En el teatro, sea drama ó comedia lo que los actores representen, son

pocos los hombres que se rinden al interés de la fábula escénica hasta

el extremo de olvidarse de la mujer á quien acompañan: la idea de

aparecer galantes les preocupa, y á cada momento, con un contacto de

codos ó una frase trivial, procurarán demostrarla que piensan en ella; y

la dama les mirará de soslayo y sonreirá engreída, sintiéndose

triunfante. Este imperio de la hembra se amortigua en la plaza de toros,

y más aún en los circos, donde dos atletas van á luchar. La perspectiva

del combate, la visión de la muerte, los esfuerzos y las fintas mañosas

del torneo, acelerando la marcha del corazón, calientan la sangre de los

espectadores y provocan en todos los cuerpos una trepidación

subconsciente de cólera. Un légamo de instintos ancestrales se revuelve

en nosotros: los ojos chispean, los puños se crispan, algo bárbaro

endurece la expresión de los labios. En tales momentos prescindimos de

la mujer á quien poco antes sonreíamos; no la vemos y, si nos llama, no

la oímos. Las peripecias de la lucha nos obsesionan: sentimos la

necesidad de gritar, de reñir, de precipitarnos, sin saber por qué,

sobre el espectador más cercano...

Y lo que ocurre en los circos y en los tendidos de las plazas de toros,

sucede en la vida, ante las mil muecas de la humana farándula. Hay

autores para quienes el mundo es una alcoba, un jardín versallesco, un

capricho de Watteau, un susurro constante de madrigales y de faldas; y

otros, por el contrario, que al asomarse á la realidad sólo ven su gran

gesto trágico, su desesperación, sus miserias, sus injusticias y el

inmenso clamoreo de rabia y de dolor que arranca á la humanidad el

trabajo de vivir. Y estos escritores, por las razones arriba apuntadas,

se olvidan de la hembra; los incidentes de la formidable hecatombe

social les tiraniza, y heridos por la crueldad ominosa con que los

fuertes, á mansalva, patean sobre los vencidos, su indignación estalla

con tempestuosidades proféticas.

Vicente Blasco Ibáñez pertenece á este grupo: al par que un verdadero

artista es un luchador, una voluntad, un temperamento de acción, que no

sabe permanecer cruzado de brazos ante la universal pelea. De aquí la

importancia capitalísima, absorbente, que en sus libros tienen los

«conquistadores». Citar sus novelas equivale á contar los tipos de esa

raza perseverante y esforzada á que el autor sirve de tronco. El modesto

luchador aragonés don Eugenio García, de _Arroz y tartana_, aparece más

ó menos desfigurado, pero guardando siempre los rasgos capitales de su

fisonomía moral, en el _Retor_ de _Flor de Mayo_, en el heroico Batiste

de _La barraca_, en Toni de _Cañas y barro_, en el asombroso Sánchez

Morueta de _El intruso_, en la figura de Pablo Dupont de _La bodega_, en

el genial pintor Mariano Renovales de _La maja desnuda_... por no citar

otros.

Refiriéndose á Sánchez Morueta, dice el autor de _El intruso_:

«Había amado y había sufrido como todos los que batallan por un ideal.

Sabía lo que era forcejear á zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y

fecundarla con ardorosa violación. _Había llegado_ como los políticos

célebres ó los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo,

conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro.»

Esta es, en compendiosos y expresivos renglones, la historia misma del

novelista, y también el gran gesto vertical y triunfante que uno tras

otro, y cada cual dentro de su esfera, van repitiendo los protagonistas

de sus libros: son gentes que nacen en la pelea y en ella se consumen,

sin fatiga ni desmayos; luchadores para quienes la vida, según la frase

profunda de Nietzsche, «no es más que un medio para hacer triunfar una

voluntad».

El combate epopéyico que los protagonistas de las obras de Blasco Ibáñez

se ven obligados á sostener con la tierra y con los hombres, forma una

especie de «fondo» negro inmenso, de tragedia inacabable y cruenta; la

vida es lucha, es dolor; los días se suceden y los años pasan y los

hombros más robustos se encorvan bajo el peso de la edad, y el cruel

torneo no concluye. No hay cuartel ni puerto de refugio para los

justadores: el tiempo apaga el coraje en sus espíritus y el trabajo

blandea sus músculos; uno por uno, la Vida devuelve cuantos golpes

recibe; de noche, de día, siempre se halla propicia á combatir; no se

cansa, no ceja; es un formidable enemigo que ni duerme siestas ni

enarbola jamás la bandera blanca.

Blasco Ibáñez, con su habilidad maravillosa para levantar multitudes y

su arte balzaciano de explicar el origen de las familias ha compuesto en

sus libros una especie de caravana enorme, de humanidad en marcha

lanzada á la conquista del amor, del dinero y de la justicia.

A ratos y como para descanso y solaz de su propio espíritu, el autor

interpola algunas páginas ligeras, aderezadas por un discreto buen

humor. Tales, el tipo del _Sangonera_, muriendo de un hartazgo en medio

de la consideración, un tanto burlona, de sus convecinos; el del trapero

_Zaratustra_, tan aficionado al vino Valdepeñas como á la filosofía; las

conversaciones de Isidro Maltrana con el marqués de Jiménez, quien le

pide á aquél un libro de política con muchas citas al pie de cada

página... y otras de la misma laya, en las que la sonrisa va siempre

acibarada por unas livianas gotas de ironía...

Pero estos son «momentos» de inapresable duración, fulgureos brevísimos,

rápidos como un guiñar de ojos; y apenas se desvanecen cuando la noche,

la horrible noche sin luna ni amanecer, del universal sufrimiento,

vuelve á cerrarse. Y el combate milenario se reanuda, extendiéndose de

polo á polo como un estremecimiento telúrico. Se pelea sobre el mar en

_Flor de Mayo_, sobre el surco en _La barraca_ y en _La bodega_, y bajo

tierra, en las negruras de la mina, en _El intruso_. Y cual si la lucha

ciclópea contra el planeta no bastase á consumir todos los alientos de

la humana actividad, los hombres pelean entre sí: por el amor en _Entre

naranjos_, por la gloria en _La maja desnuda_, por el progreso en _La

catedral_, contra los fantasmas irreductibles del pasado en _Los muertos

mandan_. Y todas estas historias de quemantes zozobras, ambiciones y

pesadumbres, componen un grito gigante, un treno infinito que llena el

espacio y parece disputarle al tiempo el imperio de su eternidad.

A esto debe atribuirse la inclinación de Vicente Blasco Ibáñez á los

desenlaces trágicos. Unicamente los idílicos amores de Margalida y de

Jaime Febrer en _Los muertos mandan_, terminan de un modo alegre,

francamente confortador; los demás asuntos se desanudan tristemente:

cuando en ellos no hay sangre, como acontece en _Entre naranjos_ ó en

_La maja desnuda_, hay un inenarrable dolor, un desgarro supremo.

¿Por qué? ¿Acaso Blasco Ibáñez no es optimista?... Sí; el novelista es

un hombre que tiene la alegría de sus victorias, el orgullo sano de su

fuerza. Pero, por lo mismo que luchó mucho, conoce el ímprobo trabajo

que cuesta vencer la gravedad de los obstáculos, la longitud y asperezas

del camino que conduce al bien; camino ingrato, á lo largo del cual

millares de almas sucumben de tristeza. Y entonces el conquistador se

olvida generosamente de sí mismo para compadecer á la legión infinita de

los débiles, que no pueden subir. Sí, la vida, cuando se la vence, es

hembra fácil y sumisa; sin duda, la felicidad, la justicia, están aquí,

al alcance de nuestras manos, pero hay que ir por ellas y merecerlas por

un milagro de voluntad. ¡Y están tan lejos y tan altas, y el combate es

tan duro!...

VI

Una anécdota curiosa.--El libro "Argentina y sus

grandezas".--Proyectos.

He vuelto á ver á Vicente Blasco Ibáñez en su hotelito de la calle de

Salas: deseaba ratificar mis impresiones, recoger algunos datos

relativos á su vida y á su obra...

El despacho del maestro es grande y de forma irregular, con dos ventanas

abiertas sobre el jardín, ante un grupo de árboles. Al fondo hay varios

estantes cargados de libros; unos retratos de Maupassant, de Zola, de

Balzac y de Tolstoy, parecen presidir la estancia; los cuatro están

juntos, y existe entre sus frentes pensativas, atormentadas por el

esfuerzo mental, una rara y dolorosa armonía. Adornan las paredes muchos

objetos antiguos y varios apuntes primorosos de Joaquín Sorolla. Todo

ocupa su sitio; las figulinas, los tapices y los muebles aparecen

colocados, sin duda, donde deben estar, y, sin embargo, yo siento á mi

alrededor algo extraño, un latido caliente y febril de impaciencia, como

si la alfombra y los cuadros y los sillones y los viejos bargueños que

decoran la habitación, participasen, en virtud de inexplicables

magnetismos, del recio y prolongado alboroto espiritual del escritor.

Sentado enfrente de mí, una pierna sobre otra, la cabeza apoyada

cómodamente contra el respaldo del sillón. Vicente Blasco Ibáñez fuma y

mira al espacio. A intervalos entorna los párpados, y tienen sus

actitudes y el descuido afectuoso de su conversación, el dulce

cansancio, el bienestar depurado y recóndito, del hombre que acaba de

realizar un grave esfuerzo y está satisfecho de su obra. Al porvenir,

cuando es risueño, lo miramos mejor así, con los ojos cerrados.

Todo calla á nuestro alrededor; la brisa cuchichea festiva en la alegría

verde y fresca del jardín arbolado; un hilo de sol pinta en la penumbra

del despacho una línea recta, vibrante y ardorosa como un florete de

oro.

Vuelvo á sentir aquella vaga emoción de bienestar de que hablé al

principio: los que peleamos mucho con la vida y conocemos por

experiencia las virtudes higiénicas de la lucha y del esfuerzo, amamos

la sociedad de estos hombres que Mauricio Barrés llamó «profesores de

energía», y lo son realmente; no ya porque saben aplicar á sus empresas

arranques maravillosos de vigor, sino porque de ellos parece

desprenderse algo físico, una especie de efluvio magnético, que

sugestiona á los caídos y les alegra, mejora y enardece.

Yo pienso:

«Este hombre ha llegado...»

Y «ha llegado», en efecto, al prestigio artístico y á una comodidad

material muy vecina de la riqueza, como debe llegarse, en la plenitud de

la edad viril, cuando el pecho es aún hoguera de entusiasmos y el mundo

nos parece todavía un hadado jardín; cuando en cada camino hay un

misterio y una gota de dulce locura en cada boca de mujer.

El dinero, los amoríos, las satisfacciones de la ambición triunfadora,

regalos y paramentos deben ser de la juventud, como los fueron de la

niñez los juguetes y los teatritos de fantoches. Darle á un viejo la

gloria--uno de los adornos más bellos de la vida, el más bello quizá--es

como ofrecerle á un mozo de treinta años una muñeca que cierre los

ojos... Lo que haga éste con su regalo, hará aquél con el suyo: mirarlo

tristemente y pensar:

«¿Por qué tardaste tanto en llegar á mí?...»

Pero Blasco Ibáñez logró el triunfo mucho antes de asomarse á la vejez,

cuando podía disfrutar de él largamente, merced excelentísima reservada,

en verdad, á muy pocos; pues de tal modo la lucha por la vida quebranta

y entristece á los hombres, que unos quedan derrotados, y los que se

coronan triunfadores, salen tan molidos y extenuados del encuentro, que

ni alientos les quedan para gozar de su victoria.

Le hablo á Blasco Ibáñez de sus libros y me sorprende hallarle menos

enterado de ellos que yo. Le cito nombres, tipos, recompongo escenas, y

el novelista se encoge de hombros...

--No me acuerdo--dice.

Su memoria conserva, sí, las grandes líneas generales de sus obras, pero

ha olvidado los detalles.

--Yo--añade--soy un hombre á quien sólo le interesa el presente, y acaso

más que el presente el porvenir; el pasado no me importa; lo desdeño, lo

olvido. Esto, evidentemente, me ayuda á vivir, á defender mi buen

humor... Muchos dicen que soy bueno. No lo crea usted; yo no soy

bueno... ni malo... soy un impulsivo terrible que, al pronto, bajo el

primer latigazo de la impresión, me ciego y voy por donde el huracán de

mis nervios quiere llevarme: pero luego, nada; ni odio, ni rencor;

nada... Basta que por mi alma pase un sueño para que todo cuanto hay en

ella se borre.

Prosigue hablando llanamente, con un desaliño familiar y afectuoso que,

por contraste, me recuerda á los muchos escritores franceses que he

conocido: tan preocupados de todo lo formal, tan esclavos de los

detalles, tan escénicos... Blasco Ibáñez atribuye su inclinación á

olvidar, no á la generosidad de su carácter, sino á su fortaleza.

--Unicamente los débiles--añade--se acuerdan, á través de los años, del

daño que recibieron, porque ese recuerdo que conservan de lo que han

sufrido, disimula siempre un poco de temor.

Hay una pausa; el maestro sonríe.

--¡Si yo le dijese á usted--exclama--que el más grave de los desafíos

que he tenido lo afronté por bondad!

--¿Por bondad?...--repito.

--Sí; por bondad de carácter... ¡no acierto á explicarme!... Pero es

eso; por bondad; porque no batiéndome, mi rival iba á quedar en una

situación difícil...

El lance me interesa; es de una originalidad extraordinaria.

Hace ocho ó nueve años, á la salida del Congreso y con motivo de una

manifestación republicana que acababa de celebrarse, tuvo Blasco Ibáñez

un serio altercado con un oficial de policía. Por ser militar su enemigo

y considerarse ofendidos en su persona todos los oficiales del cuerpo,

sus padrinos dispusieron el desafío en condiciones de gravedad nunca

vistas; á saber: colocando á los combatientes á veinte pasos uno de

otro, y dándoles para apuntar y hacer fuego un espacio de treinta

segundos. El lance, preparado así, equivalía á un suicidio. El

presidente del Congreso se opuso tenazmente á que un diputado se batiese

por palabras pronunciadas en el Parlamento, y hasta llegó á amenazarle

con expulsarle de la Cámara... Fundándose en lo extraordinario y

terrible del lance, sus padrinos se negaron á representarle.

«Eso es un disparate--decían--; no debe usted batirse...»

Realmente, tenían razón...

--Pero--me dice Blasco explicándome su actitud de espíritu en aquella

ocasión novelesca--si yo rehusaba el lance, mi rival quedaba en una

situación difícil ante sus compañeros y acaso perdiese su carrera; y yo

no quería perjudicarle, no sentía hacia él la más leve animadversión...

Meditando en esto el novelista llegó á convencerse de que lo mejor era

dejar las cosas según estaban, y sin más vacilaciones fué al terreno,

llevando, á falta de padrinos, dos testigos. Una vez allí, esperó á que

el oficial disparase, y recibió un balazo en el mismo sitio del hígado;

golpe que hubiese sido mortal á no haberse aplastado milagrosamente la

bala sobre una hebilla de un pequeño cinturón. El choque fué tan rudo

que le quitó el aliento y le hizo vacilar; afortunadamente la bala

rebotó y la herida convirtióse en contusión. Con esto se dió por

terminado el desafío, y mientras el ilustre doctor San Martín curaba al

novelista, asegurándole que, en aquel momento, acababa de nacer, uno de

los padrinos del oficial, precisamente el que había exigido todas las

bárbaras condiciones de aquel lance, y que, por cierto, un año después

murió en un manicomio, acudió á felicitarle:

«--¡Muy bien, muy bien!...--exclamó estrechándole la mano--; celebro que

esto haya terminado así, pues le advierto que soy un admirador de usted

y que he leído todas sus novelas. Me gustan mucho, ¡mucho!...»

A lo que Blasco Ibáñez repuso sencillamente:

«--Pues ha estado usted á punto de acabar con la fábrica.»

La contestación tiene verdadero «humor». El maestro concluye su anécdota

con esta paradoja:

--Y vea usted cómo es posible que un hombre ande á tiros con otro por no

perjudicarle...

La conversación cambia de rumbo. Pregunto:

--Me han dicho que es usted abogado...

--Es cierto.

--¿No ha ejercido usted nunca su carrera?...

--Sí, cuando muchacho... recién salido de la Universidad. Pero es una

profesión que no me gusta: es árida, detallista... Tengo ganas de

escribir una novela con tipos y escenas de esa vida de los tribunales de

justicia que, por fortuna ó desgracia, conozco muy bien.

--¿Cuándo?...

--¡Oh, no sé!... Me falta tiempo.

Adivino que su pensamiento anda muy lejos de lo que hablamos, y no me

equivoco. Son otros los planes que en aquellos momentos embeben el

ambicioso espíritu del novelista.

Vicente Blasco Ibáñez me enseña los últimos pliegos de su obra

_Argentina y sus grandezas_, que publicará en breve; obra

interesantísima, monumental, de historiador y de poeta. Formará un

volumen magnífico, digno ciertamente de la gloriosa República á quien va

dedicado, con más de mil páginas y más de tres mil grabados, láminas en

color, planos, etc., y cuya edición no costará menos de treinta mil

duros.

Es imposible reproducir aquí las impresiones tan hondas, tan complejas,

tan refinadamente poéticas, que produce la reposada lectura de este

libro amenísimo, delicioso, imponente como una selva americana. Su autor

lo compuso trabajando en él doce y catorce horas diarias, durante cinco

meses: fué un esfuerzo inverosímil que, sólo una complexión privilegiada

como la suya, hubiese resistido.

Ningún artista mejor dispuesto, por razones de temperamento, que Vicente

Blasco Ibáñez para sentir y fijar en páginas de prosa fuerte y matizada

los esplendores polícromos de la tierra argentina. Hay en este libro

sonoridades wagnerianas, lontananzas enormes sintetizadas en una frase

de afortunada exactitud y pujante relieve, visiones proféticas de

caudalosa ilusión, como ventanales magníficos abiertos sobre el

porvenir; y, al mismo tiempo, una emoción de historia, de humanidad,

que, á través de los siglos, se renueva y camina.

La figura de los primeros conquistadores, tipos legendarios,

superhombres más excelsos que los cantados por Homero y Tirteo,

arrebatan la imaginación volcánica del novelista; sus extraordinarias

facultades de pintor tocan á rebato, y las maravillas de la epopeya

inmortal relucen bajo su pluma como lingotes de oro heridos por el sol.

Aquellos guerreros, con sus rostros cobrizos, sus barbazas intonsas y

sus ojos duros acostumbrados á mirar á la muerte, recorren las pampas

americanas como una legión de ensueño; hostilizados por los indígenas,

acosados por el hambre, tostados por la sed, combatidos por las fieras,

é infatigables, sin embargo, bajo la grave pesadumbre de sus armaduras

de hierro. Nada atajaba su avanzar temerario: ni el cansancio de las

largas jornadas, ni las asechanzas constantes del enemigo, ni el calor,

el horrible calor de las planicies yermas, compactas, como de bronce.

Diríase que su marcha era algo fatal, preestablecido, irrevocable, que

había de cumplirse.

El autor, entretanto, haciendo, más que uso, pródigo alarde y derroche

de su asombrosa capacidad de restaurador de paisajes, evoca los

grandiosos horizontes argentinos, su vegetación ubérrima que produce

árboles cuyos troncos cuatro hombres, cogidos de las manos, no podrían

abarcar; su fauna multicolor y extraña, sus boas enroscadas, dormidas al

sol, semejantes á peñascos enormes caídos en la uniformidad de la

llanura; sus legiones de caimanes amodorrados en las orillas cenagosas

de los lagos; sus cordilleras altísimas, sobre cuya crestería, cubierta

de nieves perpetuas, las alas del condor solitario pintan una sombra

errante; sus noches mágicas, embellecidas por la canción de las

cataratas argentinas, las más caudalosas del mundo...

Habla luego de Buenos Aires; describe las grandezas industriales y

mercantiles de la Argentina actual, las excelencias de sus puertos, sus

vías férreas, de año en año más numerosas; su inagotable riqueza

agrícola... y su facundia descriptiva relampaguea hasta conseguir darnos

una visión neta, terminante, de tan vasto escenario. En los meses que ha

permanecido allí, el novelista, enardecido por una curiosidad

insaciable, lo ha preguntado todo, lo ha recorrido todo, sin omitir

gasto ni ahorrarse fatiga.

--Dificulto--me dice--que haya muchos argentinos que conozcan su país

mejor que yo...

Y añade:

--Ha habido ocasiones en que he realizado viajes de cinco y seis días á

caballo por ver un salto de agua.

Hablando de aquellos hermosos países, entusiastas y prósperos, regados

por las savias hidalgas del viejo y noble solar castellano, la

inspiración meridional del maestro se exalta. Sus ojos relucen. La

Argentina, con sus llanuras feraces donde pastan rebaños que forman

horizonte, sus montañas y sus ríos inmensos, poderosos como mares, le ha

producido una especie de deslumbramiento: todo allí es joven, grande,

magnífico, con magnificencia epopéyica, superior á toda hipérbole.

La actividad infatigable del novelista se aplica ahora á estudiar

cuestiones de electricidad y de agricultura; le preocupan las bombas

elevadoras, los saltos de agua, los nuevos aparatos de riego... Su

imaginación ardorosa acaricia la visión de algo titánico, muy bello y

muy útil.

--Allá en Patagonia--prosigue--, en la confluencia de los ríos Neuquem y

Limay, espero adquirir pronto unas leguas de tierra. El clima es

inmejorable, la vegetación ubérrima, desbordante... Allí fundaré una

colonia española que se llamará «Cervantes». Será una villa interesante:

¡oh, tengo vastos proyectos!... Antes de levantar ninguna casa, el

primer monumento que pienso erigir en medio de aquella naturaleza

virgen, donde todavía, hace treinta años, había indios salvajes, es una

estatua del autor del _Quijote_, hecha por Benlliure...

Blasco Ibáñez, como Alonso de Ercilla, es un conquistador poeta. Sus

designios entusiasman; es un hombre que sabe infundir á la vida la

intensidad imaginativa de las novelas.

Como si todo esto fuese poco, también me habla de los libros que tiene

en preparación, de un «ciclo» en cinco volúmenes dedicados á la

conquista de América, la más egregia de cuantas empresas realizó la raza

hispana, y que piensa escribir allá, en «su villa de Cervantes»,

mientras á su alrededor zumbe la agitación calenturienta y alegre de la

flamante colonia. El tomo primero se titulará _El tesoro del Gran Kan_,

ó tal vez _La cuna_, y será un á guisa de «prólogo» en donde aparece

Cristóbal Colón, tipo complejo, verdaderamente novelesco, de sordidez,

grandiosidad y misticismo. En el segundo volumen, sin título aún,

hablará de los hazañosos Alonso de Ojeda y Vasco Núñez de Balboa. En el

tercero, de la conquista de Méjico por Hernán Cortés. El cuarto lo

dedicará al vencedor del Perú, Francisco Pizarro, y llevará por título

_El oro y la muerte_. Y en el quinto, en fin, cantará las altas empresas

del fundador de Buenos Aires, don Juan de Garay...

Mientras Blasco Ibáñez habla con el calor habitual en él, yo le miro

atento, sinceramente maravillado de que en la breve vida de un hombre

quepan tantas ambiciones, tantos proyectos y tantas victorias. Es tarde

y me levanto. El maestro me acompaña hasta el jardín y, ufanamente, mira

á su alrededor. Sus ojos se impacientan y por su rostro, que colorea el

furor de vivir, pasa un gesto de contrariedad.

--Me aburre esta casa--exclama de pronto, como hablando consigo mismo--;

es incómoda, triste... La compré porque no hallé entonces nada mejor.

Pero el año próximo mandaré derribarla, y en este mismo solar levantaré

otra á mi gusto.

Esta afirmación le retrata; es «el padre» de Toni y de Batiste, quien

habla así.

Atravieso el jardín, y al llegar á la calle vuelvo la cabeza para

saludar al novelista. Vicente Blasco Ibáñez, con su cuerpo erguido y

aplomado sobre las piernas, su aire jaque y su ancha frente bañada en

sol, me parece un símbolo: el símbolo del hombre que venció á la Vida y

se siente bien agarrado á una tierra que dominó y es suya.

Madrid, Julio 1910.

FIN

ÍNDICE

.....Páginas.

VICENTE BLASCO IBÁÑEZ.--I. Biografía.--Sus viajes.--Cómo trabaja.--El

teatro.--Su concepto de la mujer y de la vida.....5

II.--Novelas regionales: «Arroz y tartana».--«Flor de Mayo».--«La

barraca».--«Entre naranjos».--«Sónnica la cortesana».--«Cañas y

barro».....25

III.--Novelas de rebeldía: «La catedral».--«El intruso».--«La

bodega».--«La horda».....51

IV.--Novelas de la tercera época: «La maja desnuda».--«Sangre y

arena».--«Los muertos mandan».--«Luna Benamor».....69

V.--Síntesis.--Las mujeres en la obra de Blasco Ibáñez.--Los

conquistadores.--El dolor.--Los desenlaces trágicos.....91

Mis contemporaneos; 1 Vicente Blasco Ibáñez · 第 5 / 6 段