Ibáñez había conocido en uno de sus viajes á cierta artista rusa, tiple
de ópera, mujer extraordinaria, hermosa, fuerte y sádica como una
_walkyria_, que recorría el mundo llevando consigo á una pobre muchacha
á quien en sus frecuentes arrebatos de mal humor azotaba cruelmente.
Fueron aquéllos unos amores de pesadilla, vehementes y rápidos; la
artista, con su elevada estatura y sus biceps de hierro, era una
verdadera amazona, celosa y agresiva, de la que sus amantes necesitaban
defenderse á puñetazos; instintivamente su temperamento rebelde se
negaba á rendirse, y cada posesión requería una escena ancestral de
lucha y de doma, en la que luego los besos servían para restañar la
sangre de los golpes.
La acción principal de la novela se desarrolla cerca de Valencia, en
Alcira, pueblo lindísimo, pintoresco como un capricho de abanico, cuyo
blanco caserío parece flotar sobre el océano verde de los inmensos
naranjales que lo circundan.
Leonora, artista de ópera de reputación mundial, se ha refugiado allí
guiada por esa necesidad de aislamiento que las almas aventureras
sienten de cuando en cuando. Rafael Brull, á quien sus adeptos acaban de
elegir diputado, se enamora de ella; Leonora quiere resistir, tiene
miedo á las pasiones que desencadena su belleza... pero la soledad, que
enardece las imaginaciones, suele ser mala consejera de la virtud, y al
cabo resbala y se abandona entre los brazos de Rafael una noche de luna,
bajo los naranjos cuajados de azahares. Esta aventura concita contra la
artista los odios de todo el vecindario, pacato y católico. Leonora se
encoge de hombros; ¿qué pueden importarla la enemistad ó las groserías
de aquellas pobres gentes? Pero, al mismo tiempo, su voluntad errante
siente el deseo, cada vez más exigente y punzador, de volver al mundo
para correr tras el espejismo de los horizontes; es su sino... Brull
quiere seguirla, y su intento fracasa: se lo impiden «su pasado», el
recuerdo de su padre, el carácter de su madre, devota y austera, y hasta
el amor de su prometida, muchacha modosita, insignificante, que aportará
al matrimonio una herencia considerable... Leonora y Rafael se separan,
y ni una sola carta vuelve á cruzarse entre ellos. Todo ha concluido.
Rafael Brull se casa, tiene hijos y su nombre obscuro aparece alguna vez
que otra en el _Diario de Sesiones_. Transcurren muchos años. Una tarde,
al salir del Congreso, el diputado se encuentra con Leonora. Es la
_walkyria_ de siempre, fuerte y hermosa; acaba de llegar á Madrid y á la
mañana siguiente piensa salir para Lisboa. Brull siente renacer en su
alma los recuerdos de su antiguo amor: está triste, aburrido; sus ojos
se llenan de lágrimas; aún pueden ser felices...
Ella le rechaza con estas palabras bellas y tristes:
«--No te esfuerces, Rafael--dice--, esto se acabó. El Amor que dejaste
pasar está lejos, tan lejos, que aunque corriéramos mucho, nunca le
daríamos alcance. ¿A qué cansarnos? Al verte ahora, siento la misma
curiosidad que ante uno de esos vestidos viejos que en otro tiempo
fueron nuestra alegría. Veo fríamente los defectos, las ridiculeces de
la moda pasada...»
Leonora se despide de su antiguo amante fríamente, y Rafael Brull
permanece solo en medio de la acera, ridículo, abatido, casi viejo,
haciendo esfuerzos sobrehumanos para reprimir el deseo, un inmenso deseo
que tiene, de echarse á llorar...
Así, suavemente, con la melancolía de un pañuelo mojado en lágrimas que
desde lejos nos dijese «adiós», termina el libro; libro exquisito,
aromado por la tragedia, la gran tragedia sin sangre, de las ilusiones
perdidas.
_Sónnica la cortesana_ constituye, en la técnica de Vicente Blasco
Ibáñez, un «gesto» aparte; y si la incluyo entre sus «novelas
regionales», es porque su autor, según confesión propia, más que un vano
alarde arqueológico, trató de hacer con este libro «la novela valenciana
antigua».
La acción se desenvuelve durante los últimos días de Sagunto, cuyo
espíritu, costumbres y trajes fueron evocados y descritos con
sorprendente precisión. Sónnica es una cortesana que, por no dejar á un
amante, llevó á las costas levantinas de España un rayo del sol alegre
de Grecia, la cuna excelsa de la filosofía y del arte, donde las
mujeres, cual las diosas, tenían la bondad de aliviar el dolor de los
hombres mostrándose desnudas: como era generosa, el pueblo la adoraba, y
en su palacio suntuoso, hecho de mármoles, las luces que alumbraban los
festines con que la hetera obsequiaba á sus invitados, no se apagaban
nunca antes de salir el sol. Alrededor de Sónnica aparecen agrupadas la
figura belicosa de Acteón, amigo de Anníbal; la del cínico parásito y
filósofo Eufobias, la del afeminado Lácaro, la de los jóvenes amantes
Ranto y Eroción, la del famoso arquero Mopso y otras, que, unidas todas,
recomponen cabalmente el alma, orgullosa y democrática á la vez, de la
época.
En el cuadro final, con el fiero asalto que dieron á las murallas
saguntinas las tropas semi-bárbaras que acaudillaba el general
cartaginés y el heroísmo con que los sitiados, cogidos de las manos, se
precipitaban en la hoguera inmensa donde habían jurado perecer, el autor
puso todo su aliento y supo darnos la emoción de aquella epopeya,
asombro del mundo antigua y gloria todavía de nuestra raza.
A fines del año siguiente, ó sea en Noviembre de 1902, Vicente Blasco
Ibáñez publicó su novela _Cañas y barro_, el mejor, á mi juicio, de
todos sus libros. Luego supe que su autor lo tenía en igual estima, y
no me extrañó; _Cañas y barro_ es una obra maestra.
Explicar el argumento de esta novela es empresa difícil, porque más que
un asunto puede afirmarse que hay en ella dos ó muchos, todos igualmente
interesantes y desarrollados simultáneamente, lo que da á la narración
una jugosidad excepcional, un «calor de humanidad» extraordinario: es el
espejo donde van reflejándose las historias de varias familias que viven
paralelamente, el tornavoz que recoge los gritos de dolor, las zozobras,
las alegrías mezquinas, todas las palpitaciones, en suma, de un trozo
del pintoresco enjambre humano. _Cañas y barro_ es la vida en la célebre
Albufera valenciana, húmeda, fangosa, calenturienta, con sus arrozales,
que forman horizonte. ¿Tipos?... Los hay á puñados; podrían contarse por
docenas: allí están el tío Paloma, el pescador más antiguo del lago,
alma independiente, movediza como su propia barca, para quien el oficio
de agricultor es una profesión de esclavos; su hijo Toni, voluntad de
acero, trabajador infatigable, empeñado en rellenar con tierra traída de
muy lejos una charca profunda que le cedió graciosamente cierta señora
rica «que no sabía qué hacer de ella»; Tonet _el Cubano_, flor de vicio,
tumbón y sensual, que aspira á vivir en la holganza merced á la
protección de su querida Neleta, esposa del rico tabernero y antiguo
contrabandista _Cañamel_; el borracho _Sangonera_, socarrón delicioso,
especie de dios Baco, á quien los habitantes del lago solían encontrar
dormido junto á las orillas, la cabeza ceñida de flores, y que al cabo
murió de un atracón; el _pare_ Miquel, la _Borda_, la _Samaruca_ y
otros... Todos estos seres, moviéndose en el mismo escenario y agitados
por sentimientos afines, dan una sensación rotunda, magnífica, de
humanidad en marcha.
La atención del lector, sin embargo, propende inconscientemente á
olvidar la epopeya grandiosa de Toni para fijarse en los amores
adulterinos de Neleta con Tonet _el Cubano_. Cañamel ha muerto, Neleta
se halla encinta de su amante y es indispensable que el niño
desaparezca, pues, de lo contrario, la viuda, por su proceder liviano,
perdería su derecho á heredar al difunto, según éste lo determinó en su
testamento. En aquella desalmada mujer la codicia es más fuerte que el
instinto maternal, y el recién nacido es inmolado sin piedad; su mismo
padre lo sacrifica: le llevaba en su lancha, y de pronto, asiéndole con
ambas manos, le arrojó violentamente lejos de sí, «como si quisiera
aligerar la embarcación de un lastre inmenso». Y más tarde, cuando _el
Cubano_, horrorizado de su crimen, se suicida, Toni, su padre, enterado
por el tío Paloma de lo ocurrido, le inhuma secretamente. ¿Dónde? En su
charca. La _Borda_, su hija adoptiva, le ayudó en esta operación
macabra. Amanecía y las primeras luces matutinas daban al lago la
tonalidad gris de una lámina inmensa de acero. Cogieron entre los dos el
cadáver y le descendieron á la fosa cuidadosamente, «como si fuese un
enfermo que podía despertar». El sepelio concluyó. ¡Pobre Toni! «Su vida
estaba terminada». ¿Cómo dar idea de su dolor lacerante, infinito?...
«Hería con sus pies aquella tierra que guardaba la esencia de su vida.
Primero la había dedicado su sudor, su fuerza, sus ilusiones; ahora,
cuando había que abonarla, la entregaba sus propias entrañas, el hijo,
el sucesor, la esperanza, dando por terminada su obra.»
La crítica creyó ver en este final prodigioso un «efectismo»; algo muy
bello, sí, pero artificiosamente preparado desde el principio de la
obra. No hay tal. Yo quiero hacer constar que ese desenlace fué una
«improvisación». Blasco Ibáñez, apenas salió de la Albufera donde, para
estudiarla de cerca, acababa de pasar ocho ó diez días pescando y
durmiendo al raso en el fondo de una barca, empezó á escribir su novela
sin saber aún cómo la concluiría. Comenzaba la estación otoñal. Muchas
noches, desde un balcón de su finca de la Malvarrosa, Blasco miraba al
mar tranquilo, susurrante, plateado por la luna, mientras tarareaba la
«Marcha Fúnebre» de _Sigfrido_. Entretanto, meditaba el último capítulo
de su libro. De pronto «lo vió»; fué una emoción tan eficaz que casi la
sintió en los ojos; acababa de sugerírselo el recuerdo del cadáver del
héroe wagneriano, tendido sobre su escudo y llevado por sus guerreros...
¿Y por qué no había de ser así, según el novelista lo explica?
No olvidemos que para Vicente Blasco Ibáñez, fácil más que ningún otro
artista á las emboscadas de la impresión, «el arte es instinto».
III
Novelas de rebeldía: "La catedral".--"El Intruso" "La bodega".--"La
horda".
En todas las novelas examinadas hasta aquí, asoma constantemente la
necesidad obsesionadora, ineluctable, del dinero, y la lucha universal y
terrible que los hombres riñen con la tierra por ganarlo; pero el
ambiente donde sus asuntos se desenvuelven es tan bello y jocundo, hay,
así en el lago de la Albufera como en la «casita azul» de Leonora, como
en los verdes bancales que rodean la barraca de Batiste, como en la
playa arenosa del Cabañal, tan subidísima poesía, que la magnificencia
del paisaje se sobrepone y hace olvidar el trabajo cruel de vivir.
Inútilmente el novelista nos describe la ruda existencia de la gente
marinera y apostrofa á las clases privilegiadas, reprochándolas su
codicia y asegurando que «á duro» debía venderse la libra de ese pescado
que suele dejar en la orfandad á tantos niños: el lector, dominado
siempre por la hermosura triunfal de la Naturaleza, se emociona sin
cólera. No; no puede haber verdadero dolor, ni quebrantos irreparables,
en un país donde los árboles se desgajan bajo el peso de la fruta y la
esplendidez del panorama es tal que sus habitantes, artistas por
temperamento, parece que han de olvidar sus penas y darse por contentos
y generosamente pagados, con sólo tener ante los ojos, al concluir sus
faenas, la belleza de una puesta de sol...
Sin duda Vicente Blasco Ibáñez, acaso inadvertidamente, lo entendió así,
y por eso trasladó la acción de sus novelas sucesivas á otras regiones,
en donde la pobreza de la tierra ó la desigualdad abominable con que fué
repartida, exige de los desheredados que escarban en ella mayores
sacrificios. Estos libros que yo llamo «de rebeldía», son, antes que
nada, libros de combate, vehículos elegantes de propaganda
revolucionaria, armas recias y lindas, cuidadosamente templadas, de
demolición y protesta: en ellos reaparece el antiguo espíritu belicoso
de su autor; el político iguala al artista y rivaliza con él,
componiendo entre ambos una obra bella y buena en que la utilidad y la
amenidad se acoplan y conciertan en maridaje feliz. A este período
corresponden _La catedral_, _El intruso_, _La bodega_ y _La horda_.
Con loable sinceridad Blasco Ibáñez me declara que _La catedral_, á
pesar de ser el más traducido de sus libros, es el que menos le gusta.
--Lo encuentro pesado--exclama--; hay en él demasiada doctrina...
Tal vez; su opinión es para mí preciosa, pues creo que, digan lo que
quieran los críticos, nadie puede hablar con más autoridad de una obra
de arte que su propio autor. De todos modos, _La catedral_ es un libro
que en nuestra vieja España, atrasada y empobrecida bajo el yugo
execrable de las asociaciones monásticas, los defensores de la libertad
debían hacer circular de mano en mano á modo de breviario meritísimo.
La acción se desarrolla en Toledo, la ciudad venerable, hermosa y triste
como un museo, que aún parece dormir, á la sombra de sus iglesias, el
horrible sueño letárgico--sueño de quietismo y de renunciación--de la
Edad Media.
El anarquista Gabriel Luna, después de un éxodo penosísimo, regresa á
Toledo, donde se propone acabar pacíficamente sus días junto á su
hermano Esteban, antiguo servidor de la catedral. Enterado de que su
sobrina Sagrario, que años atrás se había fugado de la casa paterna con
un hombre, arrastraba en Madrid una vida dantesca de miseria y de
oprobio, da los pasos necesarios para recobrarla y al cabo consigue
restituirla á su hogar y que su padre la perdone. ¿Por qué no hacer el
bien, cueste lo que cueste? El perdón es santo, tanto más santo cuanto
mayor sea la gravedad del delito indultado. Gabriel Luna, á quien el
dolor y las privaciones de su existencia errante hirieron en el pecho
con herida mortal, es un carácter apacible y dulce, un visionario
bondadoso, indulgente como un cristiano primitivo. Ama á Sagrario, que
es débil y está enferma también, y ella le corresponde: es una pasión
casta y tranquila, un cariño espiritual en el que sólo se besan las
almas.
«No te separes--la dice--, no me temas. Ni yo soy un hombre ni tú eres
ya una mujer. Has sufrido mucho, has dicho adiós á las alegrías de la
tierra, eres fuerte por el infortunio y puedes mirar cara á cara á la
verdad. Somos dos náufragos de la vida: sólo nos resta esperar y morir
en el islote que nos sirve de refugio. Estamos deshechos, rasgados y
arrollados: la muerte se incuba en nuestras entrañas: somos harapos
caídos é informes después de haber pasado por los engranajes de una
sociedad absurda. Por esto te quiero: porque eres igual á mí en la
desgracia...»
Las predicaciones de Luna, conversaciones fáciles, rebosantes de
evangélica unción, ocupan casi todas las páginas del libro: él acaricia
la visión de una sociedad nueva, gobernada por las blandas leyes del
amor; un mundo de paz y de infinita tolerancia, en que no habrá pobres
porque tampoco habrá ricos...
Las palabras del anarquista, aunque pacificadoras y ungidas con las
mieles misericordiosas, inefables, del Nuevo Testamento, desatan en el
obscuro cerebro de las gentes incultas que le escuchan, ideas
criminales. Una noche en que Luna cumplía la guardia nocturna de la
catedral, «sus discípulos» se presentan, armados y dispuestos á robar el
Tesoro del templo: quieren ser ricos, gozar, «ser como esos señores que
van en coche y tiran el dinero...» Gabriel Luna, asustado de lo mal que
aquellos hombres han interpretado sus doctrinas, les increpa furioso,
les amenaza; hasta que uno de ellos se arroja sobre él y con el grueso
manojo de llaves que lleva en la mano le rompe la frente.
Una vez más las ovejas, convertidas en lobos devoraron á su pastor. La
humanidad es así. Como Cristo, Gabriel Luna pagó con la vida el delito
más peligroso de todos los delitos: el delito de ser bueno...
Al año siguiente, en 1904, Blasco Ibáñez publicó _El intruso_, cuya
trama se desenvuelve en Bilbao, la tierra fuerte, hecha de hierro, que
alimenta la voracidad insaciable de los Altos Hornos. _La catedral_ es
el símbolo de la religión tradicional, quietista y como momificada, que
subsiste aislada del mundo y confía á la autoridad y esclarecimiento de
su larga historia la salud de su porvenir: _El intruso_, por el
contrario, es la máscara de la religión moderna, la religión militante,
que huye del reposo claustral porque comprende que en él está la muerte,
y ambula por las calles, y frecuenta salones y publica libros y estrena
obras y funda establecimientos de enseñanza y establece compañías
anónimas de navegación y acomete negocios de ferrocarriles y de minas, y
procura, en fin, asociarse á todas las palpitaciones de la existencia
contemporánea. _El intruso_, para decirlo de una vez, es el jesuíta; «la
especie» más inteligente y ladina, y por lo mismo más temible, de la
muchedumbre ensotanada; el amo despótico, aunque aparentemente se
muestre risueño y tolerante, de muchas fortunas y de muchas conciencias.
Hablando de la célebre Universidad de Deusto, la gran obra del
jesuitismo, que alza su mole romana en los alrededores de Bilbao,
escribe Blasco Ibáñez estas palabras elocuentes:
«En mitad del parque, sobre una eminencia del terreno, habían levantado
los jesuítas una imagen de San José con un arco de focos eléctricos.
Mientras dormían los buenos padres, el semicírculo luminoso recordaba á
los pueblos de la ría y á la misma Bilbao que allí estaba la orden
poderosa y dominadora, pronta siempre á ponerse de pie, no queriendo
abdicar ni ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. El doctor
hallaba natural que fuese San José el escogido para esta glorificación;
el santo resignado y sin voluntad, con la pureza gris de la impotencia,
hermoso molde escogido por aquellos educadores para formar la sociedad
del porvenir.»
El opulento naviero Sánchez Morueta, protagonista del libro, reúne, á un
infalible golpe de vista para los negocios, una voluntad de diamante;
todo le sale á derechas; lo que arruinó á otros á él le enriquece: es un
luchador excepcional que supo sujetar bajo sus rodillas á la fortuna
veleidosa y convertirla en una especie de suave y obediente cabalgadura.
«Establecía nuevas fabricaciones--dice Blasco--, y al poco tiempo
marchaban por sí solas con una exactitud desesperante. Construía barcos,
y no naufragaba uno, para alterar con una catástrofe la monotonía de su
existencia. La desgracia era impotente para él, estaba abroquelado, y
aunque ella corriese á estrecharle entre sus brazos, la caricia mortal
sería un roce insignificante.»
El novelista se complace en afirmar las proporciones ciclópeas de esta
figura, porque así resplandecerá mejor al final el poder ilimitado,
disolvente, del jesuitismo. Poco á poco, de un modo imperceptible, con
una suavidad sigilosa y rastreante, el enemigo va filtrándose en la
intimidad de aquel hogar. El jefe de la casa, alma ruda abstraída en sus
negocios, no sospecha la gravedad de la traición que se avecina y que
insensiblemente va cercándole. El peligro le estrecha, le provoca, se
sienta á su mesa, duerme á su lado por las noches, y él no lo ve.
Cristina, su mujer, deposita con impudicia fanática al pie del
confesonario sus secretos conyugales más íntimos, y su hija renuncia al
amor de un hombre inteligente y de ideas liberales que la pretende, para
ser la prometida de un rábula discípulo de Deusto. Cuando Sánchez
Morueta se percata de lo que sucede á su alrededor, ya no puede
defenderse; es tarde: su esposa, su hija, sus empleados, todos le
abruman con idénticos consejos; y él mismo, reconociéndose viejo y
triste, siente la necesidad cobarde de ser religioso, de volver los ojos
hacia aquel cielo en el que nunca se detuvo á pensar y que, no obstante,
tanto y tan eficazmente le había ayudado siempre. Terrores extraños de
otra vida le asedian; puede morir y debe ocuparse en lavar su
conciencia. El antiguo luchador se rinde á discreción y acaba por ir,
acompañado de su familia, á pasar una temporada al monasterio de Loyola:
es preciso purificarse, rezar mucho, repartir muchas limosnas; para todo
esto cuenta con su padre espiritual. ¡Pobre Sánchez Morueta! «El
intruso» había luchado con él en su propia casa y le había vencido.
En _La bodega_, como en _El intruso_, «se siente» también la mano del
jesuitismo; es algo magnético, invisible, que se cierne en la atmósfera,
y unas veces obliga á los obreros á concurrir á misa para no ser
expulsados de sus talleres, y otras bendice los campos. En las tortuosas
callejas toledanas, como en las minas bilbaínas donde truena la
oratoria mordiente del doctor Aresti, como en los feraces campos
andaluces por donde pasa la figura evangélica, todo dulzura y caridad de
aquel Cristo moderno que se llamó Fermín Salvoechea, laten los mismos
dolores, gemebundea el mismo treno inmenso que arranca á los
desheredados de todas las provincias la injusticia social.
Pablo Dupont, dueño de una importantísima bodega de Jerez, pertenece á
la estirpe hazañosa de los Sánchez Morueta. Su hermano Luis, prototipo
«del señorito» andaluz, dilapidador, mujeriego, bravucón é inútil,
desdeña los negocios y lleva en su sangre los desbocados apetitos y las
insolencias de una raza feudal: los pobres son para él, como en los
tiempos medioevales, siervos del terruño, esclavos de la gleba, de los
que un caballero principal puede usar libremente y sin extremado
quebranto de las buenas costumbres. «Los de abajo», sin embargo, no
piensan así, los tiempos han cambiado; lentamente, gota á gota, las
modernas corrientes libertarias, van desentumeciendo las conciencias y
mostrando á los hombres el camino sagrado de la ciudad futura: y, por lo
mismo, á lo largo de esta novela que va devanándose alegre y
pintorescamente, se advierten rumores, de lucha intestina,
estremecimientos agoreros de odio y de dolor: los maltratados por la
suerte se cansan de su servidumbre y la palabra «reivindicación» resuena
amenazadora por las noches en el silencio montaraz de las gañanías; los
cuerpos, inclinados sobre el surco, de los segadores, se yerguen á ratos
con un gesto altivo; las manos que antes se abrían humildes, como
implorando una limosna, ahora se crispan conquistadoras y vengativas.
El bondadoso Salvatierra, lamentándose de la abulia nacional, es el
principal propagandista de estas ideas emancipadoras.
«--Esa gente sufre y calla, Fermín, porque las enseñanzas que heredaron
de sus antecesores son más fuertes que sus cóleras. Pasan descalzos y
hambrientos ante la imagen de Cristo; les dicen que murió por ellos, y
el rebaño miserable no piensa en que han transcurrido siglos sin
cumplirse nada de lo que aquél prometió. Todavía las hembras, con el
femenil sentimentalismo que lo espera todo de lo sobrenatural, admiran
sus ojos que no ven, y aguardan una palabra de su boca, muda para
siempre por el más colosal de los fracasos. Hay que gritarles: «No
pidáis á los muertos: secad vuestras lágrimas para buscar en los vivos
el remedio de vuestros males.»
Los campesinos le escuchan, haciendo signos de asentimiento; dice bien
el predicador vagabundo; y, poco á poco, el espíritu de rebelión crece
como una ola roja y amarga.
Pero Luis Dupont, calavera y orgulloso de su dinero y de su figura,
olvida tales presagios, y una noche en que se halla de fiesta en una de
sus posesiones, viola á María de la Luz; y poco después un hermano de
ésta, convencido de que el miserable galán no piensa reparar su crimen,
le insulta y le mata. Pero el mal está hecho; María de la Luz ya no será
dichosa, ya no podrá casarse con Rafael, su novio, el elegido adorado de
su alma; se lo prohibe su educación cristiana, la creencia absurda de
que en la virginidad reside la pureza de la mujer. Rafael opina lo
mismo; quiere á María, acaso más que nunca, pero comprende que no debe
unirse á ella; el idilio está roto...
Hasta que el bondadoso don Fernando Salvatierra--seudónimo con que el
autor presenta en su libro al anarquista Salvoechea--habla con Rafael y
le convence de que su desgracia no es irreparable. Necesitaba ser fuerte
y sobreponerse á los fantasmas del pasado. ¡La virginidad! ¿Qué es eso?
¿Qué importancia puede tener un detalle físico tan mezquino en el
porvenir de dos seres que se aman ardientemente?... Las palabras de
Salvatierra resonaban indulgentes y consoladoras en los oídos del mozo:
«Lo sabía todo. ¡Valor! Era una víctima de la corrupción social, contra
la que tronaba él con sus ardores de asceta. Aún podía comenzar de
nuevo la vida, seguido de los suyos. El mundo es grande.»