«¡Vaya una aventura!--se dijo--. Será un milagro que no me resfríe.

Acaso la tuberculosis en perspectiva... Por fortuna, no me han dado

alcance los estudiantes, aunque corrían de lo lindo. Uno no cesaba de

gritar: «¡Alto!» ¡Era terrible!»

Tres estudiantes aparecieron a alguna distancia. Krilov los miró con

ojos espantados y se alejó a toda prisa.

En cuanto llegó, en su carrera, a cierta callejuela angosta y tortuosa,

se detuvo. ¿Iba a huir de todos los estudiantes de la ciudad? Además,

sus perseguidores sólo eran dos.

Volvió sobre sus pasos y no tardó en encontrarse de nuevo en la avenida.

Se sentó en un banco y comenzó a considerar, con sangre fría, la

situación.

«¡Sobre todo, calma!--se dijo--. No hay motivos para alarmarse. ¡Que se

vaya al diablo la muchacha! Tanto peor para ella si me toma por un

espía. ¿Qué me importa a mí? No me conoce, ni los estudiantes tampoco.

Ni siquiera han podido verme la cara, pues me he levantado el cuello del

gabán.»

Se reía ya un poco, regocijado por tal pensamiento, cuando, de súbito,

una idea terrible puso fin a su regocijo.

«Pero ¿y ella? ¡Ella me ha visto! ¡Durante una hora entera ha podido

estudiar mi rostro, y si me encuentra en alguna parte...!»

Se imaginó toda una serie de posibilidades terribles.

Como hombre ilustrado, asistía a la Universidad siempre que se daban en

ella conferencias interesantes, a los teatros, a los museos; y en todas

partes se exponía a toparse con la muchacha, a quien, seguramente,

saldría a acompañar toda una banda de estudiantes de ambos sexos, pues

aquellas muchachas rara vez iban solas, y si le veía...

Krilov se estremeció de pies a cabeza.

Si le veía, se lo señalaría inmediatamente a toda su banda con el dedo,

diciendo en alta voz: «¡Miradle, es un espía!»

«Tendré que dejar de llevar gafas y cortarme la barba--pensó Krilov--.

Si pierdo la vista, ¿qué le vamos a hacer? Además, el médico quizá se

engañe y puede que yo no necesite gafas. En cuanto a la barba...

verdaderamente no me cambiará mucho el quitármela. Más que una barba, es

una perilla insignificante. Ni siquiera se notará que me la he quitado.»

«¡Hasta mi barba crece menos que la de los demás!--pensó con disgusto--.

Pero todo esto son tonterías. Aunque me reconozca, no hay por qué

apurarse. Sería necesario probar que soy espía, probarlo serena,

lógicamente, como se hace con los teoremas.»

Se imaginó una reunión de jóvenes de largos cabellos, ante la que él

demostraba, con voz firme y tranquila, su inocencia. Todo era claro,

convincente. Las frases se seguían en un orden perfecto, como fórmulas

matemáticas unidas por signos de igualdad. «De esta suerte, señores,

podrán ustedes advertir...»

Con una dignidad severa se pone bien las gafas y sonríe despectivamente.

Después reanuda sus pruebas y se percata, con horror, de que la lógica y

las fórmulas exactas están muy a menudo en contradicción con la vida; de

que en la vida hay poca lógica y de que él no encuentra manera de

demostrar que no es espía. Si alguien--la muchacha, por ejemplo--le

acusara de serlo, no habría en su vida nada preciso, claro y convincente

que oponer a la acusación.

El terror invadió su alma. ¿Dónde estaban sus convicciones, su profesión

de fe? Su espíritu hallábase vacío, y no veía nada seguro sobre qué

poder apoyarse para no caer en el fondo de aquel abismo negro,

espantoso.

«Mis convicciones--balbuceó, imaginándose que se encontraba ante los

jueces--. Todo el mundo conoce mis convicciones. Estoy convencido de

que...»

Busca en los repliegues de su memoria algo claro, preciso, fuerte, y no

encuentra nada. ¿Es posible que no tenga ni una convicción seria? «Estoy

convencido, Ivanov, de que usted no ha estudiado su lección de

aritmética.» ¡No, no es eso! Luego recuerda fragmentos de artículos de

periódico, de discursos que ha oído; ¿pero qué piensa él? ¿Cuáles son

sus convicciones? ¡No las tiene! Hablaba y pensaba como hablaban y

pensaban los demás, y encontrar sus propias ideas, sus propias palabras,

era tan imposible como encontrar en un montón de trigo un grano

determinado. Sucede a veces que alguien dice algo fuerte, violento, que

queda grabado en la memoria de los demás, aunque lo diga en estado de

embriaguez o sin reflexionar. No muchos años antes, el maestro de

caligrafía de su colegio, un viejecito modesto y callado, en una comida

en casa del director, como hubiera bebido algo más de lo justo, exclamó

de repente: «¡Insisto en la necesidad de la reforma radical de la

enseñanza!» Naturalmente, aquello provocó un escándalo. Desde entonces

todo el mundo se acordaba de aquel incidente, y en cuanto veía al viejo,

le preguntaba: «Bueno, ¿qué hay de las reformas?» Y todos le

consideraban un hombre muy radical... ¿Y él, Krilov? Cuando bebía una

copa de más, se dormía, o empezaba a llorar y abrazaba a todo el mundo.

Una vez abrazó hasta al criado. Pero aun en estado de embriaguez se

guardaba de decir nada excesivo, y no protestaba contra nada. En fin,

hay hombres que creen en Dios y los hay que no creen. ¿Y él?

«Veamos. ¿Existe Dios? ¿Sí o no? No lo sé, no sé nada. ¿Y yo? ¿Existo

yo?»

Krilov siente un escalofrío: ni siquiera tiene una idea clara de si

existe o no existe. Alguien está sentado en un banco del bulevar y fuma;

¿pero es él, en efecto? Los árboles, la menuda lluvia que cae, los

faroles encendidos, todo es incomprensible, desprovisto de sentido,

misterioso.

Se levantó bruscamente y se fue.

«¡Tonterías! Son los nervios. Además, no se trata de convicciones, sino

de actos. Sí, de actos; eso es lo esencial.»

Y tampoco recordó actos suyos. Era un empleado, un padre de familia;

pero ¿dónde estaban sus actos? ¿Qué había hecho? Buscó en los repliegues

de su memoria, recorrió mentalmente los años pasados, como se recorre

con los dedos el teclado de un piano, y los halló vacíos, desprovistos

de sentido.

«¡Vamos, señorita!--balbuceó con la cabeza baja y gesticulando--. Es

idiota creer que soy un espía. ¿Yo espía? ¡Qué insensatez! Voy a

demostrárselo a usted. Mire usted, yo soy...»

Después, el vacío, la nada. ¿Qué podía decir en su favor? En su mundo se

le consideraba un hombre inteligente, bueno, justo, y probablemente

había motivos para ello.

No hacía mucho tiempo le había comprado un corte de traje a su suegra, y

su mujer le había dicho: «¡Eres demasiado bueno!» Pero ¿aquello probaba

algo? Los espías también podían ser obsequiosos con sus suegras...

Sin darse cuenta, Krilov, automáticamente, volvió a la casa donde había

entrado la estudianta, y ni aun lo advirtió. Sólo sabía que era tarde,

que estaba rendido y que tenía ganas de llorar, como un colegial

castigado. Luego alzó los ojos, miró la casa y la reconoció.

«¡Sí, es la maldita casa! ¡Qué aspecto más desagradable!»

Se alejó con paso rápido, como de una bomba de dinamita, y poco después

se detuvo y comenzó de nuevo a reflexionar.

«Lo mejor sería escribirle a esa muchacha. Naturalmente, sin firmar. En

esta forma, por ejemplo: «Señorita, un hombre a quien ha tomado usted

por un espía...» Y seguir así, punto por punto. Sería tonta si no me

creyese.»

Volvió sobre sus pasos, llegó a la casa y, tras una corta vacilación,

abrió con trabajo la puerta. Entró, con gesto decidido y severo. En el

umbral de su habitáculo apareció el portero, sonriendo cortésmente.

--Escuche usted, amigo mío... Una joven estudianta acaba de entrar. ¿En

qué piso vive?

--¿Por qué le interesa a usted?

Krilov le miró de un modo significativo a través de sus gafas, y el

portero comprendió en seguida; hizo con la cabeza un signo que daba a

entender que adivinaba lo que llevaba allí a Krilov y le tendió la mano.

--¡Qué confianzudo!--se dijo Krilov; pero estrechó con fuerza la mano

dura e inflexible como una plancha.

--¡Entremos en mi casa!--invitó el portero.

--¿Para qué? Yo sólo quería...

Al ver que el portero entraba ya en su habitación, Krilov, apretando los

dientes de rabia, le siguió dócilmente.

«¡También me ha tomado por un espía este canalla!»

El habitáculo era reducidísimo. Sólo había en él una silla, en la que se

sentó el portero, sin ceremonia.

«¡Qué indecente! Ni siquiera me invita a sentarme!», pensó Krilov.

El portero le examinó, con mucha calma, de pies a cabeza, con una mirada

indiferente e insolente a la vez, y, tras un corto silencio, dijo:

--Anteayer vino también uno de ustedes... Uno rubio, con grandes

bigotes. ¿Le conoce usted?

--¿No he de conocerle?... Rubísimo.

--Hay muchos como usted... que recorren las calles...

--¡Escuche!--protestó Krilov--. Todo eso me tiene sin cuidado. Sólo

vengo...

El portero no hizo caso de sus palabras y continuó:

--¿Cuánto cobra usted al mes? El rubio me dijo que cincuenta rublos. No

es mucho.

--¡Doscientos!--dijo Krilov, observando con una alegría maligna que el

rostro del portero expresaba casi el entusiasmo.

--¡Oh, doscientos! Eso es otra cosa... ¿Quiere usted un cigarrillo?

Krilov aceptó con reconocimiento el cigarrillo que le tendía el portero,

y echó de menos su pitillera japonesa, su gabinete de trabajo, los

cuadernos azules de los colegiales que él debía corregir y que le

parecían ahora tan gratos al alma.

Encendió el cigarrillo y casi sintió náuseas: el tabaco era

desagradable, mal oliente. «Un verdadero tabaco de espía»--se dijo

Krilov.

--¿Les pegan a ustedes con frecuencia?--preguntó el portero.

--Pero escuche...

--El rubio asegura que nunca le han pegado, y yo no lo creo. Es

imposible que no les peguen a ustedes. Como no les rompen ningún hueso,

no tiene importancia. Por doscientos rublos al mes, bien puede uno

resignarse a eso. ¿Verdad?

El portero le miraba sonriendo amistosamente.

--Yo quería...--comenzó Krilov; pero el otro le interrumpió de nuevo:

--Naturalmente, no hay que tener pelo de tonto en su oficio de ustedes,

y, además, es preciso que en la fisonomía no haya nada de extraordinario

que llame la atención. He visto a un colega de usted en extremo

desfigurado, con un ojo de menos...

--¡Vamos, vamos!--exclamó Krilov--. No tengo tiempo que perder. No me ha

respondido usted aún.

Abandonando, con un disgusto manifiesto, aquel interesante tema, el

portero preguntó cómo era la muchacha a quien se refería. Cuando el otro

le hubo hecho una descripción de su exterior, dijo:

--Ya caigo. Es la señorita Ivanov. Viene a ver a sus amigos del tercero

derecho... No deben tirarse las colillas al suelo; ¡no las barrerás tú

después!

Cuando Krilov salía ya, oyó al portero despedirle con estas palabras:

--¡Atajo de gandules!

«¡Canalla!»--contestó mentalmente Krilov, acelerando el paso y buscando

con la vista un coche. ¡En seguida, a casa! De pronto recordó que tenía

su diario, y que en tal diario había escrito en cierta ocasión--hacía

mucho tiempo, cuando era aún estudiante--algo muy radical, atrevido y

bello. Con todo lujo de detalles acudió a su imaginación aquella velada

inolvidable, y pensó en su cuartito, en el tabaco esparcido sobre la

mesa, en el orgullo y el entusiasmo con que escribió aquellas líneas

firmes y enérgicas... No tenía mas que arrancar las páginas y

enviárselas a la muchacha. Ella las leería, y lo comprendería todo;

pues, al fin, era una señorita inteligente y de corazón noble. ¡Al cabo

había dado con la solución! ¡A casa en seguida! Además, tenía un hambre

horrible...

Le abrió la puerta su mujer.

--¿Dónde has estado?--le preguntó llena de angustia--. ¿Qué te pasa?

Quitándose precipitadamente el gabán, el profesor dijo con cólera:

--Es un fastidio: la casa está llena de gente, y no hay nadie que me

cosa el botón del abrigo.

Y se dirigió a su gabinete.

--¡Pero ven a comer!--le dijo su mujer.

--¡Déjame tranquilo! No me sigas.

Una vez solo, se puso a registrar con mano febril su biblioteca. Había

en ella numerosos libros y papeles; pero el diario no parecía. Como

tropezase con un paquete de cuadernos de sus discípulos, lo rechazó

indignado. Sentado en el suelo, buscaba nerviosamente en el cajón

inferior del armario, lanzando suspiros de desesperación. ¡Por fin!

¡Allí estaba su diario! Un cuaderno azul, de escritura vacilante,

ingenua... Algunas flores secas dentro, un ligero perfume... ¡Dios mío,

qué joven era entonces!

Se sentó junto a la mesa y empezó a hojear el diario, sin encontrar lo

que buscaba. Observó que algunas páginas estaban arrancadas. De pronto,

se acordó. Hacía cinco años, con motivo de un registro practicado por la

policía en casa de un colega suyo, se había asustado tanto que había

arrancado de su diario las páginas comprometedoras y las había quemado.

Asunto concluido; no había ya para qué buscar.

La cabeza baja, el rostro oculto entre las manos, permaneció inmóvil

largo rato ante su diario devastado. La habitación estaba mal alumbrada

por una bujía--no había tenido tiempo de encender la lámpara--y llena de

sombras negras, inquietantes. En las habitaciones próximas jugaban los

niños, gritando y riendo. Se oía el ruido de los platos en el comedor,

donde hablaban, iban y venían; pero allí, en su gabinete, todo estaba en

silencio como en un cementerio. Si un pintor hubiera visto aquel

aposento obscuro y triste, con el montón de libros y de cuadernos por el

suelo, con aquel hombre inclinado sobre la mesa, dolorosamente

cabizbajo, hubiese pintado un cuadro titulado «A punto de suicidarse».

«Las páginas ardieron--pensó con dolor Krilov--; pero puedo acordarme de

su contenido. Lo escrito en ellas existe; sólo necesito recordarlo.»

Y lo intentó, sin encontrar en su memoria sino detalles insignificantes:

la forma de las páginas arrancadas, la escritura, hasta los puntos y las

comas. Lo esencial, lo principal, se había perdido para siempre y no

resucitaría ya. Había vivido, y a la sazón ya no existía, como vive y

muere todo sobre la tierra. Las bellas palabras habían desaparecido en

el desierto vacío, infinito, y nadie las conocía, nadie las recordaba,

en ningún corazón habían dejado huella alguna. Era inútil llorar,

implorar, suplicar de rodillas, amenazar, enfurecerse; con ello nada

lograría. El vacío infinito permanecería mudo, impasible, pues no

devuelve nunca nada de lo que devora. Nunca, ni lágrimas ni súplicas,

han podido tornar a la vida lo que ha muerto. No hay perdón, no hay

remedio; tal es la ley cruel de la vida. Sí, aquello había muerto. El

mismo había sido su asesino. Con sus propias manos había quemado las

mejores flores que se habían abierto, en una noche santa, en su alma

mísera y estéril. ¡Pobres flores perdidas! No tenían quizá la fuerza de

una idea creadora; pero eran, con todo, lo más exquisito de su alma.

Entonces no existían ya, y no se abrirían ya nunca. No hay perdón, no

hay remedio; tal es la ley cruel de la vida.

No podía continuar solo.

--¡Macha!--gritó a su mujer.

Acudió inmediatamente. Su faz era redonda y bondadosa; su cabello,

descuidado, tenía un color impreciso. Llevaba en la mano un traje de

niño, que ella confeccionaba.

--Bueno, ¿vas a comer? Voy a decir que calienten la comida; todo está

frío.

--No, espera... Tengo que hablarte.

Macha manifestó inquietud; puso sobre la mesa su labor y miró fijamente

a su esposo. Este volvió los ojos.

--¡Siéntate!--dijo.

Ella se sentó, arregló su ropa, y con las manos sobre las rodillas se

dispuso a escuchar. Como ocurría siempre, desde su infancia, cuando

tenía que escuchar algo, puso al punto una cara estúpida.

--¡Te escucho!

Pero el profesor no decía palabra, y miraba con extrañeza el rostro de

su mujer. Le parecía, en aquel instante, por completo desconocido, como

el de un nuevo alumno que asistiese por primera vez a su clase. Se le

antojaba absurdo que aquella mujer fuera su esposa. Una idea nueva,

súbita, turbó su cerebro trastornado. En voz baja, murmurando, dijo:

--¿No sabes, Macha? ¡Soy un espía!

--¿Cómo?

--Soy un espía. ¿Comprendes?

Ella se quedó inerte en su asiento, y, con un gesto desesperado,

exclamó:

--¡Ya me lo sospechaba! Lo había adivinado hace tiempo. ¡Dios mío, qué

desgraciada soy!

Krilov se levantó de un salto, se acercó a ella y se puso a agitar

furiosamente el puño cerrado ante su rostro, conteniendo a malas penas

su deseo de golpearla.

--¡Qué bestia eres! ¡Qué idiota!--exclamó con voz tan furiosa que un

silencio de muerte reinó en seguida en las habitaciones próximas--. ¿Lo

crees, pues? ¿Lo creías hace mucho tiempo? ¿Es posible? Después de doce

años que vivimos juntos... ¡Doce años! Y es mi mujer, la compañera de

mi vida, a quien se lo doy todo... mis pensamientos, mi dinero...

Luego volvió la espalda y empezó a llorar. Ella no comprendía por qué

lloraba: si por ser espía, en efecto, o por no serlo. Tuvo piedad de él.

Se sintió, al mismo tiempo, ofendida por sus palabras, y empezó a llorar

a su vez.

--Siempre lo mismo--dijo lloriqueando--. Siempre soy yo la culpable.

¿Para qué casarse con una idiota?

Krilov se volvió hacia ella y, airadísimo, balbuceó:

--¡Dios mío! ¡Doce años! Si mi mujer puede creer que soy en realidad

espía... ¡Qué estúpida eres! ¡Qué idiota!

--Vamos, ¿quieres acabar con tus insultos?--protestó ella--. ¡Tú haces

las porquerías, y luego soy yo la responsable!

Krilov se puso aún más furioso.

--¿Qué porquerías? ¿Crees que soy espía, pues? Di: ¿soy espía, o no lo

soy?

--¿Como quieres que yo lo sepa? ¡Puede que sí!

Rabiosos, locos de odio y de cólera, los dos desgraciados siguieron

cambiando durante largo rato insultos, llorando, gritando, jurando. Al

fin, cansados, postradísimos, olvidada la ruda querella que acababa de

tener lugar entre ellos, se sentaron uno junto a otro y comenzaron a

hablar tranquilamente. Los niños se pusieron de nuevo a jugar y a hacer

ruido en la habitación próxima. Confuso, evitando algunos detalles,

Krilov refirió a su mujer su aventura con la joven estudianta, y

manifestó sus temores de que la muchacha pudiera encontrárselo por

casualidad.

--¿No es más que eso, pues?--gritó Macha tranquilizada--. ¡Y yo que me

había figurado cosas terribles! No hay por qué atormentarse; no tienes

más que afeitarte la barba y quitarte las gafas para que no te

reconozca. Durante las clases puedes tener las gafas puestas.

--Sí, pero... eso no me cambiará mucho. Si al menos yo tuviese una buena

barba... como los demás...

--No digas tonterías; tu barba es admirable. Lo he dicho siempre y lo

repito.

El profesor experimentó un gran alivio. Abrazó a su mujer y le hizo

cosquillas con la barba detrás de la oreja. A media noche, cuando Macha

se fue a la cama y el silencio reinó en la casa, llevó a su gabinete un

espejo y agua caliente, y empezó a afeitarse. Además de la lámpara se

vio obligado a encender dos bujías; tanta luz le molestaba un poco.

Habiéndose afeitado un lado de la barba, se miró fijamente a los ojos y

se detuvo como paralizado. «¡Mira cómo eres!», se dijo como si mirase a

otra persona.

Verdaderamente no era guapo; su rostro estaba envejecido, mustio, lleno

de arrugas; sus ojos no tenían brillo; las gafas le habían dejado una

señal roja en lo alto de la nariz. Había en su fisonomía un no sé qué de

gris, de muerto, como si no fuera la de un hombre vivo, sino la

mascarilla de un cadáver. No parecía ni un espía ni uno de los que los

espías se dedican a perseguir.

--¡Mira cómo eres!--balbuceó Krilov.

¿Por qué tenía aquella cara estúpida? ¿Quién se había atrevido a

dársela?

Una gruesa lágrima cayó de sus ojos. Apretando los dientes, se afeitó la

otra mitad de la barba, y, tras una corta vacilación, se afeitó también

el bigote. Mirose de nuevo al espejo. Al día siguiente todos se reirían

al verle así. Y, sin embargo, en otro tiempo era muy otra aquella cara.

Con gesto decisivo, asió fuertemente la navaja, echó atrás la cabeza y,

con suavidad, se pasó dos veces por la garganta el contrafilo de la

hoja. No hubiera estado mal degollarse; pero no pudo.

--¡Cobarde! ¡Canalla!--dijo en alta voz y tono indiferente.

Su rostro en el espejo, aunque movió los labios, permaneció gris,

muerto. Podía ser golpeado, escupido; permanecería siempre igual;

guiñaría los ojos con mayor ligereza, y nada más.

Al día siguiente, todos se reirían de aquella cara: los colegas, los

discípulos, los porteros. Su mujer se reiría también.

Hubiera querido encolerizarse, llorar, romper el espejo, hacer algo

violento; pero su alma estaba vacía, sin vida. Sólo deseaba una cosa:

dormir. «Como he respirado demasiado tiempo el aire frío...», se dijo,

bostezando. El otro, en el espejo, también bostezó.

Guardó la navaja, apagó la lámpara y las velas y se dirigió a la alcoba.

No tardó en dormirse, hundida en la almohada la faz, aquella pobre faz,

que al día siguiente haría reír a todos: a sus colegas, a sus

discípulos, a su mujer y a él mismo.

LAS BELLAS SABINAS*

*N. del T.--Esta comedia es una sátira escrita contra el partido

político ruso de los «cadetes» (constitucionalistas-demócratas), cuya

acción se caracteriza por la indecisión, la falta de audacia y la

prudencia exagerada, rayana en lo ridículo. En vez de luchar

abiertamente por la libertad del pueblo, apelaban al buen sentido del

gobierno, invocaban razones jurídicas y humanitarias, se conducían, en

fin, como los «sabinos», tan magistralmente pintados por Andreiev en

esta piececita.

CUADRO PRIMERO

_Un lugar salvaje, completamente inculto. Comienza a despuntar el

día. Romanos armados salen de detrás de la montaña, arrastrando a

las sabinas robadas, bellas mujeres, medio desnudas, que se

resisten, gritan, muerden las manos de sus raptores. Sólo hay una

que permanece del todo tranquila, y se diría que duerme en los

brazos del romano que la lleva. Lanzando exclamaciones de dolor,

los romanos dejan en tierra a las sabinas y se apresuran a

apartarse, ahogados de fatiga. Las mujeres poco a poco se calman,

miran desde lejos con desconfianza a los romanos y cambian en voz

baja impresiones._

CONVERSACION DE LOS ROMANOS

--¡Por la cabeza de Hércules! Estoy cubierto de sudor y parezco una rata

de río. Creo que la mía lo menos pesa doscientos kilos.

--Has hecho mal en coger a una mujer tan gorda. Yo he cogido una

pequeñita, delgada, y...

--Sí; pero, con todo, veo que tiene buenas garras. Llevas en el rostro

señales abundantes.

--¡Tiene garras de gata!

--Todas parecen gatas. He tomado parte en cien batallas; he recibido

sablazos, bastonazos, pedradas, hasta murallazos, y nunca he pasado un

rato tan malo. Sospecho que ha desfigurado mi bella nariz romana.

--Y a mí, si no fuera afeitado completamente, como cuadra a un romano de

la antigüedad, me hubiera arrancado hasta el último pelo. Esas mujeres

tienen unos deditos encantadores, con unas uñas finísimas. Las comparáis

con las gatas, y las gatas son ángeles comparadas con ellas. La mía ha

venido arrancándome concienzudamente, durante todo el camino, el vello

del labio superior. Estaba tan absorta en este trabajo, que ni siquiera

gritaba.

UN GRUESO ROMANO. _(Con voz de bajo profundo.)_--La mía, metiendo las

manos por debajo de mi armadura, me hacía cosquillas. He venido todo el

camino riéndome como un loco.

_(Las sabinas, al oír esto, prorrumpen en una risita llena de ironía

mordaz y venenosa.)_

--¡Silencio, nos están oyendo! Señores, dejad vuestras quejas; de lo

contrario, perderemos su estimación. Mirad a Pablo Emilio: ahí tenéis un

hombre que sabe conducirse con dignidad.

--Sí, está reluciente como la aurora.

--¡Por la cabeza de Hércules! No tiene ni un solo arañazo en la cara.

¿Cómo es eso, Pablo?

PABLO EMILIO. _(Con afectada modestia.)_--No sé. Desde el primer momento

sintió por mí un profundo afecto, como si yo fuera su marido. Cuando

cargué con ella, pareció sentirse muy feliz, y se abrazó a mi cuello con

tanta fuerza, que por poco me ahoga. Tiene las manos finas, pero

extremadamente fuertes.

--¡Vaya una suerte!

--Y, sin embargo, es bien sencillo. Su corazón inocente y confiado le

dijo que yo la amaba y la estimaba sinceramente. Casi todo el camino ha

venido durmiendo en mis brazos como un niño.

EL GRUESO ROMANO.--Pero decid, señores romanos: ¿cómo podrá ahora cada

uno de nosotros reconocer a la suya? Las hemos robado en las tinieblas,

como a las gallinas de un corral.

_(Las mujeres prorrumpen en exclamaciones de enojo. Se oye una voz que

grita:_ «¡Qué comparación más indecente!»)

--¡Silencio! Nos oyen.

EL GRUESO ROMANO. _(Con voz ahogada.)_--Yo me pregunto cómo podremos

reconocerlas. La mía era muy alegre, y no se la cederé a nadie. ¡Eso no!

--¡Tonterías!

--Yo reconoceré a la mía por la voz: creo que no olvidaré sus gritos

hasta el nacimiento de Jesucristo.

Los espectros: Novelas breves · 第 7 / 10 段