_(Se sienta en el suelo y llora.)_

VERÓNICA.--Escucha, todos se han ido ya; me da vergüenza estar aquí

sola. ¡Vamos!

PABLO EMILIO.--No sois vos.

VERÓNICA.--¿No te digo que sí soy yo? ¡Caramba! Mi marido repite desde

hace treinta años que no soy yo. ¡Y ahora éste también! ¡Dame la mano!

PABLO EMILIO. _(Aterrorizado.)_--¡No, no sois vos! ¡Socorro! ¡Socorro!

¡Me rapta!

TELÓN

CUADRO SEGUNDO

_Un cuadro extremadamente triste, que dé idea de la situación

trágica de los maridos despojados. Es muy posible que llueva, que

haga mucho viento, que las nubes negras encapoten el cielo; pero no

es menos posible que todo esto no sea sino imaginación. De un modo

o de otro, el paisaje debe corresponder al trágico estado de alma

de los pobres maridos._

_A ambos lados de la escena, los sabinos, en dos grupos simétricos,

se dedican a la gimnástica. Mientras hacen ejercicios variados,

murmuran:_ «Quince minutos de ejercicio diarios, y estaréis como

una manzana.» _En medio, en un largo banco, están sentados los

maridos con hijos, y cada uno tiene un niño en brazos. Están

tristemente cabizbajos, y todo en su actitud manifiesta una

desesperación estilizada._

_Durante largo rato no se oye sino el cuchicheo de los gimnastas;_

«Quince minutos de ejercicio diarios», _etc._

_Entra Anco Marcio, enseñando una carta._

MARCIO.--¡He aquí la dirección, señores sabinos! Hemos recibido la

dirección de nuestras mujeres. ¡La dirección, señores, la dirección!

VOCES AHOGADAS.--¡Escuchad, escuchad! Se ha recibido la dirección.

_(Marcio saca del bolsillo una campanilla y la agita.)_

--¡Silencio, señores, silencio!

MARCIO.--¡Señores sabinos! La historia no podrá reprocharnos ni la

lentitud ni la indecisión. Ni lentitud ni indecisión entran en el

carácter de los sabinos, a cuyo temperamento arrebatado, impulsivo,

apenas ponen coto la experiencia y la prudencia. ¿Recordáis, maridos

despojados, adónde fuimos a parar la mañana memorable que siguió a la

terrible noche durante la cual esos bandidos robaron, de una manera

abominable, a nuestras desgraciadas mujeres? ¿Recordáis adónde nos

llevaron nuestras piernas veloces, devorando el espacio, apartando todos

los obstáculos y alborotando toda la región? ¿Recordáis? _(Los sabinos

guardan silencio.)_ ¡Vamos, señores sabinos, un pequeño esfuerzo de

memoria!

UNA VOZ TÍMIDA.--¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?

_(Los sabinos siguen silenciosos y pendientes de los labios de Marcio.)_

MARCIO. _(Con énfasis.)_--Bueno, voy a refrescar vuestra memoria:

corrimos a la agencia de informaciones para enterarnos de dónde se

hallaban nuestras mujeres. Por desgracia, esta institución arcaica no lo

sabía aún, y nos dio... la antigua dirección de aquéllas. Y durante una

semana entera la agencia estuvo dándonos, como si se burlase de

nosotros, la misma antigua dirección. Al fin nos dio este terrible

informe: «Partieron sin dejar señas.» Pero no quedamos contentos con

esta gestión. ¿Recordáis, señores sabinos, lo que hicimos por añadidura?

_(Los sabinos guardan silencio.)_ He aquí una exposición sucinta, pero

elocuente, de lo que hemos hecho en los diez y ocho meses que han

transcurrido desde la desaparición de nuestras pobres mujeres: hemos

publicado anuncios en los periódicos, prometiendo una recompensa a quien

nos indique dónde se encuentran; hemos consultado a los astrólogos, que

han tratado noches y noches, contemplando los astros, de encontrar la

dirección apetecida...

--¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?

MARCIO. _(Dirigiendo una mirada de reproche al que le ha

interrumpido.)_--Hemos matado millares de gallinas, patos y gansos para

examinar sus entrañas y adivinar así la ansiada dirección. Todos

nuestros esfuerzos han sido vanos. Los dioses todopoderosos no han

querido coronarlos de éxito. Las estrellas a que nos hemos dirigido sólo

nos han contestado una cosa: «Partieron sin dejar señas.» ¡Sí, sin dejar

señas! _(Los sabinos lloran.)_

--¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?

MARCIO.--Sí, señores sabinos, es una respuesta bien extraña por parte de

los astros. Pero continúo con orgullo la exposición de lo que hemos

hecho. ¿Recordáis, señores sabinos, en qué se hallaban ocupados nuestros

sabios juristas mientras los astrólogos consultaban las estrellas? _(Los

sabinos guardan silencio.)_ ¡Vamos, un pequeño esfuerzo de memoria! En

estas condiciones, es difícil hablar. Estáis ahí como estatuas, sin

decir esta boca es mía. ¡Bueno, recordad, os lo ruego!

--¡Proserpinita querida!

MARCIO.--¡Dejadnos en paz con vuestra Proserpina! Bueno, señores

sabinos, voy a ayudaros a recordar. Decidme, ¿para qué os dedicáis a la

gimnástica?

UNA VOZ TÍMIDA EN EL FONDO.--Para tener los músculos fuertes.

MARCIO.--¡Muy bien! ¿Y para qué necesitamos tener los músculos fuertes?

¡Responded!

OTRA VOZ TÍMIDA.--Para pegarnos.

MARCIO.--_(Levantando con desesperación los brazos al cielo.)_--¡Oh,

dioses! ¡Para pegarnos! ¿Y quién dice eso? Un sabino, un amigo de las

leyes, un puntal del orden, un modelo, único en el mundo, de lealtad. Me

dan vergüenza las palabras que acaban de ser pronunciadas. Cuadrarían en

boca de un bandido romano que roba las mujeres ajenas.

--Proserpinita...

MARCIO.--¿Queréis no fastidiarnos más con vuestra Proserpina? Se trata

aquí de una cuestión de principios... Veo, señores, que la espantosa

pérdida ha eclipsado vuestra memoria, y voy a refrescar vuestros

recuerdos. Tenemos necesidad de músculos fuertes para poder llevar, el

día en que al fin conozcamos la dirección de nuestras mujeres y de sus

raptores, los pesadísimos volúmenes del código civil, las colecciones de

las leyes y las resoluciones del Senado, así como los cuatrocientos

tomos escritos con motivo de nuestro asunto por los sabios juristas, en

los que se prueba, con una claridad meridiana, la ilegalidad del acto

que los romanos cometieron. No echéis en olvido, señores sabinos, que

nuestra única arma es la ley, nuestro derecho y nuestra conciencia

tranquila. Demostraremos a los romanos, sin que haya lugar a duda

alguna, que son unos raptores, y a nuestras pobres mujeres, que fueron

raptadas de un modo por completo ilegal. Hasta el Cielo se estremecerá

de indignación. Y--¡congratulaos, señores sabinos!--ahora, por fin,

podemos acometer nuestra gran empresa, porque tenemos la dirección

exacta. ¡Miradla!

_(Blande la carta. Los sabinos se empinan sobre las puntas de los pies

para ver mejor.)_

MARCIO.--¡Miradla! Una carta certificada que firma «Un raptor

arrepentido». El autor dice en ella que tiene remordimientos de

conciencia por su mala acción; jura que no raptará ya más mujeres, y

pide perdón humildemente. La firma no es legible; sobre ella hay una

gran mancha, que proviene, sin duda, de las lágrimas derramadas sobre el

papel por el autor arrepentido. Entre otras cosas, escribe que nuestras

pobres mujeres tienen destrozado el corazón.

--¡Proserpinita querida!

MARCIO.--¡Pero escuchadme! ¡Me interrumpís a cada palabra con vuestros

lamentos! Haceos cargo de que vuestra Proserpina es cosa secundaria

cuando se trata del triunfo del derecho. Mientras, los demás nos

disponemos a la gran batalla en pro del derecho y la justicia--batalla

en que acaso perdamos la vida--, vos sólo pensáis en vuestra Proserpina.

En nombre de la honorable asamblea, condeno vuestra conducta... ¡Bueno,

señores, preparémonos! ¡Acatad mis órdenes! ¡Alineaos en filas

regulares! ¡Pero más aprisa, vamos! ¡Eh, cuidado, os dicen que os

volváis a la derecha y os volvéis a la izquierda! Y ya es hora de que

distingamos entre la izquierda y la derecha.

_(Coge por un hombro al sabino que se ha equivocado y empieza a

enseñarle.)_

MARCIO.--Para saber dónde está la derecha, volved la cara al Norte... O

no, la cara al Sur y la espalda al Este. ¡Así no! ¡Lo hacéis

precisamente al revés! ¡Qué fastidio! Seguid a vuestros vecinos...

Ahora, señores, si alguno de vosotros lleva cortaplumas, que lo tire.

Los mondadientes también. Nada que pueda suscitar ideas de violencia.

¡Ningún arma contundente ni cortante! Nuestra arma es el derecho y la

conciencia pura. Ahora, que cada uno tome un volumen de leyes y otro de

estudios jurídicos. ¡Así! ¡Las trompetas al frente! Tocad la marcha de

los maridos despojados. ¡Adelante! Pero no olvidéis cómo hay que

avanzar. ¿Lo habéis olvidado?

_(Los sabinos no responden.)_

MARCIO.--Bueno, os lo recordaré: dos pasos al frente y un paso atrás.

Dos pasos al frente y un paso atrás. Con los dos primeros pasos

expresamos nuestra firme voluntad, el ardor arrebatado de nuestras

almas, el deseo irresistible de dar cima a nuestra empresa; mientras que

el paso atrás manifiesta nuestra sensatez y nuestra prudencia. Al darlo,

damos, por decirlo así, prueba de nuestra lealtad, de nuestro propósito

de obrar con moderación. La historia, señores, no conoce saltos. Y no

hay que olvidar que en este momento la historia, esa justiciera

implacable, está personificada en nosotros. Tocad la marcha.

_(Las trompetas empiezan a tocar, ora en tono mayor y solemne, ora

lanzando quejas y gemidos. Los sabinos avanzan del modo indicado por

Marcio: dos pasos al frente, un paso atrás. De esta suerte atraviesan

lentamente la escena y desaparecen entre bastidores. Se sigue oyendo

largo rato los acordes de la marcha lúgubre.)_

TELÓN

CUADRO TERCERO

_La escena del primer cuadro. El aspecto es ya menos inculto. Ante

una de las chozas hállase, en pie, el romano Escipión en una

postura perezosa. Sale de entre bastidores el ejército sabino, que

avanza gravemente, dos pasos al frente, un paso atrás. Al advertir

su presencia, el romano se anima un poco y los mira con curiosidad;

pero la monotonía de su marcha le cansa; empieza a bostezar, se

despereza y se sienta, flemático, en una piedra._

_A una señal de Anco Marcio, las trompetas cesan de tocar._

MARCIO. _(Gritando con desesperación.)_--¡Alto, señores sabinos! ¿Os

detenéis o no?

_(Se detienen bruscamente.)_

MARCIO.--¿Os detenéis o no? ¡Dios mío, no es fácil atajar un torrente

que se precipita hacia el mar! ¡Al fin os habéis detenido! Ahora,

obedeced. ¡Atrás los trompetas! ¡Adelante los profesores! Los demás que

sigan en su lugar, sin moverse.

_(Los trompetas retroceden. Los profesores avanzan. Los demás se quedan

como paralizados.)_

MARCIO.--¡Señores profesores, preparaos!

_(Los profesores arman unos pupitres portátiles, y sobre cada uno de

ellos colocan un grueso volumen; todos a la vez abren su libro

respectivo ruidosamente, lo que produce la impresión del disparo de una

batería. Escipión se anima de nuevo y contempla con curiosidad todos

estos preparativos.)_

ESCIPIÓN.--¿De qué se trata, señores? ¿Podría yo quizá seros útil? Pero

si se trata de un circo, debo advertiros que el coliseo no está

terminado todavía.

MARCIO. _(Con frialdad.)_--¡Cállate, innoble raptor! _(Dirigiéndose a

los suyos.)_ ¡Al cabo, señores sabinos, estamos a punto de conseguir el

objeto que perseguimos! Tras nosotros queda un largo camino de

privaciones, de hambre, de soledad; ante nosotros se presenta una

batalla única en la historia humana. Animaos, dominaos, calmaos;

contened la cólera sagrada que rebosa en vuestros corazones y esperad

tranquilos el fatal desenlace. ¿Recordáis lo que os ha traído aquí?

_(Los sabinos guardan silencio.)_

MARCIO.--¡Recordadlo! Creo que no ha sido por dar un paseo por lo que

hemos venido con esos pesados libros. ¿Con qué objeto hemos venido aquí?

¡Decidlo!

ESCIPIÓN.--¡Verdaderamente, señores, debéis responder cuando se os

pregunta!

MARCIO. _(A Escipión.)_--¡Figuraos que no he podido, en todo el camino,

sacarles una sola palabra!

ESCIPIÓN.--¿Es posible?

MARCIO.--¡Palabra de honor! Toda paciencia es poca para aguantar a estos

imbéciles. Parecen mudos.

ESCIPIÓN.--Os compadezco de todo corazón.

UNA VOZ.--¡Proserpinita mía! ¿Dónde estás?

MARCIO. _(Con nerviosidad.)_--¡Silencio! En seguida vamos a reclamar la

devolución de nuestras mujeres, y guay de los raptores si su conciencia

no ha empezado ya a remorderlos. ¡Les impondremos el respeto a la ley!

¡Eh, tú, raptor innoble! ¡Llama a tus innobles camaradas y prepárate a

rendir cuenta de tu acto abominable!

ESCIPIÓN.--Voy a llamar a mi mujer.

_(Se dirige a su cabaña y grita:_ «¡Cleopatrita mía, sal un momento; han

venido a verte!» _Sale de entre bastidores Pablo Emilio, y, al reconocer

a los sabinos, grita lleno de júbilo):_

--¡Los maridos han llegado! ¡Levantaos, señores romanos de la

antigüedad! ¡Los maridos han llegado!

_(Se lanza sobre Marcio, y llorando de alegría le abraza efusivamente.

Marcio parece asombradísimo. Pablo Emilio recorre la escena gritando con

voz jubilosa):_

--¡Los maridos han llegado!

_(Van apareciendo romanos, restregándose los ojos, y ocupan el lado

derecho de la escena. Marcio, en una actitud belicosa, espera que todos

los romanos estén reunidos.)_

EL GRUESO ROMANO.--¡Por la cabeza de Baco, he dormido como la primera

noche después de la fundación de Roma! ¿Qué espantajos son ésos?

--¡Silencio, son los maridos!

EL GRUESO ROMANO.--¿De veras? ¡Dios mío, qué sed tengo! ¡Proserpinita

mía, dame un poco de sidra!

UNA VOZ TÍMIDA.--¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?

EL GRUESO ROMANO.--¿Qué diablos quiere éste? ¡Llama también a mi mujer!

--¡Silencio, es su marido!

EL GRUESO ROMANO.--¡Ah, sí, no me acordaba ya! ¡Cielos, qué sed tengo!

Me bebería un lago entero, sobre todo con la cenita que me dieron

anoche. ¡Si supierais, señores romanos, qué bien guisa mi Proserpina!

¡Es toda una artista!

--¡Silencio!

EL GRUESO ROMANO.--Bueno, he soñado esta noche que la Roma fundada por

nosotros se desmoronaba. Casa por casa, piedra por piedra...

--¿Por qué no vienen nuestras mujeres? Tienen una visita, y la cortesía

más elemental exige que salgan.

--Probablemente estarán vistiéndose.

--¡Qué coquetas son! Lo lógico sería que no se emperejilasen mucho para

sus antiguos maridos, y, sin embargo... ¡No, no comprenderé nunca la

psicología femenina!

EL GRUESO ROMANO.--¡Cielos, qué sed tengo!

Y esos sabinos parece que están petrificados... Se los tomaría por

ídolos de piedra. ¡Si al menos tocasen algo con sus trompetas!

--¡Mirad, se mueven!

MARCIO.--¡Señores romanos! Ahora, que nos encontramos frente a frente,

espero que no intentaréis escaparos y nos daréis una respuesta clara y

franca. ¿Recordáis, señores romanos, el delito que cometisteis la

memorable noche del veinte al veintiuno de abril?

_(Los romanos se miran, confusos, y no contestan.)_

MARCIO.--¿Lo recordáis o no? ¿Vosotros también os habéis olvidado de

todo? No puedo continuar mientras no hagáis memoria.

_(El grueso romano cuchichea, asustado, a su vecino:_ «Quizá lo

recuerdes tú, Agripa. Debe de ser algo muy grave.» «No, no lo recuerdo.»

_Los demás romanos también se preguntan unos a otros y se encogen de

hombros sin comprender nada.)_

MARCIO. _(Con tono solemne.)_--Bueno, señores romanos, voy a refrescaros

la memoria. ¡Escuchad! La noche del veinte al veintiuno de abril se

cometió el mayor crimen de la historia humana: unos malhechores, que

nombraré luego, raptaron a nuestras mujeres, las bellas sabinas.

_(Los romanos se acuerdan y parecen encantados.)_

--¡Sí, es verdad!

--¡Completamente exacto!

--¡Justamente, el veinte de abril por la noche!

--¡Vaya una memoria!

--¡Qué talento, Dios mío!

MARCIO.--¡Los raptores innobles fuisteis vosotros, señores romanos! No

se me oculta que trataréis de justificaros, de negar los hechos, de

desnaturalizar las normas jurídicas, recurriendo a todo linaje de

sofismas, como es uso y costumbre entre los refractarios a las leyes.

Pero estamos dispuestos a rebatir, uno por uno, vuestros argumentos

mendaces. ¡Señores profesores, manos a la obra!

_(El profesor que se encuentra más cerca de los espectadores comienza a

leer con voz monótona, fuera del tiempo y del espacio.)_

--Los crímenes contra la propiedad. Volumen primero, primera parte,

primer capítulo, primera página. El robo en general. En la edad antigua,

aun más antigua que la actual, cuando las aves y los insectos

revoloteaban sin temor bajo los rayos del sol y no se conocía aún el

crimen...

MARCIO.--¡Escuchad! ¡Escuchad!

ESCIPIÓN.--¿No habría modo de abreviar un poco?

MARCIO.--No, no es posible.

ESCIPIÓN.--Pues se dormirán.

MARCIO.--¿Creéis?

ESCIPIÓN.--¡Claro! Están ya dando cabezadas, y cuando se hallan en tal

estado, su comprensión es nula. Si pudierais empezar por el final, por

decirlo así... Tened la bondad de decirnos lisa y llanamente a qué

habéis venido.

MARCIO.--¡Extraño modo de concebir una discusión jurídica! Pero, puesto

que no estáis habituados a discutir seriamente, os diré en dos palabras

de lo que se trata: queremos demostraros que no os asiste el derecho de

raptar a nuestras mujeres; que sois, señores romanos, unos raptores, y

que, pese a vuestros esfuerzos y a vuestros sofismas jurídicos, no

lograréis nunca justificar vuestro innoble acto. ¡Hasta el Cielo se

indignará escuchando nuestra requisitoria!

ESCIPIÓN.--Permitid, amigo mío. No tenemos, en modo alguno, la intención

de justificarnos. Nos apresuramos a deciros que tenéis razón que os

sobra.

MARCIO.--¿Cómo? ¿Para qué hemos venido entonces?

ESCIPIÓN.--¡Qué sé yo! Acaso hayáis venido por gusto de dar un buen

paseo.

MARCIO.--¡No, no! ¡Hemos venido con el propósito de demostraros!... ¡Es

muy extraño todo esto! ¿Confesáis, pues, que sois raptores?

ESCIPIÓN.--Desde luego. Somos raptores; tenéis razón que os sobra para

llamárnoslo.

MARCIO.--Pero acaso no estéis por completo convictos. En ese caso, el

señor profesor se encuentra dispuesto... ¿No es verdad, señor profesor?

ESCIPIÓN.--¡No, no! No vale la pena. Estamos por completo convictos.

Decidle, señores romanos, que estáis de acuerdo con él, porque, de lo

contrario, va a comenzar de nuevo.

NUMEROSAS VOCES.--¡Estamos de acuerdo! ¡Completamente de acuerdo!

MARCIO.--¿De veras? Entonces no lo entiendo.

ESCIPIÓN.--Y, sin embargo, es muy sencillo.

MARCIO.--Aquí hay algún error. Pero, en fin, ya que insistís... ¡Señores

sabinos, congratulaos! Los culpables confiesan sus crímenes. Sin más que

ver nuestros preparativos para la batalla de derecho, experimentan

remordimientos de conciencia. Sólo nos toca ahora, una vez cumplido

nuestro deber sagrado, volver la espalda y regresar a nuestra casa...

UNA VOZ TÍMIDA.--¿Cómo? ¿Y mi Proserpinita?

MARCIO.--¡Ah, sí! Tenéis razón, compañero; me había expresado mal.

Señores romanos, he aquí una lista detallada y exacta de nuestras

mujeres; tened la bondad de entregárnoslas. Naturalmente, sois

responsables, según la ley, de todo lo que...

_(En este momento aparecen las mujeres sabinas. Todos los ojos se

vuelven hacia ellas.)_

MARCIO.--¡He aquí nuestras mujeres! Señores sabinos, dominaos. Os

suplico que contengáis vuestros impulsos amorosos mientras no está

arreglada la cuestión jurídica. Dos pasos al frente, un paso atrás; no

olvidéis que es nuestra divisa. _(Luego dirigiéndose a las mujeres:_

¡Salud, mujeres sabinas! ¡Buenos días, querida Cleopatra!)

_(Las mujeres ocupan el centro de la escena. Tienen los ojos bajos, su

actitud es modesta, aunque llena de dignidad.)_

CLEOPATRA. _(Sin alzar los ojos.)_--Si habéis venido para hacernos

reproches, no los merecemos. Hemos resistido largo tiempo a los raptores

y sólo hemos cedido a la fuerza. Os juro, querido Anco Marcio, que no he

cesado de verter lágrimas pensando en vos.

_(Llora, lo mismo que las demás sabinas.)_

MARCIO.--Cálmate, Cleopatra; han confesado ya que son raptores.

¡Tornemos, pues, a nuestros penates, Cleopatra!

CLEOPATRA. _(Siempre con los ojos bajos.)_--Temo que nos hagáis

reproches. Además, estamos ya tan habituadas a este paraje... ¿Verdad,

Marcio, que son preciosas estas montañas?

MARCIO.--No te entiendo, Cleopatra; ¿a qué viene ahora el hablarme de

las montañas?

CLEOPATRA.--Os enojáis; pero os aseguro, Marcio, que no somos culpables.

Harto he llorado ya recordándoos. ¿Qué más queréis? ¿Que continuemos

llorando? ¡Todo lo que queráis! Queridas amigas, les parece que no hemos

llorado bastante; complazcámoslos. ¡Lloremos, queridas amigas! ¡Os amo

tanto, Marcio!

_(Las mujeres prorrumpen en sollozos.)_

ESCIPIÓN.--¡Querida Cleopatrita, cálmate! En el estado en que te

encuentras, el ponerte así puede hacerte daño. _(Dirigiéndose a

Marcio.)_ Bueno, señor, ¿habéis oído? Lo mejor que podéis hacer es

volveros por donde vinisteis. Y tú, Cleopatra, vete a la cama. Yo mismo

prepararé la comida.

MARCIO.--¡Permitid! ¿Por qué habláis de la comida? Cálmate, Cleopatra;

aquí hay un error. Por lo visto, no te haces cargo de que has sido

ilegalmente raptada.

CLEOPATRA. _(Llorando.)_--Ya veis: tenía yo razón al decir que ibais a

hacernos reproches. Escipioncito, déjame el pañuelo.

ESCIPIÓN.--¡Tómalo, querida!

MARCIO.--¡Permitid! No comprendo por qué se habla aquí de un pañuelo,

cuando se trata...

CLEOPATRA. _(Sin dejar de llorar.)_--¡No digo!... Ahora va a armarme un

escándalo a propósito del pañuelo. ¿Cómo voy a secarme las lágrimas...

que derramo por vos? ¡Es cruel, Anco Marcio! ¡Sois un verdadero

monstruo!

_(En este momento, casi todos lloran: las sabinas, los sabinos y hasta

muchos romanos.)_

UNA VOZ.--¡Proserpinita querida!

MARCIO.--¡Calmaos, señores sabinos! ¡Dominaos! Voy a arreglarlo todo.

Aquí hay un error jurídico. La desgraciada mujer no se da cuenta de que

es víctima de estos innobles raptores. Vamos a probárselo. ¡Señores

profesores, manos a la obra!

_(Los profesores se preparan. El pánico se apodera de los romanos.

Escipión coge de la mano a Cleopatra.)_

ESCIPIÓN.--¡Confiesa, confiesa! Si no, va a comenzar de nuevo. ¡Dios nos

libre!

CLEOPATRA.--No tengo nada que confesar. Soy víctima de una calumnia.

MARCIO.--¡Señor profesor, estamos esperando!

ESCIPIÓN.--¡Date prisa, te lo suplico! ¡Confiesa! ¡Oh, Júpiter, ya abre

la boca! Esperad, señores sabinos: confiesa. Tapadle la boca a vuestro

profesor, puesto que confiesa.

CLEOPATRA.--Bueno, confieso. _(A las demás mujeres.)_ Vosotras también,

queridas amigas, ¿verdad?

ESCIPIÓN. _(Con apresuramiento.)_--Todas, todas confiesan. El asunto

está arreglado.

MARCIO. _(Sin comprender una palabra.)_--Permitid. Así, pues, Cleopatra,

¿reconoces que tú y las demás mujeres sabinas fuisteis raptadas durante

la noche del veinte al veintiuno de abril? ¿No es eso?

CLEOPATRA.--¡Ya lo creo! ¡Desde luego no nos fugamos solas!

MARCIO.--No, veo que no comprende todavía. Señor pro...

CLEOPATRA.--¡Esto es demasiado, Marcio! Permitisteis que nos robasen, no

nos defendisteis, nos abandonasteis cobardemente, y ahora nos acusáis de

habernos venido, gustosas, con los romanos. Yo declaro, Marcio, que

fuimos robadas, raptadas del modo más innoble. Podéis leer el relato de

nuestro rapto en cualquier manual de historia, amén _(Solloza.)_ del

diccionario enciclopédico.

ESCIPIÓN.--¡Vamos, vamos! ¡Tapadle la boca al profesor!

_(Pero la boca del profesor continúa abierta. El pánico aumenta entre

los romanos. Algunos huyen.)_

MARCIO.--Todo se arregla, pues; reconocen que fueron raptadas. Hemos

logrado nuestro objeto. Hasta el Cielo se indigna de tal crimen.

¡Vámonos, por tanto, a nuestros penates, Cleopatra!

CLEOPATRA.--¡No quiero ir a los penates!

LAS DEMÁS MUJERES.--¡No queremos ir a los penates! ¡Abajo los penates!

¡Nos quedamos aquí! ¡Nos insultan, quieren raptarnos! ¡Salvadnos!

¡Defendednos!

_(Los romanos, blandiendo las armas, se interponen entre los sabinos y

las mujeres. Poco a poco hacen retroceder a éstas hasta el foro. Lanzan

a los sabinos miradas amenazadoras.)_

VOCES ROMANAS.--¡A las armas, ciudadanos! ¡Defended a nuestras mujeres!

¡A las armas!

MARCIO. _(Agita la campanilla.)_--¿Qué diablos pasa aquí? ¡Se diría que

quieren reñir! ¡Yo me vuelvo loco, señores sabinos!

PROSERPINA. (_Acercándose a los sabinos, y con acento

persuasivo.)_--Calmaos. Dejadme hablar a Marcio.

UNA VOZ TÍMIDA.--¿Eres tú, Proserpinita querida?

Los espectros: Novelas breves · 第 9 / 10 段