más robustos se encorvan bajo el peso de la edad, y el cruel
torneo no concluye. No hay cuartel ni puerto de refugio para los
justadores: el tiempo apaga el coraje en sus espíritus y el trabajo
blandea sus músculos; uno por uno, la Vida devuelve cuantos golpes
recibe; de noche, de día, siempre se halla propicia á combatir; no se
cansa, no ceja; es un formidable enemigo que ni duerme siestas ni
enarbola jamás la bandera blanca.
Blasco Ibáñez, con su habilidad maravillosa para levantar multitudes y
su arte balzaciano de explicar el origen de las familias ha compuesto en
sus libros una especie de caravana enorme, de humanidad en marcha
lanzada á la conquista del amor, del dinero y de la justicia.
A ratos y como para descanso y solaz de su propio espíritu, el autor
interpola algunas páginas ligeras, aderezadas por un discreto buen
humor. Tales, el tipo del _Sangonera_, muriendo de un hartazgo en medio
de la consideración, un tanto burlona, de sus convecinos; el del trapero
_Zaratustra_, tan aficionado al vino Valdepeñas como á la filosofía; las
conversaciones de Isidro Maltrana con el marqués de Jiménez, quien le
pide á aquél un libro de política con muchas citas al pie de cada
página... y otras de la misma laya, en las que la sonrisa va siempre
acibarada por unas livianas gotas de ironía...
Pero estos son «momentos» de inapresable duración, fulgureos brevísimos,
rápidos como un guiñar de ojos; y apenas se desvanecen cuando la noche,
la horrible noche sin luna ni amanecer, del universal sufrimiento,
vuelve á cerrarse. Y el combate milenario se reanuda, extendiéndose de
polo á polo como un estremecimiento telúrico. Se pelea sobre el mar en
_Flor de Mayo_, sobre el surco en _La barraca_ y en _La bodega_, y bajo
tierra, en las negruras de la mina, en _El intruso_. Y cual si la lucha
ciclópea contra el planeta no bastase á consumir todos los alientos de
la humana actividad, los hombres pelean entre sí: por el amor en _Entre
naranjos_, por la gloria en _La maja desnuda_, por el progreso en _La
catedral_, contra los fantasmas irreductibles del pasado en _Los muertos
mandan_. Y todas estas historias de quemantes zozobras, ambiciones y
pesadumbres, componen un grito gigante, un treno infinito que llena el
espacio y parece disputarle al tiempo el imperio de su eternidad.
A esto debe atribuirse la inclinación de Vicente Blasco Ibáñez á los
desenlaces trágicos. Unicamente los idílicos amores de Margalida y de
Jaime Febrer en _Los muertos mandan_, terminan de un modo alegre,
francamente confortador; los demás asuntos se desanudan tristemente:
cuando en ellos no hay sangre, como acontece en _Entre naranjos_ ó en
_La maja desnuda_, hay un inenarrable dolor, un desgarro supremo.
¿Por qué? ¿Acaso Blasco Ibáñez no es optimista?... Sí; el novelista es
un hombre que tiene la alegría de sus victorias, el orgullo sano de su
fuerza. Pero, por lo mismo que luchó mucho, conoce el ímprobo trabajo
que cuesta vencer la gravedad de los obstáculos, la longitud y asperezas
del camino que conduce al bien; camino ingrato, á lo largo del cual
millares de almas sucumben de tristeza. Y entonces el conquistador se
olvida generosamente de sí mismo para compadecer á la legión infinita de
los débiles, que no pueden subir. Sí, la vida, cuando se la vence, es
hembra fácil y sumisa; sin duda, la felicidad, la justicia, están aquí,
al alcance de nuestras manos, pero hay que ir por ellas y merecerlas por
un milagro de voluntad. ¡Y están tan lejos y tan altas, y el combate es
tan duro!...
VI
Una anécdota curiosa.--El libro "Argentina y sus
grandezas".--Proyectos.
He vuelto á ver á Vicente Blasco Ibáñez en su hotelito de la calle de
Salas: deseaba ratificar mis impresiones, recoger algunos datos
relativos á su vida y á su obra...
El despacho del maestro es grande y de forma irregular, con dos ventanas
abiertas sobre el jardín, ante un grupo de árboles. Al fondo hay varios
estantes cargados de libros; unos retratos de Maupassant, de Zola, de
Balzac y de Tolstoy, parecen presidir la estancia; los cuatro están
juntos, y existe entre sus frentes pensativas, atormentadas por el
esfuerzo mental, una rara y dolorosa armonía. Adornan las paredes muchos
objetos antiguos y varios apuntes primorosos de Joaquín Sorolla. Todo
ocupa su sitio; las figulinas, los tapices y los muebles aparecen
colocados, sin duda, donde deben estar, y, sin embargo, yo siento á mi
alrededor algo extraño, un latido caliente y febril de impaciencia, como
si la alfombra y los cuadros y los sillones y los viejos bargueños que
decoran la habitación, participasen, en virtud de inexplicables
magnetismos, del recio y prolongado alboroto espiritual del escritor.
Sentado enfrente de mí, una pierna sobre otra, la cabeza apoyada
cómodamente contra el respaldo del sillón. Vicente Blasco Ibáñez fuma y
mira al espacio. A intervalos entorna los párpados, y tienen sus
actitudes y el descuido afectuoso de su conversación, el dulce
cansancio, el bienestar depurado y recóndito, del hombre que acaba de
realizar un grave esfuerzo y está satisfecho de su obra. Al porvenir,
cuando es risueño, lo miramos mejor así, con los ojos cerrados.
Todo calla á nuestro alrededor; la brisa cuchichea festiva en la alegría
verde y fresca del jardín arbolado; un hilo de sol pinta en la penumbra
del despacho una línea recta, vibrante y ardorosa como un florete de
oro.
Vuelvo á sentir aquella vaga emoción de bienestar de que hablé al
principio: los que peleamos mucho con la vida y conocemos por
experiencia las virtudes higiénicas de la lucha y del esfuerzo, amamos
la sociedad de estos hombres que Mauricio Barrés llamó «profesores de
energía», y lo son realmente; no ya porque saben aplicar á sus empresas
arranques maravillosos de vigor, sino porque de ellos parece
desprenderse algo físico, una especie de efluvio magnético, que
sugestiona á los caídos y les alegra, mejora y enardece.
Yo pienso:
«Este hombre ha llegado...»
Y «ha llegado», en efecto, al prestigio artístico y á una comodidad
material muy vecina de la riqueza, como debe llegarse, en la plenitud de
la edad viril, cuando el pecho es aún hoguera de entusiasmos y el mundo
nos parece todavía un hadado jardín; cuando en cada camino hay un
misterio y una gota de dulce locura en cada boca de mujer.
El dinero, los amoríos, las satisfacciones de la ambición triunfadora,
regalos y paramentos deben ser de la juventud, como los fueron de la
niñez los juguetes y los teatritos de fantoches. Darle á un viejo la
gloria--uno de los adornos más bellos de la vida, el más bello quizá--es
como ofrecerle á un mozo de treinta años una muñeca que cierre los
ojos... Lo que haga éste con su regalo, hará aquél con el suyo: mirarlo
tristemente y pensar:
«¿Por qué tardaste tanto en llegar á mí?...»
Pero Blasco Ibáñez logró el triunfo mucho antes de asomarse á la vejez,
cuando podía disfrutar de él largamente, merced excelentísima reservada,
en verdad, á muy pocos; pues de tal modo la lucha por la vida quebranta
y entristece á los hombres, que unos quedan derrotados, y los que se
coronan triunfadores, salen tan molidos y extenuados del encuentro, que
ni alientos les quedan para gozar de su victoria.
Le hablo á Blasco Ibáñez de sus libros y me sorprende hallarle menos
enterado de ellos que yo. Le cito nombres, tipos, recompongo escenas, y
el novelista se encoge de hombros...
--No me acuerdo--dice.
Su memoria conserva, sí, las grandes líneas generales de sus obras, pero
ha olvidado los detalles.
--Yo--añade--soy un hombre á quien sólo le interesa el presente, y acaso
más que el presente el porvenir; el pasado no me importa; lo desdeño, lo
olvido. Esto, evidentemente, me ayuda á vivir, á defender mi buen
humor... Muchos dicen que soy bueno. No lo crea usted; yo no soy
bueno... ni malo... soy un impulsivo terrible que, al pronto, bajo el
primer latigazo de la impresión, me ciego y voy por donde el huracán de
mis nervios quiere llevarme: pero luego, nada; ni odio, ni rencor;
nada... Basta que por mi alma pase un sueño para que todo cuanto hay en
ella se borre.
Prosigue hablando llanamente, con un desaliño familiar y afectuoso que,
por contraste, me recuerda á los muchos escritores franceses que he
conocido: tan preocupados de todo lo formal, tan esclavos de los
detalles, tan escénicos... Blasco Ibáñez atribuye su inclinación á
olvidar, no á la generosidad de su carácter, sino á su fortaleza.
--Unicamente los débiles--añade--se acuerdan, á través de los años, del
daño que recibieron, porque ese recuerdo que conservan de lo que han
sufrido, disimula siempre un poco de temor.
Hay una pausa; el maestro sonríe.
--¡Si yo le dijese á usted--exclama--que el más grave de los desafíos
que he tenido lo afronté por bondad!
--¿Por bondad?...--repito.
--Sí; por bondad de carácter... ¡no acierto á explicarme!... Pero es
eso; por bondad; porque no batiéndome, mi rival iba á quedar en una
situación difícil...
El lance me interesa; es de una originalidad extraordinaria.
Hace ocho ó nueve años, á la salida del Congreso y con motivo de una
manifestación republicana que acababa de celebrarse, tuvo Blasco Ibáñez
un serio altercado con un oficial de policía. Por ser militar su enemigo
y considerarse ofendidos en su persona todos los oficiales del cuerpo,
sus padrinos dispusieron el desafío en condiciones de gravedad nunca
vistas; á saber: colocando á los combatientes á veinte pasos uno de
otro, y dándoles para apuntar y hacer fuego un espacio de treinta
segundos. El lance, preparado así, equivalía á un suicidio. El
presidente del Congreso se opuso tenazmente á que un diputado se batiese
por palabras pronunciadas en el Parlamento, y hasta llegó á amenazarle
con expulsarle de la Cámara... Fundándose en lo extraordinario y
terrible del lance, sus padrinos se negaron á representarle.
«Eso es un disparate--decían--; no debe usted batirse...»
Realmente, tenían razón...
--Pero--me dice Blasco explicándome su actitud de espíritu en aquella
ocasión novelesca--si yo rehusaba el lance, mi rival quedaba en una
situación difícil ante sus compañeros y acaso perdiese su carrera; y yo
no quería perjudicarle, no sentía hacia él la más leve animadversión...
Meditando en esto el novelista llegó á convencerse de que lo mejor era
dejar las cosas según estaban, y sin más vacilaciones fué al terreno,
llevando, á falta de padrinos, dos testigos. Una vez allí, esperó á que
el oficial disparase, y recibió un balazo en el mismo sitio del hígado;
golpe que hubiese sido mortal á no haberse aplastado milagrosamente la
bala sobre una hebilla de un pequeño cinturón. El choque fué tan rudo
que le quitó el aliento y le hizo vacilar; afortunadamente la bala
rebotó y la herida convirtióse en contusión. Con esto se dió por
terminado el desafío, y mientras el ilustre doctor San Martín curaba al
novelista, asegurándole que, en aquel momento, acababa de nacer, uno de
los padrinos del oficial, precisamente el que había exigido todas las
bárbaras condiciones de aquel lance, y que, por cierto, un año después
murió en un manicomio, acudió á felicitarle:
«--¡Muy bien, muy bien!...--exclamó estrechándole la mano--; celebro que
esto haya terminado así, pues le advierto que soy un admirador de usted
y que he leído todas sus novelas. Me gustan mucho, ¡mucho!...»
A lo que Blasco Ibáñez repuso sencillamente:
«--Pues ha estado usted á punto de acabar con la fábrica.»
La contestación tiene verdadero «humor». El maestro concluye su anécdota
con esta paradoja:
--Y vea usted cómo es posible que un hombre ande á tiros con otro por no
perjudicarle...
La conversación cambia de rumbo. Pregunto:
--Me han dicho que es usted abogado...
--Es cierto.
--¿No ha ejercido usted nunca su carrera?...
--Sí, cuando muchacho... recién salido de la Universidad. Pero es una
profesión que no me gusta: es árida, detallista... Tengo ganas de
escribir una novela con tipos y escenas de esa vida de los tribunales de
justicia que, por fortuna ó desgracia, conozco muy bien.
--¿Cuándo?...
--¡Oh, no sé!... Me falta tiempo.
Adivino que su pensamiento anda muy lejos de lo que hablamos, y no me
equivoco. Son otros los planes que en aquellos momentos embeben el
ambicioso espíritu del novelista.
Vicente Blasco Ibáñez me enseña los últimos pliegos de su obra
_Argentina y sus grandezas_, que publicará en breve; obra
interesantísima, monumental, de historiador y de poeta. Formará un
volumen magnífico, digno ciertamente de la gloriosa República á quien va
dedicado, con más de mil páginas y más de tres mil grabados, láminas en
color, planos, etc., y cuya edición no costará menos de treinta mil
duros.
Es imposible reproducir aquí las impresiones tan hondas, tan complejas,
tan refinadamente poéticas, que produce la reposada lectura de este
libro amenísimo, delicioso, imponente como una selva americana. Su autor
lo compuso trabajando en él doce y catorce horas diarias, durante cinco
meses: fué un esfuerzo inverosímil que, sólo una complexión privilegiada
como la suya, hubiese resistido.
Ningún artista mejor dispuesto, por razones de temperamento, que Vicente
Blasco Ibáñez para sentir y fijar en páginas de prosa fuerte y matizada
los esplendores polícromos de la tierra argentina. Hay en este libro
sonoridades wagnerianas, lontananzas enormes sintetizadas en una frase
de afortunada exactitud y pujante relieve, visiones proféticas de
caudalosa ilusión, como ventanales magníficos abiertos sobre el
porvenir; y, al mismo tiempo, una emoción de historia, de humanidad,
que, á través de los siglos, se renueva y camina.
La figura de los primeros conquistadores, tipos legendarios,
superhombres más excelsos que los cantados por Homero y Tirteo,
arrebatan la imaginación volcánica del novelista; sus extraordinarias
facultades de pintor tocan á rebato, y las maravillas de la epopeya
inmortal relucen bajo su pluma como lingotes de oro heridos por el sol.
Aquellos guerreros, con sus rostros cobrizos, sus barbazas intonsas y
sus ojos duros acostumbrados á mirar á la muerte, recorren las pampas
americanas como una legión de ensueño; hostilizados por los indígenas,
acosados por el hambre, tostados por la sed, combatidos por las fieras,
é infatigables, sin embargo, bajo la grave pesadumbre de sus armaduras
de hierro. Nada atajaba su avanzar temerario: ni el cansancio de las
largas jornadas, ni las asechanzas constantes del enemigo, ni el calor,
el horrible calor de las planicies yermas, compactas, como de bronce.
Diríase que su marcha era algo fatal, preestablecido, irrevocable, que
había de cumplirse.
El autor, entretanto, haciendo, más que uso, pródigo alarde y derroche
de su asombrosa capacidad de restaurador de paisajes, evoca los
grandiosos horizontes argentinos, su vegetación ubérrima que produce
árboles cuyos troncos cuatro hombres, cogidos de las manos, no podrían
abarcar; su fauna multicolor y extraña, sus boas enroscadas, dormidas al
sol, semejantes á peñascos enormes caídos en la uniformidad de la
llanura; sus legiones de caimanes amodorrados en las orillas cenagosas
de los lagos; sus cordilleras altísimas, sobre cuya crestería, cubierta
de nieves perpetuas, las alas del condor solitario pintan una sombra
errante; sus noches mágicas, embellecidas por la canción de las
cataratas argentinas, las más caudalosas del mundo...
Habla luego de Buenos Aires; describe las grandezas industriales y
mercantiles de la Argentina actual, las excelencias de sus puertos, sus
vías férreas, de año en año más numerosas; su inagotable riqueza
agrícola... y su facundia descriptiva relampaguea hasta conseguir darnos
una visión neta, terminante, de tan vasto escenario. En los meses que ha
permanecido allí, el novelista, enardecido por una curiosidad
insaciable, lo ha preguntado todo, lo ha recorrido todo, sin omitir
gasto ni ahorrarse fatiga.
--Dificulto--me dice--que haya muchos argentinos que conozcan su país
mejor que yo...
Y añade:
--Ha habido ocasiones en que he realizado viajes de cinco y seis días á
caballo por ver un salto de agua.
Hablando de aquellos hermosos países, entusiastas y prósperos, regados
por las savias hidalgas del viejo y noble solar castellano, la
inspiración meridional del maestro se exalta. Sus ojos relucen. La
Argentina, con sus llanuras feraces donde pastan rebaños que forman
horizonte, sus montañas y sus ríos inmensos, poderosos como mares, le ha
producido una especie de deslumbramiento: todo allí es joven, grande,
magnífico, con magnificencia epopéyica, superior á toda hipérbole.
La actividad infatigable del novelista se aplica ahora á estudiar
cuestiones de electricidad y de agricultura; le preocupan las bombas
elevadoras, los saltos de agua, los nuevos aparatos de riego... Su
imaginación ardorosa acaricia la visión de algo titánico, muy bello y
muy útil.
--Allá en Patagonia--prosigue--, en la confluencia de los ríos Neuquem y
Limay, espero adquirir pronto unas leguas de tierra. El clima es
inmejorable, la vegetación ubérrima, desbordante... Allí fundaré una
colonia española que se llamará «Cervantes». Será una villa interesante:
¡oh, tengo vastos proyectos!... Antes de levantar ninguna casa, el
primer monumento que pienso erigir en medio de aquella naturaleza
virgen, donde todavía, hace treinta años, había indios salvajes, es una
estatua del autor del _Quijote_, hecha por Benlliure...
Blasco Ibáñez, como Alonso de Ercilla, es un conquistador poeta. Sus
designios entusiasman; es un hombre que sabe infundir á la vida la
intensidad imaginativa de las novelas.
Como si todo esto fuese poco, también me habla de los libros que tiene
en preparación, de un «ciclo» en cinco volúmenes dedicados á la
conquista de América, la más egregia de cuantas empresas realizó la raza
hispana, y que piensa escribir allá, en «su villa de Cervantes»,
mientras á su alrededor zumbe la agitación calenturienta y alegre de la
flamante colonia. El tomo primero se titulará _El tesoro del Gran Kan_,
ó tal vez _La cuna_, y será un á guisa de «prólogo» en donde aparece
Cristóbal Colón, tipo complejo, verdaderamente novelesco, de sordidez,
grandiosidad y misticismo. En el segundo volumen, sin título aún,
hablará de los hazañosos Alonso de Ojeda y Vasco Núñez de Balboa. En el
tercero, de la conquista de Méjico por Hernán Cortés. El cuarto lo
dedicará al vencedor del Perú, Francisco Pizarro, y llevará por título
_El oro y la muerte_. Y en el quinto, en fin, cantará las altas empresas
del fundador de Buenos Aires, don Juan de Garay...
Mientras Blasco Ibáñez habla con el calor habitual en él, yo le miro
atento, sinceramente maravillado de que en la breve vida de un hombre
quepan tantas ambiciones, tantos proyectos y tantas victorias. Es tarde
y me levanto. El maestro me acompaña hasta el jardín y, ufanamente, mira
á su alrededor. Sus ojos se impacientan y por su rostro, que colorea el
furor de vivir, pasa un gesto de contrariedad.
--Me aburre esta casa--exclama de pronto, como hablando consigo mismo--;
es incómoda, triste... La compré porque no hallé entonces nada mejor.
Pero el año próximo mandaré derribarla, y en este mismo solar levantaré
otra á mi gusto.
Esta afirmación le retrata; es «el padre» de Toni y de Batiste, quien
habla así.
Atravieso el jardín, y al llegar á la calle vuelvo la cabeza para
saludar al novelista. Vicente Blasco Ibáñez, con su cuerpo erguido y
aplomado sobre las piernas, su aire jaque y su ancha frente bañada en
sol, me parece un símbolo: el símbolo del hombre que venció á la Vida y
se siente bien agarrado á una tierra que dominó y es suya.
Madrid, Julio 1910.
FIN
ÍNDICE
.....Páginas.
VICENTE BLASCO IBÁÑEZ.--I. Biografía.--Sus viajes.--Cómo trabaja.--El
teatro.--Su concepto de la mujer y de la vida.....5
II.--Novelas regionales: «Arroz y tartana».--«Flor de Mayo».--«La
barraca».--«Entre naranjos».--«Sónnica la cortesana».--«Cañas y
barro».....25
III.--Novelas de rebeldía: «La catedral».--«El intruso».--«La
bodega».--«La horda».....51
IV.--Novelas de la tercera época: «La maja desnuda».--«Sangre y
arena».--«Los muertos mandan».--«Luna Benamor».....69
V.--Síntesis.--Las mujeres en la obra de Blasco Ibáñez.--Los
conquistadores.--El dolor.--Los desenlaces trágicos.....91