--Yo reconoceré a la mía por sus uñas.

--Y yo a la mía por el perfume delicioso de sus cabellos.

PABLO EMILIO.--Y yo a la mía por la dulzura y la belleza de su alma.

¡Sí, señores romanos! Hoy empieza para nosotros una vida nueva. ¡Se

acabó la soledad dolorosa! ¡Se acabaron las noches sin término, con sus

malditos ruiseñores! ¡Váyanse al diablo ahora los ruiseñores y todos los

demás pájaros!

EL GRUESO ROMANO.--Sí, ya es hora de comenzar una vida de familia.

_(Entre las mujeres se oye una voz irónica:_ «¡Intentadlo sólo, y

veréis!»)

--¡Silencio! Nos escuchan.

--¡Sí, ya es hora!

--Señores romanos, ¿quién será el primero?

_(Una pausa. Nadie se mueve. Las mujeres prorrumpen en risitas

irónicas.)_

EL GRUESO ROMANO.--Yo me he reído ya bastante. Ahora les toca a los

demás. ¡Tú, Pablo, anda!

--¡Qué monstruo! ¿No ves que la mía está durmiendo aún? Mira, allí, al

lado de la piedra; es mi bonísima chiquilla.

ESCIPIÓN.--De nuestra actitud indecisa e inquieta infiero, señores

romanos, que ninguno de vosotros se atreve a acercarse solo a esas

criaturas implacables. Voy a proponeros un plan...

EL GRUESO ROMANO.--¡Tiene un talento este Escipión!...

--He aquí cuál es mi plan: avancemos todos a una, ocultándonos uno tras

otro y sin apresurarnos. Si no hemos tenido miedo de los maridos...

EL GRUESO ROMANO.--¡Lo de menos son los maridos!

_(Entre las mujeres se oyen suspiros y llantos.)_

--¡Silencio! Nos están oyendo.

--¡Este diablo de Marco Antonio, con su manera de gritar!... Además,

¿por qué hablar de los maridos y molestar a las pobres mujeres? Así,

pues, señores, ¿os conviene mi plan?

--¡Sí, sí!

--¡Entonces, señores, adelante!

_(Los romanos se aperciben al ataque; las mujeres a la defensa. En vez

de lindos rostros, no se ven sino uñas agudas, prontas a caer sobre la

cara y los cabellos. Se oyen voces femeninas, parecidas al silbo de la

serpiente. Los romanos operan con arreglo al plan concebido; es decir,

ocultándose uno tras otro. Pero con esta estratagema, en vez de avanzar

retroceden y acaban por desaparecer de escena. Las mujeres sueltan la

carcajada. Los romanos reaparecen, visiblemente confusos.)_

--Creo, Escipión, que hay un defecto en tu plan. Queriendo avanzar,

hemos retrocedido, que diría Sócrates.

EL GRUESO ROMANO.--¡Yo no comprendo!

PABLO EMILIO.--Señores romanos, ¡seamos valerosos! ¿A qué nos exponemos?

¿A uno o dos arañazos? Bien puede arrostrarse tal peligro por apoderarse

de esas divinas criaturas. ¡Adelante, romanos! ¡Al asalto!

_(Todos los romanos--excepto Pablo Emilio, que mira, soñador, al

cielo--se lanzan contra las mujeres, y a los pocos momentos de mudo

combate retroceden a toda prisa. Reina un breve silencio, todos se

tientan las narices.)_

ESCIPIÓN.--¿Habéis notado, señores, que no han dado ni un grito? Es una

mala señal. Prefiero una mujer que grite.

--¿Qué hacer ahora?

--Yo sólo deseo llevar una vida de familia.

--Yo también sueño con un hogar. Sin un hogar, la vida no tiene

atractivos. Hemos trabajado ya bastante, fundando a Roma, y nos hemos

ganado un descanso apacible.

ESCIPIÓN.--Por desgracia, señores, no hay nadie entre nosotros que

conozca bien la psicología femenina. Ocupados en guerrear y en fundar a

Roma, nos hemos embrutecido, hemos perdido la elegancia en el trato

social y hemos olvidado completamente lo que es una mujer.

PABLO EMILIO. _(Con modestia.)_--¡No todos!

ESCIPIÓN.--Y, no obstante, esas mujeres lo son de unos maridos a quienes

pegamos ayer. Eso prueba que existe también un medio de apoderarse de

las mujeres. Por desgracia, no lo conocemos. Es de todo punto necesario

conocerlo. Pero ¿cómo?

EL GRUESO ROMANO.--Hay que preguntárselo a las mismas mujeres.

--No nos lo dirán.

_(Se oye entre las mujeres una risa irónica.)_

--¡Silencio! Nos están oyendo.

ESCIPIÓN.--Tengo un plan.

EL GRUESO ROMANO.--¡Tiene un talento este Escipión!

ESCIPIÓN.--Nuestras lindísimas raptoras--porque parece que no somos

nosotros quienes las hemos raptado, sino todo lo contrario--. Nuestras

lindísimas raptoras, digo, ocupadas en arañarse la cara con sus rosadas

uñas o en tirarnos de los pelos o en hacernos cosquillas, no pueden oír

nuestros argumentos. Y puesto que no pueden oírnos, no podemos

convencerlas. Esto no tiene vuelta de hoja.

_(Los romanos repiten con desesperación y en tono doliente:_ «¡Esto no

tiene vuelta de hoja!» _Las mujeres aguzan el oído.)_

ESCIPIÓN.--He aquí por qué os propongo el plan siguiente: Elijamos entre

nosotros un parlamentario, con arreglo a nuestras costumbres de guerra,

y propongamos a nuestras encantadoras enemigas que hagan lo mismo.

Espero que los representantes de uno y otro campo estarán bajo la

protección de la bandera blanca, en completa seguridad--se tienta las

narices--, y podrán llegar a un _modus vivendi_, para expresarme en buen

latín. Y entonces...

_(Los romanos interrumpen su magnífico discurso con entusiastas_ hurras.

_Por unanimidad se designa como parlamentario a Escipión. Este, con la

bandera blanca en la mano, se adelanta con lentitud hacia las mujeres.

Al mismo tiempo dirige miradas ansiosas atrás y les dice a los otros:_

«¡No os alejéis demasiado!»)

ESCIPIÓN. _(Con acento acariciador.)_--¡Bellas sabinas! Os suplico que

permanezcáis en vuestros sitios. Ya veis que estoy protegido por la

bandera blanca. La bandera blanca es una cosa sagrada, y yo soy también

una persona sagrada, puesto que me encuentro bajo la protección de la

bandera blanca. Os lo aseguro bajo mi palabra de honor. ¡Bellas sabinas!

Aún no hace veinticuatro horas que hemos tenido el gusto de raptaros, y

ya hay entre nosotros discordias y malas inteligencias.

CLEOPATRA.--¡Qué insolente! ¿Os figuráis acaso que por el mero hecho de

enarbolar ese garrote con la rodilla blanca tenéis derecho a decir

porquerías?

ESCIPIÓN. _(Con acento acaramelado.)_--Lejos de mí, señora, la intención

de decir porquerías. Al contrario, soy muy feliz... o, mejor dicho,

somos muy desgraciados... _(Con el valor de la desesperación.)_ ¡Nos

morimos de amor, os lo juro por la cabeza de Hércules! Señora, bien se

ve que tenéis un noble corazón, y me tomo la libertad de pediros un gran

favor. Tened, bellas sabinas, la bondad de elegir entre vosotras una

parlam...

CLEOPATRA.--No os molestéis en repetirlo: hemos oído vuestro genial

proyecto.

ESCIPIÓN.--¿De veras? Y, no obstante, hemos hablado quedísimo.

VOCES FEMENINAS.--¡Os hemos oído, sin embargo!

CLEOPATRA.--Id, con vuestra rodilla blanca, a vuestro puesto, y esperad.

Nosotras vamos a deliberar... ¡Más lejos! ¡Os lo ruego! No queremos que

nos oigáis. ¿Quién es ese papanatas de la boca abierta? _(Señala con el

dedo a Pablo Emilio, que continúa mirando soñadoramente al cielo.)_ ¡Que

se vaya también más lejos!

_(Los romanos, contentos, cuchichean:_ «Esto toma buen cariz», _y

retroceden de puntillas; algunos se tapan honradamente los oídos.)_

CONVERSACION DE LAS SABINAS

--¡Qué insolencia! ¡Qué cobardía! Han abusado de sus fuerzas esos viles

romanos. ¡Oh, nuestros pobres maridos!

--Os lo juro: ¡antes les sacaría los ojos a todos los romanos que serle

infiel a mi pobre marido! Puedes dormir tranquilo, caro amigo mío. ¡Velo

por tu honor!

--¡Yo también lo juro!

--¡Y yo también!

CLEOPATRA.--¡Ah, mis queridas compatriotas! Todas juramos, pero no

adelantamos nada con eso. Estos romanos son tan mal educados y brutales,

que no se puede esperar de ellos que respeten nuestros juramentos. Al

mío le he hecho sangre con los dientes en las narices.

--¿Te acuerdas de él?

CLEOPATRA. _(Con acento de odio.)_--¡No lo olvidaré hasta la tumba! Es

un patán, un bruto. ¡Me estrechaba tan rudamente entre sus brazos!

¡Pobre marido mío!

--A cien kilómetros trasciende su olor a soldados.

--Y todos tienen una manera singular de estrecharnos entre sus brazos.

Debe ser una costumbre nacional.

--Cuando yo era aún muy pequeñita, un soldado estuvo en mi casa y me

dijo...

CLEOPATRA.--Señoras, no tenemos tiempo de entregarnos a los recuerdos.

--Yo sólo quería decir que aquel soldado...

CLEOPATRA.--Juno, pequeña, no podemos ocuparnos de tu soldado; tenemos

ahora otros en que pensar... ¿Qué haremos, pues, queridas amigas? Voy a

proponeros una cosa...

_(En este momento se acerca a las mujeres Verónica, a quien ha

despertado el ruido de las voces. Es una mujer entrada en años y

flaquísima.)_

VERÓNICA. _(Interrumpiendo.)_--¿Dónde están? ¿Por qué se han ido tan

lejos? Quiero que se acerquen. No puedo vivir lejos de ellos. Quisiera

ver al picaruelo que me ha traído en sus brazos. Exhalaba un olor

delicioso a soldado. ¿Dónde está?

CLEOPATRA.--Mírale, con la boca abierta.

VERÓNICA--¡Me voy con él!

CLEOPATRA.--¡Detenedla! ¿Es posible, Verónica, que ya hayas olvidado a

tu pobre marido?

VERÓNICA--Juro amarle eternamente al pobrecito; pero... ¿por qué no

estamos con los romanos? Parecéis turbadas. ¿Qué pasa?... Si no queréis

ir a buscarlos, deben venir ellos aquí. No deben ser orgullosos...

CLEOPATRA.--Bueno, escuchad lo que voy a proponeros, queridas amigas. Lo

primero que os propongo es que juremos no ser nunca infieles a nuestros

pobres mariditos. Que hagan con nosotras lo que quieran: siempre

permaneceremos firmes, como la Roca Tarpeya. Cuando pienso cómo sufrirá

ahora, cómo gritará en vano: «¡Cleopatra! ¿Dónde estás, mi adorada

Cleopatra?» Cuando pienso lo que me quiere...

_(Todas lloran.)_

CLEOPATRA.--Juremos, pues, queridas amigas; están esperando.

--¡Juramos, juramos todas! Pueden hacer con nosotras lo que les dé la

gana; permaneceremos fieles.

CLEOPATRA.--Ahora estoy tranquila por nuestros pobres maridos. ¡Podéis

dormir confiados, caros amigos!... Ahora, queridas compatriotas,

designemos, conforme al deseo de esos odiosos romanos, una

parlamentaria. Irá...

--¡Y les sacará a todos los ojos!

CLEOPATRA.--No; y les dirá a esos cobardes la verdad. Se figuran que no

somos capaces sino de arañarles la cara. Es preciso que vean que también

sabemos hablar.

VERÓNICA. _(Alzando los enjutos ojos.)_--No comprendo de qué podemos

hablar. Es absolutamente inútil, puesto que la fuerza está de su parte.

No tenemos más remedio que someternos.

CLEOPATRA.--¡Detenedla! La fuerza, Verónica, no es el derecho, como

dicen los jurisconsultos romanos. Dejadme a mí hablarle a esas gentes,

y yo les probaré que no tienen ningún derecho a retenernos, que están en

el deber de devolvernos la libertad, que, según todas las leyes divinas

y humanas, han cometido una cochinería.

NUMEROSAS VOCES FEMENINAS.--¡Ve, Cleopatra, ve!

--¡Detened a Verónica!

CLEOPATRA.--¡Eh, el de la rodilla blanca! Venid, tengo que hablaros.

ESCIPIÓN.--¿Queréis que deje mi acero?

CLEOPATRA.--No, no merece la pena; no tenemos miedo de vuestro acero.

Pero acercaos, no temáis; no os morderé. ¡No sois muy valiente que

digamos! Ayer, cuando nos arrancasteis brutalmente de los brazos de

nuestros maridos, no erais tan tímidos... ¡Os digo que os acerquéis!

_(Escipión se acerca lentamente. Los romanos y las sabinas forman dos

grupos simétricos a ambos lados de la escena para seguir la

conversación.)_

ESCIPIÓN.--Me felicito, señora...

CLEOPATRA.--¡Calla! ¿Os felicitáis? Bueno, escuchad lo que voy a

deciros: sois un canalla, un necio, un ladrón, un bandido, un asesino,

un monstruo. ¡Lo que habéis hecho es indigno, innoble, abominable,

repugnante, escandaloso, indecente, inaudito!

ESCIPIÓN.--¡Señora!

CLEOPATRA.--Sí; me sois antipático hasta más no poder, me inspiráis un

disgusto profundo, una repulsión sin límites. Oléis atrozmente a

soldado. Si vuestras narices no estuviesen tan arañadas, ya veríais...

ESCIPIÓN.--¡Perdonad, señora! No ha sido otra que vos la que me las ha

puesto así.

CLEOPATRA.--¿Cómo? ¿Yo? Entonces sois vos quien me ha raptado. _(Le mira

con desprecio.)_ Os ruego que me perdonéis, no os había reconocido.

ESCIPIÓN. _(Con acento alegre.)_--¡Y yo os he reconocido al punto!

Vuestros cabellos huelen a... ¿Cómo se llama eso?

CLEOPATRA.--¡No os importa a lo que huelen mis cabellos! Yo creo que no

huelen mal.

ESCIPIÓN.--Eso es lo que yo digo...

CLEOPATRA.--¡Vuestra opinión me tiene completamente sin cuidado! Y no

hablemos más del asunto. Os ruego, señor, que nos digáis, leal y

francamente, qué queréis de nosotras.

_(Escipión baja modestamente los ojos, y, no pudiendo contenerse, se

ríe, tapándose la boca. Los demás romanos se ríen también. Las mujeres

se indignan mucho.)_

CLEOPATRA.--¡Vaya una respuesta! ¡Es innoble! Os pregunto: ¿Qué queréis

de nosotras? ¿Qué esperáis obtener? Creo que no ignoráis que todas somos

casadas.

ESCIPIÓN.--Sí, señora, lo sabemos; pero... nosotros también tenemos la

intención de pediros en matrimonio.

CLEOPATRA.--¿Pero habláis en serio? ¡Habéis perdido el juicio!

ESCIPIÓN.--Señora, miradnos bien: no se trata de unos _snobs_ de la

avenida Nevsky. Acabamos de fundar a Roma y ardemos en deseos de

consolidar... Procurad comprender nuestra situación, y os apiadaréis de

nosotros. ¿Acaso no os apiadaríais de vuestros maridos si, a lo mejor,

se quedasen solos, sin mujeres? ¡Así estamos nosotros, señora!

EL GRUESO ROMANO.--¡Completamente!

VERÓNICA. _(Enjugándose las lágrimas.)_--¡Pobres hombres! ¡Los

compadezco con toda mi alma!

ESCIPIÓN.--En medio de las batallas, ocupado en la fundación de Roma,

hemos dejado, por decirlo así, escapar el momento favorable para

crearnos una familia... Creednos, señora, compadecemos de todo corazón a

vuestros pobres maridos...

CLEOPATRA. _(Con dignidad.)_--Eso os honra.

ESCIPIÓN.--¿Pero por qué nos han dejado cargar con vosotras?

_(Los romanos le jalean con gritos de_ «¡Bravo, Escipión! ¡Muy bien

dicho!» _Las mujeres se indignan de nuevo. Algunas exclaman:_ «¡Esto es

abominable! ¡Insulta a nuestros maridos! ¡No se puede permitir!»)

CLEOPATRA. _(Con voz seca.)_--Si queréis continuar las negociaciones, os

ruego que habléis con más respeto de nuestros maridos.

ESCIPIÓN.--¡Con mucho gusto! Pero, señora, con todo nuestro respeto, no

podemos menos de confesar que no son dignos de vosotras. Mientras nos

desgarráis el corazón con vuestros atroces sufrimientos; mientras

vuestras lágrimas corren como torrentes que en la primavera se

precipitan de las montañas; mientras hasta las piedras se conmueven y

plañen; mientras vuestras encantadoras narices empiezan a hincharse a

causa del llanto que vertéis...

NUMEROSAS VOCES FEMENINAS.--¡Eso no es verdad!

ESCIPIÓN.--Mientras toda la naturaleza, etcétera, etc., vuestros

maridos, señoras, ¿dónde están? No los veo por ninguna parte. Brillan

por su ausencia. Os han abandonado. Diré más, a riesgo de provocar

vuestras iras: os han hecho traición vilmente.

_(Los romanos adoptan posturas altivas. Entre las mujeres se oyen

suspiros y llantos.)_

PROSERPINA. _(Con acento tranquilo.)_--Verdaderamente, ¿por qué no viene

mi marido? ¡Creo que ya es hora!

CLEOPATRA.--Todo eso está muy bien, señor. Tenéis un pico de oro, sabéis

adoptar elegantes posturas; pero decidme: ¿qué haríais si quisieran

raptarnos durante la noche?

ESCIPIÓN.--Velaremos la noche entera. Además, espero que vosotras no

querréis marcharos.

VERÓNICA.--¿Por qué están tan lejos? ¡Yo quiero que se acerquen!

VOCES FEMENINAS.--¡Por favor, detenedla!

CLEOPATRA.--¡Tiene gracia lo seguro que estáis de vosotros mismos! No

puedo menos de reconocer que manifestáis un gran respeto por nuestros

sufrimientos; pero sois todavía muy joven, y hay cosas que no se os

alcanzan. Así, pues, voy a deciros algo que aniquilará por completo

vuestra argumentación, y que hasta os hará, de fijo, poneros colorado.

¿Qué se hará de los niños, señor?

ESCIPIÓN.--¿Qué niños?

CLEOPATRA.--Pues los que nos hemos dejado en casa.

ESCIPIÓN.--Confieso, señora, que es una cuestión peliaguda. Permitidme

consultar con mis camaradas.

CLEOPATRA.--Hacedlo.

_(Se aleja hacia las mujeres. Los romanos deliberan en voz baja.)_

ESCIPIÓN.--¡Señora!

CLEOPATRA.--Soy toda oídos.

ESCIPIÓN.--Mis camaradas, los señores romanos de la antigüedad, tras una

larga deliberación, me han encargado que os diga que tendréis nuevos

niños.

CLEOPATRA. _(Estupefacta.)_--¿De veras? ¿Creéis?...

ESCIPIÓN.--¡Lo juramos! ¡Juremos todos, señores!

_(Los romanos juran, blandiendo sus aceros.)_

CLEOPATRA.--Pero el sitio no es nada bonito.

ESCIPIÓN. _(Ofendido.)_--¿No os gusta?

CLEOPATRA.--Claro, montañas, hondonadas... En suma, una cosa estúpida.

Esta piedra tan grande, por ejemplo, ¿qué hace aquí? ¡Quitadla!

ESCIPIÓN. _(Aparta la piedra.)_--¡A vuestras órdenes, señora!

CLEOPATRA.--¡Y luego esos árboles! No, esto es muy feo. Me ahogo aquí.

Vos mismo estáis avergonzado, no podéis negarlo. Pero me parece que debo

daros una respuesta.

ESCIPIÓN.--¿Una respuesta?

CLEOPATRA.--¡Claro! ¿No me habéis hecho una pregunta?

ESCIPIÓN.--¿Yo? ¿Qué pregunta? Perdonad, señora, mi razón está un poco

turbada con motivo de todo esto.

CLEOPATRA.--¡Vaya una ocurrencia! ¿Sabéis que eso es ofensivo para mí?

ESCIPIÓN.--¿Para vos?

CLEOPATRA.--¡Naturalmente! Pretendéis haber perdido la razón por mi

causa.

ESCIPIÓN.--¿Yo?

CLEOPATRA.--¡No, que seré yo! Y no perdamos tiempo, voy a consultar a

mis amigas. Calmaos esperándome. ¡Si pudierais veros la cara! La tenéis

cubierta de sudor, como si os hubierais pasado todo el día cargando

piedra. Secaos el sudor. ¿Tenéis pañuelo?

ESCIPIÓN.--Me parece, señora, que estáis burlándoos de mí.

CLEOPATRA.--¿Yo?

ESCIPIÓN.--¡Vaya! Y no puedo permitirlo.

CLEOPATRA.--¿Y qué vais a hacer?

ESCIPIÓN.--Gracias a Dios, no soy todavía vuestro marido para permitiros

burlaros de mí.

CLEOPATRA.--¡Muy bien! ¿Conque os congratuláis de no ser todavía mi

marido? ¡Tiene gracia! ¿Queríais hacernos creer en la sinceridad de

vuestros juramentos? _(Dirigiéndose a las demás mujeres.)_ ¿Oís,

señoras? ¡Se congratulan de no ser nuestros maridos!

ESCIPIÓN.--¡No, no es posible! Es una lógica que no entiendo. Os ruego

que acabéis.

CLEOPATRA.--¿Y si no quiero?

ESCIPIÓN.--Entonces... entonces, ¡podéis largaros!

CLEOPATRA.--¿Cómo?

ESCIPIÓN.--Sí, podéis largaros todas. Id a buscar a vuestros maridos.

Estamos hasta la coronilla. ¡Por la cabeza de Hércules! Si hemos fundado

a Roma, no ha sido para volvernos después locos con vuestra estúpida

argumentación.

CLEOPATRA.--¿Estúpida?

ESCIPIÓN.--¡Idiota, si os parece poco!

CLEOPATRA. _(Llorando.)_--¡Me insultáis!

ESCIPIÓN.--¡Oh, Júpiter! ¡Está llorando! Pero vamos, señora, ¿qué

queréis de mí? No puedo más. Aunque soy un antiguo romano, vais a

hacerme perder el juicio. ¡Cesad de llorar, os lo ruego!

CLEOPATRA.--Entonces, ¿nos dejáis partir? _(Llora con mayor

desconsuelo.)_

ESCIPIÓN.--¡Desde luego! Estáis libres. Id en busca de vuestros maridos.

¿Verdad, señores romanos? ¿Pueden partir?

EL GRUESO ROMANO.--¡Naturalmente! Que se vayan; raptaremos a las mujeres

de los etruscos.

ESCIPIÓN.--¡Qué mujeres, Dios mío! Toda paciencia es poca para

soportarlas.

CLEOPATRA. _(Llorando.)_--¿Palabra de honor?

ESCIPIÓN.--¿Cómo?

CLEOPATRA.--¿Palabra de honor de que nos dejáis irnos?

ESCIPIÓN.--¡Ya lo habéis oído!

CLEOPATRA.--Sí; mas podría ser que no lo dijerais en serio.

ESCIPIÓN.--Completamente en serio.

CLEOPATRA.--Y si nos decidimos a irnos, ¿nos cogeréis de nuevo?

ESCIPIÓN.--¡De ningún modo! ¡Qué pesadez, Dios mío! ¡Marchaos y no

temáis nada!

CLEOPATRA.--Muy bien; ¿pero nos llevaréis en brazos?

ESCIPIÓN.--¿Cómo?

CLEOPATRA.--¿No comprendéis? Pues es muy sencillo: ya que nos habéis

traído aquí, debéis ahora llevarnos junto a nuestros maridos. La

distancia es muy larga, y no podemos ir a pie.

_(Las mujeres prorrumpen en risas sarcásticas. Escipión, ahogándose de

cólera, quiere decir algo; pero se limita a herir furiosamente el suelo

con el pie y se va con sus camaradas. Todos los romanos les vuelven la

espalda a las mujeres, se sientan en el suelo y permanecen en tal guisa

mientras las mujeres deliberan.)_

CLEOPATRA.--¿Habéis oído, queridas amigas? Nos dejan partir.

VERÓNICA.--¡Es terrible!

--¡Nos echan! Es innoble. ¡Raptar a honradas mujeres, trastornarlo todo

a media noche, despertar a los niños, suscitar desórdenes! Y todo,

¿para qué? ¡Para declararnos que no nos necesitan ya!

--¿Y nuestros pobres maridos? ¿A qué santo han sufrido todo eso?

--¡Ya veis, por la noche, cuando todo el mundo está durmiendo!

--¿Conocéis el camino?

--¡Cualquiera lo conoce! ¡Como que no tenía una más ocupación que la de

observar el camino cuando la traían!

--Hay una gran distancia.

--¿Y si se niegan a llevarnos?

VERÓNICA. _(Con voz gemebunda.)_--Se me desgarra el corazón. ¡Pobre

chiquillo mío! Le han obligado a volvernos la espalda. Iré a hablar con

él.

CLEOPATRA.--¡Esperad! ¡Verónica! No se os escapará vuestro chiquillo.

Hay que tomar una resolución.

PROSERPINA.--Por mi parte, es igual que tengamos unos maridos u otros.

Allá se van todos. Estoy segura de que lo primero que se me pedirá es

una buena cena. Hasta me alegraré de tener un nuevo marido; el que tengo

ahora gruñe porque no varío el menú, mientras que el nuevo se chupará

los dedos.

CLEOPATRA.--Decís cosas cínicas, Proserpina. La historia, con ese

motivo, nos condenará.

PROSERPINA.--¿Qué sabe la historia de nuestros negocios? Además, yo me

encuentro aquí divinamente.

CLEOPATRA.--¡Sois incorregible, Proserpina! Tened cuidado, pueden

oírnos. Escuchad, queridas amigas, tengo un plan: podemos partir

inmediatamente en busca de nuestros maridos. ¡Pero el camino es tan

largo y estamos tan cansadas!

--¡Tengo los nervios tan excitados!

--¡Es natural! ¡Hemos pasado una noche tan horrible!

CLEOPATRA.--Por eso os propongo que descansemos aquí un par de días.

Esto no nos comprometerá a nada. Nuestros raptores estarán encantados, y

así les será menos dolorosa la separación. Confieso que el mío me da

lástima; le he puesto perdida la nariz.

--¡Pero nada más que dos días!

--Creo que un solo día bastará para que descansemos. Id a hablar con

ellos, Cleopatra; si no, se dormirán.

CLEOPATRA. _(Volviéndose hacia los romanos.)_--¡Señor!

ESCIPIÓN. _(Sin volver la cabeza.)_--¿En qué puedo serviros?

CLEOPATRA.--Venid un instante.

ESCIPIÓN.--¡A vuestras órdenes, señora! _(Se levanta y se acerca.)_

CLEOPATRA.--Hemos decidido aprovechar vuestra amable proposición, y nos

vamos inmediatamente. ¿No estáis incomodados?

ESCIPIÓN.--No.

CLEOPATRA.--Pero antes de partir quisiéramos descansar un poco. Espero

que nos permitiréis permanecer aquí uno o dos días. Esto, además, nos

gusta mucho.

_(Todos los romanos se levantan precipitadamente.)_

ESCIPIÓN. _(Entusiasmado.)_--¡Querida señora, estoy encantado! Os juro

por la cabeza de Hércules, de Júpiter, de Venus, de Baco, de Afrodita,

que todos nosotros... En fin, ya me comprendéis, ¿verdad? ¡Señores

romanos de la antigüedad, al asalto!

CLEOPATRA.--Ahora iremos a dar un paseíto.

ESCIPIÓN.--¡Todo lo que queráis, señoras! ¡Señores romanos de la

antigüedad, adelante! ¡Un, dos! ¡Un, dos! ¡No todos a una! ¡Cada cual

cuando le toque!

_(Coge a Cleopatra del brazo y se la lleva hacia las montañas. Tras él

marchan los demás romanos, cada cual con su sabina del brazo.)_

--¡Un, dos! ¡Un, dos! ¡En filas apretadas!

_(Pablo Emilio, solo, recorre con gesto desesperado la escena.)_

PABLO EMILIO.--¿Dónde está la mía? ¡Esperad, señores romanos de la

antigüedad! ¡Se me ha perdido! ¿Dónde está?

_(Verónica permanece un poco a distancia, con los ojos bajos, como una

novia. Pablo se dirige a ella.)_

PABLO EMILIO.--Señora, ¿no la habéis visto?

VERÓNICA.--¡Qué bestia eres!

PABLO EMILIO.--¿Yo?

VERÓNICA.--Sí, tú. ¡Eres un bestia!

PABLO EMILIO.--¡Me insultáis, señora!

VERÓNICA.--¡Oh, qué bestia eres! ¿Acaso no ves? ¿Acaso no me reconoces?

¡Oh, querido mío! Hace treinta años que te espero. ¡Aduéñate!

PABLO EMILIO.--¿De qué?

VERÓNICA.--¡Pues de mí! ¡Soy tuya! ¡Dios mío, qué bestia eres!

PABLO EMILIO.--¡Pero ésta no es ella!

VERÓNICA.--Sí, soy ella.

PABLO EMILIO.--¡Ca!

VERÓNICA.-¡Sí!

PABLO EMILIO.--¿Vos? ¿Vos sois la que?...

Los espectros: Novelas breves · 第 8 / 10 段